Comunicación y Medios

Juan Luis Cebrián
La Red
Madrid, Taurus, 1998


Una botella medio llena

José Cervera

La segunda ley de Newton estipula que a toda acción se opone una reacción igual y de signo contrario. Es una ley fundamental de la física, y también se aplica a otros campos como la sicología y la política. Internet acaba de provocar una reacción en España, por fin. Nunca antes se había estudiado seriamente el fenómeno, y menos por parte de un peso pesado de la cultura o la política. Hasta la publicación de La Red, de Juan Luis Cebrián; un libro que pretende analizar las consecuencias políticas, económicas y sociológicas de la nueva cultura digital. La Red es un estudio serio y documentado, que es importante en la situación actual por ser su autor quien es. El problema es que La Red es un libro equivocado. Y bien pudiera ocurrir que su error lo paguemos todos en España.

Juan Luis Cebrián es alguien cuya opinión cuenta. Ex director de El País durante los críticos años de la Transición, Cebrián comparte edad, filosofía y visión del mundo con la clase política nacional. Su nivel de acceso a estas personas es inigualable, como lo es su conocimiento de la política española. Sus actuales cargos, como miembro de la Real Academia de la Lengua y como Consejero Delegado del principal grupo español de comunicación (en el que modestamente trabaja el autor de este artículo), hacen que la influencia de su pensamiento no sea baladí. En este país, cuando Cebrián habla los políticos, los empresarios y los banqueros escuchan. Su libro va a ser la principal herramienta de análisis que estos grupos van a utilizar sobre Internet. Por si fuera poco, La Red es un informe presentado al Club de Roma, un grupo de análisis internacional con fuerte influencia política. Por eso es tan grave que el libro sea lo que es. La Red contempla la botella sobre la mesa y afirma, con solemnidad, que está medio vacía.

Nada de lo que dice Cebrián es erróneo del todo. No hay errores de bulto, afirmaciones falaces, argumentos que no sean en parte ciertos. Lo que sí hay es una ceguera selectiva, una especie de daltonismo tan profundamente integrado en la forma de pensar que es invisible para el escritor. Así, La Red acumula toda una serie de argumentos, pero sólo negativos; no conoce, o no le parecen importantes, los aspectos positivos del fenómeno, y de esta forma construye una imagen en claroscuro con sombras mucho más marcadas que luces. El libro es un memorial de agravios. Los chinos tienen un ideograma que significa "crisis", y que está compuesto por la suma de otros dos: "peligro" y "oportunidad". Cebrián escoge "peligro". Nada dice del otro.

Para empezar, según el libro, Internet facilita el caos social al atacar las estructuras y jerarquías piramidales que conocemos. Lo cual es un peligro, a pesar de que Cebrián es demasiado coherente intelectualmente como para no reconocer que "Una cosa es caótica cuando no coincide con el concepto de orden que tenemos" (Entrevista en El País). En términos más simples, Cebrián afirma que Internet no coincide con el concepto de orden que tenemos (¿quiénes?), y por ello es un fenómeno peligroso. Ojalá fuese cierto que lo es a ese nivel; aunque ni siquiera los Tecnoutópicos como Negroponte creen en la Revolución Digital en la sociedad. Cebrián sí parece creer en ella. Y no es partidario.

La Red enumera después toda una serie de problemas asociados con Internet. Una letanía conocida y reiterada hasta la saciedad en periódicos, revistas y programas de televisión. Internet permite a cualquiera acceder a contenidos peligrosos (políticamente incorrectos, pornográficos, falsos). En Internet no hay responsabilidad sobre lo que se publica, ya que se garantiza el anonimato. Internet y las redes de comunicaciones violan la intimidad de las personas. No hay manera de encontrar información en las redes, y cuando se encuentra no hay forma de saber si es verdadera o falsa. Internet aumenta las diferencias sociales entre países y dentro de los países, creando una clase de Info-ricos y otra de Info-Pobres. La Red está llena de piratas que pueden colarse en tu ordenador y robarte el dinero, mientras que los poderes fácticos (Microsoft, Netscape) se encargan de limitar la libertad. Internet es un vehículo de la Mundialización, que quiere decir Americanización, de la cultura; arrasa las culturas locales y su diversidad. En resumen, hará nuestra vida más pobre, menos interesante, más desigual, peor.

Hay una veta profunda de tecnofobia bajo los razonamientos de La Red. Para Cebrián, por ejemplo, las únicas relaciones auténticas entre personas, aquellas sobre las que funciona la sociedad, son las cara a cara. Como si una conversación telefónica o un intercambio de cartas no fuera una relación personal. Por otra parte, desde la invención del teléfono tanto los negocios como muchas otras relaciones sociales funcionan cada vez más a distancia. Y resulta que Internet ha demostrado ampliamente ser uno de los más novedosos y potentes vehículos de comunicación personal existentes. Desde las tertulias temáticas en directo (chats) o en diferido (newsgroups) al correo electrónico, pasando por las páginas web personales, ningún otro medio de la historia ha conseguido aumentar el nivel de comunicación persona a persona más que éste. Claro que La Red olvida toda esta parte de Internet, para concentrarse en la parte multimedia y más similar a los medios tradicionales de comunicación: la Web. Dentro de esta vena de desconfianza tecnológica, Cebrián repite de forma acrítica la vieja acusación de que la pantalla crea adicción y, de forma indirecta, analfabetismo y exclusión de la sociedad. Dejando aparte el hecho obvio de que Internet tiene muy poco que ver con los medios audiovisuales, aparte del parecido del monitor con una televisión, y que la falta de cultura percibida por su generación puede ser más bien una inadaptación suya a la nueva cultura. Puede que los niños de hoy en día no reciten a los Reyes Godos porque se dedican a los videojuegos, pero ¿quién programa el vídeo en casa? Cuando la cultura cambia, los que dominan la antigua llaman a los inmersos en la nueva "incultos". Y tal vez sea al revés.

Cebrián se limita a enumerar problemas. Y tiene razón; esos problemas existen. Han nacido, o se han hecho grandes, en Internet. Que por otra parte tiene un montón de características igualitarias, democráticas, liberadoras, apasionantes y enriquecedoras. Pero que probablemente va a obligarnos a replantearnos cuestiones básicas que llevan mucho tiempo estáticas. La solución a los problemas no va a ser cerrar los ojos. Vamos a tener que trabajar, que plantear cuestiones y responderlas. Porque Internet está aquí; ya no puede ser "desinventada". Y la última vez que apareció algo similar en Occidente, la imprenta, tardamos 400 años en digerirlo, y para ello tuvimos que inventar cosas como El Estado Nacional, la Democracia Parlamentaria, la Prensa Libre, los Derechos Humanos, etc., etc. Esta vez no vamos a tener tanto tiempo. La mayor parte de los problemas enumerados en La Red son oportunidades, si se utilizan, si se aprovechan para crear un mundo mejor. Si cerramos los ojos y dejamos pasar la ocasión, los agoreros habrán conseguido hacer que sus peores profecías se cumplan. Internet no es el fin del mundo, pero puede ser el nacimiento de otro, mejor.

Y para ello nuestros ciudadanos, políticos y empresarios deberían empezar a moverse. A pensar. A crear. Hay toda una serie de principios que deben ser analizados, de forma radical; desde el principio, sin hacer caso de planteamientos obsoletos. Cuestiones clave del futuro mundo digital que deberán ser pensados, cambiados y discutidos una y mil veces antes de llegar a un consenso. Pero con la mente abierta, sin desconfianzas previas y dispuestos a llegar hasta el final. Propongo 5 en este artículo; no son las únicas, pero sí las más importantes.

Cuestión 1: La Libertad de Expresión debe ser redefinida, y no se debe limitar mediante fronteras tecnológicas ni geográficas. Internet supone la primera vez en la historia en la que cualquier persona puede ejercer la libertad de publicación global por un precio asequible. La información es poder, e Internet distribuye ese poder. Cualquier límite impuesto a la libertad de expresión ha de ser considerado como un intento de algún grupo para conservar una parcela de poder en monopolio. La información falsa (o perniciosa) ha de ser combatida con información auténtica (o beneficiosa); no con censura.

Cuestión 2: La privacidad ha de ser replanteada. Ese derecho es tan reciente como la vida en las ciudades, pues el anonimato nunca ha existido en los pueblos. Sólo en una ciudad uno es verdaderamente anónimo, y quizá en la aldea global haya que renunciar al anonimato completo a favor de otros sistemas. En cuanto a las transacciones comerciales, los datos que se generan pertenecen tanto al comprador (nosotros) como al vendedor, pues la transacción es cosa de dos. Si esos datos valen dinero, el comprador querrá parte de ese dinero. Bases de datos de acuerdo, pero no sólo para el beneficio de los vendedores. Repartamos esos beneficios, de alguna forma (¿menor precio, por ejemplo?). Y aseguremos que el anonimato es posible, si uno lo desea. No hay que convertirlo en un tabú, pero tampoco dejar que las empresas nos conviertan en Personas Transparentes en su exclusivo beneficio.

Cuestión 3: El papel de los Estados y las Administraciones será básico. Deberán proporcionar educación para que sus ciudadanos puedan acceder a las nuevas formas de comunicación, no sólo por la mejora en su calidad de vida, sino por aumentar la competitividad del país. Ellos deberán ser los garantes de que las culturas no se pierdan, de que las grandes empresas no aplasten a los consumidores, de que sus ciudadanos tengan el acceso preciso. Deberán desarrollarse nuevos impuestos, nuevos tipos de empresas, nuevas leyes (nacionales e internacionales), y eso es trabajo del Estado. Pero tendrá que aprender a compartir la información con los ciudadanos en pie de igualdad; no más burocracias ocultistas, no más políticos haciendo tratos a escondidas. La Administración y el Gobierno deberán ser abiertos y transparentes, porque la tecnología lo hace posible.

Cuestión 4: Los ordenadores y las redes son una herramienta que puede permitir al Tercer Mundo encontrarse en algunos aspectos en pie de igualdad con el Primero. Cuando dentro de tres a cinco años vuelen los satélites de comunicaciones de órbita baja todo el planeta tendrá una infraestructura de comunicaciones equivalente. El Tercer Mundo tiene la oportunidad histórica de pasar de una economía agraria a otra de la información ahorrándose la era industrial. Los ordenadores son una herramienta, y las redes un camino al mercado. El Primer Mundo puede (y debe) ayudar a que esa transformación se produzca, proporcionando educación e infraestructuras materiales. Podemos llevarnos la sorpresa de que África resulte ser el Sudeste Asiático del siglo XXI.

Cuestión 5: Europa debe despertar. En la Red lo que importa son los contenidos, y Europa, por su cultura, diversidad e historia, está en inmejorables condiciones de proporcionarlos. Pero en Europa hay una resistencia a utilizar la red, que es considerada un vehículo de penetración cultural ajena (léase estadounidense). La Red intrínsecamente permite y facilita la presencia cultural de grupos minoritarios, y es un refugio de culturas acosadas. Europa debe aprovechar eso, y convertirlo en una industria propia. De lo contrario, nos volverá a ocurrir lo que pasó con el cine; inventado en Francia, desarrollado por insignes autores, directores y guionistas europeos y basado en muchos casos en literatura europea, se convirtió en un fenómeno completamente estadounidense. Evitemos que se repita, eliminando la desconfianza empresarial y animando a los gobiernos e instituciones.

Esto es lo que necesitamos, debates radicales, porque Internet cambia radicalmente muchas cosas que dábamos por supuestas. Hay que mirarlas de nuevo, porque son nuevas. La sociedad en la que vivimos hoy es hija (indirecta) de la imprenta, a través de siglos de dispersión de ideas y de alfabetización, codo con codo. Hubo tiempo para plantearse los nuevos conceptos que generaba el hecho de poder diseminar información de forma económica. Internet tiene tan sólo cuatro años, en la forma que conocemos. Cuatro años, pero ya somos conscientes de que supone un cambio revolucionario en la sociedad. Empecemos a pensar en las oportunidades que ofrece a la justicia, a la igualdad entre las personas, a la generación y distribución de riqueza. Porque si nos quedamos en las sombras, nos quedaremos fuera de esta revolución.

Aprovechemos esta herramienta para el bien. No permitamos que las negras profecías de La Red se cumplan. El futuro es donde vamos a pasar el resto de nuestras vidas. Y la botella está medio llena.

 

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