Entrevistas

Antonio Fernández Rañada:

"La metáfora está
en la creación
del hecho científico"


por Mª Elena Gómez Sánchez



Antonio Fernández Rañada, catedrático de Física Teórica en la Universidad Complutense de Madrid, obtuvo el Premio Internacional Jovellanos de Ensayo 1995 con su libro Los muchos rostros de la ciencia (Oviedo, Nobel, 1995), obra en la que aborda la consideración de la ciencia como un elemento imprescindible en la configuración cultural de las sociedades. En esta entrevista, el autor detalla algunos de los aspectos más llamativos de su libro.


-¿Por qué decidió escribir un libro de estas características?

-Soy muy aficionado a la ciencia, pero también a otras muchas facetas de la vida, como la literatura o el arte, y cada vez me impresiona más la brecha que hay entre la ciencia y las otras formas de la cultura. Esto, que ocurre en todo el mundo, es más acusado en España. Es algo paradójico: vivimos en una sociedad cada vez más dominada por realizaciones de la ciencia y, sin embargo, la gente a veces no puede evaluar en qué consiste ésta o cuáles son sus consecuencias. Por ejemplo, las líneas de actuación de los políticos pueden llevar a ciertas situaciones, pero la sociedad que los va a elegir no puede valorarlo. Ésta situación es muy mala. Problemas como el del medio ambiente o el riesgo de una confrontación nuclear exigen una comprensión cada vez mayor entre diferentes áreas del conocimiento y, sin embargo, ésta no se produce. Por eso decidí escribir el libro.

-Existe una idea bastante extendida de que "hay que hacer ciencia porque es la base para el futuro". Esta perspectiva, ¿no es excesivamente reduccionista?

-En efecto, hay quien dice que la ciencia es la base para poder crear aparatos con los que viviremos mejor. Pero es importante darse cuenta de que la actividad científica no sólo sirve para fabricar aparatos o mejorar la economía, sino también para contestar a preguntas que se están haciendo los seres humanos desde el principio de los tiempos: qué pasa en el mundo, por qué ocurre la sucesión de las estaciones, o cuál es el lugar de la vida en la tierra. Cualquier cuestión referida a "la concepción del mundo" no puede contestarse ni plantearse adecuadamente sin tener en cuenta la ciencia. No digo "sólo desde la ciencia"; hay quien sí lo hace de este modo, pero esa es también una postura unidimensional. El mundo es muy complejo y nadie es capaz de abarcar todas las claves necesarias. Un científico ve algunas cosas que otras personas no pueden comprender, pero se le puede escapar algo que sí ve otra persona con una perspectiva diferente; por ejemplo, un novelista que tiene gran capacidad para analizar la mente humana o un poeta que da con la palabra justa.

Hay que combinar distintas aproximaciones a la realidad. La ciencia tiene muchos aspectos, y no sólo el de ser útil: también contribuye a la respuesta de esas preguntas sobre el hombre. A diferencia de otros animales, los seres humanos somos capaces de hacer frente a retos y modificarnos a nosotros mismos. Tenemos una inquietud que nos hace ir evolucionando. La idea del reto es muy importante; por eso, tras una evolución cósmica, ha habido una evolución biológica y después una evolución cultural. Además, la ciencia tiene también un aspecto estético: profundizar en sus grandes explicaciones sobre la naturaleza produce una sensación de emoción estética, de estar ante algo profundo. Por lo general, unos científicos son sensibles a algunos de estos aspectos o "rostros" de la ciencia, mientras que otros se fijan en otras facetas.

-Usted define la ciencia como "el resultado de mirar las cosas, sentir la sorpresa, preguntarse y ver". Sin embargo, para la mayor parte de la sociedad, la palabra ciencia remite a procesos aptos sólo para unos pocos iniciados. Para quitar ese "miedo a la ciencia", ¿no habría que esforzarse por buscar la unión entre "lo más real" y "lo más abstracto"?

-En física matemática, mi campo, es imprescindible usar una herramienta matemática complicada. Pero los científicos tenemos que ser capaces de extraer de esas formulaciones complejas lo que es verdaderamente esencial, y expresarlo con palabras que pueda entender la gente. Boltzmann decía: "Yo soy verdaderamente un físico teórico, pero el verdadero teórico es aquél que es capaz de hablar sin fórmulas"; es decir, el que puede explicar las cosas por medio del lenguaje. A veces la divulgación no es fácil, pero es muy importante. La ciencia tiene que estar en contacto con otras formas de ver la realidad; si no, se pierde la perspectiva de cuál es su función en el mundo, y perder el sentido de la realidad es algo muy grave.

-El razonamiento abstracto es diferente del razonamiento intuitivo. Por ejemplo, intuitivamente se tiende a pensar que un kilo de plomo pesa más que un kilo de paja. ¿Cuál es la principal dificultad para adquirir el razonamiento abstracto, imprescindible para la ciencia?

-Hay científicos muy matemáticos y otros que lo son poco. Las matemáticas resultan complicadas para algunas personas, quizá porque no han tenido la oportunidad de acercarse adecuadamente a ellas. Eso, evidentemente, es una dificultad. Por ello hacen falta "traductores". Entre una persona que domina un lenguaje muy abstracto y otra que es muy intuitiva, hay toda una gama de personas con capacidades intermedias que pueden transmitir los conocimientos de uno a otro extremo de la cadena. Lo bueno es que quien sea muy abstracto sea capaz de realizar un esfuerzo para acercarse al conjunto de la gente.

-¿Es la divulgación un "deber social" de los científicos?

-Efectivamente, ese trabajo de divulgación es incluso una obligación social, aunque poco valorada entre los científicos españoles. Habría que hacer algo para mejorar en este aspecto. Cuando alguien se presenta a un concurso, normalmente se le valoran muy poco los esfuerzos de divulgación que haya hecho. Es un error, porque lleva a los científicos a no plantearse el realizar divulgación, y más si se tiene en cuenta que ésta supone un esfuerzo adicional, derivado de que para nosotros es mucho más sencillo emplear los tecnicismos de nuestra jerga. Sin embargo, debemos esforzarnos por divulgar, y más a partir de una cierta edad. En ciencia ocurre algo que pasa también en otros campos: la gente joven suele tener más capacidad de análisis. En física, por ejemplo, la capacidad de abstracción es muy importante, y ésta suele alcanzar su máximo a una edad bastante temprana. En ese momento el científico tiende a adentrarse en un tema muy concreto e ir hasta el fondo. Con el tiempo, esa capacidad se va perdiendo un poco, pero a cambio se va adquiriendo la experiencia para ver y relacionar unas cosas con otras. Para realizar divulgación es muy importante tener esa visión amplia; por eso se suele hacer mejor según pasan los años. También es una buena combinación el trabajo en común de una persona ya de experiencia y una persona joven, puesto que se complementan. En el mundo anglosajón, la divulgación se valora cada vez más, con la figura de los science writers. En ocasiones éstos proceden del mundo del periodismo, otras veces son científicos con capacidad de comunicar, y en otros casos se plantea la colaboración entre ambos, conjugando rigor y claridad.

-¿Por qué considera la metáfora como un buen instrumento para explicar la ciencia?

-Los científicos hemos de acostumbrarnos a usar de la metafóra para explicar las cosas. Cuando se trata de un proceso matemático muy complicado, hay que recurrir a analogías o símiles para que la gente perciba lo que queremos decir. Tenemos que olvidarnos de la sensación de estar escribiendo un trabajo científico, sometidos a la tensión que supone el control de un supervisor, pendiente hasta de los más mínimos aspectos. A veces estamos obsesionados con dar todos los detalles para que no nos critiquen, y olvidamos que, en el terreno divulgativo, no es ésa la cuestión, por lo que hay que hablar con otro lenguaje. Ahí es muy importante la comunicación y el trabajo de los periodistas.

-Sin embargo, ¿no puede ser también un poco engañoso utilizar la metáfora para explicar procesos científicos?

-Depende de cómo se use. La metáfora no sólo sirve para comunicar: también sirve para crear. La metáfora es parte de la creatividad científica: decimos que "a es igual a b" aunque sabemos que a es distinto de b. Establecer esa comparación inmediatamente pone en disposición de captar toda una serie de cosas. Los grandes descubrimientos científicos se han realizado, muchas veces, partiendo de una metáfora. Cuando a Newton le cayó la manzana, pensó: "La luna es como una manzana." Es una metáfora pero, con todo, hay algo esencial que permite relacionar esa manzana con la luna. Así pues, además de servir para facilitar el entendimiento y acercarnos a la gente, la metáfora está en la propia creación del hecho científico.

Por otra parte, nuestro lenguaje no está hecho para conceptos como "electrón". Muchas veces, la dificultad de una teoría consiste en crear un lenguaje adecuado para hablar de ella. Por supuesto, este lenguaje debe estar conectado con el lenguaje normal, pero con el añadido de una serie de matizaciones, el empleo de metáforas, etc. Así, cuando se usan expresiones como agujero negro, efecto mariposa, efecto invernadero, etc., se están utilizando metáforas; se trata de encontrar modos de referirse a lo que pasa, de manera que se entienda mejor el fenómeno en cuestión. Darse cuenta de ello es muy importante, porque es manejando estos recursos como puede acercarse la ciencia a gente que no tiene una formación científica. Por eso, en divulgación hay que utilizar metáforas y crear "lenguaje", aunque quizá de una manera peculiar y con cuidado de no desvirtuar la realidad.

-¿Qué papel juega la imaginación -o la reconstrucción imaginativa- en la ciencia?

-Muy grande. La imaginación es absolutamente esencial: hay que estar continuamente imaginando situaciones distintas para analizarlas y ver adónde lleva cada una. Al desarrollar una teoría, el matemático es un creador de configuraciones -o "paisajes"- mentales. Freeman Dyson, uno de los padres de la electromecánica cuántica, dice tener la sensación de que su trabajo se parece más al de un artista que al de los filósofos, que no pueden prescindir de los datos de la ciencia; en este sentido, una buena obra científica se asemeja más a una buena obra de arte. Hay que hacer un esfuerzo para imaginar cosas y para superar la barrera del lenguaje.

-Según Massimo Piatelli, "la capacidad crítica, en cualquier campo, es el producto del pensamiento creativo que se ha invertido en aquel campo". Esta definición, ¿es válida para entender el modo en que avanza la ciencia?

-Podría serlo, porque hay que tener en cuenta que el pensamiento verdaderamente creativo no suele consistir en que de pronto a alguien se le ocurra una idea nueva; más bien ésta llega después de muchos esfuerzos y de muchos intentos desechados, cuando ya se ha realizado una crítica en el terreno de que se trate. Del mismo modo, hay quien dice que para ser un buen escritor hay que escribir mucho y tirar también mucho, hasta quedarse con lo que vale la pena. Hay personas más inspiradas que otras, pero a nadie le vienen las ideas de repente. También es cierto que una de las características del científico es ser alguien que trabaja de una manera tremenda, porque le gusta mucho lo que hace, pero ocurre igual con los científicos, los escritores o los periodistas que encuentran en su labor algo gratificante y que les satisface.

-Flaubert sostenía que "el único modo de soportar la existencia es aturdirse en la literatura como en una orgía perpetua". ¿Puede decirse esto de la creación o de la investigación científica?

-Es una idea interesante. Einstein decía algo parecido: que la ciencia y el arte son las dos formas de escapar de la realidad. Es verdad. Son actividades muy enriquecedoras, y cuando se llega a comprender algo, aunque sea una cosa pequeña, es incluso embriagador. Ya decía Demócrito que vale más descubrir una relación causal que recibir la corona de Persia. Sin duda, la actividad científica puede ser también sumergirse en una "orgía perpetua" -muy distinta aparentemente a la del escritor-, pero una "orgía perpetua" que en el fondo supone estar en el mundo, intentando entender aquello que está tan cerca y tan lejos a la vez. Esto puede sorprender a la gente que ve la ciencia "desde fuera", pero ésta es una manera de ver el mundo, de enfrentarse con problemas, y es muy gratificante y muy absorbente. En ciertos casos, eso puede llevar a la insolidaridad, a encerrarse en la torre de marfil. Esa actitud probablemente sea más grave en un científico que en un escritor, a pesar de que éste tiene una repercusión social muy grande. Encerrarse en la torre de marfil, olvidándose de las consecuencias que puedan tener los propios actos, puede ser, dependiendo del área en que se trabaje, poco importante o muy negativo. Éste es el caso de los grandes problemas, como la clonación. Por poner otro ejemplo, pensemos en la actitud de alguien que estuviera trabajando en el "Proyecto Manhattan", cuyas consecuencias podían ser terribles, y que dijera: "Son otros los que deciden por mí, yo sólo voy a ver cómo son los núcleos de los átomos."

-En su libro señala la necesidad de buscar "la concepción estética de la ciencia", y también afirma que "existen profundas relaciones y paralelismos entre la ciencia y el arte". Acaba de hablar de ello, al referirse a Einstein. Sin embargo, a muchos les resultará difícil encontrar estas relaciones...

-Sin duda, y eso se debe a varias razones. Una de ellas es que el arte -por ejemplo, la música o la pintura- tiene niveles de significación muy variados. Para algunos se necesitan ciertos conocimientos: para entender a fondo una interpretación de una sinfonía de Beethoven hace falta tener oído y estudios musicales. El que los tiene percibe en un concierto muchas más cosas que el que no los tiene, pero incluso la persona que no sabe nada puede sentirse emocionada al escuchar la música; alguien puede ir a una exposición y sentirse impresionado ante un cuadro, aunque no entienda de pintura. La ciencia, normalmente, tiene un nivel mínimo de significación que exige una preparación mayor. Eso es evidente. Los científicos hemos de esforzarnos por hacer comprender mejor esas matizaciones, y ésa es también una de las razones de mi libro.

Por otra parte, en la evolución cultural, que viene desde el primitivo homo sapiens, los factores que más han actuado como motor han sido la ciencia y el arte. Hay quienes se han sentido muy atraídos por el hecho de que los hombres primitivos pintaran en las cuevas aquellos animales que veían y, efectivamente, eso es emocionante. Pero también había otras personas que se quedaban impresionadas por el modo en que el sol o la luna avanzaban. Unos y otros sentían la sorpresa ante el mundo, pero cada uno tenía un talento; de igual manera, a algunos se les ocurría inventar un mito o contar una historia. En definitiva, son dos funciones que han ido cambiando a los seres humanos muy claramente y que han ido empujando la historia.

-Usted ha escrito que "los que ven la ciencia como un puro desarrollo lógico, en el que los elementos humanos deben reprimirse en aras de la objetividad, ignoran que su riqueza está también en las emociones, las costumbres y los estilos de quienes la crean". Esto apunta claramente hacia una ciencia humanista...

La ciencia y los científicos deberíamos esforzarnos por comprender en todo momento no sólo el ámbito en el que cada uno está especializado, sino la motivación de la humanidad en su conjunto. Sin embargo, con esa frase me refiero especialmente a algo que puede tener una función pedagógica para quienes quieran ser científicos, y es que no existe un modelo de científico. Se tiene la idea de que hay un "tipo científico", y eso es completamente falso. No hace falta nada más que mirar a los científicos: hay una gran diferencia de unos a otros. Eso es también una riqueza: a lo mejor unos tienen la facilidad de analizar la matemática de un problema y otros tienen la capacidad de relacionar unas cosas con otras. Tampoco existe un único tipo de novelista. Se necesitan distintos talentos, porque es una empresa muy difícil y hacen falta todas las maneras de verla.

-También afirma en su obra que "el problema de la ciencia es una cuestión cultural en el sentido más profundo". Sin embargo, cuesta conseguir que el grueso de la sociedad se interese por la ciencia. ¿Por qué?

-Alguien le preguntó a Einstein por qué había nacido la ciencia en Europa, y él contestó que eso no tenía importancia, que lo verdaderamente importante era que hubiera nacido la ciencia. La Revolución Científica comenzó a gestarse en los siglos XVI y XVII, y eclosionó en el XVIII. En ese momento comenzó a configurarse lo que hoy consideramos como irrenunciable, la modernidad. En ésta, el elemento científico no es el único, pero sí es esencial. Muchas de las disputas en ciencia se pueden zanjar mediante el método experimental, lo que no ocurre en otros campos. Consecuentemente, la ciencia es fundamental para el surgimiento del pensamiento crítico a partir del siglo XVIII: para la democracia, porque ésta requiere una opinión pública con cierta capacidad para no ser engañada por los políticos, y para los derechos humanos, porque éstos exigen el acabar con los criterios de autoridad por definición. Desde este punto de vista, la ciencia es un elemento esencial -aunque insisto, no el único- de la cultura moderna.

Este elemento no ha estado presente en España. No triunfó el Nuevo Régimen. Tras las guerras napoleónicas y el proyecto de las Cortes de Cádiz, vino de nuevo el absolutismo y, después, toda una colección de fracasos políticos. Todo eso se debe, en buena parte, a esa ausencia de conciencia crítica. Aunque no son cosas que puedan tomarse en un sentido absoluto, es importante tenerlas en cuenta. En el 98 se plantearon a fondo qué ocurría con España. Desde la admiración más sincera y profunda hacia esas personas, hay que decir que su análisis fue importante, pero estaba planteado sobre una base insuficiente. Salvo Ortega, consideraban el problema excesivamente desde el ángulo de la literatura, cuando dicho problema (como planteamos en el Manifiesto de El Escorial del pasado verano) era cultural. A la altura de estos tiempos es de vital importancia introducir un elemento científico en la cultura: la modernidad está haciendo crisis y tenemos que solucionar muchos problemas, algunos de los cuales no pueden resolverse ni sin un componente científico, ni tampoco sólo con la ciencia. Por eso es también importante que haya "traductores", es decir, intelectuales y también periodistas, que entiendan un poco de ciencia y que se preocupen por ella.

-¿Cómo se puede conseguir que la opinión pública entienda mejor la ciencia? Según parece, la sobresaturación de noticias científicas no contribuye a ello, sino todo lo contrario.

-En la nueva Enseñanza Media hay una iniciativa que, aunque no sé cómo resultará, me parece buena: es una asignatura que se llama "Ciencia, Tecnología y Sociedad" y que van a impartir filósofos. No se trata de explicar cuestiones científicas, sino el papel que la ciencia y la tecnología tienen en la sociedad. Es una vía interesante, porque hay muchas personas que no tienen formación científica, pero sí una cultura humanística: saben historia, y se plantean, por ejemplo, cómo ha surgido una idea. Además, no sólo es importante la divulgación, el explicar muchas cosas, pues a algunos sí les gusta, pero otros, efectivamente, se sienten "empachados". Darse cuenta de ese otro aspecto de la ciencia que no son sus realizaciones concretas, sino su modo de influir en el cambio de las ideas que podamos tener sobre el mundo, puede dar mucho juego. Antonio Muñoz Molina dijo hace poco algo que me llamo la atención: que leía algunos textos de ciencia, porque le aportaban cierta precisión en el lenguaje. Los grandes científicos suelen escribir textos muy claros e interesantes, y lo que importa es mantener el diálogo con aquéllos que tienen una responsabilidad como autores de libros o artículos periodísticos, que pueden estimular a mucha gente. Tampoco se trata de ser experto en ciencia, pero sí de tener una sensibilidad respecto a cómo la ciencia nos puede cambiar la vida para bien o para mal. Para que no nos engañen, es necesario tener una opinión crítica, y en eso fallamos en España. La opinión pública es muy crédula, debido a los procesos políticos a los que nos referíamos antes.

-¿Cuál es la situación actual de la ciencia en España en lo que se refiere a su calidad y en cuanto a su articulación, es decir, en cuanto al modo en que fluye al conjunto de la sociedad?

-Es una cuestión muy importante. La ciencia española ha tenido un desarrollo casi espectacular desde principios de los setenta hasta ahora. Ha aumentado mucho el número de gente que trabaja y realiza cosas interesantes. En las grandes revistas especializadas hay nombres españoles; nos encontramos en un buen nivel. Sin embargo, somos muy pocos en relación con el ámbito internacional. Por ejemplo, estamos por debajo del promedio de la Unión Europea en cuanto al número de científicos por habitante. El CSIC tiene la tercera parte de científicos que el CNRS (Centre National de la Recherche Scientifique) francés. Este dato del número de científicos es importante: si hay muy pocos médicos, aunque sean muy buenos, no podrán atender a una población muy grande. El frenazo en la ayuda económica a la investigación dentro de la Universidad, en los últimos cuatro años, es también muy grave. Respecto a nuestros logros, tenemos bastantes buenas realizaciones, con un nivel digno que puede presentarse en cualquier lugar, pero no hay muchas grandes realizaciones, porque eso depende también, en parte, del número de investigadores. De hecho, hay que tener en cuenta que una ley de Sociología de la Ciencia relaciona el número de grandes realizaciones con el número de científicos.

Otra característica negativa de la ciencia española es que está demasiado centrada en lo académico o, por decirlo de otra manera, en el experimento, y hay muy poca relación con las empresas. Esto trae consecuencias económicas muy negativas. Tenemos casos en los que el científico no tiene el arranque de ir a ofrecer a la empresa el resultado de una investigación que podría aplicarse a ésta; a dicha empresa no se le ocurre ir a buscar a la Universidad, y acaba por ir a Alemania y pagar una patente. Parte de la riqueza que se podría generar aquí se está perdiendo. Eso es también un problema cultural. Es otra de las cuestiones que nos planteábamos en el Manifiesto de El Escorial el año pasado. Cuando surge una iniciativa de ese tipo, como el Centro de Tecnología de Cerámica en Castellón, se ve que es una experiencia muy positiva: el Centro está creando una riqueza enorme, por la cantidad de materiales que exporta. Hay algunos otros ejemplos, pero, en cualquier caso, son insuficientes.

Por otro lado, ha habido una generación que ha tenido que trabajar en unas condiciones muy malas y se ha visto obligada a hacer un esfuerzo muy grande. La ciencia, como decíamos antes, es muy absorbente, y esa situación llevó a una cierta desconexión de la sociedad. Sin embargo, una sociedad madura debe potenciar esa comunicación, y en España habría que hacerlo.

En este mismo orden de cosas, hay informes que señalan que una parte muy importante del paro español (se hablaba hasta de 500.000 personas en un quinquenio reciente) se debe a la falta de cobertura tecnológica, debido a nuestra falta de creatividad para realizar esfuerzos en ese campo. En parte esto ha sido estimulado por la idea de que España es un país de servicios, lo cual está bien, pero no basta. Florida es un paraíso turístico, pero tiene también unas universidades y un parque tecnológico de primera línea mundial. Pensar "para qué vamos a invertir en ciencia, si tenemos playas" es un gravísimo error, y no sólo en términos económicos: también supone renunciar a nuestra capacidad creativa y a la posibilidad de ser un país que ocupe un puesto importante en el mundo. Es relegarnos nosotros mismos a la segunda división.

-Esta relación entre la ciencia y la empresa tiene una vertiente social y también ética, ¿no es así?

-Naturalmente. Respecto a la vertiente social, establecer contactos con la empresa cambia la idea que los científicos tienen acerca de su relación con la sociedad. A veces, como decía antes, estamos encerrados en la torre de marfil, con lo que ello supone de pérdida de sentido de la realidad, y es muy importante salir de ese gueto académico. Esto no quiere decir que todos tengan que hacerlo, pero sí que habrá quien lo haga, y que está bien que eso vaya fluyendo. Naturalmente, esto tiene una implicación ética, porque el científico inmediatamente se replantearía cuál es la función de su trabajo y lo afrontaría con mayor responsabilidad. Al fin y al cabo, los investigadores públicos, en la Universidad, recibimos el dinero de los Presupuestos Generales del Estado.

-¿A quién recomienda especialmente la lectura de este libro?

-Lo escribí pensando en gente de humanidades, que pudiese estar interesada en saber qué motiva a los científicos. Hablando con algunos amigos, vi que todo esto les llamaba la atención. En este libro no hago divulgación, no explico qué es un átomo, pero sí me ocupo, entre otras, de las cuestiones que hemos tratado. Pienso que Los muchos rostros de la ciencia puede interesar a todo el que desee acercarse a una obra que no le va a dar tecnicismos científicos, pero que le va a permitir apreciar un poco más la ciencia, y también a quien quiera explicarse cosas en las que quizá no haya pensado, tal vez por falta de tiempo. En definitiva, se lo recomiendo a todos.

© Elena Gómez Sánchez

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