Estudios:

Una storia semplice
La última novela de Leonardo Sciascia

por Antonio Ubach Medina
Filología Española III
Ciencias de la Información
Universidad Complutense



En noviembre de 1989 la editorial Adelphi publica Una storia semplice, de Leonardo Sciascia. El 20 de ese mes, a los 68 años, muere el autor en Palermo. Ésta es, pues, una de sus últimas obras, inserta en un género que había cultivado con frecuencia a lo largo de su vida, y sobre el que escribió la "Breve storia del romanzo poliziesco", aparecido en Cruciverba (1983), volumen que recoge ensayos sobre diversos temas. Pero trata también de una realidad permanentemente presente en la vida siciliana, que tan dolorosamente Sciascia logra apresar entre sus páginas: la mafia. Novela policiaca y mafia se combinan para dar lugar a un relato que desemboca en un final resumido en la última frase del texto: "Riprese cantando la strada verso casa" (1).

La elección del género policiaco está sin duda relacionada con las palabras que sobre el mismo aparecen en Cruciverba: "... nel romanzo poliziesco il lettore si identifica col personaggio di 'spalla': cioè accetta a priori, per pregiudizio, per convenzione, un ruolo di inferiorità e passivittà intellettuale" (2). Este personaje con el que se identifica el lector es el que sirve de contraste al inteligente detective para resaltar la agudeza y la sagacidad del investigador de turno. De forma indirecta, y al igual que en la novela las recibe Watson o cualquiera de sus descendientes, el lector es objeto de todo tipo de observaciones más o menos vejatorias que sirven para subrayar la capacidad del protagonista. No importa los esfuerzos que haga Watson (o el lector), la resolución del misterio nunca estará a su alcance, pues esta misión está reservada al detective. El personaje lo sabe, y también el lector. Ambos, aunque hagan intentos de descubrir al culpable, se someten a desempeñar ese papel pasivo que autor y género le han asignado, y que es el de mero espectador. Esa actitud pasiva es también la que el lector adopta en la vida real ante el fenómeno mafioso, como queda reflejado en la novela. Actitud que proviene a veces de una elección, pero que en la mayoría de los casos está forzada por el convencimiento de su propia impotencia: sus esfuerzos nunca conseguirán desvelar el misterio, como tampoco lograrán acabar con el crimen organizado.

Sciascia, en "Breve storia ...", hace un repaso de la evolución de la novela policiaca, centrándose en cómo va cambiando el protagonista según el momento histórico hasta llegar a Maigret. Maigret representa el estadio final de ese proceso evolutivo porque ya no es tratado como un tipo, sino como un personaje con una historia detrás y una evolución temporal que lo acercan a la realidad: "Un personaggio che ha avuto un'infanzia, che ha dei ricordi, che si è sposato, che ha il cruccio di non aver figli, che ha fatto carriera, che va in pensione" (3). Y que también se afirma a sí mismo en la realidad de la ficción, como personaje externo a la novela, a través del diálogo con el autor, "como quelli di Unamuno e di Pirandello", dos referencias importantes en la obra del autor siciliano. Por medio de este diálogo se presenta al "personaggio reale che polemizza con l'autore del personaggio fantastico, affermando la propria realtà e i propri diritti in quanto personaggio reale" (4).

Por otra parte, a la pasividad del lector mencionada antes contribuyen los presupuestos del género: la solución del misterio, o del crimen, supone la restauración de un orden que se ha roto. Pero ese orden roto, ese conflicto desencadenado debe tener un final que tranquilice al lector, que no cuestione los fundamentos del mundo en que se mueve. Como dice Schulz-Buschhaus, "i crimini di maggior rilievo hanno ... delle motivazioni che vanno 'al di là di questo mondo' ... Nessun dubbio che una tale acquisizione tranquillizzi e consoli alla fin fine il lettore lungamente angosciato dai freddi cinismi dell'azione primaria" (5).

Si bien ya en las primeras obras de Sciascia, como observa el mismo crítico (véase Il giorno de la civetta), se cuestiona este esquema, la evolución de su obra lleva a la paulatina destrucción del mismo, como se ve claramente en Il contesto o Todo modo. El crimen no es cometido por razones personales e individualizadas, que responden a las características, historia y circunstancias de un personaje determinado, al que incluso podría calificarse como una anormalidad social. La motivación del crimen se encuentra intrínsecamente ligada a la forma de organizarse que se ha dado a sí misma ese tipo de sociedad que se está describiendo. Además, el crimen no se resuelve del todo. Hay indicios que apuntan a posibles soluciones, pero ninguna se ofrece como inequívoca: "Il lettore rimane deluso ... Se nei primi romanzi polizieschi di Sciascia veniva privato del lieto fine della punizione e dell'espiazione, ora gli è sottratto anche l'Happy-Ending della conoscenza" (6). Y eso supone la colaboración activa del lector, que dará su propia solución al misterio y participará activamente, por tanto, en la construcción del relato.

«A qué se debe la negación al lector de una solución y de la tranquilidad que ésta le devolvería? "El autor siciliano crea jugando pero este juego no se reduce a un frío crucigrama, por el contrario pone sobre el tapete la denuncia de una sociedad que le parece injusta. El dato de la injusticia y del poder corrupto no quedaba nunca al margen de sus sentimientos" (7). Y esa denuncia se hace sobre un hecho que para un siciliano nunca deja de ser una realidad sangrante en el sentido más literal del adjetivo: la mafia. Es ésta una cuestión sobre la que nunca se debe poder estar tranquilo.

Sobre ella Sciascia ha tratado en numerosas ocasiones, tanto en la ficción como fuera de ella, y está en el origen de su actividad política (8). Fue el compromiso que le hizo participar en numerosas polémicas, al no doblegarse ante las interpretaciones simplificadoras que se han querido imponer en cada momento sobre ese fenómeno: "Io ho dovuto fare i conti, da trenta anni a questa parte, prima con coloro che non credevano o non volevano credere all'esistenza della mafia e ora con coloro che non vedono altro che mafia" (9). Y, aparte de la ficción, también en Cruciverba aparece un ensayo que, bajo el título "Letteratura e mafia", hace un repaso de este fenómeno social, indagando en sus orígenes a través de las primeras menciones que aparecen en diferentes textos del siglo XIX.

Ambos elementos, relato policiaco y mafia, se encuentran íntimamente ligados en esta última novela. El comienzo de la narración introduce al lector en la acción sin aviso previo, sin ningún elemento introductorio. Es un comienzo abrupto, con un cierto aire de informe oficial que a base de detallismo y minuciosidad produce la impresión de objetividad, de relación directa con los hechos que el autor quiere transmitir: "La telefonata arrivò alle 9 e 37 della sera del 18 marzo, sabato, vigilia della rutilante e rombante festa che la città dedicava a san Giusuppe falegname" (9). No se identifica inmediatamente al individuo que está llamando. El lugar donde se recibe la llamada son las oficinas de la policía, desiertas en la víspera de la fiesta, pero iluminadas "per dare impressione ai cittadini che in quegli uffici sempre sulla la loro sicurezza si vegliava" (9). Ya desde el primer momento surge el mundo de las apariencias, que Sciascia muestra como falso ("per dare impressione"), frente al de la realidad, que todos conocen pero que no va a influir en los acontecimientos: aquí es la aparente vigilancia policial, que se manifiesta en esa luz que ilumina la noche, y por tanto el mundo del crimen y del misterio, pero cuya función verdadera es sólo producir una impresión.

A través del telefonista conoce el lector la identidad del que llama, Giorgio Roccella: "Aveva una voce educata, calma, saudente. 'Come tutti i folli' pensò il telefonista" (9). Y su petición confirma ese dictamen: querer hablar con el cuestor es sin duda una locura aquel día y a aquella hora. Pero no debe pasarse por alto la contraposición entre los adjetivos que describen la voz del que está llamando, sin duda tranquilizadores, y la conclusión a la que llega el telefonista, contraposición que insiste en ese juego apariencia/realidad.

La llamada se pasa al despacho del comisario, pero es el brigadier el que responde pues el primero está a punto de marcharse. El brigadier, diligentemente, toma nota de lo que le dice su interlocutor y le asegura que acudirán con rapidez. Sigue sin escucharse a Roccella. Es ahora a través de las palabras del brigadier cómo se dan a conocer los motivos de la llamada.

Éstos se aclaran del todo en el diálogo, rápido y conciso, que se establece a continuación entre comisario y brigadier:

"'Chi era? domandò il commissario.
'Un tale che, dice, ha da farci vedere urgentemente una cosa che si è trovata in casa'.
'Un cadavere?' scherzò il commissario.
'No, ha detto proprio una cosa'" (10).

Ese grado de indeterminación, de misterio, que denotan los elementos lingüísticos empleados (un tale, una cosa) se deshace con la identificación por parte del comisario de Roccella, un diplomático que hace muchos años abandonó la ciudad. La casa se encuentra fuera de la población, en el campo, y ambos personajes la conocen. El brigadier se ofrece a comprobar de qué se trata, pero el comisario le dice que no es necesario, ya que probablemente sea sólo una broma. No le da ninguna importancia, y por tanto advierte que al día siguiente estará fuera y que no le busquen pase lo que pase.

El narrador, desde estas primeras páginas, está jugando con el lector. Todo lo que ha ocurrido hasta ahora es intrascendente, aparentemente banal, pero si realmente lo fuera nunca hubiera merecido ser escrito, ser relatado. El misterio, lo inquietante, se halla no en lo extraordinario, sino en lo cotidiano, en lo que parece sin importancia y en lo que, sin declararlo, se anuncia de la historia que va a seguir: la mención del cadáver no es gratuita. Por otra parte, el hecho mafioso no es algo extraordinario, está presente en la vida diaria. Y el lector italiano al que, en primer lugar, va dirigido el texto lo sabe perfectamente.

La sensación de normalidad dentro de la rutina, que se amplía al describir el estado de ánimo con que el brigadier inicia la inspección al día siguiente, se rompe con el descubrimiento del cadáver. Este personaje es el que transmite al lector los hechos, pero de un modo que está condicionado por el informe que deberá hacer más tarde. La palabra escrita, mediatizadora y a menudo falseadora de la realidad, es la única que llega a adquirir el valor de verdad oficial.

La angustia que le produce el deber de escribir, y de expresarse además en italiano y no en dialecto, le hacen aproximarse a lo que ha ocurrido de un modo determinado: "... il brigadiere cominciò a fare il suo lavoro di osservazione, in funzione del rapporto scritto che gli toccava poi fare ... Ma, curiosamente, il fatto di dover scrivere delle cose che vedeva, la preoccupazione, l'angoscia quasi, dava alla sua mente una capacità di selezione, di scelta, di essenzialità per cui sensato ed acuto finiva con l'essere quel che poi nella rete dello scrivere restava" (15). El deber de la escritura supone un proceso de racionalización del mundo, forzado quizá, pero no por eso menos importante, y que no condiciona sólo al detective sino incluso al mismo narrador.

El brigadier reúne las características habituales del detective en Sciascia. Es un personaje con un cargo secundario en la estructura policial, y quizá precisamente por ello se niega a aceptar la solución fácil que las apariencias permiten. A veces por razones de peso, y otras por algún detalle de poca importancia que le impele a no conformarse. Igual que Rogas, en Il contesto, no cree verdadera la explicación que presenta aquella larga serie de asesinatos de jueces como resultado de las hazañas de un loco inteligente, entre otras cosas porque "Rogas aveva dei principî, in un paese in qui quasi nessuno ne aveva" (10), el brigadier se niega a aceptar la primera impresión del suicidio de Roccella. Delante del muerto, al que ha encontrado sentado frente a un escritorio, hay un papel en el que está escrito lo siguiente: "Ho trovato.". Todo ello le lleva a imaginar lo que ha podido suceder, especialmente ese punto que puede parecer absurdo y por eso apoyar la tesis del suicidio, pero que para él es una hábil estratagema del criminal: "Ma da parte dell'assassino, quel punto non era poi un errore: per la tesi del suicidio, che si sarebbe affacciata (il brigadiere ne era sicuro), da quel punto sarebbero stati estratti significati esistenziali e filosofici, e specialmente se la personalità dell'ucciso avesse offerto un qualche addentellato" (17). La solución del suicidio será mantenida por diversos personajes a lo largo de la obra. Desde este momento el narrador advierte, por medio de la observación del brigadier, que se trata de una hipótesis sin sentido. Y ningún sentido van a tener todos los argumentos que la apoyen.

La aparición de todos los personajes oficiales que se presentan en tales ocasiones confirma los temores del brigadier. El jefe de policía, después de una superficial inspección del lugar, dictamina que se trata de un caso de suicidio. Cuando el brigadier intenta exponerle sus sospechas de que no es así, le ordena que se limite a hacer su informe, en vista de lo cual se las relata al brigadier de carabineros, cuerpo rival de la policía y siempre dispuesto a llevar a ésta la contraria.

Ya en la central, los datos que se van conociendo sobre el muerto reafirman al jefe de policía en su opinión: el hecho de que Roccella se hubiese separado de su mujer le parece definitivo, a pesar de que el brigadier le hace notar que esa separación había ocurrido doce años antes. Cuando el comisario regresa el lunes siguiente, adopta una actitud idéntica a la del jefe de policía después de haber hablado con él. Pero un nuevo testimonio apoya la tesis del brigadier: un antiguo amigo del muerto, el profesor Carmelo Franzò, conversó con él por teléfono el sábado por la noche. Se aclara así lo que Roccella había encontrado: un cuadro famoso desaparecido hace algunos años. Llamaba desde la casa donde ha ocurrido el crimen, y su sorpresa ante la instalación del teléfono, transmitida a su amigo el profesor, conduce a que la policía averigüe que la petición se había hecho con una firma falsa.

A la hora de identificar el cuadro, el profesor y el comisario sostienen el siguiente diálogo:

"... Ma intanto mi dica di quel cuadro scomparso, a sua opinione, si tratta ...".
"Non sono specialista in quadri scomparsi" disse il professore.
"Ma un'opinione ce l'ha".
"'E la stessa che dovrebbe avere lei".
"Cristo: sempre così ... Anche coi professori".
"Anche coi commissari" ribatté acre il professore" (32).

Ambos sospechan de cuál puede tratarse, pero ninguno acepta la responsabilidad de decirlo en voz alta. El silencio, la "omertà", cómplice del crimen, se manifiesta claramente. Aquel cuadro parece ser la clave del problema, pero es un objeto sin identificar. Sin embargo, las palabras pronunciadas por Roccella en su conversación con el profesor implican que no es necesario precisar: "... poi disse che ... aveva trovato, ecco, aveva trovato il famoso quadro. 'Che quadro?' aveva domandato il professore. 'Quello che è scomparso qualche anno fa, non ti ricordi?' aveva detto Roccella" (30). El diálogo entre el profesor y el comisario indica que, aunque innombrable, se sabe perfectamente de qué se trata. El silencio evita los problemas, tanto al comisario, cuyo deber es detener al criminal, como al profesor, cuyo amigo ha sido asesinado.

Un incidente, aparentemente no relacionado con los hechos, parece interrumpir la acción. Un tren se ve detenido ante un semáforo en rojo. La estación está cerca. Después de algún tiempo, el jefe del tren pide al conductor de un Volvo, que pasaba por la carretera paralela a la vía, que vaya hasta allá para despertar al jefe de estación. Cree que probablemente se ha dormido, única explicación lógica a la absurda indicación del semáforo a aquella hora y en aquel lugar. El coche llega a la estación, pero luego se aleja. Después de un rato, el jefe del tren marcha hasta allá a pie y descubre que los dos ferroviarios de la estación están muertos. Cuando el conductor se presenta en la jefatura de policía, tras enterarse por la radio de que lo están buscando, su declaración relaciona ambos hechos. Le ha abierto la puerta el que él creía el jefe de estación, al que ha comunicado el mensaje del jefe del tren, y ha visto dentro a dos hombres que enrollaban una alfombra. "'Il quadro' scappò di dire al brigadiere" (38).

La aparición del conductor del Volvo añade nuevos detalles al misterio. Cuando le presentan las fotografías del jefe de estación y de su ayudante dice que ésos no son los hombres que él había visto. El jefe de policía le dice indignado:

"'Ma se ha detto di aver visto e parlato col capostazione!'
'Con uno che ho creduto fosse il capostazione'" (42).

Esa respuesta lleva de nuevo al lector al mundo de las apariencias, y al conductor a ser arrestado. El juez que conduce las diligencias del caso apunta una nueva hipótesis que resolvería satisfactoriamente todas las cuestiones pendientes: es éste el asesino, un hombre que ha actuado solo. Es otro intento de explicar el crimen como fruto de una motivación cercana a la locura, que no pone en cuestión el orden establecido, igual que antes el suicidio era la mejor solución para la muerte de Roccella:

"Il magistrato assunse aria di greve pensamento e poi disse: 'Sapete che cosa penso? Che casuale per quanto si voglia, l'uomo della Volvo entrò nell'ufficio del capostazione, vide quel dipinto, se ne invaghì a colpo di fulmine, fece fuori i due e se lo portò via'" (43).

La sorpresa que puede producir esta conclusión del juez es, sin embargo, coherente con las características de otro tipo de personaje de las novelas policiacas: el detective oficial que lanza hipótesis absurdas para luego acabar adoptando la del protagonista. Es el papel que desempeña, por ejemplo, Lestrade en las novelas de Sherlock Holmes o el inspector Japp en las de Poirot. Pero las diferencias quedan claras rápidamente. En primer lugar, en la novela de Sciascia se trata de un juez, aunque por su calidad de instructor tenga características similares a las de los antes mencionados. Además, el narrador inmediatamente deshace cualquier posible confusión sobre la personalidad del juez al relatar el comienzo del interrogatorio de Carmelo Franzò, que había sido profesor suyo. Se ven después de muchos años y el juez, que no había sido un alumno aventajado, trata de restablecer una relación cordial que no había existido antes. El profesor se niega a tutearle y, después que el juez recuerda sus malos resultados en italiano, se produce el siguiente diálogo:

"Il magistrato scoppiò a ridere. 'L'italiano: ero piuttosto debole in italiano. Ma, come vede, non è poi stato un gran guaio: sono qui, procuratore della Repubblica ...'
'L'italiano non è l'italiano: è il ragionare' disse il professore. 'Con meno italiano, lei sarebbe forse ancora più in alto'.
La battuta era feroce. Il magistrato impalidì. E passò a un duro interrogatorio" (44).

La observación, efectivamente, es feroz, pero no sólo por lo que tiene de personal, sino por lo que indica respecto a la sociedad en su conjunto.



La llegada de la mujer y el hijo de Roccella muestra otro aspecto del drama. Ambos se enfrentan desde el principio. El contraste que se produce entre el dolor y el cariño del hijo y la superficialidad y el interés económico de la madre da lugar a la pelea que sostienen ambos. Cuando el jefe de policía pregunta a la mujer por qué cree que su marido ha podido ser asesinado, su respuesta apunta a una opinión extendida: "La signora scrollò le spalle. 'Era siciliano', disse 'e i siciliani, ormai da anni, chi sa perché, si ammazzano tra loro'" (46). De nuevo el crimen se intenta situar en el ámbito de lo inexplicable, en una locura colectiva que viene de lejos ("ormai da anni") y aceptada por todos como característica de los nacidos en la isla del sur. Pero no hay que olvidar cómo se ha caracterizado al personaje que hace esta observación.

El hijo aporta un dato importante. Hay un cura al que su padre escribía para saber cómo seguían la casa de la ciudad y la villa de las afueras. Se trata del padre Cricco, que llega a la jefatura para entrevistarse con el comisario vestido con sotana y se define como "un prete all'antica" (49). Dice no haber estado nunca en posesión de las llaves, pues se limitaba a inspeccionarlo todo desde fuera. El comisario le pide que dé su opinión sobre la muerte de Roccella, y el padre apunta la posibilidad del suicidio debido a su situación personal: la separación de la mujer, la ilegitimidad del hijo. El comisario, al ver reforzada la tesis que defiende desde el principio, comenta los resultados de las pruebas de laboratorio sobre las huellas dactilares que, aunque parecen descartar esa solución, él no cree que sean concluyentes. El brigadier, que se ha mantenido en segundo plano tomando nota de la declaración del cura, interviene para subrayar lo absurdo de las observaciones del comisario. Éste reacciona contundentemente: "'Ti diverti, eh ... Continua a divertirti, continua' disse acre il commissario" (50). La tensión entre ambos se manifiesta claramente. El brigadier admira a su superior, pero ello no le hace aceptar ciegamente sus opiniones. Y el comisario se resiente de esa falta de disciplina mental por parte de alguien a quien considera inferior.

Todos los personajes clave están ya debidamente presentados y a partir de este momento la acción se dirige velozmente hacia su final. Se decide registrar de nuevo la villa, y allá acuden todos con excepción del padre Cricco. El comisario, que tenía las llaves, se las da al brigadier para que éste haga de guía, pues él no había estado nunca allí. Pero sube el primero al desván y, ante la sorpresa del brigadier, el comisario ha dado la luz cuando llegan los demás. Éste le indica que el interruptor se encuentra detrás de una imagen de San Ignacio, en un lugar que no se ve. El profesor regresa en el coche del brigadier, el cual de pronto se detiene porque, después de tres años de compartir el mismo despacho, no puede impedir el llanto que le produce haberse dado cuenta de que el asesino es el comisario. También el profesor era consciente de que el episodio del interruptor había sido una confesión involuntaria.

"'Incredibile errore, da parte sua' disse il professore.
'Ma come ha potuto farlo, che cosa gli è accaduto in quel momento?'
'Forse un fenomeno di improvviso sdoppiamento: in quel momento è diventato il poliziotto che dava la caccia a se stesso'. Ed enigmaticamente, come parlando tra se, aggiunse: 'Pirandello'" (55).

La referencia al autor siciliano está cargada de significado. Ya ha sido mencionado antes en relación con las observaciones de Sciascia sobre Maigret. Por supuesto, es lógico que la haga un profesor de italiano nacido en Sicilia como Franzò. Pero también Sciascia fue profesor, y una de sus primeras obras críticas lleva por título Pirandello e il pirandellismo. No parece aventurado suponer que el interés por este escritor se deba al conocimiento profundo que refleja en su obra de una situación en la que realidad y ficción, o apariencia y verdad, son facetas complementarias de un mundo, que se viven simultáneamente hasta llegar a confundirlas.

La solución del crimen la conocen, al mismo tiempo, los personajes y el lector. En este caso el narrador no va sembrando la historia de detalles insignificantes que, en un momento dado, el detective consigue relacionar sorprendentemente para dar una explicación de los hechos. El misterio se ha esclarecido: ambos, el profesor y el brigadier, llegan a la conclusión de que el cuadro era un elemento marginal en las actividades delictivas que se desarrollaban en la finca, que no se especifican pero que probablemente están relacionadas con el tráfico de drogas. La llegada inesperada de Roccella obliga a matarle a los que la utilizaban para sus propios fines. Sólo falta el castigo del culpable para acabar de restaurar el orden. Pero esto no supone el final de la tensión. Hay que conseguir cazar al criminal. Y a pesar de que el brigadier únicamente ha contado su descubrimiento al profesor, el comisario probablemente sospecha que sabe la verdad.

Al día siguiente el comisario llega a la oficina sin dar muestras de inquietud, cuando el brigadier se debate ante la duda de comunicar o no sus sospechas al jefe de policía. No se decide porque no tiene pruebas de todo lo que sabe. Mientras está pensando esto le obsesionan los guantes que el comisario se acaba de meter en el bolsillo del abrigo, los guantes que utilizó para empuñar la pistola con la que murió Roccella. Intercambian entre ellos palabras intrascendentes. En un cierto momento el comisario se pone a limpiar su pistola. El brigadier comprende que quiere matarlo también a él de forma que parezca un accidente. Disimuladamente saca la suya del cajón, se tira al suelo cuando el otro dispara y su bala alcanza el corazón del comisario. El brigadier rompe en sollozos. El llanto del brigadier, el dían anterior en el coche y al producirse los dsparos, y sus dudas sirven para caracterizarlo como alguien que todavía puede dar muestras de humanidad. Ha cumplido su deber, se ha defendido, pero su dolor es sincero y profundo pues ha llegado a sentir afecto por él.

El culpable ha sido castigado. Se reúnen el juez, el jefe de policía, el coronel de carabineros y el brigadier en la oficina del primero. Deben dar una versión oficial a los periodistas. El jefe de policía hace una recopilación de los hechos: "Secondo il racconto del brigadiere, non privo di elementi probanti, di indizi che io, confesso, ho commesso l'errore di non considerare come dovevo, i fatti sono quelli che brevemente esporrò" (61). La exposición que hace deja claros todos los detalles. Pero esta versión, observa el jefe de policía, está basada en indicios y en el relato del brigadier. El juez sugiere, sin embargo, otra explicación: "... Se provassimo a ribaltare questa storia nella considerazione che il brigadiere mente e che è lui il protagonista dei fatti di cui accusa il commissario?" (63-64).

El jefe de policía y el coronel de carabineros se miran estupefactos ante la sugerencia del juez y hacen salir al brigadier. Al cabo de una hora lo llaman para comunicarle que la versión oficial será que la muerte del comisario se ha debido a un accidente. El crimen se ha aclarado, pero la verdad queda oculta para todos. Sólo el brigadier, los personajes a los que éste ha contado su historia y el lector saben lo que realmente ha ocurrido, mientras se preparan los solemnes funerales del comisario. Las instancias oficiales se dedican a dar una apariencia de respetabilidad a un escándalo que puede salpicarlas.

Resueltos todos los enigmas, el conductor del Volvo es finalmente puesto en libertad. En el momento de salir de la jefatura de policía se cruza con el padre Cricco, con el que intercambia algunas palabras. El padre le pregunta si pertenece a su parroquia, pero él responde que no. Cuando ya se aleja alegremente de la ciudad, montado en su coche, se da cuenta de repente de quién es el cura: el jefe de estación con el que habló. "Pensò di tornare in dietro, alla questura. Ma un momento dopo: 'E che, vado di nuovo a cacciarmi in un guaio, e più grosso ancora?'.

Riprese cantando la strada verso casa" (66).

La actitud de indiferencia que denota la última frase del texto, sin embargo, no tiene ninguna relación con la sensación de desasosiego que experimenta el lector. Como se ha señalado, todos los elementos característicos de la novela policiaca han ido apareciendo a su debido tiempo: el crimen, el misterio, el detective y los personajes que hacen resaltar la labor de éste. El misterio se ha desvelado y el crimen castigado con la muerte del criminal, aunque no se haya hecho público. A pesar de todo el lector sigue sintiéndose insatisfecho.

A lo largo de toda la novela, el narrador ha estado jugando con la dicotomía apariencia/verdad. La verdad se cuenta, especialmente la cuenta el brigadier, pero es la apariencia la que triunfa, pues aquéllos que representan el poder (juez, policía, carabineros) la imponen. El individuo solitario, el brigadier, no llega a convertirse en héroe, pues no tiene la fuerza necesaria para que triunfe la verdad, y desaparece, casi se diluye, al final del relato. El único que podría llegar a conseguirlo, el conductor del Volvo, revelando públicamente que ha reconocido en el padre Cricco al jefe de estación, decide salir de la escena contento de no haber sufrido males mayores en su contacto con el poder. No está dispuesto a volver a empezar, y mucho menos involucrando en un crimen al representante de otro de los estamentos de poder de la sociedad. La verdad no es suficiente para vencer en ese enfrentamiento y, en el fondo, «a quién le importa la verdad?

Las características del padre Cricco se comprenden mejor con estas palabras de Sciascia: "Ho conosciuto due tipi di preti. In primo luogo, il prete siciliano, spesso ignorante e anche peggio, voglio dire gaudente, affarista e privo di scrupoli ... Incaricato di migliorare la condizione sociale del parentado ... non ignorava di dovere 'riscattare' i suoi, e rivelava un'insaziabile avidità per i beni di questo mondo" (11).

El descubrimiento hecho por el conductor revela al lector de forma implícita la realidad que se esconde detrás de toda la historia narrada. Las conclusiones las debe sacar él, y participar así en la construcción del relato. Pero esas conclusiones invalidan en gran medida la solución a la que se había llegado. El comisario no era el criminal, sino uno de los criminales, y todos los demás quedan impunes. Y el conocimiento de esto se deposita en el lector, que no puede intervenir en la acción de la novela. Es el único que sabe, y también el único que no puede hacer nada aunque quiera.

En Una storia semplice el lector conoce, pero eso no provoca un final feliz, como decía Schulz-Buschhaus, sino una angustia mayor. Su análisis sobre anteriores novelas policiacas de Sciascia acaba con las siguientes palabras: "Il lettore impara ... a conoscere quella che è l'unica chiarezza possibile: incertezza, interrogativi e presupposti per la riflessione" (12). Aquí la reflexión va más allá, y conduce a la imagen de una sociedad en la que no cabe más que la certeza de su total corrupción. El antiguo amigo de Roccella, el profesor, resume en una frase el sentimiento que parece haber inspirado a Sciascia esta novela desesperanzada: "... ad un certo punto della vita non è la speranza l'ultima a morire, ma il morire è l'ultima speranza" (51).


Notas:

  1. Sciascia, Leonardo, Una storia semplice, Adelphi, Milán, 1991, p. 66. Las citas de la novela están todas tomadas de esta edición, indicando las páginas entre paréntesis.

  2. Sciascia, Leonardo, Opere. 1971-1983, intr. de Claude Ambroise, Bompiani, Milán, 1989, p. 1182.

  3. Idem, p. 1195.

  4. Ibidem.

  5. Schulz-Buschhaus, Ulrich, "Gli inquietanti romanzi polizieschi di Sciascia", en Problemi, 1984, 71, p. 292.

  6. Idem, p. 300.

  7. Arbona, Guadalupe, "Leonardo Sciascia: Un escritor contra el poder", Leer, p. 40.

  8. De 1975 a 1977 fue concejal en Palermo, elegido como independiente en las listas del Partido Comunista. De 1979 a 1983 desempeñó el cargo de diputado en el parlamento nacional, habiendo sido elegido en las listas del Partido Radical, y participó en la comisión que investigó el secuestro y asesinato de Aldo Moro.

  9. Sciascia, Opere, p. XX.

  10. Idem, p. 7.

  11. Sciascia, Leonardo, La Sicilia come metafora. Intervista di Marcelle Padovani, Milán, Mondadori Editore, 1984, p. 66.

  12. Schulz-Buschhaus, art. cit., p. 301.

© Antonio Ubach Medina 1996

Este estudio ha sido publicado en M. Arizmendi y A. Ubach, De varia lección, Madrid, Universidad Complutense, 1996.

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