Fray Toribio Motolinía, el promotor de la fe

María Inés Aldao

Universidad de Buenos Aires
inesaldao@hotmail.com


 

   
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Resumen: En su Historia de los indios de la Nueva España, el fraile franciscano Toribio de Benavente (Motolinía) realiza una concreta exacerbación de la labor misionera en América Central. Para esto, se posiciona desde la pertenencia a un grupo selecto, único que posibilitaría el presente de Nueva España y que le permitirá a su orden seguir trabajando libremente sin condicionamientos ni obstaculizaciones desde las leyes europeas. A través de su tarea escrituraria y misionera, fray Toribio brinda uno de los textos más apasionantes sobre la conquista de América.
Palabras clave: conquista - Nueva España - misioneros - evangelización - franciscanos

 

Escrito entre 1536 y 1541, Historia de los indios de la Nueva España [1] resulta un panegírico del éxito de la labor evangelizadora de los franciscanos en América. Concebida como una de las tantas crónicas a pedido de las autoridades de turno, el fraile franciscano Toribio de Benavente, apodado Motolinía, [2] registra el paso firme de la conquista religiosa realizada por su congregación.

De esta manera, el texto resulta una exacerbada alabanza a la consumación de la evangelización de los indígenas desde una visión poco ecuménica: sin embarazo, Motolinía advierte en reiteradas oportunidades que la salvación de los pobladores de la Nueva España fue posible por el paso de los suyos (franciscanos, no frailes en general). Desde su particular visión, fray Toribio exalta la salvación de las almas que no conocieron la revelación. Por eso, se autoadjudica un papel decisivo en la historia de la evangelización e imprescindible en la entrada del cristianismo en el Nuevo Mundo.

De aquí que Motolinía destaque en su texto la “franciscanidad”. La labor de los suyos no es, simplemente, anunciar la Palabra. Deben promover las paces entre los españoles cuyas disputas no terminan (I, 1, 123) [3], dar misa, enseñar (I, 3, 130) y, fundamentalmente, ser modelo a seguir por todos. Así, Motolinía precisa que los indígenas piden al obispo siempre por ellos, los franciscanos, por ser los más amados y los que más los amaban, “porque éstos andan pobres y descalzos como nosotros, comen de lo que nosotros, asiéntanse entre nosotros, conversan entre nosotros mansamente” (III, 4, 301). Resulta significativa, aquí, la inserción de la voz indígena en su texto, ya que son pocas las veces en que Motolinía recurre a ella. Por otra parte, según el fraile,

para esta nueva tierra y entre esta humilde generación convenía mucho que fuesen los obispos como en la primitiva Iglesia, pobres y humildes, que no buscaran rentas sino ánimas, ni fuere menester llevar tras sí más de su pontifical, y que los indios no vieran obispos regalados, vestidos de camisas delgadas y dormir en sábanas y colchones y vestirse de muelles vestiduras, porque los que tienen ánimas a su cargo han de imitar a Jesucristo en humildad y pobreza. (III, 4, 301)

Luego del complejo proceso de choque de dos mundos que Motolinía asemeja a las diez plagas que azotaron Egipto (I, 1), para él, en Nueva España todo es claridad. Esta forma apocalíptica de concebir la misión apostólica se presenta como una “retórica de la catástrofe y del castigo” (Gruzinski 2007a: 79). Antes, sin Dios, Satán gobernaba. Según el autor, el proceso de conversión fue caótico y por los pecados de indígenas y españoles ambas partes deben purgar culpas. Sin embargo, al optar por el cristianismo, Dios les concede el regalo de su revelación.

El objetivo de su viaje es muy claro: la conversión (I, 1, 116). De hecho, incurre en un error históricamente grave. Motolinía fecha la llegada de los doce el 25 de enero de 1523, cuando se sabe certeramente que fue en 1524. Si bien para G. Baudot esto se debe a un “descuido de amanuense” (1985: 115), podemos pensar que poco le interesa fechar los inicios ante un presente prometedor que resulta, más que reflejo, superación de los propósitos iniciales.

Por todo esto, Motolinía acusa ávidamente a los religiosos que no se ocupan de la conversión de las almas. De aquí su famosa disputa con otros frailes, dominicos en su mayoría, por los bautismos en masa. Para Motolinía, todo aquel que se acerque a recibir la fe cristiana tiene derecho de ser satisfecho en su deseo. Quizás debido a esto peca de ingenuo en varias oportunidades, por ejemplo, al confiar ciegamente en que ya no existe adoración al demonio entre los cristianos conversos: “tienen los ídolos tan olvidados como si hubiera cien años que hubieran pasado” (II, 8, 256).

Además, Motolinía incluye en su texto la carta al provincial, fray Antonio de Ciudad Rodrigo, no tanto para dar cuenta de los avances de sus protegidos como para hacer hincapié en su labor como miembro de la orden. Es decir, a través de los resultados inmediatos del proceso de evangelización de los que da cuenta, su labor queda destacada. Por eso, percibimos claramente la idea de que los frailes están especialmente cuidados por Dios. Motolinía se presenta desde la férrea convicción de que, por ser herramientas fundamentales de su proclamación en el Nuevo Mundo, por ser su labor providencial, Dios tiene especial predilección por ellos (III, 10, 343).

Según David Brading, Motolinía es el cronista que mejor expresa la euforia de los primeros años de cristianización (1991: 124). Sin embargo, antes que cronista, es fraile. Encontramos numerosas marcas textuales de la concepción de la escritura no como un peso (sabemos que, a través de ella, Motolinía da cuenta del éxito de la misión) sino como una parte más de su tarea. Así, “muchas veces me corta el hilo la necesidad y caridad con que soy obligado a socorrer a mis prójimos, a quien soy compelido consolar cada hora” (III, 8, 328). Investigador, historiador pero, por sobre todo, religioso. La escritura no quita espacio a su labor primera, siempre tema central de aquella.

Georges Baudot especifica que es el Capítulo seráfico de 1536 quien nombra a Motolinía guardián del convento de Tlaxcala y le encarga una investigación sobre las costumbres y creencias de los indígenas mexicanos antes de la conquista (1985: 22). Resulta llamativo, entonces, que el fraile se ocupe durante casi todo el texto de recopilar la información acerca del presente de los pueblos, un presente diáfano e idílico.

De esta manera, para Motolinía desde la evangelización del Nuevo Mundo no sólo reina la paz sino que afloran todas aquellas costumbres y rasgos positivos que el indígena, enceguecido por Satán, ocultaba. Ahora construyen los templos no sólo en absoluta conformidad sino con fervor y sentimiento, a puro canto (“Epístola proemial”, 121); son excelentes artistas, pintores (I, 12, 180), aventajando en todo al español. Además, celebran “con mucho regocijo y solemnidad” (I, 13, 181). Proclama el fraile: “Son pacientes, sufridos sobre manera, mansos como ovejas. Nunca me acuerdo haberlos visto guardar injuria; humildes, a todos obedientes, ya de necesidad, ya de voluntad, no saben sino servir y trabajar” (I, 14, 189) [4]. Para Motolinía, en la Nueva España convertida, todo es armonía. Los nuevos cristianos recitan oraciones eclesiásticas gracias a su “vivo ingenio y memoria” (III, 12, 354), aprenden y desarrollan sus oficios con una habilidad que supera la de los mismos españoles (III, 13, 357), se forman velozmente en caligrafía y música. Además, la limpieza, metáfora de la conversión, reina en la ciudad nueva, fundamentalmente en los antiguos templos del demonio (III, 7, 322).

Este presente idílico se refleja en la estrategia retórica de la contraposición pasado / presente:

En esta Nueva España siempre había muy continuas y grandes tierras, los de unas provincias con los de otras, adonde morían muchos, así en las peleas, como en los que prendían para sacrificar a sus demonios. Ahora por la bondad de Dios se ha convertido y vuelto en tanta paz y quietud, y están todos en tanta justicia que un Español o un mozo puede ir cargado de barras de oro trescientas y cuatrocientas leguas, por montes y sierras, y despoblados y poblados, sin más temor que iría por la rúa de Benavente. (II, 11, 270, resaltado nuestro)

El demonio había permitido que México fuese “una Babilonia, llena de confusiones y maldades”. El presente la encuentra transformada en “otra Jerusalén, madre de provincias y reinos” (III, 6, 314). Siguiendo la retórica del antes y el después, también el Nuevo Mundo fue “otra Egipto en idolatrías y pecados”. Sin embargo, “después floreció en gran santidad” (III, 9, 333).

Para Serge Gruzinski, la visión que tiene fray Toribio sobre la conquista no es ni hispanófila ni indianófila. Motolinía invita a percibir el desorden del pasado precolombino con el fin de realizar un contraste con este presente ordenado por las enseñanzas católicas (2007a: 82). Por eso, si la guerra es contra el demonio, la conquista de la tierra es legítima, aún para un religioso (Bellini 1988: 16).

Fray Motolinía se presenta desde el papel de investigador: “preguntando e inquiriendo” (I, 10, 165) se posiciona como personaje clave, tanto por su labor misionera como por su rastreo histórico-antropológico. Así, en la información del pasado descubre datos clave para profundizar la conversión (Favregat 2003: 16). En varias oportunidades, además, plantea haber sido testigo visual y, por ello, quien porta información fundamental para responder satisfactoriamente al pedido de escritura. De esta manera, la estrategia de verosimilitud funciona: “Todo esto oso afirmar porque soy de ello testigo de vista” (“Epístola proemial”, 109). Su condición de fraile no le permitiría contar cosas que hayan sido comprobadas o no sean comprobables: “contaré algunas cosas que he visto, y otras que me han contado personas dignas de todo crédito” (II, 5, 237). Por eso, la dedicatoria del texto al conde de Benavente, personalidad influyente en la corte imperial, funciona como una estrategia de legitimación dada la inminencia de las nuevas leyes de 1542 (Baudot 1985: 72). Entonces, la desatención a lo precolombino o, mejor dicho, la atención a la herejía precolombina es una herramienta para lograr la adhesión a la causa franciscana en el Nuevo Mundo.

Sin embargo, y a pesar del intento de Motolinía por no parecer exagerado en sus descripciones, el fraile incurre en instancias hiperbólicas. De esta manera, describe cómo algunos indígenas “sanan de su idolatría” al ver cruces (I, 3, 128), cómo varios rayos sin explicación alguna partían sistemáticamente un teocalli [5] en cuyo techo se había puesto una cruz (I, 12, 177), cómo salían del bautizado los demonios a través del exorcismo (II, 3, 226). Además, cuenta que varias personas han tenido visiones de un niño resplandeciente, de un fraile que al predicar lleva sobre su cabeza una corona de oro o fuego, de un globo de fuego en el aire, del cielo que se abría hermosamente (II, 9, 260-261). Más extensamente, inclusive, narra la resurrección de un niño cristiano (III, 1, 277), la incorrupción del cadáver del niño Cristóbal, recién convertido a la fe (III, 13, 368), entre otros tantos ejemplos. Igualmente, para el fraile las acechanzas del demonio no tienen cabida en estos nuevos cristianos cuando invocan el nombre y la protección de Cristo (II, 11, 268).

Motolinía no parece dudar de la verosimilitud de estos casos. Tampoco da lugar a que dude el lector. Y es que él no titubea cuando las anécdotas (hiperbólicas, en su mayoría) avalan su tesis del éxito de los franciscanos en la evangelización de los indígenas. ¿Qué razones brinda para estos fenómenos, en principio, inexplicables?: “No sé a qué lo atribuya, sino a que Dios se manifiesta a estos simplecitos porque le buscan de corazón y con limpieza de sus ánimas, como Él mismo se lo promete” (II, 9, 261). Es esta una intencional y eficaz estrategia de promoción del cristianismo: todo aquel que se convierta, será capaz de experimentar las más variadas sensaciones, comenzando por la paz y tranquilidad de espíritu. Por otra parte, deja en claro que aquello de lo que no está seguro, no será escrito por él:

Muchos de estos convertidos han visto y cuentan diversas revelaciones y visiones, las cuales, visto la sinceridad y simpleza con que las dicen, parece que es verdad. Mas porque podría ser al contrario, yo no las escribo, ni las afirmo, ni las repruebo, y también porque de muchos no sería creído. (II, 6, 245)

De esta manera, aquello que puede llegar a generar dudas respecto de su veracidad, no será dicho. Vano intento por parecer objetivo: Motolinía desarrolla infinidad de ejemplos maravillosos, milagros, visiones, curaciones inmediatas, resurrecciones de las que no siempre fue testigo directo.

De la misma forma, encontramos en la Historia… varios momentos poéticos. Todos ellos se relacionan con la crítica a los impedimentos de los frailes para realizar una labor plena y libre de conversión en el Nuevo Mundo: la codicia de los españoles que produjo infinidad de muertes (I, 3, 131), la crítica directa a los españoles que esclavizan al indígena, la arenga contra los frailes sin preparación (II, 4, 232) [6] y los últimos instantes de la vida de fray Martín de Valencia (III, 2, 292), cuya importancia como pastor de los doce primeros funciona como insistencia textual. Recordemos que Motolinía es, también, un elegido.

Fray Toribio es un acérrimo defensor de, en primer lugar, su orden y, en segundo lugar, de la evangelización de los indígenas de la Nueva España. Su texto resulta una exacerbación de la labor de los franciscanos más que una fuerte defensa de la causa misionera en general. Para Motolinía, ésta no sería posible (o no sería del todo completa) sin la aparición y participación de él y los suyos en el Nuevo Mundo. Su Historia de los indios de la Nueva España transmite que no cualquier fraile puede evangelizar; los franciscanos sí. Por su preparación, humildad y ejemplo de pobreza, serían, entonces, los únicos idóneos.

 

Notas:

[1] Motolinía, Toribio de Benavente (1985): Historia de los indios de la Nueva España. Madrid, Castalia. El título original de la obra es Relación de las cosas, idolatrías, ritos y ceremoniales de la Nueva España. En 1616, el padre Sigüenza y Góngora lo intituló con el nombre por el que hoy se conoce (Baudot 1985: 53).

[2] Apunta Georges Baudot en su “Introducción”: “Motolinía, motoliniani o motoliniqui es un adjetivo o sustantivo verbal cuya raíz morfológica es el verbo tolinía: ser pobre, tener miseria y pesares, en lengua náhuatl. Motolinía tiene así más bien el sentido de una exclamación caritativa: ´¡Ay, qué desgraciado!´” (Motolinía 1985: 16-17).

[3] A continuación, las citas del texto indicarán número de tratado, número de capítulo y número de página/s, respectivamente.

[4] Sorprende la similitud del fragmento con Brevísima relación de la destrucción de las Indias, de su contrincante, el fraile dominico Bartolomé de las Casas.

[5] Templos de adoración de los aborígenes. Para Motolinía, son “templos del demonio”.

[6] Fray Toribio fue un acérrimo defensor de la idea del necesario aprendizaje de la lengua nativa como arma clave para el triunfo de la evangelización.

 

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© María Inés Aldao 2011

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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