Creación/Memorias

Ana Pelegrín

Poesía española para niños

Poesía española para jóvenes


El año 97 ha dejado patente un esfuerzo por parte de diversas editoriales para devolver la poesía al público de la calle. La poesía, en gran medida, ha quedado arrinconada en las revistas literarias, en las ediciones escolares y en algunas colecciones que sobreviven gracias a la meritoria dedicación de compradores y editores. No debemos engañarnos: la poesía convive mal con una prosa cada vez más escueta y lineal.

No se ha sabido hacer llegar la poesía al público, ni como género ni como producto. Los que nos dedicamos a explicar programas de literatura en los que conviven diversos géneros, hemos experimentado el horror que produce en muchos alumnos la llegada de la poesía. "Es que no la entiendo", dice algunos; "no me dice nada", explican otros; "es complicada", concluyen muchos. Hay que vencer muchas resistencias, dedicar un esfuerzo diferente y más intenso para que la poesía llegue. La antigua porque es antigua; la romántica porque es cursi; la moderna porque no hay quien la entienda... y, así, un sinfín de variaciones sobre un mismo tema.

Acostumbrados a la velocidad de la prosa —que no al ritmo—, acostumbrados a ver —y no a escuchar—, acostumbrados a la presión del argumento, a los modernos lectores les resulta, en el mejor de los casos, indiferente la poesía.

Cierto es que algo hay en la poesía moderna —por lo menos en alguna— de cierto desprecio a satisfacer los gustos del público (para eso tienen la novela), a ser deliberadamente oscuros, como defendía Mallarmé.

Para tratar de romper este tipo de situaciones y tópicos, Ana Pelegrín ha realizado dos antologías destinadas a los más jóvenes. En estas dos meritorias antologías se mezclan los romances con Gloria Fuertes, las adivinanzas con Miguel Hernández, Lope con Alberti, Juan Ramón con José Hierro, Unamuno con Concha Zardoya...

No sé la efectividad real que estos intentos —acercar la poesía a los niños, realizar colecciones de bajo precio que se venden en las estaciones de ferrocarril, etc.—. Creo que el problema de la poesía sólo se solucionará cuando se enseñe a leerla. ¿Cómo? Quizá haciendo lo contrario de lo que hacemos. No se trata de convencer a los demás de la belleza de un poema, que todo llega, y no se han de comenzar las casas por los tejados.

Si alguien me preguntara que haría yo —cosa que, afortunadamente, no creo que suceda— le diría que empezaría por enseñar a componer, a cantarla —¿no es ese su origen—, a recitarla; educaría nuestro maltratado oído moderno para poder disfrutar de nuevo de los ritmos lentos, pausados de la palabra devuelta a la fuerza y el calor del sonido. La poesía, concentración de ritmos y expresividad, se hizo para el oído. Quizá por eso muchos se quedan embelesados ante un buen recitado y, sin embargo, no llegan a comprender el mismo poema sobre el papel, incapaces de encontrarle su velocidad y sonoridad. Aprendamos a escuchar.

Joaquín Mª Aguirre Romero

El URL de este documento es http://www.ucm.es/OTROS/especulo/numero8/poesiajn.htm


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