Aproximación a la literatura en catalán en el Reino de Valencia
durante la Edad Moderna (ss. XVI-XIX)*

Vicent Josep Escartí

Universitat de València
Institut Interuniversitari de Filologia Valenciana
Vicent.J.Escarti@uv.es


 

   
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Resum: El present treball ofereix una visió panoràmica de la producció literària en català al regne de València durant els segles XVI, XVII i XVIII, un extens període que ha estat considerat pels estudiosos com «decadent», per la pressió del castellà sobre la llengua pròpia del país, en favor d’aquella altra que es considerava «comuna» a la monarquia hispànica. En qualsevol cas, la recerca recent mostra la supervivència de la literatura autòctona, encara molt poc estudiada pels especialistes.
Paraules clau: Literatura catalana, Literatura valenciana, Edat Moderna, «Decadència»

Abstract: The present work aims to give an overview of the production of literature in Catalan in the Kingdom of Valencia during the 16th, 17th and 18th centuries, an extensive period of time that was described by the experts as «decadent» because of the pressure of the Castilian and the relative neglect of their own language in favour of the one of the Hispanic monarchy. However, recent researches show the survival of autochthonous literature, so far studied very little even by specialists.
Key words: Catalan Literature, Valencian Literature, Early Modern Age, «Decadència»

 

1. Edad Moderna en el Reino de Valencia: sociedad, cultura y «Decadència»

Durante el siglo XV, tanto el Reino de Valencia como la literatura en lengua propia que en él se genera llegan a experimentar un gran desarrollo. De aquel período son obras y autores como Tirant lo Blanch, de Joanot Martorell, L’Espill, de Jaume Roig, o la obra poética de Ausiàs March, uno de los mejores poetas medievales de Europa. Sin embargo, después de la Guerra de las Germanías (1519-1523), el país pasará de ser el centro y motor de la Corona de Aragón y de su expansión por el Mediterráneo a ser un reino más dentro del inmenso imperio de los Austrias españoles, que ya se orienta mayoritariamente hacia el Atlántico y las Américas y que, después del gran esplendor del siglo XVI, conocerá una lenta decadencia que perdurará a lo largo del siglo XVII y, ya con la dinastía Borbón instalada en el trono de España, durante el siglo XVIII.

Pero, aunque en el siglo XVI la sociedad valenciana se mantiene en gran parte con las mismas estructuras del mundo medieval, básicamente agrarias y gremiales, la cultura, sin embargo, mostrará una rápida evolución hacia formas cercanas al Renacimiento italiano, a través del contacto con Nápoles, que forma parte de la Corona de Aragón, y con Roma, recientemente gobernada por dos papas valencianos (Calixto III y Alejandro VI, de la poderosa casa Borja), y aún con numerosos miembros de esta família pululando por la curia pontificia. Sin embargo, después del Concilio de Trento, el control ideológico de la Inquisición se deja sentir con más fuerza, preparando el Barroco, y la cultura del Renacimiento en Valencia, a pesar de contar con muestras tempranas y de gran calidad, como el texto bilingüe de Milà, El cortesano (Milà, 2001; Escartí, 2009), rápidamente evoluciona hacia el Manierismo y enseguida alcanzará las fórmulas barrocas, que pervivirán durante el siglo XVII y buena parte del XVIII e incluso más allá.

Por otro lado, cabe apuntar que la sociedad valenciana, como la del resto de la Europa católica, vivirá orientada por la Iglesia y, en el ámbito político, tendrá en el rey a su imagen de poder, intocable, casi sagrado y rodeado por un importante aparato ritual (Lisón Tolosana, 1991), y la nobleza y las capas más poderosas de la sociedad, reagrupadas después de las Germanías al amparo de la monarquía, mantendrán la ilusión del poder aún unas décadas, pero verán disminuir su nivel económico después de la expulsión de los moriscos, en 1609, aunque bien es cierto que el país se recuperará a finales del XVII. Sin embargo, las tierras valencianas pasarán de ser un territorio próspero a ser una provincia más de España, después del Decreto de Nueva Planta (1707), que pondrá un punto final a la guerra de Sucesión entre Carlos III de Austria y Felipe de Anjou en el Reino de Valencia, y que, además de derogar las leyes de los valencianos y de imponer las de Castilla, prohibirá el uso de la lengua propia en la administración y en la enseñanza, de manera que se acentuará el descenso de la producción literaria en catalán (Fuster 1976; 1989). Ahora bien: la lengua propia del país continuó estando presente en ciertos ambientes literarios y, finalmente, iniciaría una recuperación en el siglo XIX, durante el movimiento post-romántico conocido como la Renaixença (Roca Ricart 2005; 2007).

De hecho, durante los siglos XVI, XVII, XVIII y principios del XIX, sólo parte de los escritores valencianos siguieron usando su lengua propia, porque las condiciones editoriales, políticas, sociales y culturales no le eran precisamente favorables. Pero, gracias a su labor, el catalán en Valencia tuvo un espacio más o menos amplio en publicaciones de carácter muy variado y, sobre todo, estuvo presente en el ámbito de la literatura manuscrita, donde sus testimonios son más numerosos.

Así, Lluís del Milà (1506-1559) y Joan Ferrandis d’Herèdia (1480-1549) son una muestra del multilingüismo practicado en la corte del duque de Calabria y de la reina Germana de Foix. Autores como Bartomeu Cucala o Jaume Montanyés son muestra de la presencia del valenciano en el ámbito de la religiosidad, y no pocos poetas de circunstancias siguieron utilizándolo en los certámenes religiosos de los siglos XVI y XVII. Vidas de santos y sermones podrían completar el panorama de la literatura devota (Fresquet, 2004). Por otro lado, crónicas y dietarios -con autores como Beuter, Porcar o Aierdi- son un clarísimo exponente de la pervivencia de la lengua en el género historiográfico y memorialístico. Y esto, al lado de escritores tan polifacéticos como Timoneda o los más popularistas poetas del XVII, encabezados por Pere Jacint Morlà (1600-1656), el literato valenciano barroco más importante. Además, los col·loquis (diálogos cómicos en verso), muchos de ellos anónimos, pero también de autores como Carles Ros (1703-1773) o Joan Baptista Escorigüela (1753-1817), son el género más representativo de la literatura valenciana del XVIII, y perdurarán hasta el siglo XIX, en el que destaca la figura de Vicent Manuel Branxat, quien atacó especialmente a Napoleón en su obra poética (Escartí/Roca 1997; 2010). La prosa, con la Rondalla de Rondalles, de Lluís Galiana (1740-1771), y otros escritos del siglo de la época de la Ilustración, empezaba a mostrar los primeros síntomas de recuperación, mientras que el teatro, desplazado del circuito comercial, resistió en manifestaciones populares y de raíz tradicional, seguramente en ámbitos más privados, como vendrían a demostrar algunas piezas atribuidas hasta ahora al pare Mulet (Bellveser, 1989).

Un conjunto, por lo tanto, nada despreciable, que, sin embargo, durante gran parte del siglo XX ha sido considerado como el fruto de un período de producción literaria de baja calidad y con pocas figuras a destacar, en especial porque imperaba un desconocimiento latente y, también, por una visión sesgada que había impuesto la Renaixença, que empezó a aplicar a este período la etiqueta de «Decadència» (Escartí, 1993), sin advertir que la literatura, en Valencia -como en Cataluña o las Baleares-, más allá de las dificultades editoriales o del prestigio lingüístico del catalán -en claro retroceso- y de la presión del castellano, fue una literatura con las características del Renacimiento, del Barroco, de la Ilustración, etc., como en el resto de Europa (Rossich, 1989), y fue una literatura que, si en algunos casos optó por el castellano, o por la imitación de autores castellanos, fue porque esta cultura vecina, además de ser la dominante en la España de aquella época, era percibida como una forma de modernidad. Pero, con todo, nunca olvidó su lengua propia y la producción literaria del periodo és bastante destacable (Escartí, 2010b).

 

2. La corte y la nobleza: modernidad y tradición en el siglo XVI

La corte virreinal valenciana constituida alrededor de la reina Germana de Foix y del duque de Calabria, después de las Germanías y hasta los años centrales del siglo XVI, protagonizó un momento de máximo esplendor para las manifestaciones artísticas y culturales en las tierras valencianas (Ríos Lloret, 2003). En el palacio del Real de Valencia se reunía la nobleza local y las influencias culturales del Renacimiento italiano llegaban directamente a través de la literatura, la pintura, el teatro, la música -que quedaría recogida parcialmente en el conocido e importantísimo Cancionero del duque de Calabria también llamado Cancionero de Uppsala, con letras en castellano, italiano, catalán, occitano, latín y portugués (Escalas, 1993)- o con manifestaciones como las fiestas de la corte, que podrían haber tenido lugar, sin duda alguna, en cualquier ciudad de Italia. Lluís del Milà supo reflejar con acierto todo aquel ambiente en su Cortesano. El libro, directamente inspirado en el del italiano Baltasar de Castiglione, es una extensa crónica de la sociedad, que recoge las modas, las aficiones, los intereses literarios y las formas de diversión de la nobleza más destacada del reino y que, en sus usos y costumbres, se muestra al mismo nivel de la nobleza de Castilla, de Francia o de Italia, que admira a Petrarca y a Dante, y que los imita con versos y canciones. Por otro lado, es en aquel libro donde se puede detectar perfectamente la temprana presencia del castellano, que, como una forma más de mostrar su adhesión al proyecto de poder del emperador Carlos V, empezaba a hacerse habitual en el trato «público» de una parte de la nobleza valenciana, pero también de la nobleza de otros territorios sometidos a la monarquía de los Austrias, como la del Principado de Cataluña, la del Reino de Nápoles o, unos años más tarde, la de Portugal.

Precisamente, uno de aquellos nobles valencianos, Baltasar de Romaní (1485-1545), fue el encargado de publicar por primera vez -añadiendo una traducción castellana- parte de la obra de Ausiàs March, que en aquel siglo fue muy leído, como demuestran las diferentes ediciones que conoció en Barcelona, o la de Valladolid, en 1555, y, ya únicamente en castellano, en Sevilla, Zaragoza y Madrid (Escartí, 1997: 35-74). Pero además, Ausiàs March fue imitado por los poetas locales, influenciados por estas ediciones que ponen en circulación las obras del escritor medieval. Este es el caso del noble Joan Ferrandis d’Herèdia. Escritor y poeta, Ferrandis d’Heredia, junto con otros hombres de letras como Andreu Martí Pineda o Lluís del Milà, formó parte del círculo literario de los virreyes. Pero además fue un dramaturgo excepcional, una de cuyas obras se interpretó ante la corte en un par de ocasiones: La Vesita (1541), escrita en catalán y castellano, y con algunas intervenciones en portugués, presenta las costumbres de una parte de la aristocracia valenciana, que se hallaba próxima al poder virreinal, e incluye también personajes burgueses, vistos desde una perspectiva realista y satírica. Como poeta, Ferrandis d’Herèdia imitó, en catalán, a March -como también lo imitaron el amigo de Garcilaso de la Vega, Joan Boscà, o Pere Serafí o Joan Pujol, desde Barcelona-, empleando un estilo refinado, aunque, como todos ellos, sin la tensión vivencial del genial poeta medieval. Autor de canciones y otros versos, estos circulaban por los cancioneros más importantes de su tiempo y sólo al final su obra fue reunida cuando su hijo, Llorenç Ferrandis d’Heredia, la publicó en un solo volumen, en 1562, que contiene prácticamente toda sus obra conocida (Bover i Font, 1993). Una de sus piezas más logradas, una cançó -aunque no de estilo marquiano- es la que reproducimos aquí:

Tant vos vull més del que mostre,
i ¿voleu veure quant és?
Que us vull tant que no vull res
que no sia vós o vostre.

Mirau quant, que sols perquè
de vostre, no só res meu,
me vull tant que no em voleu
tant de mal com jo us vull bé.

De molt, no és molt que no es mostre
lo que us vull quant més va més,
perquè tant que no vull res
que no sia vós o vostre.

Pero a pesar de esta presencia del catalán en su obra, la mayor parte de su producción, en tanto que orientada a los ambientes cortesanos, fue escrita en castellano.

Por otro lado, cabe señalar que la literatura generada y consumida en la corte virreinal en aquella época no sólo utilizó el castellano como lengua vehicular, sino que, como en gran parte de Europa, el latín era aún la lengua de la filosofía, de la ciencia o de la religión. Doña Mencía de Mendoza, segunda esposa del duque de Calabria y también virreina de Valencia, mantuvo relaciones epistolares con el humanista francés Budé y con la viuda de Lluís Vives -el humanista valenciano exiliado a los Países Bajos-, y las ideas de Erasmo de Rotterdam se dejaron sentir en aquella sociedad culta, hasta que fueron marginadas por las prohibiciones de la Iglesia. Las obras de Vives y Erasmo circularon con cierta facilidad en Valencia y algunas de ellas fueron incluso traducidas, por primera vez, al castellano, justamente aquí (Parellada Casas, 1998).

 

3. Parroquias y monasterios: la iglesia y la religión (ss. XVI-XVIII)

Mientras el mundo católico seguía con el latín como lengua del ritual religioso y de la Biblia, el mundo protestante iba optando por las diferentes lenguas nacionales, lo que les aportaba cohesión y prestigio. Pero los fieles católicos no siempre entendían la lengua latina: la predicación y la confesión, por lo tanto, se hacían en la lengua del país. Sin embargo, en el caso valenciano la presencia de obispos castellanos y la voluntad de asimilarse a las esferas de poder estatal, siempre castellanoparlantes, promovieron el uso de la lengua de Castilla entre la jerarquía y el clero. Ahora bien, la literatura religiosa -a pesar de los evidentes esfuerzos castellanizadores de la curia y de los clérigos regulares- mantuvo espacios donde el catalán estuvo presente. Los certámenes poéticos en honor de santos o de las diferentes advocaciones de la Virgen María y de Jesucristo, contaron casi siempre con versos en la lengua propia de Valencia y son, con mucho, la manifestación poética más fiel a la lengua durante los siglos XVI y XVII, aunque decaen rápidamente en el siglo siguiente (Ferrando, 1983). El clero, al encontrarse con la necesidad de comunicarse con el pueblo -con catecismos, literatura didáctico-religiosa y, también, a través de los sermones, desde el púlpito-, siguió usando el valenciano en las prácticas cotidianas. Pero el castellano ocupó una gran parte de los sermones de circunstancias especiales -los sermones que se imprimían, después, para hacerlos llegar a la corte y promocionar a su autor- y de la literatura sobre las vidas de los santos o de los aspirantes a serlo, que pretendía ser leída más allá de las fronteras estrictas del país y que en muchos casos usaba también el latín. Sin embargo, incluso en géneros como los que acabamos de mencionar, podemos encontrar ejemplos de pervivencia del catalán local. El Sermó de la Conquesta, de 1666, de Gaspar Blai Arbuixech, es una muestra excelente de oratoria sagrada barroca valenciana (Casanova, 1985). Y no debemos olvidarnos de las obras del canónigo Teodor Tomàs (1677-1748), ya de la primera mitad del siglo XVIII, que reescribió y editó dos trabajos medievales: el Verger de la sacratíssima Verge Maria y la Història y portentosa vida de la extática y seráfica verge sancta Catherina de Sena. La primera se imprimió en Barcelona en 1732 y la segunda en Valencia, en 1736 (Juan-Mompó, 2007); o la traducción y la adaptación al valenciano de la Vida del pare Pere de Dénia, realizada por Leopold Ignasi Planells en 1760 (Escartí, 2006). Todos estos son claros ejemplos de la necesidad de usar la lengua mayoritaria en las tierras valencianas para difundir determinados modelos religiosos entre el pueblo o para difundir la fe. Exactamente lo mismo que podemos detectar en las obras del padre Gabriel Ferrandis (1701-1782), donde, en algunas de ellas, se explican los rudimentos de la doctrina cristiana utilizando traducciones más o menos literales, para que las gentes populares pudieran entender las oraciones, que eran memorizadas en castellano, sin comprender bien su significado (Fresquet, 2004: 46).

 

4. La ciudad, la historia y la memoria personal en los siglos XVI, XVII y XVIII

La ciudad de Valencia, desde el siglo XV, se había sentido muy orgullosa de sus orígenes y de su status dentro de la Corona de Aragón, de modo que tuvo que procurarse una historiografía que ensalzara su imagen y su nombre, ante una monarquía que cada vez se percibía más lejana. El sacerdote Pere Antoni Beuter -primero en catalán y luego en castellano (Beuter, 1998)- se encargó de «crear» una Història de València «moderna», al estilo del Renacimiento (Escartí, 2010a), con claras influencias de algunas falsificaciones italianas y, paradójicamente, siguiendo, en teoría, las directrices de estudio y de crítica señaladas por Erasmo de Rotterdam, citado en muchas ocasiones en el trabajo de Beuter. También escribió en valenciano, a pesar de que se editaría únicamente en castellano, el notario Rafael Martí de Viciana (Ferrando, 2003), que, preocupado por agrupar a la nobleza valenciana -el estamento al que pertenecía el autor- alrededor del proyecto imperial, elaborará un marco histórico apropiado con rigurosidad y con voluntad de integrar todas las tierras valencianas, que en gran parte conoce directamente (Escartí, 2003; 2009b; 2009d). Pero, además del trabajo de los cronistas, siguieron acumulándose noticias de trascendencia varia en obras como el Llibre de memòries de la ciutat de València (Furió, 2004) y el Llibre d’antiquitats de la Seu (Martí Mestre, 1994), que se habían iniciado con la llegada del Renacimiento, a pesar de que incorporan, en diferente medida, noticias de archivo procedentes de los siglos XIV y XV.

Por otro lado, la ciudad -en especial durante los siglos XVII y XVIII- celebró innumerables fiestas que fueron recogidas en crónicas particulares, en las que muy a menudo se reservó un espacio al valenciano, casi siempre poético (Carreres y de Calatayud, 1949) o en textos preliminares -donde a menudo se piden excusas por abandonar la lengua nacional-, de manera que se reflejaba así una realidad popular que seguía expresándose en la lengua propia del país, a pesar de que la literatura oficial tendía al castellano.

Relatos de sucesos particulares circularon también en valenciano, aunque se quedaron en el ámbito manuscrito (Escartí, 1994b; 1998: 24-26; 32-33), y suponemos que se han perdido más ejemplares de los que realmente nos han llegado, si tenemos en cuenta la naturaleza efímera congénita a estos productos literarios de ínfimas pretensiones, limitados en muchos casos a una mera labor «informativa», como si de una especie de noticiarios se tratara, que corrían impresos o manuscritos y que se vendían en ferias, fiestas y mercados (Solano, 2004).

Igualmente cabe señalar que durante los siglos XVI y XVII se produjo una pasión historicista que se materializó, entre otras cosas, en las ediciones valencianas de las crónicas medievales del rey Jaime I -creador del Reino de Valencia y figura súmamente reverenciada por los valencianos de todas las épocas (Ferrando/Escartí 2008: 33-41: Escartí, 2009c)-, de Ramon Muntaner (Muntaner, 1999) y, como expresión fantástica, en las Trobes de mossén Jaume Febrer, hoy por hoy consideradas apócrifas (Montoliu, 1912) -redactadas en los siglos XVII y XVIII- y dedicadas a fijar unos orígenes fabulosos, en gran medida, para las familias nobles valencianas, que llegaron, incluso, a promover su publicación, a finales del XVIII.

De otro lado, la historia, concebida como literatura al servicio del poder, a veces dio otros frutos de características más heterogéneas, pero igualmente interesantes. Así, la sublevación y los enfrentamientos de las Germanías (1519-1523) generaron algunos escritos que, a pesar de situarse claramente en el bando contrario a los agermanados, nos aportan una visión particular y personal de aquella guerra que sacudió la práctica totalidad del territorio valenciano. El noble Ramon Guillem Català y el notario Miquel Garcia elaboraron sendas crónicas que, desde su óptica, nos narran de forma casi diaria los sucesos de la sublevación social y de las campañas bélicas. Es una literatura que pretende preservar para la memoria colectiva los acontecimientos de una guerra, pero que no tiene como finalidad llegar a las prensas tipográficas, sino que sólo quiere ser el recuerdo personal, destinado a ser leído seguramente entre los familiares y los amigos de los autores (Durán, 1984).

De carácter más amplio, pero también de un valor incalculable, son los manuscritos memorialísticos (Escartí, 1990), entre los cuales destacarían, ya del siglo XVII, el de mossén Pere Joan Porcar, beneficiado de la parroquia de San Martín (Lozano, 2004), y el de mossén Joaquim Aierdi, beneficiado de la catedral de Valencia (Aierdi, 2000). Ambos redactaron extensos dietarios que recogían el día a día de la ciudad y, a veces, no sólo las noticias más destacables, sino incluso las opiniones de los autores o de sus coetáneos. Aierdi, por ejemplo, fue un beneficiado en la Catedral de Valencia, de origen vasco, y escribió un extenso diario titulado Notícies de València i son Regne. De los siete volúmenes que probablemente redactó, sólo dos de ellos (1661-1664 y 1677-1679) han llegado hasta nosotros. Estas anotaciones de primera mano sobre las preocupaciones de la sociedad valenciana durante el periodo barroco, tienen gran valor histórico; pero, más allá de esto, la colección de noticias de Aierdi, destaca en tanto que fueron escritas en una prosa cuidadosa, que se mantiene cercana al registro coloquial, con numerosas expresiones y giros típicos de la segunda mitad del siglo XVII (Escartí, 1994a). Aierdi conocía perfectamente los registros tradicionales de la prosa en catalán en el Reino de Valencia -por ejemplo, en los documentos que usaba o redactaba. Sus escritos se relacionan con los asuntos de la Catedral de Valencia, las fiestas y celebraciones locales, los informes que llegan a la capital del reino sobre el bandolerismo y otros sucesos violentos, y también incluye anécdotas típicas de la vida cotidiana de aquellos tiempos, todo con la esperanza de dejar un legado a un futuro anónimo y sin rostro, pues nunca pretendió destacar dentro del relato ni pensó en la imprenta (Escartí, 2001). Los dietarios y memorias son, por lo tanto, documentos de una riqueza lingüística muy destacable y, en el caso del texto de Aierdi, de un gran valor literario. Ya en el siglo XVIII, mossén Josep Esplugues, sacerdote de Montaverner, un pequeño pueblo en la Vall d’Albaida, redactó textos memorialísticos en catalán que nos han transmitido un testimonio importante de la vida en una comunidad agraria como aquella, aunque sólo ha sido editado en parte (Esplugues, 1989).

Pero la actividad recopiladora de noticias en libros diarios o noticiarios, no se limita a los autores mencionados hasta ahora: del siglo XVI nos ha llegado el dietario de Jeroni Sòria (Sòria, 1960), y, de finales de la misma centuria y principios del siglo siguiente, la autobiografía de Bernat Guillem Català de Valleriola, un noble culto y con pretensiones de mecenas que supo crear en Valencia un círculo literario como la Academia de los Nocturnos, a imagen de las academias de Roma, donde los miembros participantes -los literatos locales más distinguidos- escribían sobre temas eruditos o jocosos. Mientras que en su Academia dominó el castellano, en su dietario, Català de Valleriola escribió mayoritariamente en la lengua de los valencianos (Roca Ricart, 1997). Un modelo que se extinguiría, ya, con los dietarios del XVIII, que son, prácticamente todos, en castellano, como el de Josep Vicent Ortí i Major, encargado de narrar la Guerra de Sucesión a la corona de España, que afectó a toda Europa entre 1700 y 1714 (Escartí, 2007), o el aún inédito de Isidre Planes, que se unían a una rica tradición de textos memorialísticos que, seguramente, aún ofrecerá nuevos ejemplos (Escartí 1998; en prensa).

 

5. Escritores, poetas y dramaturgos en la Edad Moderna: una actividad abundante

La aplicación de las directrices dimanadas del Concilio de Trento tuvo su exponente literario, en parte, en algunos escritos de Joan Timoneda, que, siguiendo las indicaciones del arzobispo Ribera, llegó a elaborar incluso teatro religioso de temática eucarística, en valenciano, para adoctrinar al pueblo: L’Església militant y El castell d’Emaús (Timoneda, 1967). Pero la obra literaria de este autor es mucho más extensa: poesía amorosa al estilo del cancionero tradicional (Timoneda, 1973), prosa de ficción de inspiración italiana -siguiendo a Boccaccio y otras fuentes italianas- (Timoneda, 2004) u otros escritos de clasificación más difícil, le convertirán en el autor más significativo del Manierismo en Valencia, a pesar de que la presencia del valenciano no fue demasiado significativa, aunque sí de una gran calidad, en su poesía, en especial en las composiciones recopiladas en el cancionero Flor d’enamorats (1562), donde Timoneda usó modelos tradicionales y, a veces, de inspiración castellana, francesa o italiana. Una de las más populares canciones de Timoneda -una versión de una canción catalana más antigua- es ésta que, a tenor de las variantes conservadas, debió alcanzar gran fama, y que es, además, de una belleza extraordinaria:

Bella, de vós só enamorós.
Ja fósseu mia!
La nit i el jorn, quan pens en vós,
mon cor sospira.

Tot mon tresor done, i persona,
a vós, garrida.
Puix no us vol mal qui el tot vos dóna,
dau-me la vida:
dau-me-la, doncs, hajau socors.
Ànima mia!
La nit i el jorn, quan pens en vós,
mon cor sospira.

Lo jorn sencer tostemps sospir,
podeu ben creure;
i aon vos he vist sovint me gir,
si us poré veure;
i quan no us veig, creixen dolors,
ànima mia.
La nit i el jorn, quan pens en vós,
mon cor sospira.

Tota la nit que en vós estic
he somiat;
i quan record sol, sens abric,
trobe’m burlat.
No em burleu més: durmam los dos,
ànima mia.
La nit i el jorn, quan pens en vós,
mon cor sospira.

Al finestruc mire corrent,
sols de passada.
I si no hi sou, reste content,
que hi sou estada;
i en aquell punt reste penós,
ànima mia.
La nit i el jorn, quan pens en vós,
mon cor sospira.

Vós m’haveu fet gran cantorista
i sonador;
vós, ben criat; vós, bell trobista,
componedor,
fort i valent; també celós,
ànima mia.
La nit i el jorn, quan pens en vós,
mon cor sospira.

No us atavieu, anau així,
que prenc gran ira
si us ataviau, i agú prop mi
per sort vos mira.
La nit i el jorn, quan pens en vós,
mon cor sospira.

Plagués a Déu que com jo us mane
vós me manàsseu.
Seria una sort, per si us engane,
que m’ho provàsseu:
que en vida i mort tot só de vós,
ànima mia.
La nit i el jorn, quan pens en vós,
mon cor sospira.

También minoritario fue el uso del catalán en el ámbito de la poesía académica, que gozó de un notable éxito en los siglos del Barroco. En las numerosas academias de inspiración clásica y de patronato nobiliario que se promueven en la Valencia de los siglos XVI, XVII y XVIII, el castellano -vehículo de expresión de la nobleza y medio necesario para llegar a la corte española, instalada permanentemente en Castilla- es la lengua preferida, pero debe reconocerse que los versos en valenciano suelen ser, siempre, los más originales y, a menudo, divertidos, mientras que en la poesía en castellano los autores están demasiado influenciados por los modelos castellanos o italianos y, ya en el siglo XVIII, franceses, y suelen ser poco originales (Más i Usó, 1999). Sin embargo, algún autor en catalán consigue destacar en su producción, como es el caso de Josep Vicent Ortí i Major, de quien nos han llegado interesantes composiciones poéticas -y alguna teatral- en la lengua del país (Furió, 2001; Sansano, 2001).

Mucho más remarcable es la presencia del catalán en escritos -en prosa y en verso- de carácter satírico que, en muchos casos, no pasaron del ámbito del manuscrito o se limitaron a la literatura de pliego suelto. La misoginia, la crítica al poder -nunca demasiado ácida- o temas de carácter erótico o burlesco son los preferidos de estos papeles y gustaban enormemente al pueblo. Por ello seguramente no se había extinguido el recuerdo de poetas como Jaume Roig, que se edita en el siglo XVI, a cargo de Andreu Martí Pineda, y después, en el XVIII, a cargo de Carles Ros. Y es muy remarcable la presencia de la literatura claramente popularista llamada de canya i cordell («de cordel»). Ambas vertientes -una más culta y otra más popular- confluirán en la aparición de dos nombres que, en cuanto a calidad literaria, son claramente representativos de la literatura valenciana de la Edad Moderna: Pere Jacint Morlà, émulo del castellano Quevedo y del catalán Vicent Garcia (Morlà, 1995). Morlà fue beneficiado de la parroquia de Sant Martí, en Valencia, y sus trabajos nos presentan una visión de la cultura popular de aquellos tiempos (fiestas religiosas, certámenes literarios, etc.) y estaban pensados para el entretenimiento de las masas. Se han agrupado en tres categorías: la poesía satírico-festiva, los col·loquis -en cuyo género debió sentar escuela-y la poesía circunstancial, más culta pero más escasa también. En cambio, los dos primeros tipos eran para entretener al público y tenían un estilo de lenguaje lleno de expresiones idiomáticas propias de la vida cotidiana de la época; y en ellos Morlà se mostró prolífico, con miles de versos. Por ello los trabajos de Morlà son una fuente ideal para el estudio del lenguaje coloquial del siglo XVII. Por otro lado, está el brillante y genial fray Lluís Galiana (1740-1771), fallecido prematuramente sin habernos dejado una producción extensa.

El primero puede ser definido como un poeta bilingüe y de verso fácil, y seguramente es el exponente más claro del Barroco en la poesía local valenciana en catalán. Del segundo, deseoso de erudición, se conserva obra también en latín, pero destaca sobre todo la Rondalla de Rondalles, publicada en Valencia en 1768, que es la primera novela corta en catalán con planteamientos «modernos» (Galiana, 1986). Inspirada por el estilo de Francisco de Quevedo y de Torres Villarroel, esta obra se vería editada en numerosas ocasiones a lo largo de los siglos XVIII y XIX, lo que demuestra la gran aceptación que tuvo entre los lectores. Galiana fue un fraile dominico interesado en las paremias, y nos ofrece los ejemplos más importantes de la supervivencia de la cultura popular dentro de la tradición literaria del siglo XVIII. Por lo que respecta a su prosa, es uno de los más destacables valencianos de aquel siglo donde destacan el notario Carles Ros -sobretodo en poesía, pero también en prosa de ensayo filológico, aunque en castellano-, o fray Josep Teixidor -historiador en castellano- y, por encima de todos, Gregori Maians, quien, sin embargo, se interesó sólo tangencialmente en la lengua y la literatura propias de su país, pues tenía los ojos puestos en cargos al servicio de la monarquía borbónica española a los que, por otro lado, no consiguió acceder.

De entre los escritores del siglo XVIII -y en los cuales todavía predomina la estética barroca- podemos hablar del ya citado Carles Ros (1703-1773). Este editor y poeta fue un estudioso de la lingüística y la ortografía. Procedente de una familia valenciana de notarios, profesión que también ejerció, pero para la que, según parece, nunca sintió una verdadera vocación. Su interés por las costumbres de los artesanos de la ciudad de Valencia lo llevó a componer canciones y col·loquis en los que escribió con sarcasmo sobre las modas que imperaban entre la burguesía y su forma de celebrar las más importantes festividades. Ros publicó muchos de sus col·loquis y canciones con el seudónimo de Musa Lapera. Consiguió que sus obras fuesen muy populares y llegaron a ser un modelo para otros escritores del género. En 1733 publicó el Tractat d’adagis y refranys, una de las primeras grandes contribuciones a la paremiología y, en 1762, ampliando un trabajo anterior, publicó el Diccionario valenciano-castellano. Editó también el medieval Espill o Llibre de les dones (1735) de Jaume Roig, y en 1768 hizo imprimir la Rondalla de rondalles, de su amigo Galiana (Espín Rubert, 1994). Pero además del notario Ros, debemos destacar a Leopold Ignasi Planells. No sabemos mucho sobre la vida de este autor: sólo podemos decir que era «natural» de la ciudad de Valencia y que era un hombre de letras, claramente interesado en algunos escritos antiguos -del siglo anterior- y, sobretodo, en difundir la figura del franciscano Pere Esteve en la lengua del país. De hecho, su mayor contribución a la literatura valenciana fue el resumen y la traducción que hizo de la Vida del padre Pere Esteve, de Denia, que se había publicado en castellano en 1677, obra de Cristòfor Mercader. Planells reelaboró la biografía de aquel franciscano e intentó adaptarse a los gustos de su época. Los acontecimientos extraordinarios relacionados con el fraile de Denia se describen con gran cantidad de detalles y con la espiritualidad de un hombre verdaderamente devoto. Además, también estaba interesado en cuestiones sobre la normativa de la lengua en su época, un tema que fue muy popular durante todo el siglo y que generó muchas controversias en la prensa escrita. Por ello, redactó una Lecioncilla -incluida en el texto de la Vida sobre Pere Esteve- en la que defendió una serie de ideas lingüísticas y sugerencias ortográficas que rechazaban el uso de castellanismos y seguía algunas de las propuestas realizadas por Carles Ros en sus escritos (Escartí, 2006).

Del mismo modo, Joan Baptista Escorigüela (1753-1817) también debe ser destacado aquí, pues este editor y poeta, que publicó la mayor parte de su trabajo en la prensa local, principalmente entre 1794 y 1802, redactó algunas piezas breves, col·loquis, coplas, canciones y otros textos propios de géneros populares. Al igual que el resto de sus contemporáneos interesados en revitalizar el uso de la lengua, reprochó a los intelectuales valencianos la falta de interés en su propio idioma y acusó a los poetas populares de la vulgarización de la lengua. Como editor, compiló coplas y otros escritos en catalán. De entre su poesía religiosa, hay que destacar la versión que realizó del Stabat Mater Dolorosa, publicado en el Correo de Valencia, en 1799, y de estética pre-romántica (Mora, 2006: 36-37).

En cuanto a la actividad teatral en las ciudades y pueblos valencianos, cabe decir que quedó, a partir de un impreciso momento del siglo XVI, a merced de la presencia de compañías de cómicos castellanos e italianos en estas tierras. Pero, sobretodo, de los primeros, que representaban obras de los grandes maestros del Siglo de Oro castellano, como Lope de Vega y Calderón de la Barca, y que terminaron por dominar el panorama del teatro comercial, cuyos beneficios estaban destinados a la caridad de los hospitales en manos del municipio, en el caso de la ciudad de Valencia (Merimée, 2004).

Sin embargo, resulta imposible creer que los valencianos no hicieran representaciones teatrales de mayor o menor envergadura en la lengua que les era propia. Tenían suficientes precedentes cultos y de origen medieval; y una excelente muestra de ello es el texto asuncionista del Misterio de Elche, que sería reajustado y enriquecido durante la Edad Moderna (Castaño, 1994). Pero más significativos aún pueden resultar los textos atribuidos -no sin reservas- al dominico Francesc Mulet (Bellveser, 1989). Si son obra suya o no, aún no está claro y, en cualquier caso, lo más importante es constatar que unas obras como aquellas son una muestra evidente de una actividad teatral en catalán en tierras del Reino de Valencia que, quizás, transitaba por salones privados o por ámbitos no comerciales. En caso contrario, no se entendería el éxito de la literatura «parateatral» de los col·loquis y rahonaments del siglo XVIII, que ya disponían de precedentes del siglo anterior. La escenificación de los coloquios cuenta con pocos personajes -de uno a tres, y raramente más- y se basaba en la recitación del texto por parte de una o dos personas que, obviamente, era preciso que tuvieran una gran capacidad de interpretación y que incluso tenían que saber cambiar la voz o el tono para demostrar al público la diferencia de los personajes que encarnaban. Aquella literatura, representada en improvisadas reuniones de público, en ferias y fiestas locales, era después vendida a bajo precio, en ejemplares impresos de características muy populares, con la intención de ser nuevamente recitada, ahora ya por gente privada, en celebraciones familiares, por ejemplo. Unos productos que eran mayoritariamente en catalán y han dejado numerosísimos ejemplos del siglo XVIII y de buena parte del XIX, y que, como actividad de teatro rudimentario, prepararía el camino al que después fue conocido como el sainete valenciano, en el que, a pesar de todo, también se han detectado influencias más cultas (Martí Mestre, 1997; Sansano 2009). Precisamente un autor como el sacerdote Vicent Manuel Branxat -cuya producción literaria es básicamente de col·loquis- es el primero de quien conservamos una obra de teatro en valenciano, de principios del XIX y de temática antifrancesa y antinapoleónica: Més s’aprècien els diners que la sang i el parentesc (Escartí/Roca, 1997; 2010).

 

6. Modelos antiguos y nuevos tiempos: el siglo XIX como como continuidad

Es evidente que la literatura popularista en catalán gozó de una amplia aceptación durante los siglos XVII y XVIII y fue impulsada, a veces, por las minorías rectoras del país. Del siglo XVIII y del XIX son una gran cantidad de versos antifranceses -y después antinapoleónicos-, que se empeñaban en mantener la tradición en modas y costumbres sociales y que, como se puede detectar fácilmente, eran escritos por sacerdotes, frailes y, seguramente, nobles (Escartí/Roca 2010). Pero si aquellos modelos aprovechaban para difundir ideología tradicional, también otros autores los usaron para hacer apología de los nuevos tiempos y de las nuevas libertades que se vislumbraban con la aparición del liberalismo y de unas relativas ansias democratizadoras de la sociedad, que, en algunos casos, prefiguraban el Romanticismo. Tuvieron una presencia destacada en el País Valenciano pero también en el resto de tierras de habla catalana (Cahner, 1998-2004).

Así, se podría destacar a Manuel Civera, quien, al editar su Col·lecció de vàries conversacions (1820), encabezaba el volumen con un prólogo donde lo evidenciaba claramente: el valenciano podía ser un vehículo de expresión culta y capaz para difundir ideas de carácter político y social. Pero también es cierto que, como autor autodidacta y de escasa formación, usó una lengua muy popular; aunque su ejemplo debió de ser importante de cara a otros autores de aquel momento. De hecho, a mediados del siglo XIX ya podemos detectar una rica actividad teatral en valenciano, basada, eso sí, en obras de carácter cómico en la mayor parte de los casos.

La Renaixença, el movimiento literario y cultural que propuso un mayor uso de la lengua propia en la producción literaria, se inició en Barcelona y tuvo un eco evidente en Valencia, con figuras como Teodor Llorente, Constantí Llombart y otros escritores que, por razones que ahora escapan al presente artículo -políticas, sentimentales, sociales, etc.- usaron el catalán en muchos de sus escritos. Reconocían que se inspiraban en las obras y en los autores de los siglos medievales, y procuraban negar la tradición inmediata que les provenía, precisamente, de sus precedentes más cercanos, los escritores de la Edad Moderna. Los gustos y las estéticas del Romanticismo y de la Renaixença se inspiraban más en el mundo medieval -claramente idealizado- y rechazaban los conceptismos barrocos o las formas popularistas en las que había persistido la lengua de los valencianos durante los siglos XVI al XVIII. Por ello, es precisamente la Renaixença la que creará la etiqueta de «Decadència» para calificar los siglos anteriores.

En cualquier caso, los escritores de la Edad Moderna, vistos desde la óptica de nuestra época, son autores que pueden presentar numerosos alicientes para ser leídos incluso en nuestros días: formas de vida y de pensamiento, de cultura y de literatura, o las particularidades de nuestra lengua en aquellos siglos, pueden interesar a los lectores más eruditos. Pero no debemos olvidar que en los autores de los siglos comprendidos entre el XVI y el XIX podemos encontrar también pasajes de gran belleza literaria y son, en su conjunto, una forma más de conocer nuestro pasado y de comprender el presente.

Por otra parte, en esta rápida aproximación transversal que hemos tratado de ofrecer en este artículo, vista a vuelo de pájaro la literatura en Valencia, en catalán, durante la Edad Moderna, nuestro objetivo no ha sido otro que destacar la presencia de escritores muy dignos en este territorio lingüístico que tradicionalmente se ha considerado como muy castellanizado y, además, indicar algunos autores y obras que, en nuestra opinión, sin duda estarán presentes en una futura redacción de una historia de la literatura catalana y que son, ahora, poco conocidos. Y esto, sin contar con otros textos que, o por no haber sido publicados aún, o porque son casi imposibles de encontrar, esperan la atenta mirada de los investigadores y de los futuros lectores.

 

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* El presente artículo se incluye en el marco del proyecto «La cultura literaria medieval y moderna en la tradición manuscrita e impresa (IV)» FF12009-14206, del Ministerio de Ciencia e Innovación. Por otro lado, forma parte del Grup de Recerca Consolidada 2009SGR808, de la Generalitat de Catalunya. Quiero hacer constar mi agradecimiento, además, a Joaquín García Lombard, que tuvo a bien leer los originales de este trabajo.

 

Vicent Josep Escartí és lienciado en Geografía e Historia (Historia Medieval) y doctor en Filología Catalana. Es profesor titular de Filología Catalana en la Universitat de València desde 1989.

 

© Vicent Josep Escartí 2011

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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