Salvar Fantasía

Miguel Escribano Cabeza

Doctorando de la UCM (Filosofía)
escribeza@hotmail.com


 

   
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Resumen: El siguiente trabajo tiene como propósito investigar el problema de las relaciones entre lo real y la ficción, cuyos efectos, las historias contadas, son esos espacios que nos habitan al mismo que tiempo que son por nosotros habitados. Nos apoyamos para ello en la primera parte del libro del alemán Michael Ende La historia interminable.
Palabras clave: Michael Ende, realidad, ficción, angustia

 

"La inocencia es ignorancia. En la inocencia no está el hombre determinado como espíritu, sino psíquicamente, en unidad inmediata con su naturalidad. El espíritu en el hombre está soñado. En este estado hay paz y reposo; pero hay al mismo tiempo otra cosa, que, sin embargo, no es guerra ni agitación -pues no hay nada con que guerrear. ¿Qué es ello? Nada. Pero, ¿qué efecto ejerce? Nada. Engendra angustia. Este es el profundo misterio de la inocencia: que es al mismo tiempo angustia. Soñando proyecta el espíritu de antemano su propia realidad; pero esta realidad es nada; y la inocencia ve continuamente ante sí esta nada. La angustia es una determinación del espíritu que ensueña y pertenece, por tanto, a la psicología. En el estado de vigilancia está puesta la distinción entre mi yo y mi no-yo; en el sueño está suspendida, en el ensueño es una nada que acusa. La realidad del espíritu representa siempre como una forma que incita su posibilidad; pero desaparece tan pronto como él echa mano a ella; es una nada que sólo angustiar puede." (S. Kierkegaard El concepto de la angustia)

Algo similar a esta inquietud, descrita de manera tan brillante por el filósofo danés Soren Kierkegaard, debía sentir Bastian Baltasar Bux (sí, un nombre raro con esas tres “B”), que así se llamaba el protagonista de La historia interminable, al leer que el mundo de Fantasía estaba amenazado por la nada. El sobreabundante imaginario ideado por el alemán Michael Ende, poblado de comerrocas, silfos, gnomos, dragones de la suerte y todo tipo de signos y símbolos fantásticos y fantasmáticos, estaba a punto de convertirse en una ficción insignificante. Tal insignificancia no resultaba extraña en la casa de los Bux, al menos desde la muerte de la madre, sentimiento que no había pasado desapercibido a Bastian, que se angustiaba enormemente al ver pasar a su padre horas enteras ante un libro sin volver siquiera una página. Lo que le estaba pasando al padre era tan inexplicable como la enfermedad de la Emperatriz Infantil, eso sí, parecía estar de una forma misteriosa relacionado con la extraña amenaza que recorría Fantasía.

Todo ello sucedía en el momento en que Bastian se acercaba a esa edad donde los hombres pierden la inocencia y, dejando de lado su niñez, la capacidad de angustiarse por nada, de ver amenazada la ficción que son. Punto donde se esclerotiza el carácter y se echa a perder todo un mundo de posibilidades abierto ante él; contagio de ese estado espectral de lo cotidiano que había tomado posesión del padre de Bastian, caído en la temporalidad común para ajustar sus cuentas bajo cargo de sí mismo, como un asno, que sólo puede ya reírse con la cabeza baja y comer de lo que le echan; malentendido “llegar a ser alguien responsable” o, como dice Bastian, contar unos acontecimientos totalmente corrientes de una vida totalmente corriente de una persona totalmente corriente.

Friedrich Nietzsche, en su libro Así habló Zaratustra, hacía acompañar de un león a las figuras del niño y del asno, completaba de esta manera la simbología con la que se servía para caracterizar cierta genealogía del carácter, o de la corrosión de éste. En la interminable historia que nos cuenta Ende también encontramos una fiera similar, una oscura criatura llamada Gmork que personifica la amenaza destructora de la nada, la denuncia entristecida de alguien que se sabe engañado por lo que ha llegado a ser, mitad hombre mitad lobo, que no por casualidad tiene su procedencia en lo real de lo que ha sido transformado en la extrañeza de una ficción endurecida. Resultaba verdaderamente angustioso verle atravesar sigilosamente los bosques convirtiendo a dentelladas a todos sus personajes en nada. Y la clave de todo el asunto la tenía Bastian, un simple niño; y la resolución del problema se encerraba en algo tan sencillo como en pronunciar un nombre. Un nombre que habría de corresponderle a la Emperatriz Infantil, un nombre nuevo para una existencia ya gastada, que empezaba a olvidarse en el ocaso de un mundo de ficción cuya desaparición implicaba paralelamente una lenta puesta de sol para la cotidianidad de nuestro mundo real, presagiando la pérdida de la luminosidad en sus cosas, la caída de su vitalidad en la paz perpetua de una senectud sentida por siempre anticipada. Necesidad de un nombre, pero no de un nombre cualquiera, no de un nombre propio, no de un nombre con el carácter de denotar la subsunción de lo para un personaje apropiado, sino uno instalado en la no correspondencia definida por una posición paradójica, no sólo porque gracias a él tenga lugar algo así como una (no)relación entre el mundo de la ficción y la realidad, sino que precisamente a través suyo se encuentra anulada la distancia y distinción entre ambos mundos, lo que quiere decir, afirmada sus diferencias más allá del criterio analógico de un todopoderoso Creador (que los enfrenta por semejanza). Nombre que se ofrece sostenido en una renovación continua de sí, en una novedad que es siempre una creación (y después destrucción, orden inverso a la dialéctica del hombrelobo), capaz de soportar todo lo posible como una fractura en el seno mismo de su propia denotación por la que se derrama. La existencia de la Emperatriz Infantil se reduce al tiempo en el que un nombre puede permanecer en la memoria de un niño o la memoria de un niño permanecer en un nombre; un tiempo más bien escaso en la levedad breve de una memoria inocente, antes de que acabe por olvidarse, una vez que ha quedado atrás el nombre y el momento del nombrar y quedamos por indistinción encerrados dentro de la ficción gobernados por su puño que todo lo iguala.

Olvido, pero... Nombrar quiere decir más que des-velar lo que hay detrás (aquello caído en olvido), interpretar lo que queda por delante (como por-venir), conocer, más bien (re)crear, el lugar que habitamos, la ficción maravillosa del cuento, como lo que es, una ilusión, un sueño. Y una ilusión no puede estar amenazada por nada, puesto que nada puede llegar a ser, no puede llegar a ser algo que no es, por ejemplo algo real, no puede suplantar la realidad. Olvido de que somos nosotros quienes hemos dado nombre a esa ficción que habitamos, que nos habita pues, en silencio escondida tras cada decisión, en silencio postergada a la espera del acto capaz de pronunciarla. Denotar la ficción como lo que es supone dar cuenta de un movimiento en las palabras, el de la significación, incapaz de comprender las cosas, pero capaz de devolver ese resto insignificante (casi nada), sin sentido, al seno de la propia ficción (o ficción propia) soportando desde sí la continua recreación de lo que es, de lo que nos sale al encuentro en el lenguaje como diferencia infranqueable.

No nos ha de extrañar que sólo un niño pueda darse cuenta de esta nada y, contra todo dictado del sentido común, salvar la situación: la imposibilidad de ajustarle las cuentas a la diferencia que sostiene la relación entre la ficción de lo dicho en las palabras y lo real que vemos en las cosas. Resultaría absurdo que el protagonista de esta historia hubiera sido un Bastian de 40 años, demasiado ocupado con sus propios asuntos, demasiado encerrado en su vida personal, demasiado humano. Su carácter hubiera despreciado el libro, no habría pasado de la primera página, si es que acaso lo hubiera abierto, lo habría visto como una sarta de mentiras, y eso es exactamente lo que ocurre (como le dice en la historia Gmork a Atreyu) cuando las ficciones se ven engullidas por la nada, que se convierten en mentiras. Las mentiras son todas iguales, es decir, nada, y hacen, como dice Gmork, que los hombres compren lo que no necesitan, odien lo que no conocen, crean lo que les hace sumisos o duden de lo que podría salvarlos. Las mentiras cansan y te van haciendo pesado y viejo, como otro de los extraños personajes del cuento, la Vetusta Morla: nada importa ya, dice la vieja tortuga, el mundo está vacío y no tiene sentido, todo se mueve en círculos como un eterno retorno de lo mismo, todo es apariencia, un juego en la nada y no hay nada más que tristeza.

Lleva toda la razón nuestra querida María Zambrano cuando al comentar el fragmento de S. Kierkegaard destaca la naturaleza del poder que posee la inocencia al verse afectada por la angustia. Posibilidad de un ser que despierta al tiempo que cae en su propia existencia desde el sueño inocente en que yace mientras todavía no es él: angustia, presentimiento dentro de la nada de la caída de la propia existencia, del despertar en el pecado de ser uno mismo. Para el niño la vida es sueño y autodenuncia de la ficción de uno mismo, por eso la angustia como posibilidad de la libertad y de la denuncia de la nada, por eso sólo los niños pueden leer libros de fantasía y tomarlos en su justa medida. Los hombres adultos, o los desprecian porque se adoran a sí mismos, o los adoran porque a sí mismo se desprecian; posturas éstas que encierran las dos enfermedades que hoy afectan a nuestra sociedad y que son fruto de una mala puesta en juego de la relación realidad-ficción: la banalidad de la basura cotidiana y el fanatismo ideológico (liquidación de la ficción y solidificación de la realidad).

Dice la Emperatriz Infantil que hay dos caminos para atravesar las fronteras entre la ficción y el mundo de los hombres. Uno es el mostrado por Gmork a Atreyu, donde la ficción se ha deformado y ha perdido su naturaleza convirtiéndose en una mentira insignificante; este es el camino erróneo, al que se ven arrastrados de esa forma horrible los seres de la ficción, cuyos mundos, al ser engullidos por la nada, pasan al mundo real confundiéndose con él, convertidos en una apariencia de nada: todo deja de tener sentido, se vuelve vacío o ciego, líquido o sólido. El camino correcto es aquél que llevan a cabo las criaturas humanas al atravesar las fronteras hacia la ficción (la inversión de la dialéctica del hombrelobo). Dice la Emperatriz Infantil: todos los que estuvieron con nosotros aprendieron algo que sólo aquí podían aprender y que los hizo volver cambiados a su mundo. Se les abrieron los ojos, porque pudieron veros con vuestra verdadera figura. Por eso pudieron ver también su mundo y a sus congéneres con otros ojos. Donde antes sólo habían encontrado lo trivial, descubrieron de pronto secretos y maravillas. Y, cuanto más rico y floreciente se hacía nuestro mundo de esta forma, tanto menos mentiras había en el suyo y tanto más perfecto era también.

La autodenuncia, que pone en marcha la angustia (ante la nada), es inocencia porque es olvido de sí y despertar en lo que nos ha creado, en lo que nos sustenta. Dice M. Zambrano que el ser "sí mismo" verdaderamente del hombre no puede hallarse si no es en el olvido de sí, sumergiéndose cada vez más en su origen, persiguiendo la infinitud de cada cosa, y no su nada, persiguiendo su derecho a ser más allá de sus actuales límites. Posibilidad de superar la situación a la que ha llegado a ser la vida suplantada por una ilusión de nada: tomar la ficción por la vida (oponerla a lo real), es decir, como mentira, es depreciar la vida; la vida toma un valor de nada, se la niega. La depreciación supone siempre una ficción: se miente y se deprecia por ficción, se opone algo a la vida por ficción, y no se toma la ficción en su justa medida, que significa el poner en evidencia la misma realidad. La distinción realidad-ficción se manifiesta (en la forma de una correspondencia, es decir, de una mentira) a partir del momento en que se agota la fuerza para inventar nuevas ficciones, cuando abandonamos la niñez y evitamos cuestionar lo que somos (por sentido común o por consciencia), cuando pasamos a ser un adulto bien acomodado.

La ficción ha de poner en evidencia al ser de la única forma en que esto es posible: representado. Pero representar aquí es atrapar un sentido sin tener que dar cuentas a nadie por ello más que a la misma vida, un sentido no analógico, una representación delirante de la imaginación y no una lógica de la representación del entendimiento. Volver a presentar, lo que parece querer decir re-presentar, es poner ante sí la presencia atrapada, no para someterla a la uniformidad de un objeto que se supone siempre el mismo bajo la supervisión del buen sentido, sino para fijar la diferencia: eso otro que no puede dejar de afirmar la ficción desde la infinita posibilidad de sí. Componer lo diferente desde el seno de la repetición interminable de un sí mismo, de una misma historia, atrapada en la distancia aparente entre la realidad y la ficción, articulación de la continua recreación de la vida que se derrama sostenida en la fractura abierta por ese resto de sinsentido que la amenaza y que vuelve inagotable el movimiento del ser. Ser es crear, es invención. La ficción deja en este juego de re-producir nada, de mentir, para conducir lo real. El modelo de la ficción se vuelve verdadero órgano de conocimiento, construcción continuada que constituye nuestro hábitat dada la angustia que denuncia su propia condición de ficción antes de convertirse en nada. Continuidad crítica donde verdaderamente la historia se vuelve un juego interminable.

 

Bibliografía

(se incluyen todas aquellas obras que directa o indirectamente han contribuido a la elaboración de este texto)

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© Miguel Escribano Cabeza 2011

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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