Desacralizar la historia de México:
Ibargüengoitia y Los relámpagos de agosto

Ma. del Carmen Castañeda Hernández

Universidad Autónoma de Baja California
Campus Tijuana, México


 

   
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Resumen: El propósito de este trabajo es examinar Los relámpagos de agosto de Jorge Ibargüengoitia para identificar el uso de la ironía en esta novela y evaluar sus efectos en esta versión paródica de un tema que suele abordarse con solemnidad. Su empleo recurrente señala una tendencia a revelar instancias desde las que es posible reconstruir la realidad social mexicana y desacralizar el discurso nacional histórico.
Palabras clave: parodia, ironía, Revolución Mexicana, reinterpretación.

 

Debido a la celebración del centenario de la Revolución Mexicana es importante revalorar las obras literarias que se han producido en torno a la Revolución. La prolongada dictadura de Porfirio Díaz origina, en 1910, el estallido revolucionario de los mexicanos, una lucha armada que abarca a todas las clases sociales del país. De aquí surge la Novela de la Revolución Mexicana, un género novelístico cultivado por gran cantidad de escritores y una centena de novelas que utilizan los hechos históricos, o la recreación de su ambiente, para elaborar sus tramas. Estas novelas son obras sin pretensión histórica, Octavio Paz señala que en ellas abunda la crónica viva y desgarrad.

A partir de mediados del SXX, la narrativa en México manifestó los cambios experimentados en la sociedad mexicana durante el siglo pasado: la vida del campo se extinguió paulatinamente mientras se propagaban nuevas costumbres, el entorno urbano y la modernización se consolidaron como nuevos modelos, y la expresión literaria se desplegó en una gama de perspectivas, voces y estilos, entre los cuales aparece la parodia.

Dentro de la literatura mexicana la ironía y la parodia aparecen como figuras de larga tradición. Por ejemplo, en las parodias precolombinas, como la de las mujeres de Chalco, que cantaban sus himnos guerreros en forma de salmos eróticos, o en las crónicas históricas de la Conquista, como la Guerra de las Gordas en la que se relata que las mujeres de grandes senos atacaron al enemigo rociando su propia leche sobre los soldados, causando así una confusión estratégica (Zavala 1989).

Jorge Ibargüengoitia (1928-1984), periodista, escritor y cronista reconocido por su estilo irónico, recurrente y anti-solemne, introduce el humor, la ironía y la parodia en los sustratos históricos de su narrativa, en particular en su novela Los relámpagos de agosto, donde transforma satíricamente país y personajes de la Revolución Mexicana.

La novela Los relámpagos de agosto se publicó en 1964. En México, como en el resto de Hispanoamérica, existía un profundo interés por las vanguardias literarias y la práctica de técnicas de escritura innovadoras. Un año antes se publicaron La tumba de José Agustín y Gazapo de Gustavo Sainz; en ese año Vicente Leñero publicó Los albañiles —novela polifónica y fragmentada— y Sal.va.dor Elizondo sorprendió con la pureza técnica de Narda o el verano. Estas obras mostraron la inclinación predominante: el desapego por la literatura solemne que se había escrito hasta entonces, por los trillados giros lingüísticos, la exploración, la oposición y la irreverencia. Sin embargo, Los relámpagos de agosto no trascendió como una obra de vanguardia en la dimensión de las creaciones artísticas de su tiempo, ya que no fue escrita con el interés de transformar la estructura, el manejo del tiempo ni el lenguaje de la nove.lística hispanoamericana.

María Vargas apunta sobre Los relámpagos de agosto:

Esta obra de tipo biográfico narra, dentro de los límites de un universo estético neobarroco, la autobiografía apócrifa del falso general, José Guadalupe Arroyo, narrador personaje construido en el laboratorio de la imaginación de Ibargüengoitia quien, a la manera del Dr. Frankenstein, lo concibió y creó combinando como parches, el nombre de la Virgen de Guadalupe, el de San José (nombre también del artista José Guadalupe Posada), el apellido del escritor de los textos alusivos a los grabados de Posada (Arroyo), y una serie de leyendas y de eventos históricos para reinventarlos desde su visión única de escritor y ciudadano mexicano, recipiente y víctima a la vez de la tradición de violencia y corrupción disfrazadas de patriotismo, que heredó a su país la Revolución Mexicana de1910 y sus consiguientes luchas por el poder. (Vargas 2005)

Los relámpagos de agosto es un relato fantástico que se desarrolla en el ocaso de la lucha revolucionaria, en agosto de 1929, y describe los percances de un grupo de militares que se rebelan contra el gobierno federal.

Ibargüengoitia no pretende hacer un retrato fiel de la historia sino, más bien, desacralizar sucesos claves de hechos históricos; no se trata de recontar la historia, sino de reinterpretarla.

En el prólogo de la novela Ibargüengoitia advierte, a la manera de Cervantes, el tono que marcará toda la novela: José Guadalupe “Lupe” Arroyo relata sus memorias para:

…deshacer algunos malentendidos, confundir a algunos calumniadores y poner los puntos sobre las íes sobre lo que piensan de mí los que hayan leído las Memorias del Gordo Artajo, las declaraciones que hizo al Heraldo de Nuevo León el malagradecido de Germán Trenza, y sobre todo, la Nefasta Leyenda que acerca de la Revolución del 29 tejió, con lo que se dice ahora muy mala leche, el desgraciado de Vidal Sánchez. (Ibargüengoitia, 1991: 9)

 

Ironía y parodia como elementos de desacralización:

Para mostrar de qué manera funcionan la ironía y la parodia en el cuestionamiento y subversión de una época en Los relámpagos de agosto es necesario definir estas categorías para diferenciarlas entre sí. Linda Hutcheon, en su artículo "Ironía, sátira y parodia", (Hutcheon, 1992:180) establece una serie de nociones y diferenciaciones entre estas figuras retóricas. En primer lugar, Hutcheon plantea la necesidad de estudiar a la ironía desde dos perspectivas fundamentales: la semántica y la pragmática.

La ironía consiste en decir en tono de broma lo contrario de lo que expresa la letra, dejando siempre comprender a quien lee o escucha el verdadero sentido de las palabras. Desde el punto de vista semántico, se puede observar la ironía como paradoja o inversión de significado, lo cual es conveniente para hacer un análisis puramente verbal y no situacional. Pero al analizar un texto completo, debemos tener en cuenta el sentido pragmático de esta figura retórica, para estudiar su contextualización. Es aquí donde se añade la "finalidad evaluativa" tanto del autor en su configuración, como del lector en su desciframiento.

La palabra ironía tiene su origen en la palabra griega eironeia "que evoca al mismo tiempo el disimulo y la interrogante, así pues, un desfase entre significaciones, pero también un juicio" (Hutcheon, 1992:177).

Lauro Zavala afirma que: “la ironía es un concepto resbaladizo, y el mismo empleo del término puede variar de una lengua a otra o incluso de un lector a otro.”(Zavala 1993:89)

Las funciones de la ironía se transforman dependiendo de la violencia de la denuncia y de la posición del denunciante. Con base en esto, podemos considerar que, en la novela de Jorge Ibargüengoitia, la ironía es, en la mayoría de casos, ía objetiva (Zavala 1996) porque el emisor, el General Arroyo, no se ajusta ni acepta las conductas, prácticas y actitudes que predominaban en el círculo del poder político, y además cumple una función desmitificadora porque critica al grupo en el poder y exhibe las debilidades de carácter de sus partidarios producto de las circunstancias:

Quiero hacer un paréntesis para justificar esta actitud que me valió tantos vituperios: la primera consideración que tenemos que hacer es la Patria; la Patria estaba en manos de un torvo asesino: Vidal Sánchez, y de un vulgar ratero, Pérez H.; había que liberarla." (Ibargüengoitia, 1991: 74)

Respecto al referente real o histórico, Helena Beristaín determina que la ironía, como figura del pensamiento, es un metalogismo que supera el marco lingüístico y textual, porque la idea que presenta sólo puede comprenderse gracias al contexto, al conjunto de conocimientos y valores compartidos por un determinado grupo social (Beristaín, 2006: 276).

De esta forma la ironía sólo ocurre durante una interacción entre la mente y el mundo, surge cuando el lector logra reconocer los valores del contexto aludidos en la narración; la dimensión paratextual de la ironía como figura del pensamiento puede apreciarse en el enlace entre la ficción y el referente real (contexto o implícito). La ironía no puede reducirse a un simple juego semántico de opuestos, ya que, las ideas que se infieren, como el conocimiento del contexto, frecuentemente son más importantes que las palabras que efectivamente se articulan.

Hutcheon propone que la ironía posee necesariamente un ethos burlón, el cual se define como "una respuesta dominante que es deseada y por último realizada por el texto literario" (Hutcheon, 1992: 180). Como ejemplo tenemos el fragmento a continuación:

…vi, con horror, que el Presidente de la República (Vidal Sánchez, que aunque era un torvo asesino, no por eso dejaba de tener la dignidad que le otorgaba la Constitución) se dirigía al lugar donde estaba el ratero Pérez H. (...) Volví la cabeza, tratando de dirigir mis miradas a un lugar menos impuro y descubrí a Baltasar Mendieta guardando en su bolsa una figurilla de porcelana. (Ibargüengoitia, 1991: 21)

Como narrador irónico (Zavala 1996) que finge ignorar la contradicción entre lo que muestra y lo que sabe, el General Arroyo describe solamente los hechos en los que interviene, ya sea como testigo presencial o como participante activo y expone su apreciación personal de los eventos y de las personas. El relato inicia cuando "se apaga la estrella" (Ibargüengoitia, 1991:11) del General Arroyo y gira en torno a los episodios en los que participa y a las anécdotas fatídicas cuando lo golpea "la pérfida y caprichosa Fortuna" (Ibargüengoitia, 1991: 17).

Tanius Karam afirma que:

La ironía como tal es un concepto polisémico, de amplias fronteras y de un comportamiento discursivo muy diverso. Es en principio una figura de pensamiento indirecta que consiste en decir en tono de burla todo lo contrario de lo que expresa la letra, dejando siempre comprender a quien lee o escucha el verdadero sentido de las palabras. De sus distintas definiciones, en ocasiones contrapuestas, se le define como una figura, tropo y actitud que enriquece la colindancia con figuras parecidas o similares. (2004)

La ironía se rige por un conjunto de criterios estructurales que permiten organizar el sentido de un enunciado. Este sentido se ordena en tres niveles (niveles de verosimilitud): 1) el nivel de sentido común de carácter ideológico, 2) el de decodificación de lo cultural y 3) el de las convenciones literarias y discursivas propias del texto.

Estos tres niveles de sentido se aprecian en el contraste que existe entre la narración del General Arroyo y los acontecimientos que está narrando, ya que cuando expone su versión de los hechos se expresa con absoluta seriedad para describir detalles que resultan insustanciales e insignificantes. Por ejemplo cuando el General explica lo sucedido en el Casino de Vieyra:

Volviendo al hilo de mi narración, diré pues, que festejé el nombramiento, aunque no con los desórdenes que después se me atribuyeron. Eso sí, la champaña ha sido siempre una de mis debilidades y no faltó en esa ocasión; pero si el diputado Solís balaceó al Coronel Medina fue por una cuestión de celos a la que yo soy ajeno, y si la señorita Eulalia Arozamena saltó por la ventana desnuda, no fue porque yo la empujara, que más bien estaba tratando de detenerla. De cualquier manera, ni el coronel Medina, ni la señorita Arozamena perdieron la vida, así que la cosa se reduce a un chisme sin importancia de los que he sido objeto y víctima toda mi vida, debido a la envidia que causan mis modales distinguidos y mi refinada educación." (Ibargüengoitia, 1991:13).

En pocas líneas, el autor traza la personalidad mundana y cínica del general Arroyo, quien sabe exactamente cuáles son sus “virtudes”, expone el ambiente superficial y fútil en el que se mueve, y de los “valores” sobreentendidos que se manejan en ese círculo político.

En Los relámpagos de agosto, la Revolución continúa denigrándose a lo largo de la trama con la utilización de la ironía estable (Zavala 1996) como ruptura del sistema. Un ejemplo de esta ironía lo vemos cuando el muere el General González, presidente electo, y se entabla un diálogo entre Germán Trenza y el General Guadalupe Arroyo

Mientras Camila le rizaba los bigotes, me explicó a grandes rasgos la situación: el fallecimiento de González dejaba a la Nación sumida en el caos; la única figura política de importancia en ese momento era Vidal Sánchez, el Presidente en funciones quien, por consiguiente, no podía reelegirse; así que urgía encontrar entre nosotros, alguien que pudiera ocupar el puesto, garantizando el respeto a los postulados sacrosantos de la Revolución y a las exigencias legitimas de los diferentes partidos políticos.

El automóvil de Germán estaba en la puerta de su casa…me dijo:

—Otra cosa que debemos exigir a la persona que escojamos para Presidente,... es que respete las promesas que nos hizo el viejo. (Ibargüengoitia, 1991: 16-17)

Según Wayne Booth (1986) “la ironía estable es toda aquella cuya intención subyacente es posible determinar con precisión”. Como podemos observar la ruptura del sistema se advierte claramente en la cita cuando Trenza agrega al final un “inocente” comentario que es en realidad lo más importante para ellos: asegurar los puestos que el difunto Presidente Electo les había prometido, lo que pone de manifiesto lo que realmente está en el fondo de su zozobra. Los principios de la Revolución realmente no les importan sino la posibilidad de perder los puestos prometidos por el Presidente fallecido.

Roland Barthes (1970) plantea que la verosimilitud irónica es un conjunto de estrategias de coherencia textual e intertextual que se produce cuando se establece una distancia entre el enunciado irónico y las convenciones de verosimilitud a las que se refiere o se opone.

Por lo general a ironía va más allá de la frase, más allá de la figura retórica por lo que podemos considerar que la ironía juega el papel más importante en la lectura de esta obra, ya que abarca la totalidad del texto. Se trata, en la mayoría de los casos, de ironía narrativa.

Para precisar lo que se entiende por ironía narrativa, me apoyaré en Lauro Zavala, que siguiendo a Jonathan Tittler, concibe este tipo de ironía como "la coexistencia de perspectivas diferentes entre cualesquiera de los elementos narrativos: autor, narrador (es), personaje (s), lector" (Zavala, 1993:40). Sería, en esos casos, una ironía narrativa interelemental. Pero podría darse, también, la ironía narrativa intraelemental, es decir, hacia el interior de cualquiera de los elementos narrativos.

Un ejemplo de ironía interelemental, en la novela, es el que resulta de la fusión de la perspectiva del personaje-narrador y la perspectiva del pueblo:

Como te habrás enterado por los periódicos, gané las elecciones por una mayoría aplastante. Creo que eso es uno de los grandes triunfos de la Revolución. Como quien dice, estoy otra vez en el candelero. (Ibargüengoitia, 12)

Aquí la ironía se da por la paradoja que surge de un segundo triunfo electoral y el lema de Revolución que resume sus principios y sus ideales: “Sufragio efectivo, no reelección”. El efecto de la ironía se basa en este sobrentendido y se confirma cuando el presidente considera que su reelección es uno de los grandes triunfos de la Revolución.

La fusión de perspectivas se observa en dos niveles: uno, en el contexto socio-político y otro, en el efecto que causa en el personaje-narrador.

Pero, en general, la ironía interelemental resultado de las diferentes perspectivas entre personajes (incluyendo al personaje-narrador) y autor es menos obvia que la del ejemplo anterior. Definitivamente, lo que le da riqueza y complejidad a la obra es la ambigüedad que se logra por la ausencia de juicios de valor por parte del autor. No hay que olvidar, sin embargo, que aunque se trata de un texto crítico, que invita a la reflexión, es un texto plenamente lúdico.

Wayne Booth habla de "la reconstrucción irónica," y la distinción de la hermenéutica entre "sentido" y "significanza" y retoma la noción de intención del autor, que da estabilidad a la lectura irónica: "Una decisión debe tomarse por consiguiente sobre el conocimiento o creencias del autor… es esta decisión sobre las propias creencias del autor que entrelazan la interpretación de ironías estables tan ineludiblemente con las intenciones" (Booth, 1986: 11).

La ironía se puede presentar como provocación para la reconstrucción del sentido. Booth plantea: “Todo buen lector debe, entre otras cosas, ser sensible a la hora de detectar y reconstruir significados irónicos. Puede disfrutar en esta tarea, como es mi caso, y buscar las ocasiones de hacer una interpretación irónica, o puede tratar de eludir a los ironistas y leer sólo autores que hablen claro (...)” (Booth, 1986: 25).

Otros elementos irónicos que observamos en el texto son la estupefacción y el desconcierto Por ejemplo en el relato de la ofensiva nocturna en el cerro de San Mateo donde se confundieron y se cruzaron las líneas ofensivas y el General Arroyo recibió los cañonazos de su aliado el General Trenza. Otro ejemplo es el episodio en que el General Arroyo se percata de que la única fuente de información es la que llama la "Vendida Prensa Metropolitana" (Ibargüengoitia, 86-88).

Christopher Domínguez dice que el discurso mordaz, el humor sarcástico y la ironía antihistórica de Jorge Ibargüengoitia se integraron a la variedad de estilos y facetas condensados en la novela de la Revolución Mexicana:

Los relámpagos de agosto sustentaron su eficacia no sólo en la utilización del hombre superfluo como antihéroe, sino en el rechazo de los tiranos metafísicos tan propios de la novela latinoamericana. Ibargüengoitia regresó el género a su origen, al Tirano Banderas (1926) de Valle-Inclán, oponiéndose a los arquetipos nacionalistas que aparecían, ya entonces imperturbables, en la obra de Carlos Fuentes. (Domínguez 2006)

Si consideramos que la parodia es una imitación irónica de un modelo o referente estilístico o genérico, podemos aseverar que la ironía es un elemento esencial de la parodia, de la confrontación que la produce; la ficción aporta la ironía y el elemento solemne suele provenir del referente histórico o real. Con el uso constante de la ironía la obra de Ibargüengoitia se convierte en parodia de la novela de la Revolución Mexicana.

Etimológicamente la parodia tiene su raíz en el término griego odos que significa “canto”, y el prefijo para que tiene dos significados: “frente a” o “contra”. Por lo tanto la parodia también se define como “contra-canto”, como oposición o contraste entre dos textos. Esta figura retórica significa literalmente imitación burlesca de una cosa seria.

Linda Hutcheon habla de la superposición de textos y apunta que “la parodia representa a la vez la desviación de una norma literaria y la inclusión de esta norma como material interiorizado”. (Hutcheon 1981:177)

Tanto la parodia como la ironía implican diferenciar entre el texto parodiado y el texto parodizante, porque aunque posean una intensa relación por la temática, el género, el título, etc., persiguen un objetivo diferente: el objeto parodiante cambia la visión del el parodiado, porque hace crítica y mención como reconocimiento a la vez.

En la parodia, el ethos revela una impresión peyorativa, y es aquí donde se percibe el efecto de lo "grotesco" relacionado con la parodia. Por su naturaleza intertextual, el elemento referencial a otros géneros, estilos y obras en general es fundamental para lograr la parodia en un texto.

Juan Villoro (2002) indica que el texto que más contribuyó al tono de Los relámpagos de agosto fue el libro Los gobiernos de Obregón a Calles y regímenes ‘pelele’ derivados del callismo, de Juan Gualberto Amaya. Es decir, podemos suponer que Ibargüengoitia, con Los relámpagos de agosto, se burla de las “memorias” de Amaya y las cuestiona como fuente confiable para construir un relato “verdadero” de la revuelta escobarista de 1929.

Según Sergio Pitol antes de escribir Los relámpagos de agosto, “Jorge Ibargüengoitia se dedicó a leer la abundante literatura de y sobre la Revolución Mexicana, en especial las memorias autoconsagratorias de los más famosos caudillos, donde todos los logros y virtudes se los atribuían, modestamente, a sí mismos y los infinitos fracasos y desastres a los demás, fueran sus cófrades o sus adversarios”. (Pitol, 1996)

Víctor Bravo (1993:98) señala que el texto paródico es la reescritura de un texto anterior, es como un espejo que distorsiona identidades por su carácter intertextual. Otro factor importante es la presencia de la ironía. La ironía verbal se da en relación con el significado de una palabra con el contexto de la obra; cambia su sentido textual. Mientras que la parodia se da en relación con otros textos, se afirma o se niega. La ironía es la esencia de la parodia, porque sin ese cambio de significado a nivel textual, no se puede entender el efecto parodiante de una obra.

Helena Beristaín define la parodia como imitación graciosa de un tema o de un género que tradicionalmente ha sido abordado con seriedad, respeto o solemnidad, y afirma: “Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia, es una parodia del género y el tema de la narrativa de la Revolución Mexicana que parecía tan irremediablemente ajena al humor. (Beristaín, 1998: 392).

Noe Jitrik propone que la ironía “radica en una percepción de lectura mientras que la parodia viene ligada a la de horizonte intertextual y, por lo tanto, de conocimiento; sin ello no se podría decir jamás que se trata de parodia, el concepto no se podría encarnar”. (Jitrik 1993:17)

Un recurso que el autor utiliza para lograr esta percepción es la narración en primera persona: el narrador es el protagonista de la novela, sin ser el protagonista de la Historia ni del movimiento revolucionario. Su discurso está saturado de subjetividad pero también de frescura y vida. La distancia que propone el discurso historiográfico, mediante la que se presentan los sucesos como algo totalmente concluido, se desvanece. El personaje-narrador se introduce en el tiempo, vive los hechos, los experimenta, los narra, los replantea. Ibargüengoitia trata el pasado como si fueran de acontecimientos actuales.

En cuanto al referente histórico, Helena Beristaín establece que la ironía, como figura del pensamiento, es un metalogismo que rebasa el marco lingüístico y textual, porque la idea que presenta sólo puede entenderse gracias al contexto, al conjunto de conocimientos y valores compartidos por un grupo social (Beristaín, 276).

Ibargüengoitia usa la parodia para cuestionar las estrategias de poder y se basa en los juegos del lenguaje y en el tono burlón que predomina en la novela; trasciende su papel de novelista, se asume como “historiador” y reinterpreta uno de los momentos más significativos de nuestra historia.

Sin lugar a dudas la parodia y la ironía constituyen las bases más firmes en esta obra de Ibargüengoitia. Mediante el uso de la ironía Ibargüengoitia logra establecer una situación paródica, incongruente que proyecta una perspectiva desde la cual la historia es percibida como una extensa sátira, pletórica de las paradojas de la condición humana.

La clave novelesca de Los relámpagos de agosto es desentrañar, en las huellas de la escritura, la polémica ficción-realidad. Ibargüengoitia no sólo se propone la desacralización de la “Historia Oficial” sino que también plantea una perspectiva más ligera, menos solemne de la realidad mexicana.

 

Bibliografía:

Barthes, Roland (1970): S/Z. S XXI Editores, México.

Beristáin, Helena (2006): Diccionario de retórica y poética. Ed. Porrúa, México.

Bravo, Víctor (1993): Ironía de la literatura. Universidad de Zulia, Venezuela.

Booth, Wayne (1986) Retórica de la ironía. Taurus, Madrid.

Domínguez Michael, Christopher, “ El lado oscuro de la luna”, Letras libres junio 2006 Domínguez Michael http://www.letraslibres.com/index.php?sec=22&autor=Christopher Domínguez Michael http://www.letraslibres.com/index.php?art=11307 Consultado el 5 de mayo de 2010.

Hutcheon, Linda (1992): "Ironía, sátira, parodia. Una aproximación pragmática a la ironía", trad. Pilar Hernández Cobos, en De la ironía a lo grotesco (en algunos textos literarios hispanoamericanos). Universidad Autónoma Metropolitana, México.

Ibargüengoitia, Jorge (1964): Los relámpagos de agosto. Argos-Vergara, Barcelona.

Jitrik, N. (1993): “Rehabilitación de la parodia”, en La parodia en la Literatura Latinoamericana, Ferro, R. (comp.). ILH de UBA, Buenos Aires.

Karam, Tanius: “Notas sobre la ironía en la obra de Carlos Monsiváis” http://redalyc.uaemex.mx/redalyc/pdf/687/68710107.pdf–(2004) Consultado el 23 de marzo de 2010.

Leñero, Vicente (1989) Los pasos de Jorge. Joaquín Mortiz, México.

Vargas, María. “Los relámpagos de agosto de Jorge Ibargüengoitia” http://www.difusioncultural.uam.me/casadeltiempo/88_may_num88_34_45.pdf (2005) Consultado el 13 de febrero 2010.

Villoro, Juan (2002): “El diablo en el espejo (Introducción del coordinador)”, en Jorge Ibargüengoitia, Los relámpagos de agosto. Edición Crítica. Juan Villoro y Víctor Díaz Arciniega (coords.). Conaculta y FCE, México

Zavala, Lauro (1993) "Para nombrar las formas de la ironía", en Humor, Ironía y Lectura, México: Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco,

 

© Ma. del Carmen Castañeda Hernández 2010

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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