Espéculo

De Barranquilla a Zacatecas:
El mismo cuento de Gabo

por Marta Rivera de la Cruz
Universidad Complutense


Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el escritor Gabriel García Márquez habría de recordar la tarde remota en que propuso, ante sabios del mundo entero, la destrucción sistemática de las normas de ortografía durante el Congreso de Zacatecas. El juicio fue rápido y la sentencia firme: al paredón con el autor de tamaño despropósito. El Gabo, que había tratado inútilmente de defenderse intentando explicar el sentido último del texto malhadado, se rindió ante lo inevitable y decidió esperar con la dignidad del coronel Aureliano Buendía la clemencia de alguien o la conmutación de la pena en el último segundo.

Su discurso, titulado "El dios de las palabras" había sido recogido en toda su extensión por la mayoría de los diarios de habla hispana, que recortaron sin embargo sin un resquicio de piedad (y probablemente libres de acto de contrición o propósito de enmienda) el texto riquísimo de Camilo José Cela, o la prosa deliberadamente poética del maestro Octavio Paz. Con ese gesto simple de cercenar o no, de amputar o de ofrecer el menú completo, los responsables de las secciones culturales de los periódicos estaban sirviendo en bandeja la polémica que, seguro, iba a iniciarse con las palabras del siempre provocador premio Nobel colombiano, elevado, por obra y gracia de no se sabe quien y seguramente sin la aquiescencia del propio autor, a la categoría de lingüista. Ninguna apostura parece mayor. García Márquez no es un filólogo, sino un paridor nato de las mejores ficciones. Un creador, en suma, pero no un teórico del idioma.

Y el mago, el contador de historias, iba a lanzar la bomba: " jubilemos, dijo, la ortografía, terror del ser humano desde la cuna, enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota (...) Simplifiquemos la gramática antes de que ella termine por simplificarnos a nosotros". Con apenas dos páginas de texto, García Márquez había encendido la mecha de la discordia con la misma facilidad con que hizo subir a los cielos, entre un aleteo de sábanas blancas, al personaje inolvidable de Remedios la Bella.

Como suele ocurrir en estos casos, la anécdota pasó inmediatamente a la categoría, y decenas de furibundos lingüistas se rasgaron las vestiduras ante la propuesta descabellada del fabulador inagotable, que en su afán por inventar lo que no existe parecía dispuesto, por qué no, a erradicar las letras de siempre y crear un idioma nuevo. No vieron, o no quisieron ver, el tono festivo que el autor pretendía dar a una cuestión grande como es la de nuestro idioma español, quizá porque parece necesario liberar a ciertas cuestiones de dramatismos inútiles: es ese el único medio de no caer en la progresiva demonización de realidades que no exigen más que una revisión paciente, constante y tranquila, y desde luego no exenta del humor que debiera servirnos para conjugar todos los tiempos verbales.

La clave última del discurso de Zacatecas, que tanta y tan acre polvareda ha levantado, se encuentra en un artículo publicado por Gabriel García Márquez en las páginas de "El Heraldo" de Barranquilla el 9 de septiembre de 1952 bajo el título "Hay que tener mala ortografía". Transcribo unos extractos:

"La ortografía, en cualquier idioma, es una cosa emocionante (...) Yo creo que los inconvenientes ortográficos estimulan el sistema nervioso, despiertan el proceso digestivo y hacen de la vida algo que realmente merece vivirse aunque sea por la sencilla emoción de saber y comprobar a cada instante que toda palabra tiene un intrincado misterio. Mientras más indescifrables y confusos sean los preceptos ortográficos, mejores oportunidades tendrá el hombre de ejercitar sus instintos y de poner en práctica constante y fecunda sus maravillosos residuos de irracionalidad.

Las disposiciones ortográficas no se inventaron para que el hombre escribiera correctamente, sino para que pudieran existir los errores de ortografía. Sin ellos, escribir no implicaría ningún sobresalto. Y las cartas de las mujeres no tendrían nada de particular.

Confieso un especial predilección por la hache. Parece que es la letra más combativa, denigrada e injustificada del alfabeto castellano (...) Suprimirla sería una medida absurda, un disparate legal. Lo único que yo admitiría en relación con ella es que se permita a cada quien colocarla donde le venga en gana (...)

Pero si a pesar de todo ha de reformarse la ortografía, no parece lo más indicado hacerle modificaciones y supresiones a la actual. Eso sería crear una serie de reglas nuevas que contribuirían a confundir tanto a quienes ignoramos las actuales como a esos seres extraños, un tanto interplanetarios, que dicen conocerlas. Lo que se necesita es la anarquía. Que cada escritor disponga del inusitado privilegio de ser leal a sus corazonadas. Eso sería autorizar al hombre para que regrese legalmente a la infancia."

En el discurso de Zacatecas, el autor rescató el juego, la broma, la boutade que había iniciado cuarenta y cinco años antes. El tono del artículo es más que ligero: raya en lo festivo. También hubiera podido leerse de mismo modo el discurso de Zacatecas, de no haber sido por la solemnidad que revestía el acto y la que quisieron darle los críticos y los censores, los mismos que se llevaron las manos a la cabeza ante las explosivas propuestas de García Márquez. No se les ocurrió dejar una puerta abierta a la posibilidad de que el autor no estuviese hablando sensu estricto, sino más bien componiendo la segunda parte de la greguería divertida y genial que iniciara en 1952. Lo que demuestra, una vez más, que los textos de Gabriel García Márquez no deben leerse (ni mucho menos entenderse) en un contexto aislado del conjunto de su obra.

"Toda palabra tiene un intrincado misterio", escribió García Márquez hace cuarenta y cinco años; "el gran derrotado es el silencio", dijo en 1997 en Zacatecas, México. Esas dos frases, que invitan no ya a la reflexión sino a la esperanza, son las que debemos rescatar de los dos discursos garciamarqueanos; dos frases y una idea: la de flexibilizar el idioma y liberarlo por fin de encorsetamientos absurdos que entorpecen su desarrollo pleno: humanicemos sus leyes, pide el señor de Aracataca - Macondo. La propuesta de Gabriel García Márquez es más creativa que destructora. Y, sobre todo, no debemos cometer el error de tomarla al pie de la letra, ni siquiera aquellos que creemos que el padre Reyna levitaba a ojos vista después de tomar una taza de chocolate. Lo que Gabo está reclamando, y lo hace como siempre desde el recurso del humor de los egregios mamagallistas, es que saquemos el idioma de reductos elitistas y mamotretos incomprensibles y empecemos a vivirlo y revivirlo en la calle. Que dejemos de conceder al idioma hablado una entidad distinta de la que damos al idioma escrito, y que lo que decimos cada día sirva para engrandecer lo que escribimos de vez en cuando. El español discurre por las venas de cuatrocientos millones de personas, se escapa de las academias y los gabinetes, vibra en las realidades de siempre para hacer que existan las cosas que aún no son nada porque no tienen nombre. Darles uno es insuflarlas de vida. El mundo hispanohablante es un mosaico inabarcable de culturas distintas con un denominador común: la lengua que llevaron los descubridores y que el nuevo mundo se encargó de desdoblar en la única Babel comprensible de la que tiene noticia la historia universal. Ante esa verdad hermosísima, ante esa tarea gigantesca que quinientos años después aún no ha culminado, el problema de bes y uves, de ges y de jotas, se vuelve pequeño y mezquino. Y el Gabo fue el que tuvo el valor de escribirlo primero, cuando era sólo un joven periodista, y de ratificarlo después de viva voz y ante el mundo entero cuando su condición de Premio Nobel concedía una dimensión mayor a sus palabras. Si algunos no lo han entendido así, tanto peor para ellos. Pero conviene reflexionar sobre el hecho de que las actitudes tremendistas de aquellos que se escandalizaron con el discurso de Zacatecas parecen chocar con su total inmovilismo con respecto a otras cuestiones que sí son cruciales para el futuro del habla hispánica: para un idioma, la peste peor es la de la endogamia y el aislacionismo. No condenemos al español a cien años de soledad. Nuestra lengua, que enriquecen cada día las incontables culturas que la han hecho suya, merece no una, sino muchas oportunidades más sobre la tierra.

© Marta Rivera de la Cruz 1997

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