Breve lectura de Moby Dick desde la poética del agua de Bachelard

Gabriela Karina Zúñiga López

Instituto México Americano de Cultura
gakazulo@yahoo.com.mx


 

   
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Resumen: El propósito del presente ensayo es analizar la ensoñación poética del agua en la novela Moby Dick de Herman Melville; a través de la teoría poética del agua, expuesta en el libro El agua y los sueños de Gastón Bachelard.
Palabras clave:Melville, Moby Dick, Bachelard, poética del agua, ensoñación poética.

 

En el ajetreo de nuestras vidas con frecuencia convertimos en cotidiano y trivial lo grandioso, lo primordial, lo elemental. Esto ocurre, sobre todo, cuando más empapados estamos de algo o, para hablar en términos acordes a esta época materialista y consumista, cuando “tenemos” ese algo. De modo que al perder esta cosa cotidiana nuestra comodidad se va por el caño, y ahora sí, a llorar sangre.

Si se ha seguido el cauce de las escurridizas metáforas del párrafo anterior se habrá podido sospechar de qué cosa trivial y grandiosa se hablará aquí, en esta ensoñadora divagación. Sí, me refiero a eso que el diccionario describe como líquido incoloro, insípido e inodoro, compuesto por un volumen de oxígeno y dos de hidrógeno (H2O), que cubre tres partes de la superficie de la Tierra, y constituye del 50 al 90% de la materia de todo ser vivo.

Del latín aqua, el agua nos acompaña desde antes de nacer hasta más allá de la muerte. Ella nos rodea en múltiples formas manteniendo la vida en la Tierra. Los cuatro elementos nos dan sustento: la tierra da el alimento; el fuego, auxiliado por el sol, regala el calor vital; el aire esparce sus semillas; y el agua nutre, refresca, purifica. Estos son la materia esencial, de los cuales el agua brota primordial, primigenia.

En estos tiempos modernos estamos acostumbrados a tener un contacto fácil y rápido con el agua. Abrimos la llave y ahí está. No nos detenemos a pensar en cómo exactamente llega a nuestras manos. El agua que bebemos también la obtenemos con facilidad, y nos hidratamos con ella ­-a veces creyendo inocentemente que proviene de un manantial puro y hermoso-. No hay tiempo para aprender o recordar el enorme esfuerzo de la civilización para encauzar el agua y crear los servicios de agua potable y alcantarillado que toda población necesita.

Qué sencillo es abrir una llave, presionar un interruptor y recibir la frescura, el programa favorito de televisión, el correo electrónico. Y que desconcertante, en cambio, es cuando al abrir esa llave y accionar ese interruptor nos quedamos secos o en tinieblas. Cómo cambia nuestra perspectiva al perder lo que creíamos familiar y eternamente poseído. Sin olvidar que muchos desafortunados en este mundo de agua no poseen siquiera llaves y botones.

Ahora el agua significa, para los que la gozamos, un producto, un servicio relativamente asequible. Es una “cosa” simple que fluye y corre hacia nuestra cotidianeidad casi sin interrupción. Sin embargo, anteriormente el agua era valorada en gran manera y simbolizaba mucho más; tanto que para algunos pueblos era una deidad que los colmaba de lluvia y bendiciones, o de inundación y sequía.

La grandeza del agua ha quedado constatada en los textos sagrados de la humanidad. En la Biblia, por ejemplo, el agua es la materia prima de la vida, es el agua primordial donde habitó en el inicio el espíritu de Dios, el cual después le proveyó al agua la compañía de la tierra, el cielo y, finalmente, la de los seres vivos. La idea de las aguas primigenias, iniciadoras de toda vida, existe en casi todas las culturas, con variaciones pero en esencia la misma.

Así, el agua, al tener el papel de fuente de vida, equivalía al soplo de Dios, por lo que quedó impreso para siempre que Dios es “fuente de agua viva”, a la cual los sedientos de espíritu deben recurrir. Asimismo Jesucristo toma este papel. Para los pueblos bíblicos, establecidos en una zona árida, el agua siempre ha sido elemento imprescindible en su vida; las fuentes, los pozos y manantiales eran realmente bendiciones. No obstante, el agua fue también el instrumento de la cólera de Dios, situación que demuestra la personalidad bipolar del agua: creadora y destructora a la vez.

Del mismo modo, para los musulmanes el agua existió antes que sus hermanos el cielo y la tierra; pero no estaba sola, ya que el trono de dios descansaba en ella. Fuente de vida, bendición del cielo en forma de lluvia, manantial fresco y puro, el agua también sirvió de instrumento de purificación y regeneración, tanto para el cristianismo como el Islam. El hombre podía renacer de la sombra del mal y convertirse en alguien iluminado gracias a la pureza del agua.

También los primeros filósofos griegos consideraron al agua, y demás elementos, como la materia prima del universo y la Tierra. Algunos le otorgaron un papel más relevante al agua y la tierra, pero en general se mantuvo la idea de las aguas primordiales. Al formar parte fundamental en la cosmogonía el agua obtuvo un papel importante en la mitología griega, incluso se decía que los juramentos solemnes de los dioses se pactaban avalados por el agua. Con el tiempo, las explicaciones mitológicas de la vida le cedieron el paso a la razón de los pensadores.

El agua ha sido venerada por distintas culturas, ha sido utilizada no sólo para hidratar, también se le ha otorgado el poder de la purificación del cuerpo y del alma, incluso algunos han visto en ella la fuente de la eterna juventud. Otros más se han servido del agua para elaborar diversos y fantásticos hechizos. Se privilegió como arma imprescindible a la hora de comprobar cuáles mujeres eran brujas. Asimismo, nos ha acompañado en ritos fúnebres y ha sido nuestra última morada.

Llena de vida o de muerte. Pura y transparente o insana y oscura. Azul de cielo y alegre o agitada de noche de muerte. Dulce bendita o salada maldita. Libre o atrapada. Ligera o pesada. De lluvia, de lago de río rocío. Ardiente, lustral, mineral, manantial. De cascada, encantada estancada. Solitaria habitada. Contaminada embotellada. Femenina, masculina. Fértil, desértica. De arriba, de abajo. De vino, de sangre, de leche. Casa inconsciente de criaturas sorprendentes. Sabia o insolente.

El agua no siempre es tan seria; no sólo crea, también recrea. ¿Quién se ha resistido a jugar con ella? No por nada los destinos acuáticos son los más buscados para el descanso. Cuánta alegre ansiedad rodea a los vacacionistas que apresuran el paso para llegar a la primera ola, al primer atisbo del cuerpo del lago o el curso del río. Sin importar la edad, la mayoría de personas disfruta de la cara y las manos del agua. Los niños podrán jugar al arquitecto de arena o tierra, mientras otros pasean por los aires en colores hinchados de fuego; más ella siempre será el elemento favorito para la recreación.

Con qué fluida placidez nos hemos sumergido en la ola; con cuánto tranquilo sopor caminamos en las piedras suaves del río y el estanque, sintiendo la dulce y espesa atmósfera del agua. Navegando acunados por sucesivas imágenes soñadas, así gozamos también del agua, del elemento primigenio, creativo recreativo. Porque el agua es materia para los sueños, sueños que tenemos escondidos en el más primitivo fondo de nuestro ser.

Avanzamos pues en dar cauce a las materias que compondrán el imaginario de esta disertación. Soñar con el agua y los desvaríos de pesadilla de un hombre obsesionado por un monstruo blanco es el objetivo. Para esto serán de gran ayuda las ideas del pensador francés Gaston Bachelard acerca de una poética respaldada por las imágenes materiales del agua, imágenes que se encuentran más allá de las formas delineadoras, represoras.

Los seres vivos se componen de un cuerpo y un alma. Las obras literarias se componen de materia y forma, la forma es su cuerpo y la materia el alma. Ésta llena al cuerpo, amoldándolo conforme a su personalidad, a su sustancia más íntima. Una y otra son inseparables y pueblan a la poesía más fuerte y verdadera, aquella que nos obsequia con un viaje a la profundidad, a nuestro inconsciente. La verdadera poesía se adentra en nuestros más primitivos recuerdos, en nuestros más escondidos pensamientos y sentimientos. Es una poesía que no sólo dice, también hace; es dinámica como el río que no deja de fluir.

Por esta poesía navegan nuestros sueños, de los cuales se nutren las imágenes materiales, imágenes escurridizas que han sido definidas por una y mil formas a lo largo de la historia del “no hay nada nuevo bajo el sol”. Los sueños, a su vez, se alimentan principalmente de las cuatro materias favoritas de la filosofía antigua: el fuego, el aire, la tierra y el agua. Para Bachelard estos cuatro elementos deben fundar una ley que contemple sus respectivas cuatro imaginaciones fundamentales, las cuales darán fuerza a esta poética dinámica y ensoñadora.

La imaginación material va al más allá de la mortalidad de las formas, puesto que su alimento se encuentra anclado en el inconsciente, en lo más primitivo del ser humano y, por lo tanto, en lo que nunca muere. Las imágenes estáticas que sólo desfilan ante nosotros decorativas, superfluas y frías no contienen materia para la profundidad, de aquí que no puedan traspasar nuestra percepción con el objeto de motivar sensaciones y deseos. Así bien, al participar la materia onírica en la imaginación material, la simbología interviene activamente para advertirnos que las apariencias engañan.

En ocasiones soñamos con cosas que aún no observamos. Nuestra imaginación vuela hasta un sitio o paisaje que existe en algún lugar del mundo… bien dicen que soñar no cuesta nada. Qué poderosa es entonces la ensoñación, puesto que gran parte de la vida la pasamos soñando, ya sea dormidos o despiertos. Por eso, antes que los poetas cantaran al agua, ya existía alguien que se había diluido en un acuoso sueño. También, ya se aparecían otros sonámbulos perdidos ante un alegre río o un profundo lago, y otros más divagaban por el mar acunados. La ensoñación del agua es la que le da a la obra poética la materia, y de esta manera el paisaje acuático no se vuelve un simple adorno o escenario.

La imaginación material del agua tiene raíces profundas en el inconsciente, porque está hecha de sueños, de los más primitivos y orgánicos. El agua misma simboliza la profundidad y, por lo tanto, al inconsciente; tiene que ver con la vida pero también con la muerte, ya que ésta interviene en el proceso de regeneración -una de las cualidades fundamentales del agua-; al ser la fuente de la vida simboliza, también, a la madre, de ella nacemos todos y a ella regresamos. Muchos seres vivos flotamos en ella antes de nacer, en completa oscuridad y seguridad. Después, al final de nuestros días, nos llama para que volvamos a sus brazos. El agua trabaja en un ciclo incansable.

Es este llamado del agua el que pone en acción -o en ensoñación- a la historia de Moby Dick, obra que podría denominarse como novela del mar; no obstante, el agua es ahí mucho más que un escenario. De principio a fin una corriente de ensoñación nos atrapa, nos transporta. Y no necesitamos -como objetaría Bachelard- de múltiples experiencias marítimas para escuchar, junto con los personajes, el canto hechizante del mar, más aún si somos parte del círculo de fieles a la imaginación material inspirada por el agua; fidelidad que según el soñador francés se encalla en el alma de acuerdo a nuestros sentimientos más arcaicos.

Herman Melville no sólo habría soñado con la vida del mar, puesto que la contempló y la experimentó desde muy joven. La inspiración para Moby Dick la tomó principalmente del viaje rumbo al Océano Pacífico, a bordo del ballenero Acushet en 1841. A Melville le sucedió lo que a tantos escritores en la historia, obtuvo fama mucho tiempo después de su muerte, gracias, principalmente, a la novela que se convirtió en un clásico de la literatura tanto norteamericana como mundial: Moby Dick o La ballena blanca.

Intercalados por capítulos sumamente descriptivos de las técnicas y procesos propios de la pesca de ballena, observamos las acciones de los malhadados marineros del ballenero Pequod, comandados por el más sombrío y misteriosos capitán: Ahab, para quien la única misión es encontrar y dar muerte a al malévola y sobrenatural Moby Dick, la cual le ha arrancado una pierna -y una parte de su alma- en un viaje anterior. El narrador es Ismael, un joven marinero novato en el arte de la pesquería que nos adentra en un lejano mundo de peligros y sueños.

El capitán Ahab ha recibido el llamado del agua. Su corazón está envenenado con la amargura del agua salada. No se detendrá hasta encontrar a la que se ha convertido en la suma de todos sus males -físicos y espirituales-, a esa criatura fantasmal que lleva en su color la muerte y el vacío desesperanzador. En un barco, con nombre indígena, que como arca de Noé acuna a distintas razas de hombres -nunca cristianos y paganos habían convivido y trabajado tan unidos- emprende Ahab el largo viaje -eterno para los sedientos de venganza- que lo llevará de regreso al inicio. Y mientras para los marineros el viaje representa la alegre ensoñación del mar y el gratificante trabajo; para el capitán se trata del último viaje en la tierra y el primero en el más allá. Ahab no es Noé, es Caronte.

En un melancólico día Ismael escuchó el llamado del agua y apadrinado por el Destino decidió embarcarse en el Pequod. Desde antes de comenzar el viaje los malos presagios lo rondaron advirtiéndole, pero también confirmándole que el curso del Destino habrá de cumplirse; curso por el que el Pequod navegará con una mayoría de infieles al Libre Albedrío. Así, Ismael termina aceptando el futuro que le espera. No le amedrenta la posada con nombre funesto, ni la pintura de un barco hundido por una ballena; ni su miedo a lo exótico, representado por su amigo Queequeg, el caníbal pagano; ni siquiera logra espantarlo la capilla-barco que está llena de lápidas de pescadores. El llamado del agua es poderoso.

Numerosos son en verdad los presagios que acosan el viaje de Ismael. La elección del ballenero en el que viajará es motivada por los designios de Yojo, el dios del arponero caníbal Queequeg. Además, antes de abordar, Ismael queda envuelto en el halo de misterio que esconde a Ahab, el capitán de nombre maldito, quien había de sufrir la pérdida de su pierna de acuerdo a una misteriosa y nunca explicada profecía. De aquí que, en adelante, el viaje fuera azotado por una lluvia de admoniciones que los marineros recibieron con más fuerza debido a su naturaleza supersticiosa. Las mismas que Ahab desdeña como todo buen obsesionado, como todo buen poseído. El llamado del agua es el llamado del Destino.

Se había dicho que cada elemento tiene su grupo de fieles. En Moby Dick existe una separación entre la “gente de tierra” y la “gente de mar”. Estos últimos trabajan y viven casi todo el tiempo en el mar, por lo que han quedado prendados de él, situación que no nos impide a los de tierra soñar con el agua, soñar con el mar. Ismael, por su parte, es amante del océano: “¡Cómo despreciaba la tierra con sus barreras, esa carretera común toda ella mellada con las marcas de botas y pezuñas serviles”. (MELVILLE, 1999: 80). Manifiesta así, de forma tajante, su adhesión por la materia más libre y dinámica. “La gente de tierra” no comprende la vida del mar; sin embargo, quizás algunos de ellos también sean llamados algún día.

La ensoñación acuna con su cálido vaivén a los tripulantes del Pequod. Su viaje transcurre entre ensueños que son ahogados únicamente cuando la pesadilla de Ahab irrumpe tempestuosa. Los vigías se turnan agradecidos el trabajo en las cofas, en lo más alto de los palos del barco. Desde allí, en las zonas más calidad del océano, las ballenas son ignoradas por los románticos marineros que caen en el embrujo del mar. Ismael, quien también ha sido vigía nos lo explica: “En este encantado estado de ánimo, tu espíritu refluye al lugar de donde vino, se difunde a través del tiempo y el espacio (…)” (MELVILLE, 1999: 170). Dice Stubb, el segundo oficial del Pequod, que venimos al mundo para estar casi todo el tiempo dormidos.

Este ambiente de ensueño se tornaba fantástico al mezclarse con la natural proclividad de los marineros a la superstición, misma que les provocaba gran temor cuando los numerosos agüeros les advertían que iban a bordo de un barco maldito. Probablemente su naturaleza supersticiosa fue la que los convenció del carácter sobrenatural de Moby Dick, o quizás este monstruo emergió de los territorios del inconsciente de Ahab, de la tripulación, o de todos juntos. Bachelard dice: “El ser que sale del agua es un reflejo que poco a poco se materializa: es una imagen antes de ser un ser, es deseo antes de ser una imagen.” (BACHELARD, 1997: 59). Ahab, más que nadie, desea a Moby Dick, la suma de sus males, su desquiciada obsesión. Ahora bien, esto no es una simple casualidad, porque la ballena simboliza la muerte cósmica y el renacimiento, estados que el alma de Ahab anhela; y a los que ya va encaminado, porque se encuentra surcando el elemento material de la regeneración, ese que incluye a la vida y la muerte.

Moby Dick lleva en su piel la muerte, en ese color que da más virtud a lo inocente y más horror al vacío. Blanco de sudario, blanco fantasma, blanco de muerte. De este modo le da más fuerza al simbolismo de la ballena. Diferente, solitario se pasea por los mares incitando a los marineros con un chorro al parecer ubicuo e inmortal. Los rumores de su malignidad han hecho del cachalote una leyenda, un mito. No es una criatura cualquiera, es la “intangible malignidad que ha existido desde el comienzo, a cuyo dominio los cristianos modernos atribuyen la mitad de los mundos (…)”. (MELVILLE, 1999: 192). Moby Dick, como el mar, llama a Ahab para que vaya al inicio, a la muerte.

La obsesiva venganza de Ahab le quema el alma. El agua podría aliviar las llamas; pero el agua del mar es salada, no es el agua dulce y fresca que purifica. Es la muerte con máscara, con disfraz de madre. Ahab, él mismo lo afirma, está consagrado al fuego -lo llama “padre”-, elemento que le ha dejado una cicatriz que lo cruza como un rayo de cabeza a pies. Además, su desbocada ira parece haber salido de su cuerpo para convertirse en una identidad independiente, la cual podría estar personificada en el misterioso ayudante de Ahab: Fedallah o el Parsi, quien atemoriza a la tripulación con su aroma y ojos de fuego.

Los celtas solían decir adiós a sus muertos con cuatro tipos de funerales, basados en los cuatro elementos. El correspondiente al agua consistía en dejar al cadáver a la deriva del agua, resguardado dentro del árbol que lo acompañó toda la vida. Ahora bien, el árbol, como el agua, simboliza la madre, por lo que este funeral resulta doblemente maternal. Ahab, el capitán Caronte, transita, como manifiesta Ismael, sobre aguas muertas; transporta a su tripulación al mismo destino fatal. Muy a pesar de algunos de los marineros -Starbuck, primer oficial y primero en pretender convencer a Ahab de que su propósito era demente y estaba marcado por los presagios- Ahab los llevará a su última morada. Sin embargo, desde que zarparon ya estaba en ella; el barco es su ataúd, es su madre que los acuna. No hay mujeres a bordo del Pequod. Su madre es el barco, su madre es el mar que les tiende sus brazos agitados. Su madre es la que les procura por nana un monstruo blanco.

Finalmente, al tercer día de intentar dar caza a Moby Dick, los malos presagios se hacen realidad. El ayudante de Ahab, Fedallah, le ha profetizado que antes de morir tendrá que ver dos coches fúnebres en el mar. El primero ha sido Moby Dick con Fedallah enredado a él con la estacha de un arpón; el segundo es el que desde el principio zarpó como ataúd. Moby Dick golpeó furioso la proa del Pequod. Ahab luchaba en la única lancha que continuaba el ataque, hasta que, como en la profecía de Fedallah, sucumbió por el cáñamo que se le enredó en el cuello como una horca y lo unió para siempre, como un cordón umbilical, a Moby Dick.

Antes de partir con la muerte de sueños blancos, Ahab tuvo que presenciar los funerales de su tripulación. El Pequod girando en el círculo de la vida y la muerte, arribó, finalmente, a su tan anunciado destino. Se hundió para que los marineros pudieran soñar donde nacen los sueños. Ahab, por su parte, consiguió lo que tanto deseaba; obtuvo, después de tres sagrados días de espera, el renacimiento de su ardiente alma.

“… y el gran sudario del mar siguió meciéndose como se mecía hace cinco mil años”

 

Bibliografía

Bachelard, Gaston (1997), El agua y los sueños, Fondo de Cultura Económica, México.

Melville, Herman (1999), Moby Dick 1 y 2, Millenium (col., Las 100 joyas del milenio, 74), México.

Chevalier, Jean y Alain Gheerbrant (1995), Diccionario de los símbolos, Herder, Barcelona.

Biedermann, Hans (1993), Diccionario de símbolos, Paidós, España.

 

*Gabriela Karina Zúñiga López. Licenciada en Letras Hispánicas, Universidad de Guadalajara (2008). Profesora de español para extranjeros en el Instituto México Americano de Cultura.

 

© Gabriela Karina Zúñiga López 2010

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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