Espéculo

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Bruce Meyer

Héroes.
Los grandes personajes del imaginario de nuestra literatura

  

 

Dr. Jorge Martínez Lucena
Profesor Adjunto
Universitat Abat Oliba CEU

A pesar de las prisas que tienen algunos por enterrarlos, los héroes siguen siendo el punto de referencia de todo relato. Fue Douglas Coupland el que en su popular novela Generación X afirmaba que los héroes ya no existían. Su observación, según vemos en este libro, responde más a una verdadera metamorfosis del héroe que a una eliminación de éste. Igual que los héroes homéricos son tremendamente ajenos a lo que la modernidad ha considerado heroico, los antihéroes posmodernos también marcan las diferencias con respecto a su supuesto antagonista, el denostado e increíble héroe. Pese a todo, este libro, trufado de serena erudición, apuesta por lo común del héroe, por su papel de personaje representante del ideal que, de diversos modos, tiene “la capacidad y potencial suficiente como para sacarnos del propio ser” (p. 20).

Para defender ese difícil bastión, amenazado por tantos datos de la posmodernidad que la señalan como el nuevo tiempo en que los grandes ideales han caído, y con ellos todos aquellos que presumían de perseguirlos, Meyer empieza recurriendo a algunos de los teóricos que se han atrevido a definir el escurridizo concepto de héroe. El psicoanalista Campbell, en su El héroe de las mil caras: psicoanálisis del mito (1949), afirma que éste es “alguien que ha entregado su vida a algo que es muy superior a él mismo” (p. 37). Por otra parte, el crítico literario Northrop Frye, en su Anatomía de la crítica (1957), nos permite entender la heterogénea unidad del concepto de héroe a través de su clasificación. Según éste, los cinco tipos principales son los de Héroe Mítico, Héroe Romántico, Héroe Mimético Superior, Héroe Mimético Menor y Héroe Irónico. El mítico sería el que encajaría mejor en la definición de Campbell, teniendo una naturaleza divina o semidivina (v.g.. el Jesús de Nazareth de los evangelios). El romántico, siendo una figura extraordinaria, tiene numerosas características de los seres humanos y es tremendamente proclive a la tragedia, el sufrimiento y la perdición (v.g. el joven Werther de Goethe). El mimético superior tiene un papel de liderazgo y pertenece a una época en la que no se tiene acceso a la magia de la intervención divina o que simplemente no cree en ella, con lo cual depende únicamente de sí mismo (v.g. el Enrique V de Shakespeare). El mimético menor es el moderno antihéroe, un hombre común y corriente que forma parte de la vida ordinaria del lector (v.g. Willy Loman de Muerte de un viajante, de Arthur Miller o el Dante de La Divina Comedia). Éste tipo “muestra un lejano parecido con ejemplos previos de otros héroes. Su trabajo consiste en mantener todo unido y en orden o morir en el intento. Sus fracasos son reflejo de los defectos propios del lector, mientras que sus éxitos representan la existencia de una remota esperanza para alcanzar una felicidad de la que todo el mundo podría llegar a disfrutar” (p. 46). En último lugar, tenemos al héroe irónico, un personaje de baja procedencia que consigue sobrevivir a todas las pruebas que le plantea la vida (v.g. el Ismael de Moby Dick). Así pues, para Northrop Frye el factor común de los héroes es que éstos son “una manifestación de esos deseos que todos y cada uno de nosotros tenemos. Y cuando nos identificamos o simpatizamos con el héroe, no hemos establecido, tan sólo, una forma de comunión y comunicación con él, sino que, además, descubrimos algo de nosotros mismos que nos hace desear más aún” (p. 47). De todo esto, Meyer concluye que “el rostro del héroe es el nuestro propio” (p. 65).

Tras este primer paso teórico, el autor dedica un capítulo a entender mejor esa flexión posmoderna del héroe que hace que tanto en nuestra literatura como en nuestras películas y series de televisión sobreabunden los antihéroes. Para ello intenta comprender un poco mejor que significa lo que podríamos llamar la democratización del héroe. Partiendo de la afirmación que Tocqueville hacía en su De la democracia en América de que el producto último de una sociedad democrática podía ser una gran mediocridad masiva en lugar de un individualismo ilustrado, nos guía hacía una posible vía de solución del problema, planteada por el dramaturgo Arthur Miller, según la cual el único modo de recuperar la tragedia es redescubriéndola en la experiencia del hombre común, del clásico phaulos, que tradicionalmente no experimentaba la dolorosa dignidad de la tragedia porque, como no vivía excesivamente bien, tampoco sufría demasiado. En este sentido, el autor rescata la obra del poeta Wilfred Owen, en la que éste critica la máxima horaciana del dulce et decorum est pro patria mori [es agradable y apropiado morir por la patria]. Desde las trincheras de la primera guerra mundial, éste eleva la siguiente queja contra la pulquérrima tradición: “Si pudieras oír la sangre que, a cada estertor, sube gorgoteando/ desde los pulmones corrompidos por los esputos,/ obscena como un cáncer, amarga como el corroer/ de repugnantes, incurables llagas sobre lenguas inocentes,/ amigo mío, ya no dirías con tan alto entusiasmo/ a esos niños, que suspiran por alguna gloria desesperada/ aquella vieja Mentira: Dulce et decorum est pro patria mori.” Es por esto que Meyer considera la obra de Owen un “blues cuyo tema principal versa sobre los soldados, cuyos sufrimientos, compartidos por todos ellos, envían un mensaje a todos cuantos les quieran escuchar” (p. 87) Pese a la muerte de éste, poetas renombrados como T.S. Eliot y Ezra Pound, tomaron el testigo de aquél, erigiéndose en el oráculo posmoderno que reconocía que la civilización no era realmente civilizadora porque estaba involucrada en el exterminio de toda una generación. Así, las grandes ideologías han ido cediendo poco a poco su espacio a la vida de la gente corriente. La poesía de Whitman era ya un canto al hombre y a la mujer corriente. El Leopold Bloom del Ulises de Joyce y los Vladimir y Estragón de Esperando a Godot, de Beckett, son personajes completamente ordinarios, que en otra época hubiesen sido considerados como unos completos ineptos por su diametral oposición a lo que por tradición se consideraría un héroe. Sin embargo, protagonistas de este tipo son tremendamente frecuentes en nuestra ficción posmoderna, y su pugna es una indigente lucha contra la entropía que plaga su vida, amenazando su coherencia y sentido.

En el siguiente capítulo Meyer profundiza en otra de las idiosincrasias modernas que parece marcar la nueva configuración de los héroes. El despliegue de esta característica del genio moderno se ejecuta de la mano del Hamlet de Shakespeare. El hombre moderno ve cómo a su alrededor los marcos de referencia morales pierden su conexión con la experiencia del sujeto. Ésa es la diferencia entre Dante y Shakespeare. La vida, que en el cristianismo tiene una irrenunciable dimensión de drama, se empieza a vivir en los personajes de Shakespeare como una tragedia subjetiva y solitaria. Ese nuevo héroe trágico no tiene respuestas de antemano a la preguntas existenciales pero persigue el claro propósito de “mostrarnos que tenemos que afrontar los avatares de la vida por nuestros propios medios, hallando el valor suficiente como para plantearnos cuestiones tales como el «ser o no ser» y, posteriormente, poder dar con una respuesta, en nombre de la vida, empleando en ello nuestras máximas capacidades” (p. 147).

Siguiendo esa beta emancipatoria de los modernos, llegamos al siguiente capítulo, en el que se intenta profundizar en figuras literarias como el Don Juan de Lord Byron, el Fausto de Marlowe o el Satanás de El paraíso perdido de Milton. El hombre que busca respuestas a sus urgencias existenciales intenta solucionar el enigma por sus propios medios y se da cuenta una y otra vez de que su deseo infinito siempre se encuentra acompañado de una incapacidad para la auto-respuesta. Por el camino moderno radicalizado se llega a un cul-de-sac. Pero, en cierto modo, parece que tenemos que iniciar nuestro camino por esa conciencia de la propia indigencia. De ahí que Meyer afirme que: “el héroe infernal [léase también infausto] nos presenta una imagen de nosotros mismos como si hubiéramos estado, y según palabras de san Pablo, «contemplando nuestra imagen reflejada en un espejo, a oscuras»” (pp. 196-197).

Llegados a este punto, sin embargo, el autor parece detenerse en una figura presente en todas las culturas, la del santo, que se muestra encaramada a una paradoja. Por un lado, “el mártir triunfa sobre el mal manteniendo firmemente sus creencias incluso ante la presencia de la muerte. Pero, por otro, el resultado de sus sufrimientos es la muerte del individuo, lo que hace del santo una figura trágica. Y, sin embargo, los santos son figuras triunfantes y no trágicas” (p. 213). Además, pese a lo que pueden considerar algunos, se trata de un tipo de héroe que persiste en nuestros días, afirma Meyer. El análisis de esa figura la realiza el autor siguiendo lo dicho por William James en Las variedades de la experiencia religiosa (1902). Según dicho texto todo santo debía cumplir cuatro características: a) “una sensación de vivir una vida más rica y de más amplios horizontes que la propia de los intereses, pequeños y egoístas, de este mundo” (p. 218); b) un deliberado auto-sometimiento al control de un poder ideal (Dios), así como un amor a la humanidad que sobrepasa con creces el amor que se tienen a ellos mismos; c) una estática sensación de “la pérdida de uno mismo en favor de una experiencia de mayores dimensiones” (p. 218); d) “un traslado del centro emocional hacia tiernos afectos, hacia los “sí, sí” - muy lejos del “no”, por tanto- que tan íntimamente están relacionados con las exigencias del no ego” (p. 220). Tenemos ejemplos literarios de esto en el Sir Galahad de Tennyson, y en novelas más actuales como Un caso acabado, de Graham Greene, o en Luz de agosto, de William Faulkner, que en el libro aparecen generosamente explicados. Pero es sin duda en los evangelios, esos cuatro libros con un “enfoque metanovelístico de la vida de Cristo” y que “cuentan todos la misma historia en una forma cuasi posmoderna” (p. 232), donde Meyer cree que se encuentra el paradigma del héroe-santo.

Tras esto, el autor les dedica un capítulo al héroe épico y al romántico. El primero se puede sintetizar en la figura de Hércules, y su inteligente crítica la realiza nuestro ínclito Cervantes a través de su españolísimo y universal Quijote, que “parece estar diciendo que los héroes épicos son los más potentes y poderosos de todos los modelos de estos papeles heroicos, porque aseguran al lector que las cosas imposibles pueden y deben hacerse. Lo que ya resulta bastante peor es que estos héroes épicos animan a imitarles a quienes no están suficientemente equipados y dotados para asumir sus aventuras, por lo que los resultados de ello pueden ser terribles” (p. 253). De nuevo el desengaño moderno, la eliminación de la ilusión de la epopeya, parece llevar al héroe hacia el tormento romántico. Aunque de ello el autor nos guía hacia una superación de la objeción cervantina. Es falso todo héroe que señale su propia capacidad como origen de la culminación de la tarea de la vida. Eso lleva no sólo a su fracaso, sino al naufragio de sus eventuales seguidores. Sin embargo, aquél que recuerda que la distancia entre lo humano y lo divino sólo puede ser salvada por lo divino resulta ser un héroe verdadero y altamente saludable culturalmente hablando.

Llegamos así al último capítulo, en el que, partiendo del análisis de héroes tan distantes en el tiempo como Supermán o Hércules, se llega a un análisis de la figura de Jesucristo como mito capaz de responder íntegramente a las exigencias humanas de felicidad. Por eso afirma que Cristo “se propone hacer llegar la condición y atributos que definen el carácter heroico a todo el mundo y no sólo a unos cuantos elegidos. Y en dicha condición va incluido su propio triunfo, el triunfo de la vida sobre la muerte” (p. 302). Y más adelante concluye: “Esta luz entre las tinieblas, esta presencia del orden en medio del caos, se presenta como una forma de triunfo cuando Jesús, el héroe conquistador por excelencia, resucita de entre los muertos” (p. 315). Este capítulo acaba con un confesión y un desideratum del autor. En primer lugar, reconoce el valor cultural de la encarnación como conclusión fundamental de su estudio sobre la figura del héroe, diciendo: “Por lo que a mí respecta, yo me solazo muy considerablemente en la idea del logos, en la palabra hecha carne, en la idea convertida en historia y, además, en el medio por el cual se puede contar dicha historia” (p. 320). Y, puntualizado esto, expresa su deseo de que la figura del héroe no sea una engañadora fábrica de ilusiones, diciendo: “A mí me gustaría pensar que la divinidad que continuamente se describe en la literatura no es, simplemente, una representación del infinito, sino una expresión de lo finito que fácilmente pasamos por alto cuando soñamos con brillantes reinos celestiales” (p. 321).

Al llegar al epílogo, el autor insiste y profundiza en esto mismo diciendo: “A mí, personalmente, me gustaría pensar que un héroe es alguien capaz de imponer el orden donde hay caos, de tener una historia, con la que se siente muy comprometido, además de una amplia serie de experiencias, y que, asimismo es capaz de poner en conexión dicho material, el cual, de cualquier otra manera, vagaría disperso en nuestra imaginación. Pero el héroe es una metáfora de algo superior. En último término, el héroe sirve al mismo propósito que propia la literatura, es decir, el de dotar de orden y sentido al caos del tiempo, a la inconmensurable confusión de la historia y a las constantes entradas y salidas de personajes del escenario de la vida” (p. 330).

A modo de crítica de este ensayo bellamente escrito y eruditamente argumentado nos limitaremos a hacer dos observaciones. En primer lugar, nos gustaría mencionar el carácter errabundo del libro, que se concreta en una ausencia de claridad en cuanto al hilo de Ariadna que se le está ofreciendo al lector para surcar el apreciable piélago de conocimientos sobre el héroe, el antihéroe, el santo, etc. Por suerte, en la medida que el lector se acerca al final va adivinando ciertas conexiones entre algunos de los capítulos, que en ningún caso quedan completamente hilados. En segundo lugar, y en relación a lo ya comentado, habiendo vislumbrado el calado de la tesis ya citada sobre el héroe que el autor pronuncia en el epílogo, nos resulta insuficiente el aparato crítico aportado por Meyer a la hora de argumentar. De la mano de obras como Mimesis, de Auerbach, Tiempo y narración, de Ricoeur, o Fuentes del yo, de Taylor, por citar sólo algunos ejemplos, las afirmaciones hechas en este libro hubiesen ganado en solidez y hubiesen caído menos en la boutade huérfana y desincrustada del resto del texto. Pese a estas localizadas irrupciones del caos, contra el cual el autor nos dice que lucha, la tiniebla no vence, y, leyéndole, puede uno abrirse paso hacia numerosas e interesante intuiciones acerca de los omnipresentes héroes.

 

© Jorge Martínez Lucena 2010

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2010