El alma encendida de la memoria.
Una lectura sobre La casa encendida de Luis Rosales

Clara María España

Universidad Católica Argentina
claraesp@hotmail.com


 

   
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Resumen: en La casa encendida de Luis Rosales nos encontramos con un Poeta que debe emprender un largo camino a través de los recuerdos, a fin de alcanzar la morada final de su yo, la casa encendida. Dicha unidad sólo puede ser lograda por medio del ejercicio de la memoria, donde todas las palabras se reúnen y todas las personas de su pasado conviven. En el presente trabajo, se analizará el camino que el yo poético emprende, a través del abordaje de sus palabras, de las imágenes e isotopías, hacia la integración final.
Palabras clave: Poesía española - Luis Rosales - Poeta - Camino - Memoria - Isotopía - Unidad - Casa encendida

 

En 1949, Luis Rosales publica una de las obras cumbres dentro de la poesía española contemporánea: La casa encendida. Sobresalen en este libro la desaparición de las estrofas clásicas y su carácter unitario y narrativo.

A partir de lo más contingente, el poeta trasciende lo cotidiano y conduce lo meramente anecdótico al plano de la experiencia universal. Ya no se trata de Luis Rosales y sus padres, Luis Rosales y sus amigos, se trata del Poeta y el carácter transformador de la palabra que es memoria (y la memoria hecha palabra).

Tema de gran polémica han sido las interpretaciones biográficas realizadas en torno a La casa encendida. Escribe Santos Sanz Villanueva en Historia de la literatura española: Literatura actual:

[...] Si el tono narrativo impone la presencia de voces cotidianas -por lo que concierne al léxico- y la configuración de escenas casi costumbristas -en lo que afecta al desarrollo anecdótico-, no se trata sin embargo, de un poema testimonial; al contrario, una rica imaginería, con frecuencia de origen surrealista, contribuye a desrealizar el contenido y a ahuyentar toda clase de didactismo. (1984: 336-7)

Vale introducir el concepto de «correlato objetivo», acuñado por T. S. Eliot, para distinguir la experiencia personal, de la cual se deriva el poema, de un segundo momento: cuando este mismo poema se ha desprendido de su autor para configurarse como entidad autónoma y universal. Lo que está afuera, en el mundo, origina lo que está adentro; del mismo modo, la experiencia de Rosales con su padre, sus amigos, su amada, ha engendrado al poema. El poeta anglosajón escribe:

El único medio de expresar la emoción en la obra de arte es encontrar un correlato objetivo; en otras palabras, un conjunto de eventos, una situación, una sucesión de acontecimientos, que serán la fórmula de esa particular emoción [...]. (Marchese - Forradellas; 1986: 83).

Esa “particular emoción” es, en este caso, La casa encendida: universalmente particular por haber sido originada en una experiencia personal y transformada a través de la poesía.

Será luego discutible si cabe referirse a un «yo poético» contrapuesto a un «yo biográfico». En este caso, se hará hincapié en la universalidad del lenguaje poético, haciendo a un lado toda posible contextualización histórica de lo referido en este libro-poema. Con sumo respeto, se trata de ir más allá de las palabras de Julián Marías, quien otrora fuera compañero de Rosales, al clasificar desde lo biográfico las diferentes casas que conforman «la casa» en este poema. Entonces, cuando se mencione al «yo poético», será en referencia no a “Luis Rosales, el poeta”, sino a “El poeta” como noción universal.

Una vez aclarado este punto, se procederá a analizar el camino del poeta hacia la unidad, a través de la poesía de la memoria.

 

En el zaguán

La imagen de «la casa» se encuentra conformada por el zaguán, las habitaciones y la portería; se trata, desde luego, de un universo semántico muy complejo.

Pero al igual que el caminante, cabe primero detenernos en el zaguán. Allí el yo poético nos introduce primeramente una riquísima isotopía del movimiento:

Si el corazón perdiera su cimiento,
y vibraran la tierra y la madera,
del bosque de la sangre, y se sintiera
en tu carne un pequeño movimiento

Esta imagen se completa en las estrofas que le siguen: “alud que avanza lento”, “borrando en cada paso su frontera”; “el viento”; “bosque ardiendo”; “y volase un enjambre entre las ramas / donde puso el temblor la primera hoja...”

Es posible observar cómo el yo se detiene en el “si” condicional, y uno se pregunta “¿qué pasaría si el corazón perdiera su cimiento?”. Entonces, ante el movimiento del alud y la tierra vibrante, se encuentra la posibilidad de perder el punto fijo, quizá no en referencia al hogar en sí, sino en el sentido de dar las cosas por hecho; en otras palabras: aferrarse al cimiento cuando se trataría de reconstruirlo constantemente a través de la memoria.

No obstante ello, prosigue al comenzar la primera parte: “Porque todo es igual y tú lo sabes, / has llegado a tu casa, y has cerrado la puerta.” Luego, se advierte que no hubo movimiento, excepto por el gesto de caminar hacia, entrar a “la casa”.

El título que le sigue a “Zaguán”, “Recordando un temblor en el bosque de los muertos”, introduce el tema del recuerdo y de la muerte, que atravesará a todo el poema. El uso de gerundio le imprime un carácter atemporal, sumado a la imagen del “bosque” que nos refiere inmediatamente a lo inconsciente. El poeta, por el simple hecho de recordar el movimiento, ha realizado el primer paso en el camino hacia la unidad. Sin embargo, todavía el recuerdo no se ha hecho memoria.

El contraste entre el momento previo, referido en el “Zaguán”, y el ingreso a la casa es notorio. Del temblor nos transportamos a la inmutabilidad absoluta. De una condición a una causa. De este modo, el verso de Villamadiana, que antecede a la primera sección (“Ciego por voluntad y por destino”), se conecta directamente con la posibilidad expuesta en el prólogo de que la ceguera fuera una luz fija. Entonces, no se obtiene una respuesta, tan sólo su propia causa: “Porque todo es igual y tú lo sabes”.

Por otro lado, esta “luz fija” podría incluso contraponerse con la “luz encendida”. Y así como uno puede ser “ciego por voluntad” se comprende, asimismo, que podría “encenderse por voluntad”:

Has llegado a tu casa
y, al entrar,
has sentido la extrañeza de tus pasos
que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras,
y encendiste la luz para volver a comprobar
que todas las cosas están exactamente colocadas como estarán
dentro de un año

Junto a Julián Marías nos preguntamos entonces: “¿Qué es <>?” y él responde: “[...] Con tres palabras basta: dentro pero abierto. Si no hay <>, si no hay interioridad, no hay casa; si no hay apertura, hay prisión [...].” (1979: 130) Luego, el poeta se dirige hacia su intra mundo, ese volver sobre sí, que desencadenará en apertura. Pero antes deberá sufrir el rigor del mundo inerte y de un caminar circular.

De este modo, la casa como intra mundo se corresponde con la definición ofrecida en el Diccionario de los símbolos de Jean Chevalier y Alan Gheerbrant, quienes la definen como: la “imagen del universo”; símbolo del “ser interior” (según lo expuesto por Gastón Bachelard); y, asimismo, como “[...] símbolo femenino, con el sentido de refugio, madre, protección o seno materno.” (1986: 258-9) Esta triple definición se vincula con los diferentes momentos dentro del libro-poema de Luis Rosales. No obstante ello, nos referiremos en particular a la segunda que se articula más cabalmente con el campo semántico generado por ésta imagen.

Se tratará, entonces, de transitar un arduo camino hacia su ser interior para encender-se mediante la vivencia de la oscuridad, la soledad y la ausencia: el dolor.

 

El camino

El camino emprendido hacia <> resulta análogo al transitado en San Juan de la Cruz hacia el conocimiento de Dios. Así como en La casa encendida, el poeta es llamado “desde el umbral de un sueño” (en palabras transpoladas de Antonio Machado), en “Noche oscura” una luz llama al sujeto para guiarlo al Amado. Aquí donde el yo busca conciliarse con su imagen interior, en los versos del santo la Amada se une con su Amado: el resultado del movimiento es una “llama de amor viva”, algo que se enciende cuando acontece el encuentro:

Y ahora
¿no estoy viendo cómo empieza a encenderse?
¿cómo albea
y cómo, finalmente, va encarnando la luz,
casi llorándola, y haciéndose cristal y aconteciendo
ante la habitación minúscula
donde escribo mis versos. (I)

Pero se trata aquí tan sólo de un primer movimiento, porque, cómo se verá más adelante, todavía no se ha encendido integralmente. Falta todo un camino por recorrer antes de encenderse de manera total:

Se hizo la oscuridad cuando te fuiste, Juan,
se volvió a hacer la oscuridad
cuando tú te has marchado, María
y no he podido conviviros juntos
ni en la memoria que nos queda, ni en a vida que pasa,
porque todo es ajeno entre sí mismo
y nunca ha de volver (IV)

En otras palabras, el poeta se encuentra todavía desarticulado, pues así como se enciende su luz, así se apaga. Será su fin el de integrar en el gran crisol de la memoria cada uno de los recuerdos para, de este modo, actualizarlos a través de la poesía.

Paralelamente, el verso “porque todo es igual y tú lo sabes” resulta el leitmotiv de quien ha encendido la luz, no la interior, sino la artificial, y sólo ha visto la superficie de las cosas, como si tratara de un mundo platónico a la inversa, donde lo contingente es lo inalterado y las esencias están en movimiento. En este momento de oscuridad, la iteración nos remite al latido de un corazón que se afana por agrietarse para que los recuerdos sean expulsados y no se apaguen ante los estragos del tiempo: “cuando crece la nieve [...] en una vida que no tiene memoria perdurable” (I). Este afán por ofrendarse para encenderse se plasma en los siguientes versos:

Por otro lado,
Y todo cabe dentro de la verdad,
mientras regreso hacia mi cuarto,
mientras camino a oscuras,
con las manos abiertas y ofrecidas para no tropezar. (I)

En el poema de Luis Rosales, lo que enciende es el recuerdo, y como “la palabra es el alma de memoria”, se podría decir que lo que enciende es la poesía misma. Al suceder el encuentro, tanto en éste como en San Juan de la Cruz, hay algo que roza y que abre: una “llama de amor viva” -que tiernamente hiere- y el corazón del poeta -que vibra mientras se “va desdoloriendo el alma / por una grieta dulce” (I).

De este modo, en la primera parte, el poeta se cuestiona la mutabilidad -“para qué sirve estar sentado igual que un náufrago”-, el silencio -“para qué sirve este silencio que me rodea” y la oscuridad -“la pequeña luz deshabitando la habitación”. Se debe a este cuestionamiento que el yo poético comience a experimentar la grieta que, necesariamente, entraña una abertura hacia una Otredad, aquello distinto a uno que forma parte de uno, la sustancia de la que está hecha la memoria.

Así, a través de la “grieta dulce” el poeta permite que la memoria circule y con ella la esperanza, porque “la memoria del alma es la esperanza” (III). Esta hendidura es necesaria a fin de que el alma se vaya “desdoloriendo”, porque, cómo le hará saber Pepona, “Las personas que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir” (IV); es decir, son como casas deshabitadas y cerradas sobre sí, llenas de ausencia.

Asimismo, todo nacimiento entraña dolor y esto se manifiesta en el alumbramiento discursivo de la mujer en la tercera parte: “vi que se comenzaba abrir aquella carne, / que se rompía sobre los hombros, poro por poro” (III). Para establecer la comunicación con lo distinto hay que desgarrar el silencio, romper-se para poder articularse con la Otredad mediante la palabra del alma:

y yo entonces corrí yendo hacia ella,
corrí con un impulso pudiente y genital
como si caminase a través de un espejo,
rompiendo luna y cuerpo juntamente,
rompiéndome a mí mismo
para sufrir por alguien (III)

Ahora bien, la grieta implica, por un lado, que el yo se fragmente entre lo que fue y lo que será; por el otro, que el pasado se manifieste calidoscópicamente. Pero, en diametral oposición con las palabras de Alejandra Pizarnik (“Las palabras no hacen el amor, hacen la ausencia”), aquí las palabras portan el germen de la esperanza, a saber, el de la integración definitiva de los recuerdos en la memoria que se expresa a través del mundo de las cosas:

y tal vez todo cicatrice, algún día,
como la herida cierra sus bordes,
y tal vez todo se reúna
porque la muerte no interrumpe nada (IV)

Dicha condición fragmentada se puede observar a lo largo del poema en el desdoblamiento discursivo del sujeto. No se trata la disolución del yo, conseguida a través de la alternancia pronominal entre “yo” y “tú”, sino de un sujeto que escindido de si mismo, busca congregarse a través del descubrimiento de la palabra del alma. Así, el yo poético expresa:

Has llegado a tu casa,
y, al entrar,
a la que vieras tú cayendo hasta que tocara en la pupila con sus
patas velludas
y allí la vieras toda. (I)

Pero unos versos más adelante: “Sí, es verdad que el sereno / cuando me abrió esta noche la cancela, / me ha recordado a la palabra”igual” (I) En la parte V, al día siguiente, nos encontramos ante un “yo” íntegro. Este desdoblamiento de las personas pronominales, asimismo, enfatiza el carácter universal de la experiencia del poeta. Así, el lector recibe cada palabra como propia.

En pocas palabras: la esperanza se constituye como camino hacia la unidad en la diversidad.

Por otro lado, el poeta se cuestiona -como se ha expresado ya: “para qué sirve estar sentado igual que un náufrago”. El náufrago es un expulsado que se halla obligado a contentarse con lo cotidiano para sobrevivir; su misión es soportar-se. Del mismo modo, el poeta que emprende su camino hacia la casa, su ser interior, debe aprender primero a convivir consigo para convivir con los demás:

y después,
te has bañado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida,
y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas,
y te has sentido solo
humanamente solo,
definitivamente solo porque todo es igual y tú lo sabes. (I)

Aquí nos encontramos en el momento previo al reencuentro del poeta con sus seres queridos. Él está solo “porque todo sigue igual”, pero cuando lo cotidiano se transforma, entonces la soledad se transforma en puente:

y era verdad, era verdad como una calle que nos lleva a la
infancia
[...]
puede hacerse real, y estar allí contigo, estar allí conmigo, tendiéndome la mano (II)

Lo distinto a uno se encuentra en uno. Así Panero, sus padres, María, son desmembramientos de su yo que toman consistencia propia, que se realizan independientemente, porque el poeta ha comprendido que primero hay que adentrarse. Pero, también, hay que abrir la grieta para que las palabras compongan la memoria. Escribe Rafael Lapesa: “Solamente las figuras de seres queridos, emergiendo de la memoria y de los sueños, aciertan a iluminar con una esperanza el cansancio y la soledad del poeta. [...]” (180) Nada más acertado cuando Julián Marías define la casa como “dentro pero afuera”. Las ventanas encendidas son los ojos que reconocen al mundo externo como propio, al mundo apropiado por el poeta, que ya no está más solo, su soledad tiene ventanas por donde mirar.

Será luego el fin de su camino la cicatriz; es decir: la unidad. El poeta descubre así la palabra que sana, deshiela y cicatriza: “ahora que estoy cicatrizado, abierto y disponible” (IV).

Recapitulemos: el poeta es un viajero que transita sus propias huellas en busca de su ser interior. Según Carl Gustav Jung, el viajar es una imagen de la aspiración del anhelo nunca saciado que en parte alguna encuentra su objeto. Sin embargo, aquí el poeta sí encuentra su morada final y es por ello que podrá decirnos finalmente: Gracias, Señor, la casa está encendida. Esta morada definitiva requiere de un fragmentarse para reagruparse en torno a un nuevo centro: la memoria, la palabra del alma, la figura siempre persistente del calidoscopio.

Luego, los versos disímiles, las iteraciones, las aperturas, los cierres, también traducen este caminar espiralado entre una enredadera de palabras que se suceden y se espejan. Porque, en definitiva, si bien “todo es igual”, el poeta encuentra en ellas su arma para combatir el silencio, la oscuridad y la soledad. Escribe Luis Felipe Vivanco en Poesía española contemporánea:

Cada verso va un poco más allá -sólo un poco más allá- que el anterior. Pero a veces tropieza en una palabra y tiene que volver atrás, tiene que volver a empezar un poco más atrás. Esto de estar empezando siempre un poco más atrás va a ser característico de la palabra poética de Luis rosales. Un poco más atrás para ir un poco más adelante. [...] 134

A medida que esos versos que se expanden y se encogen, el alma va cobrando vida, se va encendiendo:

La sustancia del alma es la palabra;
la palabra donde todas las cosas extensas y reales
se encienden mutuamente y de nosotros,
se encienden mutuamente y convirtiéndose desvarían
lo mismo que un espejo, que algunas veces, cuando lo quiere Dios tiene
unas décimas de fiebre,
porque todo es distinto y tú lo sabes. (II)

La memoria es un rompecabezas compuesto de palabras. Entonces, ellas rompen la mutabilidad de las cosas que ahora “desvarían” y “se encienden mutuamente”. Ya no son los mismos muebles, los mismos libros, son los muebles del pasado, los del presente y los del futuro conjugados en una imagen, “lo mismo que un espejo”.

Las palabras, incluso, se vuelven sobre sí y se transforman. En la segunda parte, por ejemplo, se produce una ruptura de la isotopía presente en la primera parte: ahora todo se convierte, todo es distinto. Las cosas permanecen en el mismo lugar, pero habitadas por una luz sincera, originada en el umbral del sueño. Se imprime, de este modo, el carácter onírico de la vivencia. Escribe Luis Felipe Vivanco:

[...] su lenguaje se está creando y destruyendo hacia otro lenguaje cualquiera -más opaco o más diáfano-, agotando, de pronto, todas sus posibilidades de continuación, buceando en lo oscuro y volviendo a salir a la playa. (El auténtico poeta siempre vuelve de sus profundidades, como el Dante). Y la playa se transformado ya en otra habitación de la casa, con otra luz encendida. (1974: 135)

Sin embargo, todavía no se ha encendido completamente la casa. El primer encuentro con Juan Panero ha marcado el camino. Quedan más habitaciones por visitar, más ventanas por abrir:

Pero anochece
Cuando la luz termina de decir su palabra sobre el mundo,
Cuando la luz
-hasta mañana, Luis-
y ahora
la nieve de empezar a ser bastante
sigue cayendo

La nieve, presente a lo largo del poema, subraya el detenimiento del tiempo. Pero este elemento se encuentra asimismo ligado al simbolismo de la altura y de la luz (Cirlot; 1995: 324). Entonces, en la inmutabilidad se encuentra el germen de la luz: “-No lo olvides: / la muerte no interrumpe nada-“. La permanencia no entraña necesariamente inmutabilidad. Es necesario apoyarse en un cimiento, tener un hogar, puesto que las transformaciones suceden a través de las palabras.

 

La portería

Hacia el término del recorrido, el poeta descubre que “el dolor es un don”, pues no hay alegría que no se convierta en llaga. El descubrimiento de la necesidad de sufrir, para no ser “una iglesia sin bendecir” es lo que al fin y al cabo unifica su experiencia. Versos atrás, el yo expresaba con respecto a sus seres queridos: “Y no he podido conviviros juntos / ni en la memoria que nos queda, ni en a vida que pasa” (IV) Sin embargo, en el final de la sección IV, nos dice: “Ahora que estamos juntos / quiero deciros algo, / quiero deciros que el dolor es un largo viaje”.

De este modo, el poeta reúne a todos sus seres, con quienes ha dialogado por separado a lo largo del poema, en un solo diálogo: “Y ahora vamos a hablar, ¿sabéis?, vamos a hablar, / como si hubiera empezado el deshielo”. Se advierte que en este momento el poeta se enciende íntegramente: cuando comprende que el día de hoy es su herencia y que todos conviven en el ahora.

El poeta concluye así su travesía: “ahora que he regresado de vivir y llevo el equipaje a cuestas” (IV). Ahora sí su casa se ha unificado; el que entra es un ser íntegro y no desdoblado (nótese que no hay uso del “tú”), porque ha asumido su existencia como una continuidad irreductible:

Al día siguiente,
-hoy-
al llegar a mi casa -Altamirano, 34- era de noche,
y quién te cuida, ¿dime?; no llovía;
el cielo estaba limpio;
-«Buenas noches, don Luis» -dice el sereno,
y al mirar hacia arriba,
vi iluminadas, obradoras, radiantes, estelares,
las ventanas,
Gracias, Señor, la casa está encendida
-sí, todas las ventanas-,
Gracias, Señor, la casa está encendida.

No una habitación, TODA la casa.

 

CONCLUSIÓN

La casa encendida describe el camino que todo poeta debe transitar en aras de alcanzar la unidad. Ésta se da a través la palabra del alma. Luego, así como en el principio del mundo Dios dijo “haya luz”, así el poeta a través de su palabra ha encendido su casa.

El poeta viajero debe, desde luego, sortear una serie de obstáculos que se le presentan: la soledad, el sentimiento de que todo es igual, el reconocimiento del dolor como piedra angular de la vida y la subsiguiente incapacidad de aunar las experiencias en su yo. Escribe Luis Felipe Vivanco:

[...] el poema, a pesar de ser una Casa, consiste en caminar. Consiste en que el alma se vaya transcurriendo, y tropezando -cayendo y levantándose- de una palabra a otra (de unos muros y unos muebles y unas luces encendidas a otras). (1974: 134)

Asimismo, el poeta se encuentra ante la imposibilidad de que sus seres queridos convivan, hasta que advierte que la palabra es el motor de unificación de la memoria. De este modo, el viajero llega a su puerto cuando finalmente puede reconocerse cicatrizado y uno. Ya no son habitaciones o casas, sino UNA casa donde todos conviven.

Escribe Azorín -y Rosales repite en su “Prólogo”: “vivir es ver volver”; pues bien, en este caso cabría reformular: “hacer poesía es ver volver”. Ese retorno -según Lapesa- podría consistir en una repetición desesperante o en una continua renovación (182). En este caso, tras vivir la experiencia del albor, el poeta reformula su tesis de que todo es lo mismo, “porque todo es distinto y tú lo sabes”.

Esta unificación a través de la experiencia del tiempo como un fluir, se resume en uno de los versos tan repetidos en el poema: “la muerte no interrumpe nada”. La memoria es el diálogo que atraviesa ese país de cuyos confines ningún viajero retorna. El hombre no es un ser para la muerte, éste se resignifica a través de la palabra del alma.

Ese mismo camino interno, atravesado por el poeta en este poema, no se acaba en el último verso. Todo indicaría que el hombre necesita vivir el dolor una y otra vez, apagarse para encenderse y no dejarse absorber por la mutabilidad de las cosas. Debe adueñarse del mundo una y otra vez para integrarse a él.

Finalmente, escribe Rafael Lapesa que La casa encendida es un libro que “[...] partiendo de la abulia sin horizontes, llega a la más desbordante proclamación del amor, aunando en apretado abrazo a cuantos viven a una y otra orilla de la muerte. [...]” (1977: 188)

 

BIBLIOGRAFÍA

Cirlot, Juan Eduardo. (1991) Diccionario de símbolos, Colombia: Labor, 1995 [11ma. edición].

Chevalier, Jean y Gheerbrant, Alain. (1986) Diccionario de los símbolos, Barcelona: Herder, 1999 [6ta. edición].

Forradellas, Joaquín y Marchese, Angelo. (1986) Diccionario de retórica, crítica y terminología literaria, Barcelona: Ariel, 2000 [7ma. edición].

Lapesa, Rafael. “La poesía encendida de Luis Rosales” en: Historia y crítica de la literatura española. Barcelona: Editorial Crítica, 1983. Coordinado por Francisco Rico. [de: LAPESA, Rafael. “Abril y La casa encendida de Luis Rosales” en Poetas y prosistas de ayer y de hoy, Gredos, Madrid, 1977, pp. 391-413].

Marías, Julián (1979) “Al margen de La casa encendida”, prólogo a: ROSALES, Luis (1979) Rimas. La casa encendida. Madrid: Espasa-Calpe [Colección Austral].

Sanz Villanueva, Santos. (1984) Historia de la literatura española. Literatura actual: Barcelona: Ariel [1era. edición].

Vivanco, Luis Felipe (1974). Poesía española contemporánea. Madrid: Guadarrama [3ra. edición].

 

© Clara María España 2010

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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