A 100 años del nacimiento del poeta español Miguel Hernández
Un antiguo tópico literario en "Silbo de afirmación de la aldea"

Prof. Giovanna Piceda

Liceo Nº 2 Carmelo. Colonia. Uruguay
giovannapiceda@yahoo.com


 

   
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Resumen: Se cumple el 30 de octubre del corriente año los 100 años del nacimiento del poeta español Miguel Hernández. El trabajo pretende abordar una de sus temáticas más recurrentes y a la vez que más ha caracterizado al autor: la reivindicación de la tierra.
    Se ha elegido un poema conocido como “Silbo de afirmación de la aldea” escrito tras sucesivas y frustrantes estancias en la ciudad de Madrid y se ha trazado un recorrido literario por diferentes textos poéticos para abordar el tópico literario del Menosprecio de la corte y alabanza de la aldea en una tradición que, parte desde autores pertenecientes de la antigüedad greco latina hasta a autores contemporáneos.
Palabras clave: Miguel Hernández, poesía española XX, tópico literario.

 

Muchas veces, el conjunto de experiencias, vivencias, sensaciones y sentimientos que atraviesa un poeta cuando se desarraiga de su tierra natal para enfrentarse a la gran ciudad se plasman en textos poéticos que revelan ese sentimiento de desorientación. Tal es el caso del poema “Silbo de afirmación de la aldea” de Miguel Hernández, extenso poema de 190 versos, escrito bajo la forma métrica de la silva (composición indefinida de versos heptasílabos y endecasílabos), escrito en los días previos a la Navidad de 1934 por sugerencia de Luis Rosales y publicado en El Gallo Crisis en 1935. Se trata de un poema moralizador como lo ha definido Leopoldo de Luis.

Vicente Ramos ha señalado que en este conocidísimo poema el autor ha dejado evidentes testimonios de aquel verdadero desasosiego e incomodidad que se le adueñó, viéndose desnortado por las calles madrileñas.

Cuando el autor ha visitado ya en 4 oportunidades a la ciudad de Madrid decide expresar en forma poética su única, personal e irrepetible experiencia adecuando la misma a un esquema de larga data en la tradición literaria. Pocos escritores han sentido, con la fuerza que se manifiesta en él, la atracción literaria sobre sus vidas, pocos manifiestan la necesidad vital de convalidar su mismo existir con los modelos literarios reconocidos.

El texto resulta muy conocido, ha sido objeto de numerosos estudios críticos, su temática también lo es, pero resulta inevitable volver a él cuando vemos en Miguel Hernández el poeta primitivo de la tierra, su hijo pródigo, aquel que un día la abandona, la sustituye por lo cultural y luego vuelve a ella para siempre; la historia de ese alejamiento, ese retorno constituye la médula misma de su biografía como hombre y como escritor. Lo que lo salva como tal es su retorno sentimental y poético a las cosas, al campo como su útero terrestre.

Según palabras de Francisco Umbral “el autor devuelve la poesía a la naturaleza rescatándola de la desnaturalización a la que la habían sometido los integrantes de la generación del 27”

En el poema, sin nombrarla nunca, realiza, una denuncia poética, un ataque verbal a la gran ciudad de Madrid (aspecto que la biografía ilumina tras sus sucesivas estadías en la capital española) a esa ciudad a la que había asistido por primera vez en 1931, ataca sus aspectos perturbadores, el poeta se ve desorientado y desplazado dentro de sus límites, es allí cuando acomete a la ciudad con una serie de imágenes destructivas que sirven para derribar todo aquello que ha sido la causa de tal perturbación.

Gabriel Berns en su ensayo “Miguel Hernández y la ciudad” lo ha definido como un poema confesional que nos ofrece la figura del poeta en un retrato poco favorable, un retrato de cómo se veía a sí mismo en la metrópoli, casi hecho un objeto a la merced de las fuerzas impersonales y amenazadoras de la ciudad.

Días previos a la escritura de este silbo, el autor había anticipado su temática en una carta a su esposa Josefina Manresa, enviada en esos días navideños:

“Sí, yo me ahogo en este ambiente lleno de vicios, mujeres pintadas como payasos, donde echo de menos tos ojos llenos del pureza y verdad. No temas que se enfríe mi querer en este diciembre de nieve y lujuria madrileños”

El poema canta el regreso definitivo, aquel que habíamos nombrado anteriormente, dicho regreso explica el silbo del arraigo, es decir el latido, el pulso o la respiración que da a cada uno la noción de la capacidad de su propio pecho. El texto rescata este regreso, comienza desde un presente eternizado

“alto soy de mirar a las palmeras,
rudo de convivir con las montañas
Yo me vi bajo y blando en las aceras
de un ciudad espléndida de arañas”

La alternancia de verbos inicialmente en presente y luego en pasado nos muestran una retrospección hacia una experiencia vivida anteriormente, frustrante por cierto; igualmente el final del poema “lo que haya de venir lo espero, cultivando el romero y la pobreza” marcan el retorno definitivo del poeta a su tierra.

El rechazo a la ciudad es explícito:

“ay, no encuentro, no encuentro la plenitud del mundo en este centro”
“no quiero más ciudad, que me reduce su visión y su mundo me da miedo”

Pocos años antes, el poeta español Federico García Lorca había experimenta do similar desorientación durante su estadía en la Universidad de Columbia en Nueva York y posteriormente en Cuba, allí esa experiencia personal se volvía poesía en “Poeta en Nueva York” libro escrito entre los años 1929 y 1930 y publicado posteriormente en 1940. Luego se planteará algún punto en común entre este libro y el poema hernandiano.

El poema estudiado retoma un antiguo tópico literario “Menosprecio de la corte y alabanza de la aldea” en una tradición literaria de la cual se seleccionarán algunos autores que van desde Horacio con su Épodo II en lo que respecta a literatura latina, Fray Luis de León con su “Oda a la vida retirada” dentro del siglo de oro español, pasando por el tratado moral de Antonio de Guevara, también español, cuyo título se identifica con el nombre del tópico.

Son muchas las reminiscencias literarias que este tópico manejado por Hernández en el silbo permiten, además de los ya nombrados: Virgilio con sus Églogas y sus Geórgicas, Garcilaso con sus Églogas; en la poesía española contemporánea el autor Pedro Salinas con “Hombre en la orilla” poema perteneciente al libro “Todo más claro y otros poemas ” el ya nombrado García Lorca con Poeta en Nueva York, hasta en América la figura del venezolano Andrés Bello con sus Silvas americanas, especialmente Silva a la agricultura de la zona tórrida puede incluirse en esta inabordable lista. Podemos citar muchos más nombres pero sería imposible abordarlos a todos desde el texto que hemos propuesto.

Podemos preguntarnos entonces

—¿Qué es lo que singulariza a este poema frente a toda esa tradición literaria de la cual forma parte?

—¿Qué le da su originalidad a un texto poético que retoma un tema que ha recorrido la tradición literaria desde la antigüedad?

—¿Qué dice de nuevo Hernández en este poema que no se haya dicho ya sobre este tópico?

Son muchos los aspectos que explicarían esta singularidad y originalidad del texto hernandiano, algunas podremos explicarlas en este trabajo. Primeramente,tal como lo ha señalado Luis Mariano Abad Merino en su artículo “De nuevo sobre “El silbo de afirmación de la aldea” creemos que el gran mérito que tuvo este autor fue lograr una recreación personal del tópico horaciano del BEATUS ILLE (DICHOSO AQUEL) realizando una versión actualizada, moderna del tema, el silbo no es, en absoluto, una versión reiterante, sino rejuvenecida: el autor renueva este tópico literario ya desgastado personalizándolo, incluyendo su propia y personal experiencia resultando así algo nuevo, lozano, rejuvenecido por la presencia misma del poeta en el poema. Éste es una revitalización del tópico en la cual Hernández adecua lo que desea comunicar a un esquema, lo ajusta a un molde ideológico ya preestablecido. Ensambla su experiencia personal a una tradición clásica.

Esta sinceridad con la que fue creado el texto, la presencia del poeta dentro de él transfiriendo su personal experiencia marcan el sello de identidad del poema frente a sus antecedentes.

De esta larga tradición, el punto inicial es, sin duda el Epodo II de Horacio, redactado aproximadamente en el año 37 AC en forma muy próxima a la creación del libro II de las Geórgicas de Virgilio. El beatus ille horaciano es una alabanza de la vida en la naturaleza, los goces cotidianos del campesino: recoger la vida, contemplar su vacada en el valle, podar el ramo inútil, esquilar su rebaño. La naturaleza denota pura armonía: aguas que corren, pájaros que cantan, el otoño cubriendo los campos; es verdaderamente una descripción idílica de la vida campestre, al margen de los negocios, los vicios mundanales y la guerra. De ahí el comienzo del poema:

“Dichoso el que de pleytos alexado
qual los del tiempo antigo,
labra sus heredades no obligado
al lobrego enemigo.”

La naturaleza es totalmente bucólica, en ella están presente todos los elementos que componen el LOCUS AMOENUS (LUGAR DELICIOSO): árbol, prado, fuentes (según Roberto Curtius) y el canto de las aves que invitan a un dulce sueño,

Citemos un ejemplo de algunos de sus versos:

“le gusta descansar bajo la vieja encina
o en el tupido césped de algún prado,
mientras las aguas corren por sus cauces profundos
los pájaros murmuran en sus manantiales
invitando a una leve somnolencia.

Pero esta reinvidicaciòn de la vida campestre se cierra con la figura del usurero Alfio quien decidido entonces a convertirse en un campesino recoge su dinero pero vuelve a prestar en las calendas.

Ya Porfiriòn, comentarista de Horacio en los siglos III y IV había señalado con respecto al final del poema que el usurero Alfio reclama a sus deudores el dinero para comprar una granja, imaginado la felicidad de esa vida que ha alabado en los campesinos, pero le vuelve atrás la avaricia y decide seguir prestando con usura su dinero”. Esta pincelada irónica del final viene a ser una recia censura contra aquellos hombres que nunca están contentos con su suerte.

Muchas han sido las traducciones que se han realizado de este Èpodo, algunas en verso, otras en prosa, una de ellas es la que corresponde a Fray Luis De León quien en su afán de imitar el metro horaciano logró algunas estrofas oscuras y algunas incompletas por ejemplo la alusión directa al usurero Alfio, enunciador del texto que no está nombrado en la versión del poeta español sino sugerido a través de la expresión

”Ansí, dispuesto un cambio, y al arado loava la pobreza, ayer puso en sus ditas todas, cobro más oy ya torna al logro”

En el aspecto métrico, Fray Luis De León, en su traducción, sustituye los senarios por endecasílabos y los cuaternarios por heptasílabos.

Son muchos los testimonios que dan cuenta que el poeta español había conocido este épodo horaciano,

Más latente y vital es la huella que ha dejado en este silbo hernandiano el poema “Oda a la vida retirada” del ya citado poeta Fray Luis De León (1527-1591)

“Qué descansa vida
la del que huye del mundanal ruido
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido”

Los ecos de su vida retirada se dejan oír a los largo de todo el silbo, el urbano bullicio de Hernández nos remite al mundanal ruido del fray Luis; ¿cómo no relacionar el limón, el lilio puro, la pita, el perejil, el romero con aquel huerto descripto por el poeta de Salamanca?

“Del monte en la ladera
por mi mano plantado un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muerta en esperanza el fruto cierto.

El aire del huerto orea
y ofrece mil olores al sentido,
los árboles menea
con un manso ruido
que del oro y del cetro pone olvido”

La mención al huerto como elemento de posesión, de lugar que le devuelve la esencia aparece reiteradamente en el silbo de Hernández, ya sea cuando lo echó de menos estando lejos:

“y el triste de mì mismo
sale por su corazón,
que se quedó en el mayo de mi huerto
de este urbano bullicio
donde no estoy de mì seguro cierto”.

o cuando ha vuelto definitivamente a él:

“haciendo el hortelano
hoy en este solaz de regadío
de mi huerto me quedo”

Las coincidencias entre Oda a la vida retirada y el silbo de Hernández son muchas: la espiritualidad que predominará en el poeta de Orihuela ya se percibe en esta oda donde el tema aparece tratado desde una perspectiva personal e íntima.

Las descripciones idílicas del lugar, el juego de imágenes sensoriales que realizan ambos poetas los acerca.

Fray Luis vuelve a manejar los elementos que componen aquel lugar delicioso que evocara Horacio:

“Oh monte, oh fuente, oh río,
oh secreto seguro, deleitoso,
despièrtanme las aves
con su cantar sabroso no aprendido”

En este lugar, el yo, más auténtico, más personal que en el épodo horaciano trasmite el deseo de sentirse en comunión con la naturaleza:

“vivir quiero conmigo
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo”.

El afán de evasión de la muchedumbre, de la multitud que caracteriza a la ciudad, invita a un disfrute a solas con la naturaleza que también Hernández planteará el final de su silbo

El final de ambos poemas en donde el yo acepta su entrega al goce plácido de la naturaleza es común en ambos textos, mientras Fray Luis termina su oda diciendo:

“tendido yo a la sombra esté cantando, a la sombra tendido, de hiedra y lauro eterno coronado.”

El silbo termina con la misma entrega del poeta ante la sorpresa de su destino en ese lugar donde ha decidido esperar, donde nuevamente renueva su vida humilde:

“Lo que haya de venir lo espero, cultivando el romero y la pobreza”

La espiritualidad que impregna ambos poemas hasta ahora, aleja, sobre todo al silbo de su primer antecedente de aquella versión horaciana, puesta en boca de un personaje que describe con deleite las virtudes del mundo idílico pero decide volver a sus negocios.

Por otra parte, y siguiendo la tradición de este tópico, la huella del libro de Antonio de Guevara poeta español nacido en 1480 con su libro Menosprecio de la corte y alabanza de la aldea coincide en la temática con el texto de Hernández, aunque esa sinceridad a partir de la cual construye su poesía el poeta de Orihuela no está presente en este texto

Se trata de un best seller escrito en 1539, formado por 20 capítulos, un tratado moral, práctico y positivo de la vida retirada. Aspectos biográficos iluminan el origen del libro: Guevara como paje del príncipe don Juan había pasado una juventud descuidada y licenciosa en la corte de los Reyes Católicos pero tras la muerte de ellos decide abanadonar la corte y convertirse a la vida retirada de los frailes franciscanos, el mismo fue interrumpido cuando Carlos V requiere de sus servicios como cronista y predicador oficial

El autor da una versión diferente con respecto al tópico manejado: su palabra está legitimada al describir los vicios mundanales no como un mero observador externo sino como un participante privilegiado de ese tipo de vida a la cual un día decide abandonar, allí encontramos la diferencia con los demás autores que han manejado este tópico: la perspectiva diferentes desde donde éste se aborda.

Señala entonces, respecto a esto, en el prólogo:

"¡Ojalá supiese yo tan bien enmendar lo que hago como sé decir lo que los otros han de hacer! ¡Ay de mí, ay de mí!, que soy como las ovejas, que se despojan para que otros lo vistan; como las abejas, que crían los panales que otros coman; como las campanas, que llaman a misa y ellas nunca allá entran. Quiero por lo dicho decir que con mi predicar y con mi escribir enseño a muchos el camino y quédome yo descaminado. Sepa Vuestra Serenidad, muy alto Príncipe, que en todas las más cosas que en este vuestro libro escribo y reprendo me confieso haber caído, haber tropezado y aun me haber derrostrado; porque, si entre los cortesanos soy el menor, entre los pecadores soy el mayor. También confieso que de algunas vanidades y de algunas liviandades [no] estoy apartado, y que de algunas presunciones y de algunas elevaciones no estoy enmendado, aunque es verdad que de las unas y de las otras estoy muy arrepiso; porque me parece que es muy poco lo que he vivido y es muy mucho en lo que he pecado. No está lejos de enmendar la culpa el que tiene conocimiento de haber caído en ella; lo cual no es así en el malo y protervo, porque jamás se aparta de errar el que no reconoce haber errado. (...)”

Según el autor, en la corte, la fortuna y los vicios reducen al hombre a la enfermedad y el envejecimiento ofreciendo su propia experiencia para ejemplo mientras que la saludable vida en la aldea detiene las enfermedades y la vejez. Con cierto tono de humor Guevara le aconseja al cortesano volver a la aldea, lugar ideal donde se disfruta de mejor comida, mejores casas y donde nadie compite o sufre de piedras en los riñones porque las únicas piedras que hay en la aldea son para construir nuevas casas.

Cada frase contenida en esos 20 capítulos comienza anafóricamente con la expresión “Es privilegio de la aldea”

¿Y cuáles son esos privilegios que describe Guevara?

Citemos algunos ejemplos:

“Es privilegio de la aldea que vivan los que viven en ella más sanos y mucho menos enfermos, lo cual no es así en las grandes ciudades a do por ocasión de ser las casas altas, los aposentos tristes y las calles sombrías, se corrompen más aina los aires y enferman màs presto los hombres ¡Oh! bendita tú, aldea, a do la casa es más ancha, la gente màs sincera, el aire màs limpio, el sol más claro, el suelo màs enjuto, la plaza màs desembarazada, la horca menos poblada, la república màs sin rencilla, el mantenimiento más sano, el ejercicios màs continuo, la compañía màs segura, la fiesta más festejada y sobre todo los cuidados muy menores y los pasatiempos mucho mayores”

“Es privilegio de aldea que los días se gocen y duren màs, lo cual no es así en los soberbios pueblos, a do se pasan muchos años sin sentirlos y muchos días sin gozarlos. Como en el campo se pasa el tiempo con màs pasatiempo que no en el pueblo, parece por verdad que hay màs en un día de aldea que no hay en un mes de corte ¡Oh, cuan apacible es la morada en la aldea, a do el sol es màs prolijo, la mañana màs temprana, la tarde màs perezosa, la noche màs quieta, la tierra menos húmeda, el agua màs limpia, el aire más libre, los lodos màs enjutos y los campos màs alegres! El día de la ciudad siéntese y no se goza y el día de aldea gózase y no se siente, porque allí el día es màs claro, es màs desembarazado, e màs largo, es màs alegre, es màs limpio, es màs ocupado y finalmente digno que es mejor empleado y menos importuno”

Denuncia en otro fragmento los vicios de la corte:

“Es privilegio de la aldea que allí sea el bueno honrado por bueno y el ruin conocido por ruin, lo cual no es así en la corte ni en las grandes repúblicas a do ninguno es servido ni acabado por lo que vale sino por lo que tiene”

Su idealización de la vida en la aldea se corresponde con una ideología acariciada tanto por el emperador Carlos V como por lo frailes franciscanos: el regreso a la Edad de oro; dentro de este discurso la aldea es un espacio utópico no tocado por los vicios mientras que le asigna todos los males a la corte.

A pesar de la oposición de ambos movimientos, tanto Carlos V como los frailes franciscanos basaron sus respectivas ideologías en este sueño utópico del regreso a la Edad de oro. En 1492, España comienza a concebirse como la elegida de la Providencia para reestablecer el Sacro Imperio Romano bajo una sola fe, el catolicismo, y una sola lengua: el castellano. Colón utiliza este discurso en sus cartas a los Reyes Católicos , éstos se concebían a sí mismos como las restauradores de una libre y espiritual Jerusalén mientras su nieto Carlos V se identificó con el Pastor bonus de esta nueva Edad de oro.

Otros autores señalan que la censura de Guevara contra la competitividad cortesana puede interpretarse como una crítica a la política imperial de Carlos V, se apoya este concepto en un fragmento en la cual el autor condena la fiebre de oro que lleva a los españoles a América.

Sin duda Hernández conoció este libro, se identifico con su temática pero todavía estamos alejados del lirismo que impregna su silbo.

“Silbo de afirmación de la aldea” presenta una estructura muy marcada donde se parte de una situación inicial que no sitúa en un presente eternizado

“alto soy de mirar a las palmeras,
rudo de convivir con las montañas...
yo me vi bajo y blando en las aceras
de una ciudad espléndida de arañas”

Desde ese presente que marcará el retorno definitivo, el poeta estructura el texto en 22 estrofas donde en forma para nada simétrica destina 15 de ellas a describir la ciudad y sus vicios y en las restantes a ensalzar la vida campesina. La descripción de la ciudad es ubicada en el eje temporal del pasado mientras que canta en presente las virtudes de la vida campesina.

Dicha distribución no es para nada azarosa: mientras el poeta acentúa el tono de denuncia y rechazo a la gran ciudad destinando para ello gran parte del poema, luego con pocas estrofas y una selección perfecta de elementos campestres y diversidad de imágenes recrea su aldea. (huerto, limonero, hormiga, pimentón, lilio, romero,)

La primer parte es dinámica, produciendo una sensación de vértigo, la segunda es más reflexiva, de acuerdo a la placidez que corresponde a la vida en una aldea.

Entre ambas parte, la presencia del adverbio aquí delimita el allá de la gran orbe al aquí de su huerto.

La sensación de pequeñez que ha experimentado el poeta en la gran ciudad ¡ay cómo empequeñece andar metido en esta muchedumbre” ahora se convierte en un sensación de plenitud a retornar a su edén terrenal, las palmeras y las montañas no son solo dos elementos típicamente campestres sino también dos construcciones simbólicas que representan su elevación espiritual, su entrega a la vida ascética, mientras que las aceras y las arañas denotan lo bajo, lo ruin, lo terrestre, la servidumbre de los vicios, y la claudicación de la voluntad ante el pecado Él se vio bajo y blando, inestable, perdido ahora su visión del mundo se agiganta en su retorno definitivo.

En esta mirada retrospectiva, la ciudad ha suplantado a su ambiente, allí es donde aflora esa sensación de vacío, de inseguridad, pequeñez, de no pertenencia:

“difíciles barrancos de escaleras
calladas cataratas de ascensores
¡qué impresión de vacío!
ocupaban el puesto de mis flores
los aires de mis aires y mi río

El uso recurrente de los posesivos marcan la presencia del poeta dentro del texto y el adueñamiento de cada uno de los elementos que componen su tierra.

La descripción de la ciudad, con tono de rechazo y denuncia es otro aspecto que singulariza al poema frente a la tradición, respecto a esto Díez de Revenga ha señalado que el mérito de Hernández ha sido hacer entrar en él todo el mundo del siglo XX con sus materialistas comodidades y progresos”

Y lo he hecho pintando un cuadro plástico, un conjunto formado por cuatro estrofas que plasman la idea que el autor concibe del progreso: rascacacielos, ascensores, metro y asfalto, en una enumeración, una amplificación acumulativa donde reserva una estrofa para cada uno de ellos, primero los nombra y luego añade un grupo nominal reforzado por pronombres exclamativos que revelan, con ironía y desplante, lo que a él, les sugieren dichos elementos urbanos. El conjunto de las cuatro estrofas podrían por sí solas conformar un pequeño poema independiente del resto.

Dentro del enfoque moral con el que se puede leer el texto hernandiano los rascacielos y los ascensores se identifican con la soberbia, aquí la altura ya no denota elevación espiritual sino jactancia y orgullo:

¿Qué presunción los manda hasta el retiro de Dios? ¿Cuándo será Señor, que eches tanta soberbia abajo de un suspiro?

La alusión de Dios permite leer el poema desde otro abordaje que se relacionan con lo religioso, la soberbia que atribuye al autor a los rascacielos y a los ascensores es un pecado, por lo cual la ciudad es un lugar de vicios donde Dios está ausente, él mismo sintió esa ausencia estando allí:

“Yo vi lo màs notable de los mío llevado del demonio y Dios ausente”.

Las expresiones exclamativas ¡qué risa! ¡qué rabia! , el neologismo rascaleches denotan un tono irónico, despectivo, del poeta ante tanta soberbia que puede ser derribada por Dios de un suspiro

Dios está presente en el campo, en aquellos elementos seleccionados por el autor para recrearlo:

“¿Qué hacéis las cosas de Dios aquí: la nube, la manzana, el borrico, las piedras y las rocas?

Dice al respecto Ramón Sije: “en el poema de Hernández, juega un papel poéticamente decisivo el campo como mundo perfecto, como estilo, como imagen, como idea, el campo es este aspecto dramático de la visión poética de la ciudad, la prueba plástica de la existencia de Dios.”

Nada más natural, de acuerdo con este esquema ideológico, que la identificación de la ciudad por oposición al campo como el lugar donde Dios no se halla presente, esta visiòn lo vuelve al texto un poema moralizante como antes habíamos señalado.

En un tono desafiante y presuntuoso se atreve a preguntarles:

¿Cuál puede subir tanto alto como aquellos elementos que componen su huerto?:

“¿cuál sube a la talla de un monte, sobrepasa el perfil de una nube, el cardo que, de místico se abrasa en la serrana gracia de la altura?”

El tercer elemento que compone este cuadro es el metro, característico de la noche y el bullicio urbano, asociado a lo oscuro, la muchedumbre, la muerte, reparemos en la metáfora “vasta gusanera” para aludir a la multitud y la soledad, a la vez, de las grandes ciudades.

El cuadro culmina con la mención del término asfalto, elemento creado por el hombre, cuya artificiosidad ha suplantado el contacto directo con la tierra.

A esto alude en recurrentes ocasiones el autor

¡Ay qué de menos echa
el tacto de mi pie mundos de arcilla!”

Dirá en otro momento

“He regado las plantas
la de mis pies impuros y otras santas
en la sequía breve de mi ausencia
por nadie reemplazada”

El asfalto en contraposición a la tierra le produce una sensación de inestabilidad, vacilación, andar a tientas, inseguro

“iba mi pie sin tierra,
¡qué tormento! vacilando en la cera de los pisos”

Paradójicamente la dureza del asfalto le produce inestabilidad mientras que la tierra, esos mundos de arcilla, lo hacen pisar seguro, pleno.

Esta enumeración culmina con un explícito rechazo a la ciudad

¡ay, no encuentro, no encuentro la plenitud del mundo en este centro!”

En el abordaje moral que Hernández permite del texto, la ciudad es luego descripta como la cuna del vicio, el pecado y las tentaciones, ya lo había señalado en aquella carta a Josefina, ahora señala:

“topado por mil senos, embestido, por màs de mil peligros, cuanto labio de púrpuras teatrales, exageradamente pecadores”

Los términos topado, y embestido muestran al poeta asediado, atacado por esos elementos que incitan al pecado: La ciudad encarna así el concepto de lo antinatural.

Pero también es el lugar de la inversión, de un mundo casi travestido donde lo que se ve no parece lo que es realmente por lo tanto es el lugar de la hipocresía:

“Huele el macho a jazmines, menos lo que es todo parece, la hembra oliendo a cuadra y podredumbre”

La sensación de ligereza y dinamismo que predomina en esta extensa primer parte del poema resulta logrado por la atribución del vértigo y el movimiento a la gran ciudad, allí el poeta se siente perdido en este mundo acelerado y vertiginoso, la electricidad es la negación de la paz, el sosiego, la calma que reina en la aldea.

Con respecto a este aspecto ha señalado Vicente Ramos que la ciudad es en el autor la encarnación de lo antinatural, en este mundo las cosas de Dios no tienen cabida.

Términos repetitivos como alto, alto, alto, alto, orden, orden generan un ritmo acelerado en el texto que se corresponde con la visiòn de una vida eléctrica, también la enumeración a partir del asíndeton “un sobresalto, que aumentaban los timbres, los avisos, las alarmas, los hombres y el asfalto” contribuyen a ese ritmo desenfrenado que nada se asemeja a la placidez de la aldea.

“Y miro y sólo veo
velocidad de vicio y de locura
Todo eléctrico: todo de momento
nada serenidad, paz recogida.
Eléctrica la luz, la voz, el viento,
Y eléctrica la vida.”

Aquí el poema nuevamente nos remite a otro texto, en este caso contemporáneo al silbo de Hernández como es el poema “Hombre en la orilla” del escritor español Pedro Salinas y perteneciente al libro “Todo màs claro y otros poemas”

Es este un libro que comprende 13 poemas escritos por el autor, casualmente fuera de su tierra natal, en EEUU entre 1937 y 1947.

En este texto Salinas opone el mundo natural que él como hombre desea al acelerado mundo moderno. Es un texto que plantea una reflexión sentimental sobre vida y la muerte justo en el momento en que el poeta aguarda para cruzar una calle transitada de coches y gentes, en la primer parte Salinas sustituye la ciudad norteamericana por la imagen de un río (la acera) y un hombre en presencia de ese espectáculo. En dicho poema Salinas hace desfilar a tres individuos de escasa identidad: una mujer que va al salón de belleza, el hombre de negocios antes de firmar un contrato y el muchacho que vuelve a casa del colegio. Son personajes simbólicos que responden a la realidad y que el poeta observa en el apresurado mundo norteamericano que habita.

Salinas retoma en este poema una crítica ala sociedad vertiginosa que también había denunciado García Lorca en su poema Nueva York: oficina y denuncia:

Citemos algunos versos que nos devuelven el vértigo que recreaba Hernández:

Este río no es aquél:
corriente, a secas.
Álveo que ignora el agua.
¿Dónde en la orilla, la yerba
, dónde espumas cuando guijas,
dónde sombras que se bañan
descendiendo de los chopos?
Ruedas, sólo ruedas, ruedas.
Confuso caudal frenético,
su prisa nada refleja:
ni a esa nube ni a aquel pájaro
con ave o nube contesta.
Ni recuerdo de las nieves
desde su origen la alegra,
ni hay más que le esté esperando
con la eternidad abierta.
Ruedas, prisas, prisas, ruedas,
todas saben dónde van.
Cada rueda hacia lo suyo.
Pero el caudal sabe más:
sabe que nunca se llega
cuando no hay dónde llegar.

El tono de denuncia a la gran ciudad se vuelve más notorio e intencional en Federico García Lorca en uno de sus poemas pertenecientes a Poeta en Nueva York “Nueva York: oficina y denuncia, allí el autor señalaba:

No es el infierno, es la calle.
No es la muerte, es la tienda de frutas.
Hay un mundo de ríos quebrados y distancias inasibles
en la patita de ese gato quebrada por el automóvil,
y yo oigo el canto de la lombriz
en el corazón de muchas niñas.
óxido, fermento, tierra estremecida.
Tierra tú mismo que nadas por los números de la oficina.
¿Qué voy a hacer, ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
que luego son pedazos de madera y bocanadas de sangre?
No, no; yo denuncio,
yo denuncio la conjura
de estas desiertas oficinas
que no radian las agonías,
que borran los programas de la selva,
y me ofrezco a ser comido por las vacas estrujadas
cuando sus gritos llenan el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.

Retomemos al silbo hernandiano y pasemos la a descripción de su aldea, el adverbio aquí, nos sitúa en su lugar, aquel del cual no se alejará màs.

Son pocas estrofas pero impregnadas de fragancias, gustos, sensaciones visuales, (uso predominante de sinestesias), elementos cotidianos,

Si hay una sola palabra que resuma la concepción de su aldea es Hernández es pormenor “aquì la vida es pormenor” (muerte, cariño, pena, piedra, horizonte, río, luz, espiga, vidrio, surco y arena), cada momento es vivido con total intensidad pues allí reina la calma.

La aldea, su aldea está vista como un lugar donde se vive en comunidad, lejos de la hipocresía de la ciudad, los màs íntimos acontecimientos son vividos con regocijo por parte de los aldeanos:

“nace un niño y entera la madre a todo el mundo del contorno”

También las ceremonias religiosas como la Navidad son vividas en comunidad

”la navidad se acerca, explotando de broma en los tapiales”

Aquí no hay secretos, todo se sabe, todo es lo que parece, porque según el autor, en un claro ataque moral a la ciudad

“aquí la basura está en las calles y no en los corazones”

¡Qué sinceridad en estos versos y cuánta denuncia a los males urbanos!

Esto es lo que ha hecho señalar a Vicente Ramos como la “verdad rural”. El autor no puede comprender la perfección humana al margen de la naturaleza, allí radica la verdadera esencia del ser.

La descripción se colma de sensaciones de cotidianeidad y placidez, estando presentes también aquellos elementos que habíamos visto conforman el lugar delicioso:


onde aprendí a nadar” agua que se remonta a su origen, casi al útero materno.

Hay un uso recurrente de sensaciones de sentidos diferentes:

“Se derrama, rogándome asistencia, el limonero al suelo, ya cansino, de tanto agrio picudo”

“En el miembro desnudo de una rama, se le al ave el trino recóndito, desnudo”

“Hay pimentón tendido en la ladera,
hay pan dentro del horno,
y el olor llena el ámbito, rebasa
los límites del marcos de las puertas,
penetra en la casa
y panifica el aire de las huertas”

El poeta se apropia de esos elementos para gozar de ellos desde una placidez anhelada ¡cómo el limón reluce encima de mi frente y la descansa!”.

Elementos vegetales como el lilio, la pita, el perejil los azahares, el romero (la “mística verdura” término empleado por Francisco Carenas) completan esa escena idílica que el poeta ha elegido como su edén terrenal, de él no quiera desprenderse, ya lo ha abandonado, ahora:

“Aquí de nuevo empieza
el orden, se reanuda
el reposo, por yerros alterado,
mi vida humilde, y por humilde muda
Y Dios dirá, que está siempre callado.

No hacen falta palabras: solo él, su lugar y la compañía silenciosa de Dios.

 

BIBLIOGRAFÌA.

Abad Merino, Luis Mariano. De nuevo sobre el “Silbo de afirmación de la aldea”

Cano Ballesta, Juan. 1978. La poesía de Miguel Hernández. Ed. Gredos. Madrid.

Berns, Gabriel. 1978 El poeta y la ciudad. Ed. Castalia Madrid.

Carenas, Francisco. Miguel Hernández: poema primitivo de la tierra. Cuadernos de Investigación Filológica. 1983. p 129- 136

Hernández, Miguel. 1985. Poemas sociales, de amor y de guerra. Alianza. Madrid.

Ramos, Vicente. 1973. Miguel Hernández. Gredos. Madrid

Umbral, Francisco. Miguel Hernández, agricultura viva .Cuadernos hispanoamericanos. 1969 Nº 230. p 325-328

 

Trabajo presentado en el 1º Encuentro Departamental de Profesores de Literatura realizado el 10 de setiembre de 2010 en el Liceo Nº 2 de Carmelo en conmemoración de los 100 años del nacimiento del poeta español Miguel Hernández.

 

© Giovanna Piceda 2011

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero46/mh_silbo.html