En torno
al cuento

Entrevista con
Enrique Jaramillo Levi


Edward Waters Hood
Edward.Hood@nau.edu
Northern Arizona University


 

Enrique Jaramillo Levi nació en 1944 en Colón, Panamá. Tiene una larga trayectoria literaria y se ha convertido en uno de los promotores más grandes de la literatura de su país. Aunque en su obra creativa ha cultivado principalmente el cuento, también ha escrito poesía y teatro. Entre sus libros más importantes, se incluyen cuentos: Duplicaciones (México: Joaquín Mortiz, 1973), El búho que dejó de latir (México: Samo, 1974), Ahora que soy él (San José: Editorial Costa Rica, 1985), El fabricante de máscaras (Panamá: INAC, 1992), Tocar fondo (Panamá: 1996); poesía: Recuperar la voz (México: Ediciones Voz Crítica, 1994), A flor de piel (Panamá: Editorial Portobelo, 1997); y ensayos: La estética de la esperanza (Tomo I, Panamá: 1993, Tomo II, Panamá: 1995). Algunos de sus cuentos han sido traducidos y publicados en alemán, polaco, portugués, francés, húngaro e inglés. Su última colección de cuentos, Caracol y otros cuentos, saldrá publicada pronto en México en la Editorial Alfaguara. Esta entrevista se llevó a cabo el 21 de marzo de 1998 en Ciudad de Panamá durante el VI Congreso Internacional de Literatura Centroamericana.


Ed Hood: Enrique, ¿podrías darnos un breve perfil de tu obra literaria?

Enrique Jaramillo Levi: Yo comencé escibiendo teatro y poesía. Se publicaron dos libros míos de teatro en Panamá y esos dos tenían dos obras en cada uno. De las cuatro obras, tres se han presentado en escenarios aquí en Panamá. Pero con el tiempo fui descubriendo que yo era fundamentalmente un cuentista, y posteriormente, un poeta y un ensayista. Probablemente en ese orden.

Voy a comenzar hablando de mis libros más recientes. Primero, los libros inéditos. Hay un libro que va a salir en Alfaguara que se llama Caracol y otros cuentos. Debe aparecer en septiembre. Este es mi libro más autobiográfico. Hay cuentos que tienen que ver con aspectos difíciles, conflictivos, traumáticos inclusive, de mi propia vida, pero creo haber encontrado maneras adecuadas de ficcionalizarlo y hasta cierto punto de enmascarar ciertas cosas más personales a través de determinadas técnicas: cambios de punto de vista narrativo, juegos con el tiempo y el espacio, el cuento dentro del cuento, cartas; este tipo de recursos que no son nada nuevos pero que me han sentado bien para escribir tres o cuatro cuentos que tienen elementos autobiográficos. Para mí va a ser un reto muy importante verlo publicado, por varias razones: primero, porque es el primer libro donde hay realmente cosas traumáticas de mi vida sobre las cuales escribo por primera vez; segundo, porque me publica una editorial de mucho prestigio en el mundo de habla hispánica—Alfaguara; y tercero, por el hecho de que es un libro de cuentos y no una novela, que es lo que suelen pedir los editores cuando van a lanzar a un autor al mercado internacional; y habría un cuarto motivo de orgullo, y es que soy el primer escritor panameño en publicar con Alfaguara, y eso puede abrir las puertas para otros colegas escritores, o para la gente que venga después. Creo que soy el cuarto o quinto centroamericano en publicar con Alfaguara: han publicado libros de Rey Rosa, Monteforte Toledo, Sergio Ramírez, y creo que han publicado a Monterroso.

Tengo un libro más reciente que Caracol y otros cuentos que se llama En un abrir y cerrar de ojos. Es un libro que también Alfaguara me pidió escribir para una colección de literatura juvenil, pero no sé si se llegue a publicar con ellos. En ese libro, por primera vez el personaje suele ser un adolescente, con algunos de los problemas propios de la adolescencia, aunque en un tono un poquito más atrevido en ciertos temas, como podría ser por ejemplo el hecho de que un joven se enamora de una mujer mayor en dos de los cuentos. También hay la idea, tanto en Caracol y otros cuentos como en En un abrir y cerrar de ojos, del escritor escribiendo sobre el proceso de la escritura, o el escritor mirándose escribir o el escritor asumiendo la vida de un personaje y convirtiéndose en un personaje, como un acto consciente y autorreflexivo, autorreferencial sería la palabra académica más adecuada.

Antes de eso, en 1996, publiqué en Panamá Tocar fondo, que es una colección de ocho cuentos muy diversos entre sí, donde hay temas un tanto atrevidos para nuestro medio al menos—el tema del incesto, el de la necrofilia, la homosexualidad. Tocar fondo es el resultado de haber escrito esos cuentos durante mi estancia en Querétaro, México, de 1993 a 1995. Son el producto de un taller literario que yo impartía en la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), donde yo era profesor. Tengo la buena o mala costumbre de someterme a las mismas disciplinas que les pongo a mis alumnos en cuanto a la labor creativa. Yo les ponía a hacer algunos ejercicios, practicando el punto de vista narrativo, el manejo de la primera persona, la tercera, la segunda, contar desde distintas perspectivas, cambiando los tiempos verbales, etcétera. Entonces, "Tocar fondo", el cuento que le da título al libro, sale de una frase que yo escribí en el pizarrón donde una mujer se siente asechada por la mirada de un hombre que ella no sabe quién es. Y, a partir de eso, yo les dije a los estudiantes que íbamos a construir por asociación libre de ideas. Y una cosa nos fue llevando a otra y cada quien escribió su cuento y yo escribí "Tocar fondo", que en el fondo es un cuento sobre el incesto: de la protagonista en un lejano pasado con su propio hermano cuando eran adolescentes.

Por otra parte, el libro que me ha dado más prestigio internacional y que ha sido más abordado por la crítica se llama Duplicaciones. Este libro tiene una larga historia. Lo escribí en el Centro Mexicano de Escritores con una Beca Centroamericana de Literatura que abrió ese centro en 1970. Me voy a México por un año y resulta que quienes habían configurado el jurado para darme esa beca eran Juan Rulfo, Salvador Elizondo—dos escritores muy destacados—y Francisco Monterde, que era el presidente de la Academia Mexicana de la Lengua. Durante un año, en un taller literario presidido por ellos tres, escribí Duplicaciones. Me tuve que someter a una disciplina muy rigurosa, muy férrea; Rulfo siempre fue muy estricto, tachándome muchos adjetivos, literalmente a veces rompiéndome cuentos que le parecían muy malos, y creo que ahí aprendí a castigar el lenguaje, realmente a pulir al máximo los textos para que no sobrara ni faltara nada. Entendí la calidad de la precisión semántica y la importancia de que un cuento fuera más allá de la simple anécdota; puede haber algún momento más importante, una especie de epifanía, una revelación o descubrimiento. Es un libro muy experimental; experimento con prácticamente todas las técnicas habidas y por haber en referencia al tema del doble dentro de cierta modalidad de la literatura fantástica. La versión original tenía cuarenta cuentos y fue publicado en 1973 por la editorial Joaquín Mortiz, muy importante en la década de los setenta en México. Fue una gran cosa para mí, un panameño de paso por México; de pronto les gusta el libro y me lanzan al mercado. Ahí realmente comenzó todo. Ese libro se reeditó en otra editorial mexicana en 1982, la editorial Katún. Posterior a eso, en 1990, en la Editorial Orígenes, de Madrid, reeditan el libro. O sea, el libro tiene tres ediciones y están totalmente agotadas. Hace cuatro años salió en inglés traducido por Leland H. Chambers en Latin American Literary Review Press con el título de Duplications and Other Stories. Ha tenido buena crítica.

Hay un libro que tiene cincuenta textos de diversa naturaleza, de análisis de mi obra—algunos son simples reseñas, otros son artículos y ensayos—donde la mayor parte de los anteriores analiza los cuentos de Duplicaciones. Ese libro se llama Puertas y ventanas: acercamientos a la obra literaria de Enrique Jaramillo Levi, salido de EDUCA en Costa Rica, con un prólogo de Carmen Naranjo. Hay dos libros más que recopilan crítica literaria sobre mi obra: uno salió aquí en Panamá en el Instituto Nacional de Cultura y se llama Mar de fondo; y el otro que salió, en Ediciones Universal de Miami, Florida, se llama Critical Perspectives in Enrique Jaramillo Levi’s Work. En ese sentido también me siento bastante satisfecho porque soy uno de los pocos escritores panameños que han sido estudiados, pero siempre ceñido a círculos más o menos académicos, no ha habido el gran lanzamiento. Las grandes editoriales siguen prefiriendo la novela. Están convencidas de que la gente prefiere leer novelas y de que un libro de cuentos es más difícil de vender. Yo no estoy muy seguro de eso; creo que en la vida agitada y apurada que llevamos hoy en día es más fácil ir leyendo con calma los cuentos, cierras el libro y en otro momento lo retomas y es otro mundo. En cambio, la novela es más larga, te exige estar recordando lo que leíste una semana antes, tienes que volver atrás. Pero esa es una manera de mirarlo. Para otras personas es exactamente al revés: es mucho más difícil empezar y terminar veinte cuentos, que son veinte mundos; es un esfuerzo intelectual más grande. Pero, para mí, el género que cultivo con mayor asiduidad y experiencia es el cuento, por más que cada tanto tiempo escriba poesía y ensayo.

El libro que me dio la Beca Centroamericana de Escritores se publicó un año después en México, El búho que dejó de latir; también recibió un premio del Consejo Superior de Universidades Centroamericanas. Es un libro poco conocido, pero es el que Juan Rulfo premió; se publicó en el 74 en México. Hay un libro mío casi secreto que lo conocen cuatro gatos y medio; se llama Renuncia al tiempo. Se publicaron de él quinientos ejemplares en la ciudad de Guadalajara. Casi no ha sido abordado por la crítica; claro, a veces uno no sabe lo que hace la crítica. Yo no tengo por qué saber qué se está publicando sobre un cuento mío en otro país en una revista que no conozo: hay cosas de las que los autores jamás se enteran, porque los críticos no tienen que pedirle permiso a un escritor para escribir sobre él, entonces uno no puede estar con las antenas extendidas pendiente y consciente de lo que está pasando en todas partes. Así que es posible que haya cosas mías que han sido estudiadas, pero hasta donde sé, Renuncia al tiempo es un libro que casi nadie conoce. No circuló casi ni siquiera en México, y mucho menos en Panamá.

Hay otro libro que salió en la Editorial Costa Rica, en San José, que se llama Ahora que soy él. Ese librito a mí me gusta mucho, es un libro que tiene trece cuentos; el subtítulo es trece cuentos en contra. Se publicó en inglés con el título de The Shadow, en la Latin American Literary Review Press (Pittsburgh), que es el título de uno de los cuentos. Este es uno de los cuentos más sutiles y a la vez más dramáticos que he escrito, porque después de que has leído un poco, casi al llegar al final, te das cuenta que lo que está pasando es que están torturando a alguien. Las sombras son los torturadores; la persona que está sufriendo físicamente la tortura encuentra la manera de enviar su mente a otra parte; él viaja, crea otros mundos para no sentir el dolor.

En fin, yo he escrito más de 130 cuentos y tengo más de treinticinco años de ser escritor, voy a cumplir 54 años. Pero también hay otros géneros que me fascinan: he escrito mucha poesía, tengo siete libros de poesía publicados y dos tomos de ensayos—La estética de la esperanza—de los cuales sólo uno contiene ensayos propiamente, los demás son reseñas de libros, recopilación de artículos periodísticos; hay conferencias, prólogos de libros, tanto míos propios como ajenos, que se reúnen ahí. Los dos tomos constan de cuatrocientos cincuenta y tantas páginas cada uno, y es el producto de veintidós años de escribir literatura de no-ficción. O sea, que yo he escrito muchos tipos de literatura, incluyendo mucho periodismo cultural y algo de periodismo político.

Te fascina el cuento, ¿cómo describirías el arte del cuento y tu afición artística por él?

Encasillar los géneros es algo difícil, sobre todo en un mundo "postmoderno" donde las fronteras tienden a borrarse entre los géneros y cada vez más hay una literatura híbrida en que se mezclan de tal manera los tipos de escritura que a veces no es fácil encasillarlas, ni fácil ni conveniente. Pero sí creo que hay textos que claramente son cuentos. Puedo decir las cosas que todo el mundo sabe: es un género escrito en prosa, generalmente breve, con una gran economía de lenguaje, con pocos personajes, con un tema central; donde hay una mirada vertical, en profundidad, sobre una parcela de la realidad y no una mirada horizontal, panorámica, indefinidamente extensa como lo sería en la novela. Tal vez podría decirse del cuento lo que Cortázar señalaba para diferenciar la descripción de la narración. El decía que la descripción era a la fotografía lo que la narración era a la filmación. Creo que un cuento es un momento intenso que no se expande de manera tal que provoca una revelación o una mirada que no se da en otras circunstancias sobre algo. Y ese algo, generalmente, es algo que sucede, más que alguien. Estoy consciente de que puede haber cuentos que podrían ser más de personaje que de acción, o más de atmósfera o clima que de cosas que suceden. Pero en el fondo no hay un cuento si no hay un suceso: el cuento tiene que contar algo. Pero no se puede tampoco quedar en la pura anécdota porque entonces es un simple relato, una simple narración, y no toda narración o relato es un cuento. El cuento es una forma de calar profundamente en un momento excepcional, de una circunstancia o simplemente de la vida de alguien, y el resultado de eso es, si el cuento es bueno, un cambio en el lector; lo transforma, le da un conocimiento, una experiencia que lo hace diferente. Estoy hablando de los buenos cuentos, insisto. Para saber lo que un cuento es, hay que leer cuentos.

¿Quiénes han sido tus modelos en cuanto al cuento?

En relación al tipo de entusiasmo tan intenso y casi obsesivo que yo siento por el cuento, el escritor que más sentí que era así era Julio Cortázar. Pienso que él fue muchísimo más cuentista que novelista. Quiroga nunca sobresalió como novelista—escribió mucho en los periódicos—él pasó a la historia como cuentista. El mismo caso de Borges: no necesitó nunca escribir una novela, y también era poeta y ensayista. Creo que esos serían los modelos, un poquito también Monterroso, que no es novelista, y Arreola también. Lastimosamente Arreola ha dejado de escribir; en México se decía que él había dejado de escribir para dedicarse a hablar, porque tenía programas en la televisión y no había cómo pararlo. Es un hombre que sabe de todo; es un enciclopedia andante, y creo que nunca pasó del cuarto grado—y daba clases en la Universidad Nacional Autónoma de México. En América Latina siempre ha habido muchos, pero muchos más cuentistas que novelistas.

¿Qué pasó con Juan Rulfo?

Creo que él dejo de escribir cuentos y trató de escribir novelas, y probablemente destruyó varias. Es muy difícil cuando uno logra la casi perfección, enfrentarse al reto de superarse ante la posibilidad de fracasar o de hacer una obra que no sea tan buena. Creo que Rulfo vivió con ese temor y se autocensuraba. Hay un libro que salió después, que son sus guiones cinematográficos, muchos de los cuales se pueden leer como cuentos perfectamente. Y después salió un libro de fotografías; él era un buen fotógrafo también. Pero realmente nunca volvió a publicar cuentos aunque por ahí han aparecidos algunos que se habían publico en revistas en Jalisco, cosas que se han rescatado de pasados muy remotos, pero nada posterior a ese gran libro que es El llano en llamas. Y en cuanto a su única novela, Pedro Páramo, creo que es una obra maestra, una obra muy difícil de superar, que ofrece muchas lecturas.

¿Casi todas tus influencias literarias han sido cosmopolitas?

Sí, y ha habido otras: Hemingway el cuentista; no Hemingway el de las novelas.O’Henry, Maupassant, Chekhov. Yo leía mucho y muy variado, y siempre preferí leer cuentos que novelas. Aunque leo novelas, el cuento como género es el que siempre me ha fascinado. Exige perfección, que no es para nada un rasgo de la novela, género híbrido y contaminado por naturaleza..

Muchos escritores latinoamericanos se sienten atraídos al regionalismo, por lo menos como temática. Tu caso parece ser lo contrario.

No me atrae en lo absoluto. Es una cosa muy curiosa, habría que hacer una lectura muy profunda de mi obra para deducir que yo soy panameño. Creo que, en ese sentido, es más universal tanto en el manejo del lenguaje—se puede entender prácticamente en cualquier parte—como en los temas; son los grandes temas universales: la muerte, el amor, la infidelidad, la ambición del poder, la enajenación, la corrupción, el paso del tiempo, el problema de la pareja y ocasionalmente, más en mi poesía que en mi cuentística, trato temas como la invasión y la presencia norteamericana en Panamá. Es una obra, en general, muy personal. Por mucho tiempo yo fui, y creo que todavía soy, un autor muy poco leído en Panamá. No soy un escritor fácil de leer. Decía en su ponencia el profesor Ricardo Segura, aquí en el VI Congreso Internacional de Literatura Centroamericana, que hay varias generaciones que ahora tienen una deuda conmigo, sobre todo a nivel de la técnica y de la forma. Porque dice él que después del rompimiento que respresentó Rogelio Sinán, yo soy el segundo reformador de la narrativa panameña a través de técnicas novedosas (Esto no le gusta escucharlo a cierto número de colegas panameños. Para dos o tres de ellos mis únicos méritos son los de promotor cultural). Tal vez porque he vivido muchos años fuera de Panamá, no me he aferrado mucho a la tierra. Lo que sí es propio de mis últimos cuentos inéditos es la presencia del mar, de playas, calor y lluvia; o sea, el ambiente propio del trópico y de costa. Pero la presencia de esos elementos no indica que necesariamente la gente sepa por eso que soy panameño; porque esos elementos existen en otras partes también.

¿Escribes narrativa todos los días?

Quisiera escribir todos los días. No lo puedo hacer a veces por mi trabajo que es muy absorbente: tengo a mi cargo en la Universidad Tecnológica de Panamá la organización de diversos eventos culturales, doy clases. Pero a veces suplo el no escribir literatura creativa todos los días con hacer un poquito de periodismo. Por épocas he tenido a mi cargo columnas, o espacios para escribir artículos de opinión en los periódicos. Y aunque es otro tipo de escritura, uno ejercita la pluma y la mente. Pero de una manera u otra estoy escribiendo. Si se me viene una idea a la cabeza inmediatamente escribo un párrafo o versos que pueden posteriormente formar un poema. Lo escribo en lo que sea: en servilletas, lo que tenga a mano. Pero hubo una época en que sí me dediqué todos los días a escribir. Cuando tuve esa beca en México durante 1971, no desaproveché nunca la oportunidad de hacerlo. Ese año debo haber escrito por lo menos cincuenta cuentos; me dediqué totalmente a escribir. En realidad Duplicaciones es un pequeño fragmento de lo que escribí ese año y posteriormente en México. Hay épocas en que me da por escribir poemas y cuando estoy escribiendo poesía no puedo escribir cuentos. La poesía es para mí muy de índole terapeútica, catártica, y ese sentido es muy personal. Y bueno, respecto a las otras facetas, la del ensayista, el antologísta, he hecho muchas antologías, de literatura mexicana, centroamericana, panameña, he reseñado muchos libros, he tratado también de promover a otros escritores. Aquí hay una revista cultural, Maga, que es un espacio que trato de abrir para los nuevos escritores. En Panamá no hay muchas posibilidades de publicar, no hay empresas editoriales, el Estado no ayuda mucho. De una u otra manera todas estas facetas convergen en la labor de hacer una literatura nacional. El escritor, el crítico, el investigador, el profesor de literatura, el promotor cultural, el editor, el que hace periodismo cultural—son caras de la misma moneda en el fondo. Y todas las cultivo.

¿Has sentido la tentación de volver a trabajar textos ya publicados?

Nada más he tenido esa tentación dos veces. En una la logré y creo que el producto revisado, corregido y aumentado fue mejor, y en otra no lo logré. Hay un pequeñito libro de tres relatos que publiqué en la Editorial Papuras de Querétaro, México. El libro se llama 3 relatos de antes; fueron tres de los primeros relatos que yo escribí. Entonces los retomé muchos años después, los reescribí un poquito, respetando su contenido básico pero sí trabajando más la forma y la estructura, y los publiqué con ese título. En el otro caso fue una frustración volver atrás y darme cuenta que ya no había nada que hacer con ese libro porque si no me satisface, visto desde la perspectiva de hoy, seguirlo trabajando sería convertirlo en otro libro y eso tampoco lo quiero hacer: se trata de Catalepsia. Fue el primer libro de cuentos que escribí y ganó una mención honorífica en el concurso nacional de literatura en Panamá que se llama "Ricardo Miró". Eso fue en 1964; lo escribí en 1963; se publicó en 1965. O sea que estamos hablando de la prehistoria para mí. Entonces, me dije que era un libro que tendría que volverse a escribir y preferí dejarlo así.

Yo generalmente cuando escribo cuento y poesía trabajo mucho el material antes de publicarlo. Carene, mi novia aquí presente, te puede decir que hemos trabajado, hemos conjugado un verbo que se ha hecho muy popular en México: "hemos tallereado" los textos hasta morir. Una cosa que me enseñó Rulfo es que en la prosa no debe haber rimas, no debe haber asonancias, las palabras no deben repetirse ni gráficamente ni mediante conceptos que innecesariamente repiten lo ya dicho. Si dos palabras suenan igual en su terminación en no menos de dos o tres renglones, hay que cambiarla y buscar otro término o de plano quitarla. Trato de leer mis textos en voz alta también.

El ensayo es diferente: los ensayos tienden a ser tan conceptuales que desde el principio uno suele tener claras sus ideas. Pero el cuento y la poesía son otra cosa; para mí en buena medida son una forma, a veces más forma que fondo. Es más importante para mí, a veces, el cómo digo algo que lo que digo. Eso lo cuido mucho. Otra cosa que cuido mucho es la estructura; trato de que sea la adecuada para proyectar una cierta verdad y provocar una cierta reacción en el lector. O sea que creo que un cuento tiene que ser contado de una manera que sea congruente con la cosa contada para producir un cierto efecto. Por supuesto hay mil maneras de contar una historia, pero solamente hay una adecuada a la manera en que uno quiere realmente contarla; el secreto está en encontrar esa manera, y no siempre uno acierta desde el principio. A veces uno relee el texto y dice "no, pero es que no lo puede contar este personaje, debe contarlo este otro", o "esto no debe estar en primera persona, debe estar en tercera porque hay que dar un conocimiento más amplio de la vida y los pensamientos del personaje". Cosas así, que son ya de técnica, y que son discutibles. Soy muy quisquilloso y exigente con ellas.

¿Pueden distinguirse distantas etapas en tu producción literaria?

Sí ha habido etapas, pero no estoy seguro de que las tenga muy claras. Creo que por mucho tiempo mi literatura tendía a ser muy enajenada y enajenante, muy deprimente. Todavía lo es, porque hay mucha violencia en mis cuentos, muchas muertes—suicidios y asesinatos—; pero en los dos libros de cuentos más recientes, ya mencionados, hay una actitud más filosófica y más reflexiva hacia la búsqueda o pérdida de la felicidad. Y en algunos de los cuentos creo que se alcanza la felicidad; en otros no, en otros todavía hay mucha tragedia. Lo que pasa es que depende de qué estado de ánimo tiene uno en ese momento: si uno es feliz en ese momento. Durante muchos años, cuando yo escribía era porque yo no era feliz, y esa era mi forma de enfrentar eso. Tengo que confesar que para mí escribir siempre ha sido una terapia; yo no sé que habría hecho si no hubiera tenido la vocación profunda de escribir. Pero, por otra parte, si uno está feliz, ¿para qué escribe? Es mejor vivir la vida, ¿no?

¿Cuándo es bello el cuento?

Creo que el cuento más bello del mundo es aquél que logra una fusión perfecta entre un momento de gran plenitud humana con una forma plena, armónica, inevitable con que esa plenitud se exprese. En ese sentido, generalmente un cuento bello es un cuento lírico, es un cuento donde hay mucho trabajo con el lenguaje, donde se usan metáforas, metonimias, comparaciones, en fin las figuras retóricas que le puedan dar un cierto vuelo. Los cuentos más imaginativos suelen ser cuentos poéticos porque la única forma de expresar el vuelo de la imaginación es a través de un lenguaje más elevado, más trabajado, más elaborado. No puede ser un lenguaje retratista, exteriorista, como hiciera Ernesto Cardenal en su poesía. A mí esa poesía, para hablar concretamente de Cardenal, cuando se queda en ese nivel exteriorista no me gusta. Porque si yo lo que quiero es que me describan la realidad, yo voy afuera y la miro, o le tomo una foto o la filmo. La literatura debe ser capaz de mirar no sólo la fachada sino lo que está detrás de la fachada, la parte oculta de la realidad; y revelársela, primero a uno mismo como creador, y después al lector. Dice Onetti—uno de mis grandes influencias latinoamericanas—si yo supiera cómo van a terminar mis historias, ¿para qué las escribo? Si yo supiera a dónde conducen mis historias, tampoco las escribiría. El escribe para descubrir lo que no sabe y a mí me pasa igual. No tengo jamás la menor idea de hacia dónde va mi cuento. A mí me pasa una cosa muy curiosa: no soy una persona que preparo tramas y argumentos en mi cabeza—I do no plotting. Dejo que una cosa me lleve a otra y otra y otra. Como en los ejercicios que pongo a mis alumnos en los talleres. Si yo le digo a un alumno, "la primera frase va a ser 'La mujer mira lánguidamente por la ventana'", ya tienes una historia. ¿Por qué lánguidamente? ¿Hacia dónde mira? ¿Qué ve? ¿Dónde está? ¿Cómo es la ventana? ¿De dónde viene? Todo eso y más puedes desarrollarlo. Incluso esa frase, la puedes enriquecer y hacer una frase larguísima: "La mujer sentada junta a la cama pensando en su marido ausente mira lánguidamente por la ventana donde unos niños jugaban en el jardín aquella mañana lluviosa de enero". Y crece y crece y crece, y tú puedes hacer una historia en una misma oración gramatical sin parar. Es una cosa que siempre he querido hacer: escribir en una sola oración interminable una historia; eso es posible, claro, pero difícil de leer. García Márquez lo hizo un poco en El otoño del patriarca, pero era más de una oración en el fondo; yo lo que quiero es que sea de un solo aliento hasta que termina y cierra el círculo.

¿La literatura es para ti la imaginación y la creación?

Creo que la imaginación y la experiencia estética son muy importantes, porque si no, lo que estás haciendo es una crónica periodística, lo cual está muy bien, son muy importantes y necesarias pero no es gran literatura.

Anoche hablábamos de eso precisamente, si en el fondo el testimonio es literatura o no. La respuesta, como en muchas cosas en la vida, es "depende": depende de cómo lo escribas, con qué intención, con qué recursos. El hecho de que tú cuentes tal cual algo que te pasó, una especie de autobiografía, es sumamente interesante. Pero eso tiene que tener una cierta estructura y una cierta forma que la haga diferente a la crónica que vas a encontrar sobre ese mismo incidente en una nota roja de periódico. Es como uno de los primeros casos declarados de literatura de no-ficción, ¿te acuerdas? Aquel libro de Truman Capote "In Cold Blood"; pero, ¿qué estaba pasando ahí en el fondo? Estaba haciendo una crónica testimonial sobre sus conversaciones con los individuos estos que iban a ser ejecutados y los visitaba en la cárcel, pero estaba aplicando técnicas narrativas para presentarlo. O sea, iba más allá de lo que contaba a través de cómo lo contaba. Entonces, decir que eso es non-fiction fiction, es decir que es journalism. No creo que eso sea verdad en el caso de esa novela ni en el caso del Relato de un naúfrago de Gabriel García Márquez. Creo que hay técnicas narrativas que solamente un escritor puede manejar bien, aunque todo lo que cuente sea cierto o producto de una investigación de la vida real, bien documentada, etc. etcétera. Se nota en el manejo del lenguaje, de la técnica, que hay un escritor detrás. Y generalmente los mejores periodistas son buenos escritores. Muchos de los testimonios tienen ghost writers, no son de los testimoniantes. Esto entiendo que es el caso incluso con el libro tan exitoso de Rigoberta Menchú, tan desgarradoramente humano porque ella vivió en carne propia esas terribles experiencias.

¿Puedes hablar un poco del tema de la invasión en los escritores panameños?

Yo quizás no sea la persona más adecuada para hablar de la invasión; no estaba en Panamá cuando sucedió estaba en Oregon State University (Corvallis) dando clases. Lo primero que debo decirte es que había una férrea dictadura militar, contra la cual la inmensa mayoría de la población se había pronunciado en las calles y había sido fuertemente reprimida. Quizás no podamos hablar de la magnitud de represión que hubo en otros países con dictaduras militares. Por supuesto que aquí no hubo los desaparecidos, los muertos y los torturados de que se habla en Chile, en Argentina y en el Uruguay, pero aquí la cosa también se puso muy fea. Fueron veintiún años de dictadura militar. Porque si bien Torrijos fue una persona que se ganó mucho el favor de parte de la población en algunos momentos importantes del país, creo que la cosa se revertió totalmente con Noriega. Y aun en tiempos de Torrijos era una dictadura militar: por mucho tiempo no hubo libertad de prensa, había exiliados; durante los primeros dos años de su régimen Torrijos fue represivo, incluso él reprimió a los comunistas, y luego los mediatizó, los compró a todos. Creo que los marxistas panameños que finalmente acabaron en puestos de poder, en la Universidad de Panamá, en ministerios, embajadas, de alguna manera influyeron en Torrijos más que él en ellos. O sea, él en ellos porque les calló la boca, ya no eran oposición en las calles, en sindicatos. Pero él llevó un rumbo socializante, llegó a apoyar a los sandinistas. Tuvo una excelente relación con los cubanos; probablemente la CIA lo mató por eso. Pero Noriega era una persona sanguinaria, un torturador, trabajaba para la CIA, trabajaba para la Contra, trabajaba para los sandinistas, trabajaba para el cartel de Medellín. Trabajaba con todo el mundo. Era un viejo zorro. Yo estaba en contra totalmente de Noriega. Me manifesté muchas veces en la calle, y cuando la situación se estaba poniendo muy fea, que mucha gente se fue de Panamá, yo tuve la suerte en ese momento de ganarme una beca Fulbright para la cual había competido desde antes y salí del país. La invasión me agarró fuera. Estuve dos años en la Universidad de Texas, en Austin. y un año en Oregon. Creo que hubiera sido difícil deshacernos de los militares—de Noriega, en particular—sin la invasión. Por supuesto que creo que no fue la mejor manera de hacer las cosas, porque el tal bombardeo quirúrgico no fue tal. Murió mucha gente inocente, innecesariamente. Y además, hubo mucha hipocresía. Los Estados Unidos había entrenado, había amamantado, había nutrido de armas y entrenamiento a Noriega, lo había apoyado, sabía perfectamente que estaba traficando drogas. Todos los años certificaban a Panamá como un país que cooperaba con la lucha antinarcóticos. Y de repente, Noriega se les puso firme y no quiso ayudar por ejemplo a los Contras. Ahora, viendo las cosas en perspectiva, creo que en el fondo lo que querían era encontrar la manera de deshacer a la fuerza militar panameña que tenía que proteger el Canal según los Tratados. Y ahora ya están encontrando muy buenas razones para quedarse. Y lo paradójico de esto es que el partido que lo negoció—el PRD—es el mismo que está favoreciendo que se queden ahora con diversas bases militares disfrazadas del Centro Multilateral Antidrogas (CMA). Pienso que no debió llegarse a tanto, que debieron deshacerse de Noriega sin atacar a todo un país. Pero son circunstancias históricas que no se pueden prever del todo. Mi posición ha cambiado un poquito. En un momento dado me pareció que no había otra solución que la invasión. Y ahora no estoy tan seguro. Después de regresar al país y de hablar con la gente, pienso que no debió ser necesario hacer todo eso. Se mató mucha gente de una manera muy cínica. Pero volviendo a tu pregunta, deberías preguntarles a otros escritores panameños. Pienso que la mayoría te expresaría su rechazo a la invasión, aunque suelen no poner ese hecho en un contexto, simplemente olvidan cómo estaba el país bajo Noriega.

¿Cómo se ha tratado el tema de la invasión en la literatura?

Cuando uno escribe como un tema novelístico, por ejemplo, sobre la invasión de Panamá, es difícil, hay que tener una distancia crítica con un hecho histórico. No ha pasado suficiente tiempo para hacer buena literatura con ese tema. El otro peligro, que es el otro extremo, es que si pasa demasiado tiempo entonces se olvida, resulta que la memoria distorsiona. La parte documental—los hechos que alguien vivió, presenció—debe por supuesto escribirse. Eso no quiere decir que inmediatamente vas a hacer una novela con eso; lo que tienes que hacer es dejar el testimonio escrito o grabado, y pasando el tiempo tú reconstruyes eso y creas una obra, pero la obra tiene que trascender el hecho narrado. Ese es el problema de la literatura política, aunque en el fondo tenga profundas raíces humanas. El ensayo es otra cosa. La invasión debe ser abordada objetivamente—hasta donde esto sea posible—a través del ensayo que mezcla la reflexión con la investigación documental, pero enfocando el cuadro completo, el contexto social, político, económico, militar y hasta cultural de Panamá en esa época; y ver qué pasaba antes de la invasión y qué ha pasado después, no sólo el trauma de la invasión en sí. En todo caso, en lo que a mí respecta, te remito a dos textos publicados sobre este difícil y doloroso tema; un ensayo titulado "Reflexiones en torno a la invasión norteamericana a Panamá", publicado en mi libro La estética de la esperanza (tomo I, de 1993); un artículo periodístico titulado "Escritores norieguistas y escritores civilistas: Diez acotaciones a una invectiva de Changmarín" (apellido de un escritor marxista panameño), recogido en el tomo II de La estética de la esperanza (1995); y un poema titulado precisamente "La invasión", de mi más reciente poemario: A flor de piel (1997).

© Edward Waters Hood 1998


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