Estudios:

Literatura, traducción
y documentación en
el medio hipertextual

Carlos Moreno Hernández
Universidad de Valladolid / U.N.E.D.

La idea de hipertexto no es nueva, ni mucho menos; es tan antigua como la documentación misma, desde la biblioteca de Alejandría, al menos. Sin embargo, sólo desde hace unos años podemos verla actuando, propiamente, en los nuevos medios, con programas cada vez más complejos que permiten la creación de textos vinculados. Tampoco es nueva la idea de una máquina o utillaje -hardware- que relacione textos, facilitando así la escritura y la lectura. De 1598 data la noria de Ramelli, con un libro abierto en cada cangilón, que el usuario hace girar. De ahí al Memex de Bush, de 1945, que ya incluye pantallas, podemos seguir diversos pasos en la tecnología hipertextual, cuyo origen es la escritura misma.

También la generación automática de textos puede rastrearse desde el siglo XVII con Juan Caramuel y su máquina de hacer versos, los 43 baisers d' amour, del escritor alemán Quirinius Kuhlmann (1671) o Los viajes de Gulliver (1727), con el invento de la Academia de Lagado (III, V). Una variante de este artilugio, que combina palabras aleatoriamente, es la la máquina de trovar de Jorge Meneses, que aparece en el Juan de Mairena de Antonio Machado (1928).

La primera experiencia de generación de textos mediante ordenador data de 1954, en Canadá; y en los años setenta, en Estados Unidos, el ordenador es usado ya con frecuencia para escribir poesía de forma automática. Es la también llamada literatura asistida, es decir, la producida por el ordenador después de facilitarle léxicos y textos preestablecidos. Este es el caso del grupo Ouvroir de Littérature Potentielle (OULIPO) fundado por Queneau y en el que han participado Calvino y Perec, entre otros. Se trata en este caso de una especie de juego o broma entre amigos, cuya libertad aparente oculta unos mecanismos de escritura y lectura preestablecidos, para resaltar lo inaprensible del acto creador (Amat, 1994: 132-4).

Otra cosa es la utilización de programas hipertextuales que enlazan los textos mediante vínculos o nudos -marcas o subrayados en palabras y frases- que pueden irse variando a medida que los textos también varían. Al mismo tiempo, los enlaces pueden contener información sonora o gráfica, de manera que el autor puede construir un sistema hipermediático abierto en el que la escritura se combina con la imagen y el sonido. Estamos aquí fuera de los límites de la literatura en su sentido moderno, decimonónico, lo que hace pensar si en el futuro podrá mantenerse ésta como hasta ahora, en los límites del impreso, y si, como es lo más probable, los nuevos medios de escritura y lectura no darán lugar a nuevos géneros, en paralelo con la etapa de oralidad secundaria, hipermediática, anterior a la imprenta.

Pues la literatura siempre ha actuado, desde su origen, como un sistema hipermediático, y las nuevas tecnologías no hacen sino poner esto en evidencia. Otra cosa es que, con su desarrollo, puedan potenciar otras formas de leer y escribir. La tecnología de libro es una cosa, la del impreso otra, que no puede confundirse con la literatura, y contra lo que argumenta Amat (140), el hipertexto puede traducirse a la impresión, de la misma manera que lo escrito ha sido traducido al hipertexto, cuyo mecanismo, sin ese nombre, ya había funcionado en las tecnologías de la escritura (Moreno). De hecho tiene razón Amat (141) cuando dice que estamos volviendo al origen de lo literario, al pensamiento anónimo, a la odisea de la historia literaria, con Homero, un nombre para ese coro de voces anónimas.

Amat (140) resalta también que

La tecnología del hipertexto puede generar un hiperespacio capaz de permitir la convergencia de las distintas expresiones artísticas, pero también corre el peligro de quedar limitado en sí mismo, de no ser más de lo que enseña, como tantas otras tecnologías desordenadas que han surgido durante los últimos años. Una manera de jugar a escribir, de jugar a leer, sin escribir ni leer propiamente.

En el caso particular de la llamada narrativa hipertextual, dice Amat (139), el autor está más interesado en el diseño de los pasos de navegación (nudos, ligaduras...), que en el estilo de su escritura. Pajares resalta este aspecto de juego para el caso de la llamada 'hiperficción constructiva', con antecedentes en los juegos de rol:

Los ejemplos de ficción hipertextual que podemos encontrar actualmente en la red son de dos tipos, que a propuesta de Michael Joyce muchos autores distinguen como "hiperficción explorativa" e "hiperficción constructiva". La hiperficción explorativa tiene un solo autor y la constructiva tiene muchos, requiriendo una colaboración por parte de cada lector y borrando los límites autor-lector (...) Esta intención de contar una historia en común es la misma que guía la hiperficción constructiva. No es necesario que los participantes sean personajes de la historia que se está contando, al modo de los juegos de rol, pero siempre hay alguien que de alguna manera ejerce un poco más de control sobre la historia (integra los diferentes textos de los participantes, etc.), y unas reglas mínimas que dirigen el intercambio (normas de entrada y salida, por ejemplo). Es importante señalar que no se controla la narración sino la interacción. La hiperficción constructiva es un ejemplo de autoría compartida cuya intención es más lúdica que estética, a pesar de que al realizarse por escrito permite superar la improvisación y poca elaboración de las intervenciones personales en una partida de rol. Se pierde sin embargo la interacción inmediata y visual de los juegos de rol, que dan mucha importancia a la recuperación de la narrativa oral, pero es posible que con el tiempo se llegue a experimentar con sistemas de video. No queremos decir que la autoría unipersonal sea imprescindible para que los textos alcancen un valor estético, porque hay ejemplos en la literatura que desmentirían esta afirmación, pero sí que la heterogeneidad de las aportaciones hace muy difícil mantener la continuidad y calidad necesarias para que una obra sea considerada "literaria". Esto no es un juicio de valor negativo, porque la intención de estas obras en colaboración no es pasar a la historia de la literatura, sino estimular la creatividad y dar la oportunidad a los lectores de convertirse en autores comunicándose con otros muchos participantes en una experiencia interesante y positiva.

Sobre la 'hiperficción explorativa' dice:

Todos los críticos coinciden en que la mayoría de los intentos hechos en esta dirección no son en el fondo diferentes de la ficción lineal, de la que se diferencian sólo por ofrecer de pronto la posibilidad de "hacer click" en el nombre de un personaje o cualquier otra palabra destacada sobre la que se ofrece más información al modo de una nota a pie de página o al final. Estos "links" suelen ser bastante rudimentarios y distraer la atención de la historia principal con información periférica. Esto puede deberse más que nada a que la historia principal todavía está redactada de modo lineal, es decir, con una estructura y unos personajes para historias lineales y no para hipertexto, pero esto puede cambiar.

y en cuanto a los cambios necesarios:

La hiperficción explorativa ha de mirar hacia la literatura de vanguardia para empezar a andar, intentando superar las limitaciones de la página escrita. Intentos como los de James Joyce o Marcel Proust no nacen para complicar la vida a los lectores, sino en un intento de que la narración se parezca más a la vida real, que no es ni mucho menos lineal (...) En primer lugar, cambian los conceptos de autor y lector tradicionales, acercándose los dos papeles cuando el autor deja en manos del lector el establecimiento de nexos que guíen sus trayectos de lectura. El control absoluto que un autor ejerce sobre un libro impreso y terminado no tiene nada que ver con lo que sucede con un hipertexto que se hace público en una red, peligrando las sagradas ideas de autoría y propiedad intelectual.
En realidad no es tan grave como algunos pretenden, pues si bien los textos nunca están terminados en el sentido de que se los puede conectar con otros muchos textos mediante los "links" o modificarlos añadiendo las propias opiniones o notas, sólo el autor tiene la potestad de efectuar estos cambios permanentemente. Y sin duda acabarán encontrando un medio efectivo (quizá demasiado efectivo) de proteger los derechos de autor incluso en las redes, al fin y al cabo se trata de dinero.

Sus conclusiones son:

Creemos haber insistido suficientemente en que las posibilidades de la narrativa hipertextual pasan por explorar los caminos que este nuevo medio ofrece y de los que carece la ficción lineal, que básicamente suponen trastocar todas las ideas de estructura estable, principio y fin y control del texto por el autor, así como explorar el modo asociativo de pensamiento que parece connatural al ser humano.
El papel más activo del lector permite además cuestionar ideologías, pues al construir por sí mismo las estructuras en las que cobran sentido los trayectos de lectura, se revelan las carencias de las estructuras "oficiales", carencias como eurocentrismo, sexismo, etc.
En cuanto a los riesgos y dificultades de la hiperficción, son superables si se toma conciencia de las ventajas y carencias del medio hipertextual, utilizando esta herramienta para aquello que verdaderamente puede hacer y dejando que la ficción lineal haga lo que ha venido haciendo desde siempre.

La pregunta es: ¿No ha agotado ya la ficción lineal todas sus posibilidades, dependiente como ha sido de los materiales librarios usados hasta ahora, manuscritos o impresos?

Por otra parte, se olvida a menudo que la traducción es también una forma de relacionar textos, y contextos, en diversos grados, desde el texto origen al texto final, por medio de mecanismos de transferencia, descodificadores y codificadores, empezando por el cerebro del traductor. De Descartes y Leibniz procede la idea de sustituir las palabras por equivalentes numéricos, lo que se concretó en los años treinta en diversas patentes de diccionarios de este tipo. Desde finales de los años cuarenta, al tiempo que llegan los ordenadores, se experimenta con 'máquinas de traducir', luego se habla de traducción automática y más tarde, de traducción asistida por ordenador, al constatar que la traducción requiere una contextualización hasta ahora sólo posible con un operador humano.

El ordenador, pues, ha absorbido en sus programas hipertextuales las viejas ideas de relacionar textos, de traducirlos, e incluso de crearlos. Todo en una sola máquina. Lo que hay de común en todas las fantasías, o realidades, sobre máquinas literarias es el desplazamiento del autor como elemento indispensable, o su relativización. Hasta el punto de que la defensa de la literatura informática, o asistida, se funda en que las condiciones para que se dé la literatura no incluyen al autor, sólo al texto y al lector.

En el caso de la traducción literaria, el autor original es desplazado en mayor medida que en otro tipo de textos por el traductor, pues ese tipo de traducción implica siempre una recreación, y toda obra traducida se incorpora a la literatura de la lengua a la que se traduce y nos hace tomar conciencia de que el término traducir indica una operación básicamente hipertextual: saltar de un texto a otro, vinculando una cultura a otra cultura.

Creer en la traducción en este sentido hipertextual implica, además, un salto ideológico, la renuncia a un lenguaje sagrado u original, o transparente, que dé cuenta, directamente, del ser, o de la realidad, un lenguaje trascendente, en suma, en el sentido metafísico o teológico; por ello, paradógicamente, cualquier texto es ahora original. El Quijote, por ejemplo, es presentado por Cervantes como una traducción al castellano, encargada a un morisco, de un texto escrito en árabe por un tal Benengeli, historiador moro. Lo único original del autor serían, según esto, las escasas opiniones que desgrana a lo largo del libro sobre el historiador moro, a la vez que acepta algunas sugerencias del traductor al poner en duda, en algunos casos, la veracidad del primer autor.

Así que, la poca importancia que se otorga a la traducción y a los traductores en algunas partes del Quijote es sólo aparente, pues es de ellos y de sus traducciones de donde, según la ficción, procede todo: el original de Benengeli, poco fiable, no es accesible sino a través de un oscuro traductor, lo que equivale a sospechar de la verdad o realidad de lo que se cuenta, que es como poner en duda lo que entendemos por realidad, a la vez que se muestran las conflictivas relaciones entre verdad e historia -en los dos sentidos de la palabra historia en castellano-, los temas fundamentales, en fin, que la obra desarrolla.

La documentación, más allá de su mera labor de registro, puede verse en una perspectiva hipertextual como la remisión provisional de un texto a otro texto por medio de más textos que se comparan y se equiparan, en medio de elementos de comparación que sirven de referentes, mundos reales o verdades también provisionales. Todo son textos que se traducen entre sí en una situación espacio temporal que varía continuamente.

Desde este punto de vista la cultura ha dejado de estar fundamentada en mitos constituyentes, el pasado originario se vuelve tan impenetrable como el futuro, por lo que la estabilidad depende ahora de una red de traducibilidades, de giros recursivos. Al interrumpir este circuito hipertextual y elevar cualquiera de sus elementos a una forma de representación fija, al textualizar, en suma, cortamos la comunicación y corremos el riesgo de anquilosar la cultura. No sirve, por ello, sustituir unos fundamentos por otros, cerrando de nuevo el sistema, hay que recomponerlos continuamente traduciéndolos, en un cruce de caminos y fronteras sin principio ni fin.

Así mismo, la traducción asistida por ordenador podrá hacer un uso importante del hipertexto, en cuanto que éste se basa en la construcción de una compleja estructura de enlaces que pueden remitirnos no sólo a la lengua (en forma de diccionario, gramática, etc) sino a la cultura, en sentido amplio (en forma de enciclopedia, historia cultural) y a la frecuencia con que los elementos o unidades culturales se usan, esto es, se repiten una y otra vez, determinando las prioridades en la elección de sus componentes. Hay que conocer, por ejemplo, qué temas se repiten más en los textos, cual es el 'índice de citas' predominante (Delany/Landow, 32) para poder así establecer con mayor precisión los vínculos o enlaces.

Cualquier traductor intercambia aquí los papeles de lector y escritor que comparten el contexto original y el de llegada, pues está dentro de un sistema hipermediático interactivo en el que puede agregar nuevos vínculos entre los bloques del hipertexto o introducir alteraciones en ellos. Desde el punto de vista hipertextual todo texto es una versión manipulable según recorridos, esto es, traducible, transportable.

La documentación afecta sobre todo a la primera fase de toda investigación, que puede verse como una excursión o navegación hipertextual en un dominio espacial, el de la biblioteca primero, el de los libros que contiene después. Este comienzo heurístico, de observación y búsqueda a la vez, produce bien el hallazgo de materiales no conocidos, lo que es raro, o más frecuentemente, por el rastreo de información sobre lo ya hecho y los problemas que plantea.

Luego, en su última fase, toda investigación es hermenéutica o de interpretación, implica evaluación de lo descubierto o reevaluación de lo establecido, con el propósito de aportar una lectura reveladora o una perspectiva nueva. Desde el punto de vista hipertextual, se trataría, en la primera fase, del establecimiento de enlaces a partir de lo disponible; en la última, de la introducción, o despliegue, de nuevos elementos vinculados. En cualquier caso, el conjunto queda alterado, es redefinido. Sin el elemento creativo transformador de la información obtenida nos encontraremos simplemente con una reiteración o propaganda más o menos disfrazada de lo conocido, del saber establecido; sin la documentación adecuada estaremos siempre en el riesgo de duplicar lo ya hecho.

En el medio electrónico hipertextual, una fuente de documentación, por ejemplo una bibliografía, adquiere su pleno sentido al no estar fijada en el papel que nos obliga a unos recorridos predeterminados, y se convierte en un cruce de caminos variable, siempre actualizado, según perfiles o intereses, en el recorrido hacia los textos, a los que puede accederse al final, en muchos casos, en una reproducción digital que incluso mejora, en claridad, las versiones manuscritas o impresas llamadas impropiamente originales.

El fundamento de toda documentación, ahorrar tiempo hacia la información pertinente, alejada de nosotros, más o menos, en otro espacio de accesibilidad problemática, es ahora potenciado en el medio hipertextual, al que podemos comparar con una computadora de a bordo, en manos de un especialista en diseminación informativa al que facilitamos nuestro perfil de investigación, que es como decirle donde estamos y adonde queremos llegar. A veces, todo se reduce a encontrar en la red telemática el vínculo adecuado; otras, somos nosotros mismos, como especialistas, los que lo creamos.

En este punto es importante anotar la distinción entre accesibilidad y disponibilidad en el medio electrónico (Delany y Landow, 31). Para un investigador o lector especializado en una biblioteca son casi lo mismo; pero en el contexto hipertextual, lo disponible, -que es todo, en teoría- si no está adecuadamente interconectado, puede no ser accesible, perdido en un laberinto sin hilo conductor.

Una investigación tradicional comenzaba por las llamadas guías documentales, esto es, las que aportan información sobre fuentes documentales de todo tipo, como son las bibliografías de bibliografías, las bibliografías propiamente dichas, los catálogos, índices, resúmenes y los repertorios de tesis, misceláneas y homenajes, entre otros. Con ellas se accede a las fuentes de documentación en las que el investigador lleva a cabo su recopilación previa de materiales.

Todo este recorrido, antes dificultoso, puede ser ahora ejecutado en poco tiempo desde cualquier punto del planeta en una pantalla de ordenador, o bien encargado a algún documentalista experto en D.S.I. (Diseminación selectiva de la información) con un ahorro de tiempo y dinero considerable: no sólo se nos proporcionarían las fuentes de documentación buscadas, sino que la pantalla nos indicaría el camino directo a los textos y el agente informativo nos tendría informados regularmente por medio del correo electrónico de cualquier novedad, incluyendo la investigación en curso.

Una vez que hemos accedido a los documentos, el problema es cómo filtrar la información pertinente, que en el medio impreso pasa necesariamente por una lectura, más o menos rápida. En el medio electrónico, en cambio, es posible utilizar palabras clave asignadas a los bloques textuales y a sus enlaces, y realizar con ellas una rápida búsqueda selectiva, siempre que podamos acceder en la pantalla de nuestro ordenador a los textos completos de los fondos de las bibliotecas o archivos, algo todavía lejano, pero ya posible. Uno de los obstáculos principales es cómo controlar los derechos de autor en estos nuevos medios, o si esos derechos deben seguir regulándose como hasta ahora.

La conexión directa a los catálogos de muchas bibliotecas es ya un hecho a través de INTERNET, pero no a los textos si no es por medio de la solicitud de fotocopias o discos, que hay que pagar, salvo para los textos con derechos de autor. Salvando estos derechos, es posible ya acceder a muchos textos de forma gratuita por otros medios, como el proyecto Gutenberg -www.promo.net/pg- que invita a los usuarios a contribuir creando ediciones de textos clásicos para incorporarlas a la red. Existe también el plan o servicio Xanadu, una especie de banco de datos con interconexión mundial, donde cualquier documento que contenga es accesible mediante el pago de un canon y cada autor recibe su propio canon de acuerdo con las solicitudes que tenga el documento con el que ha contribuido.

Así pues, los hipermedios, combinados con agentes informativos, cambiarán la manera en que vemos los textos, es decir, cambiará, como dice Yankelovich (140) nuestra manera de pensar acerca de la composición de libros, artículos o materiales didácticos.

Los libros dejarán de ser cosas aisladas y los artículos dejarán de publicarse en revistas impresas, muy lentas y caras o demasiado saturadas, cuando no copadas por grupos restringidos o santones de la disciplina. No debe olvidarse que los artículos de revista, como los libros, son ya electrónicos antes de ser papel, pues son elaborados en ordenadores con programas de tratamiento de texto y las nuevas tecnologías permiten ya su difusión directa en el medio electrónico, sin necesidad de imprimirlos, como la revista Espéculo. La revista electrónica (Aguirre) permite no sólo reducir el coste al mínimo, sino efectuar conexiones hipertextuales o modificar continuamente su contenido, o fijarlo en un disco, o imprimirlo. El problema es su aceptación en los ámbitos académicos, demasiado condicionados todavía por el medio impreso. Piénsese que es posible también editar las actas de un seminario o congreso en el mismo momento de su celebración e incluso celebrarlo a distancia, combinando diversas tecnologías electrónicas.

La vieja contienda entre lobos investigadores y perros guardianes bibliotecarios (Carrión), había dejado ya, en parte, de tener sentido cuando los medios impresos podían ser reproducidos en fotocopia, microfilm o microficha, pero ahora ya la cuestión es sólo cómo orientarse en el mar inmenso de la disponibilidad hipermediática. Cambiará además la manera de escribir. En el caso de lo que hoy llamamos literatura ¿seguirá empleándose ese término para lo que venga después?

Por el momento, los medios electrónicos van a sustituir al papel como forma de conservación y manipulación de lo escrito, sobre todo en aquellas tareas más engorrosas o mecánicas de búsqueda, selección y comparación de los textos, o de los datos que éstos proporcionan, las tareas documentales, en suma. Las tareas investigadoras se verán también muy facilitadas y perfeccionadas. Es posible incluso, con las técnicas de tratamiento de imágenes, restaurar viejos manuscritos y recuperar la información, antes dada por perdida, que contienen.

Pero, además de poder hacer lo que ya se hacía con mucha mayor velocidad de acceso y facilidad de manipulación, la diferencia entre viejos y nuevos medios desde el punto de vista hipertextual residiría, como ya hemos visto, en que el enlace electrónico redefine la naturaleza del documento, ya que éste no se presenta nunca aislado o sujeto a las limitaciones de un registro tradicional, sobre todo el del formato papel; esto mismo supone que cualquiera de sus partes depende tanto del resto del documento como de otros documentos con los que pueda ser relacionado.

Esto se ve más claro en el caso de la literatura, donde la idea rígida de texto ha quedado siempre desdibujada no sólo cuando existía la posibilidad de alterarlo, como ya se venía haciendo en la cultura manuscrita o en el medio teatral, sino también cuando, al operar como investigadores, resultaba evidente que el texto objeto era siempre un pretexto, fragmentado en multitud de bloques, en conexión entre sí y con otros textos. Era el soporte, la forma del codex como conjunto de pliegos encuadernados y paginados, manuscritos o impresos, lo que prestaba al contenido semántico de lo escrito su carácter de cosa inalterable y lo conformaba como texto, ocultando o desvirtuando sus conexiones hipertextuales e hipermediáticas.

Por ello, la novedad e importancia de las nuevas tecnologías hay que buscarla también en las posibilidades que tienen para la escritura en una forma diferente a la establecida por el codex, primero, y su sucesor, el libro impreso, o libro por antonomasia. De ahí que algunas prospectivas en el medio informático sean confusas al utilizar el término libro electrónico, que puede designar simplemente el traslado de lo impreso al disco, para su recuperación en pantalla, aunque incluya la manipulación hipertextual e hipermediática, o bien algo realmente nuevo, sólo posible utilizando creativamente los programas hipertextuales o hipermediáticos.

En el primer caso existen ya productos editados en CD-ROM para ordenadores multimedia, que incorporan sonido o imágenes a los textos o incluyen la posibilidad de manipularlos para que el usuario obtenga versiones diferentes. Para el segundo caso, el que nos acerca al futuro, se han llevado a cabo ya algunas previsiones, si dejamos aparte los experimentos en narrativa hipertextual, ya tratados, que plantean otros problemas:

"A Manifesto for Hyperauthors" se pregunta cómo se puede escribir cuando lo que antes eran constantes en un texto (linealidad, argumento, detalles, elaboración de conceptos o extensión), son ahora variables. Esta cuestión nos parece fundamental. Los cambios son más profundos de lo que sugiere el resultado de una lectura hipertextual en la que como señala Jurgen Fauth, a pesar de todas las decisiones, el texto leído resultante es lineal. (Pajares)

Lanham (72 y ss.) sugiere que en el nuevo medio electrónico la superficie impresa se vuelve volátil e interactiva; que el texto definitivo e invariable en el que se ha basado el humanismo occidental desde el Renacimiento, con la consiguiente canonización de los textos, se pone en cuestión, esto es, en juego. Ya los futuristas italianos y otros autores antes que ellos, como Mallarmé, habían propuesto cambios tipográficos y sintácticos que alteraba la distribución usual de la página impresa, que condiciona más de lo que parece nuestra percepción de las cosas, sobre todo en lo que se refiere a una supuesta transmisión transparente de lo real, que es el ideal del estilo prosístico que se aplica al registro de conocimientos o experiencias.

Por primera vez, arguye Lanham (77), las artes, a través de su digitalización común, se han vuelto intercambiables, al poder convertir señales sonoras en visuales y viceversa, obligándonos a cambiar la estructura metafórica de nuestra terminología retórica, dependiente de imágenes visuales para expresar sentidos verbales. Parece claro que el texto electrónico busca su camino hacia una clase o paradigma de escritura más cercano a lo oral interactivo, al juego de las formas, frente a la seriedad de lo impreso en su búsqueda de una verdad fijada en negro sobre blanco y firmada, o afirmada, por el maestro. Programas de hipertexto como Hypercard o Guide, o Storyspace a través de la red, son un ejemplo de esta nueva manera de usar el espacio de la escritura que la pantalla electrónica proporciona, más allá de los procesadores de texto.

Además, sugiere Lanham (127-9), el ensayo como género, del tipo que sea, evolucionará como unidad básica de expresión del saber o de instrucción en la escritura, como variará la estructura básica aristotélica de principio, medio y fin o la puntuación, pensada sobre todo para la ejecución de un texto escrito. El ordenador permite ya el uso de todo tipo de iconos que sugieren maneras de leer o incluso emociones -emoticons-. Escribir, con el uso de programas hipertextuales o de animación, se convierte en algo tridimensional en vez de bidimensional. Las 'figuras' del discurso podrán por fin hacerse visibles e incluso podrá añadirse color, no sólo metafóricamente, y sonido.

Heras nos proporciona también algunas claves de lo que puede ser la escritura hipertextual, el libro electrónico, como algo nuevo o experimental, fuera de la influencia del impreso. Para empezar, como hemos visto, los soportes electrónicos de la escritura permiten, por primera vez, la alteración y actualización continua de lo registrado, lo que Heras (1994, 31) llama el libro blando, en constante remodelación.

Por otro lado, la sustitución de la página por la pantalla nos hace ver que una pantalla no es una página, aunque así sea utilizada aún, en parte, por los procesadores de textos. Su espacio es otro espacio que permite una utilización muy distinta. De hecho, cada escritor puede ensayar en la pantalla formas nuevas o diferentes de escritura; aquí residiría la capacidad creativa que puede hacer saltar la literatura, tal como la conocemos, hacia otras dimensiones. Pues es esta posibilidad de utilización diferente lo que nos lleva más allá incluso de la concepción hipertextual que hemos venido desarrollando hasta ahora.

Heras hace, en este sentido, una elaboración personal del libro electrónico que, subraya, no es la de otras realizaciones actuales o de la que quizá tome en el futuro: El libro electrónico no es aquí un libro digitalizado:

La pantalla no es una página y el texto debe tomar otra estructura. La pantalla es un espacio...de tiempo en el que unas palabras se mantienen visibles, legibles (...) Si se comprende el procedimiento físico completamente distinto de contener y de ver las palabras escritas con respecto al papel, (...) no puede entenderse que el texto aparezca ahormado como si estuviera en el espacio de la página, con unos tipos y unos tamaños adecuados para una lectura en papel pero no en un libro electrónico (1994: 36-7)

Por eso en el libro electrónico que Heras propone hay que cuidar la colocación y la distribución del texto, dosificarlo de otra manera, sin las constricciones de la pagina de papel; hay que tener en cuenta la cinestesia del texto, su movimiento diferente, su encadenamiento, la posibilidad de que aparezca o desaparezca de repente. Una nueva geometría, no lineal, se abre ante nosotros, pues la nueva unidad aquí es el bucle, una cantidad de texto variable que está conectada siempre a otro bucle a través de una palabra u otro medio de salto:

Las formas de situar el texto en la pantalla, de aparecer y de desaparecer (total o parcialmente el texto; con determinados efectos visuales...), de dosificar el texto en pantalla, de encadenar las palabras que dejan la pantalla con las que emergen... abren posibilidades muy atractivas a la escritura. La estructura del texto se ha conformado a los sucesivos soportes y espacios que ha encontrado la palabra. Hay normas que no tienen que mantenerse en el nuevo espacio, y que dejarán paso a otros recursos; quizá se hable pronto de palabras púlsar, resonantes, de palabras eco, de pantallas activas e inertes, de bucles abiertos... en vez de párrafos, páginas o letra cursiva. Algunos signos ortográficos podrán ser sustituidos por otros recursos que proporciona la pantalla, más adecuados al nuevo espacio y estructura (1996: 33)

Este tipo de texto, añade Heras, un texto que se pliega y se despliega en multitud de bucles aporta muchas sugerencias a la creación o a la comunicación y convierte al lector en un navegante por un libro poliédrico, que puede surcar a través de caminos muy variados. Tenemos aquí, ni más ni menos, que el hipertexto potenciado, pues también para todo esto cita antecedentes, y luego vemos que su propuesta para el libro electrónico está basada en el libro y la enseñanza medievales.

Sugiere, por ejemplo, palabras como 'lectio' que, al tocarla, permite ir a otra parte del libro, a través de un índice, para consultar lo allí escrito, o para llevarnos a su actualización más reciente; cada autor es así el autor de un sólo libro, en remodelación permanente y comunicación, con lo que se evitan las repeticiones innecesarias de lo impreso y la pérdida de tiempo. Con 'lectio' podemos también acceder al registro de datos, citas o bibliografía.

Tocando otra palabra 'glossa', accedemos a las anotaciones a la lectura en cualquier punto, las nuestras o las de otro, en actualización y revisión continua e instantánea, accesibles o no a los otros lectores o al autor, en interconexión. Así, el libro electrónico se sitúa en una red y pierde los contornos: no se cierra, no se limita, es un un hipertexto funcionando, en el que el autor puede intervenir y contestar o replicar e incorporar, o no, la nota del lector y su réplica, con las de otros lectores. Entramos así en la 'disputatio', pero no ya en un orden lineal o secuencial, acumulativo, sino haciéndose y rehaciéndose en el lugar que les corresponde, en constante remodelación.

Todo esto, es aplicable a la enseñanza, a la investigación y a la creación literaria, que quedarán necesariamente alteradas. Para Heras (1994:50) un texto blando o poliédrico puede crear una relación más fuerte con sus lectores, con intervención o sin ella. Incluso puede preverse ya la posibilidad de escribir sin teclado, directamente a mano sobre una superficie que se transmite al ordenador, con lo que el bucle histórico se cierra, de regreso, siquiera virtual, a la cultura manuscrita. En el funcionamiento hipertextual, el texto siempre abandona el espacio de la página para trasladarse a otro lugar, ahora ocupado por la pantalla, en que se reune con otro texto, o con la voz, o la música, y la imagen.

La misma confusión apuntada para el libro electrónico afecta a las bibliotecas, cuya existencia se justifica por la conservación en un lugar específico del soporte material del libro. Biblioteca electrónica puede significar o bien el espacio dotado de medios informáticos para agilizar el control de los manuscritos y libros impresos que contiene, o bien, simplemente, el contenido escrito, textual e hipertextual, almacenado en disco, que puede ser compartido por cualquiera en cualquier parte del mundo.

Chartier (69 ss.) nos recuerda las tres acepciones antiguas del concepto de biblioteca -lugar destinado a colocar los libros, colección de obras de la misma naturaleza o libros que contienen los catálogos de los libros- en las que convergen el afán por acumular todo el saber, sea en un espacio arquitectónico o en el espacio mismo del libro, en forma de resumen o inventario. La biblioteca del futuro recoge en una pantalla todos los espacios, donde todo lo que ha sido escrito puede ser convocado, reunido, leído... y relacionado. Mucho más que antes, puede ser liberado de la textualidad que el codex imponía, sin perder por ello la posibilidad de aislarse o encerrarse en páginas o pliegos.

Los cambios que esto acarreará, al modificarse la forma de presentación, de lectura, son todavía borrosos: la forma afecta al sentido y los textos no son reducibles, como hemos visto, a su mero contenido semántico: son textos porque son cerrados o aislados, a la vez en el espacio y en el sentido. En la pantalla se despliegan o se abren, modificando la manera en que los leemos, los vemos, los comprendemos.

Podremos, además, alterarlos más allá de la mera glosa o nota marginal, dice Chartier, pero esto afectará sobre todo a lo que ya existe, lo que tenía antes forma de codex, de libro impreso, lo que podremos seguir abriendo o cerrando. Para lo nuevo, para lo que se escriba en adelante desplegado y desplegable como hipertexto en la pantalla, las viejas nociones darán paso a otras nuevas y no hablaremos ya de alterar, como no hablaremos de relacionar cuando ya no contemplemos nada aisladamente.

La forma de ver las cosas, en lo que antes tenía relación con el libro y el documento aislado cambiará. ¿Seguiremos hablando de literatura cuando lo que escribamos no vaya destinado a ser un libro impreso? Este artículo, destinado a una revista electrónica, depende todavía de un procesador de textos y de un formato página, que esa revista todavía mantiene, en parte. ¿Cómo será el ensayo del futuro y la revista hipertextual a la que vaya destinado? Hemos querido aquí sugerir algunas posiblidades, ya en marcha; otras se adivinan, todavía borrosas, para lo que aún hemos de inventar.

Referencias bibliográficas

© Carlos Moreno Hernández 1997

El URL de este documento es http://www.ucm.es/OTROS/especulo/numero7/c_moreno.htm