México novelado por sus mujeres

Saïd Sabia

Centro de Investigaciones Ibéricas e Iberoamericanas (CIII)
Universidad de Fez - Marruecos


 

   
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Resumen: Revisión del importante papel jugado por las mujeres escritoras en el desarrollo de México. El cambio producido por la incorporación de mujeres a las letras mexicanas en los años 80 hace imprescindible un análisis de la cultura del país a la luz de sus preguntas esenciales desde la perspectiva aportada por las escritoras.
Palabras clave: México, escritoras, novela mexicana

 

En las múltiples y variadas manifestaciones que en México vienen celebrando en los últimos meses la conmemoración del bicentenario de la Independencia, hay unas constantes. Preguntas a las cuales los ensayistas, politólogos, historiadores, sociólogos, filósofos y, cómo no, los novelistas, intentan responder. De estas preguntas, hay algunas en concreto que sobresalen: ¿Hasta qué punto México se ha convertido en una democracia? ¿Hasta qué punto el pasado perdura en el presente? ¿Cómo se pueden superar los problemas del presente pensando en la consecución de un futuro mejor? Y ¿de qué forma puede la literatura aportar respuestas a estas preocupaciones?

Todos los grandes nombres del -por así decirlo- panorama intelectual mexicano, formulan estas preguntas e intentan darle respuesta a través de sus obras. México como preocupación, México como nación, una y plural, México como identidad y como suma de identidades, México como proyecto que no acaba de cuajar, o sea, las grandes problemáticas cuyo planteamiento, ya sea a nivel de cuestionamiento ideológico o de tratamiento estético-literario, se atribuye tradicionalmente a grandes escritores hombres como pueden ser, entre los más importantes, Carlos Fuentes, Fernando del Paso, Sergio Pitol o el último Premio Cervantes José Emilio Pacheco, ¿cómo las abordan las mujeres?

Siendo este trabajo dedicado a escritoras, y a pesar de la existencia de muy numerosos excelentes escritores varones en México, no se hablará de estos señores, o muy poco, salvo que sea estrictamente necesario.

Hasta los 80, no era muy fácil incluir a más de tres o cuatro mujeres en una lista de novelistas mexicanos importantes. Entre estos importantes novelistas, se podía trabajar, y se ha trabajado mucho, sobre escritores como Juan Rulfo, Agustín Yáñez, Salvador Elizondo, Fernando del Paso, Carlos Fuentes, Sergio Pitol y un largo etcétera de escritores hombres. Pocas eran las voces femeninas que podían ser citadas entre los novelistas importantes. Nellie CAMPOBELLO y Rosario CASTELLANOS son, quizás, las más sobresalientes.

Hoy, en cambio, lo difícil es NO incluir a escritoras cuando se quieren mencionar escritores mexicanos importantes. Además de las dos ya señaladas, ya no es posible hablar del panorama literario, y narrativo más concretamente, en México, sin mencionar a Elena PONIATOWSKA, María Luisa PUGA, Silvia MOLINA, Brianda DOMECQ, Carmen BOULLOSA, Ángeles MASTRETTA o Laura ESQUIVEL, entre otras muchas. Algunas son más conocidas por la coincidencia que ha tenido la publicación de sus obras con el reconocimiento de la labor desempeñada por las mujeres en los últimos lustros, otras por la calidad intrínseca de sus escritos, por haber sido precursoras de algún movimiento literario importante o por el hecho de que muchas de ellas son polígrafas y aúnan en su empeño diferentes ocupaciones como el periodismo, la docencia y la investigación o la militancia política, además de sus responsabilidades familiares.

Pero hay otras escritoras que, por haberse dado su producción en un momento de la historia de México en que había resistencias importantes al reconocimiento de la labor femenina, no han gozado, a pesar de la calidad y la importancia de sus obras, de reconocimiento y su obra ha quedado relegada a planos de olvido y, muchas veces, de menosprecio, explicables sólo por prejuicios sexistas. Sabido es que la emergencia de voces femeninas en un terreno tradicionalmente reservado a los varones, es interpretada como una transgresión a las normas social y tradicionalmente establecidas. En muchos casos, esta emergencia se concibe como un movimiento de liberación, por lo que lo femenino se asimila a lo feminista y es, en muchos casos también, reivindicado como tal. El quehacer artístico, en este caso la creación literaria y el acceso al estatuto de “escritora”, se convierte en la antesala de la lucha por los derechos civiles y políticos de las mujeres. Por ello, tal vez, y dicho sea de paso, es por lo que los trabajos críticos hechos hasta ahora sobre la literatura producida por mujeres en México se ha hecho, en la mayor parte de los casos, por… ¡mujeres!

Es precisamente una mujer -dicho sea de paso-, María Guadalupe García Barragán la que, hace apenas ocho años, rescataba para la historia literaria de México, a Refugio Barragán de Toscano, como la autora de la primera novela mexicana escrita por una mujer. Se trata de La hija del bandido o los subterráneos del nevado del año 1887, o sea 61 años después de la publicación de El Periquillo sarniento (1816) de José Joaquín Fernández de Lizardi, considerada como la primera novela mexicana.

Exceptuando el caso conocidísimo, y muy estudiado, de Sor Juana Inés de la Cruz, pocas, poquísimas son las obras de mujeres que se pueden reseñar antes del inicio del siglo XIX. A las personas interesadas en la producción femenina anterior al XX, las remito a la antología crítica editada por Ana Rosa Domenella y Nora Pasternac, Las voces olvidadas. (Publicación del Colegio de México, 1991).

Hasta principios del siglo XX, y de modo general, los contenidos de las obras escritas por mujeres, giraban en torno a temas que se han calificado de “cotidianos” o “domésticos” como el cuidado de la familia, las tareas del hogar así como los sentimientos que, por regla general, suelen atribuirse a las mujeres, tales como el miedo, el amor, y la preocupación por preservar las tradiciones. El medio más habitual usado para la expresión de tales temas suele ser, en estas obras, el relato autobiográfico y el género epistolar. La de las mujeres, en esta primera mitad del XX, es una literatura que muestra -cito a Sara Sefchovich- “poca complejidad, menor problematización formal, una estructura plana y hasta lineal, un empleo menos rico del lenguaje, menor metaforización y, en fin, menos experimentación e innovación. […] La escritura de mujeres es todavía una transgresión, una ocupación secreta que se emprende una vez cumplidas las demás tareas.

Principios del siglo XX, y más concretamente el año de 1910, marca no sólo la celebración del centenario de la independencia de México y la inauguración de la Universidad Autónoma de México, sino el inicio de un formidable movimiento popular: la Revolución Mexicana, que daría lugar a la aparición de un ciclo narrativo de tanta importancia que se le reserva un lugar especial en las antologías y las historias de la literatura mexicana y latinoamericana. Un ciclo narrativo que durará decenios y será constituido por decenas de obras narrativas que abordan la Revolución desde prácticamente todos sus ángulos. Pero desde Mariano Azuela, iniciador del ciclo, hasta Carlos Fuentes, pasando por Martín Luis Guzmán, José Romero, Gregorio López y Fuentes, José Vasconcelos, Rafael Muñoz o José Mancisidor, entre los más importantes, la narrativa generada por la Revolución va a ser, por decirlo así, cosa de hombres.

Una de las poquísimas mujeres que abordarán, en la primera mitad del XX y desde su peculiar punto de vista, los hechos de la Revolución, es Nellie CAMPOBELLO (fallecida en 1986). Es uno de esos casos curiosos de escritores que con un par de obras narrativas basta para que se les reserve un lugar preferente en el concierto de la narrativa de su país. Escribió dos obras: Cartucho (1931) y Las manos de mamá (1937). Si los conocidos novelistas de la Revolución Mexicana (Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán, entre los más conocidos, y otros muchos) abordan los hechos narrados desde “abajo” (la visión de los de abajo), desde arriba (la de las esferas del gobierno y los altos mandos de la capital), en pleno movimiento (el tren como motivo recurrente), Nellie CAMPOBELLO adopta un punto de vista poco abordado por los demás escritores: el de una niña y desde la cotidianidad. Desde luego, y al igual que prácticamente todas las novelas de la Revolución, en las obras de Campobello aparecen personajes históricos (Pancho Villa, entre los más importantes), pero, si en aquellas la inserción de personajes históricos reales tiene por objeto la autentificación de la diégesis, en Campobello la mirada inocente de la niña narradora ofrece una visión sencilla que descubre la dimensión humana de los personajes, independientemente del papel que pudiesen desempeñar en el devenir histórico del momento y de la comunidad, una visión alejada de las connotaciones ideológicas que tuviesen, o pudiesen tener, esos personajes históricos.

En el aspecto formal, la narración se caracteriza por su fragmentariedad. Los relatos son cortos, como cortas son las frases, y el resultado es una serie de “estampas” que conforman cuadros y escenas, con alto valor testimonial, como era la pretensión de la mayoría de los novelistas de la Revolución, pero con un sello de lo más original.

Tal vez merezca la pena señalar que, en los dos extensos tomos que Antonio Castro Leal dedica a la Novela de la Revolución Mexicana, la única mujer que figura es Nellie CAMPOBELLO.

Menos conocidas que Nellie CAMPOBELLO, pero igualmente interesantes (aunque sea por otros aspectos de su obra) son los casos de Benita Galeana LACUNZA (1907-1995) y Magdalena MONDRAGÓN (1913-1989). La primera se alfabetiza siendo ya adulta, se hace militante comunista y es encarcelada repetidas veces por reclamar igualdad de salarios para hombres y mujeres, reconocimiento para la unión libre y para los hijos naturales, en una época en que las mujeres mexicanas no tenían derecho ni a votar. Su autobiografía Benita (1940) ofrece, por un lado, una visión de lo que era el Partido Comunista Mexicano en los años 30-40 y, por otro lado, la situación pésima de la mujer en esos mismos años, visión que se hace extensiva a la situación de las clases más desfavorecidas de la sociedad. En este sentido, la crítica tiende a considerar a la protagonista de esta obra como la abuela simbólica de las grandes protagonistas que aparecerán más adelante en la literatura femenina: Jesusa Palancares de Hasta no verte Jesús mío (1969) de Elena PONIATOWSKA, Tita de Como agua para chocolate (1989) de Laura ESQUIVEL o Catalina de Arráncame la vida (1985) o Emilia Sauri de Mal de amores (1996) de Ángeles MASTRETTA.

La segunda, Magdalena MONDRAGÓN, merece ser mencionada por haber sido la precursora de una tendencia en la narrativa cultivada posteriormente por escritores importantes como Carlos Fuentes: las relaciones campo-ciudad y lo que se dio en llamar la “literatura miserabilista” que tiene en el Distrito Federal su foco privilegiado. En Yo, como pobre… (1944) y en Más allá existe la tierra (1947), Mondragón ofrece una muestra incipiente de lo que, más tarde, se conocería como “literatura urbana”, pese a que la crítica no le reconoce demasiado buen nivel de calidad artística, llegando a ser calificada su obra como “de buena fe pero de mala literatura”.

Quizás sean estas tres escritoras las más interesantes de la primera mitad del siglo XX. Desde luego, hay otras muchas que podrían ser mencionadas y tal vez merezca la pena señalar a un par de ellas o tres: Julia GUZMÁN (1906-1977), María Enriqueta CAMARILLO (1872-1968) y Dolores BOLIO (1880-1950), con especial atención a la primera, Julia Guzmán, por ocuparse en su obra de temas específicamente femeninos y ser, por ello, una de las precursoras de la reivindicación del feminismo a través de la literatura.

A partir de la década de los cincuenta, la narrativa femenina deja de ser un fenómeno minoritario e irrumpe de modo significativo en el panorama de las letras mexicanas en los sesenta y los setenta, para consolidarse definitivamente a partir de los ochenta, dando lugar a lo que ya se conoce en la historiografía literaria mexicana como el “boom femenino”. En este último período, a la prolífica creación literaria femenina la acompaña un proceso de teorización, llevado por las mismas escritoras sobre su propia producción, lo cual, como se sabe, es una clara señal de madurez en el proceso creativo-artístico.

Muchas son las orientaciones que, en los sesenta, empieza a tomar la narrativa femenina en México, condicionada en ello por las transformaciones que conoce la misma sociedad. Junto con la intensa labor creativa llevada, en este período, por escritores importantes, se multiplican las voces literarias femeninas, participando de dicha labor o señalando nuevos rumbos.

Para empezar, el hecho que va a marcar la vida y la historia del momento en México es la matanza de Tlatelolco en 1968. La intelectualidad de modo general, y no sólo las mujeres escritoras, se volverá más crítica a raíz de aquellos hechos que dejaron al desnudo la crisis de la democracia en México. Se procede a una revisión de conceptos consustanciales a la vida social como son los de la familia, las instituciones políticas, la mujer, la identidad y la historia. Estos conceptos configurarán la temática de la narrativa junto con otros temas, nuevos en el panorama literario, como la influencia de los medios de comunicación, la liberación sexual, la homosexualidad, el movimiento hippy o la música rock, la liberación de las mujeres, la norteamericanización, y una actitud cada vez más crítica frente a los discursos hegemónicos. Es la literatura de la “Onda” que es el nombre que le puso la escritora y académica Margo GLANTZ: Onda y escritura en México (1971).

Una de las figuras más importantes de los cincuenta y los sesenta es, sin lugar a dudas, Rosario CASTELLANOS (1925-1974), cuya obra de creación es unánimemente considerada por la crítica como el ejemplo ilustrativo de la fusión entre feminismo e historia. Dos ejes temáticos estructuran su obra narrativa: la lucha de los indígenas por preservar su identidad y sus tradiciones, y la protesta contra el confinamiento y la marginación de los cuales es objeto la mujer. Tres son las obras narrativas donde expone sus ideas sobre estos temas: Balún Canán (1957), Oficio de tinieblas (1962) y Los convidados de agosto (1974). De Rosario Castellanos es la, miles de veces citada, afirmación de que “La novela mexicana, desde el momento de su aparición (que se ha hecho coincidir con la de El periquillo Sarniento de José Joaquín Fernández de Lizardi), ha sido, no un pasatiempo de ocioso ni un alarde de imaginativos ni un ejercicio de retóricos, sino un instrumento útil para captar nuestra realidad y para expresarla, para conferirle sentido y perdurabilidad”.

Junto con Rosario Castellanos, es necesario señalar otras dos figuras importantes que empiezan a escribir en los sesenta: Elena GARRO (1916-1998) y Elena PONIATOWSKA (1933). La primera es, para muchos, la escritora mexicana más importante después de Sor Juana Inés de la Cruz. De su extensa obra narrativa, destaca Los recuerdos del porvenir (1963), obra que mitifica el espacio americano y sitúa a personajes y acción en una zona de realismo mágico donde se entremezclan el pasado con un presente-futuro, al igual que lo haría, cuatro años más tarde Gabriel García Márquez en Cien años de soledad. De la posible influencia de Garro en García Márquez, dice Fernando Alegría: “Es una tentación decir que la novela de Elena Garro queda como una extraña partitura que García Márquez años después ejecutó a gran orquesta”.

La segunda, Elena PONIATOWSKA, es otra de las figuras eminentes de las letras mexicanas de los últimos 40 años. Su abundante obra, habitada por personajes conflictivos y socialmente marginados, ofrece una muestra de heterodoxia genérica que combina la literatura con el reportaje y el ensayo, en una preocupación por expresar la problematicidad de personajes y sociedad.

No me extiendo mucho sobre ninguna de estas escritoras aunque su importante obra y los numerosos premios nacionales e internacionales que obtuvieron testimonian de la calidad de su trabajo y del reconocimiento y la admiración que suscitaron. Las historias de la literatura, las antologías y la Wikipedia recogen el detalle tanto de su producción como de las distinciones y premios con que han sido galardonadas.

De las otras muchas mujeres que empiezan a escribir en el medio siglo, se puede mencionar a Josefina VICENS (1915-1987) por la importancia que va a tener su primera novela titulada El libro vacío (1958). Sólo escribió otra novela después de ésta, titulada Los años falsos (1983) y con estas dos obras, igual que Nellie Campobello y Juan Rulfo, se la considera uno de los pilares de las letras mexicanas. Ello se debe al hecho de que El libro vacío inicia en México una tendencia que, más adelante, desarrollarán escritores importantes como Salvador Elizondo, Juan José Arreola o Sergio Pitol, que es la metaficción y la autorreferencialidad literaria que es, en palabras de Claude Fell, “la creación creándose” o, como la llama Paola Madrid Moctezuma, un “mirar hacia adentro, desde dentro”. En esta línea de metaficción, más adelante se inscribirán escritoras como Julieta Campos, Margo GLANTZ, Bárbara JACOBS y otras.

Las últimas tres décadas conocen una producción literaria femenina de importancia tal que ya se habla de un “tardío boom hispánico femenino”, marcado por una gran variedad de rumbos, orientaciones y subgéneros narrativos, tanto es el trabajo desplegado por las escritoras a nivel estético y artístico.

Ha quedado atrás el período en que la narrativa femenina se caracterizaba por la intranscendencia de sus temas, por la sencillez de sus planteamientos y por su carencia de elaboración. El “boom femenino” ofrece muestras de una realidad literaria que algunos críticos no dudan en calificar de “caleidoscópica”. He aquí cómo Alicia Llarena, por ejemplo, sintetiza estas características:

“...eclecticismo, estructuras flexibles y ligeras frente a las anteriores ‘narraciones totalizantes’, fragmentariedad, localismo, irreverencia, pulverización de los centros y las jerarquías, trabajo sobre los márgenes, fijación en las periferias, aparición de las minorías, crítica y humor, revisión de lo cotidiano, coloquialismo y contaminación del folletín, contracultura y espontaneidad, son algunos de los rasgos en los que se sostiene ese modo de ser y, por añadidura, su producción narrativa en general.”

Ellas son: Julieta Campos (1930), Angelina Muñiz (1936), Aline Petterson (1938), Margo Glantz (1930), Silvia Molina (1946), Carmen Boullosa (1954), Ángeles Mastretta (1949) y Laura Esquivel (1950) entre otras muchas.

Aparte de la variedad de los temas y la novedad en los recursos utilizados para tratar esos temas, de los cuales algo diré antes de finalizar, lo más relevante que hay que señalar es que la narrativa femenina de los últimos lustros en México viene acompañada de un proceso de reflexión teórica de las mismas autoras sobre la creación literaria.

Sintetizando, en el aspecto de los contenidos, la mayoría de estas escritoras abordan, y analizan, la situación de las mujeres y sus condiciones de vida en busca de la reconstrucción de una identidad femenina y con la reivindicación, siempre presente, para ella de un papel diferente. Junto con este eje temático, y relacionados con él, se exponen y examinan, de modo preferente, los temas de la historia y la realidad de México, la ciudad, la fantasía y el mito, pero también la sexualidad en varias de sus dimensiones: el erotismo, el deseo, la sensualidad y el lesbianismo.

En el aspecto de la expresión, la forma y las técnicas utilizadas, la sencillez y la ingenuidad de los planteamientos son abandonadas a favor de una mayor elaboración y una mayor complejidad. Los temas se expresarán y analizarán haciendo uso de estrategias narrativas y discursivas novedosas: la intertextualidad, la metaficción, la heterodoxia genérica con la integración de elementos no habituales en la novela como la publicidad, la imagen y la música entre otros.

Es importante señalar también que la obra de muchas de estas escritoras está marcada por la erudición (Margo Glantz, Angelina Muñiz o Aline Petterson son buenos ejemplos de ello). Otras, como Mastretta o Esquivel que, en determinado momento, fueron tachadas de producir literatura comercial, publican obras fuertemente documentadas y apoyadas en una labor anterior de seria investigación. En ellas, y en otras muchas, el hecho de dedicarse a otras actividades, como la docencia y la investigación, el periodismo, el activismo político o la militancia sindical, les permite aunar experiencias e invertirlas en su creación literaria.

He hablado de Elena Garro como precursora de un movimiento literario de envergadura como lo fue el realismo mágico, y de Josefina Vicens que lo fue de la corriente de la autorreferencialidad literaria o la metaficción. Hace algunos años (concretamente 15), Esquivel publicaba la que se considera como la “primera novela multimedia de la historia” (La Ley del amor, 1995) y que interpela, hoy, a críticos y teóricos de la literatura sobre la validez misma de sus instrumentos de trabajo, algo que sólo pudieron suscitar, antes que ella, los grandes de la literatura mexicana y mundial. Pienso en Carlos Fuentes y Fernando del Paso, por poner dos ejemplos sobresalientes.

Diré algo también sobre un concepto que viene debatiéndose bastante últimamente, tanto por los críticos como por las escritoras mismas: el de literatura femenina que, obviamente, no hay que confundir con literatura feminista. Sobre este último, hay muchos y muy buenos trabajos y las escritoras feministas, cuando lo son, lo reivindican como una postura ideológica y una forma de expresión que integran, como cualquier otra opción, en sus obras. En cambio, buscar las “marcas”, si las hay, específicamente femeninas en las obras de estas escritoras, huellas de la feminidad, hasta ahora, se ha hecho muy poco, y bien podría ser un excelente tema de investigación en cualquiera de las escritoras mexicanas (y no mexicanas). No me refiero a las huellas de feminismo que pudiera haber en una obra (las hay y muchas y bastante estudiadas, pienso en Rosario Castellanos, Elena Poniatowska, y Ángeles Mastretta, entre otras). A lo que me refiero es a las huellas de la feminidad que pudiesen afectar alguno de los elementos constitutivos y estructurantes de la narración.

Por último, algo tendré que decir también, aunque sea muy brevemente, sobre otro concepto despreciativo que se utilizó hace algunos años en México para referirse a la producción literaria femenina: el de “literatura “light””.

A un sector de la crítica, condicionado por esas resistencias al cambio que señalaba yo al inicio de esta charla y probablemente también molesto con el éxito conseguido por estas escritoras, se le ocurrió inventarse este concepto de “literatura “light””.

A estas alturas, y con tanta y tan buena producción literaria (yo me he limitado a la narrativa y en el tintero me he dejado a muchas buenas escritoras), no se trata de rendir justicia reivindicando para las escritoras un lugar en el panorama literario de México. Lo ocupan porque su obra así lo impone y porque, gracias a su trabajo, no sólo han conseguido encontrar otra forma de estar en el mundo, sino también una forma de actuar sobre el mundo.

 

Notas:

[1] María Guadalupe García Barragán: Narrativa de autoras mexicanas. Breve reseña y bibliografía 1900-1950, Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 2002.

[2] Ana María Domenella y Ana Pasternac (eds.), Las voces olvidadas. Antología crítica de narradoras mexicanas nacidas en el siglo XIX, México, El Colegio de México, 1991.

[3] : Sara Sefchovich: Mujeres en espejo. Narradoras latinoamericanas, siglo XX, México, Folios Ediciones, 1985, p. 17.

[4] Benita Galeana Lacunza escribirá otra novela en 1979: El peso mocho, en la que se combinarán los temas de la Revolución, la vida campesina y la cosmovisión de los indígenas del Estado de Guerrero.

[5] Sara Sefchovich: México: país de ideas, país de novelas. Una sociología de la literatura mexicana, México, Grijalbo, 1987, p. 131.

[6] Esta aproximación a temas femeninos aparece en Divorciadas (1939) y Nuestros maridos (1944) donde aborda de modo frontal los temas del maltrato a las mujeres y la marginación social de las divorciadas. Sobre Julia Guzmán y el grupo de mujeres que escriben en los 40 y los 50, véase, entre otros, Paola Madrid Moctezuma: Una aproximación a la ficción narrativa de escritoras mexicanas contemporáneas: de los ecos del pasado a las voces del presente, Anales de Literatura Española, Universidad de Alicante, nº 16, 2003, Serie monográfica nº 6 y la interesante bibliografía que contiene.

[7] “La novela mexicana y su valor testimonial”, Hispania, 47, 2, mayo de 1964, págs. 223-230.

[8] Fernando Alegría: Nueva historia de la novela hispanoamericana, Hanover, Ediciones del Norte, 1986, p. 277.

[9] Entre novelas, cuentos y crónicas de Elena Poniatowska se pueden citar: Lilus Kikus (1950), Hasta no verte, Jesús mío (1969), La noche de Tlatelolco (1971), Querido Diego, te abraza Quiela (1978), Fuerte es el silencio (1980), ¡Ay, vida no me mereces! (1985), Nada, nadie, las voces del temblor (1988), La flor de Lis (1988,) la biografía novelada de la fotógrafa Tina Modotti, titulada Tinísima (1992), La piel del cielo (2001), El tren pasa primero (2006) con la que obtuvo el Premio Rómulo Gallegos, Amanecer en el Zócalo (2007), La vendedora de nubes (2009). En Wikipedia están recogidas todas sus obras así como los premios que obtuvo.

[10] Salvador Elizondo: Farabeuf o la crónica de un instante (1965); Juan José Arreola: Confabulario personal (1985) y antes Confabulario total (1962) entre otros; Sergio Pitol: Domar a la divina garza (1988) entre otras.

[11] Paola Madrid Moctezuma, op. cit., p. 26.

[12] Alicia LLARENA: “Multiplicidad y hallazgo de un ojo postmoderno (Mujeres de ojos grandes de Ángeles Mastretta)”, en Carmen RUIZ BARRIONUEVO y César REAL RAMOS (eds.), La modernidad literaria en España e Hispanoamérica, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1995, págs. 185-195.

 

© Saïd Sabia 2011

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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