De la pasión al amor: la salvación o condena en Don Juan Tenorio

Augusta Cornejo

Modern Language Department
Florida International University
Florida EEUU
augustacornejo@hotmail.com


 

   
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Resumen: Este trabajo sugiere dos ideas alternativas con respecto al tema del amor, del arrepentimiento y de la salvación o condena de don Juan. Por un lado, plantea que lo que siente doña Inés por su amado —y viceversa— no es un tipo de amor único y estático sino como diría Octavio Paz basándose en las ideas de Sócrates, es un amor que se desarrolla a través del drama y que cambia evolucionando en escalas. Siguiendo este simbolismo, el trabajo propone que, en el primer nivel, el sentimiento se manifiesta como amor hacia un cuerpo hermoso; en el segundo, a la hermosura misma; más tarde al alma virtuosa, y finalmente a la belleza incorpórea —ligada a lo divino— (46). Por otro lado, plantea la siguiente pregunta: hasta qué punto el amor de don Juan por doña Inés significa para él una renuncia a su propia identidad.
Palabras clave: Don Juan Tenorio, teatro español, XIX, salvación

 

Es incuestionable que, en el drama de José Zorrilla, Don Juan Tenorio, el amor salva a don Juan de ser condenado luego de que el protagonista se arrepintiera de todos sus pecados. Este trabajo sugiere dos ideas alternativas con respecto al tema del amor, del arrepentimiento y de la salvación o condena de don Juan. Por un lado, plantea que lo que siente doña Inés por su amado —y viceversa— no es un tipo de amor único y estático sino, como diría Octavio Paz basándose en las ideas de Sócrates, es un amor que se desarrolla a través del drama y que cambia evolucionando en escalas. Siguiendo este simbolismo, el trabajo propone que, en el primer nivel, el sentimiento se manifiesta como amor hacia un cuerpo hermoso; en el segundo, a la hermosura misma; más tarde al alma virtuosa, y finalmente a la belleza incorpórea —ligada a lo divino— (46). Por otro lado, plantea la siguiente pregunta: hasta qué punto el amor de don Juan por doña Inés significa para él una renuncia a su propia identidad. Como vemos, luego de ser el joven calavera, conquistador y decidido, el protagonista pasa por una transformación que lo convierte en primer lugar en un hombre indeciso y temeroso, y finalmente en un fantasma aterrorizado ante la ira de Dios que ruega por la salvación de su alma.

El cambio de actitud de nuestro héroe, se presenta de una forma gradual: avanza y retrocede a través de la obra y va en función de dos ejes principales. Uno de ellos, es lo que al principio don Juan cree que siente por doña Inés —y que a lo largo de la trama se va convirtiendo en una confirmación de su amor— y el otro es aquel que está en función de la salvación o condena de nuestro protagonista. Como se puede concluir, amor y salvación son los cimientos de la obra.

Cuando el drama recién se inicia, don Juan es un perfecto burlador. En la primera parte de la obra, él se encuentra después de un año con don Luis en la Hostería de Cristófano Buttarelli, lugar donde ambos habían hecho la apuesta de causar más daño con mejor fortuna, en dicho plazo. En esta primera parte es donde el protagonista pone en evidencia su cinismo y su desenfado. En el acto I, escena XII, don Juan describe a Luis Mejía con descarada desvergüenza lo que es el amor para él:

DON LUIS. ¡Por Dios, que sois hombre extraño!
¿Cuántos días empleáis
en cada mujer que amáis? (680)

DON JUAN. Partid los días del año
entre las que ahí encontráis.
uno para enamorarlas,
otro para conseguirlas,
otro para abandonarlas,
dos para sustituirlas,
y una hora para olvidarlas. (685-90)

La frialdad de sus palabras — abandono, sustitución, olvido — su ironía y su ausencia de remordimientos, muestran al espectador que para don Juan el amor es un juego frívolo y también demuestra su infinita arrogancia. Don Juan se juega la vida con arrogancia en cada aventura en la que sólo pone empeño de conquista, más que amor: “La virilidad puesta en trance de demostrarse siempre: en el placer del sexo. En el placer de la arrogancia misma” (Saenz-Alonso 53). La infinita exploración de la pasión erótica es el estilo de vida que marca sus pasos.

Sin embargo, no solamente en lo que se refiere a la parte amorosa don Juan muestra esa ausencia de alma y de sentimientos sino que también se presenta en el aspecto familiar. Por ejemplo, lo vemos cuando su padre don Diego, lo repudia después de haber escuchado todas las fechorías que hizo durante ese fatídico año. Don Juan, lejos de pedirle perdón o intentar justificarse, se enfrenta públicamente a él sin inmutarse “son pláticas de familia / a las que nunca hice caso” (800), concluye sin hacerle el menor caso a su progenitor ante la dramática escena. De igual forma cuando don Gonzalo, padre de doña Inés y Comendador de Calatrava, le diga que prefiere ver primero muerta a su hija, que casada con él, don Juan contestará:

Me hacéis reír, don Gonzalo;
pues venirme a provocar,
es como ir amenazar
a un león con un mal palo. (745)

En el colmo del cinismo, acto seguido y en actitud desafiante hacia don Gonzalo, don Juan apostará con don Luis a doña Inés simplemente porque es una novicia, y una novicia es el único tipo de mujer que no ha podido burlar hasta el momento. En conclusión, al final del acto primero al espectador no le quedará la menor duda de la clase de truhán que es don Juan Tenorio.

Este personaje inescrupuloso, que divide los días del año entre sus conquistas y hace alarde de ellas, empieza a cambiar cuando Brígida, una suerte de celestina, le habla de doña Inés presentándola como una criatura divina. La novicia es mostrada como una pobre e ingenua mujer muy joven y virgen en los temas amorosos. Don Gonzalo la ha tratado toda su vida —ante la ausencia de su madre— con extremo rigor. Don Juan, que nunca antes ha visto a Inés en persona, queda prendado de la imagen que Brígida le ha hecho acerca de ella. En el segundo acto, escena IX afirma:

Tan incentiva pintura
los sentidos me enajena,
y el alma ardiente me llena
de su insensata pasión.
Empezó con una apuesta,
siguió con un devaneo,
engendró luego un deseo,
y hoy me quema el corazón. (1310)

La hermosura de doña Inés ha sido percibida por el oído y don Juan ha escuchado con atención todo lo que Brígida le ha contado sobre doña Inés. Es en este momento que la apuesta planteada con don Luis, primer móvil del romance, deja de ser relevante y de hecho no se vuelve a mencionar en el drama: ahora el principal objetivo es raptarla como consecuencia de la pasión y no por el orgullo de la palabra empeñada a don Luis. Esta sutil transformación que vemos estará asociada sin duda, a la imagen que ahora Tenorio tiene de su amada. Asistimos pues, a las primeras manifestaciones de su evolución: don Juan empieza a sentir y desear la figura de Inés sin conocerla siquiera, incentivado por las palabras de Brígida. Nunca la ha visto pero el fuego —símbolo de la pasión— está presente en su corazón a través de los sentidos. Sus palabras lo dicen todo: enajenar, arder, pasión, deseo, quemar.

Pero para comprender lo que está sintiendo don Juan, recordemos primero la forma en que se entendía el amor en el siglo XIX, época en la que se escribe el drama, y en el siglo XVI, periodo en el que la obra está ambientada. En aquel entonces, se decía que los enamorados sufrían de algunos de los síntomas de lo que se conoce como la enfermedad del hereos o mal de amores. Castells apunta que el mal de amores era considerado en la Edad Media y hasta el Renacimiento como una enfermedad donde el que la padecía sufría de síntomas como falta de sueño, falta de apetito, desasosiego y palpitaciones entre otras cosas. Esta peculiar enfermedad se adquiría principalmente a través de los ojos pero a veces también a través del oído (58), y en la época del Romanticismo quedaban rezagos aun de esas viejas creencias. Es posible entonces, que don Juan se encuentre en esta etapa inicial, padeciendo algunos de esos síntomas que lo enajenan.

Después de escuchar a Brígida y con su complicidad para robarse a doña Inés, es en la famosa escena del diván cuando las cosas se agravan y donde se evidencia la siguiente escala de la que nos habla Octavio Paz: el amor al alma virtuosa. Don Juan, luego de ver y raptar a doña Inés del convento en el que se hallaba recluida, cae rendido a sus pies y califica el amor que siente como algo no terrenal y lo asocia a la clemencia de Dios que pretende salvarlo:

No es, doña Inés, Satanás
quien pone este amor en mi:
es Dios, que quiere por ti
ganarme para él quizás. (2265)

Es la primera vez que él cree que podrá salvarse y también se cree “capaz aun de la virtud” gracias al amor que siente por doña Inés (167). Es también en esta escena donde don Juan, confundido, no solamente tiene una idea erotizada de ella, sino que también ama su alma virtuosa. Don Juan ya no pretende burlarse de ella sino casarse, algo que nunca creyó pudiera ocurrir. En realidad, lo que ha sucedido es que eros se ha cruzado en una intersección momentánea con otro tipo de amor —ante la figura virginal de Inés— ya que como el propio don Juan le dice al Comendador , “lo que adoro es la virtud / don Gonzalo, en doña Inés” (175). Esa mezcla de sentimientos que siente ahora, es lo que lleva a Tenorio a realizar lo que hasta ese momento parecía imposible: postrarse de rodillas ante don Gonzalo, para rogarle que se la conceda en matrimonio:

Escucha, pues, don Gonzalo,
lo que te puede ofrecer
el audaz don Juan Tenorio
de rodillas a tus pies. (2515)

Según lo que le dice a don Gonzalo, de ello dependerá su salvación eterna. Nuevamente vemos a don Juan pensar que es posible su salvación a través del amor. Qué distinto a aquel individuo que recordamos del primer acto, donde se burla del mismo don Gonzalo cuando éste le increpa su actitud. A diferencia de entonces, hoy lo tenemos humillado y suplicando al Comendador por el amor de su hija. Sin embargo, podemos decir que el cambio que observamos, aunque importante, es parcial, porque todo dependerá de la respuesta que le dé el padre de doña Inés.

A pesar de tenerlo de rodillas a sus pies, el Comendador no cree en el arrepentimiento de don Juan, lo desprecia, lo provoca, y termina por enfrentarse con él en un duelo a muerte que acabará con la vida de don Gonzalo. Don Juan dejará de lado la esperanza de su posible salvación, y no asumirá la responsabilidad de sus propias acciones, sino que culpará a Dios en un clamor blasfemo:

Llamé al Cielo y no me oyó,
y pues sus puertas me cierra,
de mis pasos en la tierra
responda el Cielo, y no yo. (2620)

Como puede deducirse, para ser un blasfemo hay que ser un creyente, y en este caso don Juan es un creyente al que Dios le ha hecho un desplante. La respuesta de nuestro héroe ante tamaño desplante no puede ser más simple: una conveniente blasfemia “tan sólo porque su primer minuto de arrepentimiento en tan larga vida de crimen no produce, al instante, cosecha de satisfacción” (De Salgot 66). Don Juan es ahora una suerte de víctima de su pasado y de su destino y en lugar de asumir la responsabilidad de sus actos, culpa de ellos a Dios. Como dijimos al inicio, las acciones, ida y venidas de nuestro héroe, serán en función al amor que siente, y a la posible salvación o condena de su alma.

Pero, ¿quién es realmente esta mujer que cambia a don Juan? Quizás la respuesta esté no solamente en quién es, sino en lo que representa y en la interpretación del amor que siente doña Inés por don Juan Tenorio. Ella, huérfana de madre y criada en un convento, nunca conoció hombre alguno, “doña Inés un personaje encantador: es rica, noble, y no alardea nunca de su posición; posee juventud y belleza, pero jamás utiliza estas dotes con coquetería. Verdadero ángel inocente, no conoce la malicia ni el doblez” Inés es diferente porque ella, al revés que las demás mujeres, no llora el abandono del amado por humillación o frustración, sino por decepción (Dominicis 42). La novicia ve que su pretendiente despierta en ella un sentimiento que le es desconocido hasta entonces y que atribuye a lo sobrenatural:

Tal vez poseéis, don Juan,
un misterioso amuleto,
que a vos me atrae en secreto
como irresistible imán.
Tal vez Satán puso en vos
su vista fascinadora,
su palabra seductora,
y el amor que negó a Dios. (2235-40)

En esta parte del drama es bueno detenerse para analizar lo que realmente siente doña Inés, ya que tenemos dos sentimientos opuestos y excluyentes que se le han ido develando paulatinamente. Primero, Brígida le ha preparado el terreno al burlador susurrando al oído de su ama, palabras que la turban. Luego la joven e ingenua novicia, ha leído las cartas de su amado desconcertada. Finalmente, después de ser raptada y en la escena del diván arriba mencionada, se encuentra cara a cara con su raptor y es allí cuando siente deseo y pasión. Sentimientos ciertamente atribuibles a lo que una mujer puede sentir por un hombre cuando quiere tener sexo con él. Carlos Feal sostiene que don Juan es un instrumento de doña Inés para alcanzar su emancipación sexual y rebelarse contra su padre carcelero. Feal agrega que esto se debe a que “se siente ahogada en la cárcel de un convento y necesita expansionar sus instintos” (94). Es indiscutible entonces que en la escena del diván existe una alta dosis de pasión cuando Inés le dice a don Juan:

Tu presencia me enajena,
tus palabras me alucinan,
y tus ojos me fascinan,
y tu aliento me envenena.
¡Don Juan!, ¡don Juan!, yo lo imploro
de tu hidalga compasión:
o arráncame el corazón,
o ámame, porque te adoro. (2255)

Tenemos entonces a doña Inés rendida totalmente a los pies de don Juan. Sin embargo, las cosas van demasiado lejos. Ella lo ama y le entrega su alma de una forma tan incondicional, que lo perdona cuando su amado asesina a su padre. Como ejemplo de este amor incondicional, aludimos a la escena XI, al final del cuarto acto, cuando doña Inés descubre el cadáver de su padre:

DOÑA INÉS. ¡Ay! ¿Dó estás, don Juan, que aquí
me olvidas en tal dolor?

ALGUACIL 1. Él le asesinó.

DOÑA INÉS. ¡Dios mío!,
¿Me guardabas esto más?

ALGUACIL 2. Por aquí ese Satanás
se arrojó, sin duda, al río.

ALGUACIL 1. Miradlos…, a bordo están
del bergantín calabrés.

TODOS. ¡Justicia por doña Inés!

DOÑA INÉS. Pero no contra don Juan. (Énfasis añadido) (2630-35)

Como se observa en esta escena, el amor de ella supera la barrera del dolor, del engaño, del abandono, de la traición y de la muerte. Es decir, si bien es cierto que en un momento lo que ella siente por él se mezcla con deseo y pasión, es indudable que su forma de amar y entregarse es la que al final prevalece. Quizás ella se encuentra en el mismo trance que su amado, es decir eros y el amor divino se han cruzado en un intersección momentáneamente e indefinible. Más adelante se constatará que es el sentimiento del amor divino —por sobre todos los demás sentimientos—, lo que predomina en ella.

Como sabemos, el amor se manifiesta de muchas formas y diversos modos, es por eso que el sentimiento cambia en función de quién lo siente y de quién lo inspira. De hecho, al no ser un sentimiento estático en el tiempo, no solamente puede evolucionar sino que a la inversa: desaparece o a veces llega a convertirse inclusive, en odio. Por lo tanto, no es una contradicción que lo mismo ocurra en el caso de los amantes de nuestro drama, donde el amor se transforma en el tiempo y lo que en un inicio es sin duda un amor pasional ya que el primer objetivo es la liberación sexual de la reprimida Inés o ganar una apuesta, se convierta después en una amor más espiritual, donde el objetivo será esta vez, la salvación del alma de don Juan. Recordemos además que Inés nunca dejó de ser casta ni virginal, como Feal sostiene, no es fortuito que “al insistir en su castidad, y finalmente al hacerla morir antes de que su amor se consuma, Zorrilla está desexualizando a Inés” (96).

Al empezar la segunda parte, nos enteramos que don Juan, al huir de Sevilla, ha abandonado a doña Inés, quien al poco tiempo muere de tristeza. Sin embargo, a pesar de eso, ella ofrecerá su alma al mismo Dios, a cambio de la de don Juan. Dios, en su infinita sabiduría, dejará pendiente su sentencia a la espera de que don Juan se arrepienta de sus pecados. Si él no se arrepiente a tiempo, doña Inés —por orden divina— se perderá con su amado. De esta forma la salvación de ella quedará ligada irremediablemente al arrepentimiento de don Juan, en una suerte de predestinación por solidaridad religiosa. Doña Inés está convencida que don Juan se arrepentirá de sus pecados y está dispuesta tanto de salvarse como de perderse con él. Este es un acto de amor puro, sublime y fiel, que no conoce el odio ni la venganza y que además lo hace, no pensando precisamente en tener sexo con su amado, sino en salvar su alma.

Ya se observó que don Juan cambia en el momento en que se enamora de doña Inés. Pero las implicaciones que tiene este cambio van más allá de la salvación del personaje y trascienden hasta los límites mismos del género. El don Juan que inicia la obra no es el mismo del final. Al principio el personaje es el protagonista de su género por antonomasia: el perfecto romántico, profundamente irracional y egoísta, que no piensa más que en el presente y cuyo destino parece sellado por sus acciones. Don Juan es un personaje que no piensa más que en sí mismo y que exalta las características más oscuras del ser humano, el individualismo más desgarrador. Por su parte, el don Juan del final es cauteloso y conservador. Hemos visto cómo apenas se empieza a enamorar de doña Inés, el otrora personaje romántico y altivo, comienza a sentir miedo y a despecho de sus arrestos cínicos y se torna un personaje inseguro e indeciso, lejano al don Juan de los primeros tiempos.

Finalmente hacia la última escena de la obra, en el episodio del cementerio, el cambio es total: el personaje niega por completo la principal característica del Romanticismo: la pasión por encima de la razón. Al ver la arena del reloj de su vida a punto de agotarse, y al encontrarse ante la inminencia del infierno y la condena eterna, la última decisión de don Juan es la más racional de su existencia.

Suéltala, que si es verdad
que un punto de contrición
da a un alma la salvación
de toda una eternidad,
yo, Santo Dios, creo en Ti:
si es mi maldad inaudita,
tu piedad es infinita…
¡Señor, ten piedad de mi!. (3760-65)

Con este acto, don Juan no solamente se salva, sino que salva también a doña Inés, quien tiene empeñada su alma esperando por ese “punto de contrición”.

Las razones para las que la obra cumbre del romanticismo español tenga un final tan alejado de los principios del movimiento al que debe su existencia quizás se deban a lo que la Ana Martínez subraya. Ella dice que la simbología española adquirió un tono marcadamente moralizador, cuando la única moral posible era la cristiana, por lo tanto no es extraño ver en el arte y la literatura de aquella época, la presencia mayoritaria del amor divino, ensalzado, frente al siempre denigrado amor humano. El sufrimiento del amante se identifica con la pasión de Cristo y a la amada se le adora como a una virgen, los dos tipos de amor recurren a un mismo lenguaje, “pero los emblemas y los textos manifiestan mayor sensualidad cuando tratan del amor sagrado (paradójicamente)” (111).

Pero aun cuando el final de Don Juan Tenorio pretenda darnos una lección incomprensible, queda la sensación de que al negar su esencia don Juan pierde su ser y de este modo se condena a sí mismo. Es decir, ser y consecuencia es lo que se está jugando en la historia. Es indudable que la esencia de don Juan es aquella que se nos revela cuando invocamos su nombre. Nosotros no pensamos en el don Juan que doña Inés salva al pie de la sepultura, ni en aquel sumiso y temeroso personaje que se encuentra de rodillas ante el Comendador, sino en el don Juan mitológico y seductor que con tan solo una mirada podía rendir la virtud de una mujer y manchar su honra, ese don Juan que cuenta los muertos que pasaron por su espada y que se asienta en su valor.

Zorrilla más que describir las características de un personaje, lo que hace con el drama es personalizar una idea. Tal vez, como sostiene Rougemont, “la fascinación que sobre el corazón femenino y sobre el espíritu de ciertos hombres ejerce el personaje mítico de Don Juan puede explicarse por su naturaleza infinitamente contradictoria” (203). Pues bien, al renunciar al infierno, don Juan lo que realmente hace, es renunciar a sí mismo. ¿No es eso entonces la mayor contradicción de nuestra historia? La pregunta es si don Juan, al ser “salvado” por el amor de doña Inés en el último minuto de su vida, y vender su alma a Dios, salió ganando o perdiendo.

 

Obras Citadas

Castells, Ricardo. "El mal de amores de Calisto y el diagnóstico de Eras y Crato, médicos." Hipsania. 76.1 (1993): 55-60. Web. 10 noviembre 2010.

Ciplijauskaite, Birute. "Los diferentes lenguajes del amor." La construcción del "yo" femenino en la literatura (2004): 227-241. Impreso.

De Rougemont, Denis. Amor y Occidente. Mexico: Cien del Mundo, 2001. Impreso.

De Salgot, Antonio. Don Juan Tenorio y donjuanismo. Barcelona: Ponsa, 1953. Impreso.

Dominicis, María. Don Juan en el teatro español del siglo XX. Miami: Ediciones Universal, 1978. Impreso.

Feal, Carlos. "Dios, el diablo y la mujer en el mito de Don Juan." Revista de la Universidad de Puerto Rico. 10 (1986): 81-102. Impreso.

Martínez, Ana. "La representación del amor en la emblemática española de los siglos XVI y XVII." Península. Revista de Estudios Ibéricos (2006): 101-138. Impreso.

Paz, Octavio. La llama doble: amor y erotismo. Barcelona: Seix Barral, 2004. Impreso.

Peña, Aniano. Don Juan Tenorio. De José Zorrilla. Ed. Aniano, Peña. Madrid: Cátedra, 1995. Impreso.

Saenz-Alonso, Mercedes. Don Juan y el donjuanismo. Madrid: Ediciones Guadarrama, 1969. Impreso.

Zorrilla, José. Don Juan Tenorio. Ed. Peña Aniano. Madrid: Cátedra, 1995. Impreso.

 

© Augusta Cornejo 2011

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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