Gregorio Torres Nebrera

Universidad de Extremadura


 

 

Resumen: En este trabajo se propone una aproximación a algunos aspectos sobresalientes del importantísimo libro de Rosales Diario de una resurrección a través de dos poemas destacados del mismo, procurando subrayar la incidencia, en este mantenido diálogo entre amante y amada, del otro ajeno, que sirve de ejemplo y estímulo para esa aventura amorosa.
Palabras clave: poesía española, Luis Rosales, presencia de la otredad

Abstract: In the present work an approach to some of the most significants aspects of Rosales' important book Diario de una resurrección through two highlighted poems is proposed, trying to emphasize the incidence in this dialogue between lovers, of the other, which serves as example and encouragement for that love affair.
Keywords: Spanish poetry, Luis Rosales, presence of the otherness

 

El largo y complejo libro Diario de una resurrección (México, Madrid, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1979), con sus treinta y ocho poemas, casi todos largos, ponía fin a una década de silencio poético de Rosales, desde su anterior poemario importante El contenido del corazón (1969), un silencio relativo, pues en ese periodo medial entre ambas señales del calendario-1969, 1979- Rosales había ofrecido una triada de libros menores, en cierto modo adelanto de lo porvenir, como fueron Segundo abril, Canciones y Como el corte hace sangre. El nuevo libro (resurrección también a la actualidad poética, como maestro consagrado que entonces ya lo era sobradamente) fue presentado en la emblemática librería de la Transición «Antonio Machado» y por dos nombres igualmente señeros de nuestras letras, Caballero Bonald y Antonio Gala.

En aquel acto, Rosales reconocía que con este libro se iniciaba su periodo de senectute, que en su caso fue de plena madurez ( detrás de este título vino la excelente y definitiva trilogía de «La carta entera», trilogía que iba para tetralogía, si bien quedó en el telar una cuarta parte o entrega, que estaba concebida como un diálogo en el arco del tiempo con el Federico de Poeta en Nueva York), de modo que Diario de una resurrección se debe entender, en su dilatada bibliografía y trayectoria, como un libro/umbral a la última etapa de su escritura poética, al tiempo que una recuperación del versolibrismo tan deudor de la modernidad surrealista como de la incorporación de una cierta narratividad en el poema, ingredientes con los que Rosales había sorprendido tan gratamente en el más representativo de todos sus libros, La casa encendida, treinta años antes. Pero volvamos a la presentación de este Diario . « Es el libro más abarcador de vida que he escrito, con el aspecto tremendo de llegar desesperada y alegremente a la vejez», dijo entonces su autor, y añadió, con respecto a aquella entrega y a lo que ya entonces tenía en el telar (La almadraba) que « desde hace varios años me inclino a acercar la lírica a la épica y la épica a la narrativa: hacer una épica de lo cotidiano, de las cosas usaderas comunes». Y no pocos estudiosos de Rosales consideran este libro como el mejor de sus títulos de creación poética.

Diario de una resurrección (reeditado el año del centenario, 2010, por la editorial Visor) se viene etiquetando como uno de los poemarios amorosos más importantes del siglo XX. Pero es urgentemente necesario matizar esa afirmación, pues la poesía que en este libro se ofrece no es sólo de amor en la pareja, que también, sino de amor al mundo vivido, experimentado, en donde está lo propio y lo ajeno, en donde se establece la liana comunicativa con la otredad que nunca debe sernos indiferente, para sentirnos amantes globalizados y globalizadores. Y en donde cabe la alegría y el gozo al lado del dolor, del sentimiento de la caducidad, como las dos caras de una única acuñación. En una entrevista con J.J. Perlado, Rosales reconocía lo que sigue, y que viene muy bien puesto, como marca páginas, en medio de Diario de una resurrección: «Yo he sido un hombre sumamente alegre, ligado a la vida, con una capacidad de vivir la vida desde sus aspectos más pequeños, más cotidianos y recónditos, y vivirlos con intimidad, con deslumbramiento. … Y es curioso que una persona tan alegre como yo durante años haya escrito una de las poesías más desengañadas que se han escrito en nuestro tiempo….»

Uno de sus tempranos reseñadores en el diario ABC (27-XII-79), Florencio Martínez Ruiz, destacaba de este libro su «caudaloso río de imágenes en cuya corriente discurre lo realista y lo inefable, entre el surrealismo y lo patético humano», y acertaba con un aspecto que me interesa resaltar, con las mismas palabras del crítico, porque sobre esa apreciación va a girar buena parte de lo que seguidamente se analiza: «Lo que sorprende en un lírico tan cordial es la terrible objetividad de este libro, aun cuando contiene un tracto alucinatorio y casi alienante y la visualización de las cosas-la antropología de los elementos cercanos: el sofá, el teléfono, el reloj, las huellas de los seres, el pañuelo, etc- son un tacto, una impregnación que compromete y borra los espacios neutros. Hasta el punto que la humanización es completa».

Este excepcional libro en una lista de libros indispensables ha tenido ya algunas exégesis que ayudan a entenderlo en su mucha dificultad (pero insuficientes todavía, para su complejidad y valía) y en las que me apoyo en esta ocasión; así, por ejemplo, el artículo de María Payeras Grau «Diario de una resurrección en la obra poética de Rosales» en el volumen de Sultana Whanón y José Carlos Rosales (eds) Luis Rosales, poeta y crítico. Granada, Diputación Provincial, 1997, pp. 87-123; o el prólogo de Luis García Montero a la mencionada y reciente reedición de libro en Editorial Visor, pp. 7-27. Pero quiero ahora detenerme, para un intento de lectura más profunda, en dos de sus poemas en los que esa religación con lo humano, ese monodiálogo con la otredad, tienen hermosa y emocionante contextura, y en los que el interés del yo lírico se desplaza hasta sendos «tú» o «él» que no son la amada, pero sí son objetos/sujetos de comprensiva y amorosa aproximación: «Guardo luto por alguien a quien no he conocido» (de la primera parte del libro) y «Se llamaba Molina» (de la segunda mitad).

«Guardo luto» evoca, y escenifica, una experiencia de vidas y muertes paralelas, como sendas participaciones de un mismo universo, en el que los compartimentos estancos son sólo convenciones auxiliares con las que defender nuestra intimidad o nuestro egoísmo. Y es que el binomio Eros/Thanatos es fundamental en la estructura profunda del libro, o dicho de otro modo, a la exaltación de lo amoroso, como reviviscencia, que se concentra en sus primeros poemas, le sirve de contrapeso la obsesión por la fugacidad de la vida. En el poema señalado se recoge la comunicación inadvertida de un instante que nos queda para siempre, perenne, de la que ya no podremos inasirnos (sería, tal vez, también el momento del encuentro de la amada: el tú expreso del poema, con la concreción realista que narrativiza el recuerdo: «te voy a recordar que estábamos entonces en el Sanatorio Puerta de Hierro/ en la planta primera a la derecha»). Porque el poeta empieza por sentir el hueco de la ausencia, de la falta, como una visión permanente, ante la que no es posible cerrar los ojos («un cristal que no se empaña»; algo parecido ocurría en La casa encendida). Fue la intensa vivencia de dos agonías paralelas, que eran como la misma, la conocida y la por conocer, pues un delgado muro, que vela la imagen pero filtra el sonido, no puede negar lo que palpita y lucha en la intimidad ajena, hasta hacerla parte de nuestra propia intimidad. Basta una leve tos o un doloroso jadeo para que metonímicamente reconstruyamos toda la entera identidad del que vive y muere muy cerca de nosotros, invitándonos a la pequeña porción de amor aproximativo a lo que, cuando vamos de prisa o encapsulados en nosotros, consideramos siempre ajeno. La lectura de este poema me trae siempre a la memoria un excelente y emotivo relato de Clarín, «El dúo de la tos» (o la historia de dos enfermos de tuberculosis, ubicados en habitaciones contiguas de un balneario, que no llegan a mirarse a los ojos, a reconocerse en sus respectivos rostros, pero sus almas sí se sienten próximas y dialogan con lo único que tienen disponible, la tos de sus maltrechos pulmones que vence la distancia que crea el enajenamiento).

Dice el poeta-volviendo a los versos de Rosales- que el color de los ojos que nunca llegó a ver, pero que presintió con dura claridad, «tienen un color de tabaco quemándose», es decir, de algo vivo como el fuego que avanza inexorable hacia la muerte, sujetos al tiempo y su consunción. Pero también es mirada de lluvia (oposición de contrarios) que limpia y vivifica, aunque nunca se pierda de vista su permanente connotación de muerte, sino que la sosiega iluminándola («se hizo una luz que me hizo recordar/ nuestra muerte contigua») la muerte que a todos acaba abrazándonos y protegiéndonos por igual: «la muerte junta y grande que llenaba dos cuartos separados por un tabique de rasilla»).

En la tercera secuencia del poema esa muerte común y compartida (leit motiv fundamental de todo el texto) se siente como un olor o como un tacto sutil, apenas perceptible, y que si acaso se concretaba intermitentemente, era en el ruido del estertor, en la materialización sonora de la presencia letal. Y es que la palabra, como sedante o como estertor, nos acompaña y nos despide en el mismo umbral de la muerte. El poeta finge, o imagina, o recrea, otra expiración-o serena desesperación en el bien morir-a su lado («Yo velaba a un poeta/ un amigo indeleble»). Una muerte que es como una interminable caída que va deseando y anulando la palabra («Estoy siempre cayendo y el despertar hace más brusca la caída […] Cuando me calle puedes decir amén»).

La secuencia fundamental del poema, la quinta, se centra en la presencia de ese prójimo lejano y próximo, a través del estertor que es el hilo sutil que separa, y une, la muerte de la vida, la vida con la muerte. Llega su sonido como «un paso de viento entre hoja secas» como el chisporroteo del fuego cuando lo hiere el agua, imágenes de la muerte venciendo en el estertor de la vida.

Como en el lejano y recordado relato de Clarín, la repetición de la tos cercana, días y noches, nos suscita el deseo de conocer, de identificarnos con el dolor que nos lacera y nos inquieta, porque lo tememos muerte a la hora de la resurrección del día, e imaginamos un rostro, una historia, una palabra tal vez del que agoniza tan cercano. Todo ello con temor, con temblor, con el miedo casi asomando en el otro extremo del tránsito, «con esa suspensión, casi deshabitada, que se suele sentir cuando pasamos por un puente», excelente asociación tomada de la experiencia, de las muchas que abundan en el poemario. El poema va convirtiéndose verso a verso, lenta pero indefectiblemente, en la solidaria identificación con quien antes no era nadie y luego lo es pleno cuando lo sentimos parejo en el tiempo que huye, en el largo día hacia la noche, de modo que el jadeo ajeno «fue siendo, poco a poco, mi reloj de vivir», en aquella circunstancia de la coincidente estancia en el hospital, y algo más simbólico y duradero en el tiempo, ya remansado, de la evocación y la escritura: «hoy es la punta de un taladro/ que ha terminado por socavar mi corazón y el muro». Es imposible el olvido, la ausencia de ese recuerdo («como la ausencia es un cristal que no se empaña» dice el verso de apertura). Y ya en El contenido del corazón Rosales había escrito que «todo recuerdo verdadero es igual que una resurrección y repentiza, de nuevo, nuestra vida».

En la última secuencia llega la conclusión, la elevación a categoría de la anécdota de partida y el envío del mensaje al tú silencioso de la amada, para incardinar el poema en el denominador común del conjunto. Se quiere llegar a esta simbolización que así se formula: «esa muerte contigua que nos acompañaba sin conocernos/ ha sido el arco iris del dolor». Arco que es enlace, alianza, entre la vida y la muerte, como el puente evocado versos atrás. Ya el referente de la experiencia recreada no es el agonizante anónimo que la gestó, sino el cirineo de las tres heridas del amor, de la vida y de la muerte que ayudará al supremo tránsito, como el yo lírico se sintió con-pasivo con el estertor del anónimo agonizante: «tienes que recordar que yo he guardado un luto tuyo como si me vistiera con tu piel», un excepcional versículo en el que encajan los tres metros que estructuran rítmicamente todo el poema: heptasílabo+eneasílabo+ endecasílabo. En esa experiencia del dolor, del real por enfermedad, del existencial por la carga de los años, por los últimos metros del viaje al cero de llegada, la amada ayuda, como ayudó el yo lírico, a bien morir, en la silenciosa compañía al otro lado del tabique separador y unidor a la vez: en ambos casos se hubiese preferido lo que se formula como una desiderata que aporta la claridad en lo oscuro, la protección en el riesgo: «puedas seguirme encristalando el dolor de vivir», siempre que entendamos ese gerundio como fanal que permite a la luz de la llama proyectar sus rayos y quedar inmune al viento que puede apagarla, matarla.

También llega hasta Diario de una resurrección la angustiosa percepción del ataque devastador del tiempo sobre los seres, de la inevitable caducidad. Así en el poema que mejor define esa búsqueda de la otredad, que es como bucear dentro de uno mismo, titulado «Se llamaba Molina», en el que el Rosales de este libro se nos revela también como un moralista; poema que, como bien dice María Payeras en el artículo mencionado arriba, es «exponente máximo de una disposición estoica ante la vida», afrontándola por delante, sin el lenitivo delicuescente de la memoria, de mirar atrás con nostalgia paralizante: «la lección que consiste en no mirar atrás para no gangrenarse/ en el recuerdo».

La dedicatoria del poema a Dámaso Alonso, ¿evoca un modelo: el poema damasiano de Hombre y Dios «A un río le llamaban Carlos»? Al fin se va a perfilar una vida ajena con la que el poeta muestra deseo de aproximación, de identificación, de ejemplo de vida. Una vida que, si no se sustenta en la metáfora del río, sí lo hace en la del camino.

No estamos solos en el mundo de risas y llagas. Aunque nos creamos egotistamente únicos, todo haz tiene su envés, toda cara su cruz, y al dorso de nuestra vida puede estar acuñada otra vida, aunque no seamos capaces siempre de conocerla, de entenderla. Una correspondencia entre lo que parece muy distante o muy distinto, aunque no lo sea: «Hay años que se juntan en cielos simultáneos,/ y entonces acontece lo imprevisto/ pues se puede vivir al mismo tiempo sucesos que no tienen la menor relación». El poeta ha tenido la ocasión, a la vez que el amor que resucita, de recibir la impronta, la luz de una aurora inesperada («Hay una aurora boreal que sólo puede verse una vez en la vida,/ no siempre la hemos visto cuando llega a nosotros»). El poema se inicia orientado hacia la dominante de la poesía amorosa, con esa cita de Amado Nervo, que se erige en estribillo o ritornello del mismo, hacia su final («Hasta mañana, amor, hasta mañana», del poema «Bonsoir», del La amada inmóvil) pero enseguida notamos otra presencia en su narrar, la de un ser marginal, que encarna la interinidad del vivir y su desapego de las cosas terrenas, que sirve de ejemplo reconfortante para el tránsito inaplazable.

En el diálogo amoroso se introduce una evocación que ayuda a conocerse mejor: «Ahora tengo un recuerdo que me puede servir para identificarme». Y ese recuerdo es la historia-parte de su historia- de un tal Molina, que representa la otredad que lleva a la meditación sobre el modo de transitar por la vida, para que duela menos la muerte: el desprendimiento de los bienes materiales, la sencilla grandeza del estoicismo. Cara y gesto de cansancio y experiencias imperturbables, como maestro de la vida, porque la ha sufrido y la ha bebido entera («y un rostro atestiguado, coherente, lleno de sobriedad»), alguien que estaba en terreno de nadie, en el límite de lo que somos y dejamos de ser («un talante de tierra fronteriza»). Alguien que había vivido sin afectos, porque los afectos atan (y a ellos podemos sucumbir) en el súmmum del desistimiento («había vivido siempre como externo, / sin apagones afectivos»), siendo astilla que se desprende, y se aparta, pero nunca espina que se hinca y ahínca. En el contexto de un libro amoroso, de religación personal, que se interpreta como resurrección, contrasta, hasta singularizarse, este poema que rehúye ese enlazamiento de cuerpos y almas, esas querencias que nos hacen de alguien y nos tientan a creernos poseedores de alguien, y no sólo de nuestra escueta y desnuda voluntad de nómadas. Vale la instantaneidad del sexo que laxa la sed, pero nunca arraiga hasta anclarnos en un punto de nuestra historia: «las mujeres me han refrescado el cuerpo alguna vez y son como la lluvia/ pero nadie se queda con el agua en el cuerpo». El tal Molina, el solitario del poema, cifra en el ir de acá para allá, en el deambular ‘desnudo de equipaje’ sentimental (y no sólo material) el placer de la vida libre, del desistimiento que no es egoísmo, sino magisterio en la autosuficiencia, hecho a fuego de penurias y noches atirantadas de estrellas: «lo que me gusta es alejarme,/ alejarme de todo y andar, andar, andar,/ sólo estando de pie me siento hombre,/ pisar la tierra es un orgasmo».

El poema resulta de los más «narrativos» del conjunto (es lo que exige salir de la intimidad del yo lírico a la búsqueda de la otredad). «Lo conocí una tarde enterradora del verano andaluz», con la sutil sugerencia de ‘acabamiento’ que lleva el adjetivo «enterradora» sobre los esperables «tórrida» o «aterradora». El poeta cuenta que al mendigo que encontró apostado en el zaguán de su casa le abrió la puerta, o dicho de otro modo, el yo lírico se abre al otro, se comunica en amistad, venciendo una inicial resistencia («tenso, ciego e inquisidor») que se aligera con la capacidad suavizadora del verbo («aligerando las palabras») pero también con las posibilidades profundamente comunicativas del silencio, que acerca más, que hace más cómplices («así callé con él durante varias horas/ y así pasaron varios días».

El poema, divergiendo de la tónica general del libro, se extiende en un retrato moral del personaje que ha invadido el entorno íntimo del poeta, su espacio y su escritura. Y en ese retrato sobresale el desistimiento, el estoicismo del personaje, talante-o esencia- que el poeta parece prepararse a asumir cuando el libro va acabando. «Conviene que sepáis que Molina llevaba todas las cosas, hasta el dolor, de una manera displicente». Así reza uno de los versículos más largos de todo el poemario, enhebrado de tramos yámbicos heptasílabos, pentasílabos y eneasílabos (7+7+5+5+9). Pero el estoicismo no es nunca desapego, no es traición, no es deslealtad, sino todo lo contrario, fidelidad desde la incontaminada dignidad (Molina era más digno que resignado). El poema necesita un asidero narrativo concreto: el mendigo tiene la vista casi perdida, y se le procura una intervención de cataratas, se le devuelve la mirada, lo que más necesita, anhela y goza el nómada que es Molina. Pero ese hecho, paradójicamente, genera lo que Molina nunca buscó: quedarse a vivir, asirse a un sitio, a unas personas, a unas palabras, permanecer efímeramente. Un anclaje que dura lo que dura la necesidad. Luego el desarraigo buscado y gozado, luego otra vez el estoico desasimiento. «En cuanto mejoró no volvimos a verle;/ se fue sin despedirse;/ todo lo había vivido de una manera póstuma;/ nosotros no pudimos olvidarle».

Molina es un recuerdo clavado en el centro del monodiálogo con la amada. Y un broche en el tiempo que anuda los segmentos deshilachados: «La memoria unifica los muertos y los vivos». O como lo dice de forma impecable Rosales, rebuscando en el diccionario las voces que, por no usadas o no gastadas, abren surcos de luz en la expresión y de entendimiento en la comunicación: «esta continua dislaceración/ del tiempo irrestañable y el cuerpo dirimente»: el permanente e imparable desgarro que hace el tiempo para desunir cuerpos de la vida y de lo que se ama.

La sincopada historia de Molina es el exemplum en el que amante y amada deben reflexionar acerca de su propio destino, de su recíproca comunicación. «Quiero que hagamos nuestra la lección de Molina», una lección que se basa en dos requisitos fundamentales: a) evitar a toda costa la nostalgia, que oxida el latir hodierno, que lo anula y le pone impedimentos para seguir («nunca quise convertir la tristeza en resignación») y b), la valentía suficiente, la necesaria capacidad de desistimiento-la fortaleza del estoico-«de quien lo pierde todo sin angustia, /simplemente/ porque lo fue dejando atrás», como Molina dejó en la margen del camino lo que le pudiese atar, y ser algo más que una anécdota que pasa y no pesa. Por el amor, que ha logrado la resurrección anunciada al frente del poemario, Rosales quisiera transitar como lo hizo un día alguien llamado Molina por el zaguán de su casa: sin exigencias, asumiendo que a todo-también al amor y a la dicha- porque un día nació, le tira la gravedad del posible acabamiento.

 

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Monográfico Luis Rosales
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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