Desde la literatura:
en torno al coche como icono para el tinglado posmoderno

Enrique Ferrari Nieto

Universidad de Extremadura


 

   
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Resumen: El coche, con más de un siglo de vida, desde su presentación pública en 1889, en la Exposición Universal de París, es una imagen única que comprende, o que acepta de buen grado, los nuevos valores que se exige cualquiera en nuestra sociedad: hedonismo e individualismo.
Palabras clave: Tecnología, postmodernidad. individuo postmoderno, automóvil

 

Algo que la comunidad estética no hace en modo alguno es tejer entre sus participantes una red de responsabilidades éticas, y por tanto de compromisos a largo plazo.
Zygmunt Bauman, Comunidad

 

Es una tarea ingrata, pero a la larga inevitable: A nuestro tiempo, con los rasgos que ha querido para sí, con el perfil del joven, con su entusiasmo por la moda, el deporte o la cosmética, le queda plantearse la advertencia que en 1891 le hizo Lord Henry a Dorian Gray: “Cuando se le acabe la juventud desaparecerá la belleza, y entonces descubrirá de repente que ya no le quedan más triunfos” [1]. Hace mucho (un siglo: a principios del XX o finales del XIX) que el hombre, agotado con esa veneración ciega por la seriedad, exigió otra transición que le quitase años: supo del castigo a la mujer de Lot y decidió acabar con los sedimentos de su pasado, que no quiso reconocer como suyos. Porque su salvación tenía que ser una juventud apasionada y perenne: el culto al cuerpo y el desprecio por los antiguos valores que hicieron incluso del trabajo una vocación. Una nueva era llamada postindustrial, que alimenta también una conciencia que hemos llamado posmoderna, ha apostado por la ausencia de maestros, por lo efímero, sobre las ruinas de la fe en una racionalidad que se alimentaba de la falta de movimiento. Se vive ahora -escribe Bauman [2]- en un torbellino, sin puntos de referencia constantes. La exaltación de lo individual como un derecho inalienable ha terminado con la tradición, porque no se acepta ningún límite al desarrollo de la iniciativa propia. Los grandes sistemas que buscaron un sentido a la vida, y con ellos sus normas, fueron desacreditados -en sintonía con la nueva técnica, con la tecnología- por procesos de personalización en los que cada sujeto tiene que establecer sus propios valores. Nada de imperativos categóricos, de principios de legislación universales y necesarios. Lo que nos pedimos ahora no son imposiciones atemporales, sino un proceso deliberativo que concluya con una asunción racional de ciertos valores, con la individualización de unas reglas de conducta determinadas.

La técnica moderna, que arranca con la Revolución Industrial, adquiere a principios del siglo pasado un protagonismo aún mayor, revolucionada de nuevo ante avances que se solapan, con las guerras, la carrera demencial por la bomba atómica y el incremento exponencial de los desplazamientos. Una posición de primacía que determina, también hoy, la actitud del hombre ante el mundo, extasiado con el movimiento. Porque la tecnología, uno de los grandes fundamentos de los tiempos modernos, ha desmoronado, con la velocidad de los medios de transporte y de comunicación, las viejas legitimaciones: las cosmovisiones que habían orientado al hombre en la acción, que han sido sustituidas por otras de carácter científico, aunque también ideológicas, que, como ha dicho Habermas [3], han convertido en fetiche todo lo vinculado a la técnica, que exige siempre novedades, sin límites que puedan impedir su progresión. Porque la técnica puede ser -como dijo un Heidegger pesimista en Darmstadt- la cadena a la que el hombre, aprendiz de brujo, rinda pleitesía: un fin más que un medio que se pavonea, por ejemplo, en la Fórmula 1, uno de sus grandes focos con el que levanta pasiones, con continuos alardes que buscan el máximo de cada máquina, más que el máximo de cada piloto: con las carreras en Francia desde 1894, en las que los coches cogían velocidades de 160 km/h, y con los motores actuales, de 3 litros de cilindros en V, que permiten hasta 900 caballos.

La tecnología, el nuevo rostro de la técnica, ofrece al hombre posibilidades casi ilimitadas (no tenemos ni idea de cuáles pueden ser los límites): que son herramientas para su bienestar, pero también la tentación de ostentaciones peligrosas (como la potencia y la velocidad en los vehículos) si no se domina. Lo que dijo Heidegger: Todo está en manejar de un modo adecuado la técnica como medio. Queremos dominarla, y urgentemente, porque cada vez es mayor la amenaza de la técnica de escapar al dominio del hombre. El lema de una marca de neumáticos acertó con eso de que la potencia sin control no sirve de nada. Como escribió Ortega en 1947: “El hombre es un animal inadaptado. […] El único instrumento que el hombre tiene para transformar este mundo es la técnica, y la física es la posibilidad de una técnica infinita. La física es, pues, el organon de la felicidad y, por ello, la instauración de la física es el hecho más importante de la historia humana. Por lo mismo, radicalmente peligroso. La capacidad de construir un mundo es inseparable de su capacidad para destruirlo.” [4] Las normativas sociales y éticas -un control racional de lo que afecta al hombre- son muchas veces incompatibles con una tecnología aséptica que las entiende como una resistencia en su progreso. Con lo que la cuestión es acertar al establecer la prioridad de unos valores sobre otros, porque la técnica, que es la suma de métodos para la humanización del mundo (al adaptarlo al hombre), puede suponer también una tiranía con la sumisión del individuo, embelesado por lo remoto de sus limitaciones. La balanza que sostiene en un brazo lo estético y en el otro lo ético se ha inclinado decididamente hacia la búsqueda de nuevas experiencias efímeras, de un placer fugaz, que en un coche, o en una moto, es la velocidad.

El coche, con más de un siglo de vida, desde su presentación pública en 1889, en la Exposición Universal de París, es una imagen única que comprende, o que acepta de buen grado, los nuevos valores que se exige cualquiera en nuestra sociedad: hedonismo e individualismo. Hacia 1930, a pesar de los esfuerzos de Alfonso XIII por motorizar a la clase media, en España no había más que unos 25.000 vehículos, uno por cada mil y pico habitantes; pero el mismo Ortega advirtió ya en el uso que algunos hacían del automóvil el paradigma de una actitud vital; de la inmoralidad general del español -dijo. Los vehículos nuevos, resplandecientes, tremendamente caros, no se usaban en los negocios, o en los viajes. El único fin de su dueño era lucirlo en sus paseos: síntoma claro de un mal que él llamó señoritismo. Un placer ahora legitimado: el exhibicionismo, como un rasgo global de nuestro tiempo. El narcisismo, ha escrito Lipovetsky [5], inaugura la posmodernidad: el individuo vive para sí mismo, justificado en una cultura hedonista que le invita a satisfacer todos sus deseos; a buscar las novedades en el culto al deseo y a su realización inmediata: es la prioridad de lo estético. Y cada día cobra más fuerza un nuevo fenómeno social: el tuning: de sintonizar en inglés: transformar los coches con mecánicas más potentes, alerones, aletas y otros complementos de colores chillones, en una exhibición extravagante y trasgresora de un modo de ver la vida. Mueve en torno al 4% de la fabricación de componentes en la industria del automóvil. En España, con 200.000 vehículos tuneados, genera unos 450 millones de euros al año [6]. Nació en los años 70 en Alemania y Estados Unidos. Y hoy casi todas las ciudades tienen su propia concentración: doscientos y pico participantes se reúnen el primer fin de semana de julio en Santibáñez de Vidriales, en Zamora, con poco más de mil habitantes: entusiastas del tuning que tienen por lo general entre 18 y 27 años, y destinan hasta el 70% de su sueldo a su afición: un porcentaje desorbitado para el que tienen una respuesta estándar: su voluntad es destacar, ser únicos en la carretera; y eso les obliga a rechazar un vehículo salido de una cadena de montaje. No entienden el coche como solo una herramienta útil para desplazarse. Es para muchos casi una justificación vital: una exhibición con alerones (o sin ellos, con otra extravagancia) que nace de una concepción tergiversada del coche, como la ortopedia que los colocaría en un nuevo nivel (más ventajoso) en sus relaciones con los demás, pero sumisos -cautivados por la técnica- a los encantos de su máquina en lo que Marcuse llamó la instrumentalización del hombre. El tuning, como fenómeno social, es la prueba explícita, aunque exagerada, de los valores actuales. Aunque un coche tuneado no implica en sí mismo un riesgo. Personalizarlo es sólo el resultado de concebir el vehículo como una prolongación de la personalidad. Un tatuaje o un piercing o una determinada forma de vestir, que tienen como fin marcar unas diferencias, supone también en el coche unas líneas determinadas. Puede ser una banalidad; sólo un capricho caro. Pero aquí las prioridades están claras: la seguridad queda muy por detrás en esa voluntad de exhibirse. Ese quererse mostrar en la carretera, marcar una distancia, tiene también otro mecanismo efectivo que estimula el tuning: la velocidad y las maniobras peligrosas, a las que acuden con frecuencia los conductores menos sensatos. Tan rápido como vivo, muero, escribió Guy Béart. Una revista de tuners de Vigo enseña -o enseñaba- periódicamente en su página web los trucos -decían sin reparar en la barbaridad- para conducir al límite: cómo aumentar la potencia de los motores para que aceleren y corran más; con bombonas de óxido nitroso, si hace falta. Eso a pesar de la certeza de que el exceso de velocidad está presente en casi todos los accidentes con víctimas mortales.

De nuevo la imagen es la de una balanza con un peso estético y otro ético, como esa escena de Rayuela en que se mezclan la deleitación por el instante y la muerte: mientras la Maga, Horacio y otros amigos se sumergen en la música y fuman, Rocamadour, el bebé enfermo de la Maga, yace muerto en su cuna; los hombres lo saben pero no dicen nada a su madre para prolongar así ese instante en el que han cedido al placer de un buen disco: “Gritar, encender la luz, armar la de mil demonios normal y obligatoria. ¿Por qué? […] ¿Para qué encender la luz y gritar si sé que no sirve para nada? Comediante, perfecto cabrón comediante. Lo más que puedo hacer es…” [7]: El tremendo esperpento de Cortázar que se repite todos los días en la carretera. Ese mismo fin de semana de 2006 en que sé que se concentraron 260 coches tuneados en Zamora, un joven de 24 años, en Burgos, mató a un niño de 8 y dejó heridas a otras dos personas. Circulaba por un tramo urbano a 150 km/h con un vehículo de 210 caballos de potencia, con la quinta velocidad metida, buscando su tope, borracho. Un golpe certero y todo terminó, como cantaba Alaska en los años de la Movida: esa muerte en plena juventud, como la última de las demostraciones de la asunción de la vida como riesgo, como una pasión irracional sin ninguna limitación. Porque, como escribió Rousseau en el Emilio, la adolescencia es un segundo nacimiento, y, como tal, doloroso, con tensiones y desequilibrios emocionales. Es una transición en la que se han perdido los puntos de referencia; en la que se descubre ese Narciso fragilizado, desestabilizado, en ambos ámbitos: el de la sociedad y el de cada joven, en el que la técnica ha jugado un papel primordial en la búsqueda de una nueva identidad, fijada simbólicamente en los chavales en los 18 años y en la posibilidad de conducir. Ese imperativo de juventud que en una escala mucho mayor ha asimilado la sociedad es también el marco de la relación que se establece en esos primeros años de conducción entre el individuo y un vehículo: un cúmulo de posibilidades desconocidas hasta entonces en un nuevo desarrollo de su papel hedonista. Entre los jóvenes existe una mayor predisposición al accidente. Cerca del 30% de los muertos en tráfico tienen menos de 25 años. Les falta experiencia. Pero también están dispuestos a aceptar más riesgos [8]. Solo la asimilación racional de su responsabilidad en la carretera -el saberse corresponsables de la seguridad de todos y de uno mismo; no elementos pasivos a los que no les queda otra que obedecer imposiciones ajenas- puede hacerlos receptivos a unas normas que reprimen actitudes temerarias que han asociado desde pequeños al coche o a la moto. Solo así, desde la conciencia del vigor de una escala de valores elemental para el control de una tecnología tan potente, se puede evitar la frustración y la rebeldía ante esas limitaciones no digeridas individualmente.

Lo malo -dijo Einstein al enterarse de la muerte del hijo de un amigo- no es tanto el número de jóvenes muertos en accidentes de tráfico, sino el no saber el porqué de estos y, por tanto, el no poder evitarlos. Las decenas de informes publicados cada año, con estudios y estadísticas, desde organismos públicos y fundaciones privadas, intentan dar una respuesta que urge, pero no es fácil. Son pequeñas soluciones parciales de un puzzle inmenso del que intuimos ya -al menos- las directrices de su solución: la concienciación individual de la responsabilidad de cada uno: las posibilidades de que cada joven -con su naturaleza específica- adopte una responsabilidad racional en una comunidad estética, con el concepto con el que Zygmunt Bauman ha explicado la sociedad postindustrial: una comunidad que no teje entre los individuos una red de responsabilidades éticas. Los vínculos sin consecuencias entre los ciudadanos impiden todo tipo de compromiso a largo plazo [9]. Es la estética, la búsqueda de experiencias intensas, y no la ética, el elemento integrador en nuestra sociedad. Lipovetsky habla de anarquía de valores: el discurso del deber ha cedido al relativismo de los valores en una época postmoralista; habla de una ola hedonista que anima a realizarse sin obstáculos. Nuestro tiempo es el de Don Juan: el de la ausencia de comunidad, porque los compromisos han sido sustituidos por encuentros efímeros. Largo me lo fías, repite siempre el Tenorio. No hay un entorno social sólido, ni un marco de referencias perdurable ni responsabilidades cívicas: nada más que la suma de instantes de cada individuo con el que queda ensartado de alguna manera un cúmulo de ataduras mínimas en lo social. Si se opta por la levedad del ser, por apartarse del mundo, solo tiene cabida lo contingente. Pero esa falta de vínculos fuertes entre los ciudadanos es la que fomenta un escepticismo que es el caldo de cultivo de la indiferencia. No hay nada objetivo; son las opciones personales las que determinan cada actuación. No hay unos fines definidos para nada. Son muy inestables y se desvanecen antes de poner los medios para alcanzarlos. Escribe Pietro Barcellona que la indiferencia del cínico contemporáneo es la perenne disponibilidad para convertirse en cómplice de cualquier cosa y a cualquier precio [10]. ¡Ah! Por doquiera que fui la razón atropellé, dice Don Juan en el cementerio, al contemplar las tumbas de todas sus víctimas. [11]

Marinetti, a comienzos del XX, reivindicaba en los manifiestos con los que inauguró el Futurismo la belleza de la velocidad: la primacía de un automóvil sobre la Victoria de Samotracia. Era el vértigo de la velocidad de las nuevas máquinas sobre las convenciones del pasado. En 1910 escriben los primeros futuristas: “¡Camaradas! Os declaramos que el triunfante progreso de las ciencias ha determinado cambios tan profundos en la humanidad que ha quedado abierto un abismo entre los dóciles esclavos del pasado y nosotros, los libres, los que confiamos en la grandeza luminosa del futuro.” [12] Ahora, mucho más tarde, la técnica no ha perdido ese poder de fascinación: un control presente en cualquier relación social que ha favorecido, en muchos casos, una actitud perversa, intransigente. En torno a 1985 Ernesto Sabato pintó obsesivamente en varias tablas a un alquimista con los ojos desorbitados y amarillentos y la piel de color verdoso, de rasgos muy marcados, junto al fuego, con alambiques y retortas en una mesa, para mostrar la nostalgia por una ciencia cercana al hombre, que emana de él y no lo olvida. Porque el dogmatismo de los siglos XVIII y XIX ha quedado atrás en las mentes de los hombres de ciencia -ahora conocen sus limitaciones-, pero el hombre de la calle, mucho menos cauto, incapaz de penetrar en el mundo abstracto de la ciencia y de su repercusión técnica, ha sustituido la razón por una fe incondicional en sus posibilidades. No hace ningún esfuerzo por comprender los avances científicos, pero se agarra a ellos con fuerza, con una confianza ciega. Es la psicología del niño mimado: la del individuo que cree que la técnica que ha recibido y que emplea cada día no es el fruto del esfuerzo de hombres geniales que lo precedieron, sino un elemento mágico que tiene como único fin satisfacer cada uno de sus deseos, sin ningún tipo de restricción. Y la técnica, capaz de rentabilizar mucho más cualquier esfuerzo e incrementar la velocidad de producción, es solo su juguete. Por eso es tan difícil que asuma, sin la distancia suficiente para conocer el verdadero valor de la técnica (su función liberadora en la producción, y no ese capricho que es como le ha sido presentada), la responsabilidad del uso racional de cualquiera de estas máquinas. Lo del niño mimado es de Ortega y Gasset, de La rebelión de las masas, que publicó, muy preocupado, en 1929: “Mimar es no limitar los deseos, dar la impresión a un ser de que todo le está permitido y a nada está obligado. La criatura sometida a este régimen no tiene la experiencia de sus propios confines. A fuerza de evitarle toda presión en derredor, todo choque con otros seres, llega a creer efectivamente que sólo él existe, y se acostumbra a no contar con los demás.”[13 El niño mimado por cada avance de la tecnología no soporta ningún tipo de limitación. Es la víctima ingenua -y cuanto más joven se es más vulnerable- de una dinámica de creación constante de necesidades que hace de él un insatisfecho irredimible, con unas expectativas que no quedan nunca totalmente saciadas para que sea receptivo a nuevas propuestas en un futuro inmediato. Ignora los mecanismos de cada aparato, pero, como un pequeño tirano, no tolera que lo que lo rodea no ceda a sus exigencias, avivadas con lo último de la tecnología. No quiere saber nada de la responsabilidad asociada al poder.

Un nuevo modo de salvación radica hoy en entregarse a las novedades, en ser receptivo a cualquier estímulo en una dinámica que invita a vivir sin detenerse ni un momento para el inventario. El hombre quiere vivir en un vórtice de sensaciones estimulantes y segregar adrenalina constantemente. La libertad es ahora la evasión de la rutina de tiempos muertos con la búsqueda de emociones excitantes, siempre nuevas, en su voluntad de escapar, con esa búsqueda constante del riesgo que es el modo de estimular una realidad que no se percibe lo suficientemente atractiva; y en la que poder perder la vida no es una preocupación. Como le sucede al protagonista de uno de los libros de Cercas: “Me aficioné a jugar con la muerte. De vez en cuando cogía el coche y conducía de forma obsesiva y temeraria durante días enteros, al azar.” [14] El exhibicionismo y el correr riesgos innecesarios -trivializar las normas de conducción- son rasgos de un escapismo que tiene en las noches del fin de semana, en el desconcierto de la juerga, el mejor de los aliados. La espontaneidad, actuar sin una previa reflexión personal, admite bien los excesos ajustados al instante, a un presente que no reconoce el pasado y no prevé el futuro, porque cuando las cosas se suceden a gran velocidad nadie puede estar seguro de nada; tampoco de sí mismo. La evasión es el plano más alejado de la responsabilidad, como una bruma en la que no se asumen las consecuencias de unos actos que muchas veces ni se recuerdan.

Es siempre la dicotomía entre la levedad y el peso de la vida: qué es mejor: ¿el peso de las responsabilidades, que hacen el ser más real, o la levedad de los actos, que apartan al hombre del mundo? En la novela de Kundera el peso, la necesidad y el valor quedan unidos: sólo aquello que es necesario tiene peso; y sólo lo que tiene peso vale. Tomás y Teresa murieron bajo el signo del peso, aplastados, cuando viajaban en su furgoneta, por un camión. Sabina, la amante de Tomás, dejó escrito en su testamento que su cuerpo debía ser incinerado y las cenizas esparcidas. Ella quería morir bajo el signo de la levedad: “Será más leve que el aire. Según Parménides esta es una transformación de lo negativo en positivo”.[15]

Lyotard, en La condición postmoderna, justificó el debilitamiento de los vínculos sociales en el agotamiento de un modelo de sociedad que tejía los motivos de su conciencia común y el paso a otro que deslegitimó todos esos hilos: “De la descomposición de los grandes relatos se sigue eso que algunos analizan como la disolución del lazo social y el paso de las colectividades sociales al estado de una masa compuesta de átomos individuales lanzados a un absurdo movimiento browniano” [16]. En esta era de lo espectacular se han perdido los puntos de referencia. Se vive sin un objetivo último, como en un flash, sin ninguna aspiración ni la adopción de unos valores sólidos e irrenunciables. Los medios de comunicación, los que han erosionado -dice Vattimo [17]- los puntos de referencia centrales, han sustituido al discurso del maestro. Hoy ya no se habla tanto de ideologías, sino de estéticas. Lo decía Lolo Rico, directora del programa de televisión más emblemático de la Movida, La bola de cristal: la cuestión era reflejar un look; no tenía ideología, pero sí una estética y la libertad que supone la cruzada contra el aburrimiento. El mundo, como se le aparecía a Johnny, el artista de jazz drogado de un cuento de Cortázar, es igual que la jalea, tembloroso; lleno de agujeros, como una esponja. En el que el individuo postmoderno -es la denuncia de Lipovetsky- está desestabilizado [18]: una anarquía de valores (al menos un relativismo muy fuerte) ha dejado a Narciso, símbolo del hombre desmotivado e inseguro, completamente solo, sin el apoyo de las normas sociales interiorizadas. Es el niño eterno de Maffesoli que vive (con el concepto de Alexander Mitscherlich) en una sociedad sin padre: sin padre, pero con muchos caballos de potencia para buscarle un sustituto.

 

Notas

[1] Oscar Wilde, p. 34.

[2] Zygmunt Bauman, Comunidad. En busca de seguridad en un mundo hostil, p. 57.

[3] Jürgen Habermas, pp. 96-97.

[4] José Ortega y Gasset, La idea de principio en Leibniz, p. 86.

[5] Gilles Lipovetsky, La era del vacío, p. 53.

[6] Ramón A. Castellà, p. 47.

[7] Julio Cortázar, p. 295.

[8] Miguel Muñoz Medina, pp. 10-11.

[9] Zygmunt Bauman, Comunidad, p. 86.

[10] Pietro Barcellona, Postmodernidad y comunidad. El regreso de la vinculación social, p. 10.

[11] José Zorrilla, p. 687.

[12] Boccioni y otros, “Manifiesto de los primeros futuristas”, en Escritos de vanguardia 1900/1945, p. 143.

[13] José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, p. 178.

[14] Cercas, Javier, pp. 194-195.

[15] Milan Kundera, p. 278.

[16] J.F. Lyotard, p. 36.

[17] Gianni Vattimo, p. 13.

[18] Gilles Lipovetsky, La era del vacío, p. 53.

 

Referencias

BARCELLONA, Pietro, Postmodernidad y comunidad. El regreso de la vinculación social. Madrid: Trotta, 1996.

BAUMAN, Zygmunt, Comunidad. En busca de seguridad en un mundo hostil. Madrid: Siglo Veintiuno, 2003.

CASTELLÀ, Ramón A., Tuning. El fenómeno del siglo XXI. Barcelona: Scyla Editores, 2005.

CERCAS, Javier, La velocidad de la luz. Barcelona: Círculo de Lectores, 2005.

CORTÁZAR, Julio, Rayuela. Madrid: Cátedra, 2000.

GONZÁLEZ GARCÍA, Ángel, CALVO SERRALLER, Francisco, y MARCHÁN FIZ, Simón (editores), Escritos de arte de vanguardia 1900/1945. Madrid: Istmo, 1999.

HABERMAS, Jürgen, Ciencia y técnica como “ideología”. Madrid: Tecnos, 1984.

KUNDERA, Milan, La insoportable levedad del ser. Barcelona: Círculo de Lectores, 1988.

LIPOVETSKY, Gilles, La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Barcelona: Anagrama, 2002.

LIPOVETSKY, Gilles, Metamorfosis de la cultura liberal. Barcelona: Anagrama, 2002.

LYOTARD, J. F., La condición postmoderna. Madrid: Cátedra, 1994.

MUÑOZ MEDINA, Miguel, Informe sobre jóvenes conductores. Madrid: Editorial MAPFRE, 1997.

ORTEGA Y GASSET, José, La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva, en Obras completas, tomo VIII. Madrid: Alianza Editorial, 1997.

ORTEGA Y GASSET, José, La rebelión de las masas, en Obras completas, tomo IV. Madrid: Alianza Editorial, 1997.

VATTIMO, Gianni, “Posmodernidad: ¿una sociedad transparente?”, en En torno a la posmodernidad. Barcelona: Anthropos, 1990.

WILDE, Oscar, El retrato de Dorian Gray. Madrid: Unidad Editorial, 1999.

ZORRILLA, José, Don Juan Tenorio, en Obras. Barcelona: Círculo de Lectores, 1993.

 

© Enrique Ferrari Nieto 2011

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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