Espéculo

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Amador Palacios

Prosas Esculturales y otros poemas

  

 

Prosas Esculturales (La Naturaleza, la Música y Dios en la poesía de Amador Palacios)
Teo Serna
teoserna@terra.es

Después de Licencias de pasaje, publicado en 2007 por la Biblioteca de Autores Manchegos, nos llega la última entrega poética de Amador Palacios: Prosas esculturales y otros poemas, publicada en la Biblioteca Añil Literaria por Almud Ediciones. Este libro ha sido presentado en la “Jaima dialogante” (estudio del pintor Alfredo Martínez, en La Alameda de Cervera) de una manera totalmente autogestionada, un pelín anarquista, fuera de los circuitos “oficiales”, creando así una alternativa al inevitable discurso introductorio de concejales o ediles de turno; una alternativa en la que lo único importante es la poesía y su vehículo (en este caso un libro). Una bocanada de aire fresco y singular en el muy espeso y detenido ambiente poético de Castilla-La Mancha.

Amador Palacios, poeta inquieto y de largo recorrido, nos propone un libro compuesto en su primera mitad por poemas en prosa (Morgen y Esculturas), dejando la segunda parte (Otros poemas y Otros poemas del ciclo) para formas de versificación formalmente más habituales (que van desde el haiku hasta el soneto, pasando por el verso libre o la cuarteta).

Cabría hacer aquí una pequeña digresión sobre el concepto poema en prosa, concepto éste que nos puede llevar a confusión, cuando no a engaño. Marta Agudo y Carlos Jiménez Arribas, en la esclarecedora introducción de su antología Campo abierto, nos proponen, citando a Suzanne Bernard, tres condiciones que los poemas en prosa deben cumplir. A saber: integridad o autonomía textual, unidad y brevedad, si bien estas condiciones también pueden ser cumplidas por otras formas literarias (greguerías, aforismos, cuento breve). Son pues condiciones necesarias pero no suficientes. Hay, creo yo, otra más importante: la intencionalidad, es decir, el afán del poeta por crear esta forma expresiva y no otra. No confundir, en cualquier caso, poema en prosa con prosa poética; no confundir tampoco poema en prosa con texto que se pueda dividir en endecasílabos o alejandrinos (por decir algo) encadenados. No se trata de “desarmar un poema” para reordenarlo en párrafos y no en versos. La intencionalidad, una vez más, es determinante [1]. Esta forma literaria es más antigua de lo que podría parecer [2] y con una tradición que va desde Rimbaud (Una jornada en el infierno o Iluminaciones), Aloysius Bertrand (Gaspard de la nuit) y Lautréamont (Cantos de Maldoror) hasta Cernuda (Ocnos), J.R. Jiménez (Diario de un poeta recién casado) y, por terminar con alguien, Rafael Pérez Estrada, Ángel Crespo o Leopoldo Mª Panero. Esta forma, repito, que se opone al verso, sí, pero no a la poesía y que, desde luego, aúna la aparente contradicción de conceptos como poema y prosa, está expuesta por Amador en este libro que ya nos avisa desde su título: Prosas esculturales, con pulso firme de escultor que fabrica objetos sólidos, equilibrados, piezas con peso específico, cerradas y ricas en significados, imágenes y sensaciones no exentas de imaginario surrealista, casi automático y de corrientes filosóficas y hasta místicas.

Hay en este libro (y el propio poeta así lo reconoció) dos preocupaciones o temas principales: la naturaleza y la música. Yo agregaría otra: Dios como concepto, como aspiración o, simplemente, como entelequia. La naturaleza se nos muestra aquí ya simplemente contemplada, ya trascendida (y creo que esto es labor fundamental del poeta) siguiendo una riquísima y muy española tradición (habría que decir muy universal tradición). La naturaleza no sólo en su estado “evidente” (campos, rocas, caminos…), también la naturaleza “urbana”, la naturaleza formando parte del interior, adentrándose en casas y ciudades, siendo ya parte de un todo que se funde con el poeta. Se podrían reseñar los parajes citados: Cuenca, Toledo, Laguna Grande, Peñalara…

Unida a la naturaleza y consecuencia, en alguna manera, de ella, la música aparece impregnando al poemario de vibraciones que nos llegan de la mano de Bach, Beethoven, Satie, Schönberg o Messiaen por un recorrido emocional no como excusa decorativa, de simple telón de fondo, sino como profundo concepto que fructifica el poema, lo justifica y le da vida. La naturaleza, una vez más, unida a la música, resonante, constructora de la “música de las esferas”, que no siempre habrá de ser estelar, lejanísima, sino más cercana y humana. Reseño aquí un poemita, cercano al haiku (Cuarteta para el fin del verano) [3] en el que la música creada por las chicharras (música o ruido que flota en el aire) crea con su presencia un panorama casi pictórico con una concisión de medios admirable.

Y, en fin, Dios sobrevolando o llenándolo todo, o mejor, presenciándolo todo; quizá vaciándolo todo. Dios vengativo (El calmante aroma); buscado y cuestionado a un tiempo (De vanitate Dei); oculto (Oración en Cuenca); profano (De Apolline); conceptual (Sobre Dios); omnipotente (Inspirado en Toledo)…

Hay, en cualquier caso (o eso me parece a mí), una corriente nostálgica que recorre este poemario, como una médula que pudiera ser consecuencia lógica de la reflexión o del paso del tiempo; un afán también por trascender lo más cotidiano con su simple enumeración (Y en las lámparas bombillas de bajo consumo), convirtiendo el orden de las cosas en letanía que recompone la realidad y la sacraliza.

Quisiera resaltar dos poemas (para mí de los más conseguidos): Haiku con mucho aliento, el poema más corto, un haiku medido muy libremente y en el que la realidad se vuelve (o se envuelve en) misterio; y el poema más largo del libro: A Marlies: nada, un poema emotivo sobre la muerte donde el rápido pulso de los versos nos adentra en la cuestión que siempre angustiará al hombre: ¿qué hay después? Una respuesta firme del poeta aclara un paisaje incierto para abrir una nada que, sin embargo, contiene posos de tiempo que fue y sigue siendo, a pesar de todo, muy pálida esperanza.

Termina el libro con un poema (Ruido interior), puesto allí no casualmente, en el que el “ruido organizado” (música) cede ante el “ruido interior” (silencio), formando un acorde vacío en el que la calle se une con el firmamento (¿se podría hablar de la unión de la materia y el espíritu?) y donde, una vez más, el silencio de Dios se manifiesta en un vacío existencial que nos enfrenta a nosotros mismos. ¿Fin de todo? No. Yo creo que principio de casi todo.

 

Notas

[1] Duchamp señalaba las piezas encontradas (botelleros, urinarios…) y las convertía en Arte porque él lo decidía así. El Arte como potestad del artista.

[2] Ya se detecta en Novalis (Himnos a la noche) y en los románticos alemanes, para seguir con Wordsworth (prólogo a Baladas líricas).

[3] Guiño a Olivier Messiaen (Cuarteto para el fin de los tiempos).

 

© Teo Serna 2011

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero47/prosaes.html



Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2011