Entrevista:

Ernestina
de Champourcín

"Hay autores que no has leído, y de los que, sin embargo,
es como si te hubieras contagiado"

por José Julio Perlado
Profesor Titular
Fac. de Ciencias de la Información - UCM


Entrevista inédita. Se realizó en Madrid, en 1986, en el domicilio del autor de esta entrevista- En este diálogo se fusionan dos personalidades: la de la poetisa Ernestina de Champourcin y la de su marido, el escritor Juan José Domenchina. Es una escritora la que evoca a otro escritor, y es una mujer devotamente empeñada en revivir humana y literariamente la presencia de su marido muerto, la que cumple una tarea muy querida para ella. LLegamos a la figura de Domenchina por el camino más directo, aquel del amor humano compartido durante toda una vida. La personalidad -fuerte personalidad- de Ernestina podía haber sido el centro de esta entrevista. Se ha preferido que ella sea pórtico y pasaje para mostrarnos el arco vital de Juan José. Ambos formaron una unidad, ambos recorrieron sus caminos, ambos se quisieron y quedaron en la literatura española del siglo XX. Cada uno ayudó al otro a encontrar su fin.



"Que no me vuelva atrás; que siga y no me importe
dejar en el camino mis últimos despojos".

Es el poema número XIX del libro Hai-Kais espirituales, por Ernestina de Champourcín, publicado en Méjico, en 1967.

"Vuelo corto si voy caminando yo a solas
vuelo largo, tendido, de alcance inalcanzable,
si como tú me dejo despojar de lo mío
y Otro vuela por mí inagotablemente.

Un sepulcro en Segovia. ¡Qué mármoles superfluos
te rodean y ciñen! Pero yo sólo he visto
al Amado allí cerca acunándote el sueño:
luz tuya, mía, nuestra, eternamente insomne".

Son parte de los versos que Ernestina de Champourcin titulara "Carta a San Juan de la Cruz" y que están recogidos en el libro Cartas cerradas, publicado en Méjico, en 1968.

"Yo creo que morir
es estar es estarse
por fin en lo absoluto
en lo definitivo.
Sorpresa de lo eterno
de lo que ya no cambia
y que es sin embargo
cada vez diferente.

Y en ese estar están
lo humano y lo divino.
Todo lo que se toca
todo lo que se. Siente
y en esos brotes de luz
deslumbrantes, escasos
que arrebatan la vida
y nos la dan de nuevo.

Morir es una rosa
que se nos da de balde
un perfume cuajado
en amor para siempre.

Tal es el poema que aparece en su volumen Primer exilio, editado en la Colección Adonais, en 1978.

¿Qué decir de Ernestina? ¡Hay tantas! ¿Es una sola?. Como toda humanidad viviente, el secreto de su yo más íntimo, nadie lo conoce en esta tierra: ni la persona misma. Pasa su imagen por este mundo de años, y los observadores anotan fechas, nombres, capitales; acuñan rostros como espejos; buscan causas, razones, conclusión. Nadie sabe nada del más profundo nadie.

Que Ernestina de Champourcín es la más destacada poetisa de la "Generación del 27" y una de las que mayor prestigio gozan por su obra entera, es un hecho indiscutible. Ya en su momento, Gerardo Diego, la eligió como relevante personalidad para que figurara en su famosa Antología Poética.

¿Pero es "todo esto" Ernestina de Champourcín? Los contraluces, los misteriosos contrastes entrañables, me abren a la hondura de la femineidad hecha poesía, a la labor literaria entrelazada de humanidad, a ese cálido pozo de los silencios terrenales -con sus bordes de apariencias que engañan y revelan-: ese pozo de todo ser humano, que con él va desde la cuna a la sepultura y del que nadie sabe qué cantidad de calidades guarda en sorpresas.

Pero estoy con ella. Estoy -casi a la vez- con Juan José Domenchina y con Ernestina. Es un espejo finísimo y doble: la sombra del halo de dos vidas que parecen -no son, pero si parecen- tan intrigantes como toda existencia. Y tan profundamente inabordables.

-¿Qué trazos más generales podrían enmarcar la vida de Juan José Domenchina?

-En primer lugar, decir que nosotros dos -como matrimonio dedicado a las letras- nunca hemos sido bohemios. Yo sí; mucho más que él. Yo le conocí en 1930. Juan José era de una familia burguesa y católica; luego vendría la República y, en plena juventud -y ya conocido por su obra poética-, fue secretario general de Azaña. Juan José era un hombre esencialmente apolítico; su amistad con Azaña fue una amistad literaria, surgida de una tertulia.

-¿Juan José tuvo algún cargo político?

-Político no, ya que el cargo de secretario particular de Azaña, que es lo que fue, no fue un cargo político. Después, ya casi cuando empezó la guerra, fue secretario del Instituto del Libro, siendo presidente Azaña. Y Juan José, secretario del Instituto del libro -pero eso ya con la guerra-, era tan idealista, que él con otros se iban al frente, a repartir libros. Fue secretario de Azaña hasta que a Azaña le nombraron Presidente de la República; siendo Presidente, ya no quiso seguir Juan José con Azaña lo dejó. Entonces es cuando fue al Instituto Nacional del Libro. Luego, ya en plena guerra, nos fuimos a Valencia, y entonces allí fue director del Servicio de Información del Ministerio de Propaganda. En Valencia se publicaba un boletín de información en seis idiomas y él lo dirigía. De las muchas cosas que yo me he arrepentido, es únicamente de haber dejado en Mé.jico toda la colección del Boletín, excepto una página literaria que la tenía además en fotocopias, toda amarilla. Es una página en donde están Juan Ramón, Antonio Machado, Alberti, García Lorca, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Emilio Padros, Juan José, yo, y Pedro Garfías: es una hoja curiosísima; pertenece al Boletín del Servicio de Información del Ministerio: era un suplemento literario con poesías de todos en colaboración. Se distribuía a todos los países del mundo. Eso duró el año que el gobierno y nosotros estuvimos en Valencia; después, el gobierno se trasladó a Barcelona, y nosotros nos fuimos también a la Ciudad Condal. Pero al llegar a Barcelona, hubo una ofensiva de los comunistas por apoderarse del Ministerio: entonces Juan José -ya que era una cosa realmente personal la que tenía contra ellos-, lo dejó. Azaña, por tenerlo cerca, lo nombró Secretario del Gabinete Diplomático de la Presidencia de Barcelona, en plena guerra.

-¿Cómo le vino a Domenchina la amistad con Azaña?

-Por la tertulia del hotel "Regina", en la calle de Alcalá. Allí había un famoso café, y en ese café se celebraba una tertulia a la cual iban Azaña, Pío Baroja, de vez en cuando Valle-Inclán, y una serie de catedráticos y profesores. Por esa amistad del café y de la tertulia conoció a Azaña. Y a Azaña, cuando fue Presidente del Consejo de Ministros, le pidió trabajo. Entonces Azaña, casi en broma, -porque no creía que un poeta fuera capaz de trabajar en serio-, se lo llevó de secretario particular, y eso fue Juan José, mientras un secretario político era un tal Vicente Gaspar, que se fue a Méjico también, y que no sé qué ha sido de él. La cuestión es que al final el que siguió encargándose de toda la Secretaría fue Juan José, y el asombro de Azaña era decirle a todo el mundo: "Pues resulta que los poetas cuando se ponen a trabajar, también trabajan".

-Antes de que hablemos de la salida de España, ¿cuál era en aquellos años el quehacer poético de tu marido?

-Juan José era fundamentalmente poeta. Publicó su primer libro siendo muy joven, creo que a los 17 o 18 años; era un libro pequeño que él mismo se costeó, no me acuerdo exactamente cómo se llamaba. Cuando yo le conocí, en el año 30, acababa de salir un libro que fue muy elogiado por los críticos, pero que a mí personalmente no me gusta: La corporeidad de lo abstracto. Era un libro muy duro, con un vocabulario dificilísimo.- Juan José era un hombre que tenía la locura, la idolatría del idioma: lo que le importaba, sobre todo, era darles a las cosas su verdadero nombre, fuera o no fuera popular. El diccionario era una de sus lecturas favoritas. Yo me he encontrado a su muerte un diccionario lleno de cuartillas, y en las cuartillas, palabras y definiciones propias también.

De sus primeras obras, la que más fama le dio antes de la guerra, fue este libro, donde trataba, la mayoría de las veces en soneto, de dar corporeidad a los vicios, corporeidad a muchos conceptos abstractos. A esta obra siguió un larguísimo poema en versículos que se llama Dédalo, y que muy poca gente entendió. El mejor critico que tuvo fue Enrique Diez Canedo. Este, que conocía bien su obra, le preguntó: "Oiga, Domenchina, ¿usted ha leído a Saint-John Perse?". Juan José no lo conocía. Un día que salí juntos, me preguntó.- "Oye, ¿tú tienes algo de Saint-John Perse?" "Sí", le dije. "Préstamelo, por favor, porque me dice Canedo que Dédalo tiene influencia de este poeta".

Y efectivamente parece que tenía influencia. Pero es que respecto a eso de las influencias, con el tiempo, yo he llegado a la conclusión de que hay algo en el aire. Ya lo he descubierto con varios poetas: existe algo en el aire; hay autores que no has leído, y de los que, sin embargo, es como si te hubieras contagiado. Y este libro -Dédalo- que muy poca gente ha entendido, está numerado con las letras de la A a la Z. Y son los siete pecados capitales. Posee del Anábasis de Saint-John Perse el versículo, el ímpetu, la fuerza, las evocaciones orientales también.

Luego, hay un libro que se llama El tacto fervoroso, publicado un poco más tarde: es ya de lenguaje menos complicado y difícil. Ese mismo año 30, Ruiz Castillo, en Biblioteca Nueva, le publicó en la colección humoristas españoles una novela que habría que discutir si es humorística o no. La túnica de Neso. La novela realmente es interesante; pero ahí llega al colmo del vocabulario tremendamente difícil. Y luego, en el mismo año, estalla la guerra, y publica sus Poesías completas, lo que era un poco absurdo. Estaba de moda publicar Poesías completas. En un poema inédito, en el que estuvo trabajando unos días antes de morir y que nadie tiene el original más que yo, hace una descripción, y entre otras cosas dice: -"Tocan a completas"-, porque todo el mundo entonces, estaba publicando las Poesías completas.

-¿Y cuando conociste a Juan José, tú ya habías publicado libros?

-Sí, naturalmente. Leía obras de autores franceses que, lógicamente, me influían. Más adelante, conoció Juan José a Juan Ramón; se vieron una sola vez, pero tuvieron una larga amistad telefónica. Tras haber publicado unas Crónicas bajo el seudónimo de Gerardo Rivera, -y una vez ocurrida la guerra e iniciado nuestro exilio-, fuimos a Méjico, invitados por la Casa de España, de la que era director, el famoso diplomático y poeta mejicano Alfonso Reyes. Allí publicó Juan José Poesías Escogidas. Los dos comenzamos diversos trabajos de traducción; pero mi marido, no dejó de escribir poesía ni un solo día. Respecto a esto somos muy distintos: yo voy creando con amplios márgenes de tiempo, y en cambio él tuvo siempre un sistema distinto. Al principio, los libros de Juan José estaban llenos de recuerdos y rencores provocados por la guerra de España. Después, iría poco a poco variando. Pero puedo decir sobre el contenido general de su obra, que los críticos que mejor le han sabido captar como escritor, le atribuyen la influencia de Quevedo reflejada a veces en su léxico. Pero la literatura que él iba haciendo se fue, con los años, simplificando y depurando. De tal modo que puede dividirse su obra en dos partes bien claras: la de España, y la de Méjico. Yo particularmente creo que lo mejor que escribió lo hizo en Méjico: es una literatura más profunda, más sentida, más vivida, incluso más dolida. Podría citar títulos de muchos libros suyos, pero prefiero evocar temas que le preocupaban: como el reflejado en una especie de Diario interior de la España que él habla vivido, o como otro, que en el fondo es un panorama personal sobre la Historia Política de España.

En el fondo de todo lo que escribía, existía en él una íntima esperanza de volver a España . Juan José se dedicó muy especialmente al soneto y a la décima. Hay un libro suyo titulado La sombra desterrada en donde ya despunta su progresiva evolución espiritual. Tras todo esto, pasa por una crisis espiritual, intenta volver a España, pero no puede-, y como dice en su excelente estudio sobre la Vida y obra de Domenchina, Ernesto Santillán, la potencia literaria de Juan José "se agiganta en sus dos últimas obras: en los Nueve sonetos y tres romances con una carta rota, incoherente e impertinente a Alfonso Reyes, publicado en 1952 y, sobre todo, en El extrañado de 1958. "Hacer de Dios el eje de este último libro -dice Ernesto Santillán- no supone una vuelta a la literatura clásica castellana, sino un avanzar por nuevos derroteros con valores eternos. Es Domenchina, ya no el español extrañado de España, sino el hombre extrañado del Paraíso. Emprende otra vez el camino seguro de los sacramentos, y la gracia le da una lucidez esplendorosa. Junto a su calidad literaria, la calidad temática, y con ella sobrepasa todo lo que ahora se publica".

Y ya, mi conversación con Ernestina de Champourcín queda diluida en una fusión de evocaciones y evoluciones matrimoniales y espirituales. Toda esa evolución que enlaza la poesía de Juan José con la de Ernestina, y que parece unir los poemas que escribiera Ernestina con los que dejó escritos, al final de su vida -en días tranquilos, silenciosos , sin quejas de dolores-, el Juan José que estaba a punto de morir y que había encontrado la secreta serenidad de la vida. "

Señor, si así me hiciste, no me quejo
más déjame que vea tu tranquilo
mirar cuando me mire en el espejo"

He aquí al Juan José último. Como último será también este bellísimo soneto que cierra una existencia en 1959 para abrirla hacia la eternidad:

"Aquí tienes la vida que me diste.
Te restituyo lo que es tuyo. Quiero
ser de verdad en tu verdad. Espero.

ver, ya sin ojos, para qué me hiciste.
Si entré en el mundo, porque me metiste
en su vacío de motivo cero,
quiro zafarme en él, y persevero
en la fe sin medir que me pediste.

... Y viví a medias. Tuve el alma triste
cuando se me salió de tu venero.
Siempre. soñé llegar a lo que existe
tras la evidencia. Quiero -ya no inquiero-
lo que esperé, Señor, y tú me diste:
empezar a vivir, cuando me muero".

© José Julio Perlado 1998

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