Estudios:

Aproximación
al pensamiento filosófico-jurídico
de Leopoldo Alas
«Clarín»


Clarín

José Luis del Hierro
Profesor Titular Filosofía del Derecho, Moral y Política
Fac. CC. Información - Universidad Complutense de Madrid


1. PRESENTACIÓN

Cuando tuve conocimiento de que se preparaba un libro-homenaje al profesor Liébana Macho (*) inspirado por «su» departamento de Lengua y Literatura de la Facultad de Ciencias de la Información, me sentí, en seguida, atraído por la idea de colaborar en el mismo. Puesto en contacto con algunos profesores de ese departamento, fui, expresamente, invitado a esa colaboración que se me antojaba grata y difícil al tiempo. Grata, por lo que de contribución al recuerdo del compañero tenía; difícil, porque el objeto de mis preocupaciones intelectuales se hallaba, en principio, muy alejado de las que constituyeron el quehacer universitario de Cayo Liébana.

No obstante, inmerso en un estudio sobre el pensamiento filosóficojurídico del siglo xix en España, topé con la obra jurídica de Leopoldo Alas que, en mayor o menor medida, había contribuido a la formación de ese pensamiento, y creí que el autor de La Regenta representaba un puente inmejorable entre aquellas preocupaciones tan dispares y que, gracias a él, ya no lo eran tanto. He aquí, pues, precedido de esta breve motivación, mi contribución al homenaje al por tantas razones inolvidable amigo.

2. Leopoldo ALAS: BIOGRAFÍA ACADÉMICA

No es mi intención, ni podía serlo, el realizar un estudio exhaustivo de la vida de Leopoldo Alas; me limitaré en este punto a recordar, tan sólo, los aspectos más significativos de su trayectoria académica, la mayor parte de ella, como es sabido, relacionada con el ámbito del Derecho.

Leopoldo Alas se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Oviedo, para iniciar sus estudios de licenciatura, en el curso académico 1869-70, obteniendo en junio de 1871 (sí, un año después) el grado de licenciado en Derecho Civil y Canónico: «Yo me hice abogado en un periquete, sirviéndome de lo que entonces se llamaba libertad de enseñanza». Con la licenciatura de Derecho en el bolsillo, Alas va a Madrid para cursar estudios de Filosofía y Letras; un día, por error, entra en la cátedra de Filosofía del Derecho que desempeñaba a la sazón don Francisco Giner de los Ríos; «clase de pocos alumnos, de aire modesto, removedora y a la que asistió asiduamente todo aquel curso y cuya enseñanza habría de influir de un modo decisivo en su formación espiritual» (1).

Comenzó entonces Alas a pensar en la cátedra como forma de ganarse la vida, hasta llegar a convertirse en su principal preocupación. Estaba decidido a hacer oposición a la primera que pudiera. Con vistas a ello trabajó en la elaboración de su tesis doctoral, para lo cual dedicaba los veranos bien en el silencio y tranquilidad de la biblioteca del Ateneo viejo frente a la iglesia de San Luis, bien en Carreño, la finca sita en Guimarán, el pueblo natal de don Jenaro García Alas, padre de Leopoldo.

En 1881 concurre a la cátedra de Economía Política que había quedado vacante en la Universidad de Salamanca, triunfando en los ejercicios y obteniendo el primer lugar de la terna que había de elevarse por el tribunal al Ministerio de Instrucción Pública; pese a ello, es nombrado en su lugar un hermano de leche del mismísimo Rey Alfonso XII, apellidado Mantecón. La decepción se torna en Clarín ácida ironía: «Ya me suponía yo que me haría daño la leche de los Mantecones. »

En 1882 concursa y obtiene la cátedra de Economía Política y Estadística de la Universidad de Zaragoza; un año más tarde obtiene la cátedra de Derecho Romano en la Universidad de Oviedo y años más tarde, en la misma Universidad, la de Principios de Derecho Natural que conservará hasta su muerte en 1901.

Durante ese tiempo su producción es escasa, o cuanto menos son escasas las publicaciones referidas a la materia jurídica, así como las referencias a ella en sus artículos periodísticos; apenas Derecho y Moralidad (2 ) ; prólogo a la Lucha por el Derecho (3) , entre aquéllas; «La Filosofía no es sólo Sociología» (4); «Idealismo y Utilitarismo» (5), entre éstos.

De entre todas, he seleccionado para esta aproximación a su pensamiento filosófico-jurídico, Derecho y Moralidad y el Prólogo a la obra de Ihering, y ello porque es ahí donde parece estructurado y sistematizado aquél, constituyendo, por tanto, el núcleo de lo que es su aportación a la Filosofía jurídica.

Pero antes de entrar de lleno en el estudio de ambas obras, creo necesario referirme, brevemente, al panorama general de la Filosofía jurídica en los años en los que escribe Leopoldo Alas, referenciando, sintéticamente, las escuelas y corrientes doctrinales dominantes en ese período en Europa y en España, en la seguridad de que esa referencia ayudará en gran medida a ubicar y comprender el pensamiento filosófico-jurídico de nuestro autor.

3. BREVE PANORAMA DE LA FILOSOFÍA JURÍDICA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX

A) En Europa

La gran mayoría de los autores coincide a la hora de considerar la segunda mitad del siglo xix como un período de regresión de la Filosofía jurídica.

Tras el gigantesco empeño del idealismo hegeliano, «la más osada aventura de la razón» (6), el edificio se derrumba arrastrando tras él toda la disciplina (7).

«Después de la publicación de las obras de Krause y de sus discípulos... la Filosofía del Derecho en sentido propio sufre una enorme depresión» (8). «Lo que ahora, a partir de mediados del siglo xix, acontece es algo nuevo, algo inédito incluso en sus rasgos esenciales: no es que el espíritu descanse, sino que se vuelve contra sí mismo» (9).

En efecto, saturado de idealismo, del «yo en sí», el hombre desplaza su centro de interés hacia «la cosa en sí» (10) en un proceso simultáneo de reducción de la razón (autodisolución), y exacerbación de la naturaleza. Las grandes corrientes en las que este proceso va a hallar fácil acomodo son, en este momento histórico, de una parte el positivismo, de otra el materialismo: «esa casi ausencia de Filosofía del Derecho en la segunda mitad del siglo xix fue efecto de la tiranía ejercida por el positivismo.... por el materialismo» (11).

El positivismo es, dentro de las corrientes que propugnan «la supraordenación del objeto al sujeto» (12), la que alcanza en esos años finales del siglo xix un mayor predicamento, hasta convertirse en la filosofía (antifilosófica) por excelencia. El fenómeno jurídico no iba a representar una excepción a ese proceso de positivización del conocimiento y, pronto, el positivismo jurídico no sólo alcanzó carta de naturaleza, sino que se erigió como la gran corriente dominante del pensamiento jurídico en ese momento de la historia del hombre. La Filosofía del Derecho positivista representa la aplicación de los supuestos gnoseológicos del positivismo (identificación de la «esfera de lo cognoscible con el mundo de los fenómenos regidos por la relación de causa-efecto y desprecio de todo cuanto se encuentre más allá de estos fenómenos; reconocimiento de «la imposibilidad de obtener nociones absolutas, renunciar a buscar el origen y el destino del universo y a conocer las causas íntimas de los fenómenos, para dedicarse únicamente a descubrir... sus leyes efectivas, es decir, sus relaciones invariables de sucesión y de semejanza» (13) al conocimiento del Derecho. Para la teoría jurídica, esa limitación a lo fáctico, a lo existente en realidad, significa la consideración exclusiva y excluyente del Derecho Positivo, entendiendo por tal aquel que surge en virtud de un acto de voluntad del poder competente, que le confiere la cualidad jurídica, y por medio de un procedimiento formalmente adecuado, negando relevancia a los aspectos axiológicos de ese Derecho que lo será, sin excepción alguna, incluso cuando sus contenidos proposicionales sean absolutamente inmorales o ilegítimos, con la única condición de su origen en el poder soberano, en el Estado, que podrá promulgar como tal cualquier proposición jurídica.

El positivismo jurídico pronto desembocó en mero formalismo; el viejo aforismo filosófico «forma dat esse rei» se convierte en la piedra angular para la conceptualización del derecho y para la comprensión del fenómeno jurídico. ¿ Cómo es posible un conocimiento del Derecho con validez universal? 0 dicho de otro modo: ¿Cuáles son las categorías para el conocimiento de una realidad normativa múltiple y variable? La respuesta pasa por entender el derecho como la yuxtaposición de dos elementos dispares: uno variable y contingente, integrado por los contenidos normativos; otro permanente e idéntico, constituido por la estructura formal de la normación. Pues bien, sólo este segundo elemento es susceptible de un conocimiento de carácter general; sólo a través de él se puede acceder a un conocimiento del derecho universalmente válido.

Este formalismo jurídico cristalizará, en la segunda mitad del siglo xix, en la llamada jurisprudencia de los conceptos, su expresión más depurada y cuyos máximos exponentes fueron Bernardo Windscheid, Carlos Federico von Gerber, Adolf Merkel y G. Jellinek; también participó de los postulados de la escuela un joven discípulo de Puchta llamado R. von Ihering, del que volveré a hablar más adelante.

Muy pronto comenzaron a surgir orientaciones doctrinales que, si bien aceptando en buena medida los postulados positivistas, suponían una reacción contra el abuso de la lógica formal. Una de esas orientaciones enfrentada al formalismo jurídico, oponía a éste un concepto del derecho que incorporara la concreta realidad social. «Se trata de un estilo antitético del logicista, que llamaremos estilo sociológico porque busca las vinculaciones sociales del derecho y utiliza material sociológico en la construcción. Pero se trata, aún, de pensamiento jurídico y no de sociología jurídica, que es otra cosa» (14).

Esta nueva vía antiformalista que pretendía no perder de vista la realidad social en la que el derecho nace, encontró su máximo adalid en el ya citado anteriormente R. von Ihering.

R. von Ihering (1818-1892), como hemos visto seguidor «ab initio» de las tesis conceptualistas, evolucionó desde esas posiciones, para llegar, en el estilo sociológico del que habla Legaz, a las de la llamada «jurisprudencia de intereses».

Conviene precisar que este «segundo» Ihering continúa situado en un plano empirista; niega y trata de superar el formalismo desde dentro del propio positivismo con el que comparte la idea de vinculación existente entre derecho y poder: «derecho es el "modus vivendi" reconocido como vinculante por dos sectores de la población en lucha por el poder... es la fuerza que se ha hecho consciente de su provecho y, por tanto, de la necesidad de la mesura, es decir, no algo distinto, por esencia, a la fuerza, sino una de sus manifestaciones; derecho es la fuerza disciplinada en oposición a la fuerza anárquica» (15).

Ahora bien, y aquí comienza su distanciamiento respecto a la ortodoxia positivista, derecho no es cualquier proposición emanada de las normas por la libérrima voluntad del legislador; derecho es sólo «la forma de aseguramiento, procurado por medio del poder coercitivo del Estado, de las condiciones de vida de la sociedad» (16).

Quiere ello decir que el legislador ha de atenerse en su actuar a la consecución de unos fines que no son sino las necesidades de toda especie que surgen de la vida social y que deben ser satisfechas para que la sociedad sobreviva. El legislador debe basarse en esas necesidades y no en conceptos lógico-abstractos a la hora de producir las normas jurídicas.

No es, por tanto, la voluntad arbitraria, sino una voluntad consciente, orientada finalistamente, el auténtico soporte y motor de la evolución jurídica.

Frente a la teoría voluntarista propia del formalismo, Ihering levanta la teoría del interés; la utilidad, y no la voluntad, es la sustancia del derecho.

Sin embargo, no son sólo los intereses utilitaristas los que integran las necesidades, los fines de la sociedad; junto a aquéllos, Ihering sitúa también los valores: «por encima del puro elemento formal de la lógica jurídica, existe, como algo más elevado y supremo, la idea sustancial de la justicia y de la moralidad; y un profundizamiento de la misma, es decir, cómo ella llega a expresarse y a realizarse en las concretas instituciones y proposiciones jurídicas es, según mi opinión, la labor más bella y elevada que la ciencia puede realizar» (17).

De este modo, incorporando como fines del derecho la realización de la idea de justicia y su adecuación a la moralidad, Ihering da un paso más en el proceso de distanciamiento respecto al positivismo radical.

Junto a las de finalidad e interés, Ihering introduce la idea de lucha, el segundo polo de su filosofía en este ulterior momento de su producción científica.

La tesis central viene dada por la afirmación de que «el derecho es un eterno devenir y en su movimiento histórico nos ofrece la imagen de la indagación, del combate, de la lucha: en resumen, de un laborioso esfuerzo» (18)

Con esta idea se enfrenta tanto al romanticismo de la escuela histórica que veía en el derecho el producto espontáneo de la conciencia jurídica popular, como al determinismo para el que todo intento de alteración del orden jurídico necesario era simplemente estéril.

El derecho puede triunfar, imponerse, y lo hace mediante el esfuerzo que entraña la lucha por el ideal jurídico. ¿ Cuál es ese ideal? La justicia. El derecho se encuentra siempre frente a su contrario, la injusticia, y es en su lucha frente a ella cuando se realiza, es decir, cuando es justicia.

La lucha por el derecho aparece aquí conferida con el carácter de un deber ético, como una expresión de energía moral que eleva el pensamiento de lhering por encima del plano empirista, connotándole de una cierta impronta de idealismo.

Obviamente, el panorama europeo de la filosofía jurídica en la segunda mitad del siglo xix es mucho más vasto del que se ha expuesto hasta ahora, limitado en mi exposición a aquellas corrientes que tuvieron una influencia mayor en Leopoldo Alas.

B) En España

Otro tanto cabe decir respecto a la filosofía del derecho en la España de la época y que en modo alguno puede limitarse al krausismo; no obstante, me ceñiré en este breve examen a ese pensamiento, pues es éste, el krausista, el que ejerce una influencia decisiva en el Alas iusfilosófico.

De escasa originalidad y expuesta con oscura terminología, la filosofía de Carlos Christian Federico Krause (1781-1832) alcanzó, sin embargo, en España, un gran predicamento, hasta convertirse en la corriente doctrinal más influyente no sólo en la segunda mitad del siglo xix, sino incluso durante la primera del xx.

Discípulo y seguidor de Schelling, Krause se plantea, como él, el problema del principio supremo del Derecho, tomando como punto de partida un imperativo moral que impregna su obra de un marcado tufo kantiano. Su pensamiento jurídico descansa sobre dos bases: la concepción del Derecho como condición de desarrollo de la sociedad y su indiferenciación respecto de la moral, pudiendo definírsela dentro de «una línea idealista de tipo ecléctico» (19).

Pero el krausismo español presenta, afortunadamente, unas enormes dosis de originalidad en relación al pensamiento prístino, que se ve enriquecido y complementado hasta el punto de constituir algo sustancialmente diferente a aquél, sin duda alguna más rico y sugerente.

Si bien la existencia de diferentes krausismos, correspondientes a diferentes momentos históricos y a diferentes autores, hace tarea casi imposible una sistematización homogénea, trataré de resumir algunas de sus características esenciales, circunscritas, por otra parte, al ámbito de la filosofía jurídica.

La primera nota que conviene resaltar es la del carácter ético del Derecho. Según la concepción jurídica krausista, el Derecho y la Moral aparecen formando conjuntamente la Etica de la que constituyen sus dos direcciones. El Derecho, como la Moral, abraza todos los actos que tengan alguna trascendencia para el fin racional. El problema de ambos es el bien. Moral y Derecho son, como decía Ahrens (el autor que más influyó en el krausismo español, más, sin duda, que el propio Krause), «ramas de un tronco superior común, la ciencia del Bien y su realización en la vida, a que se da hoy el nombre de Etica» (20).

La segunda nota, consecuencia de esa concepción ética, es la negación de la coacción, e incluso de la coercibilidad, como característica esencial del Derecho, la necesidad de cuyo cumplimiento hace residir en la noción de «deber social». Otras notas, consecuencia también de su carácter ético, son la negación al Derecho de los caracteres de exterioridad y alteridad (bilateralidad).

Sin duda alguna, es una de las figuras más eminentes del krausismo español, don Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), quien mejor refleja esas cualidades características. La extraordinaria influencia que ejerció sobre Alas hace que no esté de más el detenerse a examinar alguna de las notas más sobresalientes de su pensamiento.

Giner sitúa el Derecho dentro de las llamadas «propiedades de relación», «a éstas pertenece sin duda el Derecho, el cual no se concibe sino dándose siempre para algo y respecto de alguien» (21).

Pero el hecho de considerar el Derecho como relación, no tiene por qué arrastrar al «error que entraña el suponer que la relación exige, necesariamente, dualidad de seres, siendo así que sólo pide dualidad de términos, de posiciones, las cuales bien pueden darse en un mismo ser... La relación jurídica, pues, no supone, por serlo, dualidad ni pluralidad de seres, sino sólo dualidad de respectos o posiciones» (22). Por lo que se refiere al contenido de la relación, «la primera cualidad que exigimos de estos hechos, que constituyen el contenido de nuestro derecho, es que sean, en sí, buenos... Todo derecho se funda, pues, en el bien» (23).

Esa fundamentación ética, sin embargo, no basta; no basta que un acto sea bueno en sí para otorgarle la calificación de jurídico; es preciso, además, que los contenidos de la relación sean «de condicionalidad y de utilidad» (24). Es decir, servir eficazmente de medio para la realización de un fin humano. El Derecho es relación de medio a fin, eso es lo que significa «condición», pero relación eficaz, útil dentro de «la actividad de un sujeto dotado de conciencia» (25), es decir, provisto de una cualidad que «se llama libertad ...; sin ella no hay relación de derecho» (26).

«De toda esta consideración relativa al objeto o contenido del derecho, resulta que los actos que siempre lo constituyen han de ser, forzosamente, buenos, útiles y libres (27). La conducta sólo cuando reúne estas cualidades es el objeto jurídico» (28).

Dados todos estos caracteres, Giner concluye que no hay fin alguno humano que sea extraño «a priori» al derecho. Todo el mundo de nuestras acciones puede pertenecer al reino ideal del Derecho.

Giner resumirá lo anterior definiendo el Derecho como «el orden de la conducta, buena, libre y necesaria para el cumplimiento de los fines de la vida» (29) o «la condicionalidad temporal y libre de la vida» (30).

El segundo elemento característico del pensamiento gineriano es la afirmación de la dualidad de esferas en que el derecho se realiza.

Su razonamiento es el siguiente:

Dado que el cumplimiento de los fines humanos (contenido de lo jurídico) no depende sino de la libre actividad interna de cada sujeto, es en esa intimidad de la persona, en esa su «esfera inmanente», donde radica (raíz) el fenómeno jurídico (contenido).

Así, habría dos esferas en el derecho:

«La esfera transitiva o social, cuya índole jurídica es unánimemente reconocida», y la «espera inmanente, negada hoy, en general, bajo el influjo de la preocupación exteriorista y de los errores todavía dominantes acerca de las relaciones entre el Derecho y la Moralidad» (31).

La esfera transitiva, que concierne «a las relaciones entre los hombres en la comunidad social», a fines y medios que «radican aquí en dos seres distintos, uno de los cuales es el interesado y otro el obligado» (32), se caracteriza no por «la exterioridad de los actos, sino por la dualidad de seres que intervienen: por ser distintos aquel cuyos fines han de cumplirse y aquel que ha de contribuir con los medios necesarios para ello» (33).

«Pero cabe que fines y medios radiquen en un mismo ser, quedando entonces la unión entre ambos términos cerrada en la esfera del propio sujeto, que aplica sus fuerzas a la satisfacción de sus necesidades racionales, respecto de las cuales es él mismo la persona primeramente obligada» (34).

Esta dualidad de esferas en el Derecho conduce a Giner a formular su teoría de las relaciones entre Moral y Derecho.

En primer lugar, critica a quienes «no niegan que todo acto jurídico tenga su raíz primera en el seno de la conciencia pero consideran a esta esfera interna como de la exclusiva competencia de la moral, de suerte que el Derecho comienza allí donde el acto humano adquiere existencia real y sensible» (35).

Giner se opone a la diferenciación clásica entre Derecho y Moral que atribuye a ésta el carácter de interioricidad (regulación de aquellos contenidos que permanecen en la intimidad de la persona) y a aquél el de la exterioricidad (contenidos que trascienden la intimidad y se, expresan o materializan). Enfrenta esa diferenciación por razón del objeto porque, para Giner, cualquier acción (exteriorizada o no) puede ser objeto de derecho.

Paladinamente afirmará: «El elemento jurídico no es el exterior, sino el interno, por más que mientras no se exterioriza permanezca extraño no al derecho, sino a la intervención del Poder público» (36). Lamentablemente no es éste el momento adecuado para profundizar en esta afirmación gineriana de marcado signo iusnaturalista que nos alejaría del objetivo principal del trabajo.

Volviendo a la Moralidad y el Derecho, Giner se opone también a otro clásico criterio de distinción entre ambas, el de la coactividad: «Son incoercibles todas las relaciones inmanentes y todas aquellas que la sociedad rige de un modo espontáneo por medio de la opinión y en forma de reglas consuetudinarias» (37). Según ello, existirían auténticas normas jurídicas que carecerían del elemento coactivo que, por tanto, no puede ser considerado como consustancial al Derecho.

De este modo, Giner se alinea en una corriente doctrinal pujante en ese momento (38), negadora de la coacción como carácter esencial del Derecho, corriente que, según él, gana terreno de día en día (39).

¿Cuáles son, entonces, para Giner las diferencias entre Moral y Derecho? «La distinción entre ambos principios no toca al contenido de nuestras obligaciones. Ambos son dos formas totales de la vida, que la abrazan por completo. La distinción estriba en que la Moral atiende a una relación: la de la intención, la del acto con el motivo; y el Derecho a otra: la de la utilidad, la del acto con su fin» (40). Se ha podido apreciar una marcada influencia kantiana en su visión del carácter del contenido normativo. La influencia es más evidente, si cabe, por el hecho de que, como el filósofo de Königsberg, Giner distingue, pero no enfrenta, moralidad y legalidad, y concibe ésta como aspiración de aquélla, algo hacia lo que debe tender. «Entre la moralidad y la justicia como formas de realización del bien no cabe oposición alguna, habiendo de ser necesariamente justo todo lo que es moral y viceversa» (41). Su posición la resume en «Derecho para la moralidad y moralidad para el derecho» (42).

4. LA FILOSOFÍA JURÍDICA DE LEOPOLDO ALAS

Como queda escrito, mi aproximación al pensamiento filosófico- jurídico de Leopoldo Alas la voy a efectuar a través de dos de sus escritos: Derecho y Moralidad y el Prólogo a La lucha por el Derecho, por las razones allí expuestas y en las que sería reiterativo incidir.

Se trata el primero de ellos de «un texto moldeado según los cánones de la academia: su tesis doctoral» (43). El segundo, uno de sus numerosos «textos exasperados» (44). Pese a estar, además, separados por un lapso de tiempo de tres años, presentan ambos algo más que un substrato común; se da en ambos una coherencia, una unidad sistemática e ideológica al tiempo que se complementan a la perfección como partes, perfectamente entrelazadas, de un todo homogéneo.

Comienza Alas con una crítica a la filosofía jurídica del momento a la que considera en un «estado de decadencia..., de descrédito, de innegable debilidad y, bien pudiera decirse, de anarquía» (45). De esta situación hace directa e inmediatamente responsables a las tres grandes corrientes doctrinales dominantes, al iusnaturalismo, en sus vertientes idealista y racionalista, al historicismo y al positivismo formalista.

Al iusnaturalismo «que fue más lejos de lo que debiera» (46) le reprocha el que «a partir del concepto de un derecho natural-ideal que existe en la conciencia como arquetipo creado de una vez y para siempre por la razón misma «ab eterno», se ha llegado a desconocer el proceso biológico de la regla jurídica» (47). Al historicismo, que estando llamado a deshacer los errores idealistas, a combatir sus excesos, dio, sin embargo, «nuevo incremento a la aberración con sus teorías del derecho nacional en que se defiende una especie de generación espontánea del derecho» (48), teoría que conduce al posibilismo y al quietismo, imbuyéndose al hombre la idea de que es inútil que se afane, «que no tendrá más derecho que el correspondiente al estado de desarrollo social en que vive, y este desarrollo, este progreso, depende de leyes universales, ajenas a la voluntad humana; depende del determinismo universal» (49). Se trata, en definitiva, de disuadir al hombre «de toda pretensión revolucionaria» (50).

Pero, pese a todo, «hoy el peligro mayor para la ciencia del derecho es su unidad; no está en las abstracciones de los filósofos que idealmente pretenden determinar su naturaleza, ni está en el empirismo vulgar, sino en la filosofía modernísima, que, con toda otra metafísica, niega la del Derecho» (51); esto es, en el positivismo formalista que conducirá con el paso del tiempo a la kelseniana «Teoría pura del Derecho» y que ya se atisba en el panorama filosófico-jurídico. Es de resaltar que Alas evolucionará, al compás del krausismo español, en su antipositivismo, matizándolo primero para asumirlo después (52), hasta llegar a lo que A. G. Posada llamó «Krauso-positivismo o espiritualismo positivista». Esta evolución se manifiesta en Alas, quien después de haber afirmado lo anterior, en el Prólogo escribe: « ¡Cuánto se habla de positivismo y realismo en nuestro tiempo! ¡Y que no se acuerde nadie del positivismo jurídico, que consistiría en arrojar las cáscaras y quedarse con las nueces!» (53), en una clara referencia a que no todos los positivismos eran perversos.

Estas tres corrientes doctrinales incurren según Alas en dos errores comunes a todas ellas, tan dispares por lo demás: en su manera relativa y heterogéneo de concebir el Derecho y en propiciar el alejamiento del derecho de la realidad social, «el derecho no ha llegado a ser comprendido y sentido en su unidad ...; a más de esto, desconócese en realidad la influencia de este fin de la vida en todos los otros» (54). El mal está tanto «cuando el Derecho se cultiva principalmente en su idea, según representación subjetiva de cada cual... sin atención a la unidad y solidaridad de sus distintas esferas e instituciones» como «cuando el derecho no se nos presenta como realidad inmediata que llena toda la vida y que se gana en lucha perenne con la injusticia» (55) En tanto existen concepciones parciales del derecho, existen «defensas parciales» del mismo y «ausencia de su sentido profundo y total» Por eso hay que gritar al pueblo entero: «Tu derecho es algo más que todo eso que te ofrecen» (56), y añadir: y tienes que participar activamente en su elaboración, pues en lo tocante al derecho «apenas si el pueblo se hace una idea vaga de lo que pasa» (58), la influencia del pueblo en la formación de las leyes es, en rigor, nula.

En este punto se produce la más cercana, la más «exasperada» crítica de Alas, quien de manera impresionantemente lúcida llega a hablar de «secuestro de la soberanía popular». «Lo primero que se le hace al pueblo con su soberanía es ponérsela donde no la vea ...; toda la soberanía se reduce a una papeleta en que el ciudadano escribe el nombre de un representante... Faltando este primer momento de la soberanía, lo demás se hace vana abstracción que jamás dará a los pueblos la verdadera noción del derecho y el sentido de su importancia » (59).

Alejamiento de la esencia omnicomprensiva del derecho y de la realidad social (predominio de lo particular e irreal) constituyen el núcleo de su crítica y al tiempo los pilares, el basamento sobre el que va a edificar su teoría positiva.

Para Alas, el Derecho es «hecho de conciencia y hecho social» (60); es «Obra humana» (61).

En primer término, humana: «Yo me sé cómo ser de Derecho, y no por pensarlo, sino por serlo ...; por todo mi ser y en todas sus determinaciones encuentro al Derecho como algo de la realidad que soy.» (62)

No es que el Derecho sea la esencia de la persona, sino que es «de la esencia y como tal lo hallamos en nosotros mismos» (63) . Es, por tanto, una propiedad esencial del ser humano.

Como toda obra humana tiene su origen en la conciencia, «primero el Derecho se conquista en la conciencia» (64), pero sólo es auténticamente Derecho si se origina en un verdadero acto de voluntad, «si no concurre la intención del sujeto... su buena voluntad libremente expresada» (65), no hay Derecho.

De lo anterior podría deducirse, falsamente, que Alas defiende el subjetivismo, el relativismo jurídico; lo que realmente afirma es otra cosa bien distinta: «... no es el concepto (de Derecho) algo subjetivo, aunque en la propia conciencia... cada cual necesite indagarlo, sino verdad que no depende del sugeto (sic), y que por sí misma, se da a conocer, con idénticas propiedades para todos como realidad que nuestro pensar no crea, sino que pensando vamos reconociéndola todos en la conciencia» (65).

Alas está defendiendo un Derecho universal e inmutable que se impone a los individuos, quienes sólo pueden reconocerlo. Este Derecho, ¿qué otra cosa es sino el por él mismo denostado Derecho Natural?

El carácter iusnaturalista del pensar de Alas es confirmado por su referencia a la justicia como el fin transcendente del Derecho, y la identificación de esa noción de justicia con una idea absoluta, preexistente al hombre y que es la del bien, entendido como universal a la manera escolástica.

Las ideas de justicia y/o de bien son entrelazadas por Alas con la noción de lucha: «Derecho que se gana en lucha perenne con la injusticia» (67); lucha por el derecho que no es sino el «esfuerzo enérgico y constante... para conquistar el reino de la justicia» (68); hace suya la frase de Ihring: «La paz es el término del Derecho, la lucha es el medio de alcanzarlo» (69).

A partir de ahí irá desgranando los elementos que caracterizan, según él, el derecho, siguiendo paso a paso, punto a punto, en modo que llega a confundirse con ella, la teoría de Giner de los Ríos antes -y por eso- expuesta.

La condicionalidad, «el derecho es relación de condicionalidad que mira a la actividad y a la actividad para el bien» (70).

La utilidad, «pero aclarando más la relación del derecho, nos encontramos con que la condicionalidad jurídica es la de medio a fin, que implica la actividad que pertenece a la finalidad y que ha de ser para el bien: el bien considerado en la relación de medio a fin es lo que llamamos utilidad» (71).

La voluntad libre, «sólo cuando el medio es aplicado al fin por una actividad capaz de comprender lo que pide la naturaleza del objeto y cómo es posible aplicarle el medio adecuado, se dice que la relación de utilidad es jurídica» (72); «la libertad... es otro elemento necesario del derecho» (73).

La negación de la coacción como característica del derecho e indisolublemente unido a ello la división dicotómica entre derecho inmanente y derecho trascendente: «... mientras han existido y existen pensadores que sostienen que la característica del derecho está en la coacción, que no hay derecho que no sea coercible, el sano sentido común reconoce injusticias en las intenciones, y no dirá que cumple con el derecho, que es justo el hombre que por ser cohibido da lo que debe, ni el que por medio de engaño logra burlar la ley, el cual, a pesar de que la coacción se hace posible para él, sigue siendo injusto, faltando al derecho a los ojos de todos. Es más, existe una esfera de derecho en que nada trasciende al exterior (directamente), que es la esfera del derecho inmanente, en que cada cual es juez de sí mismo, con su conciencia» (74) ... constituyen esos elementos.

También paso a paso, también punto a punto seguirá Alas a Giner en lo relativo a la relación entre Moral y Derecho.

«En todas estas doctrinas se observa el defecto común de considerar el derecho como un orden de relaciones exteriores a que siempre llega la acción del Estado. Según el concepto del derecho que hemos determinado, no podemos admitir esta limitación, pues hemos visto toda una esfera jurídica, la de nuestros fines en lo que de nosotros dependen, en que nada es trascendente (inmediatamente), quedando dentro de nosotros sujeto y objeto del derecho» (75).

A más de esto, el derecho no se da sólo para relaciones sociales, sino de nosotros directamente para con otro ser, el Supremo Dios, sin que esta relación sea externa ni aparezca necesariamente en el mundo, pues el primer y principal elemento de la religión es la conciencia y de ésta a Dios hay relaciones jurídicas en que para nada entiende el Estado» (76).

«No toca, pues, la moralidad a una esfera especial de la vida; no consiste en hacer esto o lo otro, sino en hacerlo todo de'determinada manera, mirando al bien; es, pues, concepto formal total el de la moralidad» (77).

«Sólo son actos morales los que penden de la propia actividad libre encaminada al cumplimiento del bien por el bien mismo: sin la intención del bien no existe moralidad» (78).

«Derecho y Moralidad son ambos fines totales de la vida humana, lo abarcan todo; es el bien la materia prima de ambos» (79).

«No está la distinción de la Moralidad y del Derecho ni en la extensión de sus esferas ni en la materia sobre que obran; moralidad y derecho son igualmente propiedades de relación entre la actividad libre y el bien de toda vida, propiedades totales y formales ambas, pues ningún contenido especial tienen una ni otra, a cualquier objeto tocan, ninguno hay fuera de su acción, debemos ser morales en todo y para todo; nada hay justo que no sea moral ni nada moral que no sea justo» (80)

Dejo a los «Aramis» de turno la valoración de las innegables similitudes entre los textos de Giner y Alas.

De lo aquí expuesto hasta ahora se pueden extraer algunas conclusiones.

En primer lugar, se puede afirmar el carácter poco original del pensamiento filosófico-jurídico de Leopoldo Alas, que nada aporta de novedoso, que en nada contribuye al acerbo de ese pensamiento. Debe entenderse como producto de la amistad, la afirmación de A. G. Posada, quien dirá del «Derecho y Moralidad» que es «uno de los trazos magistrales del Derecho escritos en la España del siglo xix» (81), afirmación que, rotundamente, rechazo. Coincido en que este texto, «el menos original de Alas» (82), tan sólo «reproduce mecánicamente un pensamiento ya dispuesto, el del krausismo español en la versión de Giner de los Ríos» (83).

Otro tanto cabe decir, esta vez no respecto al de Giner, sino al de Ihering, del Prólogo, mecánica reproducción de ideas ajenas.

En contraste con lo anterior, destacan los aspectos críticos que alcanzan momentos de profundidad y belleza literaria dignos de ser destacados. Son esos momentos exasperados no sólo los más hermosos, sino también los más auténticos y ricos de contenidos y sugerencias.

En resumen, muy poco puede decirse del pensamiento filosóficojurídico de Leopoldo Alas, pues es, desde el punto de vista de la originalidad, metodológica o en cuanto a contenidos, inexistente. Ahora bien, jamás Ihering o Giner han sido tan exquisitamente resumidos.

NOTAS:

  1. Adolfo G. Posada, Leopoldo Alas «Clarín», Oviedo, 1946, p. 125.
  2. Es, como queda dicho, su tesis doctoral. Se publicó por entregas en Revista Europea, a lo largo del segundo semestre de 1878. A partir de ahora se citará como D. M. y siguiendo la paginación del volumen correspondiente al segundo semestre de 1878 de la Revista Europea.
  3. La Lucha por el Derecho, de R. von Ihering. Traduc. de Adolfo G. Posada. Victoriano Suárez Ed., 1881.
  4. Artículo aparecido en Madrid Cómico, 16-20, 1, 1900.
  5. Artículo aparecido en La publicidad, 7.464, 18-VII-1889.
  6. Hegel, Philosophie der Weltgeschichte, & 5, p. 137.
  7. R. Haym, Hegel und seine Zeit.
  8. L. Recasens Siches, Adicions a Filosofía del Derecho de G. del Vechio, Barcelona, 1935, pp. 301-302.
  9. H. Weze.I, Introducción a la filosofía del Derecho, Madrid, 1979, p. 191.
  10. Fichte, Erste Eeinleitung in'die Wissenschaftslehere, W. W. Bd. III, p. 10.
  11. L. Recasens, op. cit., p. 302.
  12. N. Hartmann, Grudzüge einer Metaphysik der Erkenntnis. 2, Berlín-Leipzig, 1925, pp. 125-126.
  13. A. Comte, Cours de philosophie positive, París, 1830, p. 10.
  14. L. Legaz Lacambra, Filosofía del Derecho, Barcelona, 1970, p. 140.
  15. R. von Ihering, Der Zweck ¡m Recht, I, 2, pp. 243-44.
  16. R. von Ihering, Ibid., p. 254.
  17. R. von Ihering, Der Geist des Romischen Rechts, 5.1 ed., 1898, nota 506 A al párrafo 41, p. 361.
  18. R. von Ihering, Der Kampf um's Recht, 5.1 ed., Viena, 1877, p. 9.
  19. N. Mª López Calera, «En torno al concepto del Derecho en K. Ch. F. Krause», ACES, núm. II, fasc. 2, Granada, 1962, pp. 350-51.
  20. H. Ahrens, Enciclopedia Jurídica, Madrid, 1878,
  21. F. Giner de. los Ríos, Resumen de Filosofía del Derecho, en Obras completas, vol. XIII, Madrid, 1926, p. 43.
  22. F. Giner de los Ríos, op. cit., p. 45.
  23. F. Giner de los Ríos, op. cit., p. 47.
  24. F. Giner de los Ríos, op. cit., p. 49.
  25. F. Giner de los Ríos, op, cit., p. 49.
  26. F. Giner de los Ríos, op. cit., P. 51.
  27. Los subrayados son míos.
  28. F. Giner de los Ríos, op. cit., p. 51.
  29. F. Giner de los Ríos, op. cit., p. 53.
  30. F. Giner de los Ríos, op. cit., p. 53.
  31. F. Giner de los Ríos, op. cit., p. 58.
  32. F. Giner de los Ríos, op. cit., p. 59.
  33. F. Gíner de los Ríos, op. cit., pp. 62-63.
  34. F. Giner de los Ríos, op. cit., p. 63.
  35. F. Giner de los Ríos, op. cit., p. 67.
  36. F. Giner de los Ríos, op. cit., pp. 68-69.
  37. F. Giner de los Ríos, op. cit., p. 72.
  38. La neosociologista.
  39. F. Giner de los Ríos, op. cit., p. 85.
  40. 39 F. Giner de los Ríos, op. cit., p.86.
  41. F. Giner de los Ríos, op. cit., p. 88.
  42. F. Giner de los Ríos, op. cit., p. 88.
  43. M. Maresca, Hipótesis sobre «Clarín», Granada, 1985, p. 34.
  44. M. Maresca, op. cit., p. 34.
  45. Leopoldo Alas, D. M., cit., p. 260.
  46. Leopoldo Alas, D. M. cit., p. 260.
  47. L. Alas, Prólogo a La lucha por el Derecho, cit.; en adelante PR., p. 23.
  48. L. Alas, PR., cit., p. 23.
  49. L. Alas, PR., cit., p. 13.
  50. L. Alas, PR., cit., p. 13.
  51. L. Alas, D. M., cit., p. 26,1.
  52. J. J. Gil Cremades, El Reformismo Español, Barcelona, 1969, p. 185.
  53. L. Alas, PR., cit., p. 28. Alas juega aquí con la afirmación de L. Knapp, quien dijo refiriéndose a la Ciencia del Derecho contemporánea que para ella «la cáscara del Derecho constituye precisamente su sustancia».
  54. L. Alas, PR., cit., p. 13.
  55. L. Alas, PR., cit., pp. 12-13.
  56. L. Alas PR., cit., p. 17.
  57. L. Alas PR., cit., p. 16.
  58. L. Alas, PR., cit., p. 29.
  59. L. Alas, PR., cit., pp. 39-40.
  60. L. Alas, D. M., cit., p. 261.
  61. L. Alas. PR., cit., p. 24.
  62. L Alas 'D. M., cit., p. 327.
  63. L Alas, D. M., cit., p. 327.
  64. L Alas 'PR., cit., p. 24.
  65. L Alas, PR., cit., p. 19.
  66. L. Alas, D. M., cit., p. 293.
  67. L. Alas, PR,, cit., p. 13.
  68. L. Alas, PR., cit., p. 17.
  69. R. von Ihering, La lucha por el Derecho, p. 45.
  70. L. Alas, D. M., cit., p. 330.
  71. L. Alas, D. M., cit., p, 361.
  72. L. Alas, D. M., cit., p. 361.
  73. L. Alas, D. M., cit., p. 362.
  74. L. Alas, D. M., cit., p. 364.
  75. L. Alas, D. M., cit., p. 403.
  76. L. Alas, D. M., cit., p. 403.
  77. L. Alas, D. M., cit., p. 437.
  78. L. Alas, D. M., cit., p. 438.
  79. L. Alas, D. M., cit., p. 439.
  80. L. Alas, D. M., cit., p. 442.
  81. Adolfo G. Posada, Leopoldo Alas «Clarín», cit., p. 24.
  82. M. Maresca, Hipótesis..., cit., p. 174.
  83. M. Maresca, Hipótesis..., cit., p. 174.
© José Luis del Hierro Aguazas 1987, 1997

(*) Este texto fue publicado en Revista de Ciencias de la Información, nº 4, Editorial Complutense, Madrid, 1987, pp. 389-404. Dicha publicación fue un volumen-homenaje al fallecido prof. Cayo Liébana, miembro del Departamento de Filología Española III (UCM).

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