Espéculo

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Isabel Fresco Otero

Gardádeme a Esperanza

  

 

DIÁLOGO APÓCRIFO EN LA FRONTERA DEL PARAÍSO
Fabiola Maqueda

La ensayista de ascendencia coruñesa, Isabel Fresco Otero, filóloga y profesora de literatura en un instituto madrileño de San Fernando de Henares, ha publicado recientemente el primer poemario en gallego, Gardádeme a Esperanza (Espiral Maior, 2009), que está siendo recibido con entusiasmo por la crítica local; pienso que interpretado como el feliz anudamiento de una voz poética que se inicia en los universales de la tradición literaria española, en castellano, en el alumbramiento de Coloquio de Sirenas (Renacimiento, 2006), pero cuya experiencia radica en la lengua materna de la infancia, paraíso perdido que en su madurez plena rescata para decirla en galego

Como mejor lectora en castellano y adepta desde el primer verso a Isabel, mi compañera, quiero entablar con ella un coloquio de mujeres pez, sobre esta obra sinónima que no se resigna a un epílogo. Su yo poético recorre, incesante, a través de dos hermosos libros, la piel áspera y rugosa de lo amoroso, sin embargo, flujo vital ineludible, y lo hace como feligresa de una religión profana. Un punto de partida que le permite frecuentar, a placer, el Olimpo como la Arcadia; el gabinete umbrío de las románticas o levitar, como el humo, sobre las bohemias testas, en las tertulias de café, de los poetas del dolor y del exilio.

El amor con todas sus vivencias, en sus camisas de piel siempre renovada. Así pues, el que se espera y se despide, sin aguardar un presente, el que se añora entonces irremediablemente; el que contagia el color del ánimo de las estaciones, la melancolía del otoño que no nos abandona, la pequeña muerte de amanecer sola en ese tiempo en que mudaron su aposento las aves voluntarias.

Abrir el primer libro es recibir de cara el viento fresco del cancionero, de la lírica galaico-portuguesa, hasta de las cantigas de amigo. Y por eso la espero como una enamorada (…) y mi alma se alarga cuando siento sus pasos. Las confidencias apenas dichas, secretas, en las que el corazón se hace azogue para mirar/se en otro, en ese juego de espejos que es el sentimiento amoroso. Dejaré que envejezca en mi pecho tu amor, sí, Isabel, hasta que el dolor se apague. Ese registro se vuelve repentinamente liviano, cuando unos golpecitos de lluvia, toc, toc, tiloc, toc, repiquetean en Disputa, abriendo un agujerito, redondo como el nido

Como prestidigitadora, en un rápido juego de manos, los ecos de Lorca en ese crisol de lecturas eruditas, expresado tan singularmente, con voz propia; así la poeta se interroga, ¿por qué tendrán las muchachas la luna en su cintura? Aunque, es verdad, tampoco eludes los surcos de la ascética áurea, de la mejor tradición poética castellana, al afirmar un poco más adelante: y mi boca parirá nuevos nombres para llamar las cosas/ y en tu oído recitaré un salmo distinto cada noche.

Y antes de penetrar en sus Soledades, las de Isabel Fresco Otero, un guiño a Antonio Machado, al verdadero patrón de los maestros, guardianes del recreo, - esa leche espesa que no tiene nata-, en patios, donde se desperdiga la semilla de la adolescencia. En los cristales de la escuela/el niño castigado dibujaba/con el dedo/ naranjas.

En Coloquio de Sirenas, hay un lenguaje descifrable para ese lector que se permite el moroso trance, el rescate del tiempo del beso y del abrazo, del eterno retorno al cuerpo amado y soñado. Me pides otro tiempo, tómate todo el tiempo (…) Al fin y al cabo el tiempo no es mío.

La recurrencia al fuego purificador como símbolo de una palabra que no puede apagarse, porque aún no ha sido del todo pronunciada. Renovadas promesas de amor carnal para la profecía del tiempo consumido, el de la vejez.

Y de nuevo otra Odisea, esta vez de la mano de un referente fundamental de las letras gallegas, Álvaro Cunqueiro, a quien Isabel rememora en una cita esplendorosa: “Dile a Penélope que llevo/mordido el corazón”. El viento que teje nuestra memoria, evoca, ahora, el sueño de la lealtad al ser amado, mientras gira en la rueca de la hilandera de Itaca;, la patria donde el amor recobrado puede, por fin, aunarse con el canto de sirenas sin temor a naufragar.

 

© Fabiola Maqueda 2010

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2010