La vocación del profeta moderno: La voluntad y la fortuna

Min-Wook Oh

Universidad Nacional de Seúl


 

   
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Resumen: El presente artículo parte del análisis de las características del narrador y de los elementos simbólicos con referente bíblico, con base en los ensayos en los que Carlos Fuentes explica la relación entre su poética y la visión del mundo en la novela La volundad y la fortuna (2008). Fuentes escribe sus obras para recuperar el pasado que rechaza el tiempo único del Occidente moderno y el futuro que se valora solo desde el punto de vista del progreso económico y técnico. Esa es la vocación del autor que desea encarnarse en La voluntad y la fortuna mediante la configuración del narrador.
Palabras clave: profecía, símbolo bíblico, tiempo, memoria, utopía.

 

Sucede lo mismo con respecto a la fortuna; no ostenta ella su dominio más que cuando encuentra un alma y virtud preparadas; porque cuando las encuentra tales vuelve su violencia hacia la parte en que sabe que no hay diques ni otras defensas capaces de mantenerla.
Nicolás Maquiavelo, El príncipe-

 

1. Introducción

En 2008, Carlos Fuentes cumplió ochenta años y su primera novela, La región más transparente, apareció en una nueva reedición después de cincuenta años de salir a la luz. El autor explica el fenómeno literario de su generación que empezaba a producir una nueva literatura hispanoamericana que Fuentes mismo bautizó como ‘nueva novela’ contra los que creían en la muerte del género:

Lo que importa señalar es que para muchos escritores de mi generación, enfrentados a esta constelación de hechos, unos más graves, otros más livianos, algunos consustanciales a la condición del escritor en sociedad, otros peligrosamente asociados a la violencia particular de nuestra época, el problema se desplazó de la pregunta “¿Ha muerto la novela?”, a la pregunta “¿Qué puede decir la novela que no puede decirse de ninguna otra manera?” (Fuentes 1993: 12)

Sus obras siguientes como representaciones de esta poética han tratado por lo general, sobre la identidad de México y las posibilidades de nuevas técnicas durante más de cincuenta años. En ese año conmemorativo para el escritor publicó una nueva novela, La volundad y la fortuna (2008), corpus del presente trabajo. En esta novela, el espacio y el tema principales son la Ciudad de México y la identidad nacional en relación con la Revolución de 1910, coincidiendo así con sus dos primeras, La región más transparente y La muerte Artemio Cruz. José Emilio Pacheco ha denominado esta tendencia literaria de Carlos Fuentes como “el apocalipsis urbano” y ha colocado La voluntad y la fortuna en dicha categoría:

Y es que a él le tocó la suerte de atestiguar la agonía de la capital mexicana. [...] El apocalipsis urbano anunciado en sus novelas se adelantó. Y él estuvo aquí para hacer en 2008 y en La voluntad y la fortuna la crónica de la realidad actual con sus decapitados y los incesantes cadáveres que aparecen todos los días con huellas de tortura y dentro de toneles de ácido. (Pacheco 2008: XXXV)

Con el argumento citado de Pacheco podemos preguntarnos sobre las características de Fuentes en relación con el subgénero desde los sesenta y hasta la fecha. Si esta obra está en linealidad técnica y temática del autor, ¿qué novedad puede explicitar Carlos Fuentes con esta novela? Destacaremos algunos puntos en este texto de nuestro estudio comparando con los antes citados, en función del objetivo de este acercamiento. Primero, el narrador de la mayor parte de La voluntad y la fortuna es la cabeza cortada del personaje Josué Nadal. Giovanni Battista Piranesi, artista italiano del siglo XVIII, y Nicolás Maquiavelo, filósofo, político y escritor italiano del siglo XVI, se incluyen en esta ficción como narradores también aunque sus partes relatadas solo alcancen siete páginas del total. Este narrador en primera persona provoca la impresión de que esta obra es sencilla comparando con La región más transparente que alterna la narración omnisciente con el monólogo interior y el flujo atemporal. Pero el estado sobrenatural del narrador y el estilo conversacional de la narración son aparatos fundamentales para realizar una imagen que el autor intenta ofrecer mediante el narrador. Considerando La muerte de Artemio Cruz (con el protagonista moribundo) y Las dos orillas (el espíritu de un personaje histórico), podríamos suponer que el carácter del narrador tiene relación cercana con una intención particular del autor. Eso es nuestra primera propuesta para avanzar la hipótesis del presente trabajo.

Segundo, esta novela tiene símbolos bíblicos por los nombres de personajes, las frases similares con las de Biblia y la inserción de episodios como intertextos y deconstrucciones del Antiguo y del Nuevo Testamento. Esta característica conforma la imagen de ‘profeta’ en el narrador aunque no de manera idéntica a los bíblicos. Además, las características de este narrador acentúan diferencias en cuanto a la función del profeta en esta obra. Esta disyuntiva también estaría vinculada con una intención de Fuentes y eso sería la segunda propuesta para indagar en este corpus.

Por todo lo antes expuesto, el presente artículo parte del análisis de las caraterísticas del narrador y de los símbolos bíblicos con base en los ensayos en los que Carlos Fuentes explica la relación entre su poética y la visión del mundo, a fin de descubrir la posible intención del autor en La volundad y la fortuna.

 

2. Técnicas de la narración para abrir una posibilidad del pasado

Carlos Fuentes nos explica la tradición literaria de Hispanoamérica en su ensayo “Conocimientos y reconocimiento”, cuyo tema es las características de la novela hispanoamericana junto a la poética de sus autores:

La literatura, en cambio, entendió que su función política no sería efectiva en términos puramente políticos, sino en la medida en la que el escritor puede afectar los valores sociales al nivel de la comunicabilidad de la imaginación y el fortalecimiento del lenguaje. De esta manera, nuestra literatura moderna creó una tradición: la de unir, en vez de separar, los componentes estéticos y políticos; la de ocuparse, simultáneamente, del estado del arte y el estado de la ciudad. (Fuentes 1990: 285)

Considerando este argumento, la estética narrativa de Fuentes tendría relación cercana con su objeto de narrar y la influencia del género novela en la sociedad sería un factor primordial. Por eso, Fuentes escoge el ‘tiempo’ como el componente fundamental de las obras desde el primer período de la vida literaria, según podemos ver en “De Quetzalcóatl a Pepsicóatl” de Tiempo mexicano. El autor piensa que entregar la ‘libertad’ al ‘tiempo’ es el primer paso para conseguir la ‘Utopía’:

[...] la utopía es tiempo y no podía caber dentro de esa épica espacial. [...] Un país como el nuestro, país de simultaneidades y coexistencias históricas, puede construir una Utopía generosa y revolucionaria a partir de estas concreciones culturales, de este esfuerzo de selección que separe realmente los pesos muertos y opresivos de las realidades vivientes y libertadoras. (Fuentes, 1971: 40)

El autor agrega la importancia de la imaginación para alcanzar la realidad del mundo: “La literatura propone la posibilidad de la imaginación verbal como una realidad no menos real que la narrativa histórica” (Fuentes 1990: 293). Fuentes inyecta vitalidad al tiempo gracias a la imaginación en las obras para alcanzar su “Utopía” y ésta no es espacio fijo sino tiempo, dinámica. Es decir, Carlos Fuentes nos presenta un método para ver el mundo mediante sus obras e insiste en que sea obligatorio para los autores contemporáneos que ofrecen una nueva visión a los lectores que viven en un presente que siempre está en proceso.

La imaginación posible se deriva de las caraterísticas del narrador principal y de los estilos de narración en La voluntad y la fortuna. En primer término, el personaje Josué es solo su cabeza perdida en el Océano Pacífico que nos explica su situación sobrenatural en el preludio. Pero el tono del narrador para mencionar su estado ilógico no es extraño ni trágico sino ridículo y casi neutral. Además, la cabeza cortada acepta su situación como si esta fuera algo cotidiano: “Tengo miedo de ser visto. No soy lo que se dice ‘agradable’ de ver. Soy la cabeza cortada número mil en lo que va del año en México” (Fuentes 2008: 12. Cito por esta edición), y en seguida: “Aquí está mi cabeza cortada, perdida como un coco a la orilla” (p. 12). En segundo lugar, el estilo de narración no es unilateral sino conversacional. En el texto les llama “sobrevivientes” a los lectores con frecuencia para recordarles que él está muerto: “debo admitir ante los que sobreviven” (p. 80), “señores sobrevivientes” (p. 109) y “queridos sobrevivientes” (p. 125). En tercer término, la cabeza de Josué se justifica constantemente insistiendo en la verdad de su narración: “Quienes aún viven y me leen soportarán que les cuente algo insólito para ellos como lo fue para nosotros” (p. 48), “queridos sobreviventes: Les mentiría si les dijese que la partida de mi amigo Jericó me condenó a una soledad remediable” (p. 125), “no he mentido. He omitido” (p. 126), “podría faltar a la sinceridad para con ustedes pacientes lectores, ausentes y presentes al mismo tiempo” (p. 320).

La función de las tres características antes señaladas sería que mediante ellas se presentan diversos puntos de vista para representar el pasado. Carlos Fuentes concuerda con la teoría de Giambattista Vico, que piensa la historia (el pasado) como una criatura de la humanidad y la permanencia de la historia como su vocación: “Si somos creadores de la historia, mantenerla es nuestro deber” (Fuentes 1990: 32). Esta historia no sería la verdad única sino una posibilidad por tratarse de una creación: “Para Vico, la naturaleza humana es una realidad variada, históricamente ligada, eternamente cambiante, móvil” (Fuentes 1990: 32). Por ello, Carlos Fuentes nos presenta un desarrollo argumental fragmentado y hace dudar al lector sobre lo que está escrito. Podríamos comprobar nuestras afirmaciones sobre dichas características de la narración en otras de sus obras. El narrador muerto de Las dos orillas y el personaje histórico Aguilar cuestionan la verosimilitud de la crónica de Bernal Díaz:

El escritor posee una memoria prodigiosa, recuerda todos los nombres, no se le olvida ni un caballo, ni quien lo montaba [...] No nos engañemos; nadie salió ileso de estas empresas de descubrimiento y conquista, ni los vencedores, que jamás alcanzaron la satisfacción total de sus ambiciones, antes sufrieron injusticias y desencantos sin fin. (Fuentes 1993b: 12)

La crítica contra la descripción exagerada de los detalles se combina con el estado sobrenatural del narrador para preguntarse cuál sería el más apropiado acceso para alcanzar la historia verdadera, ya que el que pudo haber participado y observado los eventos históricos de esos hechos históricos en el puesto más cercano a Hernán Cortés no es Bernal Díaz -simple soldado- sino Aguilar -cotraductor de Cortés- que está en su tumba.

El narrador de La voluntad y la fortuna atestigua su pasado en toda la obra y respeta el límite de la primera persona. Es decir, Josué no puede saber las intenciones de otros personajes ni las acciones que no ha experimentado. Él mismo tiene duda sobre su interpretación de las experiencias en la vida como podemos certificar en las citas anteriores. Esa actitud del narrador representa un rasgo de sinceridad ante los lectores, al mismo tiempo que su estado sobrenatural les hace dudar sobre la versimilitud de la novela. Pero, como el caso de Aguilar -narrador post mortem-, Josué puede entender después de morir la intención del personaje Asunta que es su amante y su asesina. Hay otro caso de relación sobrenatural en la narración entre el narrador Josué y su abuela Antigua Concepción, que después de muerta le revela el secreto familial al protagonista cuando este todavía vive. Con esto, los lectores entenderían que el pasado concreto y único es imposible, aunque se tratara de una autobiografía, y que solo con la razón no se puede alcanzar la verdad. Es decir, el pasado consiste en posibilidades variables y se debe representar desde la postura abierta a ese pasado que no se ha recordado aún. Siguiendo a Vico diríamos: “No hay verdad única (contra-cultural), como no hay una Razón Absoluta (a-histórica); no existe una única verdad cultural lineal y progresiva, ni un valor ideal inmutable y absoluto.” (Sevilla 1993: 78).

 

3. Inserciones atemporales: posibilidades abiertas

Carlos Fuentes explica en “Kierkegaard en la Zona Rosa” de Tiempo mexicano que la obsesión para un tiempo lineal es un problema de la razón occidental:

[...] la premisa del escritor europeo es la unidad de un tiempo lineal, que progresa hacia adelante digiriendo, asimilando el pasado. Entre nosotros, en cambio, no hay un solo tiempo: todos los tiempos están vivos, todos los pasados son presentes. (Fuentes 1971: 9)

El autor no rechaza el tiempo lineal sino la dictadura de un tiempo para animar todas posibilidades del tiempo. Por ello, Fuentes escribe sus obras con estructuras especiales que juegan con el tiempo, como La muerte de Artemio Cruz (1962), Aura (1962), Cumpleaños (1969), Instinto de Inez (2001), entre otras. La estructura de La voluntad y la fortuna es sencilla relativamente comparando con las anteriores. Aunque el narrador principal cuenta las acciones en orden lineal en términos de la lógica del discurso en la mayor parte de la novela, hay algunos momentos que los lectores no podrían ubicarlos en dicho orden lineal, así como la información de otros narradores que se inserta en el texto sin justificación aparente. Estas partes son las siguientes: 1) En el capítulo I, cuando Josué y Jericó se encuentran por primera vez, aparece una deconstrucción de un capítulo del Libro de Josué en el que Josué, el sucesor de Moisés, vigila la ciudad de Jericó para conquistarla y atravesar el río Jordán, y donde se encuentra con Rajab o Rahab, llamada “Hetara” en la novela, muy posiblemente atendiendo al oficio de prostituta de la mujer. 2) En el inicio del capítulo II de la novela, Josué conversa con el profeta Ezequiel, también personaje de la Biblia, y vuela con él. Cae en la tumba de su abuela muerta, Antigua Concepción -nombre que tendría igualmente alusión bíblica aunque aquí del Nuevo Testamento-, donde escucha la vida de su abuela, la historia de su familia y de la Revolución Mexicana. En seguida, el narrador empieza de repente otro episodio que se inserta en la trama principal: “He indicado, desmemoriado lector, que una vez al mes llegaba al buzón del edificio de Praga un sobre con el consabido cheque” (p. 175). Cuando termina este episodio, menciona su experiencia sobrenatural con un pretexto ambiguo para situarla entre las otras acciones: “Borracho de la historia cronológica de la Antigua Concepción como ebrio del apocalipsis sin fecha del profeta Ezequiel [...] dispuesto a centrar de nuevo mi humanidad en la amistad de Jericó y en el cuidado de Lucha” (p. 184). En este capítulo, el encuentro con el ángel y la señora muerta aparece de nuevo. Aunque, entonces, el narrador insiste en la verdad del encuentro como antes, con una razón que deja la impresión en los lectores de que podría haber sido un sueño:

Ustedes, que ya conocen mi desenlace, pueden creer que invento a posteriori los eventos del pasado. Les juro que no es así. Y la razón es que esa madrugada hubo una recurrencia de continuidades asombrosas entre mis horas en la tumba de la Antigua Concepción y mi despertar en la casita de Lucha Zapata. (p. 219)

Estos dos tipos de inserciones tienen función importante en la novela para buscar la identidad de Josué y entender la contemporánea de México, aunque su extensión no ocupa mucha parte en el total. El episodio adaptado del Libro de Josué es una interpretación posible de la Biblia y al mismo tiempo crea una suposición sobre la relación entre el Libro de Josué y esta novela. Si consideramos que el Antiguo Testamento es la historia del pueblo judío, este episodio sería un pasado imaginado considerando el pensamiento de Carlos Fuentes, donde lo judío y lo cristiano serían componentes de la cultura mexicana, según el autor define la identidad dinámica de México: “Somos parte de las Américas que tienen viva una tradición indígena y una tradición medieval, agustiniana y tomista [...] Ambas le dan a nuestra democracia posibles rasgos originales” (Fuentes, 1990: 15). Podemos suponer que en el pasado bíblico también se encarna el presente de México con base en la “instantaneidad” que explica Fuentes por la comparación con el desconocimiento de la modernidad occidental, en “Kierkegaard en la Zona Rosa” de Tiempo mexicano:

Ese desconocimiento asegura que la pura actualidad, sin atributos históricos o culturales profundos, se transforme en sujeción: dictadura política e imperialismo económico. Sólo la Revolución [...] hizo presente todos los pasados de México. Lo hizo instantáneamente, como si supiera que no sobraría tiempo para esta fiesta de las encarnaciones. [...] Instantaneidad: respuesta de México al tiempo. (Fuentes, 1971: 12)

Los encuentros con Antigua Concepción también nos dan una clave para la poética de Fuentes. Aunque Concepción está muerta, vigila la vida de Josué y de su hermano Jericó y aconseja al primero. El narrador no sabe que Jericó es su hermano sino que aparece en la novela sólo como su amigo: “Hermanos no de la sangre, sino de la inteligencia” (p. 77). Para alcanzar la verdad del pasado y la identidad, Josué debe aceptar la historia secreta de su abuela. Es decir, no podemos recordar un pasado unívoco racionalmente sino que debemos imaginar algunos sucesos pasados con las varias posibilidades para la verdad del presente.

Las inserciones atemporales de los episodios ofrecen otra posibilidad para ver la historia también: “La historia la hacemos nosotros; el pasado es parte del presente y el pasado histórico se hace presente a través de la cultura, demostrándonos la variedad de la creatividad humana” (Fuentes 1990: 37). Para Carlos Fuentes, la historia siempre debe ser renovada con la posibilidad que surge de la visión cambiante y dudosa: “el pasado no ha concluido; el pasado tiene que ser reinventado a cada momento para que no se nos fosilice entre las manos” (Fuentes 1990: 23). Es decir, el autor intentaría presentarnos algunos estilos posibles del tiempo en esta novela para representar su poética.

 

4. Vocación del narrador como profeta para el presente

El narrador de La voluntad y la fortuna tiene relación concreta y directa con la Biblia como antes señalamos en la relación entre el Libro de Josué y la obra. El nombre del narrador, Josué, obliga a pensar en el sucesor de Moisés además de que aparecen otros elementos bíblicos en relación cercana a este líder hebreo, como por ejemplo los nombres de otros personajes. El hermano de Josué se llama Jericó y su amante, Jordán. El episodio bíblico en el que Josué espía la ciudad de Jericó y se encuentra con la prostituta Hetara coincide con la acción en la novela cuando Josué y Jericó van al burdel de La Hetara: “Y compartimos a las mujeres. Más bien dicho, a una sola mujer en una sola casa en la calle de Durango, el burdel de La Hetara, nombre de prosapia herediataria” (p.102). Esta configuración de los episodios asemeja al narrador con la imagen del sucesor de Moisés.

Otra caracter tica del narrador es que su configuraci f ica consta solamente de la cabeza, lo cual tiene relaci simb ica con el personaje b lico de Juan el Bautista. En la Biblia, el rey Herodes mata a Juan y envía la cabeza del profeta a su amante, Herodías. La función principal de Juan en la Biblia es la de anunciar la llegada del reino de Dios, Juan el Bautista es el último profeta de la Biblia antes de Jesucristo, de quien era primo: “En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca.” (Mateo 3, 1-2). Además, el nombre de Giovanni Battista Piranesi, otro narrador en la novela, es justamente Juan el Bautista en italiano. La parte que narra Piranesi justifica que su nueva estética ha accedido a la belleza desconocida y su arte expresa que este mundo es una cárcel de la que nadie puede escapar, por lo cual declara su deseo de “diseñar un nuevo universo” (p. 226). El sucesor de Moisés tiene en sus manos el destino de su pueblo recibido de Dios y tienen la tarea para dirigirlo hacia la tierra prometida. ¿Sería posible que dicha alusión estuviera relacionada con la renovación de la estética en su tiempo del grabador italiano de Carceri d'Invenzione? De aceptarse esta débil pero presente relación habría un punto común entre ambos, Josué y Piranesi, en términos de la profecía para el nuevo tiempo que deberá llegar.

Cuando Josué se encuentra con Ezequiel, este profeta canta el destino del narrador y le ordena asumir su deber directamente:

toma, Josué, toma el rollo de papel, come el papel para contar las historias de las casas rebeldes, soporta sus faltas profetiza conmigo contra las tribus encabronadas de México. (p. 163, subrayado mío)

Los símbolos destacados en la cita anterior refuerzan la representación del narrador como un profeta bíblico. Pero no se trataría de encarnación de solo un personaje bíblico sino de una combinación adaptada por el autor, como en el caso de Adán en Edén que publicara en año 2009. Adán Gorozpe, el protagonista de la novela posterior a La voluntad y la fortuna, se le representa como Adán del Génesis y como Job del Libro de Job: “O sea que llevas el nombre del primer hombre que, en vez de vivir como desocupado en el Edén” (Fuentes, 2009: 22) y “Escúchenme, soy Job, el alma del dolor y de la paciencia” (Fuentes, 2009: 125). Sumado a ello, la estructura de la novela que consta de 43 partes es casi igual con la del Libro de Job que se desarrolla en 42 capítulos.

Pero este profeta de La voluntad y la fortuna tiene caraterísticas contrarias a los de la Biblia. La vocación de los profetas bíblicos es dirigir a su pueblo y mantener la fe del pueblo en Dios. En la novela que nos ocupa, los lectores no pueden confiar en el narrador por su obsesión de justificar constantemente la verdad de sus palabras, como mostramos antes. El narrador tiene obsesión de justificarse argumentando que dice la verdad. En contraste con esta figura, los profetas de la Biblia -tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento- tienen la autoridad suficiente para que se confíe en su profecía: “Y me dijo: escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas” (Apocalipsis 21, 5), destacando la inspiración divina de su contenido: “Y si alguno quitare algo de las palabras de este libro profético, Dios quitará su parte del libro de la vida” (Apocalipsis, 22, 19). Pero las palabras profetizadas en La voluntad y la fortuna no son decisivas ni definitivas y Josué no puede indicarles a los pueblos contemporáneos (“tribus encabronadas” p. 163) el paso para ‘la tierra prometida’. Además, el narrador sospecha y niega que el futuro sea previsible: “Cuánto tardaremos en aprender que por más voluntad que tengamos, el destino no puede ser previsto y la inseguridad es el clima real de la vida?” (p. 519).

Podemos encontrar también la diferencia entre el narrador y los profetas bíblicos en la visión del tiempo. El tiempo en la Biblia tiene dos direcciones: linealidad y finidad, como analiza Octavio Paz en Los hijos del limo: “El tiempo finito del cristianismo se vuelve el tiempo casi infinito de la evolución natural y de la historia pero conserva dos de sus propiedades constitutivas: el ser irrepetible y sucesivo” (Octavio Paz, 1974: 52). El tiempo histórico que narra la evolución del pueblo judío tiene su apocalipsis que anuncia la eternidad cristiana después del fin del tiempo. Por ello, los profetas bíblicos pueden dirigir a su pueblo a la tierra prometida o a los mil años que para ellos significa el futuro, único y definitivo por la palabra de Dios. Pero el narrador de la novela no prevé el futuro sino que se limita a interpretar el presente. Como hemos visto antes, el profeta-narrador no nos enseña la entrada para la nueva Jerusalén o la tierra prometida sino que nos invita a solamente contemplar y observar la realidad presente. La identidad consiste en el pasado y el presente a la vez, según la idea que Carlos Fuentes ha venido desarrollando a lo largo de su trayectoria como escritor, por lo cual la historia tiene un puesto importante para definir la identidad. Esa sería la visión de Carlos Fuentes para hablar de la identidad y escribir esta novela. Solo con esta visión, el autor puede prever el futuro:

Debemos mantener la historia para tener historia. Somos los testigos del pasado para seguir siendo los testigos del futuro. Entonces nos damos cuenta de que el pasado depende de nuestro recuerdo aquí y ahora, y el futuro, de nuestro deseo aqu·y ahora. Memoria y deseo son imaginaci presente. ste es el horizonte de la literatura. (Fuentes, 1990: 49).

La profecía moderna no es el proyecto concreto después diez años o más adelante, sino el esfuerzo para entender la existencia del futuro dinámico como Michel Collot defiene este concepto en La poésie moderne et la structure d’horizon en el que aplica el concepto de la fenomenología sobre el tiempo a la función de poesía moderna:

Et si la parole poétique peut encore aujourd’hui être qualifiée de «pro-phétique», c’est en tant qu’elle parle en avant d’elle-même: ne sachant pas «ce qu’elle a à dire avant de le dire», elle s’invente elle-même au fur et à mesure qu’elle avance. [...] Cette marge d’indétermination qui fait que l’avenir est toujours à venir, déjoue nos pronostics, déborde nos projets, c’est le Possible. Impossible à prévoir, le possible est à inventer. (Collot, 1989: 66-67)

Desde la poética de Carlos Fuentes, la función del narrador de La voluntad y la fortuna sería la representación de la profecía moderna. El mismo narrador declara su vocación: “Véanse ustedes: yo me empeño, para mi propia desesperación, yo estoy aquí, escribe que te escribe, deseando el pasado al mismo tiempo que recuerdo el futuro. Desear el pasado. Recordar el futuro. ” (p. 320).

 

5. Conclusión

La tradición literaria de la profecía tiene antiguos orígenes, y en los tiempo más contemporáneos, desde los poetas simbolistas de Francia llamados ‘Poetas malditos’. Arthur Rimbaud menciona este término directamente y argumenta que los poetas son profetas, los videntes del futuro, en Cartas del vidente. De igual manera, en el caso de América Latina, Carlos Monsiváis señala a los intelectuales del período que llama transitorio (desde el año 1880 hasta el año 1920) como profetas:

Los profetas [...] estimulan en sectores significativos la búsqueda de ideales desprejuiciados, defienden y argumentan los otros modos de ser de pensar, le consiguen el espacio posible a la diversidad y a la noción de futuro que cabe y se expande en los actos y los pensamientos disidentes. (Monsiváis 2000: 181)

Carlos Fuentes publica La voluntad y la fortuna cuando han pasado casi cien años después del período indicado por Monsiváis. El profeta que se configura en la novela no señala el futuro al contrario de los de la Biblia o de los intelectuales que tratan de dirigir a la sociedad hispanoamericana desde el período transitorio, ya que en esta obra Dios no garantiza “los mil años”, ni el libre alberío de cada individuo predomina sobre su destino.

El autor dispone de todos los elementos ya analizados en este trabajo y trata de mostrar cuál sería el acceso más apropiado para ver el mundo y entender su identidad. Mediante su poética y sus obras, Carlos Fuentes nos presenta varias posibilidades para definir, para entender la identidad de México al tiempo que confirma el horizonte interminable del género de la novela: “El autor de novelas continuaría enfrentándose al territorio de lo no escrito, que siempre será, más allá de la abundancia o parquedad de la información cotidiana, infinitamente mayor que el territorio de lo escrito.” (Fuentes 1993a: 13). La tradición moderna es la ruptura de la tradición, como explica Octavio Paz en Los hijos del limo. Para abandonar el concepo cristiano de la Edad Media, la modernidad acepta la tradición de ruptura para alcanzar el lugar del deseo, pero este lugar siempre es cambiable por la insatisfacción sucesiva. Pero este tiempo de modernidad también hereda linealidad paradójicamente:

La eternidad cristiana era la solución de todas las contradicciones y agonías, el fin de la historia y del tiempo. Nuestro futuro, aunque sea el depositario de la perfección, no es un lugar de reposo, no es un fin; al contrario, es un continuo comienzo, un permanente ir más allá. Nuestro futuro es un paraíso infierno; paraíso por ser el lugar de elección del deseo, infierno por ser el lugar de la insatisfacción. (Paz, 1974: 55)

Carlos Fuentes acusa este concepto moderno del tiempo para que América Latina alcance una utopía dinámica. Escribe sus obras para recuperar el pasado que rechaza el tiempo único del Occidente moderno y el futuro que se valora solo con el punto de vista del progreso económico y técnico. Esa es la vocación del autor que desea encarnarse en La voluntad y la fortuna mediante la configuración del narrador. Nuestro profeta mexicano no deja de recordar el futuro ni de imaginar el pasado porque la imaginación y las posibilidades que todavía no ha escrito no se agotarán en el tiempo ni en la historia.

 

Bibliografía

Collot, Michel (1989): La poésie moderne et la structure d’horizon. Universitaires de France, París.

Fuentes, Carlos (1971): Tiempo mexicano. Planeta, México.

Fuentes, Carlos (1990): Valiente mundo nuevo, Épica, utopía y mito en la novela hispanoamericana. Fondo de Cultura Económica, México.

Fuentes, Carlos (1993a): Geografía de la novela. Fondo de Cultura Económica, México.

Fuentes, Carlos (1993b): Las dos orillas, El naranjo o los círculos del tiempo. Alfaguara, Madrid.

Fuentes, Carlos (2008): La voluntad y la fortuna. Alfaguara, México.

Fuentes, Carlos (2009): Adán en Edén. Alfaguara, México.

La Santa Biblia (1960): Sociedades Bíblicas Unidas, Madrid.

Maquiavelo, Nicolás (1513): El Príncipe. Espasa-Calpe, Madrid, 1970.

Monsiváis, Carlos (2000): “Profetas de un nuevo mundo, Vida urbana, modernidad y alteridad en América Latina (1880-1920)”, en Aires de familia. Cultura y sociedad en América Latina. Anagrama, Barcelona, pp. 181- 210.

Pacheco, José Emilio (2008): “Carlos Fuentes en La región más transparente”, en La región más transparente, ed. conmemorativa, texto revisado por el autor. Real Academia Española-Asociación de Academias de la Lengua Española-Alfaguara, México, pp. XXIX-XXXVIII.

Paz, Octavio (1974): Los hijos del limo, Del romanticismo a la vanguardia. Seix Barral, Barcelona.

Sevilla, José M.: “Universales poéticos, fantasía y racionalidad”, Cuadernos sobre Vico, núm. 3, 1993, pp. 67-113.

 

© Min-Wook Oh 2011

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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