Apuntes biográficos

Mª Carmen Díaz de Alda Heikkilä

 

ROSALES CAMACHO, Luis Salvador. Granada, 31.V.1910 - Madrid 24.X.1992. Poeta y ensayista. Máximo representante de la Generación del 36.

 

Educado en el seno de una familia acomodada, de talante liberal y profundas raíces católicas, fue el cuarto de los ocho hijos del matrimonio formado por Miguel Rosales Vallecillos y Esperanza Camacho Corona; no se le conocen antecedentes literarios, salvo al parecer el de un tío abuelo, Antonio Corona Camacho, que fue poeta y amigo de Zorrilla. Luis cursó los estudios de Bachillerato en el colegio Calderón de los PP. Escolapios de Granada, y trabajó después durante cuatro años ayudando a su padre en el negocio familiar, un comercio de mercería que se llamaba “La Esperanza”, el nombre de su madre, donde se vendía un poco de todo. Desde niño tuvo gran afición a la lectura, aunque no a la poesía, que consideraba una actividad «poco varonil»; es a los 15 o 16 años cuando escribe sus primeros poemas: “El sauce y el ruiseñor” y “Cómo quisiera morir” (publicados en la Granada Gráfica, 1926). Sin embargo, hasta 1930 no tomará parte activa en la vida literaria de la ciudad.

Don Miguel Rosales Vallecillos y Doña Esperanza Camacho Corona, padres del poeta

Su primer acto público tuvo lugar en el Centro Artístico de Granada (12.3.1930), con una lectura de poemas que presentó Fco. Soriano Lapresa, personalidad de gran ascendencia en el grupo de García Lorca y del Rinconcillo. Gracias a esa lectura conoció a Joaquín Amigo, -autor del manifiesto de la vanguardia poética, publicado en la revista Gallo- y a través de él a García Lorca; ambos tendrían una gran influencia personal y artística en su vida. En Granada estudió Rosales dos cursos de Derecho (1930-32) e inició la carrera de Letras; cuando en 1932 se puso en marcha el Plan Nuevo de Filosofía y Letras, se traslada a Madrid con Joaquín Amigo; éste para opositar a una cátedra de Filosofía, y Luis para hacer la carrera de “Filología Románica a base de español” y abrirse camino en la literatura; deja atrás la seguridad del negocio familiar, la carrera de Derecho y a su primera novia, la granadina Carmen Hernández, la musa de las “Oraciones de Abril”.

En la universidad madrileña, «la mejor de Europa por aquellos años» (Rosales) enseñaban entonces Ortega y Gasset, García Morente, Américo Castro, Xavier Zubiri, Menéndez Pidal, Salinas, Ovejero, J.Fernández Montesinos, Salvador Fernández Ramírez y tantos otros maestros con quienes tendría después frecuencia de trato. Comparte las aulas con Juan Panero, L.F.Vivanco y María Dolores Monereo, que sería el gran amor de su juventud; un noviazgo que duró hasta el final de la guerra, y que inspiró gran parte de “Abril” y de “Segundo Abril”.

María Dolores Monereo, la musa de Abril

El poeta siempre ha recordado con gratitud la importancia que tuvieron en sus comienzos literarios García Lorca, Salinas, Guillén y Bergamín, que le abrieron las puertas de las revistas del 27. En Los cuatro vientos publicó la “Égloga de la soledad” (1933) y en Cruz y Raya un comentario a La voz a ti debida de Pedro Salinas - el libro que, junto con Residencia en la tierra, ejerció una influencia más generalizada en los escritores del 36. Seguirían “La Andalucía del llanto (1934), “La figuración y la voluntad de morir en la poesía española” (1936), y algunos poemas de Abril que verán la luz en El Gallo Crisis, la revista de Ramón Sijé. A estos años hay que remontar su amistad con Pablo Neruda, a quien conoció en una tertulia que se reunía en el tristemente desaparecido café Lyon, a la que asistía Federico y algunos amigos del grupo teatral de “La Barraca”; desde entonces se vieron con mucha frecuencia y su amistad sólo se interrumpió, temporalmente, con la guerra. La aparición de Neruda en la vida de Rosales coincide con el momento en que se materializa en el poeta la rebelión contra la poesía pura y contra su propia poesía de experimentación formal, en línea aún de influencia vanguardista.

En 1935 apareció su primer libro, Abril, en las Ediciones del Árbol, la colección que dirigía José Bergamín y en donde publicarían más tarde García Lorca (Llanto por Ignacio Sánchez Mejías), Alberti (Poesías), Neruda (Residencia en la tierra) y sus maestros del 27; siempre se sintió agradecido a Bergamín y quiso corresponder a su amistad obligándose a mantener un nivel de exigencia máxima con la propia obra hasta el fin de sus días. Abril irrumpió en la poesía española con una voz nueva, poderosa, de gran brillantez formal, pero también cargada de sentimiento, de hondura y religiosidad; es un libro de poesía amorosa, de amor trascendido, en el que confluyen experiencias biográficas y aprendizaje poético de muy diversa índole, que refleja todo lo que en la poesía estaba en pugna en aquellos momentos: humanización, neorromanticismo, clasicismo y elementos vanguardistas.

Desde época temprana defiende Rosales que la expresión poética personal «sólo puede lograrse partiendo de la expresión colectiva» y que en todo gran poeta se da una condición resumidora. Cuando define su «mundo poético» —un concepto que desarrolla en dos importantes ensayos: “Leopoldo Panero, hacia un nuevo humanismo” y “La poesía de Neruda”— se reconoce deudor, en un primer momento, de García Lorca, Neruda, Guillén y Salinas; después de Machado, Unamuno, Ortega, Vallejo y Rilke, a quien tanto admiraba, porque «era poeta y odiaba lo impreciso».

Luis Rosales en un recital poético (Archivo: Carmen Díaz de Alda Heikkilä)

La Guerra Civil (1936-1939) marcó definitivamente la vida y la obra de Rosales. En los días anteriores a la sublevación, la casa del escritor estuvo fuertemente vigilada por las autoridades republicanas, ya que la militancia falangista de sus hermanos José y Antonio la hacían sospechosa de ser uno de los núcleos de la rebelión. Al producirse el alzamiento militar, Luis se unió a la Falange, no tanto por convencimiento - “mortal antipolítico”, le definiría Neruda- como por su fe católica y su estimación por la persona de José Antonio. Durante los primeros días de la guerra se le encargó la organización del cuartel de Granada; de ahí fue trasladado al frente y posteriormente fue nombrado jefe de sector de Motril.

Federico García Lorca, que había sido objeto de amenazas e intimidaciones en su domicilio familiar, se había refugiado el 9 de agosto en casa de su amigo Luis, considerándola un lugar seguro por vivir allí destacados falangistas. Contra todo pronóstico fue detenido el 16 de agosto por Ramón Ruiz Alonso (ex diputado cedista enfrentado con la Falange granadina), sin que los Rosales pudiesen impedir su detención, liberarlo ni evitar su fusilamiento. Tremendo golpe al que siguió pocos días más tarde el asesinato de Joaquín Amigo, en este caso a manos de los republicanos. Estas muertes sumieron al poeta en la mayor desolación, y acentuaron su descreencia política y su tono vital desengañado. El desengaño sería en adelante un tema recurrente en la obra del escritor.

El asesinato de García Lorca fue la experiencia más dramática de la vida de Rosales, una «llaga sangrante» que dejó en él una huella profundísima agravada por la calumnia de quienes llegaron a acusarle de ser culpable de su muerte. La implicación de Rosales en esos acontecimientos ha sido amplia y rigurosamente documentada por Agustín Penón, Ian Gibson, Molina Fajardo, Marcelle Auclair, Díaz de Alda, Felix Grande y otros investigadores, que demostraron no sólo su inocencia, sino las graves consecuencias que pudo acarrearle su arrojada defensa de Federico, ya que sólo la providencial llegada de Narciso Perales a Granada — cuya autoridad nadie discutía por ostentar la Palma de Plata de la Falange — y una fuerte suma satisfecha por su padre, lo salvaron de ser fusilado.

En 1937 se incorporó a la prensa nacionalista en Pamplona, colaborando en Arriba España y en Jerarquía, hasta que en 1938 pasa a la Dirección General de Propaganda en Burgos, bajo la Jefatura de Dionisio Ridruejo; en esos años irá dando a la imprenta los Poemas de la muerte contigua, escritos entre 1936-1938, y algunas composiciones que aparecieron en obras colectivas: Los versos del combatiente, publicados bajo el pseudónimo de José R. Camacho, la Antología Poética del Alzamiento de Jorge Villén y la Opera Omnia Lyrica de Manuel Machado. Vuelve Rosales al ensayo con La salvación del amor en la mística española (1938) y edita, en colaboración con L.F.Vivanco, la Poesía heroica del Imperio (suya es la segunda parte de la antología, la dedicada a “El desengaño del Imperio”), y La mejor reina de España (1939), su única obra teatral publicada.

Al acabar la guerra los supervivientes de la contienda tratan de recomponer lo que había sido la vida literaria antes de 1936; se crearon nuevas revistas, se reanudó la actividad de las tertulias, y se intentó recuperar una “normalidad” que hiciera posible la vida cultural de posguerra. Reaparece la tertulia del café Lyon, donde se reúnen en esta segunda etapa los supervivientes de tres generaciones. Frecuenta también Rosales la tertulia del Lyon D'Or, la de Musa musae y la del café Gambrinus, anticipo de las Conversaciones de Gredos, que se celebraron entre1951-1960 en el Parador de Gredos bajo la dirección del Padre Alfonso de Querejazu. En 1940 apareció Escorial, la revista cultural más importante de la inmediata posguerra, que se convertiría en portavoz de la generación del 36. De inspiración falangista, nació con vocación de «contrarrestar el clima de intolerancia intelectual desatado tras la contienda» (Ridruejo); Luis Rosales actuó como Secretario desde 1941 a 1950, abriendo la revista a las manifestaciones culturales del extranjero y dotándola de un tono cada vez más literario. En Escorial publicó el Retablo Sacro del Nacimiento del Señor, con el que culmina la línea de religiosidad que había iniciadado en Abril.

En 1940 finaliza Rosales sus estudios de Filosofía y Letras y defiende su Tesis de Licenciatura (El sentimiento del desengaño en la poesía española del Siglo de Oro). Durante los años que van de la publicación del Retablo (1940) a La casa encendida (1949), Rosales se refugia en el estudio y el ensayo, -“se recupera en silencio y en palabra”, como escribió Neruda- , dando a la imprenta importantes trabajos de erudición; la renovación del lenguaje poético que va a llevar a cabo no habría sido posible sin estos largos periodos de reflexión y de estudio. De la misma manera, tras la publicación de La casa encendida y Rimas, se «enterrará» otros diez años para escribir Cervantes y la libertad, su ensayo de mayor envergadura. Visto desde otra perspectiva, Rosales, el «poeta» por antonomasia, podría ser considerado como un destacadísimo erudito cuyos ensayos se interrumpen esporádicamente para crear poemas insólitos y renovadores. En este periodo escribe la Poesía del conde de Salinas (núcleo de su tesis doctoral), y publica Poesía y verdad (1940), Algunas consideraciones sobre el lenguaje (1947) Algunas reflexiones sobre la sátira bajo el reinado de los últimos Austrias (1944) y La alianza anglo-española en el año 1623 (1945), así como las antologías de B.Gracián (1942), Á.Ganivet (1943) y Poesía de Juan de Tassis, conde de Villamediana (1944).

La pérdida de sus padres en 1941 dejó al poeta “sin casa y sin raíces”. Doña Esperanza falleció el 17 de enero; cinco días después murió don Miguel Rosales, no sin antes encomendar a Luis un libro dedicado a la memoria de su madre. El contenido del corazón fue el fruto de esa promesa. Meses después el poeta se instala en Madrid con su hermana Esperanza, recién casada con Enrique Frax, un amigo de su juventud, en un piso situado frente a la nerudiana “casa de las flores”; allí reside hasta abril de 1951, en que contrae matrimonio con María Fouz de Castro y fija su domicilio en Altamirano 14, la “casa encendida” del poema. De este matrimonio nacerá en 1952 su único hijo, Luis Cristóbal.

El contenido del corazón (1969), cuya primera versión inconclusa se publicó en dos entregas en Escorial (1941 y 1942), y La casa encendida (1949), que fue una interrupción de El contenido, representan su etapa de madurez y en ellos se entronca la mayor parte de su producción futura. La casa encendida es una de las mejores obras de la poesía española contemporánea; un poema que escribió de un tirón, en una semana en la que trabajó, a decir de Pablo Antonio Cuadra, «como un poseído de las musas»; en ella llevará a cabo la idea primitiva de El contenido del corazón: una obra dividida en tres partes dedicadas a la amistad, el amor y la familia. La casa es el espacio poético en el que reúne todos los componentes de su corazón: los recuerdos de la juventud, su niñez granadina, el entorno familiar, la aparición de la amada…, que van iluminando las estancias y el corazón del poeta en un largo poema que discurre entre visión onírica y realidad. Luis Rosales con La casa encendida (1949) y Pablo Neruda con el Canto general (1950) serán los artífices de esa nueva concepción del poema épico-lírico que había anticipado el peruano César Vallejo en España, aparta de mi este cáliz.

Boda de Luis Rosales con María Fouz

En 1949, un año clave para el grupo del 36; junto a La casa encendida se publicaron Escrito a cada instante (L.Panero), Continuación a la vida (L.F.Vivanco) y La espera (J.Mª Valverde). El magisterio de Antonio Machado se pregonó generacionalmente a través del número de homenaje que organizó Rosales en Cuadernos Hispanoamericanos (1949), que inicia así su colaboración con el Instituto de Cultura Hispánica; primero como Subdirector de Cuadernos (1949-1953), después como Director y por último como Director de Actividades Culturales y Artísticas del Instituto, puesto que desempeñó hasta el día de su jubilación. Otro hecho relevante en 1949 fue la breve y polémica colaboración con el grupo leonés de Espadaña, en cuyas páginas los escritores del 36 lanzaron el Manifiesto de la "poesía total".

La vocación americanista de Luis Rosales se manifestó desde época muy temprana; de los años 40 arranca su amistad con los escritores más importantes del continente, huéspedes de aquella “casa encendida” de la calle Altamirano donde solían aparecerse «todos los poetas, a través de los años, desde los más lejanos países del idioma» (J. Coronel Urtecho); relación que se afianza durante la misión poética a Hispanoamérica, y que podemos considerar culminada en el reconocimiento y la amistad que ha mantenido con los más destacados escritores de nuestra lengua: desde Neruda a Borges, de Pablo Antonio Cuadra a Rojas Herazo, de Onetti a Paz, de Coronel Urtecho a Rulfo, de Ernesto Sábato a Ernesto Cardenal. Su apoyo a los escritores hispanoamericanos desde el Instituto de Cultura Hispánica, fue decisiva para su introducción y consagración en España.

Luis Rosales, José Coronel Urtecho, José María Souvirón, Eduardo Carranza, Leopoldo Panero, Dámaso Alonso y Luis Felipe Vivanco, años 50.
Archivo Histórico Nacional. Madrid.

Precisamente desde el Instituto se organizó la llamada “embajada poética” a América; en ella participaron Agustín de Foxá, Leopoldo Panero, Luis Rosales y Antonio de Zubiaurre; se llevó a cabo a fines de 1949 y se extendió hasta el 8 de marzo de 1950, meses en los que visitaron Cuba, Puerto Rico, República Dominicana, Venezuela, Colombia, Panamá, Costa Rica, Honduras, Nicaragua y México. Para Rosales, desde el punto de vista literario, este viaje tiene además el indudable interés de ser la fuente principal de Oigo el silencio universal del miedo (última entrega poética de La carta entera) y de la inacabada Nueva York después de muerto.

Luis Rosales con Antonio de Zubiaurre, Leopoldo Panero
y Agustín de Foxá, durante la misión poética a Hispanoamérica de 1949.
Foto tomada en Costa Rica, 1950. Archivo Histórico Nacional. Madrid.

Tras la aparición de La casa encendida con la salvedad de las Rimas, que se publican en 1951, Rosales se retrotrae de nuevo a la actividad ensayística. En 1955 presenta su Tesis Doctoral sobre La obra poética del conde de Salinas, en un intento por conseguir una cátedra que nunca llegó, a la que renunció -una renuncia más en su vida- en solidaridad con Pedro Laín, privándose con ello la universidad española del que habría sido un magnífico profesor. Magisterio reconocido por otra parte a ambos lados del Atlántico, y que quedó plasmado en el afectuoso y respetuoso apodo de “maestro” con el que se dirigían o referían al poeta. En estos años escribe los imprescindibles Cervantes y la libertad (1960), El sentimiento del desengaño en la poesía barroca (1966), Pasión y muerte del conde de Villamediana (1969), Antología de la poesía española del Siglo de Oro (1970), La imaginación configurante (1971), Teoría de la libertad (1972) y Lírica española (1972), que obtuvo el Premio Nacional de Ensayo.

En 1962 fue elegido miembro de la Real Academia Española de la Lengua y de la Hispanic Society of America, y fue nombrado miembro del Consejo Privado de la Corona, culminando así una trayectoria monárquica que empezó a manifestarse en la inmediata posguerra, y que le llevó a dirigir en 1947 la revista Vida española. Ese mismo año adquiere una casa en Cercedilla, donde en adelante escribirá casi toda su obra. Entre 1965-1971, tras su dimisión como director de la revista Cuadernos Hispanoamericanos, dirigió el Gran Diccionario Enciclopédico Ilustrado de Selecciones del Reader´s Digest.

En la década de los 70 asistimos a un renovado y entusiasta retorno a la poesía. En 1972 publica Segundo Abril (escrito entre 1938-1940 en Pamplona y Burgos), que representa el «despegue de las escuelas poéticas de experimentación y de vanguardia» (Rosales). Abril y Segundo Abril son dos partes del mismo libro, en el que la segunda es el resultado de una completa revisión, «intentando alejarlo en lo posible del vanguardismo», y dotarlo de una organización temática más unitaria. Ese mismo año la revista Cuadernos Hispanoamericanos le dedicó un número extraordinario de homenaje. Publica Canciones (1973), Como el corte hace sangre (1974), Las puertas comunicantes (1976) y Pintura escrita (1978), cerrando la década con Diario de una resurrección (1979), quizás la obra más significativa de este periodo; poema torrencial, escrito desde el apercibimiento de la vejez, con una urgencia de carácter vital estremecedora, en el que clasicismo y vanguardia se funden con un denso contenido existencial. Aparece también una importante contribución al ensayo literario: La poesía de Neruda (1974), que fue el prólogo a la primera edición que se hizo en España de las obras del escritor chileno; un estudio de gran profundidad y finura en el que el análisis poético se mezcla con los recuerdos del poeta chileno, a quien había conocido en 1935 en Madrid, una amistad que, pese a todo, mantuvieron hasta el final de su vida.

Luis Rosales con Luis Felipe Vivanco y Pablo Neruda. Sin fecha.
(Archivo Histórico Nacional, Madrid)

Si importante fue la labor de Rosales como secretario de Escorial y al frente de Cuadernos, no menos decisiva fue su actividad como director de la revista Nueva Estafeta (1978-1983), editada por el Ministerio de Cultura y sustituta de La Estafeta Literaria; bajo su dirección se convirtió en uno de los escasos ámbitos de convivencia y pluralidad de los que tan necesitada estaba la España de la transición, y en ella tuvieron cabida distintas orientaciones ideológicas y colaboraciones en las diferentes lenguas peninsulares, a la vez que se abría a la literatura extranjera, particularmente a la hispanoamericana.

Su última obra, La carta entera, es en cierto modo su testamento poético; ciclo autobiográfico de larga gestación -tardó más de treinta años en darla a la imprenta- «para no olvidar nada, para no dejar fuera a nadie», en ella plasmará Rosales su concepto de la “poesía total”, una poesía del “hombre entero” que abarca todos los géneros literarios borrando sus fronteras. Es una obra pasada por el corazón y por la experiencia, la expresión máxima de un proceso vital, personal y universal que el poeta entiende llegado a su punto culminante. Llegó a publicar tres de las cuatro entregas previstas: La Almadraba (1980), Un rostro en cada ola (1982) y Oigo el silencio universal del miedo (1984). Se le quedó entre las manos Nueva York después de muerto, el anunciado homenaje a Federico García Lorca.

 




Esta breve biografía no sería completa sin recordar otros ámbitos en los que Rosales destacó a lo largo de su vida. Gran especialista en pintura, y profundo conocedor de la música y el flamenco (fue miembro de honor de varias Peñas), escribió sobre estos temas con conocimiento y sensibilidad. Citaremos, entre otros, El desnudo en el arte y otros ensayos (1987), La Andalucía del llanto (Al margen del “Romancero gitano”) (1934), El cante y el destino andaluz (1979) y El pozo del cante jondo (1981)

El poeta fue distinguido con numerosos premios: Premio Nacional de Poesía (1949), Premio Nacional de Literatura (1952), Premio Bonsoms (1960), Mariano de Cavia (1961), Premio de la Crítica (1970), Nacional Miguel de Unamuno (1972), Nacional de Ensayo (1973), José Lacalle (1975), Internacional de Poesía "Ciudad de Melilla" (1981), Cátedra de Poesía “Fray Luis de León”-Ciudad de Salamanca (1982), Prometeo de Plata (1982), Medalla de Honor de la Fundación Rodríguez Acosta (1986), Hijo Predilecto de Andalucía (1989), etc. En 1982 su trayectoria literaria fue reconocida con la concesión del Premio Cervantes.

Luis Rosales falleció el 24 de octubre de 1992 en la Clínica Puerta de Hierro de Madrid. Sus restos descansan en el cementerio de Cercedilla, el pueblecito de la sierra madrileña en el que escribió gran parte de su obra.

 

 

 

Ingreso en la RAE. Le impone la medalla de académico D. Ramón Menéndez Pidal

Entrevista con Joaquín Soler Serrano para el programa de TVE "A fondo"

Luis Rosales con Ma Pilar Palomo y Carmen Díaz de Alda
"Jornadas de Poesía Actual", febrero 1985, Facultad de CC. de la Información de Madrid
(Archivo: Carmen Díaz de Alda Heikkilä)

Luis Rosales con Carmen Díaz de Alda (examinando la Tesis doctoral sobre el poeta el día de su lectura). Fecha: 3.07.1989 (Archivo: Carmen Díaz de Alda Heikkilä)

 

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Monográfico Luis Rosales
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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