COMEDIAS DE ENREDO

Si en los apartados anteriores hemos encontrado posiblemente las obras maestras de Tirso de Molina —La Santa Juana, El condenado por desconfiado, Antona García, La prudencia en la mujer, El burlador de Sevilla, atendiendo no sólo a su perfección escénica, sino a la ambición literaria de su creación—, en éste de sus comedias de enredo vamos a hallar sus producciones más típicas, si no más, características (24). Todos aquellos elementos literarios que tradicionalmente se han venido atribuyendo a Tirso de Molina —fuerza cómica y satírica, dominio de los caracteres, vigor realista y costumbrista— tienen aquí su más expresiva representación. En los géneros anteriores, que se podrían denominar dentro de su producción géneros nobles o de altura o elevación intelectual y espiritual,los matices satíricos y cómicos —son proverbiales la malicia y socarronería de Tirso de Molina— se veían atemperados por el carácter idealista del tema y de la factura de la obra. La representación en ellos estaba casi únicamente encomendada a la figura del donaire —hilo esencial que atraviesa todo el teatro de Tirso— y al recurso de las escenas villanescas. Por el contrario, en este apartado van a triunfar tan plenamente, que en algunos casos determinarán una inversión de planos, y así la figura cómica saltará del plano inferior de los lacayos, villanos o criados, para figurar en el plano noble de los caballeros o señores —el caso, por ejemplo, de Desde Toledo a Madrid, o Marta la piadosa—. En cuanto a los caracteres, al estar expresados por el valor de ellos mismos, o puramente al servicio de una aoción, no se sujetan a más normas que las derivadas de la pura observación del alma humana. Así, al presentar al personaje como el resultado de movimientos espirituales —buenos y malos— muy distintos, no alcanzará la grandeza unilateral de los caracteres dramáticos de su producción anterior, pero se desarrollarán, sin embargo, con una riqueza inigualable de matices psicológicos. Y en lo que concierne al realismo de estas obras, al extremar la observación y situar sus personajes, por lo general, en un tiempo coetáneo, deriva inevitablemente al costumbrismo, mostrándonos, en un sector de sus comedias, un cuadro vivísimo de la sociedad y las costumbres españolas de la primera mitad del siglo XVII, cuadro que en los géneros anteriores quedaba casi únicamente reducido —aparte, naturalmente, del sentir de época que deriva de la ideología misma de Tirso— a observaciones casuales y a las escenas villanescas que, junto con la figura del donaire, son el otro elemento que atraviesa toda la obra tirsista.

Aun dentro de sus variadas denominaciones —de intriga o de capa y espada han sido las más usuales—, la mayoría de los críticos o investigadores coinciden en el concepto de comedia de enredo, sin que sus diversas denominaciones hayan significado huida de aquellos límites que la definen: una comedia más o menos realista en la que se detallan las costumbres de los españoles de la época barroca —pero sin un afán costumbrista, a la manera romántica, lo que excluye el término costumbrista por inexacto—, y en las que muchas veces el carácter y modos españoles se trasladan mágicamente, en la escena, o escenarios extraños y, a veces, remotos.

Se ha insistido con gran frecuencia en que las reacciones de los personajes que viven en las comedias de nuestro teatro nacional son aquellas que corresponden a los españoles que compartieron el ambiente y la época de las Cortes de Felipe III y Felipe IV, encontrándose en favor de esta identífiación, una evidente analogía entre las posiciones espirituales, las ideologías y los conceptos fundamentales de unos y otros.

Dentro de esta comunidad espiritual, la argumentación de estas comedias de enredo es siempre una derivación del tema amoroso en cualquiera de las múltiples circunstancias y matices que la amplitud del tema puede originar. El amor, en la trama, estará siempre secundado por los celos, como partes integradoras del tema. Ambas pasiones, inseparables en el sentir de nuestros dramaturgos, serán los resortes humanos y psicológicos fundamentales que motivarán la acción dramática, utilizados siempre bajo una. valoración idéntica, sin que jamás sean empleados para una fundamentación trágica, que escaparía al nivel intrascendente de la comedia de enredo. Por el contrario, amor y celos se mantienen siempre dentro de los imperativos de la cortesía y de la galantería —nunca frivolidad—, sujeción que no excluye el que estén utilizados por los grandes dramaturgos como Tirso bajo una complejidad psicológica en la que a la pura observación del alma humana viene a unirse una tradición filosófico-amorosa, de origen renacentista y platónico, en la que ya el lejano eslabón de Castiglione ha ido reforzando y extremando sus ideas, a la par que se extrema y refuerza el simbolismo barroco.

Esta conjunción celos-amor, que engendra el conflicto de la trama, verá incrementado su interés con otros elementos, como el histórico, el costumbrista, el satírico, etc., pero sin que estos elementos alcancen jamás un valor más allá de lo puramente accesorio. Esta restricción determina que la trama, únicamente sostenida en una temática amorosa, acuda a una serie de situaciones que acrecientan su valor en la comedia, de tal suerte que diversos incidentes o episodios escénicos logran, con frecuencia, tanta o más importancia que la, a veces débil línea argumental. Esta compensación origina que cuando el desarrollo argumental no posee en sí mismo una importancia escénica, los episodios o situaciones se acumulen o adquieran un valor independiente, cuya accidentalidad menoscaba o distrae el ritmo escénico y la exposición de los hechos que definen el argumento. Técnicamente, la comedia de enredo —en sus tres apartados de comedia palaciega, cortesana o villano—.está delimitada por dos planos estructurales, cuyo paralelismo afectará notablemente al desarrollo de la acción: el plano superior, elevado y noble, de los protagonistas, entre los que se desenvuelve la trama amorosa, y el plano inferior, popular, de los personajes más o menos accesorios que les ayudan en su empresa, como una erivación innegable de los mundos contrapuestos de La Celestina, aunque sin la tajante delimitación entre ambos, porque el popularismo del plano inferior en Tirso —como en los demás dramaturgos coetáneos— no alcanza nunca la grandeza trágica del mundo portentoso de Celestina, ni su crudo realismo; ni el plano noble de los hidalgos está tan empapado de sentir renacentista, ni jamás se le otorga a su amor el sentido telúrico de inexorable motivación trágica, que en los jóvenes amantes del siglo XV. La distancia entre ambos planos ha disminuido; pero si se atenuaron sus diferencias no han perdido, sin embargo, su papel delimitador, su exposición en dos planos, en dos grupos de personajes con resortes psicológicos totalmente diferentes, motivo diferencial más fuerte que el derivado de una condición social que engendra a su vez usos, costumbres y lenguajes distintos.

Si al plano superior está encomendado el desarrollo de la trama amorosa, al plano popular están encomendados en la comedia, en líneas generales, los efectos cómicos. Y de entre los personajes que lo integran, a aquel que tiene más importancia en el desarrollo de la trama se le encomienda uno de los papeles primordiales de la obra: el representar la figura del donaire. Normalmente este personaje es el lacayo o criado del galán. Pero no faltan comedias en que este papel aparece encomendado a una mujer, como la Tomasa de La Huerta de Juan Fernández y, acaso, la Quiteria de El amor médico. Siempre la réplica a esta figura del donaire se la da la criada de la dama o, en los casos citados, el criado del galán, que mantienen, con su trama amorosa, el paralelismo argumental de los dos planos.

Esas diferencias esenciales que hemos visto en los dos planos estructurales de la comedia —resortes psicológicos distintos, diferencia de clase social y sus derivaciones, y funciones delimitadas en el desarrollo de la obra—, marcan entre ambos el efecto buscado de un fuerte contraste. Ahora bien, este contraste está en función de otro de los elementos puramente técnicos que integran la estructura interna de la comedia de enredo, y más especialmente de la cortesana: el paralelismo de acción. De tal suerte, que se darán dos tipos de paralelismo: el de contraste y el argumental. En el primero se sitúan las acciones paralelas y análogas entre los dos planos: señores y criados, y en él es en el que, por virtud de ese contraste, las de éstos serán la caricatura, con efectos cómicos, de los primeros. A los amores de dama y galán se contraponen, contrastados en sus radicales diferencias, los amores de lacayo y criada, en una plástica expresión dramática de una de las notas esenciales del barroco: la burla deformada de los ideales renacentistas. Y ante la expresión idealizada a veces, y siempre sutilmente poética, de unos amantes representantes aún de una teoría amorosa impregnada de petrarquismo, surge la caricatura barroca, saturada de elementos realistas, de oposición a todo literario idealismo.

La obra, tal vez, en donde este paralelismo de contraste adquiere una supremacía innegable es La Huerta de Juan Fernández. En esta obra corren paralelamente las acciones de los dos planos: la acción representada y desarrollada por doña Petronila, marchando disfrazada en busca de don Hernando, de quien está enamorada, y Tomasa, con análogo disfraz, marchando en seguimiento de Mansilla, el criado de éste, que prometió ser su esposo. Ambas se transforman en amo y criado —bajo su disfraz de galán y lacayo— y unen sus esfuerzos para lograr cada una su propósito. El contraste, dentro de una casi idéntica línea argumental, se expresa de modo elocuente en la relación del nacimiento del amor de Petronila (escena III, acto II), contada por ella misma en una exquisita e idealizada exposición de sus sentimientos, y en la graciosísima descripción que hace Mansilla a su señor (escena IV, acto II) de sus amores con la labradora burlada, al pie de una chimenea. Naturalmente, este contraste se intensifica en los encuentros que las dos parejas tienen entre sí a lo largo de la obra.

En cuanto al puro paralelismo argumental, está mucho menos delimitado, e interferido, además, por otros resortes estructurales. Sin ningún valor de contraste, sirve únicamente como refuerzo del interés de la trama y como medio para embrollar la acción. Es también, a veces, promotor de efectos cómicos, pero solamente de aquellos que derivan de las situaciones, propio, como ya dije, del plano en que mueve. Me refiero exactamente al paralelismo de acción que se desarrolla entre los personajes nobles, contraponiendo un galán a otro galán, y una dama a otra dama, aunque no por parejas.

Naturalmente, esto no es sino la utilización, más o menos matizada, de la fórmula lopesca de la comedia, con tan pleno paralelismo que podría reducirse a una fórmula matemática expresada en una regla de tres. Esta dualidad de parejas está casi siempre opuesta: o dos damas enamoradas del mismo galán, más el desdeñado amante de una de ellas, que completa el cuarteto, o viceversa. De esa rivalidad, como observó Muñoz Peña (25), nacerá el conflicto de la obra.

Pero así como nace del paralelismo contrapuesto de la acción el conflicto de la trama, el desarrollo de ésta estará motivado por una causa eminentemente centralista: el ingenio, inteligencia y recursos de un personaje, el central. Adquiere de este modo la comedia un carácter radial, en donde el foco de la motivación de la acción y a su vez del argumento —ya que, generalmente, deriva éste de aquélla— reside en la voluntad de un personaje —generalmente femenino— que, como en un teatrillo de títeres, tira de los hilos de la trama, a cuyo impulso se mueven los demás personajes. Características de esta estructuración son Don Gil de las calzas verdes, Bellaco sois, Gómez, Amar por señas, o tantas otras comedias. Pero, a veces, este foco de actividad no reside únicamente en el ingenio y voluntad del personaje central —no carente, por otra parte, de una psicología específica—, sino en su particular carácter o temperamento. En este caso, Tirso se esmera en la exposición y desarrollo de la psicología de este tipo, centrándolo en una faceta de su carácter, para que ella sea el promotor especial de la acción. No se trata, en el primer caso, de un predominio de la acción sobre el carácter, ni, en el segundo, del carácter sobre la acción, como apuntaba Muñoz Peña. En ambos casos se ejerce la supremacía del personaje central sobre la acción de la obra. Lo que varía es el planteamiento literario de la comedia sobre una base novelesca (acumulación de episodios enlaz,ada por la voluntad del protagonista) o sobre, una base caracteriológica (desarrollo más armónico de episodios, derivados del carácter del personaje rector)(26).

Ejemplo del segundo caso lo tenemos, excepcionalmente claro, en La celosa de sí misma, y en parte en Marta la piadosa —ya que su hipocresía es un recurso más de su ingenio— y en Por el sótano y el torno, donde la avaricia de Doña Bernarda, sobre motivar el conflicto, imprime su sello al desarrollo de la trama (27).

Un análisis más detenido de alguna de estas comedias aclarará mejor esta idea. En el primer grupo, junto a las obras citadas, podría situarse La villana de Vallecas. ¿Es que carece la protagonista, doña Violante, de un perfil psicológico? En modo alguno. Pocas figuras femeninas mejor dibujadas han salido de la pluma de Tirso.Pero esta figura, que mueve toda la acción, no lo hace impulsada por un resorte psicológico de su carácter, sino por una causa externa a toda su psicología: el engaño de que ha sido víctima y el deseo de solucionar su problema al tiempo que se une con su galán, profundamente amado, pese a su traición. La trama está movida por su voluntad, su deseo, a cuyo servicio están su ingenio y su inteligencia.

Pero si nos fijamos en la motivación de La celosa de sí misma, veremos sus diferencias. El origen, el conflicto, también es algo extrínseco al carácter de doña Magdalena: su prometido llega a Madrid y, sin conocerla, le hace el amor. Desde este momento el conflicto nace no del hecho externo —que terminaría con declarar la dama su personalidad—, sino de una matización especial de su psicología: los celos de ella misma, sus dudas, sus encontrados sentimientos, en una palabra, de su hipersensibilidad, que ha de provocar la sutileza de sus reacciones. A esos «celos de sí misma» se mezclará, desde luego, el temor a la liviandad del galán, pero a este temor va a sumarse algo que ya afecta muy particularmente a su sensibilidad femenina: don Melchor la adora cuando la imagina tras su manto, pero la aborrece cuando la ve. Por lo tanto, tiene la certeza de que, injustificadamente si le quiere, no le agrada.

Herida en su sensibilidad, y por un refinamiento de ésta, se pasa de este punto al de tener celos de esa dama «imaginada» que es ella misma. Se matizará sutilmente esa hipersensibilidad al examinar los contradictorios sentimientos y resoluciones que empujan el alma de doña Magdalena, en perfectos monólogos introspectivos, de cuya derivación y no únicamente de la voluntad del personaje nacerá el planteamiento y desarrollo de la trama.

Ahora bien, tanto parta el planteamiento argumental de un resorte novelesco o caracteriológico, seguirá siempre en su desarrollo una estructura similar que repercutirá en una cierta monotonía de los argumentos, como ya observaba Menéndez y Pelayo: «Después de todo, tampoco hay muchos más recursos en las comedias de Tirso de Molina, que se mueven casi siempre entre dos argumentos obligados: el de la dama que va buscando la reparación de su perdido honor, y el de la princesa caprichosa que, con artificios, coqueterías y discreteos, va enredando en los lazos de su amor a un español aventurero» (28). En este juicio, además, Menéndez y Pelayo, al marcar los dos argumentos, ha diferenciado en realidad dos géneros de comedias de enredo, como indicaré, ya que el segundo argumento apuntado cuadra. de una manera general con las palaciegas, y el primero con las cortesanas. Pero en cuanto al desarrollo, tres son las fases que en líneas generales, y siguiendo el desenvolvimiento normal de toda intriga, se suceden en la trama: el planteamiento del conflicto, con la presentación y esbozo caracteriológico de los personajes, fase o momento que corresponden al primer acto. Desarrollo de los medios empleados por el personaje rector, que tienden a la solución del conflicto, con la siguiente complicación escénica, en el acto II, y desarrollo en el acto III de las consecuencias de los episodios anteriores, con la aparición de otros nuevos que, unidos, alcanzan la cima de complicación argumental y dramática en las últimas escenas, para resolverse de una manera precipitada, bien por la disolución rápida de la intriga, bien por el expreso deseo de un personaje. La mayor o menor perfección en el desarrollo de este cuadro general estará marcada, naturalmente, por la mayor o menor preparación de situaciones y desenlace.

En este sentido, una de las comedias de más acabada técnica es La villana de Vallecas, por la preparación minuciosa de todos los episodios que integran la trama, no yuxtapuestos, como a veces es frecuente, sino en una progresiva y eslabonada derivación unos de otros, desde el momento en que una circunstancia casual pone en manos de Violante y don Gabriel las armas respectivas con que van a penetrar en la acción.

En esta comedia, al acabar el acto I todas las sendas sobre las que se va a deslizar la intriga están marcadas: la noticia de la deshonra de Violante; el propósito de su hermano de salir en persecución del burlador; tras una traslación de lugar, la historia de don Pedro de Mendoza, el joven y acaudalado indiano que viene a casarse a Madrid; el encuentro con don Gabriel, el burlador; el cambio involuntario de maletas, con lo que se vislumbra ya el futuro fingimiento de personalidad de don Gabriel; conocimiento de los propósitos de doña Violante de descubrir a don Gabriel en Madrid, vestida de labradora, y sospecha de los propósitos de su amante. Con todo ello, al finalizar el acto, queda totalmente planteado el conflicto en sus líneas generales.

A partir del segundo, y durante él, se desarrollarán las acciones de los personajes que vislumbrábamos en el acto anterior, al tiempo que Violante, manejando los hilos de la trama, va preparando su desenlace. En el tercer acto, va tensando esos hilos hasta lograr en un momento dado, al final del acto, tenerlos todos bien sujetos a su antojo y descubrir su truco, al tiempo que logra su propósito.

Excepto las vacilaciones en el planteamiento psicológico de don Gabriel, está cuidada la obra en sus mínimos detalles. Incluso se nos explicarán las reacciones de los personajes —doña Violante sacando a don Pedro de la cárcel, por ejemplo—, y desde el comienzo del acto III, en que se empiezan a realizar las consecuencias de los sucesos del segundo, todo tiende a un desenlace que ni se precipita ni se adelanta, sino que, por el contrario, sigue en todo monlento el ritmo escénico de una armonía plena, que domina la comedia.

Muy distinta, en este sentido, es, por ejemplo, La Huerta de Juan Fernández —o tantas comedias del grupo palaciego—, con los primeros actos de una lentitud extraordinaria, ocupados por interminables relaciones en que se nos detallan los antecedentes de la acción —en La villana de Vallecas no se narra nada, siendo toda exposición sustituida por su equivalente acción dramática—, relaciones que sólo salva el inimitable estilo tirsista, y con un tercer acto en que se agolpan los episodios y el ritmo escénico se acelera hasta desarticularse la armonía de la obra.

Ahora bien, dentro de esta estructura general, desarrollada normalmente con análoga ternura, Tirso utilizará, en unos casos y en otros, unos elementos literarios que configuran por grupos, a las comedías de enredo. Estos elementos partirán de un hecho externo: su ambientación. Pero este factor, aparentemente superficial, determinará unas características tan específicas que llegarán a alterar la estructura especial de la comedia y, en alguna ocasión, las anteriores normas ya aludidas.

En esta variación, el grupo de comedias de enredo de Tirso se dividirá en palaciegas, villanescas y cortesanas. Las palaciegas son, en realidad, un punto intermedio entre la comedia histórica y la puramente de enredo. Si bien emplea las características estructurales de su género, el fuerte elemento de tipo histórico, que —aunque intencionadamente falso— las adorna, las acercaría, junto con la idealización de los sentimientos, al grupo anterior. Y la presencia incesante de escenas villanescas las enlaza con el siguiente subgrupo, en donde un realismo cotidiano ha alejado la entronización de lo histórico, hasta dar paso al grupo de las cortesanas con su realismo a-histórico, burgués y costumbrista.

Sin embargo, aun dentro de la común denominación de comedias de enredo, la distinta proporción en la que estos elementos cómico-realistas —que las caracterizan— están utilizados, marca inevitablemente una subdivisión en tres grupos, con características definidas cada uno de ellos.

a) Comedias palaciegas son aquellas que se desarrollan entre personajes de la alta nobleza y en el ambiente derivado de ellos: la corte o el palacio. Y, como factor de contraste, numerosas escenas villanescas, como elemento realista puro. De esta ambientación especial nacen las características diferenciales del grupo. En primer lugar, los personajes han de presentar una verosimilitud histórica, derivada de una verosimilitud ambiental.

Naturalmente, la comedia habrá de estar entonces situada en un escenario palaciego que sea extraño, a lo menos, para el español que la contempla: cortes extranjeras, ficticias en su realidad histórica, pero posibles en una acomodaticia y convencional versión de la teoría dramática loperiana de la verosimilitud.

Cuando López Pinciano afirmaba —en su Filosofía antigua poética— que Heliodoro no faltaba a la verosimilitud al narrar las fantásticas aventuras de los no menos fantásticos Teágenes y Clariquea, al ser indemostrable la falsedad e inexistencia y unos y otras, señalaba el camino, contra toda su intención, de una buena parte de la comedia barroca. Lo indemostrado, no por remoto, en este caso, sino simplemente por alejado del campo cotidiano del espectador, que no hubiese aceptado, aun dentro de todos los convencionalismos, el fingimiento,de unas batallas y unos amores entre los personajes nobles de una actualidad española, cuya autenticidad los convierte en cotidianos. Se necesitaba un desplazamiento geográfico. Y las comedias palaciegas transcurrirán en cualquiera de los reinos, principados, ducados o condados europeos, con preferencia italianos, franceses o flamencos. Salerno (Palabras y plumas), Nantes (El Pretendiente al revés), Cléves (Amor por razón de estado), Nápoles (Privar contra su gusto), Praga (El celoso prudente) o tantos otros puntos de la geografía europea, en donde unos personajes fingidamente presentados como italianos, franceses, flamencos o bohemios, desarrollan la particular ideología, temperamento y costumbres de los españoles del XVII.

Ahora bien, siempre en favor de la verosimilitud, esa acción situada convencionalmente en un escenarío extraño estará desprovista de toda alusión concreta a un ambiente geográfico. Si acaso algunas referencias ambientales, limitadas a las condiciones climatológicas en la escena VII del acto II en El castigo del penséque, o en la deliciosa batalla de bolas de nieve de damas y galanes en Quien calla, otorga. Pero, como escenario no conocido, ausencia total de ese localismo concretísimo de las comedias cortesanas, en las que acompañamos a los personajes en sus paseos por la Puerta del Sol madrileña, asistimos a sus citas en la iglesia de San Sebastián, o nos cuentan las jornadas por leguas de camino entre venta y venta de las de Madrid a Toledo.

Pero al hacer desarrollarse el argumento entre personajes fingida y convencionalmente históricos —lejanía espacial—, determinará la aparición de elementos históricamente auténticos o enlazados arbitrariamente con esa autenticidad que prestarían al tema un positivo interés y una mayor verosimilitud.

Tirso, entonces, eligirá por lo común temas y personajes de acreditada popularidad escénica, bien por ellos mismos, o bien por sus relaciones. Para ello, la acción habrá de situarse en España, para mayor refuerzo del interés. Pero necesariamente, entonces, el desplazamiento espacial del primer grupo habría de verse sustituido por un alejamiento temporal, que siga sosteniendo lo verosímil. Pero el fingimiento continúa. Porque utilizada la historia únicamente como elemento reforzador de la comedia, se seguirá su versión auténtica sólo hasta donde al poeta le conviene, para desviarse de ella cuando la trama lo requiere. Dominará, pues, en estos casos, aquel juego histórico que nos explica el mismo Tirso en Los cigarrales, aludiendo precisamente a la parte histórica de El vergonzoso en palacio:

«Pedante hubo historial que afirmó merecer castigo el poeta que, contra la verdad de los anales portugueses, había hecho pastor al Duque de Coimbra don Pedro —siendo así que murió en una batalla que el Rey don Alonso, sobrino le dio, sin que le quedase hijo sucesor— en ofensa de la Casa de Avero y su gran Duque, cuyas hijas pintó tan desenvueltas que, contra las leyes de su honestidad, hicieron teatro de su poco recato la inmunidad de su jardín. ¡Como si la licencia de Apolo se estrechase a la recolección histórica y no pudiese fabricar, sobre cimientos de personas verdaderas, arquitecturas del ingenio fingidas!» (29)

Es evidente que Tirso conoció al detalle la vida y la época de Pedro de Portugal, Duque de Coimbra. Precisamente el período de la historia portuguesa por el que Téllez parece sentir una especial predilección en el reinado de Alfonso V, tanto,en conexión con hechos anteriores —minoría y regencia— como en lo concerniente a sus luchas con Castilla. El reinado de Don Duarte, la regencia del Duque de Coimbra, la mayoría de Don Alfonso, cubren una etapa de particular atractivo dramático, tanto para Tirso como para sus contemporáneos, seducidos por las figuras desventuradas de los hijos de Juan I: el rey Don Duarte, prematuramente muerto; el Duque de Coimbra, muerto en Alfarrobeira por su propio sobrino; el infante Don Fernando, mártir en Tánger, o la interesante figura de Don Enrique y sus grandiosas empresas científicas. Pero Tirso no utilizó estos personajes como elemento primordial de sus comedias, como haría luego Calderón en El príncipe constante, sino como un positivo elemento de incremento del interés de la obra, en lo que a sus,comedias palaciegas se refiere. Dos, concretamente, recogerán, adulterándolos, los sucesos históricos que determinaron la tragedia de Alfarrobeira, para sobre ellos montar una falsa segunda parte de la historia.

El Duque de Coimbra aportaba por sí solo a la obra una ráfaga de leyenda, aventura y misterio, que serían las tres cualidades con que le adornaría el espíritu de los españoles del XVII, familiarizados con su figura a través del opúsculo que relataba sus célebres viajes. O auto ou livro do Infante Don Pedro (1544) —con ediciones castellanas de 1564, 1595 y 1626 y una, posiblemente más antigua: Historia del infante don Pedro de Portugal, el cual anduvo las siete partes del mundo—, obra tan enlazada a la tradición castellana que incluso se le ha supuesto una primitiva redacción en dicha lengua, había convertido la figura histórica del Duque en un caballero andante, a lo libro de caballerías, narrando, entre realidad y fantasía, su peregrinaje de diez años por el mundo conocido de su época, en compañía de doce amigos, caballeresco trasunto de los doce Apóstoles. Tirso no hacía, pues, sino presentar una figura —adulterándola en su historia, ya que no en su carácter— que tenía de antemano ganado el favor y el interés del público, aunque desdeñase en parte sus experiencias de viajero —sólo una referencia a Ulises— para mostrar principalmente su condición de estadista encauzando sabiamente los destinos de Portugal.

En cuanto a su historia real —seguida en su primera parte con exactitud-, es perfectamente conocida del autor. En los mismos Cigarrales declara que sabe perfectamente que no dejó hijo sucesor, no que no dejase hijo,alguno, lo cual indica el conocimiento en que está de la desgraciada historia de la descendencia de Don Pedro. Y no solamente conoce la existencia de sus hijos varones, sino que en Averígüelo Vargas, lleva a la escena la figura de la Infanta Doña Felipa, aunque, contraviniendo la historia, dicha Infanta se case en la comedia, siendo la realidad que murió monja en el convento de Odivelas.

Este conocimiento de la vida y carácter del Duque de Coimbra fue, probablemente, la causa de su predilección especial. Porque pocas figuras de su momento,histórico presentan el atractivo de ésta. Tirso admiraría en él al pensador, al filósofo, al viajero, al gran estadista, al hombre prudente y sabio, benigno y humano, mientras su alma se conmovería ante la gran tragedia que encerró su vida. Ésta es la visión que Téllez, al margen del enredo de la comedia, nos da de su personaje: el noble portugués, leal hasta el heroísmo, que corona a su sobrino en contra de sus propios intereses y enfrentándose a la nobleza, en Averígüelo, Vargas. El filósofo estoico, el pensador resignado, el cristiano paciente ante la desgracia, en El vergonzoso en palacio, en donde Tirso transforma los honores póstumos que se le rindieron —cuando se calmaron las pasiones que hicieron posible la batalla de Alfarrobeira, en la que realmente murió—por la devolución en vida de sus estados, títulos y afecto del rey.

En otras ocasiones no será la presentación de una época o una figura, sino que parte de una inexactitud radical, pero de poética sugerencia, como la de convertir a Don Pedro de Castilla, nieto de Pedro I, obispo de Osuna y de Palencia y leal súbdito de Juan II, en desterrado y aventurero caballero español que logra el amor y la mano de una duquesa italiana, en Amor y celos hacen discretos. Pero la histórica figura del rey Don Pedro —tan reiteradamente dramatizada en el XVII— prestaría indudablemente a las fingidas aventuras sentimentales de su nieto no poco prestigio escénico e interés. Como el prestado a la trama de Siempre ayuda la verdad —aunque de dudosa atribución— por la presencia de Don Pedro de Portugal, el desventurado amante de Inés de Castro, y tantos otros ejemplos de utilización episódico o fingida de sucesos o personajes históricos.

Así como vimos que de la lejanía espacial derivaba la ausencia de notas geográficas de observación personal, y el triunfo de un escenario ideal, artificioso muchas veces, de la lejanía temporal, deriva la ausencia de alusiones concretas a sucesos coetáneos. Y subrayo la palabra concreta porque tanto las alusiones temporales como espaciales coetáneas, tienen —aunque escasa— su representación. Para ello se vale Tirso de dos recursos. En las primeras —acción en el pasado—, de los comentarios del gracioso a temas —casi siempre como factor satírico— de actualidad que, naturalmente, es la actualidad del autor, no de los personajes. Aunque en estos comentarios no figure lo histórico —sucesos— para referirse solamente a lo ambiental —modas, costumbres o nuevas disposiciones—. Y en las comedias que transcurren en un medio geográfico extraño, las alusiones a noticias, tanto geográficas como temporales, en torno a la vida española, se realizan, casi siempre, mediante el recurso de preguntar a un personaje español por las cosas de su patria, como en la relación de novedades madrileñas que hace el gracioso, Chinchilla, en la escena VII del acto I de Quien calla otorga.

Lo mismo que de la índole de los personajes hemos visto que derivan dos características externas de la obra, también en ellos se va a encontrar la explicación del factor interno que las cualifica: el idealismo de los caracteres y de los sentimientos. Lo artificioso caballeresco, que en lo que tenía de esencial y positivo informaba el carácter de damas y galanes españoles, como una realidad social, se ve incrementado literaria e idealísticamente en estas comedias. De tal manera, los personajes pocas veces descenderán de su fiel caballeresco de nobleza. Ese ideal que anima a los protagonistas de El vergonzoso en palacio, o El melancólico, por ejemplo, aun desconociendo su alto origen. Estamos en ellos muy cerca de la idealización psicológica de las comedias de capa y espada calderonianas, si bien Calderón trasladó esta concepción idealista interior a la forma realista de las comedias cortesanas.

Pero dentro de esta idealista matización, los protagonistas —dama, galán— de la comedia palaciega de Tirso obedecen con gran frecuencia a dos tipos psicológicos definidos, derivados fundamentalmente del típico argumento de ellas, ya señalado por Menéndez y Pelayo. La gran dama enamorada, y hasta entonces remisa al amor, que considera éste como debilidad impropia de su dignidad aristocrática y que, apasionada por un caballero inferior, lucha entre amor y orgullo hasta el final. En ella, el amor nacerá casi siempre de un sentimiento distinto y no siempre noble —la envidia de los triunfos amorosos de una hermana, por ejemplo en Amor y celos hacen discretos-— y el capricho, la vanidad y la soberbia de su espíritu confundirán y maltratarán a su elegido que, por contraste duda, teme, cree a ratos en su buena estrella para desengañarse segundos despues de sus ilusiones. Y que más parece a ratos aceptar deslumbrado el amor de la gran dama, que luchar apasionado por lograr el de una mujer elegida y voluntariamente amada.

En cuanto al elemento villanesca que, junto con el seudohistórico, se conjuga a menudo en la comedia palaciega, se bifurca, en su utilización, en dos direcciones: la presentación realista y caricatural, cuando se trata de un elemento puramente ambientador o simplemente episódico, o bien la elevación de lo rústico y villano a lo bucólico-renacentista, cuando este elemento juega un papel en el plano superior de la comedia. El Mireno de El vergonzoso en palacio, como el Rogerio de El melancólico, jamás podrían ser presentados con las notas satíricas de un rústico, no sólo porque su encubierta e ignorada sangre noble lo impide, sino porque ocupan un papel en la comedia que les aleja radicalmente de todo matiz cómico o caricaturesco. Y ese alejamiento impregna de cortesano refinamiento no poco del ambiente villano que les circunda. Análogo proceso de estilización que el efectuado por Tirso en su comedia villanesca más característica.

Dentro de la comedia de enredo —la mitad del teatro tirsista—, el grupo de las palaciegas es el más numeroso. Pero también un grupo de cierta monotonía de recursos dramáticos. Se inaugura la serie con El melancólico, creación de un auténtico carácter, aunque, en parte, la psicología del personaje sea un recurso ficticio del protagonista, que se deriva de la acción, como un precedente —en este aspecto— de Marta la piadosa.

Cómo han de ser los amigos, en que la nobleza idealista ha informado la creación caracteriológica.

El vergonzoso en palacio, ya aludida.

La mujer por fuerza, poco característica, tanto de Tirso como del grupo, sigue el ritmo escénico y estructural de éste, al presentar una meditada arquitectura y un escaso desarrollo de la figura del donaire.

Quien da luego, da dos veces, más «aventurera» que estrictamente dramática, a causa de su origen novelesco.

El castigo del penséque, con escenas de insuperable destreza escénica, como las desarrolladas entre los protagonistas, al querer Diana dar a entender su amor a don Rodrigo.

Quien calla, otorga, su continuación, pero referida ésta a los personajes, no a los acontecimientos.

El celoso prudente, embrión de los dramas de honor, con la presentación de un vigoroso carácter y un conato de venganza por la reparación de la honra.

Amor por señas, de gran enredo escenográfico y de tramoya, en su intriga casi «policíaca» —desde el punto de vista del protagonista, obligado a descifrar un enigma en el que se juega la felicidad—, y con una matizada presentación psicológica-amorosa en los personajes, entre los que sobresale por sus notas originales uno accesorio, Armesinda, precedente, en su condición de niña enamorada, de las figuras de Sancha en Averígüelo, Vargas y Doña Jusepa en Por el sótano y el torno. Presenta, igualmente, la original factura del gracioso, jamás utilizado en la comedia como confidente de su señor.

Ventura dé Dios, hijo, que ya vimos que se relaciona con las comedias cortesanas.

Amor y celos, hacen discretos, sobre la idea de que el amor agudiza el entendimiento —base sobre la que también Lope montó una de sus más deliciosas comedias cortesanas, La dama boba, en que, aparte de informar la acción, se desarrolla esta idea en un bellísimo soneto—, que se concreta en las palabras finales de un personaje... ayo amor al alma mía / ha servido de maestro, / cuyos celos sutilizan mi cortedad ... »

Quien habló, pagó, a la que solamente la falta de autenticidad de los sucesos para convertirse en drama histórico, y con escasa representación, al seguir la estructura de aquéllos —incluso aparecen los augurios—, de la figura del donaire. El final enlaza, más directamente, con las comedias de este grupo.

Palabras y plumas, sobre el mismo asunto —que hallamos en Boccaccio— que El halcón de Federico, de Lope; asunto muy del agrado de Tirso, ya que presenta un triunfo amoroso motivado por méritos personales —ajenos a la riqueza— de nobleza e ingenio.

El pretendiente al revés, con interesantes caracteres, como el del Duque —dentro de su artificiosa y monstruosa psicología—, y el mejor desarrollado de su esposa, y con amplia utilización de elementos villanescos, derivados del argumento.

Esto sí que es negociar, refundición de El melancólico.

Cautela contra cautela, con la posibilidad de una falsa atribución.

El amor y la amistad, de indudable relación con la anterior, sobre el idealista y noble conflicto planteado entre los deberes del amigo y del amante.

El honroso atrevimiento, con unos personajes que ,se transforman en nobles venecianos, con más de alta burguesía que de nobleza; escaso desarrollo de la figura del donaire, y notas de localización geográfica. Todo ello perfectamente atribuible al origen temático novelesco de la obra.

Averígüelo, Vargas, ya aludida en nota anterior.

Del enemigo, el primer consejo, que abunda en largos monólogos —de índole introspectivo en muchos casos—, de bellísima factura, en los que se analiza sutilmente la esencia y complejidades del amor, que culminan, en este aspecto, en la escena primera del acto primero, en que se desarrolla la idea que dará lugar a otra obra.

Celos con celos se curan, que tanta secuela dejó en el teatro de la época; recuérdese El desdén con el desdén, de Moreto, imitación de la anterior.

Amar por razón de estado, sobre el repetido tema de un origen noble ignorado, y los favores de una dama a un caballero de supuesta nobleza inferior.

Siempre ayuda la verdad, mezcla de drama de honra, comedia histórica y palaciega, escrita bajo el influjo literario de la historia de Inés de Castro, que se manifiesta tanto en reminiscencias concretas —la figura de rey Don Pedro— como en influencias temáticas —en la supuesta muerte de Blanca.

La aventura con el hombre, más enlazado con drama heroico o histórico, con curiosas notas autobiográficas de Tirso.

Privar contra su gusto, que se aparta ligeramente del obligado tema de amor, si no en las incidencias, sí en la intención, de la que proviene el carácter del protagonista, don Juan de Cardona, en su ansia de vida retirada, por aislarse de los peligros que supone el favor real.

Amar por arte mayor, de las comedias de más numerosos elementos históricos y seudohistóricos, y una fuerte dosis de ambientación asturiana.

La firmeza en la hermosura, la última obra que nos ha llegado de Tirso con la creación de un bellísimo y noble carácter femenino.

b) Comedias villanescas son aquellas comedias de enredo que tienen por escenario primordial el rústico o pastoril, y con un valor costumbrista definido y primordial. En muchas obras de Tirso, como vimos, encontramos el elemento villanesca. Aparecía en lo hagiográfico-puro (La dama del olivar), en lo hagiográfico-histórico (La peña de Francia, La Santa Juana), incluso en la comedia de tesis teológico; lo encontramos en el drama bíblico (La mejor espigadora) y en el histórico, tanto como elemento ambiental (La prudencia en la mujer) como formando parte integrante de la obra (Antona García); servía de reforzamiento del carácter de Don Juan en El burlador de Sevilla y triunfaba en gran parte de las comedias palaciegas. Sin embargo, solamente en tres comedias está empleado como base esencial de la obra. En ellas, las costumbres y usos villanescos o pastoriles son la parte primordial del argumento. Y en cuanto a éste, se trata del total desarrollo de una acción que representaba una parte secundaria en los otros géneros de comedias: la conquista amorosa de un caballero noble por una aldeana, bellísima y discreta. Este mismo asunto lo ha desarrollado Tirso, por ejemplo, en La elección por la virtud —en unas extraordinarias escenas, plenas de delicadeza, gracia y poesía—, a través de los amores de las hermanas del protagonista y de dos nobles, encubriendo la aldeana una dama ignorante de su noble origen; se encuentra repetido el tema en varias comedias palaciegas (Averígüelo, Vargas; El melancólico ... ), pero es, repito, en tres comedias donde constituye la trama esencial de las mismas: La gallega Mari-Hernández, La villana de la Sagra y Habladme en entrando.

De las tres, la más idealista en la formación de los caracteres es La villana de la Sagra, en la que su protagonista, Angélica, se comporta, actúa y habla lo mismo que los personajes nobles que la rodean. Por el contrario, tanto Mari-Hernández, como Toribia (Habladme en entrando), si bien hermosísimas y provistas de una considerable dosis de discreción natural, se comportan e incluso hablan de acuerdo con su condición, y, lo que colma la medida realista de su creación, en el dialecto propio, es decir, en unos supuestos gallego y asturiano.

Porque, género aún menos delimitado estructuralmente el villanesca que el palaciego, se inclina al realismo costumbrista del cortesano, sin perder parte de las características del anterior. Así, se acercará a la comedia palaciega en su estilización de lo rural y en la utilización de elementos históricos (Mari-Hernández), pero como procedentes, lo mismo que las cortesanas, de una observación personal, abundarán en detalles de localización geográfica tan evidentemente intencionadas que convierten a las comedias en poéticos documentos costumbristas. A través de las tres comedias, Tirso nos dará sus personales sensaciones y experiencias del campo gallego, asturiano y toledano, con sus costumbres —el mallo de Galicia o las canciones de la Sagra-, sus paisajes, o sus vinos. Localización geográfica y valor documental concreto que presidirá, sin altibajos ni interferencias, el tercer apartado de la comedia de enredo tirsista.

e) Comedias cortesanas son aquellas cuya intriga se desenvuelve entre personajes absolutamente realistas, sin estar dotados de historicidad alguna, ni auténtica ni verosímil, y cuya psicología se desarrolla como consecuencia de su concepción realistacon innumerables matizaciones y contrastes.

Escogidos de entre una categoría social intermedia entre la nobleza y el pueblo, responden a lo que hoy llamaríamos alta burguesía: personajes con dinero, limpieza de sangre e hidalguía y, en muchas ocasiones, vivísimos deseos de ascender a una esfera más alta, mediante un matrimonio ventajoso.

Naturalmente, estos personajes a-históricos, en los que, posiblemente, el espectador ve su propio retrato, no necesitan ser trasladados para lograr autenticidad o verosimilitud a escenarios extraños ni a un tiempo distante. De ahí que la primordial característica de este grupo de comedias sea la coetaneidad y la localización geográfica a un escenario conocido. Ambos aspectos —el local y el coetáneo— se aluden tan insistentemente en ellas, que pasarían a constituir auténticas comedias de costumbres, si no fuese otra la intencionalidad del autor.

Este escenario, netamente localizado —excluido, por el carácter del personaje, el villanesca, también directamente observado—, ha de ser necesariamente la Corte o una ciudad importante, en donde la realidad social respondiese, históricamente, a la manifestada en la comedia; un ambiente burgués, mezclado con el confusionismo inherente a un desorbitado aumento de población-característico del Madrid del XVII -. Por ello es lógico que estas comedias, de calles y plazas, de damas y galanes disfrazados, de libertad moral y desenfado, de malicia y travesura, se localicen en su inmensa mayoría en Madrid. Y junto a la Corte, aparecerán Toledo, Sevilla y Coimbra, con sus peculiares características.

La configuración de los personajes, igual que determina el ambiente de la obra, determina también —lo mismo que observé referido a las palaciegas el carácter interno de la comedia.

Si las comedias palaciegas se podían denominar «comedias idealistas» —en terminología actual, «de evasión»—, las cortesanas son particularmente realistas, no sólo en el ambiente, sino en la creación de los personajes. Éstos están constituidos por la mezcla humanísima de factores buenos y malos y, sin descender a lo picaresco —siempre resta un aliento caballeresco y ennoblecedor—, se detallan las menudas y, a veces, mezquinas pasiones que pueden determinar una acción: envidias entre hermanas, vanidades femeninas, rencores, etc...., todo ello en tono menor, al detalle, como una vivísima visión de escenas familiares y cotidianas.

Y este mismo factor realista, de observación natural, que predomina en los personajes, determina un aumento considerable del elemento cómico y satírico, hasta producir la invasión del plano realista, inferior —en que se mueve la figura del donaire a través de los otros géneros—, en el plano superior de damas y galanes, en una transposición de valores, inconcebible en los demás géneros teatrales de Tirso de Molina.

El grupo de comedias cortesanas está constituido por doce de las obras más genuinamente tirsistas: Marta la piadosa, Don Gil de las calzas verdes, La villana de Vallecas, El amor médico, La celosa de sí misma, Por el sótano y el torno, Los balcones de Madrid, No hay peor sordo, Desde Toledo a Madrid, La huerta de Juan Fernández, Bellaco sois, Gómez y En Madrid y en una casa.

Un análisis más demorado de este grupo permitirá cumplidamente el desarrollo de las afirmaciones clasificatorias anteriores, fundamentadas sobre cuatro puntos esenciales: la cualidad de los personajes, el ambiente peculiar, la localización geográfica y la localización temporal.

Estructura general de la comedia cortesana. En líneas generales, la comedia cortesana en Tirso sigue, las líneas estructurales características de la comedia de enredo. Ahora bien, la diferencia con las palaciegas es que en éstas el desarrollo de las circunstancias psicológicas o sociales en que se desenvuelve este tema son de por sí la base de la comedia, provocando, como consecuencia, un fino análisis y estudio del amor, aun cuando sea en el aspecto más noble e intelectuailista del alma humana.

Cargadas, por el contrario, las comedias cortesanas de una fuerte dosis de realismo cómico, el mismo tema amoroso alcanzará unas características propias, que motivarán la variación estructural de la comedia. Obras como Desde Toledo a Madrid, o Por el sótano y el torno, presentando el amor de los personajes nobles casi únicamente desde el punto de vista cómico o satírico, serían inconcebibles en el aséptico e idealizado ambiente de las comedias palaciegas. En éstas, el galán podrá fingirse el secretario de la dama, pero nunca el barbero que va a sangrarla, o el arriero que la acompaña corriendo al lado de su mula. Y la dama podrá, arrastrada de su pasión, enamorarse de un hombre de posición social mucho más baja, pero su amor no se usará como motivo irónico y cómico, como cuando en una comedia cortesana una joven viuda, movida del mismo impulso, intente un segundo matrimonio. Y como otra de las consecuencias, las escenas amorosas en las comedias palaciegas estarán animadas de un lirismo poético grande, o de un sofisticado y sutil discurrir conceptual, como lo están de ternura y gracia —no comicidad— en las villanescas. Pero a veces encontramos en las cortesanas que esas mismas escenas son un motivo más de comicidad —derivada de la situación—, como las que representan la graciosa hipócrita Marta la piadosa, y su fingido licenciado Berrio, a veces ante el propio padre, en que hasta la misma lengua latina les sirve para decirse ternezas o apaciguar sus celos. Y esta comicidad influirá en la presentación de los dos planos en que la obra está concebida, circunstancia que afecta aún más a la estructura de aquélla.

Porque la norma general de la noble función estructural de los dos planos de la comedia de enredo desarrollo de la trama amorosa, ausente de elementos cómicos; caricatura burlesca del plano superior y desarrollo de las escenas cómicas —se ve notablemente alterada en múltiples ocasiones en la comedia cortesana, produciéndose una intersección entre ambos planos, generalmente contrastables y paralelos.

De una parte, se producirá la elevación de la figura del donaire, convertido, por ejemplo, en Marta la piadosa, en amigo y compañero, no criado, del galán. Y por otra, el personaje noble asumirá el papel cómico, generalmente encomendado al gracioso; papel cómico que derivará no sólo de las situaciones de la trama, sino de la misma personalidad —fingida o verdadera— del personaje.

El ejemplo típico de ello lo tenemos en Desde Toledo a Madrid. Esta obra, cuyo primer acto está tomado de un texto novelesco —Los Cigarrales—, gira bruscamente de inspiración al iniciarse el acto segundo, con el comienzo del ardid usado por don Baltasar, que para poder seguir a doña Mayor en su viaje de Toledo a Madrid, se disfraza de sobrestante de ganados, de los alquilados por el padre de la dama para dicha jornada.

Pero la originalidad no reside en el hecho en sí, sino en la manera de tratarlo. Por lo pronto, la auténtica figura del donaire, casi se esfuma. Durante el acto primero cobra importancia solamente en aquellas escenas que se relacionan con el conflicto secundario —antiguos amores de don Baltasar—, y no con el principal (escena IV, acto I). En el acto II, en dos escenas, y también secundarias (IX y X). Y solamente en la escena V del acto III cobra su categoría de gracioso, cumpliendo todos los requisitos de su papel; amores con la criada, escenas cómicas, chistes y retruécanos en el lenguaje, intervención en la acción.

Por el contrario, don Baltasar, moviendo los hilos de la acción, se ha deslizado fuera de su plano: socialmente, adopta un disfraz de villano, y como tal se comporta, no escatimando los efectos cómicos que puedan derivarse de su fingida personalidad: modos, usos y lenguaje. Estructuralmente, provocando la comicidad de la obra, por medio de situaciones en que él mismo pasa a ser figura cómica, como las escenas de las fingidas bodas o sus peleas con su rival don Luis. Y solamente, en las escenas a solas con doña Mayor, pierde este carácter cómico —derivado de la situación y de la persona—, para volver al cortés caballero del primer acto, pero conservando leves detalles de su fingida personalidad, como cuando explica a doña Mayor, en la escena XIII del acto II, el ardid de que se ha valido para espantar a la mula, en notas de casi grosera comicidad, en fortísimo contraste con el bellísimo y poético lenguaje del primer acto, en que don Baltasar expresa su admiración extasiado ante la hermosura de doña Mayor.

Pero párrafo con la belleza lírica y la noble expresión de aquél, no lo volvemos a encontrar en boca de don Baltasar en ningún momento de la comedia, a partir del acto II, en que disfraza su personalidad. El plano noble se ha interferido con el villano y ha adquirido de éste un realismo cómico en situaciones y lenguaje. De este mismo hecho derivará el que sea esta comedia la más rica en la valoración de lo cotidiano.

Si bien es Desde Toledo a Madrid el ejemplo más característico, no faltan en otras comedias indicios —más leves— de la mezcla de funciones de los dos planos de la comedia. Ya apunté los casos de Por el sótano y el torno, con las notas de realismo cómico que se agrupan en doña Bernarda, la viuda, y en el caso más característico de Marta la piadosa, en que el gracioso ha subido tanto de categoría que encarna en Pastrana, a quien da la réplica doña Inés, en quienes se dan tan confusas y veladas las actitudes, usos y lenguaje propios de su plano en la comedia, y clase social en la realidad de ella, que tardamos bastante en darnos cuenta que se trata de un amigo del galán y una prima de la dama, respectivamente. Y en cuanto al realismo cómico de la obra, tan encomendado está a ellos como a los dos protagonistas.

Ahora bien, lo usual en otros casos es que, lo mismo que en el resto de las comedias de enredo, los dos planos están tan determinados en la estructura de la obra como en su delimitación de funciones. En este caso la comicidad que derive del plano superior provendrá siempre de las situaciones —Don Gil de las calzas verdes, La villana de Vallecas, La celosa de sí misma, No hay peor sordo— creadas por el ingenio de un personaje, pero no porque en ellos se encuentran matices caricaturescos. Y al encomendar al plano inferior los matices de comicidad que deriven de actitudes, palabras, opiniones y tipos humanos, se le encomienda al tiempo uno de los elementos accesorios de la comedia: la sátira, siempre con matiz humorístico, elemento dramáticoliterario que amplía -las funciones, dentro de la estructura interna de la obra, de la figura del donaire.

Por lo que respecta a los recursos escénicos de que se vale Tirso, y por ende sus personajes, bien para plantear la intriga, bien para resolverla, se reducen casi a uno solo. Si excluimos las dos comedias dudosas —En Madrid y en una casa y Los balcones de Madrid—, solamente en una, Por el sótano y el torno, se confiere a la tramoya un papel primordial en el enredo o intriga. En el resto de la comedia se limita a un único recurso: un fingimiento de personalidad.

Ahora bien, este fingimiento puede afectar a la condición moral, social o incluso física, en lo concerniente a la salud del individuo. Ejemplo del primer caso sería Marta la piadosa; del segundo, Desde Toledo a Madrid, La Huerta de Juan Fernández y La villana de Vallecas, en los personajes de don Baltasar, don Hernando y doña Violante; y la doña Lucía de No hay peor sordo, fingiendo su dolencia en cuanto conviene a sus propósitos, en el tercero de los casos.

Más numeroso, aunque sin la trascendencia escénica de los ejemplos anteriores, es el caso de fingimiento de personalidad, mediante la ocultación del personaje, femenino naturalmente, por un manto o similar. El recurso se emplea una y otra vez, varias veces en la misma obra, y es probablemente el de más perduración en el teatro posterior a Tirso, triunfando plenamente con Calderón. Tiene, como es lógico, un matiz menos novelesco y sí mucho más realista que el anterior. Este realismo, que le entronca con un estado social o ambiente de la época, en donde el manto es un hecho y no una invención dramática, es el gran método utilizado en las comedias cortesanas, en su observación de la vida cotidiana transcurrida en un ambiente ciudadano. Este recurso escénico es el que juega un importante papel en obras corno La celosa de sí misma, En Madrid y en una casa, y en algunos episodios de El amor médico y No hay peor sordo. En las cuatro comedias la dama, oculta bajo su manto, lleva a cabo sus propósitos fingiéndose la persona que conviene a sus designios.

Pero es, tal vez, un tercer aspecto de este recurso escénico el que ha dado a Tirso un sello característico, por la profusión con que lo emplea, y la desenvoltura, desparpajo, travesura y gracia que le confiere. Me refiero al fingimiento de personalidad, mediante el disfraz. Fuera de casos aislados, como el presentado por la doña Jusepa de Por el sótano y el torno o la Ortíz de En Madrid y en una casa, en este tercer aspecto el recurso escénico casi se reduce a una sola forma o circunstancia: la mujer disfrazada de muchacho, que mediante este disfraz obra en consecuencia, con la libertad deseada.

Que este recurso escénico era algo extendidísimo en toda la comedia española de la época, es algo que se prueba con el mero hecho de lanzar una ojeada sobre el vastísimo mundo de ésta. Toda la escuela de Lopc abunda de tal manera en este recurso, que su uso se criticaba como una de tantas normas irregulares, como se le imputaban a la comedia española, en la lucha preceptista que hubo ésta de afrontar, y en la que el mismo Tirso tomó parte con su defensa de la comedia contenida en Los Cigarrales. Y el agrado con que el público contemplaría a estas damitas disfrazadas nos lo demuestra, sobre su profusión en la escena, las repetidas disposiciones que prohibían su actuación o que especificaban el vestido tan alejado de un realismo escénico, que el disfraz no pasaría de un mero convencionalismo de ambientación escenográfica, y con el cual lo que se perdía en verosimilitud se ganaba en moralidad (30).

En Tirso, el número de damas disfrazadas, si no es muy grande, anima en cambio sus comedias más populares, y alcanza en ellas matizaciones propias. Solamente aparece en una comedia palaciega —Averígüelo Vargas—, para pasar a constituir elemento argumental típico de las cortesanas. En Don Gil de las calzas verdes y en Bellaco sois, Gómez, tenemos el ejemplo de la damita enredadora, transformada en un bellísimo galán, casi un niño en su aspecto —como es lo natural, y como bien recalcan los demás personajes con sus palabras—, pero con tal gracia, ingenio y atractivo, que trastorna los sentimientos amorosos de la dama a quien pretende su amante. La travesura y el donaire son sus características.

Este mismo disfraz se utiliza en La huerta de Juan Fernández aplicado a la criada de la dama, que de labradora se transforma en lacayo, pero el personaje en esta mutación queda notablemente desdibujado psicológicamente.

Un caso aparte y de especial interés es el que anima El amor médico. Aquí la dama, a sus dotes de ingenio, belleza y travesura, une sus excepcionales científicos. Mujer instruida desde niña, ha cursado una enseñanza universitaria y es una apasionada del estudio de la medicina. Así pues, a su audacia, ánimo decidido e inteligencia, une un recurso eficacísímo para su transformación, y la sevillana doña Jerónima se convierte en el más pedantesco, caricaturesco y delicioso doctor portugués que, al tiempo que cura los cuerpos, enamora las almas de sus pacientes. Aislándose de la intención satírica del tipo -como una más de las sátiras de época sobre los médicos -, sobresale uno de los tipos de mujer y uno de los recursos estructurales más graciosos y mejor desarrollados ;de todas las comedias cortesanas de Tirso de Molina.

En estas comedias cortesanas, los argumentos —cuya reiteración ya he indicado— quedan en inferioridad de perfección respecto a los episodios y recursos estructurales estudiados, sólo comparables a la altura dramática de los personajes. Argumentos y personajes que, fuera de la estructura escénica de la obra, constituyen los elementos literarios básicos de la. comedia.


Elementos literarios de la comedia cortesana. Los personajes de la comedia cortesana responden siempre a una clase intermedia entre la alta aristocracia y el pueblo: los hidalgos. Los distingue una limpieza de sangre, una nobleza de origen y determinados bienes de fortuna, aunque, a veces, no falta el tipo de hidalgo pobre. En varias de estas comedias el protagonista se dispone a realizar un ventajoso matrimonio cuando sus proyectos económicos se van truncando por un lance amoroso que supera su materialismo: don Melchor, el imaginativo e idealista leonés de La celosa de sí misma; don Gabriel, el práctico y «corrido» sevillano de En Madrid y en una casa; y no está muy provisto de fondos el segundón poco escrupuloso que, en la figura del decidido den Gabri 1 de Herrera, se presenta en La villana de Vallecas. Pero todos ellos se mantienen siempre dentro de unas normas de hidalguía y caballerosidad inherentes a su nacimiento. Amor, hidalguía y patriotismo —traducidos en lealtad a la Monarquía— son las divisas fundamentales bajo las que se conducen. Viven de sus rentas, y al iniciarse el juego escénico no es raro hallarles que vienen de servir con las armas a la Patria, en Flandes, o en Cataluña, o en Italia.

Como contraste, se levanta en estas comedias de Tirso el tipo de galán joven y cortesano que dilapida hacienda y juventud en una frívola ociosidad que, sin embargo, no supone, en esencia, la pérdida de aquellas cualidades que exigen los conceptos de honra e hidalguía. Esta juventud hará exclamar a Tirso en No hay peor sordo:

Desatina
la ociosidad viciosa
de juventud baldía y maliciosa
(escena VIII, acto II).

Se trata siempre de un tipo de galán a la moda, con ciertas características comunes, que gráficamente es retratado por uno de los criados en La villana de Vallecas, al enumerar en la escena primera del primer acto las ocupaciones que llenan cotidianamente su jornada.

Ni podía faltar tampoco en la galería social de galanes de Tirso el tipo de caballero indiano que viene a España a contraer matrimonio, bien por ser hijo de un viejo amigo del padre de la dama —como el don Pedro de Mendoza de La villana de Vallecas— o porque su familia se ha trasladado a la Corte —como el don Jerónimo de La celosa de sí misma—. Y junto a ellos el tipo de indiano viejo, que cansado de luchar y trabajar fuera de España vuelve a ella y pretende sazonar su ancianidad con la compañía y amor de una damita joven —Marta, la piadosa, Por el sótano y el torno—, recreando con ello el viejo planteamiento escénico de el viejo y la niña. Característica inseparable de estos personajes indianos o peruleros es la cuantiosa fortuna que unen a su ancianidad.

En cuanto a las damas que animan con su presencia la escena tirsista, vienen a significarse en parte por representar un tipo de doncellas cortesanas de la época. Alejadas del ambiente de palacio, por su condición social, viven bajo la autoridad de un padre o hermano y dentro de la relativa libertad doméstica que caracterizan sus costumbres cotidianas. Su vida y costumbres, que quizá fuera más precisc. distinguir, como ideal de vida que como realidad social, se condensa en aquella enumeración de la escena V del acto II de La villana de Vallecas, especie de satírico decálogo costumbrista a cuyo cumplimiento aspirará toda dama cortesana.

Presentan, como una auténtica realidad socia en este caso, la total sumisión a los deseos paternos, ya que entran en el terreno del fingimiento literario los ardides y embelecos que utilizan para librarse de esa sumisión, en cuanto a la elección de marido. Fingimiento literario que dio lugar al tipo de discreta enamorada, de tan hondo arraigo en nuestro teatro. Pero otras veces, ese fingimiento o alteración de la realidad se extrema hasta presentarnos el típico caso de la mujer decidida y astuta que utiliza el ardid del disfraz masculino para ir en seguimiento de su galán y ganarle, con sus embrollos más que con su pasión, para sí misma. Amplio grupo de damas vueltas en mozalbetes, tan típicas del teatro de Tirso, y de tan poca realidad social, como lo demuestra el hecho de citarse como extraordinario dentro de la época el caso curiosísimo de doña Feliciana Enríquez de Guzmán, posible modelo real de la dama disfrazada de El amor médico.

Pero con estas características sociales, tanto las damas como los galanes cortesanos de estas comedias están bajo un mismo molde realista de observación psicológica. Si los sentimientos de los personajes de las comedias palaciegas estaban ennoblecidos literariamente, hasta cubrirlos de un levísimo velo de idealización, en éstos dicho velo sólo alcanza a las fórmulas de cortesía inherentes a su condición social.

Bajo esta fórmula de observación cotidiana, de matización detallista de las facetas vulgares de un carácter, de los detalles expresivos de una psicología, se desarrollarán muchas escenas de las comedias. Nada más lejos, por ejemplo, de una idealización sistemática de los sentimientos, que los diálogos cruzados entre las protagonistas de No hay peor sordo, o Marta la piadosa, cuyo tono continuo de mala intención y realista franqueza constituye el desarrollo escénico, sin atenuamiento lingüístico ni psicológico de una idea —la envidia entre hermanas—, que en las comedias palaciegas no pasa de un cauto esbozamiento sin posterior desarrollo, como en las iniciales escenas de El celoso prudente o Amor y celos, hacen discretos.

Junto a estos personajes hidalgos, cortesanos y burgueses, se mueven todas las figuras que, contrapuestas a ellas, forman el plano estructural interno de la comedia: criados, lacayos, labriegos, mozas de mesón, venteros, arrieros, dueñas, doncellas de labor, etc., que, en una inmensa y variadísima galería de tipos populares, rodea a los personajes centrales de la comedia. Concebidos dentro de una tónica de observación realista —aun sin llegar nunca al imaginativo naturalismo de la picaresca—, se destacan, lo mismo que en los demás tipos de comedia de enredo, dos personajes fundamentales: el criado o lacayo del galán, y la criada o doncella de la dama. con fuerte derivación a veces al tipo de tercera, como la Mari-Ramírez de Por el sótano y el torno, cumpliendo a veces una misión estructural en la comedia —descendiente adulterado del confidente clásico—, que en las palaciegas está encomendada, casi siempre, a un personaje de elevada calidad, prima, hermana o amiga de la protagonista.

Pero incluso en sus personajes meramente ambientales no es únicamente como valor de contraste o de telón de fondo como se emplea todo este mundo realista inferior. Utilizado en las comedias cortesanas casi únicamente como elemento cómico, se eleva a veces al plano superior de los hidalgos, y éstos pasan a ser en ciertas circunstancias elementos cómicos también. Así, el recurso empleado por Tirso en tres de sus comedias cortesanas —Marta la piadosa, La huerta de Juan Fernández y Desde Toledo a Madrid—, de disfrazar al galán de villano, personaje de muy inferior categoría social, adquiere la comicidad de escenas de Desde Toledo a Madrid, en donde la delimitación de oficios y clases sociales se utiliza no ya estructuralmente, sino como recurso cómico, cuando el noble don Baltasar de Córdoba, disfrazado de «sobrestante de ganado», hace la «apología» de su oficio, al oírse llamar mozo de mulas.

Una segunda característica que, junto a la calidad de los personajes, ya señalada, delimita y da específico carácter en Tirso a sus comedias cortesanas, es la ambientación. Por este segundo aspecto, sus comedias adquieren un valor extraordinario en cuanto que reflejan un vivir cotidiano de la época, a la que, en gran medida, sirven como documento. Enraizados sus personajes profundamente en una realidad. que los sujeta, asistimos en el tablado de la comedia tirsista, con más pormenorización que en otros autores dramáticos, a la representación o reactualización de escenas cotidianas en su época que desfilan matizadas hasta en los más nimios detalles, que denuncian en sí mismos la más detenida, observación. Esta observación y fijación de la realidad quedo expresada, incluso, en detalles de pura descripción climatológica. Así, en Los balcones de Madrid se inicia la acción con una escena de vivo sabor cotidiano, reflejada en una exclamación, sobre la temperatura de una noche invernal:

No vi noche más clara y agradable,
el diciembre se ha vuelto en mayo afable.

Y en No hay peor sordo, se suceden las observaciones del mismo tipo: «Hizo esta mañana niebla... / Es ya. tarde y hace frío... / Viendo la niebla que hacía / te fue forzoso quedarte / en su posada esta noche ... », etc.

Este valor cotidiano se convierte en las mismas situaciones. Cuando en Desde Toledo a Madrid —comedia tan plagada de observación de la vida cotidiana, que es todo un documento de época sobre los viajes— la pareja protagonista se pierde de noche por los campos de la Sagra, aparecen en escena doña Mayor en zapatillas; don Baltasar trayéndole los chapines, en donde lo cotidiano adquiere un tono de gracia y frescura realista extraordinario. Desde luego, los trigales de la Sagra no es el terreno más a propósito para que ande la dama con sus doce suelas de corcho en los chapines. Esos mismos chapines que hacen tropezar a doña Jusepa en un bache de la Puerta del Sol, en Por el sótano y el torno, lance de la «niña tropezona», como se la llama en la comedia, enciende la indignación de su hermana mayor, ya que oportunamente se ha indicado que las damas van con mantos y en chapines bajos.

Y junto a las alusiones a los chapines, las innumerables modas y afeites femeninos. En la misma obra citada, el lacayo, disfrazado de buhonero francés, ofrece su surtido de baratijas, con todo su arsenal de lo que hoy llamaríamos «artículos de tocador», como una lejana reminiscencia de las páginas de El Corbacho y dando, con sola su enunciación, la razón a Fray Luis de León, cuando aconsejaba a sus coetáneas que se lavaran con agua clara todo el rostro «y las orejas, y dentrás de las orejas también». O la descripción minuciosa de una alcoba femenina, con los enseres propios de una dama elegante, en la primera escena de Desde Toledo a Madrid. O el dolor de cabeza que le produce a la dama de No hay peor sordo un lavado de cabeza, de noche, y con la lejía pasada.

Estos pormenores de la vida diaria, salpicados a todo lo largo de las comedias, alcanzan a algo tan cotidiano como es la gastronomía. Sin aludir a los numerosísimos elogios de los distintos vinos, puestos en boca de los graciosos, el elemento ambiental costumbrista llega a algo tan cotidiano y concreto como puede ser una receta de cocina:

Acompáñale un jamón
de Molina, y os prometo
que a Rute y las Algarrobillas
se las apuesto.
. . . . . . . . . . . . .
Cocióse éste en vino blanco,
clavos, canela, romero,
y está tierno como con agua.

Y como se trata de una comida provista para un viaje, se nos explica la manera de conservar con su frescura el vino y el agua:

Traemos
con cuatro frascos de vidrio
agua, vino y nieve en ellos,
un corcho de Zaragoza
[por donde ha pasado el viajero]
que, empegado por de dentro
y de vaqueta el ropaje,
juzgo que no echaréis menos
cantimploras cortesanas.

Al tiempo que completan la comida los personajes (de Bellaco sois, Gómez) con:

Vitola o ternera en pan;
del mismo modo un conejo
y una caja para postre.

De una manera parecida se alude a los platos que se encuentran en las posadas en Desde Toledo a Madrid, y a los que los viajeros llevan consigo: «vaca salpimentada, palominos, fiambre y ensalada»; el agua de pozo supliendo la falta de agua de nieve —nieve que ya se vende en Madrid en 1614, fecha de redacción de Marta la piadosa—, cuando no la llevan los viajeros que, junto con la comida, han de transportar las ropas de cama cuando desean una cierta pulcritud. Dentro de estos cotidianos menús de viajeros, cobra por ejemplo un carácter especial el que aparece en La villana de Vallecas, por introducirse junto a los platos típicamente castellanos o españoles otros americanos, como una nota de exotismo dentro de lo cotidiano. Y así, tras de informarnos de que las aceitunas se conservaban en vino y que se tomaban de postre, se añade la enumeración de una serie de £rutas, cuyo exotismo culminará en la máxima nota americanista de la mención del tabaco.

A veces, la representación de lo cotidiano, realista, no se limita a relaciones u observaciones, sino que informa escenas enteras como el acto de recibir una visita que no se espera en Don Gil de las calzas verdes, o la molestia de haber prestado el coche a una amiga y estar esperando, a la puerta de la iglesia, a que regrese, en un día lluvioso, en No hay peor sordo (escena V, acto I), o la relación costumbrista de una partida de naipes, jugada a jugada, en Bellaco sois, Gómez (escenas II y III, acto I). Se nos dan curiosos datos sobre el cobro de libranzas, al tiempo que se nos habla de un tal Agustín Solier de Camargo, mercader de la puerta de Guadalajara, con muchos visos de autenticidad, en Don Gil de las calzas verdes, y tantos y tantos detalles que enlazan fuertemente estas comedias cortesanas a un ambiente concreto, de observación de la vida cotidiana. y diaria, trasladada a la escena con arte prodigioso de frescura y ligereza.

Pero la concreción realista de las comedias cortesanas no se detiene aquí. Así como de la categoría social de los personajes, y su realismo psicológico, derivaba el valor cotidiano ambiental de las comedias, de esta cotidianidad saldrán lógicamente las otras dos características fundamentales de las comedias cortesanas: su localización geográfica en un escenario directamente observado y su localización temporal en un determinado momento. El primer factor determinará la casi limitación de los escenarios a los urbanos, de ciudades populosas, ambiente habitual de los personajes que animan este grupo. El segundo determinará una coetaneidad al autor, ya que el costumbrismo de estas comedias está absolutamente desligado del costumbrismo arqueológico de un posterior romanticismo. Pero ambos factores cobran tan particular importancia en las comedias cortesanas, que pasan a ser no ya un motivo distinto, sino un elemento literario, secundario, pero de profunda vitalidad. La localización temporal en lo coetáneo derivará a un peculiar empleo de la historia —historia ya para nosotros, no para Tirso— como suceso «periodístico» que seguirá una línea ascendente que va desde lo de menos trascendencia —la enfermedad de Felipe III, en La villana de Vallecas— a la exaltación patriótica, motivada por el asalto a Cádiz por los ingleses, en No hay peor sordo. En cuanto a la localización geográfica, alcanzara. tales dimensiones, que los distintos escenarios cortesanos se utilizarán —Madrid, por ejemplo— no sólo como fondo ambiental, sino como razón estructural de la comedia.

Elementos literarios de localización temporal. Si la valoración de lo cotidiano será una de las normas esenciales de la comedia cortesana, es precisamente esta valoración de donde arrancan los tres elementos específicos de que se vale Tirso para enraizar la comedia a una coetaneidad: la alusión a sucesos históricos, la descripción de escenas costumbristas y la sátira de esas costumbres.

Cuando lo cotidiano se localiza en un momento temporal definido, se esmaltará la acción de alusiones a sucesos de actualidad, en que lo aparentemente histórico se considerará casi noticia periodística, que irá de la anécdota más nimia —una disposición que afecte a la moda, por ejemplo— a la relación de un hecho histórico de trascendencia nacional.

En esta gradación existirá un punto medio, marcado por las referencias a sucesos públicos, pero que no alcanzan una total situación histórica. De este tipo sería, por ejemplo, la descripción de la salida anual de los Reyes, el día de San Blas, 3 de febrero, a la Ermita del Cerro de su nombre, descripción perfectamente ensamblada en el argumento de En Madrid y en una casa, o la noticia, más acentuaclamente periodística, de la convalecencia de Felipe III, de tan claro valor informativo, que está puesta en boca de un personaje de La villana de Vallecas, que, en pura lógica, no lo puede saber ya que, lo mismo que su interlocutor, ha estado todo el día viajando por el camino de Valencia a la Corte.

Pero donde este sentido periodístico resplandece más —como una característica de nuestro teatro nacional— es en las relaciones de sucesos históricos que han ocurrido fuera de las fronteras naturales del país, y que el público conoce —erróneamente en ocasiones— por noticias, relaciones impresas y exageraciones del vulgo. Naturalmente, estos hechos, fuera ya de una órbita cortesana para pasar a ser de trascendencia nacional, se detallan no sólo con afán periodístico, sino en un auténtico tono de exaltación patriótica. En estos casos la Historia —como coetaneidad— no se emplea como fuente primordial de inspiración como en el drama histórico, o como refuerzo de la trama como en la comedia palaciega, sino al servicio de una idea nacional, de que el público participe de los triunfos españoles por medio de un conocimiento y una exaltación. Y si en las alusiones «cortesanas» a sucesos de palacio se transparentaba la devoción al Rey, como símbolo de la idea monárquica y como portador de unas virtudes —en el caso de Felipe III, el adorado por sus súbditos—, en las relaciones de sucesos de resonancia histórica, en el sentimiento mesiánico del pueblo espaílol de la época, lo que sobresale es la exaltación del gran coloso, del gran «león dormido» que es para los españoles el Imperio Español. Imperio y Monarquía, como columnas de su fe política, cerrando los ojos a tantos quebrantos de los cimientos del edificio ideal construido, a pesar de los avisos de cerebros privilegiados.

Característico de este empleo de la historia, con valor periodístico, actualizador y patriótico, con absoluta veracidad en los hechos descritos, es, por ejemplo, la relación al asalto a la Mamora, en la escena II del acto II de Marta la piadosa.

Ya en el acto anterior (escena I) hemos asistido a los preparativos del asalto, del cual se habla en futuro: «Y salga Jarife o Muza / con la morisca galgada ... » «Pues toda la corte veo / que se parte a la Mamora.»

Y tras la vuelta del Alférez, testigo presencial, del hecho, la puntual relación del asalto, restableciendo una verdad deformada por el pueblo.

Esta «verdad» tirsista ha sido contrastada modernamente con la verdad histórica, por Gustavino Gallent. Las conclusiones a que llega son terminantes:

«No es sólo exacto el poeta en el número de barcos, en el de combatientes o en la fecha; lo es en casi todos los detalles, hasta en los más nimios. En ciertos personajes el relato parece más bien la versificación de una de aquellas hojas volantes que con el nombre de Relaciones circulaban a raíz de los acontecimientos memorables.

»Naturalmente, la libertad poética y el público a quien iban dirigidos los versos permiten y explican que en otros pasajes se abulten y exageren ciertos detalles: número de enemigos, cifra de moros muertos, etc.

»Solamente un episodio adquiere en Tirso mayor desarrollo que en las reseñas históricas contemporáneas: el referido en los versos 211 a 278. Y esa ampliación es un acierto dramático y poético del mercedario inmortal. El sentido teatral de Téllez capta el único incidente de valor dramático que hay en la empresa y lo desarrolla magistralmente, dándole todo el encanto de un romance fronterizo.

»Sin embargo, los hechos fundamentales del episodio están comprobados en los relatos históricos de la época: Tirso únicamente mueve más la escena y le añade intensidad con algún detalle romancesco (31)

Ejemplos parecidos podríamos aducir con las referencias al asalto a Cádiz por los ingleses en No hay peor sordo —lo mismo que en la comedia villanesca Habladme en entrando—, y a la guerra de la Valtellina a que se alude en Desde Toledo a Madrid y La huerta de Juan Fernández, con un riguroso valor de coetaneidad. En ellas, la autenticidad o fidelidad a los hechos, oon ser absoluta, no es tan palpable, ya que no se trata de una relación de ellos, sino de una utilización en la trama —La huerta de Juan Fernández—, o del comentario sobre ellos. Sobresale en este comentario, bastante más que en Marta la piadosa, el tono de exaltación nacional, con proféticas amenazas a los enemigos de España, y un incondicional espíritu de entrega a la empresa nacional. Así, en No hay peor sordo, se presenta esta disposición patriótica, desde lo anecdótico, en la relación del caballero de Calatrava o de Santiago que marcharon a pie en dirección a Cádiz, por no hallar cabalgadura, hasta la incondicional entrega:

Pruebe Felipe a llevarnos
a la isla blasfema, y deje
a España el cargo, que toma
a su cuenta darla el pago
(escena I, acto I),

observando que esta exaltación patriótica se enlaza con el sentido mesiánico de su quehacer histórico: el enemigo es «el hereje», Inglaterra, «la isla blasfema», por lo que el español se siente providencialistamente amparado por la Divinidad. Este sentido providencialista y mesiánico de su historia será el que imprime Tirso a la bella fábula del león, en sus alusiones a la cuádruple coalición de Saboya, Venecia, Holanda y Francia, invadiendo territorios españoles, y a las enérgicas actuaciones del Duque de Feria, gobernador de Milán, en una larga relación del acto tercero de Desde Toledo a Madrid. Junto a esta localización histórica, y como elemento mucho más mezclado con la trama, descuella el aspecto costumbrista de las comedias cortesanas, el más señalado por la crítica, junto con el caracteriológico.

Localizadas fuertemente en un momento histórico y a un escenario concretísimo, e inspirados sus elementos ambientales en una observación realista, la aparición de escenas costumbristas —dentro de las comedias era la consecuencia lógica e inmediata. Las costumbres madrileñas, por ejemplo, cobrarán una fuerza escénica enorme. Pero nunca bajo un matiz puramente descriptivo, sino esencialmente dramático, al estar desarrolladas en función de la realidad viviente de los personajes: afluencia de damas y galanes al convento de la Victoria, como iglesia de moda; paseos por el Prado; uso de los coches; cenas a orillas del Manzanares; meriendas y fiestas en la Huerta del Duque o de Juan Fernández; alquiler de coches, sillas y escuderos en la Plazuela,de Herradores o en la Puerta de Santa Cruz; datos curiosos como el declararse que los objetos perdidos se llevaban a la Merced y a la Trinidad, etc. Todo un mundo costumbrista, enraizado a un ambiente localista determinado, desarrollado en las frases y acciones de los personajes.

Sin embargo, hay dos momentos en las comedias cortesanas en que la pura descripción costumbrista no está en función única del personaje o de la trama de la obra. Me refiero a la innecesaria descripción de la fiesta de los toros en Marta la piadosa, y al cuadro vivísimo de costumbrismo popular del cruce de los carros toledanos y madrileños en el camino entre ambas ciudades, en Desde Toledo a Madrid.

El primero está unido a la trama por un viaje de los protagonistas a Illescas. La fiesta de toros, naturalmente, se describe mediante las voces y música que llegan al escenario, y las reacciones y acciones de los personajes que actúan en él: don Felipe, Pastrana y el Alférez, tomando parte en la fiesta o corrida. La vivacidad y frescura de la escena es extraordinaria, y en los graciosísimos comentarios de Pastrana aparece, curiosamente, una evidente actitud antitaurina en Tirso.

Pero si esta escena está relacionada más o menos forzadamente con la trama de la obra, en Desde Toledo a Madrid el cuadro costumbrista está absolutamente desligado del argumento.

Se trata de una vivísima escena popular, desarrollada en el camino de Toledo a Madrid, en una mezcla de canciones populares, de insultos cómicos, de alusiones satíricas, con un elevadísimo valor documental sobre los pueblos inmediatos a la Corte.

Escena popular cuya gracia, frescura, viveza y expresividad arrebata al propio Tirso que, al introducirla en la comedia, lanza al final, por boca de Carreño, una entusiasta declaración de afecto y de entusiasmo, en la que reúne sus dos grandes amores de «patria chica».

Pero no siempre las costumbres españolas son objeto de este rendido entusiasmo por parte de Tirso. Por el contrario, en el empleo del elemento costumbrista encuentra Téllez un motivo de exposición satírica las más veces. Y junto a las acciones de los personajes, coloca siempre el contrapunto de las observaciones del gracioso que, bajo sus juegos de comicidad, esconde un auténtico, aunque rastrero, reformador social. Ahora bien, al poner Tirso de Molina en estas comedias el elemento satírico casi al servicio de un efecto humorístico, la sátira normalmente se desorbita, sin alcanzar efecto moralizante alguno, pues pasa a ser en muchas ocasiones una visión caricaturesca de la realidad, en donde el desenfado y el humor ha sustituido a la gravedad del reformista.

Por este prisma satírico-humorista que, como el rayo de luz al atravesar un cristal curvado, deforma la imagen proyectada, pero conserva el colorido primitivo, pasa toda la sociedad de su tiempo, con sus usos y costumbres. Satiriza Tirso acerca de las profesiones en la relación de los amos de Caramanchel en Don Gil de las calzas verdes; reincide sobre el lugar común de,ataques a los médicos en la persona, lenguaje y hechos de la dama-doctor, doña Jeránima, en El amor médico —obra, por otra parte, cargada de conocimientos científicos, aun en sus aspectos menos empíricos—, aludiendo tanto a la ignorancia como a las costumbres de los doctores. De los médicos, se extiende a los barberos en la descripción satírico-costumbrista de uno de ellos, en donde el chiste se une al fuerte matiz irónico, en Por el sótano y el torno, donde también se satiriza el tipo de viuda joven y su fingida devoción, aunque esta crítica no se confirme en la conducta de la dama. Pero no solamente se satiriza sobre la fingida devoción de las viudas, sino que a la crítica no escapan las doncellas. Y sobre la sátira que rezuma en este aspecto, aunque en notas secundarias a la trama, toda la comedia Marta la piadosa, en ella se remacha la idea, repetidas veces, de la frivolidad derramada sobre los actos piadosos.

Y a estas críticas sobre la frivolidad del momento se suman las infinitas alusiones satíricas sobre la indumentaria femenina, y su desmedido lujo y ostentación. Hasta tal punto se da la repetición de esta nota sobre las alusiones satíricas de los graciosos de Tirso a las modas, afeites y adornos de las mujeres, que :del compendio de todas ellas se podría sacar un auténtico cuadro completísimo del traje femenino de la época, y las diferentes modas que se suceden. Nos habla del azul, color de moda, de los mantos y sus diferentes clases —el manto fino de Sevilla, por ejemplo—,de clases de tela y de la que debe usarse para cada parte del traje; de las diferencias en el tocado de una viuda, una dueña y una doncella; de los chapines, con virillas de plata de diferentes puntos de corcho; de la basquiña de peñasco y la sencilla, etc. Nos enumeran los afeites femeninos, el solimán, la lejía, el albayalde, el sebo de cabrito para las manos, la miel, la leche de almendras, y tantos más «secretos de tocador».

Pero saliendo de lo puramente anecdótico, hay tres puntos clave en la sátira social de Tirso en sus comedias cortesanas —ya que la sátira política tiene en el grupo una mínima representación—: el lujo desmedido y el salirse la gente de su esfera social, la virtud de las doncellas cortesanas y la calumnia y maledicencia. Sobre los dos primeros, por ejemplo, se edifica toda la escena I de La huerta de Juan Fernández, escena que sólo está motivada por ese afán satírico, ya que no tiene un puesto estructural en la comedia, como observa acertadamente Fray Manuel Penedo (32). Y los tres puntos se suceden incansables a lo largo de todo el teatro tirsista y más especialmente los dos segundos, por las comedias cortesanas. El tema de la maledicencia tiene un matiz, más que de sátira, de protesta ante un determinado aspecto de la sociedad, alcanzando un tono de nobleza, de justa recriminación. Las sátiras, por el contrario, sobre la deshonestidad de las doncellas madrileñas adquieren un matiz de hiperbólica exageración, con mucho de tópico convencional, lo cual no impide el hecho de que Tirso nos sorprenda cada vez con nuevas y originales versiones chistosas del asunto.

Así pues, por medio de la actualización histórica y del costumbrismo escénico, descriptivo o satírico, Tirso logra esa buscada o por lo menos conseguida —si es que esa búsqueda fue inconsciente— realidad ambiental, esa localización temporal, esa concreción a un tiempo, a una sociedad, a un ambiente, que configura y determina su teatro cortesano. Pero a estas concreciones temporales se va a unir otro elemento ambiental de primordial importancia para el marco realista y cotidiano de la comedia: el escenario geográfico donde se sitúan sus personajes.


Elementos ambientales de localización geográfica. Circunscritas a un ambiente ciudadano, casi en su totalidad, son dos los escenarios primordiales sobre los que se desarrolla la acción de las comedias cortesanas: Madrid, con gran supremacía sobre los demás, y Toledo. A ambos han de añadirse los casos aislados de Sevilla y de Coimbra, y los mucho más numerosos o importantes de los pueblos de las provincias de Toledo y Madrid. De un modo especial, los que se encuentran sobre la ruta de los caminos de entrada a la Corte.

El hecho de circunscribirse el escenario de la comedia cortesana a una ciudad deriva, como algo necesario, del concepto mismo de dicha comedia, y paralelamente de la condición social y costumbres de sus personajes. Ahora bien, lo característico de los escenarios citados, en su utilización tirsista, es la fuerte dosis de observación personal y de especificación concreta de lugares que se acumulan en la obra (33).

La elección de dichos escenarios está mediatizada motivada por dos hechos: uno afectivo y el otro puramente biográfico. Respecto al segundo, es innegable que Tirso escribe sus comedias cortesanas conconocimiento perfecto de los lugares en donde las sitúa, y en muchos casos —probablemente con la única excepción de las dos primeras— las redacta sobre el mismo lugar en que las ambienta. De tal manera, que las referencias a lugares, calles, plazas, monumentos, iglesias, etc., juegan un importante papel en el realista telón de fondo de la acción.

Indudablemente, la comedia menos localizada es la primera: Marta la piadosa, en la que escasean las referencias a lugares madrileños concretos: casi únicamente el Prado, con la Huerta más popular y concurrida del momento —1614—, la del Duque —el Duque de Lerma—, antes de que el favor popular trasladase sus preferencias a otra, popularísima también, la de Juan Fernández, ya casi fuera de la ciudad. Por el contrario, frente a esta impersonalidad de lugares destaca en la obra una observación netamente personal sobre una nota extremadamente madrileñista: el uso desmedido de los coches:

D. DIEGO: ¿Un coche en Madrid espanta?
D. JUAN: No, pero de prisa sí.
(escena XIX, acto III)

Y en cuanto a la observación personal de matiz geográfico, se limita a Illescas, escenano entonces mucho más cercano a Tirso que la Corte:

PASTRANA: Será con quien hace bodas,
como las casas de Illescas,
que de viejas se caen todas.
(escena XII, acto I)

Pero no es únicamente el factor geográfico —estancia de Tirso en el lugar— lo que determina la elección de los escenarios. Se da una indudable predilección de Tirso hacia estos lugares. La admiración es, tal vez, lo que mueve estas localizaciones. Y en este aspecto, Toledo y Madrid muestran una gran supremacía afectiva y Sevilla se destacará por el tono admirativo del autor.

Tirso admira en el paisaje urbano los símbolos de grandeza, la plasmación de poderío. Alabará los monumentos, la perfección arquitectónica, pero sin que jamás aparezca un romántico matiz de color local. Únicamente el derivado de una peculiar arquitectura, como las referencias a la estrechez de las calles toledanas. A este tono admirativo de las grandezas de la ciudad, se unirá la valoración climatológica de la misma; su salubridad o su benevolencia. Y en los dos aspectos, será Madrid el eje de sus admiraciones, aunque sea probablemente Toledo la ciudad más unida a él por el afecto. Del primero alabará la. grandeza, del segundo la nobleza y la cortesía.

Pero lo interesante en el estudio de los escenarios tirsistas es la dualidad que presenta su utilización: ya como simple base realista de localización o como directo. inspiración de la obra. Y este último matiz, referido únicamente a Madrid, originará el concepto mismo de la ciudad en Tirso, concepto que engendra a su vez comedias enteras como En Madrid y en una casa.

En el primer aspecto, Madrid y Toledo se detallan en sus calles y lugares no por afán costumbrista o local, sino como punto de referencia a las acciones de los protagonistas. Así la cita de calles: del Príncipe, la Red de San Luis, la Montera, Carretas, la Puerta del Sol, Silva, del León, el Paseo del Prado y de Recoletos, por donde transcurren o en donde viven los personajes. Y de un modo semejante se citan la Puerta de Guadalajara, el Mesón de Paredes, y juegan un papel primordial en muchas ocasiones las iglesias del Carmen, de la Victoria o del Buen Suceso, en cuyos atrios los galanes conocen a la dama o intentan comunicarse con ella.

Esta utilización, únicamente como punto de referencia, se ve sustituida por el comentario, encerrando éste, en tal caso, una valoración del lugar aludido, bien sea una valoración poética, exacta o satírica. Del primer caso es ejemplo la ambientación de las escenas VI, VII y VIII del acto I de Don Gil de las calzas verdes, en la Huerta del Duque, las bellísimas escenas donde las damas bailan entre las flores, mientras suena la canción dedicada a la propia huerta:

Alamicos del Prado,
fuente del Duque...

Tras lo cual se enlazan el «cristal puro y frío de la fuente», que «besos ofrece a la sed»; los racimos que cuelgan de las parras; los doseles que forman los álamos, en una perfecta conjunción del escenario poético y la galantería de la situación.

La descripción elogiosa es fundamentalmente la que predomina, cuando se trata de Toledo. A los grandes elogios que tributa a la belleza, nobleza y cortesía de la ciudad en Los Cigarrales, une los encerrados en la primera escena de No hay peor sordo, pasando revista, como el viajero recién llegado, a los monumentos y grandezas de la ciudad.

Otras veces será la descripción satírica la que predomina. Una sátira irónica, cuando se alude al Manzanares en Don Gil de las calzas verdes (escena I, acto I), o, alejado de toda intencionalidad irónica o satírica, la simple enumeración descriptiva, con su escueto emplazar la acción, localizando fuertemente el argumento. Ejemplo característico, la escena VI del acto primero de Por el sótano y el torno. Pero la utilización de un escenario madrileño puede llegar a informar toda una comedia, como ocurre con la célebre Huerta de Juan Fernández, en la comedia del mismo título. A dicha Huerta dedicó Tirso un encendido elogio en Deleitar aprovechando, y casi las tres cuartas partes de la comedia transcurren en ella, bien en sus jardines o huertos, bien en las casas de la Huerta. La proyección de ésta sobre la obra afecta poderosamente al estilo, e incluso a la trama de la comedia, en la que don Hernando, transformado en «jardinero de amor», expresa su amor sobre una base comparativa entre las flores que cuida y sus sentimientos:

Jardinero soy de amor;
mis esperanzas cultivo;
mientras que méritos siembro,
galardones pronostico.
(escena II, acto I),

en una sucesión de bellísimas frases alusivas al ambiente de la popularísima huerta (34).

En ocasiones, no es solamente un elemento ambiental el escenario en la comedia cortesana, sino que, como señalé en líneas anteriores, pasa a ser elemento motivador de la trama. Ésta derivará, en tales circunstancias, del concepto que tiene de Madrid Tirso de Molina. Concepto que, analizado certeramente por Tamayo, se encierra en tres ideas: «Madrid era confusión, laberinto y riesgo.» Este confusionismo se expresa reiteradamente en las comedias. Los términos de «confuso-Babel» o «nueva Babilonia», son frecuentes:

Calles de aquesta Corte, imitadores
del confuso Babel, siempre pisadas
de mentiras...
. . . . . . . . . . . . . . .
Casas a la malicia, a todas horas
de malicias y vicios habitadas;
(Don Gil de las calzas verdes,escena XVIII, acto III.)

Naturalmente, este laberinto peligroso que era la Corte, tenía su causa en el «fabuloso crecimiento de lo que poco antes era pequeña población rural, superpoblada por gentes advenedizas, procedentes de todos los rincones de España ... » (35).

Pero Tirso, como en una escénica guía y avisos de forasteros..., recalca los peligros de lanzarse a este «confuso Babel», donde «todo vicio tiene su asiento», y los galanes que llegan a la Corte en la primera escena de sus comedias reciben los consejos experimentados de sus lacayos; hasta llega a decir uno de ellos:

Él te reciba [Madrid]
con buen pie; que es menester
confesar y comulgar,
como quien se va a embarcar,
quien su golfo quiere ver.
(La villana de Vallecas; escena IV, acto I.)

Sumando a este peligro la inexperiencia provinciana de un galán forastero, surge una obra como La celosa de sí misma, en la que se contrastan la sutileza y laberintos de la corte —aun en sus aspectos más inocuos, de travesuras y embelecos—, y la sencillez ingenua del galán, de quien se dice,

Motolitos
entran, como tú, brillantes
y salen [de Madrid] almas del limbo.
(escena XIII, acto II.)

En la obra se destaca, además, el nuevo confusionismo de Madrid, derivado de su engrandecimiento arquitectónico, en la representativa descripción de la casa de tres pisos que, en un mismo momento, contiene un entierro, una boda y un parto, sin conocimiento entre sí de los vecinos, hasta llegar a la conclusión de que

está una pared aquí
de la otra más distante
que Valladolid de Gante.
(escena II, acto I.)

Idea que, en cierta manera, origina la comedia En Madrid y en una casa, con el laberinto causado a base de esa casa de tres pisos, con tres intrigas, tres problemas y tres desvelos distintos.

Pero, como apuntaba al comienzo de este apartado, no es solamente el escenario urbano el que aparece en las comedias cortesanas, sino que de una manera episódica —excepto en Desde Toledo a Madrid, en que es base principal— aparecen los pueblos de los alrededores de Madrid y de Toledo.

Adquiere esta descripción de escenarios rura es un fuerte valor documental. Situados siempre estos pueblos sobre la ruta de los caminos de llegada a la Corte, constituye un valiosísimo documento de época, en el que la guía del viajero se ha sustituido por una representación escénica. Pero en ésta, como en el más moderno mapa turístico, se nos van detallando las entradas en Madrid, en sus cercanías, dándonos minuciosos detalles sobre qué posadas son buenas o no para habitarlas. Dónde conviene hacer noche y dónde se pueden alquilar caballos, en función de exacta guía.

Desde el camino de Zaragoza llega, tras pasar por Alcalá, el fingido don Gómez a la famosa Venta de Viveros, situada a tres leguas de Madrid, y Tirso se desata en imprecaciones contra ella en Por el sótano y el torno.

Pero, en cambio, sobre la ruta de Andalucía, se recomiendan las toledanas villas de Yepes y Ocaña, «donde muere el vino moro / porque allí no le bautizan» (La Huerta de Juan Fernández, escena IV, acto II), al tiempo que, de la misma obra, se deduce que Valdemoro es buen punto para comprar y vender cabalgaduras.

Si el viajero viene de Valencia, le esperará un buen hospedaje en Arganda, que «no es mala villa». En la posada hay sábanas de holanda y un buen aposento, a pesar de lo disparatado de su decoración. Y en dicha posada cenan juntos don Gabriel y don Pedro, en La villana de Vallecas, antes de emprender la última jornada hasta Madrid, al que se llega en dos horas, con un «buen caminar».

Sin embargo, donde este valor documental llega al máximo es en la detallada descripción de un viaje desde Toledo a Madrid, en la comedia de este título. Los viajeros salen de Toledo, llegando a Olías, que dista legua y media, al anochecer. Olías es villa noble, frente a Cabañas, que no lo es. Pero lo importante para el viajero es que están «sus ventas llenas / de palominos, vaca y berenjenas». Por lo tanto, los viajeros se detienen a merendar. Y tras el incidente de la mula que se escapa hasta cerca de Marán —descripción de los campos de la Sagra—, la llegada a Cabañas, pues:

DON FELIPE: Aquí tienen de hacer noche
si van a comer a Illescas.
CARREÑO:No son las posadas frescas;
pero todo carro o coche
en Cabañas da cebada.

Sin embargo, a pesar de tan mala elección —« ¡Qué mal lugar escogieron!»—, los viajeros hacen noche en Cabañas. Pero saliendo muy temprano, pueden llenar a Illescas a tiempo de oír misa ante su milagrosa Virgen. Doña Elena y dofía Mayor aprovechan la buena coyuntura que les dicta su devoción para proveerse,de «medidas y de medallas de plata», mientras hacen un fervoroso elogio de la piadosa imagen.

Y como en Illescas se rompió la rueda del coche, no llegan a Madrid hasta el anochecer. Se detienen en la ermita de San Isidro, sin entrar en la ciudad, y Tirso aprovecha la ocasión para aconsejar a los madrileños que edifiquen en aquel lugar, como, cosa muy conveniente, un convento «devoto y adornado».

Han transcurrido, por tanto, los personajes de las comedias cortesanas de Tirso por los lugares más entrañables para él: su portuguesismo apasionado le dicta la localización de El amor médico; su admiración sevillana, las primeras escenas de la misma obra; su entusiasmo al encontrarse de nuevo en Toledo y su afecto a la ciudad, No hay peor sordo; su madrileñismo acendrado —pese a sus dolidas reconvenciones a su ciudad natal—, el resto del compacto grupo de las comedias cortesanas. Y uniendo sus dos afectos, Desde Toledo a Madrid transcurre en aquellos lugares que le hicieron exclamar entusiasmado:

Ésta sí, ¡cuerpo de Dios!,
que es tierra alegre y sin miedo.
¡Oh gran Madrid! ¡Oh Toledo!
Dios me mate entre los dos.


Notas:

  1. Precisamente, por este valor representativo dentro del teatro tirsista de la comedia de enredo, la selección del presente volumen agrupa hasta siete comedias de enredo, frente a las tres seleccionadas de otros apartados. Por ello, y como consecuencia, el análisis dedicado a este sector de su teatro es sensiblemente más amplio y detenido queue el dedicado al resto.de su producción.
  2. Véase: MUÑOZ PEÑA, Pedro: El teatro de Tirso de Molina. Valladolid, 1889.
  3. No ha de entenderse esta distinción como una clasificación o división de las comedias cortesanas, sino como dos maneras literarias de realizar la obra que, si bien en algunas de ellas están perfectamente delimitadas, como en las comedias que me sirvieron de ejemplo, en otras se confunde casi totalmente, hasta formar parte tanto de un planteamiento novelesco como caracteriológico, como ocurre con No hay peor sordo o Desde Toledo a Madrid. Solamente en el caso de que en unas comedias no se acumulara sobre el personaje ninguna nota caracteriológica, o su psicología variara a tono del desarrollo de la acción, como ocurre a veces en los personajes accesorios de las comedias tirsistas, pero no en los principales, podría hablarse de una supremacía de la acción sobre el personaje, dando lugar a una clasificación estructural de las comedias.

  4. Esta distinta matización ha sido veladamente adivinada en varias ocasiones. Muñoz Peña, en su aludido estudio, examinando a los protagonistas de La villana de Vallecas y de Don Gil de las calzas verdes, dice: «... ni doña Violante ni doña Juana se encuentran nunca en la acción con sus amantes, pero es tanta la eficacia y energía de su pasión, de su travesura y de su ingenio, que dondequiera que van los tornadizos enamorados, allí se encuentran con el recuerdo, con la oposición de sus ofendidas burladas, y es tal el relieve, el movimiento y el calor con que estas mujeres están expuestas, que en todas partes se ven, a todas partes llegan con su influjo y toda la acción llenan con su presencia» (pág. 245). En esta última frase, que subrayo, se encuentran en potencia mis deducciones anteriores.
    En cuanto a la motivación caracteriológica, como mucho más acusada, ha sido señalada, más o menos, innumerables veces. Coinciden los críticos, sobre todo, en el caso de Marta la piadosa, tal vez por ser una de las comedias más estudiadas de Tirso de Molina. A mi entender, la hipocresía de Marta no es privativa de su carácter, sino un fingimiento que le dicta su ingenio, pero desde luego es un caso bastante patente. Así, por ejemplo, señalaba ya Cayuela, en sus Estudios y artículos literarios (Buenos Aires, 1889), este influjo de los caracteres en el desarrollo de la intriga, en dicha comedia: «No se crea, por lo dicho, que en esta pieza haya un prolijo y paciente estudio de los caracteres. Nada de eso. Los que merecen tal nombre, aun el de Marta misma, que es el mejor de todos y excelente en sí mismo, parece como que brotan instintivamente, por más que la intriga que forma la acción de la comedia sea una consecuencia de ellos» (pág. 221).
    En realidad, en Marta la piadosa el fingimiento caracteriológico, con lo que puede tener de hipocresía, no es sino un ardid del personaje para cumplir unos propósitos que vienen ya determinados por el argumento. Pero lo que confiere al personaje su validez caracteriológica —lo mismo que al Rogerio de El melancólico— es la habilidad del autor para mostrar en las primeras escenas una faceta psicológica del personaje, cuya voluntaria y consciente aplicación posterior convierte a la protagonista en un falso arquetipo de esa psicología. Ahora bien, no ha de olvidarse al valorar el personaje que la falsa virtud de Marta es un recurso obligado por una acción o circunstancias momentáneas, no por una imperiosa propensión al fingimiento.
    De ahí que la presentación del tipo de hipócrita beata no creo que suponga en Tirso de Molina una intencionalidad de sátira social, como opina Juliá, ni una intencionalidad moral como afirmó Hartzenbusch. Esa sátira social habría de verse reforzada por una presentación antipática del personaje-como en sus herederas literarias y una ejemplarización final de tipo alarconiano. Y, ambas cosas faltan en la comedia de Tirso. Marta se convierte así en un tipo de hipócrita individualizado, personal, sin valor de símbolo o abstracción humana. El paso de este valor individual a lo genérico, y de la intencionalidad puramente cómica a la sátira social ejemplificadora, se marcará posteriormente en el Tartuffe de Moliére, y más tarde —en la trasmutación de la noción barroca del individuo por la neoclásica de sociedad— en su último descendiente, la doña Clara moratiniana.
    Puede consultarse, para más detalle, mi trabajo Presencia de Tirso en Moratín (en «Studi ispanici», Pisa, 1962).

  5. Estudios y discursos de crítica histórica y literaria. Tomo III. Edición Nacional. Santander, 1941 (pág. 295).

  6. Los Cigarrales de Toledo. Cigarral Primero. Edición transcrita y revisada por Víctor Said Armesto. Madrid, 1913 (pág. 123).
  7. Los ataques de los moralistas se suceden sin cesar. Las actrices, en general, son las que reciben los más duros impactos. Cotarelo, en su Bibliografía de las controversias sobre la licitud del teatro en España (Madrid, 1904), recoge gran parte de estos ataques, sobre los que fundó Romera un interesante artículo, Las disfrazadas de varón en las comedias («Hispanic Review», T. II [1934], págs. 269-286). De los estudios de ambos investigadores se desprende la importancia que llegó a tener el tema, no ya en su repercusión literaria, sino en sus consecuencias sociales. De tal manera que se alternan las prohibiciones terminantes con otras más atenuadas. Al parecer, la primera comedia en que aparece una dama disfrazada de hombre es la Comedia de los engañados, la adaptación italianizante de Lope de Rueda, fechada en 1556. El recurso, de origen italiano, y de procedencia netamente novelesca, debió tener tal éxito que ya en 1598, en el Memorial dirigido por la villa de Madrid a Felipe II, se lee: «En cuanto a que la mujer que representa no vista el traje del hombre ni al revés, puede haber moderación, más no se puede del todo prohibir, pues es muy cierto que a veces es paso forzoso en la comedia que la mujer huya en hábito de hombre, como en sagradas y auténticas historias de los reinos está escrito. Debe, pues, para esto permitirse, más con orden expresa de que ni el háblto sea lascivo ni tan corto que del todo degenere del natural honesto de mujeres, pues puede la invención y fácilmente hacer que el mismo sayo sea más largo y no tan costoso ni afectado de compostura lo que se hubiere de ver» (COTARELO, Ob. cit., pág. 424; ROMERA, Ob. cit., pág. 271). La misma disposición es la que refleja Cabrera en sus Relaciones, en 1600. Pero quince años más tarde —curiosamente, la fecha de estreno de Don Gil de las calzas verdes—, en la Reformación de comedias, ordenada por el Consejo para todo el reino, dada en 8 de abril de 1615, se dispone «que las mujeres representen en hábito decente de mujeres, y no salgan o representen en faldellín sólo, sino que por lo más lleven sobre él ropa, baquero o basquiña suelta o enfaldada y no represente en hábito de hombres, ni hagan personajes de talles, ni los hombres, aunque sean muchachos, de mujeres» (COTARELO, Ob. cit., pág. 262; ROMERA, Ob. cit., págs. 271-272).
    Huelga decir que la disposición no se cumplió, como lo prueba el número de decretos análogos posteriores. Pero, desde luego, demuestra la vitalidad del recurso en esta época de nuestra escena.

  8. GUSTAVINO GALLENT, Guillermo: La toma de la Mamara relatada por Tirso de Molina. (Larache, 1939.)

  9. Tirso de Molina en Sevilla («Estudios», nº 9 13, 14 y 15 [1949], págs. 22-122).

  10. Tanto es así, que Juan Antonio Tamayo, en su trabajo Madrid en el teatro de Tirso de Molina («Revista de la Biblioteca, Archivo y Museo del Ayuntamiento de Madrid», nº 59-60 [1950], págs. 291-363), destaca el hecho de que sólo las comedias que él denomina madrileñistas presentan, dentro del teatro de Tirso, esta manifiesta concreción de lugar.

  11. La Huerta del regidor Juan Fernández tenía un carácter más familiar que otros lugares de recreo de la Corte, así como el Buen Retiro, desde su creación, era el lugar de esparcimiento del Rey. En la Huerta de Juan Fernández los nobles y cortesanos celebraban sus fiestas alejándose de la etiqueta palaciega. Allí se celebró la doble boda de los Marqueses de Villena, y del Conde de Palma con doña María de Tabara, fiesta en que novios, padrinos, entre ellos el Conde Duque y su mujer, e invitados se sentaron bucólicamente en el césped durante la merienda campestre, según refiere Sepúlveda en su libro Antiguallas de Madrid.
    Pero a este carácter de lugar de esparcimiento, punto de reunión de galanes y damas cortesanos, se unía el practicismo de sus fuentes y lavadero público, al que hace referencia Tirso en una graciosa escena entre Tomasa y Mansilla.

  12. Juan Antonio Tamayo, Ob. cit.


© Pilar Palomo Vázquez 1998

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