Entrevistas:

MANUEL VICENT:

"ESCRIBIR CASI ENTRA DENTRO DEL PLACER MASOQUISTA".


por Javier Ochoa Hidalgo




Junio 1997

Manuel Vicent ha querido que nos encontremos en el Café Gijón. Es media tarde y el salón-comedor del piso inferior está cerrado, pero como es cliente habitual pide que nos dejen pasar y lo iluminen. Todas las mesas están ya preparadas para la cena, por lo que un camarero baja a retirar las copas, platos y cubiertos de una de ellas. Mientras esperamos que nos sirva le muestro a Vicent el libro que acabo de comprar. "¡Pero este libro es horroroso!", exclama, cogiéndolo para echar un vistazo a la contraportada. La opinión puede resultar algo sorprendente, porque se trata de Pascua y naranjas, de Manuel Vicent. "Aunque hay que tener en cuenta", añade como para sí, hojeándolo, "que está escrito en los años sesenta". Se detiene entonces en una página cualquiera y lee con atención un fragmento. "¡Qué horror!", confirma con un gesto de resignación. Luego explica: "Nunca releo lo que escribo. Ni siquiera los artículos". Antes de volver a dejarlo sobre la mesa, sin embargo, le dedica una mirada más cariñosa. "Fue mi primer libro", comenta, y con eso parece querer aclararlo todo.
Han pasado treinta años desde que aquella novela primeriza le diera a conocer al ganar el Premio Alfaguara. Desde entonces ha publicado casi una treintena de títulos más y ha obtenido otros premios, entre ellos el César González-Ruano de periodismo y el Nadal de novela. La última que ha publicado hasta la fecha, Jardín de Villa Valeria (1996), clausura una trilogía de carácter más o menos autobiográfico, cuya segunda parte, Tranvía a la Malvarrosa (1994), ha sido objeto de una versión cinematográfica estrenada esta primavera. Hace unas semanas ha presentado en una librería madrileña una recopilación de sus mejores relatos cortos.

El soporte no tiene ninguna importancia, el papel que hay debajo de las palabras no importa.


P: Su obra comprende novelas, teatro, relatos, biografías, artículos periodísticos, libros de viajes, de entrevistas y de semblanzas literarias. ¿Le merece toda la misma consideración, o cree que hay alguna modalidad en la que haya obtenido mayores logros?

R: No lo sé. Me considero un escritor, y a la hora de escribir un artículo o una novela mi actitud ante el texto es la misma. Muchas veces puedes estar más cómodo ante un tema que ante otro, pero eso no depende del tema en sí, sino de tu propia situación. Después es el lector quien opina.

P: ¿No tiene, entonces, un género preferido?

R: Me siento cómodo con el artículo corto, y sobre todo, dentro del artículo corto, con la pequeña historia. Tengo la sensación de que todo lo que se puede decir en cien folios se puede también decir en cincuenta, en diez y en uno. A esto se añade que, al comprimir una historia en un folio, se entra en un terreno donde la palabra adquiere un especial valor; se entra casi en el terreno de la poesía. Hacer poesía y a la vez relato condensa todo desde el punto de vista de la necesidad de escribir.

P: ¿Se refiere a las columnas de El País que son en realidad un relato breve?

R: A veces, sí. Si encuentro un buen tema, puede decirse que ahí es donde más cómodo me siento.

P: Además de esta diversidad general, buena parte de sus libros se caracteriza por un mestizaje de rasgos genéricos, que los hace difíciles de clasificar. ¿Obedece a un deliberado propósito de innovación?

R: No. Creo que cualquier autor que tenga un deliberado propósito de innovación ya no innova nada. Me parece una postura falsa. Hay que tener una actitud de sinceridad y de necesidad ante lo que se escribe, sin otros prejuicios. El prejuicio más grande que existe es el de querer ser moderno a toda costa.

P: En cualquier caso, novelas como El anarquista coronado de adelfas o Balada de Caín parecen concebidas con un cierto ánimo transgresor o experimental, mientras que Tranvía a la Malvarrosa, por ejemplo, adopta una forma mucho más clásica.

R: Sí, es posible, pero eso depende de lo que sientas en ese momento, no de la pretensión previa de ser un innovador. Porque, entre otras cosas, yo creo que está ya todo innovado.

P: Precisamente, a propósito de arte, ha hablado usted de las "sucesivas vanguardias de un solo día". En literatura, ¿cree que todavía es posible hacer algo novedoso y de valor?

R: Sí, porque es un eterno retorno. La literatura es como el mar; el arte es también una sucesión de formas que se golpean a sí mismas; es como el fuego, como el aire, como los cuatro elementos, que son siempre, por una parte, inmutables, y por otra siempre cambiantes. La forma es como la llama de una hoguera, permanentemente idéntica a sí misma pero siempre distinta. La forma es insondable.

P: Su narrativa se nutre, por un lado, de su propia experiencia y de la realidad social y política, y por otro, de la fantasía. ¿Percibe usted similitudes o vínculos con alguna generación, alguna corriente o línea teórica?

R: No conscientemente. Yo nunca he estado inscrito en escuelas previas, ni en grupos ni en capillas. Creo que este trabajo es un acto de soledad absoluta, de corredor de fondo. Por otra parte, a mí la fantasía no me interesa para nada. Yo parto siempre de la realidad, de lo que veo, de lo que percibo con los sentidos. Pero a eso le añado una dosis de imaginación, que es distinta de la fantasía. La imaginación siempre está arraigada en la realidad. La fantasía es una especie de juego ilógico o cerebral, que a mí no me interesa porque en él vale todo. Es un juego muy fácil. Y si uno tiene ya cierta capacidad de malabarismo, más todavía. Sin embargo la imaginación siempre parte de la realidad, y supone un trabajo de la inteligencia. Creo que la imaginación es un producto de la inteligencia basado en el acervo que le proporcionan los sentidos.

P: Al decir "fantasía" pensaba, por ejemplo, en todos esos muertos que pasean por Madrid en La muerte bebe en vaso largo.

R: Sí, pero es que eso no es una fantasía... Quizá se podría definir como una ciencia-ficción, pero lo cierto es que esa novela, o lo que sea, ese relato, parte de un hecho real: de un tipo que murió a mi lado. Y prácticamente todo el resto de cosas que suceden son elaboraciones de hechos reales.

P: Ya que ha surgido: esta novela, y quizá también ciertos aspectos de su prosa, ¿no recuerdan un poco a Queneau? ¿Es un disparate?

R: Bueno, es que todo conduce a todo. Se habla de realismo mágico, de los personajes de García Márquez, pero ya en la Odisea los personajes vuelan. Está todo inventado.

Literatura y periodismo.

P: ¿Y el carácter literario de su periodismo? Umbral siempre cita a González-Ruano como su maestro, y usted ganó el premio que lleva su nombre. ¿Conocía sus artículos, o los de Foxá, o Eugenio Montes?

R: Relativamente. En la última época de Ruano leí algún artículo suyo en ABC, y a Foxá también lo lei a veces en ABC. Eran dos escritores que, ideología al margen, dominaban absolutamente la técnica del artículo. No sé si hoy sería capaz de volver a leerlos, porque, por lo que a la técnica se refiere, su misterio está totalmente desentrañado. No sé. La verdad es que a mí, articulistas, me han gustado muchísimo más Julio Camba o Josep Pla, cuyo centenario celebramos ahora. Además me parece que Pla, y el mismo Camba, están mucho más vivos que Ruano y Foxá.

P: Una importantísima parte de su obra ha aparecido por primera vez en la prensa. ¿En qué sentido piensa que se le podría aplicar el calificativo de "periodística"?

R: Se le podría aplicar ese calificativo si con él designáramos todo lo que aparece en la prensa. Pero hay que considerar que en la prensa ha aparecido La España invertebrada, ha aparecido prácticamente todo Valle-Inclán, ha aparecido la mayor parte de la generación del 98, ha aparecido Dostoievski, ha aparecido Dickens, prácticamente todo Hemingway... El soporte no tiene ninguna importancia, el papel que hay debajo de las palabras no importa.

P: Pero una parte de esa obra aparecida en prensa se refiere de algún modo a la actualidad, o tiene un carácter más coyuntural, mientras que otra tiende a la intemporalidad, como muchos de esos relatos de que hablaba antes. En algún artículo usted mismo se ha considerado periodista.

R: Sí, es cierto. Es que he escrito reportajes, y también crónicas del Parlamento; Crónicas parlamentarias -cita el título del libro donde están recogidas-. Literarias, pero parlamentarias. Sin embargo, pocas veces he tenido realmente el propósito de dar una noticia, en forma de crónica o de reportaje. Yo me he asistido de la realidad, o de algunos hechos reales para, a partir de ahí, hacer, más o menos, literatura. Y de hecho mis columnas periodísticas semanales, precisamente por ser semanales, tal vez se refieran a la actualidad, pero no dependen de ella. Son como un polvo en suspensión que quedara en la atmósfera social cuando la actualidad desaparece.

P: El año pasado publicó dos columnas tituladas Periodistas. La primera se ocupaba de los aspectos negativos del periodismo, y entre ellos del hecho de que en los periódicos se escribe sobre asuntos de los que el periodista no está bien informado, con los errores lógicos. El segundo era una defensa de los buenos profesionales, "que no equivocan nunca los datos, que contrastan los hechos, que no buscan el escándalo por sí mismo, que no quieren derribar a ningún Gobierno, que sólo sienten pasión por la información escueta y rigurosa, caiga quien caiga". ¿Existe en algún sitio un periodismo así?

R: Bueno, es una aspiración. Digamos que sería un código deontológico. Supongo que hay periodistas así. No un periodismo en general, pero sí algunos periodistas que son o al menos tratan de ser así.

P: Es decir, periodistas sí pero medios no.

R: También hay medios que tratan de ser así. Lo que ocurre es que un medio, al depender de tantas adherencias, posiblemente no tenga la misma facilidad para llegar a un ideal. Pero hay unos medios que están más cerca de él que otros.

A favor del placer.

P: Muchas veces ha manifestado cierto hastío ante la mediocridad de la sociedad contemporánea reflejada cotidianamente en los medios de comunicación. ¿Es compatible la capacidad de sentir pasión por Velázquez, Mozart o Platón con el interés por los cruces de declaraciones entre Arzallus, Álvarez-Cascos, Pujol o Cipriá Ciscar?

R: Es que también en un momento dado Platón, Mozart o Velázquez estaban metidos en toda la suciedad y brutalidad de la existencia. Platón, Mozart o Velázquez prácticamente son ya categorías mentales. Y claro, es muy cómodo agarrarse a ellas como método de purificación. Pero la vida está llena de cosas buenas y malas, de barro y de pepitas de oro. Lo que ocurre es que uno, en medio de la vida, que es por su propia naturaleza sucia, tiene unos ideales.

P: ¿Se trata, entonces, de una forma de compromiso?

R: Ya se dice que para desviar la corriente de un río hay que mojarse, hay que estar dentro de ella. Para algunos es una brega, mientras que hay otros que se ponen en la orilla y desde allí comentan lo que está bien y lo que no. Estar en la orilla y señalar los defectos de la corriente, o tomar nota de los que se ahogan, de los que se corrompen, de los que se salvan, etcétera, es una posición muy cómoda. Pero bueno, es una forma como otra de asistir a la realidad.

P: También ha escrito con frecuencia sobre el circo organizado en torno a lo que la gente llama "la cultura". Entrevistas radiofónicas en medio de anuncios de cacerolas de cocina, mesas redondas, presentaciones de libros con canapés, debates televisivos y actos de sociedad. ¿Lucha usted por mantenerse "puro"?

R: Mantenerse puro equivaldría a ser un extraterrestre. Yo no tengo ningún interés en estar en una torre de marfil, ni trato de ser una persona incontaminada. Trato de rodearme de gente medianamente aceptable, como soy yo, o como me considero yo. De gente discreta, inteligente y saludable. Después hay que asistir al espectáculo de la vida, y hacer lo posible por cambiar las cosas que no te gustan, en la medida de tus capacidades. Que no es mucha, por cierto.

P: Hace unas semanas, precisamente, presentó usted una recopilación de sus mejores relatos.

R: Es que estás dentro de una factoría; hoy no hay ya escritores de culto. Si no vendes no vuelves a publicar, y si no vuelves a publicar desapareces como escritor, no existes. Como rigen unas leyes terribles de mercado, tienes que mantenerte dentro de esa factoría.

P: Un punto central de su obra es la afirmación de que la verdad reside en lo perceptible por los sentidos, y no en lo que el pensamiento humano pueda alcanzar. Su defensa de lo sensorial le ha llevado a escribir, por ejemplo: "Cualquier pensamiento es vano. Busque la verdad en la música de las palabras, en el fondo de la nariz y en lo alto del paladar, porque allí reside" ¿Podría explicar qué supone exactamente el pensamiento en su ideario hedonista?

R: Bueno, yo no soy un filósofo. Considero que el espíritu es un punto inmaterial donde los cinco sentidos convergen, y que el entendimiento es una elaboración de experiencias que sirven para seguir interpretando la realidad; una elaboración de experiencias proporcionadas por los sentidos. Imagino a los cinco sentidos acarreando sensaciones que mediante esa elaboración intelectual se transforman en métodos de ordenar la realidad y de ordenarse a uno mismo a partir de la realidad. Eso sería para mí el conocimiento.

P: ¿Entonces el pensamiento puede ser también una fuente de placer?

R: Por supuesto. El ser humano se mueve por placer; única y exclusivamente por placer. Lo que pasa es que cuando se dice esto se tiende a pensar en un placer grosero, o en un placer físico. No. Hay gente que siente más placer escuchando a Bach que robando, y otra que experimenta más placer robando que oyendo a Bach.

P: Hegel pensaba que la belleza del arte tenía un rango superior a la de la naturaleza, porque provenía del espíritu. Usted no parece establecer distinciones entre el disfrute de la natu- raleza y el del arte.

R: Hegel es un idealista. El espíritu humano es naturaleza; las ciudades están en el campo; los laboratorios de Chicago son naturaleza también. No lo tengo claro, no sé cuál es la diferencia. Es uno mismo el que ve el paisaje en la pared de un museo y el que ve el paisaje real. Y creo que el mejor cuadro es verse a uno mismo contemplando ese paisaje o esa pintura. Al final eres tú el sujeto de todas las emociones. Y hay un punto, ese vértice de los cinco sentidos, en que coincide siempre la misma emoción, sea artística o "natural".

P: Y la escritura, ¿no supone para usted algún tipo de esfuerzo que esté en cierto modo reñido con el placer?

R: Lo que sucede es que el placer tampoco tiene que ser inmediato. Un sufrimiento aceptado, que sabes que te va a producir un placer, es rentable, desde un punto de vista hedonista. Además el placer nunca es un puro deleite, y hay también un placer masoquista. Hay gente que obtiene placer sufriendo. Escribir casi entraría dentro del placer masoquista.

P: Usted ha explicado: "Tengo una manera peculiar de escribir, un método compulsivo de decir las cosas: abro la manguera a toda presión y con la angustia de unos cien metros libres lleno doscientos folios en un mes". ¿Se ha planteado alguna vez cambiar este sistema, emprender una obra de mayor extensión o que le exija una dedicación excepcional?

R: Creo que no lo voy a poder hacer ya nunca. Como decía aquél, "es mi manera". Una forma de enfrentarme a la realidad. Ya me gustaría tener esa tranquilidad, esa paciencia para ordenar las cosas y repasar los libros, ir añadiendo capítulos y engordando las ideas, redondeándolas. Pero no, no puedo. No creo, vamos; a lo mejor sí, pero no creo.

P: ¿Se lo ha planteado en alguna ocasión?

R: Mentalmente sí, muchas veces. Pero no lo he hecho nunca.

P: Por los ejemplos que usted cita, parece que la literatura que le gusta es de ese tipo, muy trabajada.

R: Sí, pero es que yo la trabajaría demasiado. Tengo una tendencia al perfeccionismo y al purismo, y si me concediera tiempo corregiría infinitamente cada página, hasta dejarla muerta. Una de mis fórmulas de salvación es escribir rápido. Y además creo que escribiendo rápido aflora una parte sumergida de la creatividad que es la que funciona o puede funcionar mágicamente. Esa velocidad hace que una parte de tí mismo quede sin control, que pueda salir algo de ese fondo irracional, mágico, que tiene el arte. Por otro lado, estoy convencido de que en el arte se trata de acertar o no acertar. Hay ejemplos, decenas de ejemplos de novelas cortas, de cuentos cortos, escritos en poco tiempo, que son auténticas obras de arte.

P: No hay tantos, ¿no?

R: Sí, yo creo que sí... El viejo y el mar está escrito para una revista en un fin de semana. En mi caso concreto, los artículos o pequeños relatos que he escrito con más rapidez son los que después han funcionado. Artículos escritos con unas prisas angustiosas por llegar a otro sitio, pensando en otro sitio ya. Y hay otros para los que te tomas tiempo, que anudas bien, y muchas veces quedan algo artificiosos. Cada cual tiene su fórmula.

© Javier Ochoa 1997

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