Espéculo

  Reseñas, críticas y novedades

 

 

Ron Currie

Dios ha muerto

  

 

 

Dr. Jorge Martínez Lucena
Profesor Adjunto
Universitat Abat Oliba CEU

Si uno intenta indagar la diferencia de Occidente, su bienestar, su desarrollo y su progreso, quiera o no, se encuentra con hechos que han despertado, en reiteradas ocasiones a lo largo de nuestra historia, la esperanza de los hombres. Así, éstos, motivados por lo que encontraron, abandonaron sus pesimismos y secundaron la imponencia de aquello que tenían delante de sus ojos. En los momentos de completa oscuridad, parece que siempre se ha dado en nuestra historia eso que J. R. R. Tolkien llamó la eucatástrofe, y que tanto usó en El Señor de los Anillos (1954-55), ese acontecimiento imprevisible, improbable, irreductible, pero a la vez profundamente convergente con nuestros más arraigados anhelos.

Si seguimos el rastro de esos eventos generadores de positividad y de construcción de la mano de ese avezado genealogista que es Nietzsche nos encontramos con lo que el Evangelio denomina la piedra angular: la figura histórica de Cristo, un hombre cuya pretensión coincide con la de ser, al unísono, hijo de Dios e hijo del hombre, esto es, con la de responder concretamente en su persona a la exigencia infinita que albergan todos los hombres. Ese Dasein que somos según Heidegger vive ávido de un significado total y, sin embargo, después de Nietzsche -no por su culpa, está claro- parece que ya no se reconoce una respuesta a este consubstancial deseo; como si nos hubiesen extirpado, en cierto sentido, el inquietum cor deum agustiniano; como si las eucatástrofes, como las brujas y los unicornios, quedasen relegadas a los cuentos de hadas.

El eje central de la metafísica post-metafísica del filósofo del martillo es, como se recordará, la afirmación de la muerte de Dios. No se trata, según él mismo nos dice, de un principio abstracto, sino de una afirmación que surge de su experiencia en la sociedad en la que vive -quizás incluso en su familia. En ella observa cómo en la religiosidad imperante ya no existe nada que confiese o testimonie la presencia de un Dios vivo. Lo leemos, claramente expuesto en el Human Rights, Virtus, and the Common Good de E. L. Fortin: “Nietzsche nos advirtió hace tiempo que la muerte de Dios es perfectamente compatible y puede coexistir con una “religiosidad burguesa”. Él no pensó ni siquiera por un momento que la religión se hubiera acabado. Cuando hablaba de la muerte de Dios, lo que ponía en cuestión era la capacidad de la religión para mover a la persona y de abrir su mente. La religión se ha convertido en un producto de consumo, una forma de entretenimiento entre otras, una fuente de consuelo para los débiles o una empresa de servicios emotivos, destinada a satisfacer algunas necesidades irracionales, que es capaz de satisfacer mejor que ninguna otra. Aunque puede sonar unilateral, el diagnóstico de Nietzsche daba en la diana” (Fortin, 1996).

Pese a todo, en el Así habló Zaratustra (1892), Nietzsche ya venía a reconocer que él estaba dispuesto a someter su razón a la experiencia, afirmando que, si los cristianos tuviesen cara de resucitados, él también creería. Por tanto, lo que parece que falta en nuestros días son esas eucatástrofes, esos acontecimientos de esperanza sobre los que nuestros antepasados apoyaron sus ilusiones para construir esa Europa que hoy parece quedar en la espalda de un mundo cada vez más centrado en el océano pacífico, en la tensión cultural y económica que protagonizan Estados Unidos y China.

La novela que aquí nos ocupa, Dios ha muerto (2007), es un intento de profundizar en la supuesta verdad de la rotunda afirmación de Nietzsche, radicalizándola y convirtiéndola, en la ficción, en una verdad de experiencia, casi científica, que nos estaría abocando a una suerte de Apocalipsis, que no diferiría demasiado de los tiempos que corren hoy en día. El relato que inaugura la narración es el de una segunda venida de Cristo muy posmoderna y políticamente correcta. Dios ha tomado esta vez el cuerpo de una bella y estilizada mujer sudanesa que “en plena pantorrilla derecha tenía una herida, un tajo irregular y purulento del que se alimentaba una tropa de gusanos ondulantes” (p. 9) y que intenta encontrar a su supuesto hermano, Thomas Mawien, sin éxito, pese a contar con la poderosa ayuda del mismísimo Collin Powell. Su búsqueda desesperada parece hacerse eco de la afirmación evangélica: “Pero cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc. 18, 8). La respuesta es que no es capaz de encontrar ni siquiera a su hermano o a alguien que la reconozca verdaderamente como tal.

Pero ése no es el peor augurio del asunto. Hasta aquí sólo falta la fe, que vendría a ser el reconocimiento de la presencia de Dios en la historia. La gente, hasta el momento, vive como si Dios no existiese. Sin embargo, todavía puede suceder algo peor. Se baja el telón de la esperanza y aparece el omnipresente reinado del nihilismo. En el libro parece reescribirse el Apocalipsis y cambia la deriva del mundo. En el campo de refugiados de Darfur, donde Dios sigue infructuosamente buscando a su hermano, el ejército sudanés lanza un ataque: “Los aviones aparecieron en lo alto. Enfilando al frente soltaron la carga. Dios no levantó la cabeza para mirar. Con la vista al frente observaba la tormenta de polvo en la que se formaban grandes caballos negros como espectros, sus pelajes brillando como la espuma, sus hocicos bufando y soltando llamaradas. Los hombres que montaban estos caballos blandían terribles espadas y apuntaban con sus rifles. Sus caras permanecían ocultas por pañuelos de cuadros. Las bombas silbaban mientras caían y caían. El suelo temblaba. Dios cerró los ojos y deseo tener a alguien a quien poder rezar” (p. 37). Vemos, pues, cómo la oración “Dios ha muerto” deja así de ser un eslogan o una apreciación sociológica, para pasar a cobrar toda su densa significación metafísica. Lo cual pasará a consolidarse con sucesivos descubrimientos que haremos a lo largo de la historia. Ejemplo de ello será la constatación de los tragicómicos hechos inmediatamente posteriores al deicidio, descritos del siguiente modo: “una pequeña muerte más entre miles; su deceso hubiese pasado desapercibido de no haber sido devorado por una manada de perros salvajes que, de pronto, comenzaron a chapurrear una mezcla de griego y hebreo, y se pusieron a caminar por la superficie de las aguas del Nilo Blanco como si éstas fueran de vidrio” (p. 81).

La situación se presenta como esperpénticamente desoladora. Quizás no se puede describir mejor que como lo hace el único perro superviviente de entre los que devoraron el cadáver de divino pasado. Tal can, en uno de los capítulos posteriores, protagoniza una entrevista por telepatía en calidad de semidios o idolillo, contestando a la última de las preguntas del siguiente modo: “No puedo ofrecerte ningún consuelo y muy poca claridad. Yo no soy tu dios. Y si lo soy, no soy un dios en el puedas encontrar la liberación o las respuestas. Soy el tipo de dios que podría comerte sin escrúpulos si estuviera hambriento. Tú sigues estando tan desnudo y solo en este mundo como lo estabas antes de encontrarme. Así que la pregunta en realidad es: ¿serás capaz de vivir con este conocimiento o acaso acabará por destruirte, dejarte vacío, convertirte en una hoja más en medio de la hojarasca” (pp. 143-144).

Siendo esta macabra historia la que vertebra la novela, no es ni mucho menos la única que se nos cuenta a lo largo de estas enjundiosas páginas. Después del primer capítulo, en que se nos explica la muerte de Dios sin resurrección, se desgranan otros ocho capítulos que se pueden leer en cierto modo como consecuencias de ese nuevo mundo carente de sentido que se abre a los habitantes del planeta y que, en ocasiones y de un modo irregular, aparecen conectados entre sí. No es ahora el momento de hacer una sinopsis de cada una de estas historias más o menos independientes, aunque creemos que vale la pena mencionar alguno de los temas que aparecen abordados y que no dejan de espejear problemas que hoy se presentan recurrentemente en las agendas occidentales. Veamos algún ejemplo al respecto.

En el capítulo titulado “Veranillo de San Martín” se nos cuenta la historia de diez chicos que deciden matarse mutuamente en una especie de suicidio colectivo mutuo tiro en la cabeza mediante con parejas de baile escogidas al azar. La descripción que Currie nos hace del malestar existencial de éstos jóvenes parece reproducir perfectamente el maquinal tedio de los alumnos del Instituto Columbine retratados por Gus Van Sant en su escalofriante filme Elephant (2003) tras la matanza real que allí realizaron dos de sus alumnos pocos años antes. En la novela leemos: “Más allá de la simple tristeza, comenzábamos a sentirnos atrapados en un ahora eterno (a medida que nuestro pasado se alejaba y cualquier clase de futuro con sentido se convertía en algo que superaba toda lógica), una suerte de purgatorio en el que uno bebía, tomaba el sol y jugaba al Tetris con los mismos diez tíos hasta el final de los tiempos. Las paredes comenzaban a estrecharse, los espaguetis en lata estaban cada vez más fríos y Rick dejó de ser el único que deambulaba enmudecido como una versión zombi de sí mismo” (p. 59).

En la anteriormente citada “Entrevista con el último superviviente de la manada de perros salvajes que se alimentó del cuerpo de Dios” el autor parece aludir a la supuesta abolición de la frontera entre el hombre y el animal que se está produciendo en nuestra sociedad secularizada de la mano de pensadores como Peter Singer y su conocido e internacional Proyecto Gran Simio. La lógica que muestra Cullie es la de que, cuando el hombre deja de ser hijo de Dios por acta de defunción de éste último, pasa a ser no más que un mero animal, y el atributo de la inteligencia, hasta el momento reservado a los hombres, pasa a ser también predicado del resto de los animales. Así, vemos cómo el perro que se comunica telepáticamente dice: “Si antes sólo conocía los impulsos, el instinto y los hábitos, de pronto mi mente se encontraba llena de pensamientos. Y si antes para mí no existía nada más allá de lo que podía detectar con mis sentidos, ahora era capaz de aprehender la totalidad de la Tierra como una sola entidad, con las más mínimas y variadas formas en que los componentes de esta totalidad interactuaban, nacían y dejaban de existir” (p. 120). El mismo camino a la inversa es el que recorre el hombre, ejemplificado en este caso en Mubarak, el científico que prueba la carne del cadáver incorrupto de Dios. En vez de hacerse más inteligente, parece que es invadido por un generalizado y crónico torpor: “Aunque Mubarak no dijo nada al respecto, ni una palabra, era obvio que no era el mismo. No sé exactamente qué facultades había obtenido (…), pero más bien parecía que la transformación lo había entorpecido de una forma extraña e inexplicable. Una cosa estaba clara: ahora tenía problemas para conducir. Le costaba cambiar de marchas, pisaba el acelerador en lugar del freno y al revés, y tenía dificultades para coger las curvas del camino (…) Cuando hablaba, lo que no ocurría con mucha frecuencia, salpicaba sus frases con palabras que no venían al caso y ni siquiera parecía percatarse de haberlas dicho” (p. 132).

También podríamos hablar de los dos nuevos regímenes políticos que surgen de la nueva Weltanschauung, enfrentados en una guerra sin cuartel. Por un lado tenemos a los psicoevos (Psico-Evolucionistas), cuya ideología es una especie de determinismo biológico de origen asiático. Mientras que por el otro tenemos a los Antropologistas Posmodernos, los más norteamericanos, ciegos defensores de una libertad sin tasa -casi pulsional- que carece de fundamento y que no encuentra posible satisfacción, pues, con el óbito divino, no existe ya objeto alguno capaz de contentar la humana sed. Así, los años de lucha entre ambos ejércitos se suceden y parece que los primeros son los que están a punto de imponerse, mientras Occidente se entrega a las técnicas del olvido, preparando a sus ciudadanos para las lenitivas panaceas de la inconsciencia y la irresponsabilidad, lo cual, sin duda, trae a la memoria del lector el soma y la hipnopedia de Un mundo feliz (1932), de Aldous Huxley.

Dejamos aquí el elenco, para acabar confesando el disfrute que uno ha experimentado leyendo estas páginas sencillas, posmodernas por oscuras, aunque no demasiado alambicadas, y clarividentes. Se trata de un texto absolutamente recomendable para todos los amantes de las cacotopías o distopías. No es más que una fantástica actualización de libros como Fahrenheit 451, de Ray Bradbury o El país de las últimas cosas, de Paul Auster. Se trata, pues, de un inteligentísimo refinamiento de las historias de zombis, aliñado con un haz de relatos que se cruzan anárquicamente y, que, como por casualidad, en esos nexos fortuitos, consigue que incluso las mayores banalidades cobren sentido a la luz de nuestra propia vida y experiencia. Pese a la penumbra que se cierne en torno a él, su lectura ilumina.

 

© Jorge Martínez Lucena 2011

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2011