Reseñas:

SERGIO PITOL

EL ARTE
DE LA FUGA

Sergio Pitol, El arte de la fuga, Barcelona, Anagrama, 1997, 306 pp., ISBN: 84-339-1054-X


Es difícil encontrar un libro como la última producción literaria de Segio Pitol (México, 1933). Estamos ante un texto escrito desde el optimismo, desde la calma, desde el sosiego. Un libro que recuerda a quien lo lee que el mundo está lleno de lugares hermosos, de libros que merece la pena leer, de personajes interesantes, de rincones por descubrir, que hace caer en la cuenta que, como escribe el propio Pitol, "la vida es portentosa".

Pitol nos lanza de bruces y sin previo aviso a una geografía desordenada; es casi imposible trazar un mapa de este libro: las reflexiones y los escritos nos trasladan de Siena a Roma, de Roma a Varsovia, de Varsovia a Praga, a Venecia o a Chiapas, a la Barcelona de la "gauche divine"... en fin, a todos los lugares que forman parte del pasado cosmopolita del autor. Porque este libro es, de algún modo, la recuperación de un pasado al que se llega sin seguir otro itinerario que la carretera desordenada de la memoria. Con una generosidad sin límites, el autor recupera para el lector los instantes felices de otros tiempos. Sin embargo, las páginas no están construidas en función de la nostalgia: sólo hay recuerdos lúcidos, rescatados de un modo deliberado y consciente y no después de un súbito ataque de melancolía. De las palabras de Pitol se desprende una serenidad desconocida, y el lector no puede por menos que sentirse admirado de la capacidad del autor para defender a ultranza, pero sin ruido ni estridencias, los valores universales del respeto o la tolerancia. No hay lugar para la amargura, no hay lugar para los reproches. Este es el texto de un hombre que se encuentra en paz consigo mismo y con su propia historia, y que reconoce "este libro es en cierta manera una recopilación de desagravios y lamentaciones, un intento de apaciguar desasosiegos y cauterizar heridas".

El libro se divide en cuatro partes, que no me atrevo a llamar capítulos. En el primero de ellos, "Memoria", los recuerdos de Pitol reservan al lector muchas sorpresas agradables, nacidas muchas de ellas del inveterado optimismo del propio autor. Casi al principio del libro, por ejemplo, el retrato de una Venecia que el autor tiene que ver distorsionada: sufre de un defecto de visión y ha perdido sus gafas. Del contratiempo saca Pitol un motivo de regocijo: "Veía y no veía -escribe- captaba fragmentos de una realidad mutable (...) A medida que la niebla velaba aún más la visión de palacios, puentes y plazas, mi felicidad crecía". Es el descubrimiento de una realidad distinta, de una realidad sólo asequble a aquellos que se den la oportunidad de ver las cosas de un modo que no tiene por qué ser el habitual. Contemplar Venecia sin gafas es un modo de abordar la realidad desde otro ángulo, y preguntarse al fin cuál de las dos visiones (la distorsionada o la que aceptamos como real) puede considerarse mejor. Es el propio Pitol quien resuelve el dilema: "Todos los tiempos son en el fondo un tiempo único. Venecia comprende y está comprendida en todas las ciudades (...) Cada uno de nosotros es todos los hombres (... ) y sólo Venecia, con su absoluta individualidad, iba a revelarle ese secreto".

"Cada uno de nosotros es todos los hombres", escribe Pitol. De esa máxima nace quizá su tendencia a la generosidad, a la comprensión: no encontramos en el libro juicios de valor, ni de ninguna otra clase. Sólo capacidad y disposición para entender y asimilar todas las cosas, aún las más complicadas y las más divergentes. Es conmovedora la serenidad con que Pitol enfrenta un tema tan recurrente como angustioso: el paso del tiempo, que el autor encara con calma, sin dramatismos. Escribe Pitol: "Revisar el pasado significa, entre otras tristezas, contemplar un mundo que es y al mismo tiempo ha dejado de ser el mismo". Sin embargo, hay cierto deleite en esa revisión del pasado: "La memoria trabaja con la misma lógica oblicua y rebelde de los sueños. Hurga en los pozos ocultos y de ellos extrae visiones que, a diferencia de las de los sueños, son casi siempre placenteras".

Hay también en estas páginas de "Memoria" concesiones oníricas, como el ensayo "Sueños nada más" o el mismo "Vindicación de la hipnosis". Junto a estos textos, el autor nos regala unas páginas de un diario llevado durante su etapa en Barcelona y del que se desprende el proceso gradual del cambio de circunstancias que convierte una ciudad indeseable en aquella que no cambiaríamos "por ninguna otra ciudad del mundo".

La compilación de ensayos bajo el título "Escritura" constituyen un homenaje a las tareas de creación. Pitol escribe sobre el germen de las primeras historias, tan cierto como impreciso: "ese largo deambular desde unas cuantas imágenes perdidas en la memoria hasta su fijación en el papel sigue constituyendo para mí un misterio"; el humilde reconocimiento de la angustia del autor ante la crítica: "Me agrada -escribe Pitol- imaginar a un autor a quien ser demolido por la crítica no le amedrentara..." El escritor ofrece también lo que podría considerarse una definición del novelista: "Un novelista es alguien que oye voces a través de las voces (...) Con ellas va trazando el mapa de su vida. Sabe que cuando ya no pueda hacerlo le llegará la muerte, no la definitiva, sino la muerte en vida, la hibernación, la parálisis, lo que es infinitamente peor", y también una defensa encendida de la novela, de la que escribe "Hoy vive uno de sus grandes momentos".

Si a lo largo de las páginas las menciones a otros autores son interminables (de Borges a Gombrowitz, de María Zambrano a Carlos Fuentes, de Shakespeare a Cervantes...), en la tercera parte del libro, "Lecturas", Sergio Pitol se centra definitivamente en las obras de otros maestros: se trata de una serie de ocho ensayos literarios sobre distintas obras de autores diferentes, que revela más a un excelente lector que a un crítico a secas. Pitol pretende ir mucho más allá de la crítica literaria: su intención no es la de diseccionar un libro, sino sencillamente comprenderlo y hacerlo comprensible, entender a sus personajes, justificar los motivos que los impulsan a actuar y, sobre todo, demostrar por qué razón los grandes son grandes. Lo cual, viniendo de alguien que también ejerce el oficio de escritor, es una muestra más de la inmensa generosidad de Sergio Pitol.

La última parte del libro, "Viaje a Chiapas" constituye, como indica su título, el relato de la visita del autor a la zona del conflicto. De él se ofrece una visión conciliadora, una perspectiva lúcida orquestada en la capacidad para escuchar y en la necesidad de comprender posturas contrapuestas y de asimilar no sólo las distintas vertientes del conflicto, sino la imagen caleidoscópica de las culturas de los indios mejicanos. Pitol cierra el libro con unas líneas emotivas: "si bien es cierto que vivimos tiempos crueles, también es cierto que estamos en tiempo de prodigios".


Marta Rivera de la Cruz

El URL de este documento es http://www.ucm.es/OTROS/especulo/numero7/pitol.htm


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