Revista Horizontes: prensa y sociedad en la Guayana del siglo XIX

Diego Rojas Ajmad

Centro de Investigaciones y Estudios en Literatura y Artes
Universidad Nacional Experimental de Guayana
Puerto Ordaz-Estado Bolívar
rojasajmad@gmail.com


 

   
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Resumen: El presente estudio pretende determinar la función social de las publicaciones periódicas en la Guayana del siglo XIX, mostrando el sistema de valores que se tenía con respecto a las mismas y analizando a su vez a la prensa como un texto que se interrelaciona con los demás componentes de su contexto social y cultural, colocando el énfasis en las tres unidades fundamentales de toda historia de la comunicación: autor, obra, lector. Así, la revista Horizontes (1899-1914), órgano del Centro Científico Literario de Ciudad Bolívar, revista cultural de mayor importancia en la región, llamada en su momento “El Cojo Ilustrado de Guayana”, nos permitirá acercarnos a las prácticas culturales del siglo XIX en relación con la caracterización de sus géneros (revistas), tipos (intelectuales) e instituciones (centros literarios), intentando hacer una “pintura viva” de la dinámica cultural guayanesa y su relación con las prácticas culturales nacionales y continentales. Así, el fin último y general de la siguiente investigación es desentrañar las íntimas relaciones que existen entre la comunicación y el desarrollo social.
Palabras clave: prensa, revista Horizontes, Guayana, historia cultural

 

La primera imagen de Ciudad Bolívar, ofrecida a través de los ojos de Humboldt, entraña una visión maravillada por las novedades y ventajas de las tierras recién admiradas. Dice el alemán en pleno éxtasis:

Las bocas del Orinoco tienen una ventaja sobre todos los puertos de Tierra Firme y ofrecen las comunicaciones más prontas con la península. La navegación de Cádiz a Punta Barima se hace algunas veces en 18 y 20 días. La vuelta a Europa es de 30 a 35 días, y estando como están colocadas estas bocas al viento de todas las islas, las embarcaciones de Angostura pueden mantener un comercio más ventajoso con las colonias de las Antillas, que la Guaira y Puerto Cabello (Humboldt, 1991: 86).

En aquella ciudad de “puertas abiertas”, cuya posición privilegiada la convertía en sitio idóneo para el comercio nacional e internacional, hacían escala los bienes y las ideas del mundo. Puerto fluvial del siglo XIX, Ciudad Bolívar, antigua Angostura, se erigía entonces en medio de una “larga revolución”, para utilizar el término creado por Raymond Williams (2003), queriendo expresar con ello la influencia ejercida por las lentas transformaciones políticas, económicas y sobre todo culturales, como la educación, la prensa y los medios de comunicación y transporte, provenientes de otras tierras y que posibilitaron el desarrollo social.

Tarcila Briceño de Bermúdez, en un esclarecedor estudio acerca del comercio por los ríos Orinoco y Apure durante la segunda mitad del siglo XIX, señaló la importancia de Ciudad Bolívar para las estadísticas del comercio de Venezuela con el mercado nacional e internacional:

Angostura, hoy Ciudad Bolívar, fue el puerto fluvial más importante de Venezuela, durante la época colonial, las primeras décadas de la vida republicana y aún, durante el siglo XX, por lo menos hasta los años 20. Sin embargo, el ritmo de sus actividades no tuvo la misma medida a lo largo de todos esos años. Muy dinámico durante la colonia, se intensificó en la segunda mitad del siglo XIX, especialmente en las últimas décadas; pero fue reduciendo su intensidad en los tiempos del General Gómez cuando comenzó a perder progresivamente su función de puerto de exportación de gran parte de la producción agrícola-ganadera de los llanos de Apure, Barinas, Portuguesa y llanos orientales del sur, hasta quedar reducido al papel de simple aduana interior (Briceño de Bermúdez, 1993: 14)

Las costas del Orinoco eran entonces puerta de entrada cotidiana para embarcaciones venidas de diversas latitudes. Goletas, bergantines, balandras y lanchas llegaban de San Fernando, Nutrias, Camaguán, Cumaná, Pampatar, Upata, Arauca, Demerara, Trinidad, Liverpool, Bremen, Tobago, Cuba, Nueva York, San Tomas, Nueva Granada, Martinica, Barbados, Hamburgo, y un largo etcétera que está inscrito en las listas oficiales de desembarco de la época (Briceño de Bermúdez, 1993: 144-149).

En esas naves, a la par que nuevas mercancías, llegaban idiomas ajenos, diversidad de impresos, ideas divergentes. Una expansión del mercado cultural se hacía evidente con el aumento del público lector y la abundante oferta de bienes culturales como periódicos, libros, cuadros, compañías de teatro, entre otras, que venían a satisfacer la demanda de las nuevas prácticas de la sociedad urbanizada de finales del siglo XIX y principios del XX.

Con respecto al aumento de las publicaciones en territorio bolivarense, Hernández nos dice al respecto:

Como sabemos, el estado Bolívar contaba ya para 1818 con un taller de impresión, dirigido por Andrés Róderick y de allí salió el primer número de El Correo del Orinoco, el 27 de junio de ese año. En Angostura, propiamente se editó este importante medio de expresión política del ideario patriota, arma eficaz en la lucha libertaria, que tanta trascendencia tendría para ese momento en el país; pero, sin duda alguna, hubo otro hecho fundamental y es que a partir de allí, la imprenta se afianzó definitivamente en las riberas del Orinoco. El interés de los bolivarenses por la imprenta fue inmediato. No sólo se publicaron diarios y hojas sueltas; también se editaron libros y revistas, que franquearon las riberas del Orinoco y viajaron a todas partes del territorio venezolano (Hernández, 2005: 130).

Pero el aumento en la oferta cultural tenía que venir en consonancia con una expansión del tiempo de disfrute y una conciencia del consumo. Al decir de Dugast (2003): “Los progresos de la urbanización y las nuevas condiciones de vida logradas por la industrialización también tuvieron como consecuencia (...) una transformación progresiva de la noción misma de ocio” (pág. 91). Con ello, la aparición y expansión en ese lapso finisecular de los cafés, las tertulias, las publicaciones, las asociaciones y centros científicos y literarios, los ateneos... Hacer del ocio un tiempo para la creación fructífera y el desarrollo humano, según la noción griega, fue la tarea común para el sector letrado de la época.

Ejemplos de este aumento en la oferta cultural es la que reseña Horizontes en varios de sus números:

Dato:

En ninguno de los años transcurridos desde el 5 de marzo de 1883 en que se inauguró el Teatro Bolívar, de esta ciudad, hasta hoy, habían ocurrido tantas audiciones como en el año de 1905, que concluye. En efecto, ciento cuarenta funciones teatrales se dieron en nuestro simpático, aunque arruinado Coliseo, desde el 1º de enero hasta el 1º de noviembre último, de las cuales 17 corresponden a la Compañía de Ópera italiana (Nº 63, 31 de diciembre de 1905: pág. 174).

Plaza Bolívar:

Las retretas vespertinas que ejecutaba la Banda del Estado los jueves en “La Alameda”, tendrán efecto, como se sabe, en el bello Parque que lleva el nombre del gran Libertador.

Aplaudimos la simpática medida. (Nº 72, 30 de junio de 1909: pág. 288).

Cinematógrafo:

En la noche del sábado último se estrenó en el Teatro Bolívar el cinematógrafo “Excelsior”, traído por el amigo Ruiz Chapellín. Numerosa concurrencia ha asistido a las varias exhibiciones de las películas puestas en juego, especialmente anoche y en la noche del domingo. Auguramos éxito completo a la Empresa y nos congratulamos con Ruiz Chapellín. La Empresa ha fijado los martes, jueves, sábado y domingo para días de espectáculo. Sólo es de sentirse en todo esto lo subido de los precios de palco. (Nº 72, 30 de junio de 1909: pág. 288).

A este tipo de condición de apertura en la comunicación de una urbe podemos llamarla “ciudades locuaces”, en contraposición a las “ciudades mudas”, cuyas variables condiciones de silencio pueden manifestarse en escasas vías de comunicación, en poca presencia de medios de comunicación como radios, televisoras, prensa y cines, o en mínimos espacios disponibles para la convivencia común y el encuentro como las plazas públicas. La perspectiva cibernética puede ofrecernos una mejor caracterización de las ciudades locuaces y las ciudades mudas:

Una ciudad puede ser caracterizada como un conjunto de personas o una población asociada por variados y completos procesos de comunicación; es decir, por una información repartida continuamente y, por lo tanto, capaz de adecuarse y ayudar a la población a adaptarse a una situación siempre cambiante, pudiendo responder a los requerimientos de una variación. Así, cuanto más información pueda ser repartida y cuanto más se extienda este proceso mediante la utilización de medios adecuados y eficaces, tanto más la ciudad tendrá las características de tal. A la inversa, una población apartada de un proceso de comunicación, no podrá conformar una ciudad (Garretón, 1975: 51).

Así, toda civilización, todo conglomerado humano, desde las pequeñas aldeas tribales hasta los grandes imperios tuvieron siempre la necesidad de edificar vías que le sirvieran de sistema circulatorio para el comercio de bienes y la transferencia de ideas. De allí la importancia dada al camino como metáfora recurrente en textos antiguos como la Biblia, la Ilíada o la Odisea. Luego, con la enseñanza que deja la experiencia, el ser humano llegó a la conclusión evidente de que a mayores posibilidades de comunicación, mayor y mejor sería el desarrollo de una comunidad. La antigua Babilonia aprovechó, por ejemplo, la estratégica ubicación geográfica que le servía de lugar de encuentro de culturas orientales y occidentales, convirtiéndose así en la primera gran civilización del mundo. Es conocida también la importancia que dio el Imperio Romano a sus vías de comunicación, sustento mismo del Imperio, llegando hasta nuestros días la expresión “todos los caminos conducen a Roma”, como vestigio de tan formidable conjunción de contacto y poder. Los Imperios prehispánicos también sabían de la importancia de la comunicación y de su influencia en el desarrollo social. Cuéntase en algunos libros de historia, por ejemplo, de la exquisita e intrincada red de caminos de los aztecas y de los incas, que les permitía a sus emperadores tener servido pescado fresco en sus mesas, a pesar de la larga distancia que los separaba del mar. No gratuitamente el investigador canadiense Harold Innis, poco conocido en el ámbito hispánico, publicó en 1950 un libro titulado “Imperio y comunicación”, texto que abonaría el terreno para los futuros estudios sobre la comunicología y en el que intenta demostrar las relaciones entre la información y el desarrollo social de los pueblos. Esta estrecha relación entre comunicación y desarrollo social es consustancial entre sí. La comunicación, por decirlo de alguna manera, es la piel de la sociedad:

La inherencia de la comunicación a las nociones de democracia y sociedad no es una fórmula retórica o filosóficamente ‘platónica’. Sin comunicación no hay sociedad, y todo grupo social es el reflejo de sus modos comunicantes; cualquier atrofia o curación comunicacional es causa de trauma o de salud social (Pasquali, 1991: 18).

 

Horizontes para un nuevo siglo

En este ambiente “locuaz” surge la idea de fundar, en 1899, el Centro Científico-Literario de Ciudad Bolívar. A la fundación de esta institución concurrieron escritores, periodistas, literatos, abogados, ingenieros, médicos, docentes, en su mayoría jóvenes, que encauzaban sus inquietudes científicas, artísticas, y políticas a través de este tipo de organización, de las cuales ya se habían fundado por estos años, similares y con el mismo título en Caracas, Valencia, Maracaibo, Barquisimeto y Barcelona, emulando el espíritu de asociación cuyos antecedentes notables fueron las tertulias de la casa de los Ustáriz o la famosa Sociedad Económica de Amigos del País y cuya efervescencia se manifestaba plenamente por esos años de finales del siglo XIX. Destacados personeros de la intelectualidad guayanesa formaron fila en esta corporación, como Bartolomé Tavera Acosta, Luis Felipe Vargas Pizarro, Luis Alcalá Sucre, José Miguel Torrealba García, José Manuel Agosto Méndez, Luis A. Natera Ricci, Guillermo Herrera Franco, José Tadeo Ochoa, Carlos García Romero, Antonio Bello, Federico Calderón, Antonio José Lagardera, Ernesto Núñez Machado, Pedro Felipe Escalona, Saturio Rodríguez Berenguel, Luis Acevedo Itriago, Ángel Vicente La Rosa, Luis Aristeguieta Grillet, Luis M. Mármol, Juan Vicente Michelangeli, Rafael Villapol y Miguel Isaías Aristiguieta. Casi todos escritores, o aficionados a las letras, lograron mantener por quince años el medio que servía de órgano a dicho centro, la revista Horizontes, que vio la luz el 30 de enero de 1899, comparable por su singularidad y prestigio, según algunos investigadores, a El Cojo Ilustrado, y en donde se puede encontrar lo más granado del pensamiento y de la ilustración guayanesa de finales del siglo XIX y de los comienzos del siglo XX.

En formato 1/16, y con una periodicidad mensual, la revista Horizontes se insertaba en el circuito de las publicaciones periódicas guayanesas con una singularidad manifiesta en el “Prospecto” de su primer número. Dice Luis Alcalá Sucre a manera de editorial: “La aparición de ‘Horizontes’ obedece tan solo a una causa: la necesidad de exteriorizar los pensamientos de un grupo de aficionados a la ciencia y la literatura” (Nª 1: pág. 2). Este cruce de saberes, esta visión “interdisciplinaria” plasmada en letra de imprenta para el público lector de Guayana y el mundo, la hacía diferenciar del resto de las publicaciones periódicas guayanesas de la época, las cuales trataban temas exclusivos referidos al comercio, a lo político o a la reseña de cables internacionales. Una multiplicidad de temas guiada por un “autonomismo intelectual”, como sigue diciendo en el prospecto:

Cuanto a fondo científico y estilo literario, fuerza es que manifestemos la diversidad de criterios que necesariamente ha de inspirar a los redactores de ‘Horizontes’. El autonomismo intelectual, si así puede decirse, de los miembros del Centro de Ciudad Bolívar resaltará, por modo característico y personalísimo, en las lucubraciones que cada quien, conforme a su íntimo convencimiento, escriba y publique. De donde resulta que, al lado del médico que escudriña los secretos del organismo humano, aparecerá el abogado explicando la compleja estructura social; que junto a las abstracciones del filósofo contemplativo, se leerán las fórmulas precisas del matemático (Nª 1: pág. 2)

Otra de las singularidades de Horizontes reside en la abierta oposición al sentido trágico finisecular. El desconcierto ante el cambio de siglo había sumido en una atmósfera de crisis y pesimismo a la mayoría de la oferta cultural europea. Dugast plantea al respecto:

En este final de siglo, la conciencia de hallarse ante una ‘crisis decisiva’ fue compartida quizá como nunca lo había sido antes. Las expresiones de entusiasmo hedonista que hallamos en ciertas formas de diversión o en la exaltación de la modernidad se ven compensadas por un sentimiento de desconcierto difuso y de inquietud que se percibe en muchas obras artísticas. Las temáticas del ocaso, de la enfermedad, de la muerte individual, de la degeneración, de la confusión son las que dominan en muchas de las obras literarias producidas en los años 1890-1910 (Dugast, 2003: 164).

Para los jóvenes intelectuales guayaneses, la idea de fin de siglo no era desesperanzadora sino que ofrecía nuevas oportunidades al progreso material y cultural:

Hijos nosotros de estos últimos tiempos, quisiéramos destruir la onda amarga que ahoga las iniciativas generosas de nuestros compañeros, los intelectuales hastiados de la brava generación naciente; borrar las arrugas precoces de los rostros y las contracciones de los labios juveniles: que si bien no vivimos en el mejor de los mundos, soñado por Pangloss, también lo es que la humanidad no parece tan fea como la pintan los misántropos, pues, ni por regla general resultan los hombres perversos y malandrines, ni las mujeres se convierten siempre en los diablillos de uñas sonrosadas que los bardos describen en sus deliquios lacrimosos (Nª 1: pág. 1).

 

La ciencia como discurso progresista: tecnófilos vs. tecnófobos

En las páginas de Horizontes puede percibirse una marcada influencia de la filosofía positivista, la cual, al decir de Cappelletti, “tiene sus primeras manifestaciones en Venezuela antes que en la mayoría de los países latinoamericanos” (Cappelletti, 1994: 25). Esta filosofía, creada por Comte a principios del siglo XIX, rechazará la visión metafísica y enarbolará la idea de la ciencia y de la experimentación como únicas vías para el progreso. No por casualidad el lema del pensamiento positivista será “orden y progreso”, en clara alusión a la exaltación del conocimiento científico, promotor de la organización técnica industrial que conlleva a un futuro próspero.

La penetración del discurso científico en la prensa venezolana decimonónica es producto de esta idea positivista de promoción del desarrollo social a través de la difusión del saber. La técnica y las nociones científicas, antes palabras privilegiadas a los ámbitos de la academia y la universidad, ahora se convierten en discurso popular que alimenta los imaginarios sociales:

La Ciencia

Después de larga lucha en la existencia
logra salir el hombre victorioso,
su frente orlada del laurel glorioso
que simboliza la palabra: Ciencia.

Llevando así poblada la conciencia
de todo lo sublime y lo grandioso,
no se detiene, sigue majestuoso,
necesita más luz su inteligencia.

De nuevo entra al combate por la idea
guiado por esa luz divina y pura
que ardiente en su cerebro centellea.

Medita y se propone, inventa y crea,
y así de nuevos triunfos se asegura:
¡oh! la Ciencia inmortal, ¡bendita sea!

(Saturio Rodríguez Berenguel, “La ciencia”. Horizontes, Nº 9, 30 de setiembre de 1899, pág. 140)

Este discurso a favor de la ciencia y la técnica, que pudiéramos catalogar de “tecnófilo”, en contraposición con un pensamiento negativo hacia el progreso técnico, llamado “tecnófobo”, fue el discurso organizador de la revista Horizontes en sus quince años de existencia. A pesar del avasallante predominio del discurso tecnófilo en la cultura finisecular venezolana, existen algunos indicios de la contraparte tecnofóbica en el imaginario social. Algunas manifestaciones literarias, por ejemplo, están señaladas por el cuento “Metencardiasis” (1896), de Nicanor Bolet Peraza, o “La radiografía” (1929) de Blas Millán, en los cuales la presencia de la ciencia y la tecnología representa un avance material, pero al mismo tiempo es un mal augurio que descuida el sentimiento y que conduce a la sociedad a un final trágico y desesperanzador.

La fe inconmensurable en la ciencia hacía expresar a los redactores de Horizontes lo siguiente:

Partidarios de la libertad del examen en su más lata aplicación religiosa y científica, la mayor tolerancia para las opiniones y creencias ajenas informará nuestros procederes en el periodismo doctrinario, porque profesamos el principio de que ninguna escuela científica, ninguna comunión religiosa, posee ni ha poseído jamás la verdad absoluta: todas las sectas tienen un acervo más o menos cuantioso de moral; todas las doctrinas se fundan en postulados más o menos aceptables (Nª 1: pág. 1).

¡Ciencia y patriotismo! He aquí las bases de la civilización. Un pueblo ignorante no será nunca sino una colectividad más o menos numerosa, arrastrada despóticamente por el más audaz o por el más fuerte (Nº 1, pág.: 8)

Las instituciones vigilantes de la tradición, como la Iglesia, no podían estar al margen de semejantes cambios de conducta y pensamiento. Y en efecto esas instituciones no hicieron la vista gorda ante las transformaciones. Por ello, es posible encontrar en los Archivos secretos del vaticano, informes enviados acerca de las labores emprendidas por los miembros de Horizontes, como Luis Aristeguieta, Guillermo Herrera Franco, entre otros, a quienes se acusa de “masones” y de “pertenecer a la secta de los liberales” (Castillo Lara, 1998: 538 y 541). El ejemplo más ilustrativo de la confrontación entre la tradición y las nuevas ideas viene a ser lo expresado en el informe que envía Régulo Fránquiz a Roma acerca de Bartolomé Tavera Acosta. Dice el informe secreto de 1897:

Existe en Ciudad Bolívar un señor Tavera Acosta, enemigo irreconciliable del Clero, de la Iglesia, de la religión, públicamente se jacta de no creer en nada, habla públicamente de la Sma. Virgen blasfemando de ella, a Nuestro Señor Jesucristo lo llama el filósofo prestidigitador, no cree en nada y así lo dice públicamente. Ha fundado un periódico para calumniar a la Iglesia y al Clero, como él es íntimo amigo del Obispo, el Obispo no permitió que el Cura de Catedral, Silvano Marcano, lo rechazase como padrino de un bautismo, diciéndome que era mejor estar en paz. Puede declarar el Sacerdote Marcano, y además está el libro donde se registran los bautismos. Yo también lo acepté como padrino, siendo Cura de Catedral, porque así lo dijo el Sr. Obispo. (Castillo Lara, 1998: 537-538).

En las páginas de Horizontes se encuentran variadas notas acerca de la condición “liberal” que denunciaba la Iglesia. Por ejemplo:

Divorcio:

La Ley que trata de este asunto, en vigencia hoy, ha empezado ya a ejercer su benéfico influjo: el telégrafo trasmite noticias relativas a divorcios intentados en Caracas. Y aquí cabe decir con Vargas Vila: “El divorcio espanta a los hipócritas, a los viciosos, a los criminales. El divorcio es una amenaza para las mujeres frágiles, un castigo para las mujeres culpables, una enseñanza para las mujeres incautas y una salvación para las mujeres dignas. Los matrimonios felices no temen al divorcio porque el verdadero amor es indisoluble; los lazos del cariño son de seda: atan y no oprimen (Nº 45, 01 de mayo de 1904: pág. 80)

Prohibición Episcopal:

El Revdo. Arturo Celestino, Illmo. Obispo de la Diócesis del Zulia, por disposición de 8 del pasado julio, ha prohibido a sus ovejas la lectura de El Comercio y de Psiquis, importantes órganos de la prensa marabina, dizque por venir “hostilizando de una manera cruel y satánica al clero católico”.

Felicitamos a los estimados colegas de Psiquis y de El Comercio. (Nº 122, 31 de agosto de 1913: pág. 1897).

En medio de los cambios tecnológicos acontecidos en la Ciudad Bolívar de principios del siglo XX, Horizontes no podía quedar muda ante la llegada del progreso, como fue catalogada por los mismos redactores de la revista la introducción de la luz eléctrica, el automóvil y el primer vuelo en avión sobre la ciudad. Estos tres eventos, ocurridos entre los años 1911 y 1913, fueron motivos para que el discurso estético y periodístico de Horizontes registrara tan notables eventos:

El primer vuelo y Pío X

El Augusto Pontífice Romano
¡blanca visión de blancos serafines!
desde el alto y soberbio Vaticano
contemplaba los clásicos jardines.

Yo lo asechaba cabe el ancha vía,
¡mansa visión de paz y de consuelo!
y al mirarlo tan albo lo creía
más lejos de la tierra que del cielo...

Un ruido turba su oración silente:
un aviador que cruza las alturas!...
Él lo mira, lo mira, largamente
con sus pupilas lánguidas y puras;
y al desaparecer el monstruo, indemne,
en vagas lontananzas de topacio,
el Papa traza en actitud solemne
el signo de la cruz en el espacio.

(Ezequiel Bujanda. Nº 115, 31 de enero de 1913: pág. 1657)

 

El último número de la revista Horizontes, el 131, apareció el 31 de octubre de 1914. Una lacónica nota cierra ese número:

Por inconvenientes que no hemos podido allanar, nos vemos precisados a suspender temporalmente las labores de esta Revista. Con tal motivo cumplimos el deber de dirigirnos a todos los colegas de dentro y de fuera de la República, que tan bondadosamente nos han honrado con sus visitas, para darles nuestro más cordial hasta luego (Nº 131: pág. 2192).

La guerra europea había hecho escasos el papel y otros insumos para la imprenta. Por ello, el “hasta luego” se convirtió en un “hasta siempre” y la revista Horizontes, luego de 15 años de existencia y de circulación nacional e internacional, había finalizado su influencia en la vida cultural venezolana.

 

Referencias Bibliográficas

Briceño de Bermúdez, T. (1993) Comercio por los ríos Orinoco y Apure durante la segunda mitad del siglo XIX. Caracas: Tropykos.

Cappelletti, A. (1994) Positivismo y evolucionismo en Venezuela. Caracas: Monte Ávila.

Castillo Lara, L. (1998) Personajes y sucesos venezolanos en el Archivo Secreto Vaticano (siglo XIX). Tomo II. Caracas: Academia Nacional de la Historia.

Dugast, J. (2003) La vida cultural en Europa entre los siglos XIX y XX. Barcelona: Paidós.

Garretón, J. (1975) Una teoría cibernética de la ciudad y su sistema. Buenos Aires: Nueva Visión.

Hernández, N. (2005) “Del Orinoco al Chama o la travesía de la palabra escrita: la presencia del estado Bolívar en la Biblioteca Febres Cordero”. En: Kaleidoscopio (Puerto Ordaz): Universidad Nacional Experimental de Guayana. (4): jul’-dic’, 2005. pp. 126-133.

Humboldt, A. (1991) Viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente. Caracas: Monte Ávila.

Pasquali, A. (1991) La comunicación cercenada. El caso Venezuela. Caracas: Monte Ávila.

Williams, R. (2003) La larga revolución. Buenos Aires: Nueva Visión.

 

© Diego Rojas Ajmad 2010

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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