El Gran Río de las Amazonas: Relatos del desengaño (siglo XVI)1

María Jesús Benites

Facultad de Filosofía y Letras - UNT
CONICET


 

   
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Resumen: Este trabajo recupera escritos que refieren los sucesos de aquel viaje. La Relación del nuevo descubrimiento del famoso río Grande que descubrió por muy gran ventura el capitán Francisco de Orellana escrita por fray Gaspar de Carvajal -quien acompañó entre enero y septiembre de 1542 al Capitán en su periplo por el Río- se transforma en la matriz de nuevos textos como los de Toribio de Ortiguera y Gonzalo Fernández de Oviedo.
Propongo un acercamiento a los escritos sobre el viaje de Orellana ya que en ellas se entrecruzan posturas diversas pero que tienen como objetivo común desmontar y reconstruir (en algunos casos apelando a lo que identifico como una retórica del silencio) algunos momentos de la travesía. Me interesa de manera particular detenerme en el encuentro con las amazonas, episodio que se expande en su significación y en cuyos matices se infieren diversas concepciones de la tarea historiográfica.
Palabras clave: Orellana. Fray Gaspar de Carvajal

 

No veo por qué cincuenta españoles valientes
han de tenerles miedo a unas mujeres que viven solas,
sin hombres, en la espesura de una selva bárbara.
El país de la canela. William Ospina, p. 232.

Oiga ahora sumariamente esta otra navegación
y después que la haya oído juzgue si es de más
estimarse y espantar.

En este fragmento de la carta que Gonzalo Fernández de Oviedo escribe al cardenal Bembo [2] el cronista anticipa el relato de uno de los viajes más motivadores e ilusorios entre la infinidad de travesías que emprendieron los españoles durante el siglo XVI. Oviedo retoma el viaje que en 1539 Gonzalo Pizarro, secundado por las huestes del extremeño Francisco de Orellana, comenzó en Quito en busca del País de la Canela y un de reino generoso en oro, plata y piedras preciosas: El Dorado.

El único botín fue el de la desilusión y amargura: la provincia de la canela no era más que un grupo de árboles dispersos en una superficie frondosa e inexpugnable; el tan anunciado Dorado no más que otra quimera. Luego de meses de caminata, en la confluencia de los Ríos Napo y Coca, se construyó un bergantín con la finalidad de navegar río abajo en busca provisiones. Orellana, designado Capitán de la expedición tenía un plazo de doce días para retornar con bastimentos … Pero jamás volvió y las contingencias históricas sumaron a Pizarro una nueva decepción: el descubrimiento que sí aguardaba a Orellana y sus hombres era el de uno de los ríos más caudalosos y extensos del planeta y el de una selva cuya misteriosa impenetrabilidad haría resurgir la ilusión de riquezas.

Luego de un penoso retorno Pizarro no escatimó improperios. En una carta dirigida al Rey califica a Orellana de “ido y alzado” y refiere que “se fue por el río sin dejar ningún proveimiento, dejando tan solamente las señales y cortaduras de cómo habían saltado en tierra y estado en las juntas y en otras partes, sin haber parecido ni nueva de él fasta ahora, usando con todo el real de la mayor crueldad que infieles ningunos usaran, viéndole quedar tan desproveído de comida como metido en tan gran despoblado y entre tan grandes ríos” (En Toribio de Medina, p. 149).

Este trabajo recupera escritos que refieren los sucesos de aquel viaje. La Relación del nuevo descubrimiento del famoso río Grande que descubrió por muy gran ventura el capitán Francisco de Orellana [3] escrita por fray Gaspar de Carvajal -quien acompañó entre enero y septiembre de 1542 al Capitán en su periplo por el Río- se transforma en la matriz de nuevos textos como los de Toribio de Ortiguera y Gonzalo Fernández de Oviedo.

Propongo un acercamiento a los escritos sobre el viaje de Orellana ya que en ellas se entrecruzan posturas diversas pero que tienen como objetivo común desmontar y reconstruir (en algunos casos apelando a lo que identifico como una retórica del silencio) algunos momentos de la travesía. Me interesa de manera particular detenerme en el encuentro con las amazonas, episodio que se expande en su significación y en cuyos matices se infieren diversas concepciones de la tarea historiográfica.

 

I - El fraile Fray Gaspar de Carvajal:

“…el que hubiese de bajar a la tierra de estas mujeres [las amazonas] había de ir de muchacho y volver viejo”.
Fray Gaspar de Carvajal

Si bien el texto de Carvajal es el único testimonio directo del viaje permaneció inédito hasta 1894, año en que José Toribio Medina lo incorporó a su Descubrimiento del Río de las Amazonas.[4] Aunque el fraile no revela en su escritura una erudita formación humanística ni científica [5], su presencia “como testigo de vista y hombre a quien dios quiso dar parte en un tan nuevo y nunca visto descubrimiento” (p. 2) es fundamental ante el silencio del resto de los miembros de la empresa. Ninguno de los otros expedicionarios dejó una declaración ni solicitó a su regreso compensaciones materiales en las tan frecuentes relaciones de servicios [6]. El silencio de los sobrevivientes y las acusaciones de traición que Pizarro esgrimió contra Orellana y sus compañeros, transforman el escrito del fraile en un valioso documento.

No hay registros en el texto de Carvajal de una obligatoriedad pre - existente que dé origen a la escritura. El narrador, desde una afirmada primera persona, opta por un tú indefinido al que refiere e informa las peripecias de la travesía. En esta escritura sin “pre-textos” la operación discursiva predominante es la narración del discurrir en un entorno geográfico amenazante y opresivo. El narrador se vincula emocionalmente con el espacio y esa vivencia está mediatizada por el asombro y el temor. Los sucesos o peligros que emanan de la costa son referidos desde un punto físico concreto: el barco.

Desde allí Carvajal reedita la operación comparatista de Colón. Los elementos que destaca son aquellos que precisamente tienen un antecedente o remiten a su contexto. Al no encontrar similitudes en el paisaje Carvajal lo silencia a tal punto que en su descripción de una naturaleza exuberante ni una sola vez se utiliza la palabra “verde” o sus derivados. Ante esto no sorprende que tampoco aparezca el término “selva” para calificar el entorno geográfico que lo rodea. [7]

Es por esto que hablo de una “retórica del silencio”. Si bien el concepto parece encerrar una contradicción, lo interpreto como un instrumento que permite delimitar en los textos aquellos intersticios donde algunos aspectos están ausentes pero sólo de modo parcial ya que implican una operación de silenciamiento. Son tácitos hasta cierto punto porque sobre ellos se ha ejercido una borradura. Es difícil llegar a esta afirmación ya que conlleva el trabajo con aquello que “debiera haberse dicho”; la pregunta se orienta a los porqué de esa ausencia.

En Carvajal las referencias al sufrimiento, tan propias de los relatos de viajes, se apoderan del texto. La mirada sobre un referente nunca antes transitado por españoles, se focaliza en el infortunio y las carencias: “Porque nosotros no teníamos piloto, ni aguja, ni carta ninguna de navegar y ni sabíamos por que parte o a qué cabo habíamos de llegar” (p. 43). El sufrimiento desplaza toda actitud contemplativa científica; es más importante la anécdota que el paisaje: los bordes son misteriosos y los indígenas si no permanecen ocultos se acercan en canoas. Siempre desde la proa Orellana negocia alimentos y descanso, entrega los rescates y recibe obsequios que revitalizan la imaginación y la avidez de fortuna: “Y venían con sus joyas y patenas de oro, y jamás el Capitán consintió tomar nada, ni aun solamente mirarlo, porque los indios no entendiesen que lo teníamos en algo, y mientras más en esto nos descuidábamos, más oro se echaban a cuestas” (p.3).

Gaspar de Carvajal escribe porque necesita brindar su versión de los sucesos en el marco de una empresa conflictiva. Su credibilidad se sustenta en ser calidad de testigo de vista y se vuelca hacia lo narrativo dosificando temporalmente el fluir de la navegación hasta alcanzar el punto culminante del relato, al que se llega tras progresivos anuncios: “pero ellos se rieron y hacían burla de nosotros e se nos acercaban y decían que anduviésemos y que allí abajo nos aguardaban y que allí nos habían de tomar a todos y llevar a las Amazonas” (p. 31).

Las noticias y detalles que sobre ellas brindan los indígenas avivan la ilusión de posibles riquezas ocultas. Su presencia en el texto es descripta duplicando los términos de la tradición occidental: destreza en el manejo del arco y la flecha, apariencia física, las relaciones de sojuzgamiento que mantienen con los hombres:

Han de saber que ellos [los indios] son sujetos y tributarios de las amazonas, y sabida nuestra venida, vanles a pedir socorro y vinieron hasta diez o doce, que estas vimos nosotros, que andaban peleando delante de todos los indios como capitanas y peleaban ellas tan animosamente que los indios no osaban volver las espaldas, y al que las volvía delante de nosotros le mataban a palos, y esta es la causa por donde los indios se defendían tanto (pp. 31-32).

El texto reproduce, escénicamente, una “entrevista” entre Orellana y un indígena que refuerza la existencia concreta e histórica de un mito:

El capitán el preguntó si estas mujeres eran casadas: el indio dijo que no. (…) el capitán le preguntó si estas mujeres parían; el indio dijo que sí. (…) Dijo que hay muy grandísima riqueza de oro y plata, y que todas las señoras principales y de manera que no es otro su servicio sino oro y plata (…) y que en estas casas tiene muchos ídolos de oro y plata en figura de mujeres, y mucha cantería de oro y de plata para el servicio del sol (pp- 35-36).

Un hallazgo de estas características justifica una tarea escrituraria que además ampare y diluya las sospechas de traición. Es por esto que el fraile defiende con tenaz convencimiento la veracidad de lo narrado: “El suceso de nuestro camino y navegación, así para decirla y notificar la verdad en todo ello como para quitar ocasiones a muchas que quieran contar ésta, nuestra peregrinación, o al reveces de cómo los hemos pasado y visto, y es verdad todo lo que yo he escrito y contado” (p. 44).

 

II- El cronista oficial Gonzalo Fernández de Oviedo:

Destas mugeres siempre truximos muy grand noticia en todo este viaje, e antes que saliésemos del real de Gonzalo Pizarrro se tenía por cierto que avía este señorío destas mugeres. Y entre nosotros las llamamos amazonas impropriamente.

La “Relación del famossisimo e muy poderoso río llamado el Marañon, que el capitán Francisco de Orellana e otros hidalgos navegaron por el cual andovieron ocho meses hasta llegar a tierra de chripstianos más de dos mill leguas” integra el ambicioso proyecto de Historia General de Indias y fue editado por primera vez en 1896?. Ya desde el título se advierte el tono grandilocuente de Oviedo quien estuvo en contacto con Carvajal en Santo Domingo en diciembre de 1542.

El texto del cronista es, en apariencia, una declaración de Carvajal quien en primera persona refiere, respetando la cronología, los mismos sucesos de su propio relato de viaje. Pero Oviedo no se encasilla en el papel de mero transcriptor de la palabra de otro. Entre las escrituras de Oviedo y Carvajal se establecen vínculos textuales. Y precisamente prefiero hablar de vínculos antes que de inter-textualidad porque lo vinculante supone, desde mi punto de vista, una sujeción. Por esta causa las relaciones entre los textos son recíprocas: Oviedo está sujeto a la escritura de Carvajal, así como la aquél queda sujetada, presa de la Oviedo. Pero esa sujeción no limita la impronta protagónica del cronista oficial quien se apropia del relato del fraile introduciendo matices y sutilezas.

La Relación se abre con una justificación que expone el propósito de la escritura: Oviedo se representa como una voz autorizada que al escribir rescata del “olvido” un hecho notable para inscribirlo en la “memoria” porque “no cumpliría yo con mi consciencia, dexando de dar esta particular noticia” (p. 1). Estas aseveraciones iniciales brindan al texto además un tono reinvidicativo y jurídico que contribuye a legitimar el lugar de saber que ocupa el autor.

Es en esta suerte de prólogo donde el cronista despliega su formación letrada, mencionando autores como Tito Livio y haciendo referencia a citas eruditas. Así anticipa las mediaciones, no explicitadas, que ejercerá sobre el relato del religioso. Queda clara la su posición de historiador que se parangona, apelando al recurso de la falsa modestia, con aquellos que “necesidad tovieron de ser informados de quien pudo testificar de vista lo que ellos con elegantes letras e pulido estilo sacaron a luz” (p. 1).

Promete un texto basado en fuentes fidedignas, en un testigo de vista y en una experiencia propia que evitará el ser engañado ya que si bien reconoce “no lo he podido ver todo por mi persona” ha viajado y recorrido territorios ignotos. Así Oviedo, ajeno al espacio limitado y limitante del barco presenta, en oposición al descolorido relato de Carvajal, una mirada del entorno geográfico vivaz y de intenso carácter descriptivo - visual: “e desde aqueste pueblo adelante vimos grandes señales de savanas e tierra desolada de árboles, porque en la costa del río avía plantas e hierbas que seulen nascer en los prados e savanas”. (p. 47) [8]

Un suceso medular en el texto es el encuentro con las mujeres guerreras. Como para Oviedo escribir es casi un acto jurídico, lo más importante es la veracidad de lo dicho. La presencia de Amazonas tiene un valor representativo en sí mismo, que Carvajal use ese nombre para designarlas genera en el cronista cierta incomodidad. El propio cronista se encarga de aclarar o salvar esa asociación. Esas mujeres en medio de la selva aluden a algo más (oro, riquezas, el anticipo o custodias del hombre dorado). Oviedo no cuestiona la presencia de mujeres fabulosas, el problema radica en la precisión de los datos, no refuerza ni atempera la versión, la reproduce pero su tarea de historiador lo lleva a “corregir” el rótulo y advertir al lector: “E podrá parecer grand novedad al lector que viere esta mi relacion, digo para mi descargo que yo hablo lo que ví ” (Las cursivas son mías, p. 30) y agrega: “Y entre nosotros las llamamos amazonas impropriamente; porque amazona quiere decir en lengua griega sin teta; e las que propriamente se llamaron amazonas quemánbanles la teta derecha, porque no tuviessen impedimento para tirar con el arco, como más largo lo escribe Justino. Más aquestas, de quien aquí tractamos, aunque usan el arco no se cortan la tata ni se la queman e por tanto no pueden ser llamadas amazonas” (p. 55). (Cursivas son mías) .

 

III El Alcalde Toribio de Ortiguera.

“Y si mi torpe lengua y manera de proceder en esta pequeña obra no diere tanto sabor como yo deseo, recíbase la voluntad como de quien la ha deseado guisar al gusto y paladar de todos…” (p. 34).
Toribio de Ortiguera

Con esta apelación a la captatio benevolencia, Toribio de Ortiguera invita a “saborear” su Jornada del Río Marañon firmada en el Nuevo Mundo entre 1581 y 1586 mientras ejercía el cargo de Alcalde de la ciudad de Quito. El texto tiene un destinatario concreto: Felipe III para quien se emprende la tarea de escritura [9]. Dada la asimetría que lo separa de su interlocutor, el narrador se presenta afirmando que en 1561 estuvo en Nombre de Dios al servicio de Felipe II; que combatió contra Lope de Aguirre y que en 1562 pasó a Panamá y luchó para sofocar la rebelión de Rodrigo Méndez y de Francisco de Santisteban. Todos servicios que confirman un alto grado de lealtad y vasallaje hacia las investiduras imperiales. Pero existe un segundo destinatario un “discreto lector” a quien promete un texto recurrente en “crueldades, pasiones y casos de muncha lástima y compasión, y todo entre españoles, los unos contra los otros” (p. 33) en directa alusión al desafortunado viaje por el río de Pedro Ursúa y Lope de Aguirre para quien no escatima los calificativos de “Ira de Dios” o “Príncipe de la libertad”. Este tipo de afirmaciones, que ponen énfasis en la recepción de la obra y en la simpatía con el lector apartan al texto del campo de lo estrictamente historiográfico.

Si bien el libro tiene como finalidad central referir la empresa guiada por Ursúa, la estructuración espacio - temporal de la “obra” relata los hechos de manera alternada, con saltos temporales que llevan al receptor a diversos escenarios y situaciones. En un capítulo se refieren los datos biográficos de Pedro de Ursúa o se brindan detalles de su expedición (1561), en otros se comenta el viaje de Gonzalo Pizarro y la travesía de Orellana (1542).

Estas estrategias revelan que para el autor el acto de escribir se traduce en un oficio. El narrador ahonda en los antecedentes de los viajes por el río Marañón y rescata en primer término el encabezado por Pizarro y el descubrimiento y la navegación hacia el mar que concreta Orellana. Allí es explícito el vínculo con el testimonio de Carvajal.

En el capítulo XIV aunque introduce la expedición: “Antes de que pasemos adelante será bien decir a que fin y efecto y por donde bajó este capitán Francisco de Orellana” lo hace como excusa textual para describir la ciudad de Quito y desplegar toda su destreza en el manejo del lenguaje y recursos retóricos. La lectura del desplazamiento espacial de los viajeros que acompañan a Orellana se inicia con un derrotero citadino por Quito. En el detalle de los avances urbanísticos Ortiguera da cuenta, de modo oblicuo, del cumplimiento de sus funciones como Alcalde. La descripción rica en matices no escatima adjetivaciones que reconstruyen el espacio para un lector distante.

Hay en esta ciudad una iglesia catedral, lindo templo de cal y canto y ladrillo, de tres naves; toda la techumbre de madera de cedro, enlazada con grande artificio; una capilla mayor de bóveda, y una torre de campanas muy alta y buena, de cal y canto y ladrillo, la más suntuosa y autorizada de cuantas hay en el Perú (…) (p. 57).

Lo descriptivo es una operación central en la escritura del funcionario. Al ser el suyo un relato diferido, el narrador es ajeno a la vivencia directa con el espacio, no hay mediaciones emocionales que lo vinculen con la geografía, y así el texto se expande hacia el detalle plástico. Si en Carvajal el lazo con el espacio estaba determinado por el miedo, aquí el entorno despierta la admiración y la pluma recurre en imágenes de alto impacto para el lector. La presencia de la mirabilia es clara ante la profusión y generosidad de una naturaleza frente a la cual no está expuesta la integridad física. El narrador detalla determinados aspectos que rescata de un conjunto; los sucesos cronológicos decaen en trascendencia frente a la descripción maravillada de la nueva realidad: Hallóse entre ellos una loza con que se sirven, muy delgada y lisa, vidriada y matizada de colores al modo de la que se hace en la China (…) (p. 62).

La progresión del hilo narrativo está sostenida, en tanto, por las secuencias donde Ortiguera acentúa el peligro que asedia a los viajeros: “Después de embarcados, los cercaron en el río más de cuatrocientas canoas y piraguas que les daban gran batería por una banda y otra, y como se viesen tan perdidos, ataron juntos los bergantines porque no les pudiesen entrar en medio”. Sin embargo hay una sugestiva omisión en el texto: el encuentro y enfrentamiento con las amazonas, suceso que despertó la codicia de numerosos aventureros. Ese encuentro con un otro distinto, que marca una ruptura entre lo conocido y lo nuevo, no ingresa al discurso. Ya sea porque el autor está supeditado a la afirmación inicial de que su texto esta basado en información fidedigna y constatable, ya por el tiempo transcurrido entre el viaje de Carvajal y la escritura Ortiguera clausura ese segmento narrativo eludiendo el relato fundante del mito en esa nueva región.

La provincia de la canela y el país del hombre dorado se transforman en el texto de Ortiguera en espacios generadores de violencia. El Alcalde silencia la presencia de las mujeres guerreras porque escribir sobre ellas es darles, una vez más, una entidad. Las maravillas de Ortiguera están en la realidad de las ciudades, en el descubrimiento de una naturaleza benigna y encantadora, en las posibilidades que abre un río pero en la amenaza que significa el hambre de codicia. El texto tiene un tono aleccionador: el cuestionado viaje de Orellana es referido como una expedición infortunada cuyo móvil y fin era la apropiación excesiva de riquezas materiales y el fin de su escritura es, como afirma el autor: “tomar buen ejemplo en cabezas ajenas, los que con buenos medios quisieron guardar las suyas, viendo el rigor, castigo y muertes que tuvieron todos o los más de los causadores de los alterados y bulliciosos pensamientos”.

 

Conclusiones

El texto de Carvajal no es sólo un pedido de informes. Tiene como finalidad la defensa ante las acusaciones de traición y abandono esgrimidas por Pizarro. Como testimonio directo de la expedición revela sensaciones como el miedo ante lo desconocido, la incertidumbre que genera un recorrido incierto, la falta de condiciones apropiadas en un entorno hostil. Carvajal rescata de ese espacio sólo lo conocido, lo semejante y por esto el descubrimiento de mujeres aguerridas, amazonas, es tratado con la misma dinámica descriptiva. Entre estas escrituras, la de Fernández de Oviedo funciona como una bisagra, si bien reproduce el episodio y la entrevista al indígena, en todo momento corrige, aclara y justifica con citas eruditas los hechos.

El texto de Ortiguera es un relato diferido y propone un vínculo textual sobre el que se ejerce una retórica del silencio. La escritura revela el recorrido por el territorio pero el vínculo emocional surge de la admiración frente a determinados sucesos sorprendentes: la variedad de frutas, el tamaño de los peces, las vestimentas de los indígenas y otros datos obtenidos de manera indirecta. De este modo, las recreaciones sobre amazonas - que recorren los relatos de viajes por el nuevo continente desde Colón - no ingresan en el mundo textual del funcionario. Carvajal abre el ciclo de las fabulaciones en la espesura de la selva y Ortiguera atento sólo a hechos concretos y constatables lo cierra.

 

Notas

[1] Este trabajo forma parte de un proyecto mayor denominado: “Escrituras imperiales de los confines: viajeros del siglo XVI (Río Amazonas)” y cuyo objetivo general es construir y analizar críticamente un corpus de textos que refieren, durante el siglo XVI, la expedición de Francisco de Orellana por el Río Amazonas. Esta investigación se desarrolla en el Instituto Interdisciplinario de Estudios Latinoamericanos (UNT) bajo la dirección de la Dra. Carmen Perilli.

[2] El original de la carta se encuentra en la Biblioteca Vaticana, en la Miscelánea Barbeniniana Latina, Número 3619

[3] “Relación que escribió fray Gaspar de Carvajal, fraile de la orden de Santo Domingo Guzmán, del nuevo descubrimiento del famoso río Grande que descubrió por muy gran ventura el capitán Francisco de Orellana desde su nacimiento hasta salir a la mar, con cincuenta y siete hombres que trajo consigo y se echó a su aventura por el dicho río, y por el nombre del Capitán que le descubrió se llamo el río de Orellana”. Se han consultado tres ediciones de la Relación que se detallan en la bibliografía. Las citas han sido extraídas de la edición de Juan Bueno Medina de 1942. Gaspar de Carvajal nació en Trujillo, Extremadura hacia 1504. En 1535 acompañó a Fray Vicente Valverde en su segundo viaje al Perú. En noviembre de 1538 Carvajal figuraba entre los fundadores de la orden Dominicana en el Perú de la que fue Provincial y Prior del Convento de Lima.

[4] El manuscrito se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid, desde el año 1961 en que fuera donado por el Duque de T'Serclaes de Tilly. Toribio de Medina se basó en el manuscrito que le facilitó la familia del Duque. En la Sala “Toribio Medina” de la Biblioteca Nacional de Chile he consultado el ejemplar Nº 79 del Descubrimiento del Río de las amazonas según la relación hasta ahora inédita preparada por Toribio Medina y publicada en Sevilla. Existe además una edición, también consultada para este trabajo, que corresponde al volumen I de la denominada Biblioteca Amazonas publicación dirigida por Raúl Reyes y Reyes y publicada en Quito.

[5] En otros relatos de viajes analizados (Antonio de Pigafetta, Juan de Ladrillero, Sarmiento de Gamboa) los expedicionarios revelan un afán de conocimiento traducido en la recopilación de datos topográficos, en la incorporación de términos indígenas, en el trazado y descripción de las costas, etc.

[6] Existe una probanza de méritos ante la justicia de la Isla Margarita realizada por Cristóbal de Segovia. La misma está fechada en octubre de 1542. Transcripta en Biblioteca Amazonas, Vol. I, pp. 164-180.

[7] Pensemos que todavía no existían mayores precisiones . Recién en el diccionario de Autoridades se registra el uso de la palabra como “lugar lleno de árboles, malezas, matas”.

[8] Este fragmento no figura en el texto de Carvajal.

[9] La obra de Toribio de Ortiguera, fue editada por Manuel Serrano y Sanz Historiadores de Indias, tomo II.

 

Fuentes consultadas

De Carvajal, Gaspar (s/d) [1541] Relación del Nuevo Descubrimiento de famoso Río Grande que descubrió por muy gran ventura el capitán Francisco de Orellana. Quito: Biblioteca Amazonas - Volumen I. Publicación Raúl Reyes y Reyes. Transcripción de Fernández de Oviedo y Toribio Medina.

—— (1942) [1541] Descubrimiento del Río de las Amazonas, Bogotá: Prensa de la Biblioteca Nacional. Edición a cargo de Juan Bueno Medina.

——- (1955) Relación del Nuevo Descubrimiento del famoso Río Grande. México: Fondo de cultura económica. Edición, introducción y notas de Jorge Hernández Millares [1541]

Ortiguera, Toribio de (1981) [1586] Jornada del Río Marañón. En Lope de Aguirre: Crónicas. 1559 - 1561. Barcelona: Elena Mampel y Neus Escandell Tur. pp. 32 - 175.

 

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© María Jesús Benites 2011

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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