Estudios:

SISTEMAS DE
PUNTUACIÓN
Y TRADICIÓN
LITERARIA

(más allá de lo inmediato)

Gramática castellana, de A. de Nebrija (1492)

José Polo
Universidad Autónoma de Madrid


(Hipó)tesis. Tres versiones en torno a la pregunta «¿sistema deficiente, deficiencias en el sistema o infrautilización crónica?»

.....a) En efecto: ese dejar en un segundo plano el aspecto más formativo de la ortografía, la puntuación, se nota no solo en las investigaciones de los lingüistas (lo que no es ajeno a la mayor atención prestada a lo segmental que a lo suprasegmental sintáctico en los estudios del campo fónico, especialmente desde la perspectiva diacrónica y por razones comprensibles), en las sistematizaciones académicas y, en general, en los manuales al uso, sino también en los propios usuarios cultos, incluso en los escritores y, entre ellos, de manera más perceptible, entre los mejores de cualquier época: tal parece ser la situación que los hechos tienden a mostrar. Pero expliquémoslo desde otro ángulo: no vamos a hacer demasiado caso de la lamentación tópica de que nuestro idioma necesitaría muchos otros signos de puntuación, que habría que inventar estos o los otros... Bien: puede ser. Pero no resulta urgente ocuparse de petición tan justa teóricamente cuando de los signos de que disponemos apenas sacamos provecho (¿?), cuando pocas veces superamos el umbral de la supervivencia puntuaria (¿?), que cabría decir. Paro aquí esta primera incisión.

.....b) Es una idea muy extendida, no solo entre escritores, afirmar que nuestros signos de puntuación apenas llegan para acompañar las múltiples situaciones sintácticas complejas cuando trasladamos nuestros pensamientos al papel. Es decir, que el campo sintáctico desborda, en su complejidad real, las posibilidades de un sistema de puntuación poco enriquecido académicamente, de manera que, haciéndonos eco de voces de épocas y lugares diversos, habría que clamar por la creación de nuevos signos gráficos del nivel de la frase. Pero —ya se ha insinuado atrás— antes de pensar en inventar signos básicos o complementarios de puntuación, en un sentido lato, habría que explorar a fondo las posibilidades de los ya existentes. En este terreno creo que es mucho lo que queda por hacer, a pesar de los avances en algunas de las obras expuestas en la bibliografía: ortografía de la publicidad, de lo coloquial, de los experimentos literarios, etc.

.....c) Así, pues, sin negar la posibilidad de creación de nuevos signos gráficos del nivel de la frase, sin poner en tela de juicio su conveniencia, sostengo que el peso de una argumentación en esta línea debe recaer en primer lugar en el hecho de la débil utilización, por nuestra parte, de las posibilidades que nos ofrece el sistema de puntuación español y no tanto en que de antemano creamos que se trata de un conjunto de escasa virtualidad expresiva, muy limitado estilísticamente. La actitud que critico resulta ciertamente cómoda —es muy fácil echar la culpa de nuestros yerros o de nuestra parvedad estilística a deficiencias del código gráfico—, pero no es un modo de pensar justo, equilibrado. Intentemos, pues, en primer lugar sacarle al sistema el máximo jugo posible y solo después atrevámonos a concluir sobre la riqueza o pobreza de los signos de puntuación. Si queremos adoptar un punto de mira de progreso en esta parcela de nuestra cultura, tenemos que dar pasos objetivos, no movernos entre suposiciones más o menos «revolucionarias» o llamativas. En suma: no se trata, en mi opinión, de insuficiencia del sistema de puntuación español necesariamente, sino de infrautilización de sus múltiples posibilidades (lo cual no bloquea en absoluto, si fuera necesario, una ampliación y hasta una reforma del sistema). Y este hecho de lo que cabría llamar «norma de bajo mantenimiento» parece ser una constante a lo largo de nuestra historia cultural, de manera que, simplificando y expresándolo en una forma viva —para despertar una sensibilidad embotada hacia esta clase de problemas y desautomatizar o romper los mecanismos de inercia, atrapando al lector para un ulterior diálogo racional—, podríamos decir que desde el clásico por antonomasia, si no por excelencia, Cervantes, hasta un clásico de nuestros días, Cela, se confirma esa idea de la utilización más bien reducida o distensa de la capacidad articuladora, sintaxis, y expresiva, estilística, de los signos de puntuación.


De lo viejo a lo nuevo

.....Cuando, en la materia que nos ocupa, intentamos comparar sistemas y normas de diferentes épocas, la primera operación que se nos impone es de estricta higiene: aun dentro de una presumible zona común, la hispana, no podemos juntar mecánicamente los usos de un momento histórico con los de otro: cada sistema, con sus correspondientes normas, arrastra su propio contexto, dentro del cual debemos instalarnos si queremos juzgar hechos reales y no abstracciones útiles para otros propósitos.

.....Pero esto, que es elemental por consabido, necesita de una ampliación conceptual que nos permita neutralizar dos posibles errores, a saber: 1) pensar que toda época pasada significa laxitud, desorden, anarquía, anomia, en lugar de considerar que, simplemente, se trata de diferencia en las relaciones internas entre las ideas de atención/falta de atención, tosquedad/finura, corrección/incorrección, básica o estilística, etc., y no de la anulación sin más de la actitud axiológica, de la escala de valores; 2) pensar que la variedad de normas puntuarias, vistas las dimensiones espacial, temporal, sociolingüística y de estilo, ahogaría la parte común, aquella que aún nos permite disponer de un conjunto mínimo de signos de puntuación con funciones relativamente estables por encima de la diversidad.

.....Así, pues, insistiendo en el segundo punto, el contraste de normas entre una época y otra(s) no debe llevarnos a cometer el error de juzgar que la mera comprobación de la existencia de otra clase de normas significa ausencia de ellas. El admitir que en la época de Cervantes las normas eran distintas no es lo mismo que afirmar que no existían: desde el momento en que se da vida en comunidad hay normas, se hallen explícitamente formuladas o no (y el escribir nunca puede ser algo ajeno a lo social). Interpretación dialéctica/histórica del hecho de las normas, sí; anulación mecánica de su existencia por el mero contraste temporal, etc., no. Análisis matizado, sí; planteamientos simplistas, no.

.....No: por diferentes que resulten las normas de puntuación antiguas en comparación con las actuales, no deberemos contentarnos con mostrar las divergencias, afirmando, por ejemplo, que en tal o cual época se trataba de normas algo más laxas que las de ahora, sin la fuerza cohesiva de las nuestras (cosa discutible en la práctica real), de normas relativamente distendidas o, simplemente, que había bastantes menos, se cumpliesen o no con el mismo rigor (¿?) o intensidad que en nuestros tiempos. Así, pues, siempre cabrá hablar de las orientaciones e imposiciones, variando los metros cuadrados de aplicación, de la «norma histórica» que recorre la línea que va de los textos más antiguos, medievales, a los últimos, instalados ya en la era del trasvase, cada día mayor, entre los códigos ortográfico y tipográfico.

.....En suma: por encima del carácter específico de las normas de puntuación de las distintas épocas, de los diferentes géneros literarios, de las diferentes situaciones comunicativas en última instancia, cabe abstraer un conjunto de rasgos esenciales —que se mueven forzosamente entre la materialidad de la lectura y el sentido, consecuente o independiente, del texto— que nos permiten hablar, creo que con responsabilidad plena, de la norma general, de la «norma histórica» del español en materia de puntuación, por no salirme del tema objeto de estas consideraciones. No estamos, pues, los hispanohablantes viejos y nuevos tan separados, tan rotos por el eje temporal o por los espacios geográficos o por lo que sea, que no podamos sentirnos solidarios de unas líneas fundamentales a la hora de actuar frente a un texto que clama por su justa articulación gráfica.


Cervantes y su entorno

.....Ya he dicho algo sobre la forma, contextual, como debemos juzgar de la puntuación en una época dada, en un autor, de un género, etc. Ahora bien: el significante Cervantes connota multitud de ideas impregnadas casi siempre de una determinada actitud afectiva. Así, por ejemplo, tenemos la expresión la lengua de Cervantes, esto es, la lengua española en su fondo más inalienable, en lo esencial o imperecedero; afirmar, pues, en ese contexto que, desde Cervantes a Cela, casi nadie ha puntuado bien equivale a afirmar que ha sido una constante en nuestra historia lingüística —incluyendo su vertiente más quintaesenciada, la literaria— el puntuar de manera distendida, relajada o incluso descuidada o, vista la cosa desde una perspectiva estilística, el no sacarle al sistema puntuario español mucho más de lo que efectivamente se le ha extraído: que las posibilidades de uso permitidas por el sistema apenas han superado el nivel mínimo de supervivencia y poco más; y que esto es una afirmación que no depende, para su refrendo, de lo que haya ocurrido en otras lenguas: no se va a aminorar, pues, el efecto negativo de tal realidad por el mero hecho de que pueda darse por doquier entre las lenguas del mundo con sistemas de escritura, evolucionada o no.

.....Pero hablar de Cervantes también significa admitir la posibilidad de que, en la medida en que a él quepa atribuir determinados actos de puntuación, también cabe asignarle una valoración específica, no necesariamente positiva, por lo que respecta al tránsito del sistema a la norma. Sabemos que con autores antiguos debemos adoptar mil precauciones antes de adscribirles una responsabilidad idiomática en tales o cuales hechos; hay que operar con la mente muy atenta a las circunstancias textuales de ese autor: ¿nos hallamos frente a un texto autógrafo, una edición príncipe (póstumas o no), una copia manuscrita, una edición apócrifa, una edición crítica...?

.....Pero todo esto tampoco debe llevarnos a una conclusión precipitada en el sentido de que el autor equis sea completamente ajeno a los posibles fallos de puntuación o a las mejoras estilísticas, en dicho aspecto, en una obra dada; simplemente, hay que procurar atar todos los cabos y ver entonces en qué medida se le pueden atribuir estas o aquellas realidades. Las actitudes mecánicas, ya se ha dicho, no deben aplicarse ni en lo positivo ni en lo negativo. No nos queda, por lo tanto, más opinión que examinar los hechos particulares y concluir modestamente lo que las circunstancias, ponderadas, permitan.


Gracián/El Lazarillo

A

.....Como mera llamada de atención sobre cómo la distancia temporal no debe exonerar en principio de alguna responsabilidad ni a los autores ni a los editores, cabría recordar, por ejemplo, la situación puntuaria de El Héroe (1639), con toda su historia textual. Reproduciré dos citas de Miguel ROMERA-NAVARRO (véase la bibliografía; págs. 52 y 16, respectivamente):

....Según es costumbre, pongo entre paréntesis el signo de puntuación que usa Gracián impropiamente, y entre corchetes el que omite indebidamente. Tomo como regla el uso académico de hoy en día, ya que el de aquellos tiempos era más bien caótico.

....En cuanto al texto impreso [se refiere en nota a la edición de Adolphe Coster en 1911], en la transcripción de pasajes no sigo su puntuación, por ser manifiestamente arbitraria y a menudo absurda.

.....¿Se trata de una situación caótica general que eximía en cierto modo de «culpa» a los autores o de la que también estos deberían ser considerados responsables en cuanto a ese estado de incoherencia, de inmadurez en el sistema de puntuación? No es fácil contestar a semejante pregunta, pero, en todo caso, nunca puede eliminarse de un plumazo la participación, mayor o menor, de un autor en el grado de responsabilidad ante tales hechos negativos en conjunto, a pesar de las explicaciones históricas que nos ayudan a calibrar los matices de estas visiones simplificadas. Por lo que atañe al sentido de la segunda cita, no hace él sino corroborar la historia textual puntuaria de tantas obras clásicas y la delicadeza con la que hay que operar en esta materia (compárese, a continuación, mención de la última gran edición del Quijote).


B

.....Veamos ahora, como otra llamada de atención sobre la complejidad y valor de lo gráfico puntuario en textos antiguos, unas oportunas palabras de Francisco RICO (en artículo publicado en Hispanic Review, XXXVIII/1970, págs. 405-419, página esta última de donde cito, y recogido, ampliado, en su libro Problemas del «Lazarillo», Madrid, Cátedra, 1988, págs. 33-58, 51 la cita) a propósito de la edición crítica de esa obra realizada por José CASO GONZÁLEZ (anejo XVII del BRAE, Madrid, 1967):

....No es posible extenderse ya sobre ello; permítaseme, pues, poner de relieve un solo acierto muy sintomático y que, por cuajado, alguien pudiera trascurar. El Lazarillo es libro escrito con cuidadoso descuido: el «grosero estilo», la prosa suelta y desembarazada del autor, fluye con libertad conversacional. Por ello, pocos ejercicios más apurados para un profesional que puntuar nuestra novela. Caso lo hace con admirable finura: destierra interpretaciones rutinarias y erradas (67.33, 131.5, entre muchas), potencia el texto proponiendo otras nuevas (como 84.9, 93.64), examina toda posibilidad sugestiva (tales 68.37, 72.65). Recuerdo pocas ediciones de obras españolas en que la puntuación (elemento decisivo si los hay, y con frecuencia harto desatendido) reciba tan fructífero trato.


De nuevo Cervantes: sus buenas y malas compañías gráficas

.....Por el trabajo de Miguel Romera-Navarro, acabado de utilizar, y por un artículo, no muy lejano, de Margherita Morreale en torno al Quijote —estudio sobre aspectos varios entre los cuales aparece lo relativo a la puntuación en determinados pasajes—, ya podemos ver las dificultades en la actitud axiológica en materia de puntuación cuando nos situamos en la zona que va desde lo claramente incorrecto —por supuesto, no en abstracto, sino dentro del sistema de valoraciones de la época— hasta lo que, siendo básicamente aceptable, admitiría determinadas mejoras estilísticas en este respecto (sean cosas propias del autor, en la medida en que tal hecho es objetivable, o de otras personas que hubiesen intervenido en el texto).

.....Pues bien: habla el epígrafe de las buenas y las malas compañías de Cervantes pensando en el Quijote, en la suerte varia de su obra inmortal en lo tocante a puntuación. Basta observar atentamente las múltiples notas sobre esta materia que aparecen en los dos primeros volúmenes de la reciente edición de Vicente GAOS (véase la bibliografía), tan equilibrado en las soluciones puntuarias que propone, para advertir la gran diversidad de criterios con que los editores han tratado esta obra imperecedera.

.....Y no es cosa de afirmar gratuitamente que la puntuación es algo muy subjetivo y que todo vale, porque no es así. La falta de disciplina en esta parcela, antes y después de las Academias, ha ayudado a tal cliché, indefendible. La puntuación es tan objetivable como el uso de las letras: en ningún uso puntuario existe la indiferencia. Otra cosa es que lo advirtamos y le saquemos provecho a dicha situación.


Tres citas sobre el Quijote

.....Las dos primeras son de Ángel ROSENBLAT (véase la bibliografía, 7-33), págs. 342 y 343, respectivamente; la tercera, del mencionado Vicente GAOS (vol. I, nota 25, págs. XIV-XV). He aquí esos textos:


1

.......Son todas las «incorrecciones» que hemos podido reunir. Ya se ve [que] no son muchas, y que alguna hasta es discutible. Hemos visto que muchas de las supuestas incorrecciones se salvan con una buena puntuación [cursiva mía], o tomando en cuenta la llaneza del lenguaje hablado, o las libertades de sintaxis de la época, o sus múltiples juegos expresivos. Si nos hemos detenido en todas, más de lo que hubiéramos deseado —no parece que el Quijote necesite abogado defensor—, es porque su análisis nos ha permitido penetrar en algunos rasgos de su humorismo, o de su lengua, no siempre advertidos. Claro que no hay por qué considerar sagrada toda palabra de Cervantes, tan humano en su dolor y en su grandeza. Pero no parece justo que se adapte a la estrechez de sus críticos. Hay que renunciar del todo a la idea de que el Quijote es una obra descuidada. Si Cervantes corrigió tanto el Rinconete y Cortadillo o El celoso extremeño, dos obras suyas de las que tenemos texto rehecho, ¿por qué iba a tratar a la ligera a su Quijote?


2

.......Sí hay que lamentar que las duras circunstancias de su vida andariega no le permitieron revisar o corregir las pruebas de imprenta de su obra maestra.


3

....Sobre el crecido número de enmiendas de RM, en su mayoría injustificadas, ver el Índice de variantes del texto (respecto a la ed. pr. y RM) en el t. III de la presente edición. En el establecimiento del texto del Quijote no es una de las tareas menos laboriosas y delicadas la de fijar su puntuación. La de la edición príncipe —aparte sus frecuentes erratas— responde a los hábitos de la época, poco gramaticales: por ejemplo, como regla, la conjunción y y el relativo que van precedidos de coma. En bastantes ocasiones, de la puntuación adoptada depende el sentido de una frase, o todo un pasaje. La puntuación de Rodríguez Marín, en general correcta, peca de demasiado académica: su texto —en el que abusa del punto y coma— lleva excesivos signos de puntuación, y en su uniformidad gramatical hace hablar con la misma corrección al narrador, a don Quijote, a Sancho, al canónigo ilustrado y preceptista de la primera parte de la novela, y a Maritornes o los galeotes. El sistema de puntuación seguido por Schevill y por Martín de Riquer —por no citar otros editores— es irregular y sus desigualdades, si a veces mejoran a Rodríguez Marín, otras, en cambio, presentan deficiencias y desaciertos. Al racionalismo gramatical iniciado en el siglo XVIII debemos la costumbre —aún vigente, pero ya en declive— de separar o encerrar entre comas, por ejemplo, adverbios y locuciones adverbiales tales como: a dicha, a lo menos, al parecer, así (conj.: «en consecuencia»), con esto, en efecto, en fin, en resolución, finalmente, más ( =«además»), por cierto, por ventura, sin duda, sobre todo, etc. Por regla [,] en la edición príncipe ninguna de estas expresiones y otras semejantes va aislada por las comas que suelen ponerle los editores modernos desfigurando la libertad y flexibilidad de la lengua española del Siglo de Oro, y en nuestro caso, de Cervantes, cuyos caudalosos períodos quedan despedazados por los frecuentes y rígidos signos de puntuación a que se les somete arbitrariamente, quiero decir, ahistóricamente. Sobre este aspecto, ver Margherita Morreale, «Tropiezos en la lengua del Quijote», Estudios sobre Literatura y Arte dedicados al profesor Emilio Orozco Díaz, Universidad de Granada, 1979, t. II, pág. 487. (En adelante, Morreale, Tropiezos.)


Los clásicos y su sombra

.....Todo esto quiere decir que, aparte el valor figurado que pueda tener una aseveración como «contamos con una larga tradición literaria en puntuaciones defectuosas o, al menos, en una utilización baja de las posibilidades de nuestro sistema; y esto abarca de Cervantes a Cela» —esto es, que se trata de una constante en nuestra «norma histórica»—, cabe igualmente su defensa pensando, de manera algo más directa, en la suerte de este o aquel autor; es decir, incluso en el caso de Cervantes puede mantenerse, porque instalarnos en su obra significa hacerlo dentro de sus circunstancias editoriales, esto es, incluyendo en ese nombre universal y casi genérico, Cervantes, a todos aquellos que han laborado en sus textos, a cuantos, con aciertos y desaciertos, han configurado la imagen que de Cervantes poseemos en lo que atañe, por no salirnos del tema, a sistema y normas de puntuación; en suma: al «ejército hermenéutico» al que ese nombre inmarcesible ha cobijado desde siempre. Porque, al final de cuentas, la intervención prolongada de tantos investigadores tampoco elimina la posibilidad de que el propio Cervantes sea responsable, en alguna medida, de los hechos negativamente juzgados que en este ámbito claramente han existido —y probablemente existan, aunque en menor escala— en esa magna obra, como prácticamente en todas (más adelante insinuaré alguna de las causas de tal realidad perenne).


Valle-Inclán: otra llamada de atención

.....En la primera parte, dedicada a este autor, de la primera de las obras de Julio CASARES mencionadas en la bibliografía, leemos, dentro del cap. V, pág. 43:

....En general, la puntuación de Valle-Inclán es de lo más desdichado que puede imaginarse. El punto y coma, los dos puntos y la coma los emplea con tanto desacierto como el punto; y esto que, a nuestro ver, es parte muy esencial [así] del estilo, no debiera andar tan descuidado en una prosa «lapidada y abrillantada». A veces resultan equívocos risibles:

.......Antes de entrar en el Regimiento mi madre, quiso echarme su bendición.
(Jardin umbrío, pág. 28.)

....Se dirá que la colocación defectuosa de esta coma bien puede ser errata de impresión. Así lo creo; pero convengamos en que quien no escasea el tiempo ni el trabajo para labrar su prosa «como un benedictino que fuese un Poeta», bien pudiera emplear algunos ratos en remediar esos defectos que tanto la deslucen.


Entre lo moderno y lo contemporáneo: algunos ejemplos

.....En los escritores mediocres apenas se plantean problemas de desajuste entre el código de creación primaria y su traducción al ortográfico: casi todo gris, sin sobresaltos, con una soportable rutina. En cambio, es en los grandes escritores donde se percibe el vacío, el salto entre la riqueza sintáctica, valga el caso, y la insuficiencia del sistema de puntuación. Pero corrijo: no se trata necesariamente, ya se ha dicho, de insuficiencias del sistema de puntuación, sino más bien de la aplicación un si es no es mecánica de las normas escolares que, bien o mal, todas las personas consideradas cultas hemos aprendido. Así, por ejemplo, si hablamos de escritores modernos y contemporáneos, tanto en Larra y en Galdós, por un lado, como en Juan Goytisolo, Miguel Delibes, Camilo José Cela, Rafael Sánchez Ferlosio o Luis Berenguer, aun pudiendo ser considerados como autores que en general puntúan bien (yo mismo hablé de Cela y de algún otro en tal sentido en un libro de 1974: véase la bibliografía), se observan soluciones puntuarias que o son estilísticamente inadecuadas o incluso básicamente erróneas (el que tal vez se encuentra más libre de todo ello es Ferlosio). ¿Por qué se producen tales situaciones?

.....Refiriéndome, por ejemplo, al acabado de nombrar, a Delibes, a Cela o a Alonso Zamora Vicente, gran «coloquialista», se trata de escritores de una gran madurez estilística en cuyos textos aparecen con frecuencia, a pesar de su nada rara aparente sencillez, estructuras sintácticas muy complejas que escapan del sometimiento a las normas escolares de articulación gráfica de la frase. Y el problema es que todos nosotros hemos recibido una orientación más bien elemental, pobre, en esta parcela de la ortografía y que en cualquier momento nos podemos ver abocados a la misma situación de desbordamiento, y de indefensión subsiguiente, contra la que chocan nuestros mejores escritores en cuanto se salen de las estructuras sintácticas «académicas» (y aun en estas nos las vemos y nos las deseamos). No se trata, pues, de que el sistema español resulte insuficiente forzosamente —aunque, claro está, es una posibilidad que en forma matizada debe tenerse en cuenta—, sino, sobre todo, de que nuestra formación previa nos inmoviliza, nos deja prácticamente sin reacción frente a situaciones que se salgan de lo trillado sintáctico: la insuficiencia es más bien de nuestros hábitos, de las normas al uso, las cuales funcionan con demasiada frecuencia «bajo mínimos». Aseguro al lector más escéptico que, sin crear absolutamente ningún signo nuevo, puede aumentarse de manera sorprendente nuestra capacidad de respuesta gráfica, básica y estilística, ante los mil matices de las infinitas construcciones habidas y por haber.


De la práctica puntuaria a la reflexión teórica: dos nombres

.....Hay escritores, con criterios no siempre coincidentes, que aprovechan relativamente bien, en comparación con la mayoría, las posibilidades del sistema de puntuación. Pero aun en ellos cabe observar soluciones incoherentes o, implícitos, determinados esquemas difícilmente justificables si no se cambian al mismo tiempo otras muchas cosas de esos idiolectos gráficos. Especialmente en Agustín García Calvo, filólogo y teórico de lenguaje singular, además de sobresaliente escritor —ensayo, prosa literaria, verso—, se da una conciencia nítida de cómo operar en esa zona (lo cual no quiere decir, como antes insinuaba, que tal conciencia vaya siempre acompañada de las soluciones adecuadas). También se transparenta esa actitud cuidadosa en un escritor tan fino, tan culto, como Pedro Salinas (sin que por ello dejen de encontrarse pasajes objetables o mejorables desde el ángulo que nos ocupa). Y en Ramón Carnicer, un gran artífice de la palabra en sus ensayos, literarios o no, y narraciones, también es claramente perceptible una conciencia sin nebulosas de su práctica puntuaria (aparte haber escrito, como en el caso de García Calvo, sobre el tema).


Últimas divagaciones ilustradoras: la importancia de lo gráfico en las consideraciones estilísticas

.....Finalmente, y cambiando de tercio, mucho aprovecharía un estudio crítico de la puntuación en la obra poética de Miguel Hernández, cosa que no he visto realizada en las últimas ediciones de sus textos poéticos: no ya por la formación autodidáctica o similar de nuestro gran poeta, sino porque su obra exige objetivamente esa clase de estudio, como seguramente otros creadores eximios de diversas épocas. No es poco lo que un asedio riguroso a los hechos de puntuación literaria podría ofrecernos para una mejor lectura y un entendimiento cabal de la obra de bastantes creadores. Debe, pues, integrarse esta materia con naturalidad en los análisis estilísticos generales de nuestros escritores.

.....Con frecuencia resultan más problemáticos los autores modernos que los antiguos, porque frente a estos últimos adoptamos muchas veces una actitud más cauta, por su distancia, por nuestro conocimiento menor de su entorno, mientras que asimilamos los modernos a los contemporáneos en un único acto de fe y, apoyados en la falsa seguridad que nos da la conciencia, solo en parte verdadera, de que sabemos puntuar, llegamos a conclusiones no rara vez desnortadoras que nos inhiben de una actuación crítica en situaciones en las que esta habría convenido; porque —hay que decirlo una vez más— la puntuación no es cosa sabida ni mucho menos: debemos, pues, operar en ella con la misma sensación de carencia que en otros campos en principio más técnicos para nosotros; no nos dejemos, pues, engañar por los «falsos amigos», que ya dan bastante guerra en el léxico y hasta en la sintaxis.


De la ausencia de puntuación a su concentrada presencia

.....En gran medida, los experimentos literarios de «puntuación cero» o «no puntuación» —menos malo que «impuntuación»— o de reducción puntuaria, «semipuntuación», constituyen soluciones cómodas, incluso baratas en ocasiones, consecuencia de la incapacidad de sacarle el provecho máximo —es un decir— a nuestro sistema de puntuación: hay mil combinaciones posibles para manifestar un ritmo jadeante, la suspensión respiratoria, el éxtasis, etc. Lo que ocurre es que, en la «norma histórica», no hay tradición, valga la redundancia paradójica, y el usuario, perdido/desconcertado ante situaciones sintácticas, comunicativas, nuevas, se ve desbordado y, sin salida equilibrada, rompe la baraja y va camino adelante jugando como puede con la no puntuación expresiva, con sus grados y matices entre responsables/«técnicos» y meramente lúdicos o «experimentales».

.....Partiendo de la idea de lo poco educados que nos encontramos para extraerle un jugo abundante a las posibilidades de nuestro sistema puntuario, se entenderá perfectamente que me atreva a afirmar que no pocos de los experimentos literarios consistentes en no puntuar o en hacerlo a medias —«puntuación cero» y «semipuntuación»— son actos frustrados como meta literaria, inseparable de su realidad lingüística global. Desde luego, no podemos meter en el mismo saco la prosa y el verso. El contexto gráfico de este propicia la anulación de la perspectiva ortográfica de la puntuación y su entrada, aparentemente fácil, en el universo tipográfico: espacios funcionales, relieve mediante cursiva/versalita/etc., disposición geométrica y otros recursos que el buen sentido y la rica imaginación pueden brindarnos. En general, cabe decir que no hay situación sicológica y de otra naturaleza que no sea susceptible de ser traducida al código gráfico sin tener que recurrir a llamativas soluciones, que, en último término, acaban por dar más trabajo a su creador y, sin duda, al lector, el cual pierde muchas veces, por ese mal planteamiento puntuario, su propio equilibrio como dueño pasivo del texto. Hay que conocer muy bien las posibilidades de un sistema de puntuación para que su ausencia parcial resulte estilísticamente aceptable, eficaz en su meta comunicativa. En el fondo late la misma realidad de epígrafes anteriores: no es que nuestro sistema de puntuación sea necesariamente corto; es que apenas actuamos con las marchas más potentes, con los niveles de tensión más productivos: en forma creadora.


Una vez más, el peligro del culto a la personalidad

.....Se trata, pues, de luchar contra el fetichismo del criterio de autoridad (personal), dejando que esta nos venga de los propios hechos, de sus razones virtuales o esquemas, porque, en última instancia, la tarea que se nos impone es la de enriquecer nuestro sistema de puntuación examinando sus puntos débiles, pensando en los usuarios —cultos, sobre todo, como nivel de exigencia— y no la de ensalzar o vituperar a determinados autores, que ya se sostienen airosamente con el brillo de su obra en conjunto y no por un hecho particular. De otro modo: las insuficiencias de un sistema de puntuación o, si es el caso, la utilización de normas de «bajo mantenimiento» nunca deben emplearse mecánicamente —sí de otros modos— para cortar en seco, si tal cosa fuera posible, la gloria de un autor. El miedo a las ideas hace que se confundan los planos: en cuanto se toca un aspecto científico personal, casi automáticamente hay gente que se siente aludida y que se halla presta a entrar en combate, no siempre valeroso. Tan poco acostumbrados estamos a las consideraciones de los sistemas, del campo abierto, que nos hallamos en trance de susceptibilidad permanente, dispuestos, como digo, a saltar a la menor de cambio.

.....Pero hay que desacralizar a las figuras, incluyendo a Cervantes; hay que luchar contra el culto a la personalidad, situando las cosas en su sitio sin que tenga que venirse abajo el pedestal. Dar a cada uno lo suyo no es regalar graciosamente virtudes —ni tampoco vicios, ocultos o manifiestos—, sino reconocer las que existan y no actuar como si la imagen cultural de una persona —ganada a pulso, de manera sostenida— corriese peligro de tambalearse por un detalle o un acto aislado. Las ideas por encima de la aureola mecánica de las personas: así creo que debiera ser la crítica de la cultura.


De Cervantes a Cela: algo más que dos hitos temporales

.....Desde los tiempos antiguos, desde el clásico más clásico o indiscutible hasta el más reciente de los señalados académicamente, ha sido, parece, una constante de nuestra ortografía el llevar a un segundo plano —casi nunca conscientemente, creo— el aspecto de mayor personalidad: la puntuación. Descuidada en las investigaciones, ha sido, complementariamente, aplicada con dosis menores de creatividad que en los otros aspectos (léxico y sintaxis fundamentalmente) en nuestros mejores escritores —los que han innovado, a veces profundamente, en lo demás del idioma—, a quienes se les han quedado pequeños sus hábitos puntuarios, porque ellos también son hijos de una época y a todos se nos ha enseñado una ortografía de la puntuación depauperada —si es que alguna vez se irguió sobre una norma de meridiana riqueza—, casi mecánica, hasta el punto de que haya calado en nuestros huesos —da lo mismo que se trate de lingüistas, de escritores, de juristas o de lo que sea— una práctica un tanto rutinaria que nos permite afirmar, creo que sin (mucha) exageración, que «casi nadie sabe puntuar» (lo cual no significa lo mismo, en una zona de convencionalidad más superficial, que la frase «casi nadie sabe hablar», necesitada de matizaciones, porque el hablar, código primario, ya es parte constituyente de nuestra propia humanidad): que la línea que une a dos escritores muy señalados, Cervantes y Cela, está impregnada de una «norma histórica» más bien pobre o no suficientemente desplegada, de la que debemos salir. ¿De qué modo? Esa ya es otra historia. Antes, desde luego, habría que averiguar por qué son, han sido, las cosas como son en este respecto: demasiado programa para ser desarrollado en los modestos límites de un trabajo introductorio, meramente apelativo.


Final: nuestro esfuerzo histórico mancomunado

.....Sí: la lengua por encima de todos nosotros. Más allá de Cervantes y de cualesquiera otros escritores (ilustres, eminentes, insignes, excelentes, precelentes, egregios, eximios, excelsos, únicos) debe estar nuestro idioma. En realidad, no hay por qué establecer oposición alguna entre figuras literarias —nuestros clásicos de todos los tiempos y lugares— y la lengua en general; lo que sí cabe es aspirar a una superacion por parte de todos, hablantes y escritores, para perfeccionar el instrumento social por antonomasia. En este caso, en algo, la puntuación, crónicamente necesitado de conocimiento amplio y profundo como etapa previa a la respuesta sobre su reforma moderna, entre otras cosas, en la época de los medios técnicos avanzados de comunicación personal y colectiva. No es, pues, mal momento para hablar de estos temas, para realizar acciones estables —fruto de la maduración de ideas— en favor de nuestro patrimonio lingüístico.

BIBLIOGRAFÍA:

© José Polo 1990, 1997

Este texto se corresponde con el capítulo V de la obra de José Polo Manifiesto ortográfico de la lengua española, Madrid, Visor, 1990, págs. 49-65.

El URL de este documento es http://www.ucm.es/OTROS/especulo/numero7/jpolo.htm