ITINERARIO
DE LAS ISLAS


VAMOS A VER el muelle donde todos cantamos. La arena seca, los cascajos, el pedazo de mugre y el mástil bajo el sol. Algunos maderos tienen letras y algas, caracoles, prendidos, viejas putrefacciones, olvidos oceánicos, escamas. Todos los muelles del mundo coleccionan olores, suscitan tentaciones, imponen una insidia de viajes, trampean con nuestra condición de lámpara de Aladino, juegan al genio que promete las cavernas llenas de pájaros hechizados. Si se sigue la línea de inesperadas cosas flotantes -envases carcomidos, latones, aros reventados, amarras, manchas, troncos en deterioro, corchos, trozos de algo así como algo- se llegará al país de las Plumas Doradas, ruta sembrada cursimente de lentejuelas y un abanico de opereta y un adiós desde la borda, con pañuelos y lágrimas y un acuérdate de mí cuando estés en tu isla, en tu reino, venga a nos un poco de marea silvestre, agua fragante, arca dormida, torre sin faro, estrella del poniente, acuérdate de mi, no me dejes caer entre las olas, acantilado puro, rosa de mármol, acuérdate de mí, luz inveritada, pez corona, liquen portentoso, ala, alcatraz, gaviota... acuérdate de mí.

En las islas llamadas Fortunosas, islas de pájaros canarios, de la Palma y la Cruz, no existe la nostalgia, porque allí está el sitio de la nostalgia. Se llega y ya uno se siente instalado en orillas que no buscan el mar porque todo es mar. Las islas están agujereadas, cubiertas de plátanos y aves. Sorprende, de pronto, la nieve, en medio del océano. Paraíso perdido. última Tule, corazón de los Atlantes, leyendas entre quemaduras de antiguos volcanes y las escobas del risco, las gildanas, florecillas que se dejan atravesar por los vientos. Y aquí, los vientos llegan de cualquier parte. Traen más historia que otros, como las corrientes. Allá, dicen, está un cementerio de naufragios. Como decir un foso de la fosa. Un lugar subacuático, previo al purgatorio y al infierno. También por reflejos, un anticipo del cielo. Entre las especies extrañas, suerte de bejucos, emparentados políticamente con los sargazos, se enredan los restos de embarcaciones, cofres, tesoros, fantasmas, holandeses errantes, cajas de Pandora, el goubernalle de La Pinta, tres naves perdidas por Ulises, unos cuernos vikingos, galeones, muchos galeones y un ojo fosforescente de pirata condenado a mirar su pata coja para siempre. Acá, en las islas, orillas de las orillas, probablemente han llegado más botellas de náufragos que a otra parte del mundo. Estación postal del desconsuelo, está en la encrucijada de tres continentes. Es probable que los mensajes no recibidos por tanto abandonado, hayan chocado en las rocas, luego devueltas por la resaca mar adentro, hasta encontrar su trabazón en el camposanto de las historias. Valery, que se nombró un¡lateralmente ecónomo de las osamentas marítimas, dijo que todo eso recomienza. Aquí uno lo advierte: el mar es mar y más nada. 0 todo eso, y mar. Si se aspira a una certidumbre de la tierra, hay que internarse. Se hallarán por supuesto, cuevas, castillos, catedrales y balnearios. De pronto, el tiempo cambia y no se sabe bien la distancia entre la bruma y la neblina. Una ciudad, dos ciudades, de largas avenidas que poco a poco trepan y se desnivelan por sembradíos sin humedad, mientras las uñas de los pozos, miles de pozos, arañan el jugo de las piedras. En una punta solitaria de la Gran Isla, donde se cruzan las sardinas, está Arinaga. Allí florecen las almejas y su sabor resalta entre las luces del faro, una manera de prenderle homenaje a la soledad. Después el mar otra vez, la noche con fosforescencias dispersas. Dicen que en otro lugar del archipiélago, aunque se llame Hierro, hay árboles en contradicción flagrante. Y desde La Gomera se silba al infinito. Allí se abasteció Cristóbal, el Almirante. Y luego ofreció a sus carabelas el temblor de lo desconocido.

A ras del cielo, el viajero sorprende los signos. Los peces migratorios avanzan hacia las puertas de cristal. Entre nube y nube, el campanario aparece. No hay duda: aquí comenzaron los deslumbres. Se vio un ramo de fuego que caía. Uno sorprende cabalgatas y endrialgos y quimeras. Ve lotos sobre las llamas. La locura de las caballerías. Por eso el nombre de Lanzarote yace tirado entre crestas y espumas. La ballena de San Brentano pasea su misa ventral, cómodamente, como una gran nave entre los astros. Invenciones todas. Uno no tiene la culpa.

Fue Platón, delirando en el bosque, quien comenzó la mentira. Le siguieron los alarifes, los vihueleros y las damas que sollozaban en algunas torres del Mediterráneo. Por culpa de ellas, por culpa de algunos aflebrados buscadores de oro y destellos, se abrieron las puertas del nuevo mundo. (pp. 90-93)

Adriano González León:
Crónicas del rayo y de la lluvia,
Cádiz, Fundación Municipal de Cultura,
Ayuntamiento de Cádiz, 1998


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