Espéculo

  Reseñas, críticas y novedades

 

 

David Vann

Sukkwan Island

  

 

 

Dr. Jorge Martínez Lucena
Profesor Adjunto
Universitat Abat Oliba CEU

Nos encontramos aquí con una novela que funciona a modo de terapia para el escritor y que pone al lector ante un tema francamente interesante para todos, y más en estos tiempos de emergencia educativa: la relación paterno-filial. Así pues, en cierto modo, se trata de un libro escrito para exorcizar ciertos fantasmas de la adolescencia del autor, como un intento de fijar sobre el papel una consoladora historia que no sucedió en realidad, pero que perfectamente podría haber sucedido. La narración no es más que un intento, por parte de David Vann, de liberarse, mediante la escritura, del fantasma del suicidio de su padre, James Edwin Vann, al que dedica el libro. A la edad de trece años, viviendo él con su madre y su hermana en California, recibió una llamada telefónica de su padre desde Alaska, que, deprimido y habiéndose divorciado por segunda vez, le pedía que fuese a pasar una temporada larga en una isla del Sur de Alaska con él. A la propuesta, el chico contestó que no. Poco después, su padre se voló la cabeza con una escopeta de caza mientras se despedía telefónicamente de su segunda exmujer.

Así, en primer lugar, esta historia es una terapia literaria para sobrevivir a lo que un chaval de trece años entendió como un producto de sus decisiones. Por eso la novela intenta construir un mundo posible, el escenario que se hubiese dado caso de haber respondido positivamente a la propuesta de su padre. ¿Qué hubiese pasado entonces? Para poderlo saber debemos seguir los días de aislamiento y reclusión en una diminuta cabaña de Sukkwan Island, a la que sólo es posible llegar en barco o hidroavión, de Jim, un dentista que decide, no se sabe bien por qué, venderlo todo e irse a pasar unos meses a un inhóspito lugar de Alaska con su hijo, Roy, alter ego del escritor, que asiste al desmoronamiento de su padre sin poder mirar a ningún otro lugar.

Sin embargo, el valor de este texto no se limita a su capacidad catártica para liberar los demonios del alma de Vann, sino que trasciende este cometido para convertirse en una obra poderosa, en que la naturaleza cobra un papel protagonista encarnándose indomeñable en los inhumanos y agrestes paisajes pre-árticos. Su fluidez narrativa, al más puro estilo Hemingway, se convierte, en manos del lector, en un artilugio hipnótico, aunque plagado de una mirada obsesiva, repetitiva y claustrofóbica al más puro estilo Thomas Bernhard, en novelas como su Corrección (1974). Y, todo queda hilvanado con un estilo impecable y económico, además de teñido de un pesimismo enfermizo que a veces recuerda al de Louis-Ferdinand Céline, aunque en un registro mucho más preciso y despegado de exuberancias e ideologías.

No cometeré el error aquí de desvelar los acontecimientos que se suceden en la desgraciada trama, porque entorpecerían la posible lectura del que hubiese compartido estos pensamientos con el que suscribe. Me limitaré simplemente a abordar el tema antes mencionado de la educación y en concreto el tema de la autoridad y la relación entre padre e hijo, a través del mínimo análisis de los dos personajes principales del drama o tragedia, según se mire. Además, intentaré añadir algunas de las reflexiones que su lectura me ha suscitado.

Si se ha hablado de la ausencia de la autoridad como un problema educativo actual, quizás Jim, la figura del adulto en la novela, ilustra hiperbólicamente este paradigma. En su caso, no es que el padre no esté presente, sino que no es autoridad en el sentido de que no es capaz de hacer surgir la humanidad que hay en su hijo mediante el simple testimonio de una humanidad vivida intensamente y en plenitud. Tenemos ante nuestros ojos a un hombre solo que se siente “demasiado solo” (p. 88), cuya vida no es capaz de encontrar ningún sentido porque no pertenece a nada ni a nadie. Sus dos mujeres le han abandonado por su incapacidad para la fidelidad y su inextirpable afición a las prostitutas. Lo vemos recurrentemente todas y cada una de las noches en que Roy se despierta porque oye lloriquear y sollozar a su padre, o en cada una de las afirmaciones que le lanza a su hijo, atemorizándolo sin apenas darse cuenta. Un claro exponente lo tenemos cuando Jim le dice: “No sé qué es, pero hace años que no me siento en casa, que no me siento parte de ningún lugar en el que he estado” (p. 28). Jim es un depresivo con innegables tendencias suicidas. No sólo suele juguetear con su Magnum .44 dentro de la casa mientras protagoniza ininteligibles soliloquios, sino que también, inexplicablemente, se deja caer por un despeñadero mientras va de caza con su hijo o se entrega a absurdas excursiones que desafían toda racionalidad en las condiciones meteorológicas que se dan por aquellas latitudes. Además, su temperamento es un tanto ciclotímico, como observa su propio hijo: “Roy observaba el rostro serio y sin afeitar de su padre mientras trabajaba, la lluvia fría que goteaba al final de su nariz. Entonces parecía tan sólido como una figura tallada en piedra, todas sus ideas parecían igual de inmutables, y Roy no podía reconciliar a ese padre con el otro, que lloraba y se desesperaba y no tenía nada que pudiera durar” (p. 87). En el fondo, como él mismo reconoce, su problema es que no es capaz de creerse ninguna de las respuestas que ha encontrado a su anhelo de significado total: “(…) he estado pensando en eso, y me ha hecho pensar en lo que me estoy perdiendo y en que no tengo religión pero la necesito de todas formas (…) En general, estoy jodido. Necesito un mundo animado, y que haga referencia a mí. Necesito saber que cuando un glaciar cambia o un oso se tira un pedo tiene algo que ver conmigo. Pero no puedo creer nada de esa mierda, aunque lo necesito” (p. 100).

Como contraparte de ese dueto protagonista tenemos a Roy, un chaval que inicia su adolescencia y que ha decidido irse a pasar una temporada con su padre a la durísima Alaska por la única razón de que teme que su padre se vaya a suicidar. Estar allí es su sencillo modo de garantizar la vida de su padre, que pese a estar cargado de problemas y defectos, no deja de ser su padre. Pese a todo, la imagen que Roy tiene de Jim no deja de aproximarse bastante a la realidad de las cosas. En primer lugar, vemos cómo claramente se da cuenta de la disolución de su humanidad. El chico lo verbaliza del siguiente modo: “Mientras observaba la sombra oscura que se movía delante de él, le pareció que esa era la sensación que tenía desde hacía mucho tiempo, que su padre era una forma insustancial que iba delante de él, y que, si él apartaba la mirada un instante o se olvidaba o no iba lo bastante rápido, podía desaparecer, como si la voluntad de Roy fuera lo único que lo mantenía allí. Roy estaba cada vez más atemorizado y cansado, tenía la impresión de que no podía seguir y empezó a sentir pena de sí mismo, y se dijo: es demasiado para mí” (p. 110). Vemos pues, cómo el hecho de estar encerrado en la relación con un padre que no tiene razones para vivir, hace que el chico pierda progresivamente fuelle en el intento de salvarle al padre la vida, hasta el momento en que está a punto de acabar el primero de los dos capítulos del libro y Roy llega a un juicio sumario sobre el estado de su padre: “observaba a su padre todo el tiempo y no veía ninguna grieta en la cáscara de su desesperación. Su padre se había vuelto insensible” (p. 124).

El segundo capítulo es un desarrollo lógico de lo que sucede al final del primero. Como he dicho, no entraré en el desarrollo de la trama a partir de este punto, aunque sí diré algo que creo deducir en mi segunda navegación de la novela. Uno, tras leer este libro, entiende que es francamente difícil que un joven se desarrolle humanamente cuando el único referente adulto que tiene delante está gritando, desde su existencia como bulto silencioso, la evidencia de que no existe verdad, ni bien, ni belleza, y que, por tanto, nuestra razón, nuestra voluntad, nuestra sensibilidad y nuestros afectos no son más que meras jugarretas del destino o trampas que sólo originan un absurdo sufrimiento. Lo cual es como decir, aplicando la dialéctica negativa al texto, que la educación coincide con la vida, y que, cuando ésta última se atenúa irremisiblemente, acantonándose en su incapacidad de percibir una mirada gratuita y buena sobre sí misma y su destino, la nada llena de vacío no sólo nuestra existencia sino también la de aquellos que nos miran esperando ser mirados desde la certeza de que la vida y sus connaturales dificultades merecen ser vividas, porque son un apasionante camino hacia nuestro deseado cumplimiento.

Es pues un libro que merece la pena leerse, aunque sólo sea para disfrutar de la literatura post-kafkiana bien escrita y sentir el escalofrío que provoca una sociedad en que los adultos no parecen encontrar la fórmula para afrontar sus problemas existenciales. Quizás ensimismarse con este tipo de historias sea un modo de ser sacudidos para despertar de esta pesadilla nihilista en la que Occidente se sumerge lentamente, aunque sin pausa.

 

© Jorge Martínez Lucena 2011

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero48/sukkawanis.html



Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2011