Silencio, desaparición y borradura
Una lectura hermenéutica del poema La huida de Marin Sorescu

José Alberto Sánchez Martínez

Universidad Autónoma Metropolitana
UAM-X (México)
palabrapajaro@hotmail.com


 

   
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Resumen: El siguiente ensayo expone tres figuras relacionadas con la condición hermenéutica heredera del romanticismo e influyentes en la identidad de la poesía contemporánea: el silencio, la desaparición y la borradura. Para ello mi trabajo recupera el poema La huida, poema central de la obra del poeta rumano Marin Sorescu. A través de este poema mi texto explora la doble dimensión de lo dicho y algunas figuras relacionadas con el artista y la creación, sostengo, que la creación es la clave de la verdadera interpretación.
Palabras clave: Marin Sorescu, silencio, desaparición, hermenéutica

 

El personaje

Marin Sorescu murió en 1996 fuertemente habitado por cirrosis y hepatitis, es un dato pedestre, pero al mismo tiempo singular, si consideramos que se trata de un poeta. Nacido rumano en 1936, sesenta años de edad le bastaron para escribir una obra poética llena de espacios de profundidad, de melancolía disfrazada, una obra intensamente lúdica, bañada por el ejercicio de la renuncia al mundo, a su sentido y moradas falsas. Aunque su trabajo esta definido y determinado por la poesía, vínculo que llevo al poeta a conocer a Octavio Paz, ésta no se agota sólo en la poesía como género, el horizonte creador de Sorescu cruza el ensayo, el teatro y la novela, versatilidad que probablemente marca el inicio entre una camada de escritores de la época por proponer la verticalidad creadora, fundamento que permite entrever el problema de no concebir reductivamente la poesía al poema: la poesía no es exclusiva del poema, mejor aún, el poema es uno de los cuerpos (formas en que/donde se manifiesta) de la poesía.

Es probable que Sorescu haya sido un poeta transversal del mundo de la creación literaria contemporánea del siglo XX, escritores peculiares para quienes la poesía constituía un signo emblemático de todo acontecer estético, quizá una idea muy romántica [1]. Pero la singularidad de esta forma de ver ha acarreado en el universo de la escritura estilos que no se limitan al poema como centro gravitacional, la poesía se hace omnipresente más allá de la estructura que la contiene, es en sí misma la génesis de la estructura que sólo hace recepción de ella como instrumento de mediación. Una diferencia peculiar con respecto a la noción romántica de la poesía, pues en el caso de Sorescu, la poesía no deviene de nadie ni de nada, sino que está ahí desde siempre: el poeta es un fantasma que no alcanza a ser aparición, debido a su constante flujo de trasmigración de lo poético. El siglo XX está marcado por esta peculiaridad de lo poético en las artes, una tensión que desplazó al poeta a un lugar invisible, de silencio y borradura. Una fractura importante, que a veces nos obliga a señalar que hay mucha poesía en las artes más allá del poema.

Sin embargo, los poemas de Marin Sorescu representan la imagen más fiel a la condición de la poesía, casi podría señalarse en voz de él: “La poesía es algo que se dirige al alma, el último reducto de la comunicación, en el que se puede vivir sin pan, pero no sin poesía” [2].

 

La huida

La obra poética de Sorescu atraviesa diversos temas, que van desde la relación con la muerte, con el juego. A menudo habla del amor, de la soledad, pero sobre todo de la cotidianidad, entendida como una realidad latente, perceptible. El universo de su poesía se encuentra poblado por un lenguaje sencillo, ampliamente dispuesto a la apropiación y reconocimiento, Sorescu tiene el don de transformar lo cotidiano en algo extraño, y esto parece ser una condición relevante, pues una de las facultades de todo poeta es devolverle su sentido de extrañeza a lo cotidiano, diferencia que lo distingue muchas veces de un filósofo. Mientras el filósofo persigue el esclarecer, el poeta reviste de disfraces; el filósofo trata de comprender la naturaleza virtual de un problema, mientras que el poeta dota de virtualidad a la naturaleza. Esta discusión diferencial entre filósofo y poeta es compleja, no se puede reducir a simples problemas de esclarecimientos y oscurecimientos, a veces la condición del poeta se cruza con la del filósofo, muchas veces la poesía en su extrañamiento de lo cotidiano, ensombrece, mientras que a veces el filósofo en su acto de comprensión virtual crea espacios de esclarecimiento poético.

¿Qué significa extrañarse de lo cotidiano? La pregunta nos arroja de golpe a una dimensión compleja, no hay ni puede haber una respuesta única. Hermenéuticamente podríamos decir que se trata de reconocer que lo cotidiano no guarda una sola dimensión de sentido y de significado, es decir, que nuestra experiencia con lo cotidiano (en hermenéutica podría ser la noción de lo textual) puede ocurrir en diferentes dimensiones: espacios de significación detrás de lo aparente significativo. El poeta dialoga con el mundo, con el universo, para propiciar el contacto con otras experiencias, experiencias olvidadas en nuestro mundo contemporáneo, coincidirían Castoriadis y Octavio Paz en ese hermoso diálogo que tuvieron sobre la insignificancia.

En la obra de Sorescu hay siempre una latencia por separarse, por tomar distancia, el poema La huida, conformado por 12 líneas en verso libre concentra y nos ilustra una de las pulsaciones temáticas muy presentes en su obra y en general por una vertiente de literatos del siglo XX: la distancia y la fuga. El poema La huida ha aparecido en algunas compilaciones que se han hecho de la obra de Sorescu, pues aún es muy difícil encontrar la obra completa traducida al español.

La huida

Un día


me levantaré del escritorio
y comenzaré a distanciarme de las palabras
de ustedes
y de las cosas, una por una.

Veré en la lejanía una montaña
e iré hacia ella
hasta que la montaña quede atrás.

Luego iré a la siga de una nube
y la nube quedará atrás.

También el sol quedará atrás
y las estrellas y todo el universo…[3]

 

La doble dimensión de lo dicho

El poema La huida esta compuesto por una radicalidad, huir de todo. Aquí Sorescu sintetiza tres temáticas que son del orden de toda su obra: el silencio, la desaparición y la borradura. Las tres aparecen en estrecha relación, el silencio es una forma de desaparecer, mientras que desaparecer es una forma del acto de borrar, las palabras aparecen siempre como trasfondo de las acciones de irse.

El silencio fue un espacio de reflexión crucial para el siglo XX, sobre todo por las manifestaciones del mundo histórico. La guerra, las dictaduras, son ejemplo de una de las condiciones del silencio. Y probablemente son también estos hechos los que decidieron en la forma de abordar el silencio en el ámbito literario y artístico-estético. Es verdad que antes de los sucesos de la posguerra influyó notablemente en la comprensión del silencio las filosofías del siglo XVIII y XIX (Romanticismo, Ilustración), donde el pensamiento neo-hermenéutico desfragmentó la verdad a través de la búsqueda del ser por medio del lenguaje. Y en ese sentido coincide el siglo XX, pues en la búsqueda por resarcir la experiencia humana posterior a la posguerra estuvo marcada por el juego de la palabra en la poesía (dadaísmo, surrealismo), derivaciones neo-románticas.

En todo este panorama, el silencio ha venido a significar la otra posibilidad, el otro gran lugar, a veces el lugar de lo no-dicho y otras el lugar de lo dicho. En el primer caso el silencio remite a ese espacio aspiracional de todo escritor, lo que no se ha dicho, valga decir que mucha reflexión del acto de la creación remite a esta concepción de lo no-dicho como el espacio de valor creativo, quien logra decir lo que no se ha dicho puede tener el don de la creatividad; en el segundo caso, el silencio representa una aspiración de renuncia, la palabra y la escritura deben aspirar al silencio, parecerse a él. De aquí se ha construido todo un principio de rebeldía y de transgresión creativa, ejemplo de ello es Bartleby quien renuncia a escribir, y su acto de silencio se convierte en una renuncia al mundo, a su vida. Bartleby es la historia del hombre que huye, que se separa del mundo, que toma distancia de todo, es en último caso, el sujeto que se borra a sí mismo: borrarse es acceder al silencio y acceder al silencio, paradójicamente, es acceder a la palabra.

En Sorescu también hay una renuncia al acto de escribir, que no puede ser entendida literalmente, se trata mejor aún de una interlocución con el silencio, del encuentro con el silencio. Para los latinos el numen estaba contenido en el espacio silencioso, el secreto que mantiene apresado el verdadero significado de lo sagrado, de ahí que el silencio sea una aspiración, no una renuncia. La huida de Sorescu es una aspiración numenica, pero también una renuncia moderna, es una contradicción estrictu sensu: para aspirar hay que renunciar. ¿Renunciar a qué, aspirar a qué? El poema de Sorescu nos muestra que hay una necesidad de apartarse del mundo y de su decir, de su manera de decirlo, y que es necesario en intento de decirlo de otro modo, para tener acceso a su ser de otro modo, retirarse. Sergio Pitol trató de reconstruir el problema de la escritura (acto de nombrar el mundo) a través de la figura de la fuga [4]: se trata de escribir fugándose. Por su parte Roberto Juarroz, poeta muy cercano hermenéuticamente a Sorescu y a Pitol escribió: “Para leer lo que quiero leer/ tendría que escribirlo. / Pero no sé escribirlo. / Nadie sabe escribirlo” [5]. El silencio es el acto de desaparición del lenguaje por el encuentro de otro lenguaje, de otra significación y sentido que en apariencia no están, es un encuentro y un desencuentro con el lenguaje, distancia y cercanía.

El silencio, la desaparición y la borradura permiten dar cuenta de un lenguaje que no es el silencio, pero que tampoco es la palabra, se trata de un lenguaje (entiéndase significación, sentido) que está entre la palabra y el silencio, de ahí que sea ausencia, de ahí que sea borradura. Para saber de ese lenguaje, es necesario acceder creándolo.

 

El secreto de la ausencia

La hermenéutica ha permitido dar cuenta de la creación como proceso de interpretación, más allá incluso que la semiótica, o de forma diferente. Podríamos señalar tres grandes figuras relacionadas con la interpretación, las tres conllevan el problema del silencio y lo desaparecido como bastión de búsqueda: el texto no es lo que es sino que hay un doble decir, algo que está oculto, entre líneas.

La primera figura es la del intérprete como descifrador y comunicador, esta figura de la interpretación permite dar cuenta de la comunicación y de su sentido, una forma elemental de ver la hermenéutica, se podría llamar a esto como la figura de paso, de filtro, que permite engarzar distintos ejes de sentido en su proceso comunicativo. La segunda figura correspondería a la del traductor, es decir, proponiendo la traducción más allá de su sentido literal, traducir es en cierta medida intuir sentidos de connotación singulares de las lenguas y los lenguajes, abandonando la literalidad.

Cada texto es único y, simultáneamente, es la traducción de otro texto. Ningún texto es enteramente original porque el lenguaje mismo, en su esencia, es ya una traducción: primero, del mundo no-verbal y, después, porque cada signo y cada frase es la traducción de otro signo y de otra frase. Pero ese razonamiento puede invertirse sin perder validez: todos los textos son originales porque cada traducción es distinta. Cada traducción es, hasta cierto punto, una invención y así constituye un texto único. [6]

La traducción obliga, entonces, a tomar el sentido de la interpretación como un fenómeno de creatividad, desde luego, un tanto condicionada. Supone, hasta cierto punto, la invención de un acto de comunicación que no esta presente en la literalidad del lenguaje. Al mismo tiempo, en la traducción, se trata de ir hacia un lenguaje borrado por lo literal, desaparecido: escribir es hacer aparecer. Lo que aparece es su sentido semántico de la lengua, nunca su literalidad, la cual, valga señalar, es sacrificada. Traducir es sacrificar. Se trata de un sacrificio en su máxima expresión, sacrificio como límite, que puede ser reducción de sentido o ganancia de sentido: toda lengua y lenguaje es siempre estar frente a una frontera. ¿Cómo traducir lo que está del otro lado del texto sin destruir el texto?

La tercera figura es de un orden más complejo y tiene que ver con la pregunta sobre el límite de la interpretación. Creo que el poema La Huida de Sorescu es en sí mismo un alegato a la postura interpretativa de este orden: se trata de la figura del ejecutante. Esta figura del hermeneuta fue propuesta por George Steiner, quien se preguntó en el ensayo Presencias reales, por la creatividad como interpretación. Steiner postula que la única manera de interpretar una obra de arte es haciendo arte, pone como ejemplo la música, que cual manifestación suprema impide ser traducida, analizada o criticada, sólo su recreación mimética permite dar cuenta de su valor y significado. Un modelo así de interpretación hermenéutica obliga a huir de todo para tomar una postura de creador: la interpretación es creación por creación. Crear es dos cosas a la vez, huir, partir hacia lo ausente, y volver de lo ausente, es decir, ir hacia el no-estar, el no-ser, el no-decir, pero paradójicamente, venir del no-estar, del no-ser, del no-decir.

El ejecutante, continúa Steiner, es un actor o actriz, en su sentido más amplio, es decir, aquél que lleva la interpretación a su comprensión a través de la acción, aquél que la ejecuta,…”es un acto de aguda respuesta que hace sensible el sentido” [7]. Para llevar a cabo esta proeza, es necesario tomar distancia, distanciarse. La creatividad como ejecución es un acto de tomar distancia. Y es esta distancia la que permite construir uno de los sentidos en su connotación muy amplia de lo que se denomina crítica. Para criticar hay que distanciarse, tomar juego por la búsqueda ejecutante del sentido del mundo como texto, critico no es el periodista, el analista literario, o el científico, sino el poeta, el actor, el novelista. El hombre que crea, que interpreta el mundo tomando distancia del mismo mundo y de él mismo como parte de ese mundo, se convierte en el máximo representante de la crítica: la crítica es una manera de renunciar. Debería ser una ejecución, una acción ejecutante.

El poema La Huida de Sorescu, concentra por estas razones los elementos necesarios para hablar de la renuncia como crítica a cuatro entidades: al hombre, a las cosas, al mundo y al universo. El poema La huida habla de una extraña melancolía que culmina con una separación radical, persigue una desaparición radical, una borradura y un silencio. Si todo quedará atrás, más allá de las cosas, del hombre, del mundo y del universo, el poeta estará solo voluntariamente, en silencio, desaparecido, en la borradura de sus propias palabras.

 

Notas:

[1] Hago referencia a asunto del romanticismo, porque creo que resulta ser una de las fuentes de todos los movimientos estéticos posteriores, nociones como la rebeldía, el sentido de la fuga, el problema de la desaparición, del acto de borrar como ejercicio de transgredir, y la nueva experiencia con/del silencio. Todas estas experiencias constitutivas del mundo reflexivo filosófico postestructuralista y del mundo artístico simbolista. De ahí que poetas como Sorescu y tantos otros puedan ser referidos a la noción romántica de la creación, sin dejar de señalar que existen transformaciones muy particulares dadas por la condición histórica.

[2+ Marin Sorescu. El centinela de la Galaxia. 2007, p. 10.

[3] Ibidem; p. 21.

[4] Véase Sergio Pitol. El arte de la fuga. 1995.

[5] Roberto Juarroz. Undécima poesía vertical. 1988, p. 37.

[6] Octavio Paz. Traducción: literatura y literalidad. 1990, p. 13.

[7] George Steiner. Presencias Reales.2002, p. 19.

 

Bibliografía

Juarroz, Roberto. Undécima poesía vertical. Pre-textos, España, 1988.

Paz, Octavio. Traducción: literatura y literalidad. Tusquets, España, 1990.

Pitol, Sergio. El arte de la fuga. Era, México, 1995.

Sorescu, Marin. El centinela de la Galaxia. UAM, México, 2007.

Steiner, George. Presencias Reales. Destino, España, 2002.

 

© José Alberto Sánchez Martínez 2011

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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