Algunas notas a la Impugnación católica y fundada
a la escandalosa moda del chichisveo,
introducida en la pundonorosa nación española
,
de Juan José de Salazar y Ontiveros

Jesús Fernando Cáseda Teresa

Doctor en Filología Hispánica
IES Valle del Cidacos - Calahorra (La Rioja)
casedateresa@yahoo.es


 

   
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Resumen: Este artículo estudia el significado de la palabra chichisveo y la polémica que hubo en el XVIII sobre dicho término. El clérigo Salazar toma partido, moral, y expresa su opinión contraria a dicha moda.
Palabras clave: Literatura española del Siglo XVIII, chichisveo, Juan José de Salazar y Ontiveros, Haro de San Clemente.

Résumé: Cet article explore la signification du mot chichisveo et la controverse qui a eu lieu, controverse née pendant dix-huitième siècle. Le clerc Salazar prend parti, morale, et exprime son opinion contraire à celle de la mode.
Mots clés: Littérature espagnole, XVIIIe siécle, chichisveo, Juan José de Salazar y Ontiveros, Haro de San Clemente.

 

El poeta riojano Juan José de Salazar y Ontiveros, de la localidad de Huércanos, beneficiado del Obispado de Calahorra, estudiante de las Universidades de Valladolid, Salamanca y Alcalá, fue poeta de mérito en la Corte, donde fue preceptor del futuro Carlos III, durante la primera mitad del Siglo XVIII y confesor, gozando del favor de la realeza y de buen número de nobles. Publicó en Madrid sus Poesías varias (1732) y Glorias de España (1736), además de la obra que aquí se trae, su Impugnación católica y fundada a la escandalosa moda del chichisveo introducida en la pundonorosa nación española, Madrid, Oficina de Alfonso de Mora, 1737.

Se trata sin duda de la obra más polémica que escribió y la que, también, mayor fama le dio. Apareció impresa en Madrid, en 1737, en la Imprenta de Alfonso de Mora, firmada por “El Abad de Cenicero” y dedicada “Al Excelentísimo señor Duque de Arcos, Maqueda y Nájera” tal y como aparece en la portada de la misma. Salió por tanto cinco años más tarde que sus Poesías varias y es su última obra conocida. Sus Glorias de España son de tan sólo un año antes, 1736, aparecidas en la madrileña imprenta de la Viuda de Juan de Aritzia. Está formada la Impugnación por ocho hojas iniciales y cincuenta y nueve páginas que forman el cuerpo de la obra.

Se le acusó al autor riojano, tras la publicación de la obra, de tratarse de una burda “copia” de la del carmelita sevillano José Haro de San Clemente, titulada El Chichisveo impugnado.

El significado de la palabra “chichisveo” que da título a las dos es, según señala Camen Martín Gaite en su conocido trabajo, similar a la de cortejo. Ya el poeta Eugenio Gerardo Lobo recogía el término en un poema de 1717 que decía así:

“Es, señora, el chichisveo
una inmutable atención
donde nace la ambición
extranjera del deseo:
ejercicio sin empleo,
vagante llama sin lumbre,
una elevación sin cumbre,
un afán sin inquietud,
y, no siendo esclavitud,
es la mayor servidumbre.

... Es, en fin, facción hermosa
de autorizada cautela,
indefectible novela
de una verdad mentirosa:
perspectiva que, engañosa,
abulta lo que desvía,
elevada fantasía
sin objeto y con fervor,
y es de las ansias de amor
la más decente armonía”. [1]

Parece que el uso de la palabra es anterior a la de “cortejo” en nuestro país y podemos suponer su origen foráneo, italiano. Según Martín Gaite, “el fenómeno no pasó nunca de ser elitista y minoritario, pero lo era, sin duda, mucho más en la época de Felipe V, es decir, cuando se llamaba chichisveo” [2]. De hecho en España se estableció una curiosa relación entre la circunstancia del origen italiano de la voz y costumbre y el origen también italiano de las dos esposas de Felipe V. Goldoni se inspiró en el fenómeno del chichisveo para crear muchas de sus comedias. La palabra “cicisbeo” antes de designar la costumbre de que una señora casada tuviera un amigo, significó susurro o bisbiseo. Es decir, que cicisbeo aludía, en su origen, a una forma de conversación mediante cuyo mantenimiento una mujer se sentía consolada y acompañada por otra persona del sexo opuesto. Según Martín Gaite: “la particularidad de esta conversación estribaba -posiblemente como secuela inevitable de vicios incubados en añejas prácticas de confesionario- en ser secreta y susurrada” [3]. Según la misma autora:

“De la conversación era fácil pasar a otro tipo de confianzas; y siempre se había intuido que ni siquiera los confesores -varones al fin y al cabo- estaban excluidos de significar un peligro para aquellas mujeres que, demasiado recluidas, habían llegado a no tener más evasiones que las de hablar. Los confesionarios, efectivamente, eran lugares muy idóneos para que una conversación secreta y susurrada sobre temas íntimos llegase a convertirse en pecaminosa, o al menos diera lugar a ciertas tentaciones”. [4]

A veces resulta difícil saber a ciencia cierta el origen de estos términos, entre ellos el chichisveo. De hecho entre España, Italia y Francia existía un fluido de acusaciones recíprocas, que dio lugar a un laberinto de diversas versiones en cuanto a responsabilidad y paternidad del fenómeno. Como quiera que fuera, lo cierto es que en España dio motivo, una vez más, para censurar por pecaminoso todo lo que pudiera venir de fuera, haciendo todavía mayor el fuego contra los desórdenes de las naciones viciosas que ponían en peligro la sacrosanta nación defensora a ultranza de sus virtudes calderonianas.

El cura Salazar no duda en ningún momento del origen italiano del chichisveo y por ello se escandaliza de que en España nadie lo ataque y repruebe, cuando en el propio país de su origen ya ha encontrado impugnadores, entre otros, señala, al propio Antonio Muratori, bibliotecario del Duque de Módena, quien en sus Annali de 1707 la considera la más funesta herencia que la reciente dominación francesa dejó en el norte de Italia. El propio Salazar anuncia en la obra el origen de la famosa voz sin aludir sin embargo a la fuente que toma para dicha afirmación:

“ Tuvo su cuna (según he oído) el chichisveo en la famosa Génova: Bastardo hijo de Venus; a vista del mar creció como espuma, y encargado Mercurio de su educación, empezó a ser vagamundo; después de varias fortunas arribó a España, algo temeroso en sus principios al ceño de nuestra nación, y mudadas las exterioridades del traje, pasó entonces por desconocido; pero puesta en movimiento la máquina de su artificio halagüeño, apoderado del corazón, se dio al público disfrazado. ¡Oh cuántos arrastrarán hoy las cadenas de este cautiverio!. ¡Y cuántos lloran la mísera servidumbre que gustosamente abrazaron!”. [5]

Razón tiene Salazar en cuanto a su afirmación de proceder de la ciudad italiana de Gónova tal moda. Según Carmen Martín Gaite

“parece que fueron los maridos genoveses -los cuales, a causa de sus negocios se veían obligados a viajar continuamente- quienes acogieron con singular alivio y entusiasmo aquella institución del cicisbeo, asiduo acompañante de la esposa aburrida y que esta buena disposición suya fue la que fomentó y perfeccionó el invento entre los genoveses, hasta el punto de que con frecuencia llegaba a considerarse la elección del cicisbeo como asunto de familia, y el nombre del designado para ocupar este cargo -tras deliberación que hacía la esposa de acuerdo con el marido- llegaba a figurar en las capitulaciones matrimoniales”. [6]

Un detalle no ha de pasar, sin embargo, por alto el atento lector. Y es éste el que Salazar no firme con su nombre la obra, sino con la de “Abad de Cenicero”. La razón nos lleva a afirmar esa curiosa dialéctica entre el autor y su propia voz. Por ello la dedicatoria aparece bajo una fundamental advertencia al lector atento: “Ni se me esconde -dice entonces- que estimará el Vulgo por sátira mi trabajo”. Y más adelante, tratando de ocultar la existencia de la obra del sevillano Haro de San Clemente, se empeña en defender la novedad de su trabajo:

“... concibo, sin duda, que agradaría a todos, a no impedirlo los ceños dulces de las interesadas. En nuestra España nada veo escrito que sea fundado en contra de este abuso...”.

Falsa afirmación, por tanto. Y con seguridad no exenta de cierta hipocresía puesto que es muy probable que durante su estancia sevillana, con el séquito cortesano que acompañó a Felipe V, tuviera, al menos, noticia de la obra de clérigo citado con anterioridad.

El objeto de la escritura de su obra lo presenta más tarde, cuando sale a relucir el clérigo defensor de las virtudes patrias con estas palabras:

“ Confieso ingenuamente, que ha días que traigo entre ojos esta demasiada llaneza y comunicación que ha entablado el demonio, entre hombres y mujeres, en una nación tan pundonorosa como la española; de quien se solía decir, sin mucha ponderación, que del aire se ofendía, y que un mirar la agraviaba. Nación que diferenciándose de las demás, vistió sus mujeres con manto, para que no fuesen ordinariamente vistas, y anduviesen más honestas. Porque de esta suerte, siempre fuesen atendidas, y miradas con mayor decencia “. [7]

La obra se divide en tres partes, tituladas de este modo: “Qué cosa sea la mujer y cuáles sus propiedades”; “Trata de la ocasión y qué cosa sea”; “Trata del peligro dícese qué cosa sea”. A lo largo de la obra encontramos diversas afirmaciones realmente curiosas como las referidas a los usos de pelucas y postizos que se pusieron de moda en aquellos primeros años a veces por el fatal designio de los chichisveos fatuos y servidores de la moda gálica:

“Yo conozco algunos mozos -señala el cura Salazar- que lo mejor que tenían, era el cabello propio, y se lo quitaron, porque se lo mandó su chichisveo, y no ser de la moda. Pues qué diremos del tiempo, que se gasta en componerla, peinarla y polvorearla, apostándose los hombres con las mujeres y aun excediéndolas en los melindres”.[8]

Según Carmen Martín Gaite, ésta y otras costumbres o modas impuestas en una parte muy concreta de la sociedad española, la aristócrata y burguesa, terminaron por encender las sospechas de la moralidad. Si ya me he referido con anterioridad a la relación chichisveo/bisbiseo, la novedad de que una mujer casada diera pie de conversación a un hombre que no fuera el propio marido suponía ya una piedra de escándalo. De la conversación era fácil pasar a otro tipo de confianzas. Podemos entonces plantearnos la pregunta de Salazar: ¿cómo se explica que en un pueblo como el español, sobre cuyo concepto del honor matrimonial no es preciso insistir, hubiese arraigado, aunque en escaso número, tal costumbre?

A este respecto no es demasiado difícil encontrar otros ejemplos incluso en nuestra propia literatura de cierto galanteo para con las casadas. Nuestro teatro del XVII resulta ilustrativo. Los escritos de Salazar son también una clara muestra de lo que ahora trato de demostrar. Incluso en la propia corte de Felipe V era costumbre muy extendida que las damas de honor de la reina, aun casadas, pudieran aceptar homenajes de caballeros principales, quienes, para galantearlas, tenían que pedirles “lugar” y si ellas concedían, les daba derecho a considerarse “embebecidos”, es decir, tan absortos a la vista de la dama que les estaba permitido no descubrirse en las ceremonias públicas en presencia de la reina.

A decir verdad, en aquellos años casi nadie sintió el chichisveo como algo nuestro, sino más bien como una moda extranjera, que venía a ensombrecer nuestra más rancias tradiciones. Por ello la postura de Salazar pudo gozar del favor más unánime de los habituales lectores de la época. No es vano a este respecto recordar sin embargo que fue una moda que tuvo sus apasionados adeptos entre los abates mundanos, los cuales tomaban las mismas actitudes banales y frívolas que los chichisveos laicos y frecuentaban teatros y diversiones con total desenvoltura. ¿No es, tal vez, éste el caso del propio Juan José de Salazar? Lo vemos en efecto componer, recitar, dirigir arrullos a sus conocidas de la Corte. Otras veces les pide explicación por alguna inconveniencia. O se extiende en galanteos, banalidades a sabiendas de su condición de casadas y la propia de abate. Como decía un marido genovés partidario de la existencia del chichisveo:

“Nosotros, los maridos genoveses, estamos demasiado ocupados y nuestras mujeres lo están demasiado poco para que puedan pasarse sin compañía. Necesitan un galán, un perro o un mano” [9].

Y nosotros diríamos, también, que un confesor: culto e instruido, galante, más o menos bien parecido, agradable en su trato, lisonjero. Y con la licencia del hábito para penetrar en lugares a otros prohibidos. Como señala Martín Gaite, era una cuestión de ocio:

“Las mujeres de toda Europa se aburrían. No se aburrían más que en otras épocas de la historia, pero sí - y esto es lo típico del siglo XVIII- lo empezaban a saber, a sentirse incómodas y a rebelarse contra ello: necesitaban llenar su ocio como fuera” [10].

 

NOTAS:

[1] Corral, Francisco Javier (1717): Consejo que D. Francisco Javier Corral, abogado de los Reales Consejos, escribió a un amigo, apasionado por el chichisveo, que defendió D. Eugenio Gerardo Lobo, Madrid, p. 16.

[2] Usos amorosos del Dieciocho en España, op.cit., p. 7.

[3] Ibidem, p. 8.

[4] Ibidem, p. 9.

[5] Impugnación católica, op. cit. Preliminares.

[6] Usos amorosos del Dieciocho en España, op. cit., p. 19.

[7] Impugnación católica, op. cit., p. 1.

[8] Ibidem, p. 2.

[9] Cita según C. Martín Gaite, Usos amorosos del Dieciocho en España, op.cit.,p. 20.

[10] Ibidem, p. 8.

 

© Jesús Fernando Cáseda Teresa 2011

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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