Reseñas:

Indio Naborí y Ángel Valiente:

Décimas para la Historia
La controversia del siglo en verso improvisado

Indio Naborí y Ángel Valiente, Décimas para la Historia. La controversia del siglo en verso improvisado, Las Palmas de Gran Canaria, Gobierno de Canarias, Cabildo Insular de La Palma, Centro de la Cultura Popular Canaria, 1977, 94 pp., 1.000 pesetas. Edición y prólogo de Maximiano Trapero. ISBN: 84-7926-261-3


Contenido:

A quien lea ahora estas décimas le será difícil creer que en su origen nacieron como poesía improvisada, casi espontáneamente, al ritmo rápido e implacable de un laúd; mas quien no haya asistido nunca a una controversia poética -quien no lo haya visto con sus propios ojos- no podrá imaginar el prodigio del nacimiento de la poesía oral.

Con estas palabras de Maximiano Trapero se abren estas sorprendentes actas de un doble encuentro: el desafío poético que tuvo lugar entre los dos más grandes poetas improvisadores cubanos de este siglo, el Indio Naborí y Ángel Valiente. El texto recoge sus intervenciones en los dos actos que fueron necesarios para proclamar vencedor a Indio Naborí. El primero de ellos tuvo lugar el 15 de junio de 1955, en el Teatro Casino Español de San Antonio de los Baños (La Habana), ante dos mil personas; el del desempate tuvo lugar en el Estadio de Campo Armada (reparto Lucero, La Habana) y esta vez ante diez mil espectadores. Los dos encuentros pasaron al mundo de las leyendas, recordándose como los más grandes celebrados, tal fue su impacto popular y su nivel poético.

El jurado propuso cinco temas a los contendientes: el amor, la muerte, la libertad, el campesino y la esperanza, es decir, unos universales temáticos, con la excepción del canto de la figura del campesino. Los cantores rivalizaban lanzando sus décimas a un público que respondía enfervorizado en cada intervención. Cuando, cantando al amor, Naborí componía:

Amor no es pedir: es dar
la casa, el lecho, la mesa...
Es -según Santa Teresa-
la alegría de alegrar...
Ser feliz al escuchar
la risa de los felices,
ver los humanos deslices
con el perdón más profundo,
¡sentir que el tronco del mundo
tiene en nosotros raíces!

Ángel Valiente le respondía cantando:

Y por el amor también
el hombre se ofusca y mata
cuando la mujer ingrata
no le corresponde bien.
Cuando traición y desdén
marchitan su amor profundo,
cuando un loco furibundo
se arrebata y busca el pecho
que le ha robado el derecho
de ser feliz en el mundo.

Poesía vinculada directamente con el pueblo, al que está destinada, acto efímero y por eso mismo de gran intensidad, rodeado de la emoción de la belleza que se esfuma en el acto mismo de manifestarse, estas composiciones son el reflejo de la raíz poética. La fusión de la palabra y la música nos lleva a los orígenes mismos del arte poético: ni escrita, ni recitada, sino cantada. Acto poético total, la poesía improvisada es la conjunción de palabra, música e interpretación, es ritmo: poético, musical y corporal. Acostumbrados como estamos a concebir la poesía como texto, es decir, como palabra resultante, secreción de procesos y estados anteriores, la poesía improvisada se nos antoja como una suerte de rareza. Sin embargo, así fue su estado natural durante milenios. Nuestra moderna y racional concepción de la poesía separa los procesos de creación, entendidos como de duración variable, íntimos o reservados, alejados de la mirada, del texto en sí y del acto de redepción. Al poeta se le pide el fruto de su trabajo, que es lo que se valora. La poesía improvisada -el término mismo parece implicar un demérito frente al trabajo bien pensado-, por el contrario, concentra todos los momentos en uno solo, la performance o interpretación. La poesía no es algo que nos llega, sino un acto al que asistimos. La palabra es acción y acción participativa, además, palabra celebrada. Estas confrontaciones, estos piques, son las derivaciones del rito, acto de celebración participativo en el que los integrantes de la comunidad recibían el saber de una tradición renovada. En última instancia, la improvisación es consagración de lo constante: la forma. Pero, lejos de los formalismos experimentales modernos, la forma tradicional acoge y favorece la aparición de lo nuevo.

Se preguntaba W.B. Yeats cómo se puede separar el bailarín de la danza. La danza, en este caso, es la forma de la décima, ritmo, sucesión, espacio que acoge. Pero la danza sólo existe en la actualización del bailarín, en sus movimientos reales, repetición renovada. La forma no es una abstracción, es una tradición, memoria que no es pasado, sin presente disponible, a mano de los celebrantes en cada ocasión.

Muchos se han preguntado por la función social de la poesía y han tratado de responder desde los contenidos. Esta pregunta sobra cuando la poesía se da en el seno de un acto comunal. Cuando la poesía se daba en el rito, su función social era el acto poético mismo, acción de vertebrar a la comunidad. La intensidad social con la que se vivió en enfrentamiento poético-musical entre Indio Naborí y Ángel Valiente confirma este proceso vertebral. No era la belleza de unas formas aún inexistentes las que atrajo a aquel público, sino el acto del enfrentamiento en sí, la situación esperada, el carácter agonístico que los teóricos de la oralidad, desde Milman Parry en adelante han señalado como propio de este estado.

La poesía improvisada es poesía sin red, acto arriesgado en el que puedes vencer y ser vencido, arte hecho riesgo en el que el aplauso reconoce, junto a la belleza del resultado, el valor del actuante.

La belleza de esta poesía debe juzgarse de otra manera. Leyéndola no podemos captar su intensidad, que es la del momento en que se produjo. Por mucho que lo intentemos, no podemos ponernos en aquella situación, no podemos experimentar la sucesión, la sensación de tiempo denso que experimentaron los que asistieron a aquel enfrentamiento. Quizá para paliar esto, se decidió reconstruir la "voz" y su música. Dos de los poetas improvisadores cubanos actuales, Omar Mirabal y Jesús Rodríguez, han dado su voz a la controversia histórica. Es una reconstrucción para saber cómo debieron sonar, con qué ritmos y acentos. Las palabras ya no nacen allí mismo; son aprendidas y no espontáneas. En cualquier caso, es una bella forma de rendir un homenaje a aquellos contendientes, parte de la leyenda cultural de un pueblo, uno de los cuales, el Indio Naborí, llegó a recibir el Premio Nacional de Literatura en el año 1995.

Joaquín Mª Aguirre

2/09/97

El URL de este documento es "http://www.ucm.es/OTROS/especulo/numero6/naboriva.htm"


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