Prácticas oclusivas:
la manipulación de las expectativas
y recepción del espectador en El eclipse de Carlos Olmos

Dr. Andrew M. Gordus

Old Dominion University


 

   
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Resumen: Este trabajo propone que la obra de Carlos Olmos El eclipse (1990) transgrede la frontera que existe entre el arte y la realidad social. Utilizando las teorías de H.R. Jauss y Patrice Pavis analiza como el director maneja las expectativas históricas del público acerca del eclipse para crear una conexión dialéctica entre la experiencia teatral y la vivida. Ejemplifica una manera eficaz de involucrar el espectador en el proceso de crear un significado de la obra y provocar un cuestionamiento de la realidad social. El eclipse produce en el espectador una pregunta implícita acerca de las formas tradicionales mexicanas de la identidad. No sólo comunica la ansiedad del momento sino también anticipa la gran agitación política y social en la sociedad mexicana de esta época.
Palabras clave: Carlos Olmos, teatro, México, El eclipse

 

Desde su primera obra, Juegos fatuos (1972), Carlos Olmos se convirtió en uno de los dramaturgos más reconocidos del teatro mexicano. Ha producido una gran variedad de obras teatrales y televisivas en cuanto a géneros y estilos. Ha sido reconocido con un número largo de premios entre ellos el Premio Juan Ruiz de Alarcón. Después de su muerte el Fondo de Cultura Económica reconocería su importancia teatral al publicar una antología de su obra teatral Teatro completo (2007) editado por Enrique Serna. De esta totalidad destaca El eclipse (1990) que se estrenó en México, D.F. en el mismo año y quedó allí durante dos años. Recibió reclamo nacional e internacional. Se puso en Nueva York y en el Teatro Repertorio Español. Es considerada una de sus mejores obras por su rica temática de los conflictos personales y nacionales pero también capta una visión muy personal del autor. Además su obra es notable por la manera que revela la inseguridad dominante del momento social en el cual toma lugar y sirve como un presagio de los conflictos sociales, políticos y culturales de los años 90 que empieza con la implementación del Tratado de Libre Comercio y la rebelión en Chiapas.

Patricia Rosas Lapátegui en su análisis de la obra Lenguas Muertas (1971) de Carlos Olmos reafirma el aviso de Juan Villegas que es importante considerar la especificidad del contexto histórico cultural en cualquier análisis de la producción teatral en Latinoamérica (Rosas 1994: 85, Villegas 1986: 70). Igual de importante es la necesidad de “considerar al destinatario como parte integral de la obra y entonces un aspecto determinante para los estudios de la misma” (Rosas 1994: 85) Yo diría que también es clave en entender la obra específica de Olmos.

Ronald Burgess observa también el diálogo entre las obras de Olmos y el momento histórico cultural. Olmos como los otros dramaturgos de su generación de los años 60 y 70 muestra una tensión entre dos realidades; una ya creada y otra ficticia (Burgess 1985: 93). La primera se basa en la realidad histórica cultural y la otra una que es inventada por los protagonistas. La tensión y el contacto entre ellas empiezan poner en cuestión el desarrollo económico de México y el producto del mismo desarrollo (Burgess 1985: 95). Se ha perdido una visión clara de la realidad en que se vive: “de su país y de lo que la nación ha llegado a ser” (Burgess 1985: 93). Al principio de los 90 en México se presencia un momento histórico cultural similar. México en esta época sentía los efectos de su creciente incorporación y apertura a un mundo globalizado a través de los medios de comunicación masivos, el comercio internacional y su participación en el Tratado de Libre Comercio (NAFTA). Significa un desmantelamiento de muchos de los soportes económicos del Estado pos-revolucionario. Esta transformación creó una serie de cambios económicos y sociales dramáticos que chocaron con los ideales y valores pos-revolucionarios que dominaban la sociedad mexicana. La abertura del país económicamente y la influencia de las corrientes culturales globales significa unos cambios dramáticos para varias partes de la nación. Es importante notar que unos tres años después del estreno de la obra vemos el inicio del TLC, el levantamiento en Chiapas y una crisis económica. Es la incertidumbre de estos cambios sociales que el eclipse presagia y representa, y que la obra de Olmos intenta dramatizar dentro de la familia. El eclipse significa el momento en que uno percibe la realidad tal como existe más que las ficciones de las que nos rodeamos como individuos, comunidades y/o naciones.

Como implica el nombre de la obra el fenómeno del eclipse tiene un papel muy importante dentro de la obra. El propósito de este ensayo será examinar este papel y cómo el eclipse está colocado y el lugar que tiene. Examinará cómo se desarrolla el significado del eclipse durante el curso de la obra y cómo añade y se relaciona con un posible significado más amplio de la obra. Se observará cómo el eclipse tiene una función en la cual permite a los personajes descubrir y vivir una identidad escondida y/o desconocida. Es otra manera de explorar esta tensión entre las varias realidades presentes dentro de la sociedad que se manifiestan a varios niveles: individual, la familia, nacional. Utilizando las teorías de la recepción de H.R. Jauss va a intentar ver cómo el texto usa el eclipse y qué posible expectación crea en el espectador. Quiere ver cómo se utiliza esta expectación para crear una pregunta implícita que señala Patrice Pavis (Pavis 1982: 75). Al encontrar esta pregunta, va a intentar descubrir si el texto proporciona una respuesta a su propia pregunta.

Las teorías de Jauss con su enfoque en las expectativas que llevan los espectadores y las creadas por la obra misma nos ofrecen un esquema por el cual es posible acercarnos a cómo Olmos construye un significado en diálogo con el espectador y el contexto histórico. Las expectativas que traen los espectadores a la obra son claves en establecer y fijar este significado. También la teoría jaussiana nos ayuda entender y destacar los medios por los cuales autores como Olmos utilizan los recursos y herramientas del teatro para iluminar la realidad social de una manera figurada y literal. Como el fenómeno del eclipse la obra teatral puede tapar o silenciar las distracciones y ruido social que nos impide ver el mundo en que vivimos. Podemos centrarnos en la posición social que ocupamos y la red de relaciones que nos enmaraña. Este conocimiento nos permite la renegociación de estas mismas relaciones.

Se puede ver cómo el eclipse funciona en términos de lo que Jauss llama "El horizonte de expectación" (Jauss 1976: 169). Es una manera de entender el intercambio entre el espectador y el texto, y cómo un texto establece un esquema dentro del cual se forma nuestra comprensión del texto. Además lo coloca dentro de una tradición literaria y sociológica (Jauss 1976: 170-171). La idea de este horizonte de expectativa es que un texto literario toma como punto de partida lo que ya ha leído el espectador, coloca al espectador en una u otra disposición emocional y crea, desde el principio, una expectativa moldeable que puede ser preservada, cambiada, desviada hacia otro punto o se puede romper esta expectación con el uso de la ironía. Esta percepción es guiada por un esquema bien marcado en el texto por ciertos signos que se pueden descubrir y señalar (Jauss 1976: 171). Según Pavis, el horizonte de expectativa se puede ver en la obra desde dos perspectivas distintas: 1) una general que tiene que ver con cómo la obra se distingue y se diferencia de la expectativa creada por otras obras de su tiempo histórico, género y temática; 2) cómo la obra va creando una expectativa específica de la obra misma. Pavis continúa argumentando que lo que plantea Jauss (y la estética de la recepción en general) se trata de la hipótesis de que cada obra es una respuesta a una pregunta implícita contenida en la obra (Pavis 1982: 75).

Esta pregunta y su respuesta se presentan en dos niveles: primero cuando la respuesta es implícitamente prescrita por el autor o el sujeto del discurso; segundo, que deja la respuesta a la actividad de comparación del espectador. En el primer caso existe la intención clara de presentar un lado binario "malo" y "bueno." La desigualdad llega al punto que el espectador elige la posición "correcta" según el director de la obra. En el segundo caso el texto presenta dos perspectivas que no son necesariamente malas o buenas, dejándole al espectador dos posibilidades entre las cuales se puede elegir una o quedarse con las dos (Pavis 1982: 85-86).

Aunque Jauss habla en términos de la literatura en general, su teoría tiene una relevancia particular en cuanto al teatro. El género dramático se presta más a este proceso continuo de crear expectativas en el espectador. En los géneros tales como la narrativa o la poesía el proceso puede variar o ser afectado por muchos factores y elementos exteriores de la obra en sí. Los géneros escritos dejan a los lectores seguir un ritmo determinado por ellos mismos. Su lectura puede ser rápida o lenta según los factores personales o ambientales donde toma lugar la lectura. Pueden entrar en el proceso interferencias del mundo exterior de la obra. La lectura también permite la oportunidad de dejar la obra durante cualquier momento y después de un tiempo determinado por el lector, retomarla. Se puede parar durante la obra para reflexionar o volver a leer lo que puede ser confuso, ambiguo o mal entendido. La libertad del lector es un elemento que puede influir o interferir con este proceso de crear expectativas en el lector. En el caso del teatro muchas de estas variables no están presentes o existen a un nivel notablemente reducido. En el teatro la obra toma lugar en un ambiente y tiempo escogido por los que ponen la obra. El espectador, al momento de empezar la obra, es atrapado por convenciones implícitas y características particulares del género que le impide la libertad de un texto escrito. Durante una representación teatral el espectador no puede interrumpir o dejar la obra sin perder parte de ella y/o molestar el público alrededor suyo. El espectador es obligado ver la obra tal como se presenta. No existe la posibilidad de cambiar el ritmo, no puede parar o repetir escenas o acción. El teatro, en contraste con los otros géneros que comunican a través de un texto escrito, goza de más control en cuanto al manejo de lo que Jauss denomina “el horizonte de expectativa”. Obviamente el uso del término literario de Jauss y el fenómeno astronómico no es una coincidencia. En el primer caso Jauss refiere a un proceso de interrupción de los constructos psicológicos/literarios sociales del lector y el segundo es una interrupción por un evento astronómico que es representativo del orden social.

Para el espectador mexicano de la obra El eclipse el título de la obra conjura varias imágenes, ideas y creencias acerca de ello. La obra misma coincidió con un eclipse total verdadero que fue visible en muchas partes del centro y norte de México. Esto dio a la obra una fuerte conexión con la vida real de los espectadores y por eso es importante que uno tenga una idea de algunas de las posibles expectativas que pueda tener el espectador al llegar a la obra. También estas mismas expectativas pueden tener una gran importancia en entender cómo actúan los personajes dentro de la obra.

En el estado de Chiapas, donde se ubica la acción de la obra, se conservan todavía muchas de las creencias tradicionales de los indígenas precolombinos. Para los pueblos precolombinos de México y Guatemala los eclipses infundieron un sentimiento de terror (Miller y Taube 1993: 84). Fueron vistos como la acción del morder del sol o de la luna según el tipo de eclipse. Creyeron que los eclipses del sol eran mucho más peligrosos que los de la luna. Entre los mayas modernos hay varias interpretaciones del significado del eclipse. Una lo ve como una batalla entre el sol y la luna. Para otros, durante un eclipse de sol, el sol es atacado por hormigas. Entre los mayas y otros pueblos, es común el mito que para las mujeres embarazadas un eclipse tiene un peligro particular. Si una mujer ve el eclipse directamente creen que le puede hacer daño al feto. Los aztecas creyeron que durante un eclipse, los demonios de las estrellas, los Tzitizimime, descendieron y consumieron la humanidad. Sacrificaron al sol los individuos que tenían el pelo y la piel más blanca con el temor de que el sol no fuera a volver al cielo y los Tzitizimime iban a descender. Los aztecas como los mayas hacían mucho ruido, gritando y tocando instrumentos musicales para disminuir el poder siniestro del eclipse. Al hacer mucho ruido los mayas pensaban que podían impedir el eclipse y las consecuencias malignas que acarrea. Es una práctica que todavía, hoy en día, es muy común (Miller y Taube 1993: 84). El eclipse total de 1991 tomó lugar durante la temporada de la representación de la obra El eclipse. Contemporánea con la obra se observaron muchos ejemplos de gente en muchas partes del país creando ruido para impedir el mal que creían que viniera. El acontecimiento teatral resonaba con el fenómeno astronómico que los espectadores estaban viviendo. Cada uno implica un cambio al orden social o tal vez el fin del mundo que conocen. Es un momento de incertidumbre en el cual las fuerzas de la luz y la oscuridad luchan para ver quien dominará. También hay que determinar si tal cambio es bueno o malo.

Al empezar la obra se encuentra el espectador ante un restaurante playero situado en la costa del estado de Chiapas con varias mesas puestas en el espacio de en frente. Hay una ventana que comunica con la cocina de la casa que está al lado derecho del restaurante. Al fondo se ven tres puertas que son cuartos para los huéspedes. Al lado izquierdo llega la arena de la playa hasta el límite del restaurante. En este playero, y la casa al lado, vive y trabaja una familia que está integrada por Doña Dominga una mujer de 60 años, Elia su hija con edad de 34 años, Mercedes de 45 años, la nuera de Doña Dominga quien ha venido a vivir a la casa de su suegra con sus dos hijos Indira (15 años) y Gerardo (25 años) después de la muerte de su esposo.

La acción empieza con Doña Dominga hablando a su hija Elia mientras ella trabaja en una máquina de coser sin escuchar. Doña Dominga le dice que durante la noche anterior no ha podido dormir por unas pesadillas que tuvo. Los describe como "sombras, voces, murmullos" (Olmos 1990: 11). Según ella estos ruidos y voces no son de este mundo. Percibe que los sueños están tratando de advertirle de algún peligro. Después de su relato el espectador queda buscando el significado de la reacción de Doña Dominga frente a sus sueños y las cosas misteriosas que le pasaron durante la noche. Se queda como Elia, quien intenta entender este enigma, y pregunta de dónde viene: “¿Del otro? ¿De los drogadictos y los borrachos” (Olmos 1990: 13)? O es posible que tenga que ver con los “gringos marijuaneros” que su hermano conoce. Por fin Doña Dominga establece la asociación entre su estado de ánimo de esta noche con el eclipse. Si el espectador ya no ha hecho la conexión aquí, el texto lo hace claramente. Para los que tienen conocimiento o comparten las creencias tradicionales de Doña Dominga evoca una expectación previa y para los que tal vez no la conozcan, el texto va modificando y construyendo una nueva. También podemos ver la reacción de Elia, no solamente como un reflejo de la reacción del espectador sino también como otra modificación a la expectativa.

Poco después aparece Mario, un hombre joven, que ha venido de la capital, México, con el pretexto de tomar fotos del eclipse. El tampoco ha podido dormir la noche anterior pero en su caso por el sonido de las olas. La descripción de su estado de ánimo durante la noche es como un eco de él de Doña Dominga. Es algo que él no sabe explicar, es una inquietud, una ansiedad que llega hasta el terror: “Me relajo cuando escucho el tumbo y el agua llegando a la playa. Pero después . . . esos instantes donde la ola vuelve a crecer, donde todo está en desorden, no sé . . . me angustian, me desesperan” (Olmos 1990: 15). Las olas para Mario tienen mucho en común con lo que siente Dominga. Da el sentido también de que parte de este miedo es por anticipar algo que va a pasar, algo indefinido pero, como Dominga, algo que siente. Su angustia y su desesperación es un resultado de este esperar, desorden e incertidumbre. Tomando lugar durante la misma noche y viniendo después de la declaración de Doña Dominga su experiencia añade y refuerza la expectación del eclipse creada por Doña Dominga.

Acerca de esta nueva expectación del eclipse, surgen también dos perspectivas distintas en relación con este mismo eclipse. El espectador es presentado con dos versiones o interpretaciones de lo que significan estos eventos. Se encuentra en una posición de tener que ir evaluando la una y la otra expuesta por los personajes.

Doña Dominga como se mencionó refleja una perspectiva tradicional. Para ella los eclipses son una señal siniestra “que nunca traen nada bueno” (Olmos 1990: 14). Igual que sus antepasados, le infunde un terror este misterioso y desconocido acontecimiento natural. Es igual que el miedo que expresa cuando habla de la noche. Es una noche donde reina la misma luna que causa el eclipse. La noche es cuando los elementos malévolos, los narcotraficantes y los borrachos salen. "Aquí la vida se acaba cuando se mete el sol" (Olmos 1990: 19). El espectador percibe una vinculación simbólica entre el eclipse, la luna y el faro [1]. La luna y el eclipse funcionan, como el faro del puerto, como avisos de un peligro presente y cercano. En el mundo de Doña Dominga los peligros del eclipse y de la luna parecen tan reales como los peligros que el faro sugiere a los marineros. Como le dice a Mario, no son "creencias", son verdades. Es la realidad, la realidad probada por sus experiencias. El eclipse es como el cometa que anunció la revolución mexicana o la ceniza y el fuego que precedió el volcán que mató a su marido y destruyó sus fincas. Cada fenómeno es un presagio de un mal que viene.

Mario presenta un contraste marcado con Doña Dominga. Aunque experimenta las mismas sensaciones que ella, su reacción frente a ellas es distinta. Para él, lo que siente es "una locura", algo inexplicable e irracional. El eclipse no le causa miedo, sino al contrario ha venido a observarlo y a fotografiarlo. Tampoco la noche no le parece tan temible. Sale a pasear por la playa con tranquilidad y se acerca al faro sin sentir ningún peligro. Casi parece que se siente atraído por el faro y la luna llena. Como le explica a Doña Dominga, el eclipse es un fenómeno natural como cualquier otro como la lluvia o la noche. Son cosas que todos viven cada día en su vida.

Se observa como al texto lleva el espectador desde un punto conocido que es el eclipse. Por supuesto el eclipse puede tener diferentes significados o expectativas pero empieza a modificar estas expectativas para deconstruirlas y, como lo explica Pavis, crear una pregunta. Es un momento de inestabilidad en el cual espectador está involucrado en un proceso de determinar qué es el eclipse, cuál es su función y su significado. El espectador tiene tres opciones: 1) la de Doña Dominga, donde el eclipse es un mal agüero un desastre o una tragedia; 2) la de Mario que ve el eclipse como un simple fenómeno natural; 3) la que ofrece una visión formada por las dos perspectivas y/o la perspectiva del espectador mismo.

Mientras contempla estas posibilidades, surge del texto otra dinámica en relación con el eclipse, la noche, y la luna que desafía y/o añade al significado que está formando. Lo impulsa reformular y esbozar otro nuevo significado. Empieza a darse cuenta de otra bifurcación de perspectivas que separa a los personajes. Es una división que el espectador ve dentro de los personajes mismos. Los personajes muestran dos distintas perspectivas de quiénes son. Ocupan dos diferentes papeles, uno que se manifiesta durante el día cuando están con la familia y cuando forman parte de ella y otro que se manifiesta sólo durante la noche o en la ausencia de la familia. Dos de los personajes donde el texto muestra esta doble perspectiva de su identidad, son Mario y Gerardo.

Frente a la familia, durante el día, Mario es un hombre joven que ha venido a este pueblo de Chiapas porque es fotógrafo y desea tomar fotos del eclipse que va a tomar lugar para luego venderlas a una revista. Es un huésped desconocido que se queda en el playero por la falta de espacio en el hotel principal del puerto. Vive y trabaja en la capital de México donde es esposo y padre de familia con un hijo, aunque su matrimonio tiene problemas y se va a divorciar.

Gerardo, hijo de Mercedes y nieto de Doña Dominga es un joven maestro de una escuela cercana. Vive y trabaja con su familia los domingos en el playero. Desde la muerte de su padre, él queda como el sostén económico principal de la familia con su trabajo de maestro y su ayuda en el playero.

Por medio de las conversaciones de los mismos personajes de lo que ha pasado la noche anterior, el espectador ve otra versión de quienes son estos dos personajes. En contraste con lo que se sabe de ellos hasta este punto, Mario es diferente de lo que parece en la presencia de la familia. Mario no es el fotógrafo que dice ser y no vino para ver el eclipse, sino para visitar a Gerardo. Intenta convencerle que debe regresar con él después del eclipse. Ellos son buenos amigos y además implica que existe entre los dos una relación sexual que se inició la noche cuando se conocieron en México D.F. El matrimonio de Mario que está a punto de terminar parece haber sido uno para mantener las apariencias. Gerardo por su parte muestra esta misma falsedad. Expresa un deseo de dejar su trabajo, su pueblo y su familia y escaparse de ellos para buscar una nueva vida, pero no puede por la obligación que siente hacia su familia.

Existe una tensión entre las dos vidas irreconciliables de estos dos personajes. Observa Núñez Noriega que hay un conflicto en el cual se centran dos códigos morales (Núñez Noriega 1994: 298). Uno que representa los valores y las ideas tradicionales acerca de roles sociales, sexuales, como padres, como hijos, y en términos religiosos. Ante la familia, específicamente Doña Dominga y Mercedes, quienes representan esta visión tradicional, se ve cómo Mario y Gerardo sienten la necesidad de conformarse a este código moral. En la ausencia de la familia existe otro que permite a los personajes dejar sus roles asignados por la sociedad tradicional, y vivir y seguir de acuerdo con sus propios deseos, sentimientos y verdad como individuo. Todos los personajes viven este conflicto de una manera u otra (Núñez Noriega 1994: 298). En el caso de Mario, él ha tomado la decisión de escoger entre las dos vidas que estuvo viviendo, rechaza el código tradicional y sigue el nuevo. Su identidad es una que asume temporalmente sólo para poder visitar a Gerardo y luego regresar a México y su vida allí. Gerardo en contraste encarna el conflicto que existe entre los dos códigos. Es debatido entre una obligación que siente por su familia y su derecho como individuo de vivir su vida según sus propios deseos (Núñez Noriega 1994: 298).

La obra establece una asociación entre el conflicto personal y la visión que ha formado del eclipse, de la luna y de la noche. Se nota que para los personajes hay momentos cuando su comportamiento se conforma a un código u otro. Como ya se comentó el código tradicional gobierna cuando los personajes están frente a la familia y los representantes de este código, Doña Dominga y Mercedes. Ejercen un poder que les obliga a los otros seguir los modelos tradicionales.

En la misma manera se ve que Mario y Gerardo se sienten libres de esta influencia bajo ciertas circunstancias. Es la noche que les da la oportunidad de escaparse de la familia. Fue una noche en un bar gay en México D.F. donde ellos se conocieron por primera vez e iniciaron su relación. Más significativo aún, es el hecho de que era durante la noche anterior, bajo esta luna llena, cuando podían mostrar la relación que existe entre ellos y dejar sus roles asignados por la sociedad. La luna llena parece ejercer su propio poder.

El sol y la luna existen en unos tiempos y espacios separados, el día y la noche. Pero dentro de la naturaleza llega un momento de un inevitable contacto entre los dos, que es un eclipse. Igual que los dos cuerpos celestiales, para los personajes, que están viviendo una vida gobernada por dos códigos morales distintos. Sin manera de reconciliar los dos, llegará un momento de lucha cuando uno va a imponerse sobre el otro. El texto crea una clara conexión entre las dos luchas que van a tomar lugar.

Al terminar el primer acto Mercedes se entera de la relación que existe entre Gerardo y Mario. Surge una tensión cuando Mercedes confronta a Mario con el hecho. Ella está horrorizada e intenta interrogarle de ello pero Mario se rebela y se niega a responder a sus preguntas. Y está aquí donde empieza el conflicto personal entre los personajes, entre el código moral que vive Gerardo aparte de su familia y el que vive dentro de su familia. Desde este momento cuando tocan los niños en la distancia sus tambores para ayudar a la luna en su batalla con el sol, refleja también la lucha entre Gerardo y Mercedes. La intensidad de los tambores va creciendo con la misma intensidad que la tensión que crece entre Gerardo y Mercedes cuando ella le pregunta acerca de su relación con Mario. La obra crea una situación en la cual se confunde la ansiedad y la inquietud producidas por los tambores y las mismas producidas por la confrontación de Mercedes y el desafío de Gerardo. Es un sentimiento que va a ir creciendo hasta llegar luego a un clímax durante el eclipse.

Con la nueva asociación que el texto hace con el eclipse y el conflicto de los dos códigos morales, surge también una nueva pregunta. Propone una pregunta que otra vez requiere que el espectador conteste qué significa el eclipse y el código que representa. Además de esto tiene que escoger cuál de las perspectivas presentadas va a aceptar. Es el eclipse, con su nuevo significado, algo que uno debe temer, el espectador es como Elia que pregunta, "¿No cree que el mal está llegando a la tierra y que no podremos defendernos de él?", o es como Mario que responde "Yo no creo en el Mal. . . . Lo más hermoso de vivir es aceptar los tiempos que nos tocan" (Olmos 1990: 29). Se ve cómo las perspectivas de los personajes en relación con la lucha de valores se van desarrollando paralelamente con las perspectivas expuestas previamente en relación con el eclipse. Sus reacciones frente a los dos fenómenos, uno natural y el otro cultural, son las mismas.

Cuando por fin aparece, el eclipse deja de ser una abstracción que es debatida y discutida por los personajes. Llega a ser algo presente que se puede ver y observar por sí mismo. La acotación del texto dramático describe la presencia del eclipse de la siguiente manera:

Acaba de iniciarse el eclipse. Es un eclipse total de sol. A medida que la luna se desliza colocándose ante el sol, la luz se va haciendo más débil y vacilante y tenues fajas de luz y sombra empiezan a jugar en ondas irregulares sobre el escenario. La luz del sol se hace extraña y espectral y, más tarde, en el momento del eclipse total, el espectador debe sentirse en medio de una noche aterradora. (Olmos 1990: 72)

El uso de la luz y de la oscuridad para visualizar el eclipse produce en el espectador el efecto de que lo que está viendo es algo sobrenatural, fuera del lugar de sus experiencias y le causa una reacción de confusión y miedo frente esta nueva escena extraña. El leve sonido de los tambores en la distancia evoca la imagen de la lucha entre el sol y la luna y recuerda al terror que les causó a los indígenas antiguos y actuales. Se refleja esta inquietud en los estados de ánimos de los personajes. Doña Dominga hace una clara asociación entre el eclipse y los acontecimientos de la noche anterior, "Así . . . así estaba el cielo en mi sueño de anoche" (Olmos 1990: 72). Lleva el espectador a una nueva interpretación de estos acontecimientos y lo liga a lo que va a pasar. Recuerda al espectador de la lucha personal que existe entre los personajes. Con la gradual disminución de la luz se ve un acercamiento de la escena hacia el espectador hasta el punto en que él se encuentra dentro de la misma noche "aterradora" que los personajes. Lo que él ha podido observar desde fuera hasta este punto, es de alguna manera vivido por él mismo. El espectador llega a ser parte de la obra y la conexión que existe entre él y los otros personajes ayuda a acercar al espectador a las mismas emociones que están viviendo los personajes. El siente la tensión, el miedo, y la ansiedad que existen y le parecen tan reales como para los personajes. La única luz en el escenario es el foco desnudo que queda visible dentro de la recámara de Mario. Brilla como un reflejo de la luna de la noche anterior y la que ahora está interponiéndose al sol. La presencia del foco entre la oscuridad del escenario destaca la acción que toma lugar en sus alrededores. También es Mario, atrae al espectador y luego va a destacar las acciones que pasan debajo de él. Es bajo esta luz, donde Gerardo se sentirá libre para seguir sus deseos y ser quién cree ser.

El eclipse en sí mismo asume una presencia que se puede señalar como más que un símbolo o más que una parte del escenario, ejerce un poder en las vidas de los personajes. Bajo su influencia ellos se comportan y se relacionan de una manera distinta. Se ve como el eclipse dentro de la obra funciona en términos de lo que Mijail Bajtin nombra lo carnavalesco. Según Bajtin lo carnavalesco ha estado ligado "a periodos de crisis, de trastorno, en la vida de la naturaleza, de la sociedad y del hombre" (Bajtin 1989: 11). Es esta misma situación que se encuentra en la obra. Es evidente la manera en la cual la obra desde el principio ha señalado este punto en la naturaleza tanto como en la vida de los personajes. También el eclipse como lo carnavalesco sirve como un mecanismo para revelar la dualidad que existe en la vida de los personajes. Hay dos mundos, un mundo que conforma a las reglas y normas de las instituciones tradicionales que gobiernan la vida cotidiana (la familia, el gobierno, la iglesia) y aparte de este existe otro que ofrece "una visión del mundo, del hombre y de las relaciones humanas totalmente diferente, deliberadamente no-oficial, exterior..." (Bajtin 1989: 11). La nueva visión va ser la que viven los jóvenes y de la que los padres no están enterados. Esto sólo será posible porque durante estos momentos hay una abolición provisional de las "relaciones jerárquicas, privilegios, reglas y tabúes" (Bajtin 1989: 15). Con la suspensión de las reglas "normales" van a reinar las leyes del eclipse/carnaval que son "las leyes de la libertad" (Bajtin 1989: 13). La libertad de actuar y comportarse según las reglas personales de cada quien. Su libertad va a permitir a los personajes rebelarse contra la tradición, mostrar su otro ser y por fin vivirlo.

Este proceso de revelación el espectador puede observarlo en todos los personajes. Doña Dominga en el momento del eclipse, lo ve a través de una radiografía de su hijo muerto Efraín. Es una acción simbólica por que la luz del eclipse le permite ver más allá de la superficie de la imagen perfecta que ha creado Doña Dominga de su hijo. Es por esta acción que ella por fin se da cuenta de las verdaderas intenciones y planes que él tenía para la familia. Se entera por el eclipse de que no era el hijo que pensaba. Comenta asombrada "Es tan extraño . . . Es como si jamás hubiera sabido quién fue mi hijo realmente . . . " (Olmos 1990: 74). Elia teme lo que le puede decir y se niega a tomar parte en este diálogo revelador del eclipse. Al ver el eclipse va a saber el estado verdadero de la relación que existe y existió con el pastor con quien tuvo una relación sexual y quien la dejó embarazada. El temor le hace voltear la cara y no ver el eclipse. Finalmente Gerardo, quien ve el eclipse directamente, se da cuenta de su situación con la familia y luego es el conocimiento que le ayuda a tomar la decisión a escaparse.

Los personajes, como el espectador, intentan buscar y entender el significado del eclipse. Entre los personajes existe un tipo de lucha para dar forma a este significado. Representan distintas perspectivas personales que se han mantenido durante el curso de la obra. Doña Dominga sigue su interpretación que le ha dado al eclipse como algo catastrófico que anuncia un mal que viene o el fin del mundo. "Un día como éste, el del juicio, el del Juicio Final . . . Así fue cuando llovió ceniza y perdimos 'La esperanza'" (Olmos 1990: 75). Es un sentimiento que comparte Mercedes con su suegra y que contrasta con el de los jóvenes. Ellos ven un punto de partida, que ofrece un cambio, una esperanza para el futuro:

GERARDO: No te alarmes. En otros puntos del planeta la vida sigue como siempre. ¡Luminosa, promisoria, magnífica!

MERCEDES: Para nosotros es una señal, un mal presagio.

GERARDO: ¡Es algo real, un canto, un regalo!

MERCEDES: ¿Y si fuera el fin del mundo?

GERARDO: ¿Y por qué no el principio de la creación? ¿Por qué pensar siempre en la amenaza, en el desastre?

MERCEDES: ¡Tú ves la procesión y no te hincas!

GERARDO: ¡Veo el prodigio tal como es! (Olmos 1990: 73)

Se puede ver esta lucha por el significado del eclipse de dos maneras. Es un último intento de Doña Dominga y Mercedes de imponer su visión del mundo. Ellas quieren que los otros acepten la verdad del mundo como la interpretan de acuerdo con la sociedad tradicional. Sin la habilidad de impedir el eclipse y los cambios que señala en las vidas de ellas, existe sólo la posibilidad de defenderse de ello al guardarlo lejos pintándolo como algo malo, negativo a lo cual uno no debe acercarse. El eclipse significa el fin del mundo en que ellas viven. El eclipse y lo que implica, con sus nuevas reglas y normas, van desplazando las tradicionales. Su base, en que han vivido todas sus vidas, desaparece y se sienten perdidas y solas. Se encuentran en un vacío que va llenándose con otra forma de vida extraña y confusa que no entienden. Esta confusión causa en ellas los sentimientos de miedo y de desesperación evidentes.

Para cada personaje la situación que vive produce la perspectiva distinta que propone. En el caso de Doña Dominga ha vivido creyendo en un ideal de su hijo. Un ideal basado en el código moral que ella vive. El ideal de que él mantenía y protegía la familia contra estas fuerzas, influencias extrañas y peligrosas que son representadas por los extranjeros y los narcotraficantes. Son ellos que causaron la muerte de su hijo y él murió defendiéndoles heroicamente del peligro cercano. Es el momento del eclipse cuando ella ve a su hijo a través del eclipse y la verdad que representa. Se da cuenta de que no era lo que por tanto tiempo creía. Como un golpe final se entera de que su hija Elia, que ha rechazado la religión de la familia por una extranjera, está embarazada por el mismo pastor que la convirtió. Ahora no sabe en qué creer, porque todas las verdades de antes han sido tumbadas y ya no existen. Para ella la angustia y la inquietud de sus sueños de la noche anterior resultan ser muy proféticos.

Se ve este mismo proceso en Mercedes con su hijo Gerardo. Él no resulta ser el ideal que ella ha creado acerca de lo que era y debe ser. En la ausencia de su marido Efraín, Gerardo tiene que tomar su papel y actuar como el hombre de la familia. Molesta por su rebeldía le grita, "¡Es el macho de mi casa y debe comportarse como tal! . . . ¿Qué no puedes buscarte una novia? ¿No puedes robarte una mujer y sentar cabeza?" (Olmos 1990: 66). Como hombre de la familia tiene ciertas responsabilidades y expectativas en la familia y la sociedad. Es durante el eclipse que ella también se da cuenta de que él nunca va a cumplir el papel que ella y la sociedad tradicional le han dado. La procesión que ella ve es una señal de la muerte de todas sus ilusiones, ilusiones de una vida que se desaparecieron con la muerte de su marido y ahora con la rebelión de su hijo. Sólo le queda la soledad, la soledad que sintió la noche anterior.

Elia queda atrapada entre los dos mundos presentes, su angustia es un resultado de la lucha interior que vemos presente entre los otros personajes. Ella como su sobrino siente la necesidad de buscar su felicidad fuera del mundo opresivo de su madre y la familia pero al mismo tiempo tiene que quedar dentro de él. Elia, soltera y embarazada no tiene la opción ni la fuerza personal de huirse. Causa una constante fricción que le resulta penosa. Se manifiesta este conflicto psicológico durante el eclipse. Por un lado se rebeló contra su familia buscando la felicidad en la figura del pastor. Igual que su sobrino se dejó llevar por sus deseos y tiene una relación sexual con el pastor que la deja embarazada. Una relación así, bajo la moral que vive la familia, es inaceptable. Ella tampoco quiere aceptar el hecho de que su relación fue así, una de deseo sin amor. Es una realidad que el eclipse le va a hacer entender. El pastor al salir le dijo, "Yo sólo dejaré de amarte el día que el sol no alumbre más en el poblado" (Olmos 1990: 51). Tiene que aceptar que lo que existía no era el amor sino una atracción física. Bajo la moral que ella tiene que vivir, una mujer no puede buscar y entregarse al placer sexual. El sexo sólo se permite dentro de un contexto matrimonial o por lo menos en uno de amor. Su terror es un reflejo del temor que tiene del futuro, un futuro representado por el niño que lleva y un futuro que la condena a vivir una vida igual que su abuela y cuñada.

La perspectiva de los jóvenes Gerardo e Indira contrasta directamente con el resto de la familia. Indira, como su hermano, ve el eclipse con el mismo optimismo. Ella no lo ve con el miedo de los mayores sino con curiosidad y esperanza. Lo acepta como algo tan natural como la relación que existe entre él y Mario. Responde a la visión apocalíptica de su abuela diciendo "¡Ah, pero mañana volverá a ser un día claro! . . . No será así" (Olmos 1990: 75).

Para Gerardo, el eclipse es un momento de apertura. No es el fin sino el principio. Un momento cuando él puede liberarse de la represión que vive con su familia y buscar lo que llama "¡La verdad! ¡Mi verdad!" (Olmos 1990: 41). Una oportunidad de explorar y encontrar nuevas posibilidades, posibilidades para descubrir "lo mejor de sí mismo" (Olmos 1990: 41), una parte que, como el extraño animal que encontró en el mar, está enterrada por la opresión de su familia. Es parte de su ser que no existe allí en el pueblo, con su familia. Núñez Noriega comenta que lo que ve en el eclipse "appears as self-fulfillment, an act of fidelity to his personal will, as he calls it -or, in a Nietzschean sense, to his self-glorification" (Núñez Noriega 1994: 299). El eclipse para Gerardo representa la libertad de realizarse como individuo, como ser humano, en todas sus facetas no sólo las permitidas por la sociedad. La relación que existe entre Gerardo y Mario, como la de Elia, desafía los roles e ideas tradicionales que existen en la sociedad. Núñez Noriega observa que los dos personajes rompen los estereotipos clásicos de la homosexualidad. Los dos, Mario y Gerardo, muestran un comportamiento que en todos sentidos puede ser calificado como típicamente masculino. La relación que existe entre los dos es una que es basada en un amor y respeto entre amigos. Su relación, en contraste con la de Elia, aparece tan natural como cualquier relación heterosexual tradicional. Presenta una perspectiva en la cual el espectador puede identificarse con el personaje de Gerardo (Núñez Noriega 1994: 299). Cuando finalmente toma la decisión de seguir los deseos que la libertad del eclipse le deja es vista como el camino correcto. Su madre, como reflejo de este sentimiento cuando ve la salida de su hijo en medio del eclipse, no intenta impedirlo.

Al final podemos notar con claridad cómo el texto lleva el espectador por el proceso del horizonte de expectativa señalado por Jauss. Se presenta el concepto del eclipse para hacer un contacto con el espectador. Hemos visto cómo usa esta expectativa por parte del espectador para moldear otro concepto del eclipse. Se transforma por medio de varios signos durante el curso de la obra. El eclipse se ha cambiado de un hecho natural envuelto en ciertas creencias locales a un conflicto entre los valores sociales representadas por las dos generaciones familiares intentando imponerse el uno al otro. Los dos van asumiendo la misma identidad intensificando y reforzando la tensión de cada hecho. De esta expectativa surge lo que Pavis señala como la pregunta implícita por parte de la obra. Una pregunta que esencialmente queda en lo mismo: ¿Qué es el eclipse? ¿Qué significa? No sólo para los individuos representados en el escenario sino también para el espectador mismo. Parte de la misma sociedad representada que se encuentra buscando una respuesta o una perspectiva tanto como los personajes. Como en la obra, el eclipse llega a tocar y a involucrar a todos.

Queda también observar en la obra si existe la posibilidad de detectar una visión preferida, si existe una ideología que le dirija a uno hacia una lectura "correcta" de la obra o es una lectura abierta dejando la respuesta para el espectador. La escena final nos indica la intención de la obra. Confrontada con el hecho de la huida de Gerardo y Mario, Doña Dominga intenta buscar el significado. Preguntando a su futuro nieto dice: "¿Tú sabes qué tiempos viviremos después del eclipse? Yo no . . . yo no lo sé . . . " (Olmos 1990: 78). Doña Dominga que ha mantenido una perspectiva firme durante toda la obra, quien ha llevado la bandera de los valores tradicionales frente los de los jóvenes, queda callada. No sabe qué responder al eclipse que representa esta brecha generacional. Una brecha en que los jóvenes no sienten la necesidad de aferrarse a la moral tradicional que les condena a una vida limitada. La transgreden y siguen otra que les deja explorar y encontrar su identidad. Buscan una identidad personal no determinada por otros ni por la sociedad sino por ellos mismos. El eclipse sirve como mecanismo por el cual los personajes pueden expresar y encontrar esta nueva u otra identidad y luego les libera de la antigua moral para que puedan vivirla. Para Mercedes y Doña Dominga, significa un cambio radical llevado a sus vidas por elementos extranjeros contra los cuales ellas no pueden defenderse. Es el fin de su mundo y la creación de otro. Para todos la angustia y temor que sienten es por la incertidumbre de lo que les espera en este nuevo mundo. Si va a ser un mundo bueno o uno dominado por los demonios que imaginaron los indígenas antiguos no se puede contestar ahora. Y es una pregunta que cada quien tiene que contestar si puede. Uno que sólo podrán decir después de mucho tiempo. El eclipse es algo que ellos recordarán "durante años y años y hablarán de él como si cada minuto hubiera cambiado el rumbo de sus vidas para bien o para el mal." (Olmos 1990: 75)

Su manejo de las expectativas históricas es una manera de mudar al espectador y su reacción emocional histórica a la situación actual. Su conexión con la historia indígena y sus tradiciones propone al espectador que lo que está sucediendo está al nivel de un gran cambio en la civilización mundial contemporánea. Tiene el mismo impacto para algunos en la sociedad actual que tal evento astronómico tenía para los pueblos indígenas. De la misma manera el espectador está viviendo un momento de miedo e inseguridad acerca de lo que vendrá después. Implica la misma futilidad de luchar en contra de estos cambios pero reconoce que la vida, a pesar de estos cambios, seguirá.

 

Notas

[1] Es notable la presencia de la luna durante la noche anterior del eclipse. Un eclipse solamente ocurre cuando hay una luna nueva que significa que no debe ser posible ver la luna durante esta noche. Señala la intención del autor de crear una vinculación entre los signos de la luna, del faro y de la noche y su importancia en cuanto al formar las expectativas del espectador.

 

Bibliografía

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Jauss, Hans Robert (1976): La literatura como provocacio´n. Peni´nsula, Barcelona.

Miller, Mary, and Karl Taube (1993): The Gods and Symbols of Ancient Mexico and the Maya: An illustrated Dictionary of Mesoamerican Religion. Thames and Hudson, London.

Núñez Noriega, Guillermo (1994): "Olmos, Carlos," Latin American Writers on Gay and Lesbian Themes: A Bio-Critical Sourcebook. Ed. David William Foster. Greenwood Press, Westport, Connecticut.

Olmos, Carlos (1990): El Eclipse. Universidad Nacional Autónoma de México, México D.F.

—— Julia´n Robles, y Enrique Serna (2007): Teatro completo. Fondo de Cultura Econo´mica, Me´xico, D.F.

Pavis, Patrice (1982): Languages of the Stage. Trad. Susan Melrose. Performing Arts Journal Publications, New York.

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Villegas, Juan: "La especificidad del discurso crítico sobre el teatro hispanoamericano", Gestos: Teoría y Práctica del Teatro Hispánico, 1986, 2, 57-73.

 

© Andrew M. Gordus 2011

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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