Elois y Morlocks.
Darwin y la maquina del tiempo.
Wells y Mendizábal, visiones contrapuestas de una evolución imaginada

Germán J. Hesles Sánchez

UCM
germanjhesles@telefonica.net


 

   
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Resumen: El hombre es una máquina del tiempo, aunque sólo sea capaz de recorrerlo hacia delante y a 60 segundos por minuto. Una de sus aspiraciones ha sido romper esta barrera para recorrerlo a más velocidad, para viajar al futuro o trasladarse al pasado.
La literatura ha sido el gran campo de experimentación para plantear estos hipotéticos viajes. Si en un principio se realizaron gracias al sueño, los milagros o la magia, en el siglo XIX se imaginan y plantean como posibilidades “científicas”. Los autores empiezan a barajar y especular con teorías -como la de la evolución- y a crear artefactos mecánicos con los que trasladar a sus personajes por la cuarta dimensión.
Pero ¿con qué sociedad o especies se podrían encontrar los viajeros del tiempo en el futuro? Herbert George Wells fue el primero en anticiparlo, en 1895, con The time machine. Años después, en 1909, el español Carlos Mendizábal diseccionó "lo no contado por Wells", en Elois y Morlocks. Novela de lo por venir. Como se verá en estas páginas las obras de ciencia ficción reflejan la influencia imprescindible de Charles Darwin.
Palabras clave: Darwin, Wells, Mendizábal, Elois, Morlocks, evolución, viaje en el tiempo

 

Ciencia ficción y revolución darwinista

Poco podemos decir de Charles Robert Darwin que no se haya dicho ya, pero sí nos gustaría destacar que recorrió medio mundo a bordo del Beagle para descubrir las bases del origen del hombre. Un periplo fascinante, pero no tanto como el que emprendió a su vuelta; un viaje de miles de años al pasado para argumentar su teoría de la evolución. Si para el primero, se sirvió de un navío, para el segundo, el naturalista empleó la máquina más perfecta -por ahora, la única que se conoce- para viajar en el tiempo: su cerebro.

El "viaje en el tiempo" de Darwin permitió a Herbert George Wells imaginar un futuro donde la evolución no era igual a progreso. Con tal fin, en 1895, inventó la segunda máquina del tiempo [1] entendida como artefacto mecánico para trasladarse a un lejano futuro y plantear la distopía de una humanidad escindida en dos, en Eloi y en Morlocks.

En 802.701, "el Hombre no había seguido siendo una especie única, sino que se había diferenciado en dos animales distintos" (Wells, 2005: 70). Los Eloi impresionan por "la clase de belleza de los tísicos, esa belleza hética (ibid, 2005: 38). Los Morlocks parecen “espectros, unas figuras blancas con aspecto de mono” (ibid, 2005: 69) “carnívoros y son como el yan, el lado oscuro de la decadencia e involución de la humanidad (…) nauseabundos e inhumanos" (ibid, 2005: 80).

Pero si difícil es comprender La máquina del tiempo (1895) de H. G. Wells sin la teoría de la evolución de Charles Darwin, obvio, sin Wells, el ingeniero y escritor zaragozano, Carlos Mendizábal Brunet, no habría propuesto su ambiciosa continuación Elois y Morlocks. Novela de lo por venir (1909).Ambos beben de las corrientes de la época, claramente influidas por el trabajo del naturalista, para defender posturas opuestas. El determinismo, el mal entendido darwinismo social, el supuesto choque entre ciencia y religión, la distopía de uno y la utopía del otro, los estudios de Mendel, Huxley, Lamarck...

Wells y Mendizábal componen dos relatos de ciencia ficción en los que el lector se enfrenta a un mundo que no existe, pero que tal vez pudiera existir en un futuro. Aunque muchas de las obras de ciencia ficción sumergen al lector en la pura evasión, otras lo hacen en un mundo que hace perder la seguridad en el futuro más inmediato, o no tanto, y significan una advertencia sobre los derroteros que adopta la humanidad. Carlos Mendizábal en Elois y Morlocks aprovecha de The time machine de Wells la fábula y el propósito ideológico y extiende el argumento al reproducir una sociedad utópica tal como le han enseñado los modelos clásicos del género.

Sin entrar en grandes debates podemos decir que la ciencia ficción como género nació en pleno siglo XIX, cuando los avances científicos y tecnológicos empezaron a ser asimilables en el período que dura una vida humana. De ahí, que se pudieran plantear nuevas hipótesis de cambios y descubrimientos que en siglos anteriores sólo podían ser fruto de la imaginación y no de la especulación científica, tecnológica y social.

También es necesario aportar un dato. Vinicio León Mancheno, en los "Apuntes sobre Charles Darwin y su obra" en la edición de 2006 de Clásicos de la literatura de El origen del hombre (Darwin, 2006: 5) afirma que "todavía en 1857, Philip Henry Goose, renombrado biólogo marino de su época, en un intento desesperado por mantener las tradiciones bíblicas (...) sostenía que Dios creó los fósiles al mismo tiempo que a Adán y a Eva".

Un par de años después, en 1859, Charles Darwin publica El origen de la especies. Fue el comienzo de la gran revolución.

Darwin ya habla de un progenitor primate que no era hombre ni mono del que partieron varias ramas divergentes. Y a eso apunta Wells en su obra, de una nueva y, en este caso, dramática divergencia.

Bajo el epígrafe "Acción directa y definida del cambio de condiciones", Darwin, asegura que "los cambios de condiciones producen efectos que algunas veces llegan a ser considerables sobre toda clase de organismos." (Darwin, 2006: 46)

Asimismo, asegura que un tal doctor Beddoe "ha probado recientemente que la residencia en ciudades, unida a ciertas ocupaciones tiene determinada influencia perjudicial sobre la estatura de los habitantes de la Gran Bretaña, añadiendo también que, una vez producido este resultado, se hace éste, hasta cierto punto, hereditario (...)". (Darwin, 2006: 47)

No obstante, Darwin no era infalible y se equivocó al manifestar que las "diferentes ocupaciones continuadas o repetidas por hábito provocan diversos cambios en las proporciones propias de las varias partes del cuerpo" (Darwin, 2006: 48). Y ejemplificó de la siguiente manera: "Todo el mundo sabe que los relojeros y grabadores están expuestos a quedarse miopes, al paso que las personas que pasan su vida al aire libre, y especialmente los salvajes, tiene por general la vista muy larga" (...) "efecto de la falta de uso, acumulada y transmitida durante un gran número de generaciones" (Darwin, 2006: 49).

Más tarde, se demostró que esto no sucede así, pero tanto Wells como Mendizábal lo emplearon en sus obras para explicar algunos de los cambios producidos en esa humanidad dividida.

Entre las conclusiones de El origen del hombre Darwin afirma que "Tiende el hombre a multiplicarse en proporción mayor que sus medios de subsistencia y, por tanto, hállase expuesto en ocasiones a una dura lucha por la existencia, con lo que la selección natural habrá obrado sobre cuanto cae bajo su férula". Continúa con que "podemos estar seguros de que los efectos hereditarios del uso o desuso obraron poderosamente en la misma dirección que la selección natural". Y con que "Algo también hay que conceder a la acción directa y definida de las condiciones ambientes de la vida, tales como el alimento abundante, el calor y la humedad, finalmente, pudieron así mismo adquirirse por selección natural". (Darwin, 2006: 619) Concluye con que "El proceso verificado habrá sido semejante al que sigue el hombre cuando sin intención escoge los individuos particulares guardando la casta superior y desechando los inferiores. De esta manera poco a poco, pero seguramente, modifica la casta de sus animales, y sin darse cuenta forma otra nueva". (ibid, 2006: 621) En esencia, podemos decir que son las ideas de las que partió Wells para dibujar su relato.

 

La máquina del tiempo de Herbert George Wells

The time machine surgió en la mente del autor inspirada por las discusiones entre los estudiantes de los laboratorios y por los debates sostenidos en el Real Colegio de Ciencias en el siglo XIX. Se refiere a que el tiempo es una cuarta dimensión. No obstante, la historia no trata de explorar estas posibilidades sino que en palabras de el propio Wells "adopta la trayectoria de paradoja característica de una ficción imaginaria", al estilo de las de Stevenson y de la primera etapa de Kipling. La obra, no hay duda, refleja su conocimiento de la filosofía de la evolución humana en aquellos tiempos.

The time machine está, dividida en 16 capítulos y un epílogo, y ha sido llevada al cine en un par de ocasiones. La primera, por George Pal, en 1960, cuyo título en español era El tiempo en sus manos; muy fiel al relato original. La segunda, en 2002, por Simon Wells muy inferior a la de Pal y a la novela.

El protagonista, el Viajero a través del Tiempo comienza relatando a unos cuantos personajes reunidos en su mansión victoriana cómo lanzó la máquina hacia el futuro... Como en el año 802.701, decidió parar y se encontró una Inglaterra que era un paraíso de vegetación y temperatura. Allí, contactó con un habitante del futuro: “una ligera criatura -de una estatura quizá de cuatro pies- vestida con un túnica púrpura (…) Me impresionaron la belleza y la gracia (…) la fragilidad (…) la clase de belleza de los tísicos, esa belleza hética (…)” (Wells, 2005: 38).

El Viajero a través del Tiempo explica su decepción al no encontrar una sociedad con unos adelantos increíbles “en conocimientos, arte y todo”. Muy al contrario, descubre unos seres cuyo nivel intelectual es equiparable al de un niño de cinco años (ibid, 2005: 41). Son los Eloi, frugívoros, indolentes y débiles.

El Viajero intenta conocer su lengua y no le supone una gran esfuerzo ya que “parecía excesivamente simple, compuesta casi exclusivamente de sustantivos concretos y verbos (…) sustantivos abstractos parecía haber pocos (…) sus frases eran por lo general simples y de dos palabras” (Wells, 2005: 60). Los Eloi, en definitiva, forman una sociedad infantilizada, sin ningún tipo de inquietud intelectual y más cerca casi de lo animal -idílico, eso sí- que de lo humano.

Allí no hay sepulturas, tumbas ni cremación y lo que es más llamativo, no hay ancianos ni enfermos. No hay herramientas por ninguna parte, ni siquiera para confeccionar el vestido y el calzado… (Wells, 2005: 63).

En cuanto a la moral de los Eloi el viajero tiene ocasiones de constatar la dudosa conducta de este grupo. Si el Viajero traba relación con Weena es porque sólo él reacciona cuando ella sufre un calambre mientras se baña y es arrastrada por la corriente del río y la salva de morir ahogada... (Wells, 2005: 64).

Pero a pesar de su indolencia no todo es felicidad en el mundo Eloi; les amedranta la oscuridad, las sombras, las cosas negras y por eso al anochecer se congregan en las grandes casas para dormir en grupos (Wells, 2005: 66).

Una noche el Viajero cree ver unos espectros, unas figuras blancas con aspecto de mono que se desvanecen entre los arbustos (Wells, 2005: 67). Son los Morlocks, seres de un blanco desvaído, de ojos grandes y extraños de un rojo grisáceo y también unos cabellos muy rubios que les caen por la espalda.

La verdad se va abriendo paso en la mente del Viajero. En ese mundo habitan dos especies, los Elois y los Morlock:: “El Hombre no había seguido siendo una especie única, sino que se había diferenciado en dos animales distintos; las graciosas criaturas del Mundo Superior no eran los solos descendientes de nuestra generación, sino que aquel Ser, pálido, repugnante, nocturno, que había pasado fugazmente ante mí, era también el heredero de todas las edades” (Wells, 2005: 70).

A los Morlocks, la especie subterránea la compara con el Trabajador de su época, cuya vida se separa cada vez más de la superficie natural de la tierra. Mientras, los capitalistas, los poseedores, se mantienen sobre el suelo, buscando placer, belleza y bienestar. Los de debajo, los obreros se van adaptando continuamente a las condiciones de su trabajo (Wells, 2005: 73). Y concluye que “la seguridad demasiado perfecta de los habitantes del Mundo Superior los había llevado, en un pausado movimiento de degeneración, a un aminoramiento general de estatura, fuerza e inteligencia” (Wells, 2005: 74).

“Los Morlocks” son carnívoros (Wells, 2005: 80) y son como el yan, el lado oscuro de la decadencia e involución de la humanidad (...) son unos seres “nauseabundos e inhumanos -¡rostros lívidos y sin mentón, ojos grandes, sin párpados, de un gris rosado!” (Wells, 2005: 82)

A esta situación han llegado los elois por su privilegiada existencia. El viajero hace recuento de sus errores “la gente del mundo superior podía haber sido antaño la favorecida aristocracia, y los Morlocks sus servidores mecánicos; pero aquello había acabado hacía largo tiempo (…) Los Eloi habían llegado a ser simplemente una lindas inutilidades (…) los Morlocks habían llegado a encontrar intolerable la superficie iluminada por el sol (…) confeccionaban sus vestidos y subvenían a sus necesidades habituales, quizá a causa de la supervivencia de un viejo hábito de servidumbre”. “Hacía edades, hacía miles de generaciones, el hombre había privado a su hermano el hombre de la comodidad y de la luz del sol. ¡Y ahora aquel hermano volvía cambiado!” (Wells, 2005: 85). "Aquellos Eloi eran simplemente ganado para cebar" (Wells, 2005: 91).

Y en esta novela Wells ya apunta a otro de los temas vertebradores de gran parte de la ciencia ficción posterior: “Me afligió pensar cuán breve había sido el sueño de la inteligencia humana. Habíase suicidado (…) Alguna vez, la vida y la propiedad debieron alcanzar casi una absoluta seguridad. Al rico le habían garantizado su riqueza su bienestar, al trabajador su vida y su trabajo (…) Y esto había sido seguido de un gran calma (…) Una ley natural que olvidamos es que la versatilidad intelectual es la compensación por el cambio, el peligro y la inquietud (…) No hay inteligencia allí donde no hay cambio ni necesidad de cambio” (Wells, 2005: 112).

Finalmente, para salvar su vida al viajero no le queda más remedio que huir y parte hacia el futuro para comprobar el fracaso final de la evolución humana: la extinción. El Viajero consigue volver al tiempo del que partió dispuesto a retomar viaje mejor pertrechado.

 

Elois y Morlocks. Novela de lo por venir de Carlos Mendizábal

Elois y Morlocks. Novela de lo por venir (narración del P. Zacarías M. Blondel) fue escrita por Carlos Mendizábal Brunet y publicada, bajo el seudónimo de Dr. Lázaro Clendábims, en Barcelona, en 1909, por la editorial Herederos de Juan Gili. La obra consta de 581 páginas divididas en veintiún capítulos. El libro se encuentra profusamente ilustrado con dibujos de Baldomero Gili Roig (1873-1927) y Rafael Opisso (por entonces ayudante de Dalí) famoso dibujante de la tertulia de Les Quatre Cats, e ilustrador de cuentos infantiles.

El autor de esta novela, Carlos Mendizábal Brunet, fue un militar, ingeniero y escritor nacido en Zaragoza en 1864 (Augusto Uribe, Robel, 2002) autor, entre otros ingenios, del proyecto de alumbrado público de Zaragoza en 1890; ingeniero de Altos Hornos de Vizcaya <

Como puede deducirse por los datos expuestos Mendizábal recibió una sólida formación intelectual y, dado el incidente que le llevó a abandonar Altos Hornos de Vizcaya, podemos inferir que también moral. Conoció a fondo el mundo de la empresa y de los trabajadores, fue un inquieto estudioso de los adelantos científicos y tecnológicos de su tiempo y también un industrioso inventor como se ha visto.

Su novela pretende ser una continuación de The Time Machine de H.G. Wells (1895), aunque, como veremos, en realidad, su objetivo es más bien la contestación a las teorías que marcan la obra del británico, impregnada por el conflicto social de la segunda mitad del siglo XIX y los planteamientos sociológicos derivados del darwinismo. La novela se abre con un prólogo del editor, Modesto Hernández Villaescusa, otro prólogo explicativo del propio Mendizábal, y una sinfonía y cierre con epílogo, transcripción de las notas del personaje protagonista, el padre Zacarías, con la reproducción, final, de su obituario. Porque en esta novela Mendizábal hace entrar en el argumento a un misionero católico, Zacarías M. Blondel, hermano del Viajero a través del Tiempo de Wells, al que bautiza como Bryán, para que acompañe a éste en su segundo viaje a través del tiempo. Zacarías, a su regreso a la época actual, cuenta su historia al doctor Lázaro Clendabíms, médico del barco que le recoge del naufragio en el mar, donde ameriza después de su viaje desde el futuro al presente, y que será el encargado de dar a conocer la historia.

En esta novela Carlos Mendizábal se sube a la “máquina del tiempo” de Wells para escrutar los estadios futuros sobre el que el británico pasó de largo. Mendizábal, en desacuerdo con la filosofía materialista que impregnaba la obra de Wells recorre los supuestos pasos dados por la humanidad hasta llegar a la deprimente visión que ofrece el año 802.701 [2] Por esta razón recrea con todo lujo de detalles una serie de escenarios futuros donde los supuestos avances tecnológicos y sociales abocan a la distopía. Mendizábal aprovecha toda su formación profesional y su alto grado de conocimiento de las corrientes filosóficas imperantes para variar el futuro de la humanidad y arrinconar el determinismo que emana de The Time Machine.

Si The Time Machine refleja para Wells el “conocimiento de la filosofía de la evolución humana en aquellos tiempos (…) y el cándido pesimismo que se refleja en esta pintura del futuro humano”. Es decir, se inscribe en la corriente del darwinismo social que a fines del siglo XIX, junto con la lucha de clases y las propuestas de corte socialista constituía el nudo central de los principales debates intelectuales. Y con la excusa del viaje en el tiempo, Wells inscribe su nombre en el subgénero de la ciencia ficción donde más peso tiene la política: la utopía, en este caso, la antiutopía o distopía. Mendizábal recoge el guante y se fija en el iniciador de esta corriente, en Tomas Moro, para desandar el camino emprendido por Wells y plantear su particular y religiosa vuelta a una sociedad moralmente aceptable. Por ello, podría decirse, apunta Javier Memba (2005:16) que Wells es uno de los exponentes de la “fantaciencia socialista”. Pues bien, Mendizábal, en nuestra opinión, lo es de los valores más progresistas -aunque a priori no lo parezca- del catolicismo [3] de inicios del siglo XX.

Carlos Mendizábal ha analizado no sólo The Time Machina sino toda la obra de Wells, y se aprovecha de todas las herramientas Wells para desarrollar su trama. H.G. Wells en The Time Machine presenta una distopía con apariencia de utopía hasta que el Viajero a través del Tiempo descubre la apocalíptica realidad de ese mundo, la presentación de los Morlocks y los Eloi, las dos nuevas especies que nacen de la misma raza después de perder sus cualidades humanas. La separación es producto de la evolución de una sociedad materialista y determinista que potencia la división entre ricos y pobres, entre burgueses y proletarios, entre explotadores y explotados. Wells pone en escena el final de la lucha de clases: tras la dominación completa de los más favorecidos sobre los desfavorecidos -sin colectivos intermedios- la decadencia moral e intelectual de los primeros propicia, finalmente, el dominio absoluto de los segundos.

Mendizábal, desde una perspectiva idealista y conservadora se encarga en su obra de volver a unir a las dos especies en una., con el nacimiento del Moreloi, la criatura con la que la humanidad recupera sus cualidades perdidas. El nuevo ser -en realidad un híbrido- es el producto del amor entre un Morlock -los deshumanizados y caníbales seres que habitan el subsuelo- y una Eloi -las infantilizadas criaturas que viven en la superficie. Zacarías traslada consigo al Moreloi al tiempo presente para advertir a sus contemporáneos del peligro que acecha a la sociedad, pero ni el Moreloi ni la máquina del tiempo en la que viajan llegarán a su destino. Un error de cálculo les hace caer en el océano y de este naufragio sólo se salva el misionero. De esta manera, Mendizábal deja abierta la puerta al lector para dar o no credibilidad a lo que cuenta el segundo viajero a través del tiempo, Zacarías. El recurso para dejar en suspenso la historia había sido también el empleado antes por Wells. Aunque el inglés por lo menos, permite al protagonista mostrar unas florecillas como efímero testimonio del viaje. En el “Epílogo” de The Time Machine, el narrador asegura desconocer dónde pueda haber ido a parar el viajero, tal vez al pasado o quizá al futuro.

Carlos Mendizábal profundiza en la antiutopía o distopía de Wells con toda crudeza, recreándose en el cómo y el porqué se llega a esta situación [4] y busca las claves que han llevado a la humanidad a esa distopía.

La originalidad de Mendizábal propiciada por el texto de Wells es que la utopía realiza varios movimientos de progreso a lo largo del relato y se convierte, consecutivamente, en distopía, consecuencia de una utopía previa (la sociedad del siglo XX en adelante); utopía para un grupo humano que es, en realidad una grave distopía (la sociedad gobernada por los Morlocks). Por fin, revierte de nuevo en utopía cuando la comunidad fundada por el padre Zacarías desbanca el cruel modo de vida que hasta ese momento regía los destinos de unos y otros.

Como afirma Roger Bozzetto en “La dystopie présente la vision d´un individu révolté contre le collectif” (2004). En el caso de la obra del español, el individuo es Zacarías, un misionero católico, que pretende dar un vuelco al orden social/animal instaurado en la tierra del futuro por Wells, y esto lo realiza a través de una misión evangelizadora [5] El misionero consigue su propósito en un corto periodo de tiempo. El misionero de Mendizábal devuelve a la humanidad sus cualidades gracias al amor, en el caso de los Morlocks, y por la experiencia del dolor y la fatiga del trabajo en el de los Elois, y, en ambos casos, haciendo que usen de su libre albedrío. El modus vivendi al que se ha llegado después de siglos de adaptación lo borra él en un puñado de años con la gracia de los sacramentos, capaz de obrar la regeneración de la naturaleza humana. El padre Zacarías es el artífice de este renacimiento y nos sumerge en otro de las temáticas clásicas de la ciencia ficción; el de la pareja humana que, tras un cataclismo físico o social [6] inician una nueva etapa, se supone, a salvo de los errores cometidos por sus predecesores. El Adán y la Eva de Mendizábal son un Morlock y una Eloi, que conciben al primer híbrido de ambas especies: el Moreloi. Mendizábal, desde una perspectiva idealista y conservadora se encarga en su obra de volver a unir a los seres de la superficie y a los que viven bajo tierra en una sola comunidad. Y su personaje, el padre Zacarías apela al testimonio de un actor principal para prevenir a sus contemporáneos. El Moreloi debía haber actuado como puente entre una sociedad y otra, pero el personaje muere en el naufragio del kronodormos, el artefacto del que se sirve para viajar en el tiempo, pero que no se traslada a través del espacio.

 

El prólogo de Villaescusa

En el Tomo I de Elois y Morlocks. Novela de lo por venir bajo el epígrafe A modo de presentación I, Modesto Hernández Villaescusa, editor, prologuista, traductor y uno de los líderes del movimiento social católico del momento, fecha y firma en Barcelona el 5 de abril de 1909, el prólogo a la obra de Mendizábal. Villaescusa desentierra la semilla que da pie a la obra al hacer referencia “al dios materia y a sus adoradores contemporáneos, cortados por le mismo patrón que los antiguos, salvo el imponente aparato científico, mal interpretado y peor aplicado, con el que reducen a tantísimos incautos”. Y esta es, precisamente, una de las claves del entendimiento de esta obra que, como tantos otros posteriores ejemplos del género [8] denuncia la decadencia de la espiritualidad corriendo en paralelo al progreso científico. De la degradación de la humanidad Wells culpa al hombre, Mendizábal, a la sociedad.

Villaescusa elogia el trabajo de Mendizábal sobre la novela de Wells, a la cual ha encontrado las grietas oportunas para cimentar su continuación. La intención del autor español queda clara desde el inicio de la obra: contraponer las ideas científicas, las de Bryán (o lo que es lo mismo, las de Wells), y las ideas religiosas, las de Zacarías (las de Mendizábal). O dicho de otra manera, determinismo versus libre albedrío o materialismo versus espiritualidad, desde puntos de vista radicalmente opuestos.

El viaje de Mendizábal comienza con la contraposición de ideas que caracteriza el primer volumen de la obra. Zacarías cree en el perfeccionamiento moral mientras que Bryán piensa que será el perfeccionamiento tecnológico el que absorberá la vida moral que será innecesaria cuando el mundo sea materialmente perfecto. Estas son, en definitiva, las dos posturas que Mendizábal hace que sus personajes lleven al extremo en el desarrollo del primer tomo de la obra, el que precede a la llegada del kronódromos al año 802.701.

Para Zacarías los esfuerzos de la humanidad deliberadamente aislada de Dios tienden al Eloi, pero esos mismos esfuerzos producen inevitablemente el Morlock.

Los estadios del viaje hacia el futuro en los que Mendizábal decide analizar los supuestos avances que desembocan en la deshumanizada sociedad de Wells corresponden al siglo XXI, al XXIV, al XXXIII y, por fin, al año 802.701, fecha en la que el británico presenta la trama central de The Time Machine; fecha en la que el español arranca el segundo tomo de su novela, el dedicado a la cristianización de Elois y Morlocks.

Villaescusa asegura que la obra no satisfará ni a la extrema derecha, ni a los fanáticos de la izquierda. El autor al que califica no sin ironía de “primate de la ciencia” (como hemos visto en su biografía así se le puede considerar) no ha hallado en el catolicismo nada que le haya impedido investigar la verdad en cualquiera de sus manifestaciones. Mendizábal -subraya Villaescusa- ha encontrado “la armonía de la ciencia y la fe”.

Acusa a Wells de determinista y hace un somero repaso de los libros del británico para destacar “la pesadumbre inmensa de su pesimismo”. Además, asegura Mendizábal, el británico traslada al lector a un punto del futuro lejano basándose en el presente y en el pasado inmediato. En The Time Machine separa los destinos de la humanidad entre los “Haves” (los habentes) y los “Have not” (los carentes), tanto que los convierte en razas distintas. Los Elois, descienden de los primeros, los Morlocks, de los segundos. El Catedrático de Sociología de la Universidad de Málaga, Juan del Pino Artacho (Campo, 1988: 268) [9] asegura que desde el punto de vista de darwinismo “las clases sociales son grupos que están obligados a disputar su existencia (…) en la medida en que este fenómeno se considera conforme a naturaleza, es por lo tanto inevitable e indestructible".

Devoradores y devorados terminarán desapareciendo al final del viaje de Wells, dejando el planeta, ya frío, vacío. “Esta aterradora consecuencia es absolutamente exacta según la lógica materialista” (Clendabims, 1909: 11) y para Darwin el fracaso final de la evolución: la extinción. Enmarcado en esa lógica, el nacimiento de los carentes, los Morlocks, ya se habría iniciado en esos años con, por ejemplo, los mineros, los trabajadores de las calderas de vapor, de los ferrocarriles metropolitanos, de las cámaras subterráneas de máquinas que proveen de fuerza y de calor y de alumbrado a los rascacielos americanos… Estos carentes neonatos terminarán por no salir a la superficie, por lo que sus ojos y su piel perderá los pigmentos; por causa del calor, prescindirán de la ropa; seguirán siendo carnívoros [10] porque así lo requieren sus duros trabajos y ocultarán un atávico deseo de venganza.

La transformación de los Eloi, de los habentes será más moral que física, pues no cambiarán de medio [11]. Vivirán sin trabajar y sin luchar; también se habrá exterminado a los animales dañinos. Poco a poco, se convertirán en vegetarianos habitando su pseudoparaíso. Al vivir en un continuo nirvana se perderá la idea religiosa. Además, los dos sexos se irán igualando físicamente. Por si fuera poco, no sabrán de la enfermedad, la muerte ni la vejez, gracias al refinado trabajo de los Morlocks. A menos animales en la superficie, a los Morlocks no les quedará más remedio que empezar a apreciar el sabor de la carne humana y a librar a los Elois de todo lo que pueda ir en detrimento de la calidad de su carne; cuidando, en definitiva, de su ganado al que depredarán de noche, valiéndose de un ligero gas narcótico.

 

Estaciones de tránsito

La primera parada tiene lugar en el siglo XXI, Mendizábal no se anda por las ramas y nada más "caer" en este siglo hace que Bryán pregunte por la “cuestión social” recordando que ya en el siglo XX existía “entre el capital y el trabajo un equilibrio peligroso”. El equilibrio ha desaparecido en beneficio del capital como había vaticinado el marxismo de finales del XIX. Para luchar contra la organización obrera, el capital se une en el Trust, en el Sindicato, que termina por ser uno sólo: los Sindicatos Generales que en cada nación de se cuentan en dos, en tres, como mucho, para controlar a millones de obreros.

Toda la humanidad vive en una de las 62 ciudades -de entre 30 y 35 millones de habitantes cada una- con una población estable de 2.000.000 millones de personas [12].

El ideal socialista y anarquista del proletariado se ha realizado: todo el mundo tiene trabajo asegurado y cubiertas sus necesidades. Eso sí, el que viste el uniforme azul claro de las clases obreras ya “no tiene esperanza de redención”. De nuevo sale a relucir el determinismo. Lo que acontece de una forma no podría haber sucedido de otra manera.

Los adelantos científicos han creado máquinas que atrofian la inteligencia y músculos del obrero que viene a ser una parte más de la máquina. La tecnología y los recursos disponibles condicionan el resto de los desarrollos sociales. Además, trabajan en el subsuelo, ellos y ellas -igualdad total- y muchos nacen, viven y mueren sin haber visto el sol.

Bryán pregunta si ha desaparecido la idea religiosa a lo que le responden que la clase media[13] desapareció y con ella su religiosidad infantil y sincera.

Como recuerda Juan Luis Arsuaga en El reloj de Mr. Darwin "todas las Iglesias se opusieron, porque creían en la Creación y no podían admitir que el hombre viniera del mono" (2009: 18).

Respecto a la idea religiosa destacar que la profunda religiosidad de Mendizabal no se contrapone a su gran preparación científica, es más, irónicamente, el prologuista lo califica de "primate de la ciencia". Y, en realidad, así es pues en ningún momento pone en entredicho las teorías de Darwin y otros biólogos partidarios de la evolución sino que se posiciona partidario de esa línea, pero, como diría Arsuaga, bajo la figura auspiciadora de "el Gran Criador". En ningún momento niega la evolución, es más, parece más cercano a los Morlocks, los carentes, los trabajadores explotados que devienen en esa variedad o subespecie monstruosa que de los "habentes" o, si queremos, capitalistas, los Elois, que por su propia desidia han degenerado en auténtico ganado sin capacidad intelectual, espiritual ni moral.

La segunda parada tiene lugar en Wight [14], la isla afortunada, una especie de falsa utopía que como otras muchas guarda similitudes con la de Moro. Mendizábal dibuja una isla cuya superficie está ocupada por una inmensa ciudad destinada exclusivamente al recreo de los poderosos de la tierra. Llegados ahora al siglo lo XXIV el psicograma es una especie de tarjeta de identidad para los individuos y, de hecho, los Viajeros del tiempo tratarán con el nominativo P316816Sutton. La letra significa la casta, el número su familia por línea materna y el nombre su designación dentro de la familia. Nos encontramos en Londres, una ciudad del trabajo con más de 33 millones de habitantes de los que solamente 26.000 forman la Sociedad, el resto, el Abismo. Toda esta sociedad acude también a las Ciudades del Placer, aunque dependiendo de la casta a la pertenezcan pasarán más o menos tiempo en aquellas. Los trabajadores no salen jamás del Abismo.

La maternidad en el siglo XXIV es muy limitada, la mortalidad es muy escasa y bastan dos o tres hijos por mujer para conservar la Sociedad ya que algunos de estos niños también van al Abismo [15] Nada más nacer el niño es trasladado a un gineceo donde es cuidado, pero no por la madre. La mujer es muy selectiva a la hora de concebir por lo que se va perfeccionando la especie. De nuevo aparece el darwinismo, la selección natural, la eugenesia. Triunfa el más fuerte en la lucha por la supervivencia. El hombre es el que entra en la familia de la mujer y sólo se tiene en cuenta la línea femenina, pues ésta es indiscutible.

Los adelantos científicos han permitido que el Abismo manofacture cuanto se necesita para la residencia, alimentación, vestido y movilidad de la humanidad. Por cada individuo que mora y disfruta en la Ciudad del Placer hay 900 o 1.000 obreros trabajando en el Abismo solo para dar la forma definitiva a los productos que reciben de las Ciudades del Trabajo. Zacarías concluye que “al que trabaja, sea temporal, sea definitivamente, se le remunera dándole cuadra y pienso” (Clendabims: 227). A lo que Bryán contesta que es lo que ha ocurrido siempre, aunque se les diera en forma de dinero como si fueran libres para gastarlo en algo que no fuera cuadra y pienso.

Para asegurar la estabilidad de la Sociedad se utiliza un sistema científico y matriarcal (selección sexual):

Cada varón nace en un clan determinado designado por una letra

La sucesión se conserva únicamente por la línea materna.

Los que ascienden de casta lo hacen en la Ciudades del Placer y no precisamente por sus méritos laborales o intelectuales, sino sexuales. En esta Sociedad feminista si las mujeres desean retenerlos más tiempo del establecido en las Ciudades del Placer, suben de categoría.

El feminismo que gobierna en la superficie no impera en el Abismo.

En el Abismo los sexos (selección sexual) están igualados, ambos géneros son meros productores. Eso sí, si nace una mujer lo suficientemente guapa y robusta en el Abismo -algo que no es habitual- puede ir a una Ciudad del Placer. En la Sociedad, la que nacen feas o imperfectas -las menos, gracias a las condiciones en que son concebidas- van al Abismo. Los hombres, por el contrario, sí van al Abismo es por falta de habilidad o audacia y para que no afeen una Sociedad consagrada en absoluto al culto de la Felicidad y Belleza.

En las 24 clases más elevadas no nacen varones, lo cual estimula a los de las categorías inferiores a hacer méritos para ascender de clase. Esto es así porque se genera el sexo a voluntad. De cada niña cuidan cinco mujeres de día y cinco de noche y siguen un plan establecido desde que reciben el feto con cinco meses. Por otra parte, las madres no vuelven a ver a sus hijos hasta los diez años. El objetivo de todas estas estructuras es producir perfectos ejemplares de belleza y acabados instrumentos de placer.

En cambio, las mujeres del abismo no son tales, son simples hembras que para diferenciarlas de las que no han dado hijos “las llamamos madres”. Allí reina la semi-oscuridad perpetua, por ello, las retinas de los obreros se han hecho fotosensibles, lo que contribuye a mantenerlos encadenados a los subterráneos y alejados de la superficie. Si por cualquier motivo tiene que salir a trabajar a la superficie, lo hacen de noche.

En cuanto al trabajo, los obreros han llegado a tal grado de especialización que han sufrido cambios físicos después de siglos y de generaciones realizando el mismo trabajo y gracias a la monogamia no voluntaria. Los cambios físicos se traducen en el hecho de que los obreros que trabajan en el telar son de muy corta estatura -pasan 16 horas de pie- tienen los brazos tan largos que los arrastran y los dedos atrofiados. La máquina en la que trabajan posee contadores y si un obrero no rinde lo que debe, su ración de comida desciende automáticamente. Se ha conseguido, así, “la hipertrofia de los órganos destinados a cada especie de trabajo, órganos a los cuales se dirigen todas las escasas energías de aquella humanidad raquítica, dejando casi atrofiado, reducido a lo estrictamente necesario, el resto del organismo, para que las facultades productoras resultasen colosalmente amplificadas” (Clendabims: 285).

La tercera parada de los viajeros tiene lugar en el siglo XXXIII en el que los cambios no son tan acusados en relación al siglo del que provienen pero “la sensación de automatismo (…) la encontraran incomparablemente más generalizada” (Clendabims: 328). La humanidad va encaminándose rápidamente a la diferenciación de dos castas únicas.

En los habentes, la lujuria del siglo XXIV parece haber dado paso al amor físico a una sensualidad mucho más suavizada. Zacarías aporta su explicación: el pueblo del siglo XXIV se hallaba bajo el dominio exclusivo del cerebelo, pero con las funciones del cerebro puestas a su servicio (lujuria). El cerebro, explica, se ha ido atrofiando y las pasiones con él. La humanidad se ha ido simplificando y se ha convertido en una masa de niños caprichosos que tratan de volver a la naturaleza. Han perdido la capacidad de abstracción. No pueden comunicarse, la única fuente de información a partir de ahora será la observación. Sospechan que los Eloi ya se están convirtiendo en ganado.

Por último, los hermanos llegan al año 802.701 y apenas desembarcan de la nave Bryan es asesinado por un Morlock. Zacarías queda sólo y emprende su misión evangelizadora. Lo intenta con los Elois, pero su infantilismo impide el aprendizaje de los Elois incluso de los conceptos más simples. Con los Morlocks tiene más suerte. Salva al hijo de una Morlock, Arglis, y finalmente, con la ayuda de ésta nueva apóstol, consigue, entre otras muchas cosas, hacerles vegetarianos. A una Eloi, que también responde al nombre de Weena, la salva de las garras de un Morlock, Rourd, al que, también salva de la muerte a pesar de que Arglis le manifiesta que es el asesino de su hermano Bryán. Entre Weena y Rourd surge una relación que les lleva a procrear un híbrido de las dos razas, un Moreloi que responde al nombre de Weerourd.

Tras convertir el planeta al cristianismo, intenta regresar a su época con Weerourd. Mendizábal fecha en “Singapore 25 de Agosto de 1906” el “Fin de la narración de P. Zacarías M. Blondel”. Un error de cáculo hace que el kronódromos se precipite al mar desde 20 o 30 pies de altura con Zacarías y Weerourd en su interior.

Tanto el Moreloi como la máquina del tiempo desaparecen en el accidente. Zacarías, gran nadador, es recogido por un barco, cuyo médico no es otro que el Dr. Lázaro Clendabims, el encargado de dar a conocer el relato.

 

De la distopía de Wells al idealismo de Mendizábal

Mendizábal no esconde en absoluto la finalidad de Elois y Morlocks. Novela de lo por venir: Echar abajo el materialismo que impregna The Time Machine de Wells y hacerlo, además, por medio de la religión. La degenerada evolución de la especie ramificada en Elois y Morlocks vuelve a ser una, a reencontrarse con su espiritualidad y a recuperar su libre albedrío gracias a Dios. Para conseguir su propósito, Mendizábal ofrece una auténtica y original obra de cf, de anticipación científica habría que decir, pues el término cf no se acuña hasta una veintena de años después.

Mendizábal da claro protagonismo a los escenarios frente a los personajes. Para crear los nuevos universos -en nuestra opinión, es donde reside el verdadero valor de esta obra- imagina la aplicación de una serie de teorías e hipótesis científicas, filosóficas, sociológicas y políticas vanguardistas en el momento de la concepción de la novela. Desgranan con minuciosidad los estadios por los que pasa la humanidad hasta llegar a esa raza escindida, la de los Elois y los Morlocks.

Si la obra de Wells casa más con la estructura de una novela de aventuras -de buenos y malos, en definitiva- la de Mendizábal se sumerge con argumentos y explicaciones en la dualidad humana que ha llevado a la especie a ese callejón para el que él vislumbra una salida. De ahí esa profunda prospección de las posibilidades futuras que pueden transformar a la humanidad. Wells esquematiza y da por supuesto casi todo; presenta un futuro terrible, pero apenas explica el por qué de la situación que ha llevado al hombre a dejar de serlo.

Mendizábal, en cada capítulo construye un nuevo mundo con sus peculiaridades tecnológicas y su incidencia en la sociedad, sacando a la luz el modus vivendi de ésta en cada momento. EL autor español hace una descripción puramente fantástica, teratológica, de la colección de monstruos deformes en que se ha convertido gran parte de la humanidad. Como tales, viven en un laberinto de cavernas, utilizan un lenguaje rudimentario y llegan al punto más álgido de su abyección al convertirse en depredadores de los que antes fueron sus hermanos.

El aragonés se planta ante el futuro pintado por Wells sin religión, sin Dios, y, por tanto, y desde su óptica, sin moral. Un futuro marcado por la involución de las especies que pagan sus culpas, unos, siendo literalmente comidos (los hijos del capitalismo) por los oprimidos (los hijos del proletariado) y éstos, trabajando para los primeros sin ver la luz del sol. Su personaje, el padre Zacarías, es el encargado de llevar a cabo la regeneración de la especie.

El militar, ingeniero, escritor y creyente, lejos de echar por tierra las teorías darwinistas se apoya en ellas. "Las facultades intelectuales más elevadas del hombre, como la de raciocinio, abstracción, propia conciencia, etc., son, probablemente consecuencias del constante mejoramiento y ejercicio de las otras facultades intelectuales" (...) "El desarrollo de las cualidades morales es problema de mayor interés. Su fundamento descansa en los instintos sociales, comprendiendo en este término los lazos de familia" (Darwin: 622) Y continúa: "Los animales sociales se hallan impelidos en parte por el deseo de prestar ayuda a los miembros de su comunidad en general" (Darwin: 623) Para finalizar aseverando que "En las razas más civilizadas la convicción de la existencia de una divinidad omnisciente ha ejercido poderoso influjo en el progreso de la moral". (Darwin: 624).

 

NOTAS

[1] La primera máquina del tiempo fue obra de un escritor español, Enrique Gaspar y Rimbau que en 1881 escribió "El anacronópete"; publicada en 1887.

[2] Año en el que el viajero del tiempo de Wells comprueba la total decadencia de la humanidad escindida en dos especies: los elois (cuya vida transcurre al aire libre y son mantenidos secretamente por el trabajo de los morlocks) y los morlocks (que habitan bajo la superficie y se alimentan de la carne de los elois, a los que previamente han cebado).

[3] Mendizábal desfiende la cuestión social cosa que en ese momento hacía el catolicismo más avanzado y progresista, el Papa León XIII acaba de publicar la encíclica Rerum novarum, 1891.

[4] Según el Oxford English Dictionary , el término distopía fue acuñado a fines del siglo XIX por John Stuart Mill, quien también empleaba el sinónimo creado por Bentham, cacotopía, al mismo tiempo. Ambas palabras se basaron en el término utopía, acuñado por Tomás Moro como ou-topía o lugar que no existe. La distopía es una utopía negativa donde la realidad transcurre en términos antitéticos a los de una sociedad ideal. El término distopía no está recogido por la Real Academia Española, pero por su habitual utilización en los estudios sobre literatura fantástica y de cf, también nos serviremos de él en este trabajo. Las distopías son textos de advertencia que extrapolan las tendencias actuales hasta lo apocalíptico. Difieren de la utopía porque transcurren en sociedades reconocibles y ubicadas, en lugar de épocas y lugares remotos o indeterminados.

[5] “Al rico le habían garantizado su riqueza su bienestar, al trabajador su vida y su trabajo (…) Y esto había sido seguido de un gran calma (…) Una ley natural que olvidamos es que la versatilidad intelectual es la compensación por el cambio, el peligro y la inquietud (…) No hay inteligencia allí donde no hay cambio ni necesidad de cambio” (The time machine, project Gutenberg, 112)

[6] Reemprenden la aventura humana de la regeneración de la especie. Por citar ejemplos recientes, así sucede, en El planeta de los simios en la versión cinematográfica de Franklin J. Schaffner (1969)) La fuga de Logan de William F. Nolan y George Clayton (1967), Mecanoscrito del segundo origen de Manuel de Pedrolo (1974).

[7] El Moreloi sería la prueba que utilizaría Zacarías para explicar a los hombres y mujeres del final de siglo XIX el triste futuro de la humanidad y los instrumetos para evitar llegar a ese punto.

[8] El talón de hierro, de Jack London (1908); La peste Escarlata, de Jack London (1912); Nosotros, de Evgeny Zamiatin (1924); Un mundo feliz, de Aldous Huxley (1932); La guerra de las salamandras, de Karel Capek (1936); Vivir, de Ayn Rand (1938); La Trama Celeste, de Adolfo Bioy Casares(1942); Rebelión en la granja, de George Orwell (1945); 1984, de George Orwell (1948); Fahrenheit 451, de Ray Bradbury (1953); El señor de las moscas, de William Golding (1945); Mercaderes del espacio, de Frederik Pohl y Cyril M. Kornbluth (1954); Soy Leyenda, de Richard Matheson (1954); La naranja mecánica, de Anthony Burgess (1962); ¡Hagan sitio!, ¡hagan sitio!, de Harry Harrison (1966); ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick (1968); La exhibición de atrocidades, de J. G. Ballard (1970); El mundo interior, de Robert Silverberg (1971); Rascacielos, de J.G. Ballard (1975); 1985, de John A. Burgess (1978); El fugitivo, de Stephen King escrita bajo el seudónimo de Richard Bachman (1982); The Stand, (Apocalipsis) de Stephen King (1978); La Larga marcha, de Stephen King (1979); Neuromante, de William Gibson (1984); V de Vendetta, novela gráfica de Alan Moore y Dave Lloyd (1981-1988); El cartero, de David Brin (1985); El Regreso del Caballero Nocturno, novela gráfica de Frank Miller (1986); Watchmen, novela gráfica de Alan Moore y Dave Gibbons (1986); Las Torres del Olvido, de George Turner (1987); Akira, manga de Katsuhiro Otomo (1982-1993); The Children of Men, de P.D. James (1992); Guerracivilandia en ruinas, de G. Saunders (1996); Battle Royale, de Koushun Takami (1999); Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro (2005); El breve y espantoso reinado de Phil, de G. Saunders (2005); TimeXplorers, de J. Vedovelli (2007).

[9] Tratado de Sociología Vol. 2. Taurus (1988).

[10] El determinismo ambiental defiende que el medio físico determina a las sociedades humanas como colectivo y al hombre como individuo.

[11] Karl Marx aseguró que las estructuras sociales están condicionadas por factores económicos y el modo de producción. Es lo que se conoce como determinismo económico.

[12] Tomás Moro en “Utopía” en la descripción de la isla, cifra en 54 las ciudades, con una misma lengua y estructuras análogas, con una población controlada y similar en cada una de ellas.

[13] Del Pino recuerda la división entre los hombres poseedores y los no poseedores propugnada a raíz del darwinismo social (Campo, 2005: 271)

[14] Mendizábal para describir la isla de Wight encuentra sus referentes -así lo reconoce- en ciudades como Mónaco, Montecarlo, Ostende o Atlantic City que le sirven para caracterizar la Ciudad del Placer. Curiosamente la isla de Wight, muchos años después de que Mendizábal la bautizara como ciudad del placer, se convirtió en punto de encuentro de hippies y seguidores y practicantes del amor libre como estandarte de movimiento contracultural. Cuando unos 600.000 hippies viajaron a la Isla de Wight durante el festival de 1970 la multitud derribó las cercas del recinto del evento como protesta contra los "cerdos capitalistas" que les querían cobrar tres libras esterlinas por la entrada. Mendizábal da forma de isla al que se supone ejemplo del mundo idílico del futuro, pero en realidad la isla está conectada bajo superficie con el resto del continente. Es sabido que la isla es el espacio utópico por excelencia. Véase en este sentido la tesis de Andrea Castro, El encuentro imposible : la conformación del fantástico ambiguo en la narrativa breve argentina /1862-1910; Göteborg : Acta Universitatis Gothoburgensis, 2002, que detalla el simbolismo de este espacio en sus capítulos preliminares.

[15] Moro plantea una sociedad donde los descendientes masculinos siguen en su propia familia, al revés que lo que sugiere Mendizábal. En la sociedad que dibuja Moro no se permite que ninguna familia tenga ni menos de diez ni más de dieciseis hijos para que el número de ciudadanos ni crezca ni disminuya en exceso. En la de Mendizábal basta con dos o tres hijos para mantener estable la población.

 

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© Germán J. Hesles Sánchez 2011

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