El gesto irónico en Bouvard y Pécuchet

Elizabeth Sánchez Garay

Centro de Investigaciones en Ciencias, Artes y Humanidades de Monterrey, A.C. (CICAHM), México
bethsang@hotmail.com


 

   
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Resumen: el ensayo analiza la novela inconclusa Bouvard y Pécuchet, donde Gustave Flaubert realiza una lúcida crítica a las nociones de Ciencia y Progreso de su época. Así, a través del juego irónico y desde la distancia crítica, el autor invita a reconocer la multiplicidad y diversidad del universo, anticipándose al carácter provisorio del conocimiento científico del siglo XX.
Palabras clave: Flaubert, Bouvard y Pécuchet, ironía

 

Dice Leonardo Sciascia que Gustave Flaubert era ya el autor de Bouvard y Pécuchet cuando a los nueve años de edad escribió a su compañero Ernest Chevalier lo siguiente: “Si quieres asociarte con nosotros para escribir, yo escribiré comedias y tú escribirás fantasías, y como hay una señora que viene a visitar a papá y que siempre nos relata tonterías, yo las escribiré.” (Sciascia, 1990: 136). Así, mientras dejaba al amigo la tarea de narrar el mundo fantástico, él asumía la faena de escribir sobre las sandeces humanas a través de la comedia.

También sugiere el escritor siciliano que la minuciosa atención a la tontería, mostrada por Flaubert en Bouvard y Pécuchet, puede ser considerada como una tentativa de perturbar los supuestos progresos de la época, al grado de convertir la obra en un desesperado grito de alarma después de dos guerras mundiales que mostraron la capacidad de destrucción de la ciencia aplicada para esos fines.

En efecto, el autor narra el fracaso del conocimiento universal y totalizador -típico de las concepciones decimonónicas- a través de dos autodidactas que intentan hacer suyas todas las teorías que leen, descubriendo que unas y otras se contradicen, a pesar de estar “científicamente comprobadas”. Este inconcluso libro es un viejo capricho que persigue a Flaubert durante más de treinta años. Su origen lo encontramos en un texto de juventud escrito en 1837, donde el autor describe a un empleado de oficina como si se tratara de una “variedad zoológica”.

Empieza a redactar Bouvard y Pécuchet en el verano de 1874. A principios del año siguiente solamente ha escrito dos capítulos, pero deja el trabajo inconcluso por una serie de problemas personales y es entonces cuando redacta Julián el Hospitalario, Herodías y Un corazón simple, publicados bajo el nombre de Tres cuentos. Después vuelve al tema de los autodidactas, al que dedica los tres últimos años de su vida. Su proyecto consiste en complementar el relato con un diccionario en donde aparezcan catalogados, por orden alfabético, todas las estupideces y los errores que se repiten de manera cotidiana y que han pasado ignoradas hasta por los hombres ilustres.

Con lúcida ironía, Flaubert imagina dos buenos hombres que, retirados de sus antiguos empleos en la administración pública, por distracción o con nobles propósitos, abordan estérilmente todos los conocimientos humanos. Por ello finalmente toman la decisión de dedicarse a copiar todos los papeles impresos que caigan en sus manos. Importante es destacar que en lugar de la descripción caricaturesca el autor se toma muy en serio las cuestiones teológicas, filosóficas o científicas; de ahí el carácter irónico -y no satírico- del texto [1]. En carta fechada el 25 de enero de 1880, le escribe a Mme. Roger des Gennettes : “¿Sabe a cuánto ascienden los volúmenes que he tenido que absorber para mis dos tipos ? ¡A más de 1500 ! Mi carpeta de notas tiene ocho pulgadas de altura. Y todo esto, o nada, es lo mismo. Pero esta sobreabundancia de documentación me ha permitido no ser pedante; de esto, estoy seguro.” (Flaubert, 1998: 215).

Es consciente el autor de la tarea que se ha echado a cuestas. Sabe que para cuestionar la noción de saber universal necesita comprender muchas cosas que ignora sobre agronomía, jardinería, fabricación de conservas, anatomía, arqueología, historia, literatura, hidroterapia, espiritismo, gimnasia, pedagogía, veterinaria, filosofía, religión, etcétera. Flaubert no quiere hacer un banal y escueto relato carente de alcance y verosimilitud, sino detallar algunas falacias del conocimiento, combinar el humor con las ideas y dar cuenta de las contradicciones del saber con el más enérgico realismo.

Inicia el relato en el momento en que se conocen los protagonistas cuando, en una calurosa tarde de un ocioso domingo, se sientan en la misma banca del boulevard Bourdon. Por su parecida forma de actuar -hasta para secarse el sudor de la frente- pronto empiezan a charlar animosamente y deciden pasar la tarde juntos. Así, descubren que ambos son empleados, aborrecen el tipo de trabajo que realizan, detestan la ciudad y aman la ciencia: “Luego, alabaron los avances de las ciencias: ¡cuántas cosas por conocer, cuántas por investigar, si uno dispusiera de tiempo! Pero ganarse el sustento los absorbía; y levantaron los brazos, sorprendidos, y casi se abrazaron por encima de la mesa al descubrir que ambos eran copistas.” (Flaubert: 1993: 10).

Un día, Bouvard recibe una carta que le produce un desmayo: en ella se le informa que su padre natural lo ha heredado. Después de analizar la situación, los amigos deciden que vivirán en el campo para dedicarse a la naturaleza y a la ciencia, mas esperarán dos años, tiempo en el cual Pécuchet obtendrá la jubilación. Es a partir de su vida en el campo cuando inicia la odisea de los dos cándidos aprendices. Cada capítulo está dedicado a uno o más conocimientos nuevos que intentan poner en práctica con desastrosos resultados. Surgen los errores no por falta de interés y ahínco -trabajan desde el alba hasta el anochecer-, ni siquiera porque sus lecturas sean pocas, sino porque siguen al pie de las letras las indicaciones de los manuales.

Pero son tozudos: “Si hemos fracasado con la química o la agricultura, ¡venga! Probemos con la hidroterapia o la anatomía”, parecen decir. El pesimismo de Flaubert sobre las posibilidades del éxito es inversamente igual al optimismo con el que los protagonistas emprenden cada nueva tarea: si falla la siembra de berenjenas, nabos, berros y alcachofas, entonces hay que ensayar con el cultivo del melón. Así experimentan una y otra vez, pero todos sus empeños resultan fallidos.

La novela se caracteriza por su rapidez y ligereza (elementos del pensar irónico), debido a que el narrador no se detiene a describir la psicología de los protagonistas. Sólo sabemos que éstos pasan del entusiasmo al azoro, de la turbación al desaliento, y de este último a una nueva pasión. Por ejemplo, cuando los dos amigos terminan de leer el manual de higiene del Doctor Morin, se preguntan:

¿Cómo habían hecho para vivir hasta ese momento? [...] Todas las carnes tenían inconvenientes. La morcilla y los embutidos, el arenque ahumado, la langosta y la caza son “refractarios”. Cuanto más gordo es un pez, más gelatina contiene y, por consiguiente, es pesado. Las legumbres producen acedías, los macarrones provocan pesadillas, los quesos “considerados en general son de difícil digestión”. Un vaso de agua por la mañana es “peligroso”; cada bebida o alimento sólido era seguido de una advertencia semejante, o bien de estas palabras: ¡Malo! ¡Cuidado con su abuso! ¡No conviene a todo el mundo! [...] El desayuno era todo un problema. Abandonaron el café con leche por su detestable reputación; luego, el chocolate, pues era “un montón de sustancias indigestas”; sólo quedaba el té. Pero “las personas nerviosas deben vedárselo por completo”. Sin embargo, Deker en el siglo XVII prescribía veinte decalitros de té al día, para limpiar los conductos del páncreas [...] Esta información hizo que se resintiera la estima que tenían por Morin [...] Entonces compraron el trabado de Becquerel, donde vieron que el cerdo es en sí mismo “buen alimento”, el tabaco una inocencia perfecta, y el café “indispensable para los militares.” (69)

Después de seguir las recomendaciones de un autor para cambiarlas posteriormente por las sugerencias de otros y otros, sin encontrar elementos que demuestren que una teoría es más verdadera que otra, y de comprobar que su salud no es ni mejor ni peor atendiendo los consejos, deciden emanciparse. En una noche cenan ostras, pato, cerdo con col y crema. Toman venganza de los manuales cuando abren una botella de Borgoña; se ríen de las tonterías que dicen los científicos; consideran que es una bajeza tiranizar el gusto para prolongar la existencia. Bouvard piensa que a partir de ese momento tomará tres tazas de café aunque no sea militar, mientras Pécuchet ordena a la servidumbre que les sirvan una botella de Champagne. Pero el desencanto no termina con sus deseos de conocer. Con el estómago lleno y la cabeza en las nubes, inician la inspección de los astros; después continuarán con la arqueología, la historia, la literatura y la filosofía. Ése es el juego de la novela. Cada fracaso los lleva a dejar el tema en cuestión para introducirse, con nuevo ahínco, en otro campo del saber.

Por ejemplo, cuando se introducen en el estudio de la literatura, Bouvard se maravilla de Balzac, cuya obra le parece tanto una Babilonia como los granos de polvo en el microscopio. No había sospechado que la vida moderna fuera tan profunda como lo mostraba el gran escritor francés. Pécuchet, por su parte, busca algo que lo eleve de las miserias del mundo y llega, arrastrando a su amigo consigo, a las tragedias. Después continúan con la comedia, la poesía, los proverbios, las colecciones de anécdotas, la crítica literaria. Sobre esta última, deja traslucir Flaubert la imagen negativa que de la misma tiene. Si en la correspondencia define a los críticos como una eterna mediocridad que vive del genio para denigrarlo y para explotarlo, los protagonistas en la novela señalan que la obstinación y la falta de probidad son las características fundamentales de quienes comentan las obras; lo mismo piensan del público, el cual silba las buenas novelas y aplaude las mediocres. Así, mientras la opinión de la gente de gusto es engañosa, el juicio de la multitud resulta inconcebible.

Especialmente irónico es el capítulo dedicado a la filosofía. Bouvard y Pécuchet se preguntan qué es la materia, qué es el Espíritu, de dónde procede la influencia de una sobre el otro y recíprocamente:

— ¡El alma es inmaterial! -decía uno.

—¡De ningún modo! -respondía el otro-. La locura, el cloroformo, una sangría la transforman, y puesto que no siempre piensa, no es en absoluto una sustancia exclusivamente pensante.

—Sin embargo -dice Pécuchet- Hay en mí algo superior a mi cuerpo, y que a veces le contradice.

—¿Un ser en el ser? ¡El homo duplex! ¡Vamos, Hombre! Tendencias diferentes revelan motivos opuestos. Eso es todo.

—Pero ese algo, esta alma, permanece idéntica aún con los cambios del exterior. ¡Por tanto, es simple, indivisible y por ello espiritual!

—Si el alma fuera simple -replicó Bouvard- el recién nacido recordaría, imaginaría como el adulto...

—¡No importa! -dijo Pécuchet-; el alma está exenta de las cualidades de la materia.

—¿Admites la gravedad? -prosiguió Bouvard-. Pues bien, si la materia puede caer, también puede pensar. Como ha tenido un inicio, nuestra alma debe tener un fin, y como depende de los órganos, desaparecerá con ellos.

—¡Yo sostengo que es inmortal! Dios no puede querer...

—¿Y si Dios no existe?

—¿Cómo?... (191)

Deseoso de creer en la inmortalidad del alma y en la existencia de Dios, Pécuchet argumenta que las cosas son como son porque así tenían que ser; no hay orden sin finalidad, dice categóricamente. Para responder, Bouvard se hace allegar la Ética de Spinoza, descubriendo que la sustancia es lo que es en sí, por sí, sin causa, sin origen. Esta sustancia es Dios, quien se desarrolla en una infinidad de atributos, pero sólo conocemos dos: la Extensión y el Pensamiento.

Finalmente, después de leer todos los volúmenes que encuentran sobre reflexiones filosóficas, llegan a la siguiente conclusión: “Lo que es difícil no es dudar. Así, con respecto a Dios, las pruebas de Descartes, de Kant y de Leibniz no son las mismas, y se invalidan mutuamente. La creación del mundo por los átomos, o por un espíritu, sigue siendo inconcebible. Me siento materia y pensamiento al mismo tiempo, a la vez que ignoro lo que es una y el otro.” (197).

La elegancia irónica de esta cita es notable y muestra con claridad las intenciones del escritor. A Flaubert no le interesa defender la existencia o no de Dios, sino exhibir las múltiples argumentaciones filosóficas -invalidadas entre sí- para creer o descreer. Por ello Bouvard y Pécuchet no son científicos urgidos de defender sus tesis, sino personas dispuestas a poner en práctica las teorías para sembrar el huerto, llevar una vida más sana, elaborar un buen vino o comprender por qué existe o no existe Dios.

No busca el relato adecuar cómodamente la realidad a las teorías para mostrar su cientificidad; por el contrario, el autor se propone ironizar seriamente sobre lo falaz de las argumentaciones por medio de sus dos autodidactas, cándidos ellos por creerse tanta palabrería. Es éste el rasgo distintivo de los ingenuos personajes: creerse que los libros dicen siempre la verdad. Mas no son estúpidos, sino candorosos y algo torpes. Como señala Jacques Suffel, dicen muchas tonterías mientras critican muy bien la tontería (Suflel, 1972: 143).

Flaubert, ya se ha dicho, no llegó a terminar el libro, pero entre sus papeles se encontró un plan de cómo terminaría el relato. En él tenía pensado dividir las perspectivas de los dos personajes. Por un lado, Pécuchet vería muy negro el porvenir de la humanidad: imaginaría la disminución del hombre moderno, convertido en una máquina; la anarquía del género humano; la imposibilidad de la paz. Vislumbraría, así, la barbarie por la exacerbación del individualismo y el desvarío de la Ciencia (imagen muy cercana, por cierto, a nuestra realidad). Por otro lado, Bouvard tendería al optimismo del progreso, gracias a los avances científicos, a la capacidad de los pueblos para comunicarse entre sí, a la desaparición del mal por la desaparición de la necesidad. “Se viajará -piensa- a otros planetas y, cuando la Tierra esté gastada, la humanidad podrá trasladarse a las estrellas.” (275-276). Sin embargo, después de llevar a cabo estas reflexiones, la actitud optimista se vendría abajo ante una serie de hechos catastróficos en el ámbito de las relaciones humanas que mostrarían la insensibilidad, el egoísmo y la maldad existentes en el mundo compartido. Sin interés en la existencia, reconocerían que todo su esfuerzo había sido un gran fracaso. Pero no acabaría ahí el relato. Consecuentes con su actitud vital, empeñados en no sucumbir ante tanta desazón, muy pronto se confesarían a sí mismos, y entre sí, el deseo que ya rondaba en sus cabezas sin atreverse a decirlo: volver a copiar, como lo hacían antes de iniciar su odisea por el mundo de la ciencia.

Recordemos, además, que para redondear su convicción de que cotidianamente se dicen cosas absurdas, incluso en el ámbito de la ciencia, Flaubert terminaría el libro con el Diccionario de Prejuicios, una “apología de la chabacanería humana en todas sus facetas, irónica y vociferante de cabo a rabo, llena de citas, de pruebas (que demostrarían lo contrario) y de textos espantosos (sería fácil), que tiene como finalidad, diría yo, el acabar de una vez para siempre con las excentricidades, sean cuales fueren [...] Aparecerían, pues, por orden alfabético, todos los temas posibles, todo lo que hay que decir en sociedad para ser un hombre decente y amable.” (Flaubert, 1998: 207-208). Para dar una imagen de lo que el diccionario sería, he seleccionado algunas palabras del diccionario (con sus respectivos comentarios) encontradas en las notas escritas por el autor:

Clásicos (Los): Se supone que hay que conocerlos.

(Cuadratura del círculo): No se sabe lo que significa, pero hay que alzar los hombros cuando se habla de ella.

Dedo: El dedo de Dios se mete en todos lados.

Diderot: Siempre seguido de D’Alembert.

Excepción: Decir de ella que “confirma la regla”; no arriesgarse a dar más explicaciones.

Feliz: Hablando de un hombre feliz, decir: “nació de pie”. No se sabe qué significa esto, pero el interlocutor tampoco.

Homero: Célebre por su manera de reír: risa homérica (nunca existió)

Materialismo: Pronunciar esta palabra con horror, subrayando cada sílaba.

Metafísica: No se sabe lo que es, pero reírse de ella.

Naturaleza: “¡Qué hermosa es la naturaleza!”: debe decirse cada vez que se va al campo.

Nerviosa: “¡Es cosa de los nervios!”: Debe decirse siempre que no se explica la causa de una enfermedad. Y el que escucha se queda satisfecho.

Principios: Son siempre indiscutibles. No se puede explicar su teoría ni su número, pero no importa, son sagrados.

Problema: Plantearlo es resolverlo. (Ver Suffel, 1972: 279-317)

En sus Lecciones americanas (traducidas como Seis propuestas para el próximo milenio), dice Italo Calvino que Bouvard y Pécuchet destruye toda posibilidad de certidumbre, pues los mundos que se abren a los dos autodidactas, con las lectura de los libros, terminan siempre excluyéndose unos a otros: “¿Hemos de concluir que en la experiencia de Bouvard y Pécuchet la enciclopedia y la nada se equivalen? Pero detrás de los personajes está Flaubert, que para alimentar sus aventuras capítulo a capítulo tiene que construirse una competencia en cada rama del saber, edificar una ciencia que los dos héroes puedan destruir.” (Calvino, 1992. 129).

El punto de vista calviniano es importante porque la recepción de la novela, cuando fue publicada por primera vez, no fue del todo comprendida. La broma resultó pesada para algunos; para otros, la historia se restringía a mostrar la “estupidez” de los dos autodidactas, sin que ello significare la crítica al saber universal. René Dumesnil consideró que Flaubert había querido reírse de aquellos que mal preparados y carentes de cultura creen que basta un poco de audacia para atreverse a todo. Calvino, por el contrario, subraya la actitud irónica y escéptica del escritor. También hace notar el papel otorgado por Flaubert a la ciencia, pese a que sus dos personajes se dedican en el relato a destruirla. Es decir, para Calvino -como para Raymond Queneau- Flaubert está a favor de la ciencia, siempre y cuando ésta sea escéptica, metódica, prudente y humana, en oposición al dogma.

En efecto, constituye un error considerar que en esta novela hay una crítica a la ciencia toda, y una actitud de desdén hacia el conocimiento científico. Para empezar, desde la perspectiva de la recepción es importante tener presente la época en que el relato empezó a redactarse: el verano de 1874. Es decir, estamos en un momento en que la idea del progreso se ha extendido y generalizado. Por ejemplo, que en El origen de las especies, publicada en el año de 1859, Darwin no distingue entre progreso, evolución o desarrollo porque supone que el hombre siempre va a mejor. Si Edward Young considera que se deleita la naturaleza en el progreso (yendo de lo peor a lo mejor), Browing declara que la ley de la vida es el progreso, al tiempo que Coleridge afirma que el escepticismo se sostiene únicamente si hacemos una lectura superficial de la historia, pues un estudio profundo no puede sino infundir esperanza al hombre y reverencia a su destino. Los antecedentes de este entusiasmo se remiten, entre otros, a Condorcet, que en el Boceto de una imagen histórica del progreso del espíritu humano señala:

La naturaleza no ha establecido límite alguno al perfeccionamiento de nuestras facultades humanas, la perfectibilidad del hombre es verdaderamente indefinida; y el progreso de esta perfectibilidad de ahora en adelante es por lo tanto independiente de lo que pudiera hacer cualquier poder que quisiera detenerlo, y no tiene más límite que la duración del globo terráqueo en el que nos ha puesto la naturaleza. Este progreso... no podrá ser nunca detenido ni nada podrá hacernos volver atrás mientras la tierra siga ocupando su sitio en el vasto sistema del universo, y mientras se cumplan las leyes de este sistema no habrá ningún cataclismo ni nada semejante que prive a la raza humana de sus actuales facultades y recursos. (Ver Nisbet, 1998: 293)

A esta idea decimonónica de ciencia se opone Flaubert: a la noción de progreso, a la consideración de que la ciencia no se equivoca, a la exaltación de abstractas virtudes humanas. En su correspondencia habla de dos clases de poetas: los que “se ocupan de sí mismos para ser eternos” y los que dejan de lado su personalidad para reproducir el Universo. Mas nótese las características que vislumbra en este último, el Universo: “resplandeciente, diverso, múltiple, como el cielo que se mira en el mar con todas sus estrellas y todo su azul”. Esta multiplicidad, inaccesible para el hombre, es lo que subraya Bouvard y Pécuchet. Sin embargo, el autor también cuestiona Los miserables de Víctor Hugo por el desprecio a la ciencia que en él se observa: “Decididamente este libro, a pesar de que tiene buenos fragmentos, y son raros, es infantil. La observación es una cualidad secundaria en literatura, pero no está permitido reflejar tan falsamente la sociedad cuando se es el contemporáneo de Balzac o de Dickens. Era un bonito asunto, sin embargo, pero ¿qué serenidad se habría necesitado y qué envergadura científica? Es cierto que el tío Hugo desprecia la ciencia y lo demuestra. Búsquese en mi espíritu a Descartes o a Espinoza.” (Flaubet: 1998: 150).

Asimismo, atrae un comentario escrito a George Sand, en diciembre de 1872, al preguntarse sobre los motivos de su quehacer literario: […] yo escribo (hablo de un autor que se respete) no para el lector de hoy sino para todos los lectores posibles, mientras la lengua exista. Mi producto no puede ser consumido ahora porque no se dirige exclusivamente a mis contemporáneos. Mi servicio es indefinido, en consecuencia, impagable.” (Flaubert, 1998: 131).

Hace el autor estas reflexiones por su malestar ante las inanidad de lo que se escribe, la mediocridad de la crítica literaria y la futilidad del mundo burgués, pero es bastante cierto que, vista su obra desde nuestro presente, el trabajo realizado en Bouvard y Pécuchet adquiere un nuevo sentido: los desastres naturales y humanos como resultado de la aplicación científica no pueden sino llevar al descrédito de la idea de progreso. Comprendemos con mayor claridad el pesimismo flaubertiano porque somos testigos de que el cándido de Bouvard se equivocó al imaginar la desaparición del mal por la desaparición de la necesidad, en el futuro por él vislumbrado. Ni una ni otra se han extinguido. Somos los “consumidores” actuales de su obra los que advertimos en toda su extensión las preocupaciones del autor. Por eso, insisto, me parece que al escritor francés le horrorizan el dogmatismo y la soberbia decimonónica con respecto al conocimiento científico; estando, por el contrario, como dice Calvino, a favor de una ciencia escéptica, metódica, prudente y humana.

También se adelantó a su época al descubrir el carácter provisorio y la relativización de la ciencia llevada a cabo durante el siglo XX. Especialmente sugerente sobre la indeterminación científica contemporánea es el libro Pensamiento borroso, escrito por Bart Kosko, economista, filósofo y matemático, cuya primera frase dice así: “Un día supe que la ciencia no era verdad. No recuerdo qué día, sí el momento. El Dios del siglo XIX ya no era Dios.” (Kosko, 1995: 15). Parte el teórico de una idea de Albert Einstein, enunciada desde hace ya mucho tiempo pero negada por los circuitos científicos anclados en la idea de certeza absoluta: en la medida en que las leyes de las matemáticas se refieren a la realidad, no son ciertas. Y en la medida en que son ciertas, no se refieren a la realidad. También rescata la reflexión sobre las paradojas del lógico Bertrand Russell y las enseñanzas de Werner Heisenberg, quien mostró que no todas las proposiciones científicas eran verdaderas o falsas, sino que, en su mayoría, los enunciados son indeterminados, inciertos, grises. En una palabra, borrosos.

Kosko recurre a muchos ejemplos cotidianos tomados de aquí y de allá con el fin de mostrar en forma sencilla los principios de la teoría. Demuestra con claridad que el supuesto central de la ciencia es, aunque parezca extraño, la falta de fidelidad. Hipótesis, teorías, enunciados científicos o conjeturas nunca son “fieles”, porque toda afirmación o enunciado científico depende de muchas suposiciones simplificadoras, de las palabras utilizadas, de los símbolos empleados y, especialmente, de que “todo lo demás siga igual”.

¿Y qué hace Flaubert en la novela? Cuando la tormenta no prevista arrasa con cerezas, ciruelas, peras, melocotones y manzanas sembradas por Pécuchet y Bouvard, aquél se queja con su amigo de la Providencia y de la Naturaleza y exige (al aire) que se le dé las razones de por qué las cosas no salen bien. “¡...no sólo cada especie requiere cuidados particulares -dice al compañero haciendo notar la simplificación de las suposiciones-, sino cada individuo, según el clima, la temperatura, un montón de cosas! ¿Dónde está, pues, la regla? ¿Qué esperanzas tenemos de obtener éxito y un beneficio?”

Precisamente, el lado borroso de las proposiciones científicas, estudiado hace apenas unas décadas, está presente en toda la novela de Flaubert. Eso es realmente impresionante. Con el juego irónico y desde el ámbito literario, cuestiona el autor la insistencia del lenguaje científico de su época de crear fronteras artificiales entre el blanco y el negro, entre lo verdadero y lo falso, entre el sí y el no rotundos en el campo del saber, a diferencia del sentido común y de la razón que trabajan con grises. En el siglo XIX la idea de la borrosidad era impensable, intolerable, porque ello supondría asumir las contradicciones del saber y de la vida, y recordemos que en el mundo del progreso, de la linealidad, no hay lugar para ellas. Por eso se comprende la descripción que del médico de la comunidad donde viven Bouvard y Pécuchet hace el narrador. Este personaje aparece cuando los cándidos aprendices deciden consultarlo sobre cuestiones científicas. Según se nos informa, el médico juzga las cosas con escepticismo, como hombre que ha visto el fondo de la ciencia y que, sin embargo, no tolera la más mínima contradicción.

Así, Gustave Flaubert conmina con Bouvard y Pécuchet, me parece, a la creación de una trama intelectual construida sobre la base de un conocimiento fragmentario y singular. La historia de estos dos autodidactas permite al autor construir una metáfora sobre la relación entre el peso del saber enciclopédico y la levedad narrativa. Pareciera que el final inconcluso da cuenta de la apertura al mundo. Aquí está, precisamente, el importante papel que cumple la ironía en su obra, la cual no espera sólo la sonrisa del lector al describir con bastante comicidad los errores de sus personajes, sino que invita, creo, a compartir con él sus inquietudes y dudas, a rechazar las verdades absolutas y a tomar distancia de los dogmas que pueden provocar pequeños o grandes desastres. Sin embargo, a pesar de subrayar la ironía el carácter contradictorio y paradójico del conocimiento, a pesar de que establece la incapacidad de dar una explicación completa de la realidad, no puede definirse la suya como una ironía absoluta e infinita, cuya vorágine destruiría todo saber o postura ética. Es decir, no puede decirse que la ironía utilizada por Flaubert sea una forma de nihilismo. Al poner los puntos sobre las íes en la falibilidad de la ciencia, por medio de sus dos cándidos autodidactas, cabría reconocer, en todo caso, que el mundo o la naturaleza no poseen leyes fijas ni inquebrantables, lo cual, por cierto, no debiese generar temor sino fascinación por la riqueza del cosmos.

En síntesis, la ironía utilizada por Flaubert para criticar a la ciencia y los supuestos filosóficos, según podemos deducir de su obra, constituye un método crítico, no un fin en sí mismo; es una nueva forma de conocer. Desde la distancia crítica, desde la cándida levedad de sus últimos personajes, el autor se propone destruir dogmas y credos para establecer relaciones inéditas con el mundo, para escribir obras que se asemejen al cristal y para “ver mejor” la diversidad del universo.

 

Notas

[1] Mientras la ironía surge de la perplejidad, la sátira es una forma de vindicación y de censura. Como dice Northrop Frye: “La nueva invectiva directa o los insultos se pueden considerar satíricos en cuanto que contienen muy poca ironía; por el contrario, cuando un lector no está seguro de cuál es la actitud del autor y de cuál es la que él debe adoptar, estamos ante un caso de ironía con una proposición relativamente pequeña de sátira.” También Pere Ballart afirma que la principal diferencia que aleja a las creaciones del autor satírico del ironista es que “aquéllas están construidas sobre la falsilla de un programa moral inequívoco, de una obvia intención reformadora [...] la funcionalidad de este género de obras es tan clara que incluso la posible utilización de aspectos grotescos o absurdos está supeditada a reforzar la imprescindible moraleja.” Desde mi perspectiva, la definición más adecuada de la ironía es la que ofrece el pensador romántico Friedrich Schlegel, como conciencia y forma de la paradoja. (Ver: Sánchez, 2000: 71-72).

 

Bibliografía utilizada

Calvino, Italo (1992): Seis propuestas para el próximo milenio. (Trad. de Aurora Bernárdez). Siruela, Madrid.

Flaubert, Gustave (1993) : Bouvard y Pécuchet. (Trad. De Marga Latorre y Mónica Maragail). Montesinos, Barcelona.

—— (1998): Sobre la Creación literaria. Extractos de la correspondencia. (Trad. de Cecilia Yepes). Fuentetaja, Madrid.

Kosko, Bart (1995): Pensamiento borroso. (Trad. de Juan Pedro Campos). Griijalbo-Mondadori, Barcelona.

Nisbet, Robert (1998): Historia de la idea del progreso, (Trad. de Enrique Hegewicz). Gedisa, Barcelona.

Sánchez Garay, Elizabeth (2000): Italo Calvino. Voluntad e ironía. Fondo de Cultura Económica, México.

Sciascia, Leonardo (1990): Crucigrama. (Trad. de Stella Masrangelo). Fondo de Cultura Económica, México.

Suffel, Jacques (1972) : Gustave Flaubert. (Trad. De Juan José Utrilla). Breviarios del Fondo de Cultura Económica, México.

 

© Elizabeth Sánchez Garay 2010

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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