Entrevistas:

Belén Gopegui

Cada vez hay menos
gente que quiere asumir
la responsabilidad de
saber más que otro

Marta Rivera de la Cruz


        

Se licenció en Derecho, pero antes de terminar sus estudios universitarios, Belén Gopegui (Madrid, 1963) ya había decidido que lo que de verdad quería era ser escritora. "Estaba en cuarto de carrera, y leer cada vez me gustaba más. Estudié Derecho porque, bueno, porque entonces pensaba en ideales de justicia, arreglar el mundo, todo eso. Pero empecé a darme cuenta de que leer y escribir me gustaba demasiado. Acabé los estudios, se hilaron bien las cosas, empecé a colaborar en revistas, y pude ir sobreviviendo". Su primera novela, "La escala de los mapas", apareció en Anagrama en 1993, y Belén Gopegui se convirtió en escritora de profesión. Ahora, después de cuatro años y sendos éxitos con "La escala de los mapas" y "Tocarnos la cara", está a punto de acabar su tercera novela, "La conquista del aire".

— Eras muy joven cuando escribiste "La escala de los mapas". ¿Te costó publicarla?

— No especialmente. La envié a Anagrama y enseguida me respondieron de forma afirmativa. La verdad es que luego sí pasó algo de tiempo desde que aceptaron la novela hasta que la publicaron. Pero no, no fue muy difícil. Yo siempre he podido vivir, más o menos bien, de la literatura. Hombre, al principio fue complicado. Yo recuerdo haber escrito treinta reseñas de libros por cuatro duros, o entrevistas espantosas para revistas que no me gustaban... Claro que no me quejo, hay mil trabajos mucho más duros y peor pagados, y además las cosas fueron yendo a mejor

— ¿Ha superado ya la etiqueta de "joven escritora".

— Bueno, eso son cosas que se superan con la edad... De todas formas, yo procuro apartarme un poco de los grupos, sobre todo cuando no coinciden en intenciones. Puedes tener la misma edad que otra gente pero tu idea de la literatura es distinta y en ese sentido, cuando se organizan —ya sabes— reportajes sobre jóvenes escritores y eso, procuro no incluirme

— De hecho, la literatura que haces no tiene nada que ver con la de otros escritores que empezaron a publicar al mismo tiempo que tú. Me refiero a los representantes de lo que se ha dado en llamar "Generación Kronen"

— Esto de hablar de literatura a secas es complicado, porque yo no creo que haya mucha diferencia entre la forma y el contenido. No es sólo que escribamos de forma distinta, sino que quieres decir otras cosas. Y en ese aspecto yo no he encontrado muchos autores a quienes interese el tipo de historias que yo cuento.

— En tus novelas se advierta cierta serenidad, una total ausencia de personajes crispados...

— Yo creo que en estos momentos si gritas mucho no te oyen, porque todo el mundo grita. Así que intento que mis personajes no lo hagan. Ahora estoy acabando otra novela en donde cambio un poco y la historia es más explícita. De todas formas, la rebelión siempre está ahí. No es necesario que nadie diga, ah, es que esto está muy mal... sino que, simplemente, se ve que los personajes no consiguen hacer lo que quieren.

— Lo que sí está siempre presente en tus textos es una conciencia de generación. He señalado una frase de "Tocarnos la cara" en que uno de los protagonistas dice "Pertenezco a una generación que llegó tarde a las novelas de detectives (...) Nos robaron el error, ellos, nuestros mayores, nos robaron la creencia en nuestra responsabilidad colectiva".

— Sucede que las personas que ahora tenemos entre veintimuchos y treinta y tantos estamos en una posición un poco particular. No hemos participado en la transición, tampoco estamos en el grupo de esa nueva generación ya desencantada. Estamos en el medio. Todavía llegamos a vivir aquella época en que la gente hablaba de política, de ideales, pero no participamos plenamente de ello. Y, al mismo tiempo, es de suponer que dentro de diez años será esta generación nuestra la que ocupe puestos de responsabilidad en todos los sectores.

— ¿Crees que la tuya es una generación de observadores?

— Lo hemos sido. Lo que pasa es que ahora vamos a tener que actuar, y el problema es que yo creo que no tenemos muchos puntos de referencia, nada más que lo que nos contaron y lo que vimos desde lejos. No podemos decir, bueno, formamos parte de este movimiento.

— Acaba de fallarse el Premio Planeta, que ha sido en esta ocasión para José Manuel Prada...

— Eso es algo que me parece que no tiene mucho que ver con la literatura. La política de premios es algo que no va conmigo. Esperaré a leer la novela y entonces diré si me gusta o no. Pero eso de los concursos...

— En tu obra, el diálogo tiene un papel predominante. Hemos escuchado decir muchas veces que en castellano el diálogo suena impostado, y sin embargo tú consigues hacer muy creíbles las intervenciones habladas de los personajes.

— Me gusta que digas eso, porque a mí me interesa mucho el diálogo como recurso narrativo. En este momento hay que huir de caracterizar a los personajes por medio de muletillas. Lo que hace creíble el diálogo es que lo que el personaje dice sea necesario, que haya algo por debajo de lo que está contando. Y si así sucede, las frases te encajan bien, y cuando por debajo no hay nada, las frases se vuelven fláccidas. Muchas veces pienso que el actor debe depender muchísimo de que el diálogo que le han dado sea bueno, y no porque las frases estén bien dichas, sino porque detrás hay un conflicto. Esa es la clave: que el diálogo sea necesario y que transmita lo que fluye por debajo, que denote que en esa conversación se está decidiendo algo que tiene que resolverse.

— Las interpelaciones al lector son claras.

— Estas dos novelas están narradas en primera persona, y es lógico que el narrador se dirija al lector, porque tiene que justificarse, explicar porqué escribe esa historia y de esa manera. Pero mi nueva novela está escrita en tercera persona, y por eso esas interpelaciones no existen. Cuando uno escribe en primera persona es casi como si estuviese mandando una carta.

— El tratamiento de la soledad en tus novelas es muy interesante: todos sus protagonistas son seres aislados. En "Tocarnos la cara", aparece Ana que confiesa "yo nunca he querido a nadie"; Sandra, que ve a su primo y su novia a través del cristal mientras piensa "puede que haya destinos ordenados"; Óscar desea "haber nacido en el cuerpo de otro"

— "Tocarnos la cara" es una novela donde está muy marcada esa sensación de falta de referencias. Si no tienes algo por lo que unirte a otros, las relaciones se desvanecen. Y eso es lo que les ocurre a los personajes: que no encuentran una causa común, y es eso lo que van buscando. Lo que pasa es que a mí me gustan estos personajes que están solos pero saben que están solos. En "La conquista del aire", la novela que estoy terminando, los personajes están solos pero no lo saben.

— En tus novelas hay muchas referencias intertextuales : Lampedusa, Aristóteles, Mme Bovary, Genet, Artaud, Shakespeare, Moby Dyck... Tu mapa de lecturas es muy amplio...

— Bueno, si decides escribir tienes que leer mucho... Y sí, he leído bastante. Además, en mis novelas hablo de personajes que leen, y que hablan de lo que leen. Sin embargo, a veces pienso que cada vez hay menos gente que habla de los libros que ha leído. ¿No te das cuenta que es muy normal eso de juntarse y comentar una película? Se venden libros, pero luego la gente no habla de ellos, se zanja el sunto con decir: me ha gustado, no me ha gustado. Los personajes de mi novelas son personas a quienes les gusta recordar los autores y los libros que han sido importantes para ellos.

— Y ¿qué libros han sido importantes para tí?

— Muchos, muchísimos... no sabría decir. Además, yo creo que las influencias las tienen que detectar los otros. De todas maneras, yo he leído por épocas: una época leí mucho a los maestros rusos, otra a los realistas franceses del XIX, luego me dediqué más a los autores españoles...

— Sin embargo, es muy difícil detectar en tu narrativa influencias concretas.

— Pues espero que eso sea así, me gustaría mucho, porque querría decir que he encontrado mi propia voz narrativa. Me alegra que me lo digas.

— La existencia del maestro, en la que tanto se incide en "Tocarnos la cara" ¿tiene algo que ver con la necesidad de encontrar algo o alguien que nos guíe?

— Los maestros, como tal, están desapareciendo. Cada vez hay menos gente que quiere asumir la responsabilidad de saber más que otro, porque eso te obliga y te exige. Y eso se está olvidando, la necesidad de orientar y de ser orientados.

— ¿Cree que el escritor está, de alguna forma, comprometido con su época?

— Sí, sí. Lo que pasa es que hay que tener mucho cuidado con la palabra "compromiso", porque es muy ambigua. Escribir es decir algo, y si tú no te haces cargo de lo que dices no tiene sentido que hables. Y si hablas tiene que ser para algo. Eso es compromiso, en el sentido más práctico de la palabra. Uno habla de comprometerse cuando decide, no sé, apoyar a Salman Rushdie o estar en contra del hambre en el mundo. A mí eso no me parece comprometerse, me parece apoyar una buena causa, que es lo menos que se puede hacer. Pero eso no es nada que te ponga a ti entre la espada y la pared. El compromiso es algo más serio, es tomar partido en los conflictos culturales, es dar la cara y decir en voz alta lo que pensamos. Acudir a un acto en favor de los refugiados del Sáhara ¿a qué te compromete? El compromiso implica un riesgo.

— Y hablando de riesgo... tu primera novela, "La escala de los mapas", está narrada en primera persona por un protagonista masculino. Normalmente, las escritoras suelen dar su voz a mujeres, es muy difícil encontrar una novela escrita por una mujer y contada por un personaje masculino. En ese sentido, supongo que fue un reto.

— Sí, pero... ese es el trabajo del escritor. Lo que pasa es que últimamente se escriben muchas novelas semiautobiográficas. Si estás acostumbrada a escribir sobre lo que te pasa a tí, trasvasarlo a un hombre es más difícil. Pero es que la literatura es superar eso. Siempre hay un objetivo, y si ese objetivo exige un protagonista masculino, o un grupo de personas de setenta años, aunque tu tengas treinta, pues te tienes que adaptar a todo eso. Pero últimamente en novela se arriega poco: es muy fácil saber lo que le gusta a la gente y ceñirte a ello.

— Todas sus novelas están protagonizadas por personas de carne y hueso, que viven historias normales en escenarios urbanos...

— Por ahora ese es el mundo que me ha interesado. Quiero contar las historias de las personas que vivien cerca de mí. Pero empiezo a pensar que lo que a la gente le gusta encontrar en la literatura son personajes extraordinarios. Y no digo que eso sea negativo, todo lo contrario. Los grandes personajes de la literatura son seres especiales: don Quijote, Mme. Bovary... A lo mejor algún día escribo algo donde un personaje tenga una fuerza especial. Pero para hacer eso tienes que saber hacerlo muy bien, porque no se puede engañar a la gente. A veces te encuentras con personajes extraordinarios, y que son extraordinarios porque viajan mucho y saben mucho... pero nadie te explica como han aprendido todo lo que saben, ni por qué viajan tanto. Cervantes creó a un personaje extraordinario, pero también explica al lector cómo don Quijote se convirtió en un ser excepcional. A mí me gustaría incluir a un personaje que se diferenciara de los otros. Pero lo que ocurre es que hoy día... a veces pienso que no pasa nada.

— ¿No pasa nada?

— Hace cien años existían diferentes contextos donde tenías que definirte como persona. Era muy importante tener talento si te querías dedicar al arte, o hablar muy bien si querías ser un político, pero hoy puedes ser cualquier cosa sin cumplir demasiados requisitos. Así que lo que de verdad nos concierne son pequeñas cosas, cosas sin importancia que suceden todos los días.

— Dime una cosa: ¿te importa lo que diga la gente de tus novelas?

— Sí, claro, mucho... Cuando yo acabo una novela se la dejo leer a tres o cuatro personas que me importan, y escucho lo que me dicen, y lo valoro... Además, la opinión de la gente te enseña cosas sobre lo que has escrito, cosas que a lo mejor te habían pasado desapercibidas, y también sirve para señalar tus carencias, tus fallos. Por supuesto que es importante lo que la gente opine sobre mi trabajo.

© Marta Rivera de la Cruz 1997

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