Canciones y Como el corte hace sangre,
dos libros casi “secretos” de Luis Rosales

Joaquín Juan Penalva

Colegio Padre Dehon


 

 

Resumen: Luis Rosales es uno de los poetas españoles más conocidos del siglo XX, pero hay una parte de su obra lírica que ha quedado a la sombra de libros como La casa encendida (1949) o El contenido del corazón (1969; 1978). Este artículo pretende aproximarse a dos de los libros menos conocidos de Rosales, Canciones (1973) y Como el corte hace sangre (1974), pues en ellos descubrimos a un Rosales íntimo y personal, pero que despliega los mimbres que ha utilizado ya y utilizará después en sus obras mayores.
Palabras clave: Literatura española, siglo XX, poesía de posguerra, generación del 36, Luis Rosales.

Abstract: Luis Rosales is one of best known Spanish poets of the 20th century, thanks to books such as La casa encendida (1949) or El contenido del corazón (1969; 1978), but there is a part of his lyric production quite less known. This paper tries to highlight that part of his poetry and centres in Canciones (1973) and Como el corte hace sangre (1974), where we discover an intimate and personal Rosales, that employs the same elements he had already used and he will use later at his major works. Key Words: Spanish Literature, 20th century, Postwar Poetry, generation of 1936, Luis Rosales.

 

En torno a la figura del poeta granadino Luis Rosales se configuró uno de los grupos intelectuales más interesantes de toda la posguerra; de hecho, al grupo se le bautizó como “grupo Rosales” o de Escorial. No es que Rosales fuera maestro o guía de los demás, pero sí fue el poeta con más proyección y el que más tiempo vivió, lo que le permitió recibir el Premio Cervantes en 1982, en alguna medida otorgado a todo el grupo en la persona de su único representante vivo. Anteriormente, y junto a Miguel Hernández, Rosales fue uno de los capitanes de la debatida generación del 36, que tuvo sus libros inaugurales en Abril (1935) y El rayo que no cesa (1936).

El concepto de “obra en marcha”, propio de Juan Ramón Jiménez, encaja en la poesía de Luis Rosales a la perfección, ya que, al igual que el maestro de Moguer, el poeta granadino revisó y reescribió continuamente sus versos hasta el final de su vida, ya que todo ejercicio de lectura de su propia obra suponía, al mismo tiempo, un ejercicio de relectura e incluso reescritura. No había una nueva edición de sus libros que no incluyera cambios, modificaciones, a veces ligeras, otras mucho más radicales. En su obra, además, suele haber una enorme distancia entre la fecha de publicación y la fecha de la escritura, lo que facilita aún más esa revisión constante de los versos.

Casi toda la producción lírica de Rosales está recogida en libro, y apenas ha quedado dispersa una parte, compuesta fundamentalmente por poemas publicados en revistas, volúmenes colectivos o dedicados a algún personaje histórico o literario -José Antonio Primo de Rivera, Manuel Machado o Jorge Guillén, entre otros-. En total, publicó diez libros de poesía: Abril (1935), Retablo de Navidad (1940; 1964), La casa encendida (1949), Rimas (1951), El contenido del corazón (1969; 1978), Segundo abril (1972), Canciones (1973), Como el corte hace sangre (1974), Diario de una resurrección (1979; 1993) y La carta entera, si bien este último, en realidad, incluye tres partes que llegaron a publicarse como libros exentos: La almadraba (1980), Un rostro en cada ola (1982) y Oigo el silencio universal del miedo (1984). Tanto los seis primeros volúmenes como los dos últimos han recibido bastante atención por parte de la crítica y de los historiadores de la literatura, pero hay dos libros a los que, por razones diversas, casi nadie se refiere, Canciones y Como el corte hace sangre, bien por su carácter menor, por haber sido publicados en editoriales de distribución más restringida -en el caso del segundo-, o, simplemente, porque han quedado solapados por otros títulos que han tenido mayor éxito de público y de crítica.

Se ha estudiado la importancia de Abril, junto con El rayo que no cesa, de Miguel Hernández, como libro inaugural de la llamada generación del 36; asimismo, Rimas, La casa encendida y El contenido del corazón forman parte de una determinada corriente estética de la posguerra, la del “realismo intimista trascendente” (Vivanco 1950: 18), según la acuñación de Luis Felipe Vivanco. Antonio Machado, César Vallejo y Pablo Neruda fueron los referentes principales para estos autores. Los autores de Escorial son los herederos directos de la poesía de Antonio Machado -no del predominantemente referencial, sino del más íntimo- en la inmediata posguerra, y un eslabón fundamental para prolongar la influencia del sevillano en los años siguientes. Su poesía puede ser considerada de lo real inmediato, porque es en la realidad aledaña donde encuentra su fuente principal, según afirmación de Castellet: “Una poesía de la experiencia cotidiana, narrativa, biográfica, existencial, temporal, es decir, vinculada al recuerdo, a lo temporalmente vivido” (Castellet 1960: 76-77). Por eso hemos hablado de realismo cotidiano, pues es en la familia, en los amigos y en los asuntos diarios donde estos autores encuentran los materiales necesarios para la creación. Y no se trata sólo, y acaso ni siquiera preferentemente, de una concepción estética, sino de una actitud vital que ha de vincularse a la idea de desengaño o desencanto en que se resuelve el encuentro de las circunstancias históricas con las expectativas personales. Estos poetas habían sido los vencedores de la guerra, pero en la inmediata posguerra, al chocar con los resortes más reaccionarios del régimen que ellos mismos habían contribuido a instaurar, cayeron en la más profunda desilusión. Así lo ha constatado Aranguren: “Al sentirnos totalmente ajenos al rostro público de la vida española de la época, es normal que nos retrajésemos a la vida privada, la del hogar, la del amor a la mujer, el cariño a los hijos, la fraternidad con los amigos, la consideración filosófico-poética del tiempo en su pasar y en su recuerdo, de la muerte en su lento acercarse; y que nos retrajésemos también a una vida religioso-trascendente, vida unamuniana, pero aserenada, a la búsqueda y encuentro de Dios” (Aranguren 1969: 65). Según la afirmación del propio Rosales, “lo cotidiano es también un milagro”, o, como señala Guillermo Carnero, “su propósito de hacer una poesía de base experiencial realista y cotidiana, de significado emotivo existencial, de trascendencia filosófica y ética de la aventura que es toda vida en sus episodios más vulgares; una reflexión trascendente y emocionada sobre la condición humana” (Carnero 2005: 15).

Ahora bien, la obra lírica -y crítica- de Luis Rosales ha de ser entendida como un todo en el que cada parte ocupa un lugar determinado. El espacio que debe ocupar Canciones y Como el corte hace sangre no puede ser el mismo que el que ocupe La casa encendida, pero no pueden olvidarse esas obras sin más, ya que muestran otra faceta de Rosales. En cierto modo, Canciones remite a las composiciones de Rimas, mientras que las piezas de Como el corte hace sangre apuntan, por un lado, a La casa encendida y El contenido del corazón, y, por otro, a Diario de una resurrección y La carta entera. Canciones supone una vuelta a la poesía popular, mientras que Como el corte hace sangre muestra una serie de extensas composiciones en versos libres.

El neopopularismo y el humor son los dos ingredientes principales, pero no exclusivos, de Canciones, que se publicó por primera vez en 1973, en Cultura Hispánica. El volumen consta de un total de ciento sesenta y seis composiciones de diferente extensión, tono y alcance. Como afirma Guido Castillo, “esta imprevisible e inevitable colección de poemas es tan distinta a todo lo de Rosales, que sólo Rosales era capaz de escribirla, porque un poeta puede repetir e imitar a otros, pero lo que no puede es repetirse ni menos imitarse a sí mismo mientras la poesía le esté viva adentro (Castillo 1975: 453).

En la dedicatoria, Rosales se refiere a Antonio Machado y a Ramón Gómez de la Serna como “los fundadores” de ese género en el que deben incluirse sus “canciones”. Ahí radica la clave de lectura del volumen: por un lado, la referencia a las greguerías de Ramón; por otro, la intención de continuar la labor del Machado de Soledades. Galerías. Otros poemas (1907) y Nuevas canciones (1924). De hecho, el título de la primera composición de Canciones, dedicada a Dionisio Ridruejo, supone un homenaje explícito a Antonio Machado, “¿Con quién hablo cuando hablo solo?” (Rosales 1996: 397).

No tarda en aparecer el humor, como ocurre en los tres versos de “No hay más cera que la que arde”, “Una de dos: / las cosas hay que tomarlas / como son” (Rosales 1996: 399), cuyo primer verso recuerda al título de una conocida canción de Luis Eduardo Aute. De nuevo, resuenan ciertos ecos machadianos en los octosílabos de “La esperanza suele llegar a nosotros como una nube distraída”: “Todo empieza y todo acaba, / del amor que te he tenido / sólo queda la esperanza” (Rosales 1996: 401). De todas maneras, el motivo de la esperanza es una constante en la obra de Rosales, sobre todo en El contenido del corazón, volumen dedicado a la madre del poeta, Esperanza Camacho.

Y si la esperanza era el tema central de El contenido del corazón, el hilo argumental de La casa encendida era el recuerdo, convocado en los versos de “¿De qué pie cojea el recuerdo?” -“El recuerdo se teje / con doble hilo, / y de cuando en cuando se recuerdan cosas / que no han sucedido” (Rosales 1996: 401)-, que construyen un aforismo. Como hemos comprobado, en buena parte de estas composiciones Rosales muestra cierto regusto por los metros cortos, de arte menor, entre los que, de vez en cuando, intercala algún verso de arte mayor. Así, en “Canción del resucitado”, poema dedicado a María Tena, emplea el verso octosílabo para reescribir uno de los pensamientos de Heráclito:

Dios te conserve las alas
si tienes puestos los ojos
en la memoria del agua,

que también pasa el olvido,
como los álamos pasan
en la corriente del río;

sólo resucitarás
si el agua donde te miras
nunca deja de pasar (Rosales 1996: 402)

A lo largo del volumen, únicamente hay tres piezas escritas en prosa -esto aproxima Canciones a El contenido del corazón-, la 41, la 87 y la 132. Me referiré brevemente a las tres. La primera de ellas, “Un retrato para un pintor”, está dedicada a Carlos Pascual de Lara, un artista perteneciente a la Escuela de Vallecas que murió en 1958: “¿No recordáis que hace muy pocos años la alegría de Madrid era encontrarse con Carlos Lara? Lo podías encontrar en los lugares más inesperados, incluso dentro del ombligo de una mujer, pero era igual porque Carlos tenía el secreto de hacerlo todo compartible. Con él la acera de la calle se hacía tren” (Rosales 1996: 405-406). La segunda, por el contrario, es “Retrato de Felicidad Panero”, un extenso poema en prosa en cinco tiempos escrito a propósito de la muerte de un hijo recién nacido. En 1942 había nacido su hijo Juan Luis y, unos años después, Felicidad quedaba embarazada de nuevo, pero el niño nació prematuramente y murió a los pocos días: “¿Recuerdas que escribí este poema, hace ya muchos años, para consolarte de la muerte de tu hijo Leopoldo Quirino?” (Rosales 1996: 421). La última composición en prosa se titula “Una pintura del origen del mundo” y toma como pretexto argumental una exposición del pintor canario César Manrique.

En ocasiones, algunas de las piezas son de una extensión mínima, pero repletas de sugerencias y esperanzas, como ésta, sin título, que le dedica a su hijo, “Mira que todo / es muy poco” (Rosales 1996: 407), o la “Canción para velar el dulce sueño de los progresistas”, no exenta de ironía y dedicada a Felipe Sordo, un poeta de El Puerto de Santa María: “Tan incrédulo, / ¡qué sorpresa va a tener / si se despierta en el cielo!” (Rosales 1996: 407).

Aunque la mayoría de composiciones son muy breves, de menos de diez versos, hay algunas más extensas, pero se encuentran agrupadas en el centro y al final del volumen. Así ocurre con las piezas 64, 65 y 66, “Hay una hora en la noche en que el reloj y el muerto se confunden”, “El mundo sigue siendo una creación abierta” y “Como si fuera una alegría”, y con las dos últimas, 165 y 166, “Una huella de violeta en la nieve” y “El viaje”. En realidad, tanto los textos en prosa como estas composiciones extensas actúan a modo de contrapunto dentro de un volumen repleto de poemas breves. A veces, lo que Rosales quiere expresar no cabe en las canciones, de ahí que deje volar la inspiración sobre otros esquemas métricos más amplios. Muchos de esos poemas van dedicados. Así, “Como si fuera una alegría” es un regalo a Pablo Picasso con motivo de sus noventa años; he aquí las cuatro últimas estrofas:

Pintas con plomo derretido y cera
cayendo sobre el ojo adormecido,
sobre el ojo sin luz que ha preferido
la quemazón total a la ceguera,

y le has devuelto al mundo esa gozosa
analogía que fue su faz primera:
la prisa convertida en calavera,
la calavera convertida en rosa.

¡Tú nunca morirás!, en tu conciencia
para siempre jamás se configura
el gozo de vivir, la vividura
de un niño con mil años de inocencia.

La Creación sigue abierta paso a paso
y tiene en ti un trasplante de alegría,
la mano eres de Dios, Pablo Picasso,
que hace el mundo nuevo cada día (Rosales 1996: 414-415).

El final es muy interesante, pues da una visión casi cristológica de Pablo Picasso, en esa reescritura de la cita de San Juan “Hago nuevas todas las cosas”.

“Como si fuera una alegría”, en cambio, está dedicado a Luis Felipe Vivanco, y resulta curioso comprobar cómo el tema fundamental de la pieza es el del fracaso, un motivo que siempre preocupó al poeta-arquitecto. El último verso, además, prefigura, de manera explícita, el título de un libro posterior: “haciéndome creer que sigo siendo el mismo cuando ya sólo siento su absorción, / como el alambre del teléfono se llena al mismo tiempo de voces y de pájaros / que alegrean y aletean, un instante, en tu diaria resurrección” (Rosales 1996: 416).

Los otros dos poemas extensos también van agrupados y actúan como remate de todo el volumen. En “Una huella de violeta en la nieve” hay una poderosa presencia de lo onírico: “Me contaba su sueño hasta agotarse / y sus palabras eran / como el paso del tren cuando te encuentras junto a la vía, / y sientes su atracción en todo el cuerpo al mismo tiempo, / y te empuja al vacío, / que tiene un fundamento de dulzura y terror” (Rosales 1996: 446-447). Ese mismo motivo sirve como arranque para “El viaje”, un poema que Rosales le dedica a su hermano Gerardo en el día de su muerte y que presenta una sucesión de imágenes alucinadas, producto de la fiebre alta. Destaca, entre todas las demás, la del gargajo, pues muestra explícitamente cierta escatología que, desde entonces, no abandonará la obra del poeta granadino:

Viendo morir el sol todo se me hizo claro:
enterrarme era inútil
puesto que ya hay hombres que ya hemos enterrado
varias veces
sin que se acaben de morir,
porque lo muerto vive corrompiéndose,
porque lo muerto sigue espesándose con los años
como el gargajo mañanero que se arroja cuando ya somos viejos
con sangre, flema y pus
ya que ha tenido una elaboración más lenta que sus restantes compañeros,
y sin embargo no se acaba,
no se puede acabar
porque tiende a volver,
generalmente,
desde el suelo a la boca,
y allí se queda en pie,
y es un gargajo resultante de todo,
es un gargajo con pantuflas,
es un gargajo al que le han hecho siete trasplantes de corazón,
y aún no se puede descambiar
porque no es suficiente escupir para que salga la podredumbre de la boca,
la podredumbre sigue allí,
sigue en su sitio
para hacernos sentir su consistencia y su espesor amarillento
que va gastándonos la lengua,
que va entreabriéndonos los dientes,
que va creciendo hasta llegar al cielo de la boca,
con su mugre de invierno,
con su harapo de pies cortados,
y sigue resbalando aún garganta adentro
y no se acaba nunca
y no se entierra nunca,
mientras lo más hermoso y lo más puro,
lo destinado para vivir,
moría (Rosales 1996: 450-451).

Como vemos, Rosales emplea un registro muy próximo al coloquialismo. Ese tono, que ya había prefigurado en La casa encendida, va a ser algo propio de su poesía en adelante. Con todo, tanto las tres composiciones en prosa como los cinco poemas extensos no dejan de ser una excepción dentro de Canciones, y conviene recuperar el hilo de esas composiciones breves. Así, el tema amoroso emerge en “El mar y los peces”, donde aparece un tú explícito: “Tú que nunca has visto el mar / ¿cuántos peces de agua dulce / en las venas no tendrás?” (Rosales 1996: 417). No obstante, estas composiciones conviven con otras de carácter aforístico, como “Quien está seguro miente”, dedicada a Carlos González Barros: “Hay sólo una cosa / que no has aprendido: / quien no duda nunca / se miente a sí mismo” (Rosales 1996: 419).

Más adelante, en “La restañadora”, dedicado a Lola Valencia, recupera el tema amoroso (“Mientras vivas a mi lado, / mientras a mi lado vivas / veré llegar la mañana / sin que se termine el día”; Rosales 1996: 429), reelaborado aquí en clave neopopularista. Del mismo modo, hay otra composición mínima, de apenas dos versos, que puede ser leída el clave humorística: “Se le notaba / que vivía de mala gana” (Rosales 1996: 430). La “Canción del que lloraba durmiendo”, en cambio, reescribe un motivo de Manuel Machado:

Durmiendo se aprende,
se aprende durmiendo
que el dolor más hondo
se vive en el sueño.

La vida es la vida:
llorando la pena
la pena se olvida
(Rosales 1996: 432).

Ahora bien, una de las composiciones más bellas de todo el volumen, que, en cierto modo, recuerda a un motivo de Juan Carlos Mestre, es “Canción de la sencillez”: “Lo sencillo es misterioso, / y nadie sabe hasta ahora / dónde pasan el invierno / las mariposas” (Rosales 1996: 432). Otra pieza interesante es “Programa de guitarra”, dedicada a Félix Grande, que, si bien consta de cuarenta y cinco versos, está escrita en verso corto y no disuena del resto de composiciones. En “Hay ocasiones en que la lluvia parece que aprende a leer”, en apenas cuatro versos, casi un haiku, Rosales logra una de las mejores imágenes, no solo de Canciones, sino de toda su producción lírica: “La lluvia / sobre la arena, / con las primeras gotas / se deletrea” (Rosales 1996: 440). En cierto modo, estos versos recuerdan a algunos anteriores del Retablo de Navidad.

Por último, no querría cerrar este repaso por algunas de las composiciones más representativas de Canciones sin referirme a “Soleares a la ciudad de Granada”, muy próxima, tanto en su extensión como en su tono, al ya mencionado “Programa de guitarra”. Dado que es un homenaje a su ciudad natal, quizás lo mejor sea reproducir íntegra la pieza:

Si tú quieres
iré a morir en tus brazos
Ciudad de la Buena Muerte.

¡Qué bien te sienta el otoño
con tu tristeza dorada
y el agua buscando novio!

Ya sin sol, casi vacía,
tu muerte se va quedando
dormida.

¿Quién te vio y no te recuerda
como una iglesia vacía
donde las palomas vuelan?

Y nadie sabe que tienes
bodas de nieve.

Desde la Alhambra ¿recuerdas?
ir desuniendo un sonido
total donde cada barrio
pone un acento distinto.

Plaza de los Lobos,
Santa Paula y
un son de campanas
que no he vuelto a oír.

¡Volver de nuevo a la infancia
para subir despacito
por la Cuesta de Maraña!

¡Qué desolación tenía
la campana de La Vela
tocando a niña perdida!

Tan sola, siempre tan sola
y la nieve de la sierra
te está vistiendo de novia.

Ni más, ni menos; en cambio
Sevilla sigue viviendo
lo que tú estás recordando.

¡Ay!, si
no voy a Granada
no podré dormir (Rosales 1996: 444-445).

Menos conocido que Canciones es Como el corte hace sangre, publicado en la editorial La Encina, de Cáceres, en 1974, como homenaje a Luis Rosales. En este caso, estamos ante una serie de diez poemas, si bien el último, con diferencia, es el más extenso de todos. Estas composiciones recuerdan a algunas de Rimas, pero, sobre todo, a La casa encendida y a los dos últimos libros de poesía de Rosales, Diario de una resurrección y La carta entera. En realidad, todo el volumen supone un desarrollo lírico del tema del desengaño y del fracaso, que ya había aparecido de manera explícita en el poema que Rosales le había dedicado a Vivanco en Canciones, “Como si fuera una alegría”. En Como el corte hace sangre, los títulos de los poemas el poeta granadino los toma prestados de otros autores.

El primer poema del volumen es, ya desde el título, “Oscura noticia”, un homenaje a Dámaso Alonso, uno de los pocos maestros del 27 que continuaron en España tras la Guerra Civil. Alude, siquiera veladamente, a un conocido episodio protagonizado por Pablo Neruda y Leopoldo Panero a propósito de Miguel Hernández. Aunque tradicionalmente se suele afirmar que el Canto personal es una contestación al Canto general, lo cierto es que el detonante de l libro de Panero fue el poema de Neruda “El pastor perdido”, incluido en Las uvas y el viento (1952), donde el vate chileno canta a Miguel Hernández y acusa grave e injustamente a José María de Cossío. Esta acusación ya la había apuntado Neruda en uno de los poemas del Canto general, “A Miguel Hernández, asesinado en los presidios de España”, pero no llega a los extremos alcanzados en “El pastor perdido”. En cualquier caso, Neruda había señalado con su dedo acusador, no solo a Cossío, sino también a Gerardo Diego y a Dámaso Alonso. He aquí la contestación, ya muy posterior, de Rosales:

Hemos vivido derramando
lo mejor de nosotros: esa
irrestañable fe de vida
que nos dieron para perderla,

y hemos sufrido la calumnia:
es un ano que se hace lengua
y aprende a hablar para dejarnos
su deyección en la existencia (Rosales 1996: 455).

También en la siguiente composición, “No era más que un espanto”, el autor carga las tintas sobre los aspectos negativos de la existencia, pero esa tendencia se corrige en las dos piezas siguientes. Así, en “La enferma” aparece un tú al que se refiere en estos términos:

[…] porque te quiero
con una usualidad tan indigente
que el corazón se me aleja contigo
estableciendo ese diálogo
en que tus pasos son los labios
y hablan
y se derraman lentamente en mi vida
como la nieve se deshace (Rosales 1996: 457).

Pero es en el siguiente poema donde la obra da un giro radical, ya que “Durante el embarazo el corazón del niño es ya un galope” supone un soplo de aire fresco por la vida naciente y la esperanza en el futuro, una brillante descripción del feto que va creciendo en el útero materno: “[…] y te habla de ti misma y ya te pide / que no le desampares en tu vientre / no sabiendo que vive todavía” (Rosales 1996: 458). “La fisura”, en cambio, dedicado a Miguel Ángel Moreno, ofrece una bella, pero triste, imagen de la soledad, retratada como una suerte de fisura que abre el corazón:

Como se hace una burbuja de aire en el hielo,
o esa ligera incertidumbre del testigo ante el juez,
o ese amuleto que se pierde en el que nadie cree
y al perderlo nos deja un luto sin ventanas,
así llega la soledad,
así llega la hora que abre en tu corazón una fisura
de comunicación con el deshielo,
una fisura pequeñísima
donde la vida se contrae (Rosales 1996: 458).

“‘Quien camina dos metros sin despertar simpatía, camina hacia la tumba’” es un homenaje a Walt Whitman, mientras que “La alegría es un abrazo” está dedicado a Enrique Casamayor. Ahora bien, sin duda, uno de los mejores poemas del libro es “Testamento”, dedicado a Dionisio Ridruejo, compañero de Escorial, ya que en esa composición Rosales hace un recuento de sus amistades/amantes femeninas, acaso del tiempo que compartió con Ridruejo durante la guerra y la inmediata posguerra:

Ana y Elsa
de anémona y hojaldre,
Amelia que tenía
las piernas súbitas como un pronunciamiento militar,
Matilde con las pecas bañándose en el labio,
Mari, divertidísima y sucesiva,
que me enseñaba muchas cosas,
[…]
Germaine como una isla que se moría de cuando en cuando,
y Vendelina en Santander
con su cuerpo vestido de ola múltiple;
todas las compañeras
principiantes,
transitivas,
espercojadas,
inolvidables,
que abrieron cauce a mi destino,
que abrieron cauce a mi alegría (Rosales 1996: 461-462).

También “La cicatriz” es una composición magnífica que gira en torno al tema de la lengua, ya que la lengua hablada por el poeta no sirve para comunicarse en las situaciones cotidianas, sino tan solo para escribir, y eso a veces le lleva a momentos tan desoladores como este:

y yo no supe contestarle,
y yo callaba junto a ella
porque mi lengua personal es inventada,
literaria y enfática,
y como no me sirve para hablar con un obrero o con un niño,
y como no me puede dar la absolución,
a veces tengo que ocultarla como se oculta el dinero en la cartera,
a veces tengo que callar,
como hice entonces,
sintiendo de repente
la incomunicación
igual que el aletazo de un murciélago
con su golpe de trapo,
y su asco parcelado sobre el rostro
donde el labio que calla va convirtiéndose en cicatriz (Rosales 1996: 463).

El último poema de Como el corte hace sangre, “La cara de la desgracia”, debe su título a un cuento de Juan Carlos Onetti, a quien va dedicada la composición, la más extensa de todo el volumen. Rosales practica un interesante ejercicio de palimpsesto y reescritura, ya que va citando en cursiva algunos fragmentos del relato de Onetti, que trata sobre el asesinato de una adolescente en la playa. El resultado es una pieza de siete páginas, de carácter lírico, pero también narrativo, pues el poema dialoga con el relato en que se ha inspirado, hasta convertirse en una versificación del mismo. He aquí, como ejemplo, algunos versos:

La encontré en el deslinde la playa
cuando la noche comenzaba a cerrarse como un párpado sobre el mundo,
iba vestida con pantalones muy ajustados y una chaqueta de marinero
y empujaba sus quince años hacia las olas,
su desamparo juvenil,
su bicicleta, su cuerpo y su rescate.

Crucé la playa en línea recta para encontrarla (Rosales 1996: 466).

En todos estos versos, en todos estos poemas, en estos dos libros, hemos contemplado a un Rosales íntimo y personal, acaso pequeño o menor, pero que despliega los mimbres que ha utilizado ya y utilizará después en sus obras mayores. Hay en Canciones y en Como el corte hace sangre algunas composiciones magníficas, pero, sobre todo, una voz, la misma que escribió La casa encendida y El contenido del corazón. Por razones de recepción literaria, hay obras que suscitan más comentarios o estudios, pero, para tener una visión global de la “obra en marcha” de Rosales, no debemos pasar por alto estos dos títulos, y nunca es demasiado tarde para acercarse a ellos por primera vez.

 

Referencias bibliográficas

Aranguren, José Luis L. (1969): Memorias y esperanzas españolas, Madrid, Taurus.

Carnero, Guillermo (2005): La pasión fría de Luis Rosales, Madrid, Imprenta Artesanal del Ayuntamiento de Madrid.

Castellet, José María (1960): Veinte años de poesía española (1939-1959), Barcelona, Seix Barral.

Castillo, Guido: “La poesía última de Luis Rosales”, Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 299, mayo de 1975, pp. 453-465.

Rosales, Luis (1996): Obras completas I. Poesía, Madrid, Trotta.

Vivanco, Luis Felipe: “Aproximándome a la poesía temporal y realista”, Proel, VI, primavera-estío de 1950, pp. 17-27.

 

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Monográfico Luis Rosales
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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