La búsqueda de la felicidad en
El paraíso en la otra esquina de Mario Vargas Llosa

Rosalba Medina Gómez

Facultad de Humanidades de la UAEM (México)


 

   
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Resumen: En este trabajo llevaré a cabo un análisis de la búsqueda de la felicidad como tema principal de la novela partiendo de la idea de lo que es el paraíso. La intención consiste en demostrar que la felicidad para los protagonistas no se encuentra siguiendo los cánones morales, sociales y mucho menos religiosos, y que finalmente el paraíso se halla donde el hombre logra ser feliz a partir de sí mismo.
Palabras clave: Mario Vargas Llosa, narrativa peruana, felicidad

 

INTRODUCCIÓN

El paraíso en la otra esquina es una obra de Mario Varga Llosa que nos plantea dos vidas, la de Flora Tristán que impulsada por un sentimiento de solidaridad y superación se involucra en una lucha que tiene como objetivo el rescate de los derechos de la mujer y los obreros. La otra historia pertenece a Paul Gauguin, un artista que descubre en la pintura un mundo alejado de reglas y convenciones. De esta manera cada uno de ellos crea una visión distinta de la felicidad, para Flora ésta se encuentra en el seno de una sociedad perfecta en la que no exista división de clases y por lo tanto desigualdad, en cambio para el pintor la prosperidad se halla en la vida primitiva pues es allí donde el hombre se encuentra a sí mismo. Se trata de dos anécdotas aparentemente diferentes, pero unidas por una utopía, el paraíso.

En este trabajo llevaré a cabo un análisis de la búsqueda de la felicidad como tema principal de la novela partiendo de la idea de lo que es el paraíso. La intención consiste en demostrar que la felicidad para los protagonistas no se encuentra siguiendo los cánones morales, sociales y mucho menos religiosos, y que finalmente el paraíso se halla donde el hombre logra ser feliz a partir de sí mismo. Para ello confronto las ideas en común y diferentes que Flora Tristán y Paul Gauguin presentan, ya que ambas vidas están basadas en la ruptura de reglas pero cada uno las transgrede de distinto modo. Llego incluso a comparar al personaje femenino con la imagen de Jesucristo como salvador del mundo. Utilizo a dos filosofos Marcel y Scheler. El primero para referirme a los ideales de Flora y su ambición unificadora. El segundo lo empleo para hablar un poco de la persona y el amor. Finalmente se comprueba que la felicidad y el paraíso que buscan son terrenales y que no logran concluir del todo su ideal.

Empecemos pues preguntándonos ¿Qué es el paraíso? Para algunos, quizá, es el lugar reservado a los bondadosos junto a Dios, es decir la vida después de la muerte. Para otros, como Jean Chavalier lo manifiesta en su diccionario de símbolos es el “deseo de superar de manera natural la condición humana y descubrir la condición divina.” [1] Sin embargo hay quienes consideran también que el paraíso se encuentra no más allá de la vida, sino en la tierra, en aquello que se puede tocar, ver, sentir y que de alguna manera nos hace disfrutar, es decir la felicidad.

El concepto de este último término también tiene distintas acepciones y dependiendo de éstas se va a construir o no nuestro propio paraíso. Para la religión cristiana por ejemplo, éste se encuentra atado a la idea de lo bueno y malo. Las conductas benéficas conducen al hombre a la presencia de Dios, en cambio los actos que ofenden el nombre del Señor nos dirigen al sufrimiento y la desdicha, por lo tanto la imposibilidad de llegar a Él. Pero no necesariamente la felicidad se encuentra siguiendo estos dogmas, tal es el caso de los protagonistas de El paraíso en la otra esquina.

Flora Tristán y Paul Gauguin se mueven, cada uno, por la búsqueda de un ideal, anhelan encontrar la felicidad y convertir su mundo en un paraíso que en principio tiene que ver con la concepción cristiana de este lugar, es decir el sitio de la paz, la armonía y el bienestar, aunque en el caso de ellos, no precisamente junto a Dios. La aspiración por este paraíso conduce a dichos personajes por el camino de la lucha consigo mismos y con la sociedad, este enfrentamiento los llevará a convertirse en algo más que hombres, porque al ser los constructores de su mundo van a adquirir una condición divina, aunque sólo para sí mismos.

Mas su busca y creación del mundo perfecto se encamina por afanes completamente distintos aunque al mismo tiempo relacionados ya que ambos pretenden hallar el bienestar a partir de su propia visión del mundo y es en este momento cuando, para cumplir sus objetivos, rompen con las propuestas religiosas.

En el caso de Flora Tristán notamos que desde el inicio de la novela pretende convertirse en la salvadora del mundo, anhela ser “la mujer - mesías”, para ello decide desprenderse de mitos y tradiciones que mantienen atado al hombre; la religión y la esclavitud en el trabajo, de esta manera Madame- la- Colère, se inicia en el camino de su felicidad que intenta culminar con la creación de un paraíso.

Sus objetivos consisten en lograr la equidad entre hombres y mujeres, pobres y ricos así podemos notar que no pretende encontrar su propio bienestar sino también el de los demás. La prosperidad de su mundo la va a encontrar a partir de la buena convivencia entre lo seres, para formar así una sociedad equitativa. Comparte un poco la filosofía de Marcel sobre todo en la importancia que este pensador le concede al “Nosotros”.

El Nosotros, vivencia de la comunidad entre personas unidas, pero no fundidas, equivale al mismo ser. El nosotros precede al yo y al tú. Éstos son meras abstracciones o captaciones fragmentarias. Una persona no vive a nivel humano, hasta que encuentra a sus semejantes en el plano del ser. Cuando los trata como objetos o instrumentos, los trata como “ellos”, o “él”; pero no como a un “tú”. Saber tratar a una persona como a un “tú”, es el fruto de la propia maduración. Pero entonces, ese yo y ese tú empiezan a coexistir, a participar del “Nosotros”, que es autentico ser. “Esse est co-esse”; existir es coexistir. [2]

Esta relación de coexistencia va a dirigir a la humanidad por la senda de la libertad, pues para Flora, al igual que Marcel, lo que hace un verdadero ser al hombre es la consideración de los demás, es decir, las relaciones humanas en las cuales la aceptación de un ayuda no sólo a crear la libertad del otro, sino también la propia, y de esta forma la seguridad de una vida armoniosa.

De este modo su paraíso es compartido, incluye tanto a pobres como a ricos precisamente porque lo que anhela es la existencia de hombres, no de poseedores y poseídos, “su proyecto no presagiaba una guerra civil, sino una revolución sin sangre, de raíz cristiana, inspirada en el amor y la fraternidad”.[3] Además la libertad e igualdad que anhela no es ante Dios, sino ante el hombre, porque es en la tierra donde éste habita, donde sufre, pero también es el lugar en el cual puede surgir la felicidad, el paraíso.

Desde esta visión podemos concebir a Flora como una especie de salvadora del mundo, es decir el mesías, pero con aspecto de mujer, que al igual que Jesucristo es un ser humano con una misión divina, la redención. Aunque hay una ruptura, pues la teoría de Marcel va dirigida al análisis del matrimonio, la familia, la religión y el contacto con Dios. Para Flora, a pesar de que su lucha tiene raíces cristianas, lo anterior no entra en sus planes, éstos representan un yugo, por eso decide renunciar a la institución social que se supone es la base del bienestar humano, la familia, más específicamente el matrimonio.

Abandona los roles que la sociedad le ha atribuido a la mujer, y que la reducen a instrumento de complacencia del hombre, es de hija, esposa y madre, papeles que en el fondo la convierten en esclava.

Así vemos que Flora asume el papel del hijo de Dios, pero ella es hija de hombres, del pecado, que lejos de ser un obstáculo la elevan para convertirla en una divinidad cuya misión es ponerse al servicio de la humanidad.

Para Paul Gauguin la felicidad, en contraposición a su abuela, es individual porque desea el bienestar propio no el de los otros, la construcción de su paraíso comienza a partir del confort consigo mismo y la prosperidad para él va a encontrarse en el arte, pero para llegar a la verdadera esencia del arte y por consiguiente la verdadera felicidad se necesita dejar de lado la contaminación ideológica del mundo europeo gobernado por lo artificial y lo convencional, es por eso que toma la decisión de aislarse de la sociedad que en el fondo corrompe, y busca refugio en Tahití. Su búsqueda también está basada en la evasión de las normas, sociales, morales y religiosas. Para él la felicidad no está en la sociedad moderna, sino en el mundo primitivo donde el hombre se encuentra a sí mismo y vuelve al origen de todo, a la verdadera libertad.

“En él, como en la mente de los salvajes, lo real y lo fantástico formaban una sola realidad" [4] así comienza a erigir la senda que lo conducirá hacía el mundo de la satisfacción, hacia su paraíso.

De este modo vemos que la sociedad juega un papel significativo, es uno de los elementos que diferencian los objetivos de estos personajes. En el caso de Flora, en esta misma se halla la salvación y la felicidad mediante la buena convivencia, sin embargo para Paul es un impedimento en la construcción de su mundo perfecto, porque se rige de normas que someten al hombre a la apariencia dejando de lado su verdadera esencia.

Los otros elementos que distinguen el modo de concebir la felicidad son la sexualidad y el amor. Cada uno de ellos le da un grado de importancia o lugar en el paraíso que buscan.

Para Flora “Copular, no hacer el amor sino copular, como los cerdos o los caballos: eso hacían los hombres con las mujeres. […] “Hacer el amor”, esa ceremonia delicada, dulce en la que intervenían el corazón y los sentimientos, la sensibilidad y los instintos, en la que los dos amantes gozaban por igual, era una invención de poetas y novelistas, una fantasía que no legitimaba la pedestre realidad”. [5]

Ella piensa que el amor entre dos seres debe ser equitativo tanto el hombre como la mujer tienen el mismo derecho a disfrutar del sexo, sin embargo es una idea que está muy lejos de ser realidad en un mundo donde la fémina representa un objeto sexual y un medio de reproducción de la especie humana. El verdadero amor lo encuentra con Olympia, pero éste es un impedimento para que sus planes se lleven a cabo por eso sacrifica ese sentimiento, y una vez más como Jesucristo entrega su vida a la humanidad que al final viene ser un acto de amor con lo que se reitera que su interés no es individual. Aunque también es la misma raza humana quien la crucifica sin siquiera permitir ser salvados. Así el amor ocupa un lugar privilegiado, pero se trata de un amor por el ser humano como colectividad marcado por la igualdad y el bienestar entre todos.

Paul Gauguin por el contrario encuentra en el coito la fuerza inspiradora que le permite entrar en el mundo del arte, en su paraíso estaría entonces presente el placer carnal entre los hombres y las mujeres y no el amor hacia éstos, además este acto sexual está íntimamente relacionado con lo salvaje, probablemente la visón de “hacer el amor” de Koke, como también era nombrado, sí tendría que ver con una cópula entre cerdos o caballos, como lo dice Flora, porque según el personaje, lo salvaje y lo animalesco son parte esencial del hombre, precisamente es esto lo que lo hace verdaderamente hombre. El amor está entonces para él en el arte, pero surge del sexo por lo tanto aquí éste ocupa el primer lugar y el amor es el resultado que le causa el placer y que plasma en la pintura.

Así podemos encontrar la cuestión de la persona y el amor que Scheler, citado por Ramón Xirau, nos planteaba con respecto a ver al hombre no como individuo sino como persona.

Scheler afirma el valor del hombre personal, rico, pleno, ¿Cuál es este hombre?, ¿Qué es la persona? Es más allá del yo egoísta, madurez, conciencia y libertad. Es, en una palabra, amor. Por esto escribe Scheler el hombre es principalmente un ens amans. Un ser que ama. […] Scheler lleva acabo un análisis de las fuerzas que limitan el “orden del amor”, la principal de estas fuerzas limitadoras es el resentimiento. […] En el mundo moderno este resentimiento ha querido superarse en las formas del “altruismo”, del “humanitarismo”. El amor humanitario lejos de ser una entrega amorosa es una forma desviada de querer a los demás para hacerse querer, una forma de amar para ser amado… [6]

Al parecer Flora Tristán sí logra ver a sus semejantes como personas, como seres que aman, por eso quiere el bienestar para ellos, por el contrario Gauguin, en el caso de la mujer, ve en ella sólo un objeto de satisfacción, aunque también de inspiración. No percibe a la persona como portadora de valores, porque para él éstas esclavizan al hombre, por lo tanto ama para ser amado, porque en su paraíso el debe ser el centro de atención, el beneficio debe recaer sólo en él porque es por sí mismo el motivo de su lucha y la idealización de su paraíso.

También debemos notar que en esta búsqueda la religión para los personajes solo va a servir como un escalón mediante el cual intentan alcanzar su propósito. En el caso de Tristán sabe perfectamente que la iglesia es la principal movilizadora de la humanidad e intenta recurrir a ella para conseguir que la escuchen, sin embargo termina por ser repudiada ya que sus ideas van en contra de las de Dios. El caso de Paul, es hasta cierto punto hipócrita, ya que se mezcla en la religión para conseguir un lugar estable donde vivir y una vez logrado su propósito termina por volverse en contra de quienes creyeron en él.

Ninguno de ellos busca a Dios, es decir su felicidad no está en seguir las leyes cristianas y encontrar la vida eterna. Ambos personajes tienen claros sus ideales y es precisamente la ruptura de todas esas normas lo que les permitirá la entrada a su propio paraíso. Deberán someterse a un desprendimiento de la felicidad aparente para enfrentarse a una lucha solitaria y conseguir o descubrir la verdadera placidez.

“En la obra de Vargas, la disgregación de la familia es siempre un elemento fundamental que contribuye a hacer aún más patente la soledad de los personajes. Éstos deberán apañárselas en un mundo hostil, donde no hay padre ni madre, y donde todo dependerá de la valentía o la astucia con la que se enfrenten a la vida.” [7]

El narrador nos presenta a los personajes como seres solitarios. Desde niña, tras la muerte de Mario Tristán, su padre, Flora sufre el rechazo de la familia de éste y desde aquí comienza su soledad, une su vida a la de André Chazal quien le da bienestar e hijos pero no felicidad y decide abandonarlo, su madre entonces se convierte en su enemiga dejándola desamparada ante la ira de aquel hombre que se siente humillado. Paul Gauguin abandona también a su familia, porque necesita hallar la inspiración necesaria para crear su obra maestra, la compañía de estos seres le impide lograr sus objetivos, se ve rodeado de amigos que poco a poco van abandonándolo hasta quedar solo en las puertas de su paraíso.

En esta soledad sus únicos aliados y armas serán en el caso de Flora la palabra, que le permite dar un paso a su felicidad, la creación de la Unión Obrera, y el arte que en Paul representa el camino hacia la obra perfecta, la armonía.

Ahora bien en contraposición a la idea del paraíso corresponde hablar de la noción del infierno. Ambos personajes ambicionan su felicidad que como lo he mencionado ya, pretenden alcanzarla mediante la ruptura de reglas establecidas por el hombre. Así nos percatamos que desde el inicio su lucha parece estar perdida, porque su paraíso constituye una utopía ya que intentan crear un universo en el cual su único norma sea la libertad que haga del ser humano un hombre y no un esclavo, pero esta violencia a las reglas impide que el resto de las personas brinden su apoyo ya que ambos vienen a ser dos seres transgresores de lo establecido, pecadores. Personajes con cierto grado de locura que nadie, quizá por miedo, por vergüenza, y hasta por falta de sensibilidad ante la situación del hombre decide unirse. Esa imposibilidad constituye la desdicha y el sufrimiento por eso se convierte en un infierno.

Con respecto a Gauguin la aparición de la enfermedad impronunciable que trae consigo la pérdida de la vitalidad sexual y de la vista viene a simbolizar la destrucción de todo anhelo del paraíso y la felicidad. Al final está empeñado en reconstruir las ultimas imágenes que tiene de sus amigos, porque como Helena Establier comenta “El mundo creado por el arte […] intenta restituir el reino perdido, un reino ya no existente en ninguna parte, sólo en la fantasía” [8] su infierno ahora es la soledad y la imposibilidad de poder sentir el mundo que le daba satisfacción, debe conformarse con pintar trozos de memoria, de lo que alguna vez fue su posible paraíso.

Flora también se ve impedida para continuar su camino a la dicha. Cae enferma y por lo tanto ya no puede seguir moviendo a las masas para luchar en contra de la injusticia, allí comienza su derrota. Los dos se enfrentan a un enemigo difícil de vencer, La muerte. Además ya fallecidos son atados una vez más a las reglas de Dios y del hombre, ambos son sepultados como cristianos a pesar de que en su vida la religión jugó un papel secundario e incluso casi inexistente.

Aunque es importante mencionar que al final, después de su muerte, logran trascender, llegan a ser reconocidos como seres que pasan a la historia por sus actos de valentía. Sus muertes marcan el comienzo de un posible despertar de la consciencia, porque a fin de cuentas sus ideas no fueron tan ignoradas.

Finalmente un último aspecto muy esencial que reúne todo lo anterior es la idea del paraíso como un juego de niños que se preguntan dónde hallarlo. Parece que los protagonistas son esos pequeños que buscan una felicidad imposible de descubrir, van recorriendo caminos preguntado a todo mundo dónde está el paraíso, pero ese mismo mundo les niega la respuesta, los envían a distintas esquinas, sitios regidos por la moral y las reglas sociales y religiosas por eso no logran encontrarlo, porque para la humanidad el paraíso no se encuentra en la tierra, pues no han logrado ser felices en ésta.

De este modo vemos que Vargas Llosa coloca a dos personajes opuestos con un mismo deseo, el alcanzar un paraíso donde la felicidad sea posible para todos y no únicamente para los “rectos y justos”

El paraíso de felicidad y perfección que ambos personajes pretenden crear es terrenal, nada tiene que ver con lo divino porque al ser ellos los creadores de cada uno de sus mundos se convierten en una especie de dios humano que no va a expulsar a los habitantes de ese universo si se equivocan. En el caso del pintor los invitara a probar de los placeres porque para Koke allí está la felicidad. Por su parte Flora dejará que prueben del árbol de la sabiduría, ya que si todos son sabios serán por lo tanto iguales en un entorno armonioso. La buena nueva como diría Nietzsche es saber que la felicidad eterna no es una promesa sino una realidad que no está atada a condiciones, el reino de Dios esta en este mundo.

También comprobamos que a pesar de ser dos historias distintas ambas convergen en un solo ideal, la búsqueda de un paraíso terrenal y como seres terrestres, esa búsqueda no llega a su fin porque antes de encontrar lo anhelado se topan con la muerte. Para lograr su sueño probablemente deberían ser eternos sin embargo la mortalidad lleva a cada uno a plasmar su propia felicidad en lo que mejor saben hacer. Gauguin se refugia en la pintura porque su pensamiento plasmado en un lienzo le dará la eternidad. Flora impregna sus ideas en libros que simbolizan una escritura sagrada que debe llegar a manos de apóstoles continuadores de la misión salvadora y del paraíso en la tierra. Por lo tanto representan el comienzo de la felicidad que corresponderá al hombre seguir construyendo.

 

Notas:

[1] Jean Chavalier, Alaín Gueerbrant. Diccionario de símbolos, p. 800.

[2] Raúl Gutiérrez Sáenz. Historia de las doctrinas filosóficas, pp.199-200.

[3] Mario Vargas Llosa. El paraíso en la otra esquina, p. 23.

[4] Ibíd., p. 46

[5] Ibíd., p.74

[6] Ramón Xirau. Introducción a la historia de la filosofía, p.379

[7] Helena Establier Pérez Vargas Llosa y el nuevo arte de hacer novelas, p. 29.

[8] Ibid., p. 29.

 

Bibliografía utilizada:

Chavalier, Jean, Alaín Gueerbrant. Diccionario de los símbolos, 7ª ed., Herder, 2003.

Establier Pérez, Helena. Vargas Llosa y el nuevo arte de hacer novelas. Universidad de Alicante, 1998.

Gutiérrez Sáenz, Raúl. Historia de las doctrinas filosóficas. 28ª ed., Esfinge, Naucalpan, 1997, 225 pp.

Vargas Llosa, Mario. El paraíso en la otra esquina, Punto de lectura, México, 2004, 691 pp.

Xirau, Ramón. Introducción a la historia de la filosofía, 12ª ed., UNAM, México, 1995, 484 pp.

 

© Rosalba Medina Gómez 2011

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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