El proceso de destrucción del yo en relación con la proyección temporal
en Palabras en el muro de Ramón Hernández

Mabel Ramírez González

Temple University


 

   
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Resumen: Estudio de los personajes de la obra de Ramón Hernánez Palabras en el muro a través de las peliculiaridades de sus discursos..
Palabras clave: Ramón Hernández, narrativa española, personajes.

 

A pesar de que se ha estudiado la perspectiva temporal en la obra de Ramón Hernández, sería interesante analizar la relación que existe entre el proceso de destrucción del yo y la proyección temporal de los personajes Sabino y Alberto en la novela Palabras en el muro. En estos dos personajes se da un entrecruzamiento entre los planos psicológicos y temporales del yo, lo cual se confirma a través del discurso narrativo de los monólogos.

Los monólogos, cargados de palabra y subjetividad, son una manifestación de la conciencia de un yo que evoluciona hacia la destrucción total. En ellos se observa cómo se va degradando la conciencia de los personajes. La crítica ha constatado que uno de los objetivos de esta novela fue la exploración de la intimidad de determinados seres que avanzan hacia la locura o la destrucción (Bulnes Jiménez 12-13). Sabino y Alberto, los dos personajes protagónicos, viven en la soledad del presidio tratando de escapar lo mismo al pasado que al futuro porque el presente que tienen es degradante. La condena de vivir encerrados en la cárcel se agudiza con la condena de los recuerdos y de las proyecciones hacia el futuro que laceran constantemente a cada uno de los dos prisioneros. Es por esto significativo el estudio de la perspectiva inestable entre el plano pasado, el presente y el futuro como un indicador que conlleva finalmente a la destrucción de cada personaje.

En Palabras en el muro, Sabino y Alberto son dos prisioneros que resisten los efectos que sobre el yo producen: la vida y la muerte, la esperanza y el desencanto, el delito y la fatalidad, el recuerdo de los hechos pasados y la angustia por el futuro incierto. El hombre que vive en la cárcel se frustra porque el ambiente está degradado y en consecuencia lo destruye a él: “La celda, en silencio, semeja un panteón con tres cadáveres. Tres cuerpos que permanecen inmóviles sobre las literas, con los ojos abiertos, fijos en una mortal forma de vivir” (Hernández 465). La percepción de que la vida en la cárcel es “una mortal forma de vivir” determina que la experiencia vital de Sabino y Alberto sea permanentemente autodestructiva. En correspondencia con lo que ha planteado Craig Bergeson: “If one loses the ability to temporalize experience, or to distinguish between past, present and future, delusion will replace memory […] and the attempt to construct a self will be thwarted” (21). Es decir, que la imposibilidad de escapar de la situación actual y distinguir con claridad los diferentes espacios temporales, produce en el yo una percepción de completa frustración. Sabino y Alberto son dos sujetos atormentados por la realidad del presidio, lo que les conduce paulatinamente a la degradación y corrupción del yo.

Los prisioneros, entes de ficción en Palabras en el muro, llevan una vida monótona que les degrada el yo: “los presos, cuestión la carroña, no aspiramos la brisa marina, no bebemos distraídamente el asunto Coca-Cola, no buceamos, no practicamos el ski acuático. No. Los presos estamos sencillamente al sol, en el patio de arena hiriente” (Hernández 255). No hay un momento de alivio para estos seres, por tanto la compensación del yo solamente se puede encontrar en el desarrollo de la perspectiva mental del prisionero; la cual la crítica ha evaluado como: “la evasión mental […] al constituir una exploración de una realidad privada y bastante profunda de algunos reclusos. Estos seres se refugian en su mente al verse confinados” (Landeira y González del Valle 44). El refugio mental unido al uso de la técnica del tiempo sirve para apoyar las perspectivas mentales de cada personaje. Tanto Sabino como Alberto viven confinados en la celda B, guión 23, donde las actividades individuales y colectivas están limitadas a la satisfacción de necesidades primarias, que la mayoría de las veces son satisfechas en público. Es por esto que la exploración de la dimensión mental del yo es la única alternativa posible para conocer al personaje.

Las acciones de Sabino y Alberto suceden en el presente, recrean lo que ocurrió en el pasado y tienen una proyección futura. Miguel Ruiz Avilés describe este fenómeno como un “movimiento pendular” (65) desde el presente al pasado y desde el pasado al presente. Explica también la proyección hacia el futuro en relación con el significado de la palabra en el muro: “la palabra en el muro […] es todo esto lo que hace comprensible la proyección de los presos hacia el futuro, algo que ocurre debido a su esperanza de la realización de un evento” (65). Las palabras de Sabi de Sabino, por ejemplo, no parecen indicar que tenga mayores esperanzas pero sí se puede advertir en ellas un presagio de lo que está por ocurrir: “Estoy prisionero y la puerta permanece cerrada. Imagino un peligro inminente. Huir. Imposible. Los muros son fuertes” (Hernández 234). La fortaleza del muro tal vez no pueda ser violada pero es innegable cómo la incertidumbre de un futuro incierto genera en Sabi una percepción negativa de la vida. El yo se refugia en la reproducción de sus pensamientos. Entre los muros de una cárcel no hay otro escape que no sea la mente humana. Este hombre está encerrado en un mundo que es limitado y donde no tiene mucho que hacer (Cabrera y González del Valle 146). El yo reacciona evasivamente a la realidad inmediata, como en Sabino: “cuando la tarde cae tristemente en este antro carcelero, lo único que anhelo es imaginar intensamente que soy libre y que aún es tiempo de volver a empezar la vida” (Hernández 214). La culpabilidad y la negación del yo son un indicador del proceso destructivo que sufre Sabi: “soñar que fue mentira aquel cuerpo muerto del cuarto de baño […] y un niño llorando amargamente sin conseguir juntar los trozos, recuperar la vida, asunto úrgeme no ser quien verdaderamente soy. Ser otro individuo que no permanece aquí, en el pobre hall de esta celda” (Hernández 214-15). Se une la negación de la realidad de la celda con la negación del yo. Sabi no quiere ser él, piensa que necesita “recuperar la vida”, una vida que la sabe destruida como resultado del encierro y la desolación entre muros.

Alberto, por su parte, tiene una idea obsesiva con la madre, él necesita de ella para sobrevivir. Los recuerdos de la madre y su relación incestuosa le apasionan: “No pienso reprocharte nada jamás, madre adorada. Pero ven a verme al fin” (Hernández 217). En la cárcel le apodan Mami porque está obsesionado con escuchar la voz su madre, esa que siempre lo llamaba en sueños para refugiarse uno en el otro. La evasión mental se convierte en la única posibilidad para un yo encerrado cuya única alternativa es visualizar el pasado y proyectarse vanamente hacia el futuro: “Alberto, […] amarga su alma con un deseo irrealizable, un absurdo proyecto de evasión para ir al encuentro de su madre […]” (Hernández 463). Esta es una idea fija que se convierte en la vía de escape del medio hostil de la prisión.

Sabino y Alberto se proyectan de forma introspectiva a través de la alternancia que ocurre en el discurso narrativo entre los planos presente y pasado. En los monólogos de ambos ocurre de forma permanente esta alternancia entre los planos. Los recuerdos son antecedentes de lo que están viviendo hoy en la cárcel. Por ejemplo, Sabi está rememorando el día en que estuvo en el apartamento de Mary Ann con la belga Agnes y tres puntos suspensivos conectan el pasado con el presente:

Yo estaba en plan el coito con la belga Agnes, tipo en plan sobre el lecho de Mary Ann, viendo allí, […] sus botas de montaña y, […] la fotografía de sus padres, sonriendo … No obstante ahora, entre el preso Violines y el preso Pescadilla, pienso que quisiera verla de nuevo y decirle un similar a: Te quiero, darling, te quiero. No puedo soportar la cuestión de haberte perdido para siempre. (Hernández 531)

La despreocupación por el orden temporal de los hechos en la novela es una justificación para prestarle mayor atención a la estructuración mental del individuo. La mente humana y no el tiempo el elemento unificador en esta novela (Cabrera y González del Valle 217). La actitud de los personajes frente al tiempo se manifiesta con la forma escindida de la narrativa pero es la asociación libre de la mente humana en los monólogos quien da unidad al discurso narratológico en su totalidad.

Sabi describe la cárcel como un lugar donde la ley de la selva es quien controla la vida. En relación con el momento de las comidas, visualiza la amargura que le produce cómo unos prisioneros pisoteaban a otros por obtener el pedazo de pan: “Me pone amargura en el pecho el instante de las comidas en esta cárcel. Contemplar los rostros innobles, humanos… El miedo a la muerte. Yo soy un pequeño homicida accidental, un pequeño ladrón de espejismos, un insignificante canalla descontento de su alma mortal” (Hernández 234). Estas ideas de Sabino se pueden relacionar con las tres ideas fijas que según Ramón Hernández tiene el hombre en la cabeza: “Primero el instinto de conservación, después el sexo, y finalmente, la muerte” (Ruiz Avilés 385). La triangulación de estas tres ideas da como resultado la profundidad psicológica del yo de Sabino y Alberto.

El hombre en la cárcel es tratado con desprecio pues los oficiales les vigilan constantemente y les tratan a base de insultos. Ese yo tiene sensibilidad humana y necesita que se le entienda holísticamente como un yo que tiene un pasado mortal, un tiempo presente degradado pero que merece una mejor dimensión futura. Respecto a Lamparón el oficial de la prisión, dice Sabino:

Lamparón, tipo inútil mental que carece de sensibilidad en plan el espíritu para comprender que esta masa de presos tuvimos momentos asunto estelares, similar Mary Ann, la amada de mi alma que llevo clavada en el pecho como una diosa perdida. Tuvimos instantes digamos “inertes”, en los que nadie hubiera sido capaz de imaginar en nosotros al tipo asesino. (Hernández 259)

Estos hombres necesitan ser comprendidos pero no hay en toda la novela un instante de compensación para el yo. El refugio mental es la alternativa de escape de la realidad. Sabino con la perspectiva del pasado rememora la conquista de la americana Mary Ann y con una perspectiva futura intenta la evasión de la realidad. La rememoración del pasado genera incertidumbre y desasosiego a Sabi: “Mi deseo era poseerla a toda costa y, ¡maldito Destino!, aquel deseo fue el comienzo de mi desdicha. Hoy lo sé: La más fragante manzana esconde un repugnante gusano en su corazón. Lo dijo alguien. Yo lo sé por amarga experiencia” (Hernández 405). El gusano se convierte en el vehículo que le permite explicar la fragilidad y culpabilidad de un preso. Un hombre que se siente culpable y que constantemente busca alternativas para la evasión mental y el escape. Sabi está convencido que lo miserable de la cárcel: los muros blanqueados con cal, las litereras de hierros, el oscuro retrete y su agitado dormir son también consecuencia de la maldad que hay en el mundo. Sabino trata de explicarse cómo es posible que los hombres se conviertan en homicidas y justo el simbolismo del gusano le sirve para responder a sus interrogantes.

Sabino tiene curiosidad por los tatuajes que muchos presos se hacen para no olvidar un determinado momento de sus vidas. Él quiere quedar marcado para siempre porque está convencido que el dolor corporal que le pudiera ocasionar ese acto se correlaciona con el desgarramiento que tiene en el alma. Además, ¿por qué no tatuarse una tumba símbolo de la muerte en vida que le ha producido la pérdida de Mary Ann? Finalmente decide que estará marcado: “El Moro le tatuará en el pecho maldito una tumba con un apasionado epitaño de amor: A TI MARY ANN SMIRNA AMADA DE MI ALMA DESDE ESTA TINIEBLA” (Hernández 465-66). Sabino cree que no sentirá jamás la necesidad de quitarse ese tatuaje porque sabe que morirá y no cree en la resurrección de los muertos. Quiere llevarse para siempre la marca de la destrucción de un hombre frustrado como consecuencia de una determinada condición vital.

El uso de la marihuana por los presos intenta ser un vehículo para la evasión mental, no obstante, lo que hace es agudizar la perspectiva mental del yo: “Lo intenté en vano, porque no conseguí arrancarme de la cabeza aquella madeja de humo de marihuana. Cuestión la tela de araña. El rincón de la celda donde “Cleopatra” hila interminablemente. ¿Cuándo morirá?” (Hernández 345). El simbolismo de la araña es comparable con la perspectiva mental del yo. La araña Cleo teje sin parar como también Sabi de Sabino está sumergido en una actividad mental permanente. Sabi la observa con frecuencia, lo cual puede ser considerado como la proyección terrenal de todas sus dudas.

Resulta significativa en Palabras en el muro la permanente actividad mental del yo en contraste con la monotonía de la vida cotidiana. El vacío de lo cotidiano les atormenta la vida en el presente donde las cosas también adquieren una esencia atemporal. En la trama de la vida cotidiana adquiere sentido la perspectiva mental del personaje que: “funciona en plan somos gentes anodinas alrededor de estos muros gigantes de ladrillo, de esta cuestión denominada ‘nostalgia del corazón’ “(Hernández 486). Significa que estamos en presencia de un yo esquizoide que presta atención a los detalles estáticos y poco significativos de la realidad porque las emociones patológicas le impiden una percepción global y certera de la misma. La única forma que tienen para evadir la realidad es la permanente actividad mental. Este tipo de actividad les permite mirar al pasado y proyectarse hacia el futuro con una imaginación que suple las carencias de la realidad (Pedraza Jiménez y Rodríguez Cáceres 951).

Los recuerdos que vienen a la mente de estos presos pueden ser interpretados como la tragedia principal de la existencia y sufrimiento del yo. Los prisioneros no tienen otra alternativa que vivir en la constante disyuntiva entre el pasado y el presente incierto que les acosa porque ellos mismos creen que: “Es trágico sufrir la vida, pero algo mucho peor es el recuerdo” (Hernández 217). Lo peor en la vida de un homicida son los malos recuerdos que le atormentan, desequilibran y le anuncian el peso de su culpabilidad.

El dilema del yo se localiza en la ambigüedad que se da en la novela entre el ser y el no ser, entre lo que el personaje es y lo que quiere ser. En los dos personajes protagónicos, Sabino y Alberto, se da lo que la crítica ha descrito como un deseo persistente de realización que termina en la destrucción del yo (Cabrera y González del Valle 214). El simbolismo de la mancha de grasa, por ejemplo, es un indicador del deterioro de las cosas como deteriorada está la mente humana:

Aquí, en el suelo, hay una especie de mancha de grasa. Aquí, en el alma, hay un deseo infernal que sugiere: ‘Pisa la mancha de grasa, arrastra la mancha de grasa, extiende la mancha de grasa. Ensucia lo que esté a tu alcance aunque, mañana, seas tú mismo el que limpie la mancha extendida de grasa. Defiéndete como sea de esta prisión’ (Hernández 231-32).

Algo trivial como una mancha de grasa se convierte en símbolo de ruptura y agresividad. La mancha de grasa sintetiza una actitud defensiva ante el medio, resultado de una existencia monótona y repetitiva. En la prisión de Carabanchel todos los presos arrastran los pies, se van imitando los unos a los otros porque el contagio emocional y conductual en un microcosmos como la cárcel es inevitable.

Alberto y Sabino saben que sus vidas no tienen sentido dentro de la cárcel. La acción del recuerdo les genera un efecto desgarrador que aumenta el peso de sus condenas. El no encontrar en el pasado una compensación de sus culpas les produce lo que José Bulnes Jiménez ha descrito como un deseo de huir hacia delante (16). Como no siempre la proyección al futuro puede atenuar la culpabilidad, estos personajes se sumergen en la degradación del lugar a través de la droga, la homosexualidad y el alcoholismo. Sabino se entrega a la Tarzana y también a la droga, y el efecto total es una confusión constante con las imágenes de la mujer que ha perdido: “Cuestión no comprende el efecto de la cuestión de la marihuana unido al efecto de la cuestión desnudez total, similar la mano perfumada de Mary Ann, la amada de mi alma, acariciándome en sueños todo el cuerpo” (Hernández 254). Los trastornos del sueño se mezclan con los efectos tormentosos de la droga para conformar un cuadro general de la degradación total del yo.

El caos mental de cada uno de los personajes produce confusión entre el yo y el otro. Unos personajes se reflejan en los otros como manifestación de la degradación emocional que impera en la cárcel. Sabi, por ejemplo, le pide a Alberto que tenga esperanzas, que olvide su problema y que le imite en su forma de enfrentar la vida: “Procura olvidar tu problema […] Si sigues así te vas a matar. Ya verás cómo este domingo vendrá tu madre a verte y tú serás otra vez la cuestión un chico fenómeno. […] opino que aquí, en esta chirona, hay que ser un tipo similar optimista para aguantar lo que te echen. Asunto imitarme, Mami” (Hernández 241). Ese optimismo que Sabi proyecta es una intención remota que él tiene porque indudablemente es un ser frustrado y amargado debido a la falta de las libertades básicas del hombre en prisión (Ruiz Avilés 70).

En el discurso narrativo de Palabras en el muro se constata el paso de un evento que está ocurriendo en el presente a otro que fue en el pasado y viceversa. El constante cambio de perspectiva temporal nos indica que la perspectiva mental es el hilo conductor de la novela. Alberto, por un lado, analiza la muerte de su padrastro Anselmo; por otro, constantemente le atormenta la relación patológica con la madre y la posibilidad de morir en la intención de fugarse de la cárcel.

El yo en la ficción se ve afectado por la manipulación del tiempo, y a la vez que el confinamiento en una prisión afecta el proceso creativo del yo (Bergeson 82). Alberto se ve afectado por la incesante búsqueda de un punto de escape lo cual no le permite prestar atención al presente. Su única motivación es ser libre pero antes tiene que vencer la angustia que le genera llegar al muro y escalarlo. Tiene que vencer su debilidad física y la angustia que le genera la idea; además, sabe que su vida estaría en juego pero la madre le espera:

Tal vez de noche, en la oscuridad, Alberto pueda vencer el pánico de la altura, el terror de una huida en la que se pone en juego la propia existencia. Sin embargo, necesita llegar al hotel de Aravaca. Madre mía, estoy aquí. Y oír de nuevo: No me llames madre, dime amor mío, como siempre. ¿No me ves? Estoy libre, soy un hombre libre (Hernández 501).

Durante la vida en prisión, el yo se degrada paulatinamente y va muriendo porque no hay esperanzas: “Nada tan deprimente como una celda estrecha donde se habita sin ninguna esperanza. Una tumba de donde no se puede evadir la muerte a ninguna especie de resurrección. Un corazón de inquietos latidos sobre la noche larga atando y atando la inútil espera” (Hernández 240). Sabi y Alberto tienen expectativas de un futuro incierto que no llega a concretarse para bien: el primero, no logra la reconciliación con Mary Ann porque está muerta; el segundo, tampoco logra reencontrarse con su madre Adriana. No existe la compensación para el yo porque la desestabilización mental es el único indicador que les ha permitido sobrevivir en la cárcel. Por ende, ha sido la dimensión atemporal de los hechos quien ha favorecido la destrucción total del yo de Sabino y Alberto.

 

OBRAS CITADAS

Bergeson, Craig N. “Narrating the Self in the Novels of Ramón Hernández.” Diss. U. of Colorado, 1998.

Bulnes Jiménez, José M. “Palabras en el muro: Ramón Hernández.” Tesina. s.f. [copia].

Cabrera, Vicente y Luis González del Valle. “Sobre los temas y técnicas narrativas de Palabras en el muro.” Novela española contemporánea: Cela, Delibes, Romero y Hernández. Madrid: Sociedad General Española de Librería, 1978. 142-58.

—— “Claves temáticas en la narrativa de Ramón Hernández.” Novela española contemporánea: Cela, Delibes, Romero y Hernández. Madrid: Sociedad General Española de Librería, 1978. 214-18.

González del Valle, Luis. “Una visión esquemática de la novelística de Ramón Hernández.” Nuevos y novísimos: algunas perspectivas críticas sobre la narrativa española desde la década de los 60. Ed. Ricardo Landeira y Luis González del Valle. Boulder, CO: Society of Spanish and Spanish-American Studies, 1987. 43-45.

Hernández, Ramón. Presentimiento de lobos. Palabras en el muro. Philadelphia, PA: Society of Spanish and Spanish-American Studies, 2008.

Pedraza Jiménez, Felipe B. y Milagros Rodríguez Cáceres, ed. “Ramón Hernández.” Manual de literatura española XIII. Posguerra: narradores. Pamplona: Cénlit Ediciones, 2000. 948-56.

Ruiz Avilés, Miguel R. “Una entrevista con Ramón Hernández.” Anales de la literatura española contemporánea 13.3 (1988): 371-95.

—— Introducción. La narrativa de Ramón Hernández. Madrid: Pliegos, 2000. 9-12.

—— “Palabras en el muro y la estética de lo impreciso: ejemplo de creación vital.” Madrid: Pliegos, 2000. 63-137.

 

© Mabel Ramírez González 2011

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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