Reseñas:

William Golding

La lengua oculta

William Golding: escarbando en el barro humano

William GoldingWilliam Golding falleció en 1993 dejando una novela inacabada. Quizá este término sea engañoso. Golding, según señalan sus editores ingleses, llevaba trabajando seis meses en su novela. Seis meses puede ser mucho tiempo para algunas cosas, pero es poco para una novela. El autor estaba en su tercer borrador cuando le llegó la muerte. Esto quiere decir que el texto que se nos presenta no puede ser criticado de una manera convencional, sino más bien tratando de intuir los caminos que podía haber seguido el autor y, sobre todo, lamentar que esta prometedora obra haya quedado inacabada.

Golding, pese a recibir el reconocimiento del premio Nobel, siempre ha sido un extraño para grandes sectores de la crítica que se sentían desconcertados ante sus novelas. Cuando recibió el premio, alguna nota de prensa apareció en nuestro país confundiéndolo con William Goldman. Sirva de ejemplo lo que se preguntaba nuestro crítico Domingo Pérez Minik en 1968, tras la lectura de Caída libre (Free Fall):

Cuando terminamos la obra ignoramos si William Golding es un católico, como muchas veces se ha escrito. Su catolicismo no tiene nada que ver con el de Newman, Chesterton o Graham Greene. Habrá que meterlo en el Purgatorio para que nos diga la verdad, si es capaz de resistirlo. Sería muy discutible aplicar el nombre de literatura negra a esta obra. Hay un viento de esperanza que lo inunda. O se trata de un cristiano o de un marxista renegado. (1)

Novelista imposible de encuadrar, es preferible hacerlo como ser humano y compartir con él su perplejidad ante el problema que se le revelaba como irresoluble: la existencia del mal. Golding era un poeta optimista al que se le secó el alma contemplando durante cinco años la barbarie de la guerra. Con veinticuatro años, en 1934, mientras estaba en la universidad, publicó un primer libro de poemas. En el año 40 abandona la enseñanza, a la que se dedicaba desde el 35, y se incorpora a la marina de guerra tomando parte en diversas batallas navales hasta el final de la contienda. En el año 1954 publica su novela más célebre, El señor de las moscas (The Lord of the Flies). El hombre que escribía versos, que enseñaba a los niños a esperar un mundo mejor, publica la fábula de la barbarie, dejando al descubierto que eso que llamamos "Humanidad" es sólo el ropaje festivo de los instintos animales, que la civilización es una delgada capa que se pierde si no se persevera en el esfuerzo continuo de mantenerla.

Más que una clasificación estilística o formal, Golding requiere un agrupamiento existencial. Se encuentra más cerca de Joseph Conrad y de Herman Melville y de sus universos morales, que de cualquier otro autor de su generación. El mar, como espacio límite, les impregnó a todos ellos haciéndoles ver el mundo de otra manera. Moby Dick, Benito Cereno, por parte de Melville, y El corazón de las tinieblas, La línea de sombra, o Lord Jim, de J. Conrad, se encuentran más cerca de la obra de Golding al mostrar su perplejidad ante el enigma del alma humana.

Compartimos plenamente lo expresado por el crítico Frederick R. Karl, que sí supo ver dónde estaba el universo de Golding:

Al igual que Graham Greene en sus novelas religiosas, Golding se interesa por la metafísica del comportamiento. No es ya simplemente un novelista social que intenta ver la reacción del hombre frente a determinada sociedad, sino un escritor metafísico interesado en los estados del ser y en los aspectos de la supervivencia. En un sentido amplio, su obra es existencial, y la similitud de Free Fall (Caída libre) con La caída de Camus, no obedece a una circunstancia fortuita. Ambos escritores están interesados en el orgullo y en sus letales consecuencias; ambos han creado Faustos contemporáneos —¿por qué fútil recompensa vende su alma el hombre moderno?—, y ambos tratan a sus respectivos personajes centrales con ironía, convencidos de que la falta es más considerable en un mundo que no castiga la transgresión que en otro que la penaliza con severidad. En este aspecto, tanto Camus como Golding son moralistas. (2)

El universo de Golding es un mundo complejo en el que los efectos de nuestras acciones, incluso las más aparentemente irrelevantes, tienen unos efectos sobre los demás. Como sucede en Caída libre o en La pirámide (The Pyramid, 1967), nuestra vida se vuelve contra nosotros cuando se ha vivido sin comprensión. La secuencia de acontecimientos que han llevado hasta el momento crítico en que el personaje se ve obligado a repasar su vida para intentar comprender, para intentar comprender cómo ha llegado al punto en el que se encuentra, cómo su vida se ha ido deslizando por una pendiente imperceptible. El horror que provoca el repaso consciente hace que se conviertan en seres irreconocible para ellos mismos. En La Pirámide podemos leer:

En mi mente se produjo algo parecido a un estremecimiento que alteró el panorama de mis conocimientos. Después, mucho después de que lo hubieran hecho todos los vecinos de la localidad, yo ordené las distintas piezas —antiguas y nuevas— del rompecabezas, y comprendí. Abrí la boca, y la boca se me quedó abierta. No tenía nada que decir. (3)

En la primera novela que publicó tras la concesión del premio Nobel, Los hombres de papel (1984), Golding escribió:

Poco sabía ni comprendía esa gente la cadena diamantina que vincula el delito menor al mayor, que llevaba hacia éste paso a paso salvo que se diera uno la vuelta e hiciera frente a la realidad en lugar de irse corriendo de ella. ¡Cómo se equivocarían con Lucinda! Todos somos miembros los unos de los otros. Etcétera, etcétera. (4)

En la misma obra, en sus páginas finales, el personaje narrador señala: «No comprendemos muchas cosas de las que hacemos, ¿verdad?» (5) Ese proceso de autocomprensión es característico de los protagonistas de Golding y en esto se asemejan a la auroironía reveladora que Dostoievski plasmó con maestría en sus "hombres del subsuelo". En sus novelas Golding repetía el mismo mensaje: la humanidad es un estado frágil que se ve puesto en evidencia por la presencia del mal. El pequeño delito y el gran delito no son más que cuestiones de grado que revelan una propensión irracional hacia el mal. Las obras de Golding no muestran grandes delitos, sino el gran escándalo del hombre macillando su propia humanidad por su fascinación por "el señor de las moscas". En ellas, Golding sometía a sus personajes al peor castigo: el proceso de autocomprensión, el espejo que refleja el rostro moral deforme. En La oscuridad visible (Darkness Visible, 1979), una de sus novelas más complejas, hace exclamar uno de los personajes:

—No somos inocentes: Somos algo peor que culpables. Somos ridículos.

La lengua oculta: "Estamos envueltos en misterios"

William Golding había situado sus novelas en diferentes espacios y momentos de la historia, desde las tribus de neanderthales (Los herederos) hasta el mundo actual (El señor de las moscas, Caída libre, La pirámide, La oscuridad visible, Los hombres de papel, etc), pasando por el antiguo Egipto (El dios escorpión), el mundo medieval (La construcción de la torre) o la Inglaterra del siglo XVIII (la trilogía de Ritos de paso).

En su inacabada novela, La lengua oculta (The Double Tongue, 1975), Golding se fue a un mundo que no había estado presente en sus obras como espacio narrativo, la Grecia antigua, pero que siempre había estado presente como referencia moral en su visión trágica. La lengua oculta escoge además un espacio clave del mundo griego, Delfos, y un momento histórico crítico, la decadencia griega y el ascenso de Roma. El título de la obra, seleccionado por lo editores de entre los varios que Golding manejaba, hace referencia al carácter ambiguo de los oráculos:

El Dios habla con una lengua oculta, que heredó de una serpiente enorme que mató en Delfos (p.17)

La historia nos es contada a través de su protagonista, una mujer —novedad en la obra narrativa de Golding—, Arieca, una pitia o médium del oráculo más famoso de la Antigüedad. La novela recoge sus reflexiones y recuerdos desde la infancia, desde aquellos pequeños hechos, interpretados como prodigios, que sirvieron para determinar su entrada como Pitia en el oráculo de Apolo.

La obra se contruye sobre el contraste entre dos personajes, Arieca e Iónides, el sacerdote del oráculo e instructor de la muchacha. Golding establece entre ambos unas relaciones complementarias: Iónides es el descreído sacerdote de Apolo que intenta revitalizar el papel de Delfos en una Grecia decaída y en manos de la emergente Roma. La descripción que se nos hace de Delfos nos lo muestra más pendiente de las visitas turísticas y de los donativos de los consultantes del oráculo que de cualquier otra cuestión.

Golding nos muestra el montaje religioso creado alrededor de Delfos. Iónides es más un director comercial y escénico que un auténtico sacerdote de la divinidad délfica. Sin embargo, las cosas son más complejas. Arieca ha sido llevada a Delfos por una serie de incidentes en su infancia, que han sido interpretados como signos de su posibles cualidades maravillosas. Esa percepción que los demás tienen, no la tenemos nosostros que recibimos la historia directamente desde la protagonista. Sin embargo, siendo ella consciente de su carencia de cualquier poder, acabará profetizando, el dios acabará desgarrando su boca y hablando por ella.

Golding plantea una situación irónica. Iónides ha entrenado a Arieca para el momento en que sustituya a la vieja Pitia actual. La ha enseñado a hablar en hexámetros, para intentar volver a dignificar el Oráculo, que según la vieja tradición lo hacía en verso, han ensayado todos los comportamientos y gestos que se esperan de una Pitia. Descubrimos que los oráculos repartidos por toda Grecia tienen creado un sistema de comunicaciones a través de palomas mensajeras que les permite intercambiar informaciones y anticiparse a los visitantes preparando las respuestas. Todos estos elementos quitan fuerza al fenómeno del oráculo: todo queda reducido a un engaño productivo. Sin embargo, Arieca profetizará, es decir, el dios hablará por su boca o, si se prefiere, por su boca saldrán palabras que ella misma no comprenderá.

Las relaciones entre una Arieca creyente, dubitativa, temerosa de estar ofendiendo a los dioses con aquellos montajes que percibe desde su situación privilegiada tras las bambalinas oraculares, y un Iónides cínico, pragmático, son el núcleo de la novela. Pero, como es característico de la obra de Golding, los elementos no son nunca sencillos. Iónides se define como tantos otros personajes del autor:

En cuanto a mí... Bueno, supongo que soy un viejo estafador, o podrías decir un hombre verdaderamente honrado que comprende lo que está haciendo y... —y entonces inyectó repentinamente pasión en aquel argumento y aquella opinión contradictorios— y comprende que lo único que importa es el oráculo, ¡el oráculo, el oráculo! Protege al oráculo y todo estará protegido (p. 109)

El oráculo cumple una función por encima de lo religioso. Es un centro simbólico, un punto de referencia para el mundo griego. Faltos de unidad a lo largo de su historia, Delfos es la auténtica capital de toda Grecia. Tras sus falsificaciones oraculares se esconde algo más; se ha convertido en el centro de la rebelión que se está planeando contra Roma:

Y así se averiguó todo: el acopio de información, la rapidez de las comunicaciones, los correos, toda la organización que yo había pensado se destinaba al mantenimiento del oráculo era algo que Ión y algunos de los Santos habían convertido en una conspiración contra los romanos. No espero que nadie que se haya molestado en leer hasta aquí llegue a creerse la situación. Pero Delfos y algunos de los oráculos menos conocidos estaban tratando de persuadir a la Grecia continental para que se liberase de la dominación romana. Lo que hacía que todo el plan resultara ridículo era que la dominación romana no tenía nada de malo. Claro que, en cada cesto hay alguna manzana podrida, pero los romanos estaban dando a Grecia lo que ésta nunca había sido capaz de darse a sí misma. Durante siglos la Grecia continental no había sido más que una serie de aldeas grandes que combatían entre ellas con todo tipo de engaños, traiciones y salvajadas. Ahora existía el imperio de la ley y había paz (p. 162)

El hecho de estar inconclusa impide conocer cuál iba a ser el equilibrio temático que Golding tenía pensado para la novela, cómo pensaba equilibrar los diferentes aspectos que se van desarrollando. Como se señala en la nota aparecida en la edición inglesa "es casi seguro que habría sido más larga, como lo era el primero de los borradores, el más inacabado". Se indica, igualmente, que "la caracterización de la propia Pitia parace haber estado ya decidida en gran parte". Golding trabajó más intensamente en el principio del relato y esto se nota en la aceleración final de los acontecimientos. El final de la obra está mucho menos trabajado que su inicio, apuntánodeándose los hechos El personaje de Arieca es el que debía permanecer en primer palano, puesto que es el que soporta la responsabilidad de la voz narrativa. Por el contrario, Iónides, como se apunta claramente en la obra, debía ser un personaje de doble plano, uno visible y otro oculto. Tanto Arieca como Iónides son personajes dobles; la primera por su misma condición de pitia, como poseedora de esa doble voz, la suya y la del dios que se manifiesta a través de su boca; Iónides, como sacerdote de un culto que se ve desviado de lo religioso a lo político.

En cualquier caso, el centro temático de la obra se corresponde con los característicos de la obra de Golding: el proceso de autorreflexión, el intento de descubrirse a uno mismo entre la maraña de acontecimientos y circunstancias en los que nos vemos envueltos. Arieca se pregunta:

...¿cómo me veía yo a mí misma? ¿Creía en lo que estaba haciendo? O más bien, puesto que no hacía nada, ¿creía en lo que alguien, algo, me estaba haciendo? A veces las mujeres están histéricas y hacen y dicen las cosas más raras. Pero esa observación es como girar en círculos y morderse la propia cola: quizá la verdad de la vida y de la existencia se halla en las cosas extrañas que hacen y dicen las mujeres cuando están histéricas (p. 123)

A diferencia de otros protagonistas de Golding, la condición femenina de Arieca introduce un elemento diferencial. En las primeras páginas Arieca señala: "no entiendo nada, en parte porque soy mujer, en parte porque nunca se me enseñó a pensar y en parte porque soy yo" (pp. 17-18). Esta triple dimensión del personaje, mujer-naturaleza, mujer-cultura y mujer-persona, introducen factores nuevos en el universo temático de Golding. Arieca es un instrumento en manos de un mundo de poder —religioso o político— masculino. Como Pitia es sólo un instrumento en manos de Apolo, que la utiliza para manifestarse, y también lo es en manos de Iónides, que la utiliza para aumentar el prestigio y los ingresos del oráculo. Arieca es una prisionera, en jaula de oro, pero prisionera. Se encuentra confusa en una relación que desborda su comprensión (la posesión oracular del dios) y en otra que se le oculta (los manejos políticos de Iónides). Probablemente, este fuera uno de los conflictos que Golding tenía pensado desarrollar a lo largo de la novela a través del personaje de Arieca. Liberada de la responsabilidad que implica el poder de decidir —algo de lo que ella, por mujer, carece— parece probable que Golding se centrara en la primera relación, en esa verdad que se le ofrece al ser humano entre fogonzados y que es el inicio de la revelación de la culpa en sus obras. Como sucedía con otro personaje de Golding, Matty (La oscuridad visible), Arieca es el único personaje capacitado para realizar las tres preguntas básicas: ¿quién soy; qué soy; para qué soy? Estas preguntas son las que el ser humano debe buscar en su interior si es que quiere salir del túnel de la vida y alcanzar la lucidez existencial.

Como indicábamos al inicio, la valoración de esta novela es un acto de prospectiva. Creo que el trabajo que Golding había iniciado habría dado lugar a una de sus novelas importantes. Creo que, tras finalizar la trilogía comenzada con Ritos de paso, suponía un cambio, si no en sus planteamiento, sí en su enfoque. Por otro lado, se había situado en un mundo muy querido por el autor, la Grecia antigua —dicen los biógrafos que Golding aprendió griego por su cuenta—. Se percibe perfectamente que se había documentado tanto con las lecturas griegas —especialmente Plutarco y sus escritos sobre los oráculos: Sobre por qué la Pitia no profetiza ahora en verso, Sobre la E de Delfos, etc.—, como con textos modernos sobre el mundo de la oralidad y la introducción de la cultura de la escritura.

Como los antiguos oráculos, debemos intentar llegar más allá de las palabras para comprender el significado de esta novela que se quedó en proyecto avanzado.

Me imagino que conoces el dicho de Heráclito: «El Soberano a quien pertenece el oráculo de Delfos ni dice ni oculta, sino significa». Añade a estas palabras, que están bien dichas, la idea de que el dios de aquí se sirve de la Pitia para llegar a nuestros oídos de la misma manera que el sol se sirve de la luna para alcanzar nuestros ojos (Plutarco, 404 D)(6)

Joaquín Mª Aguirre

Notas:

  1. Pérez Minik, Domingo (1968): Introducción a la novela inglesa actual, Madrid, Guadarrama, p. 279.
  2. Karl, Frederick R. (1962): La novela inglesa contemporánea, Barcelona, Lumen, 1968, p. 360.
  3. Golding, William (1967): La pirámide (The Pyramid, 1967), Barcelona, Lumen, 1970, pp. 264-265. Trad. de Andrés Bosch.
  4. Golding, William (1984): Los hombres de papel (The paper men), Madrid, Alianza, 1985, p. 67. Trad. de Fernando Santos Fontela.
  5. íb. p. 224.
  6. Plutarco, Sobre por qué la Pitia no profetiza ahora en verso, en Obras morales y de costumbres (Moralia), Barcelona, Akal, 1987, p. 190. Edición de Manuela García Valdés.


© Joaquín Mª Aguirre 1997
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