Luis Rosales y la reconstrucción de la arquitectura espiritual de España

Juan Pedro Quiñonero

Corresponsal de ABC en París


 

Resumen: A juicio del autor, la obra de Luis Rosales culmina con tres procesos mayores para la historia cultural de España. Revela las semillas morales y espirituales donde florece una enfermedad del espíritu fatal para los españoles. Echa los fundamentos de una noción propia de la libertad, cívica e individual. Y crea un espacio ético y estético indispensable para poder reconstruir los cimientos de la arquitectura espiritual que Juan Ramón Jiménez echaba en falta y continúa siendo indispensable para construir una casa común de todos los españoles.
Palabras clave: Luis Rosales, arquitectura espiritual, España

 

En bastante medida, la gran literatura española del siglo XX nos habla de una catástrofe secular: el desarraigo de los españoles en España, el desencuentro trágico de los españoles consigo mismos, en su patria, devorándose los unos a los otros, víctimas de un doble proceso de desertización geográfica y espiritual.

De Vidas sombrías (1900) a Herrumbrosas lanzas (1983, 1985 y 1986), de Campos de Castilla (1912) a Espacio (1943, 1944 y 1954), la gran literatura española del siglo XX ilumina con vertiginosa lucidez el mismo ocaso sombrío: desertización de la tierra, desertización de las almas, pulsiones suicidas y cainitas prolongando guerras civiles y conflictos culturales, cuyas raíces y semillas comenzaron a pudrirse siglos atrás.

Los héroes barojianos de Vidas sombrías viven la misma perplejidad que don Quijote: cada mañana se tiran a la calle en busca de sí mismos, para terminar su jornada apaleados por la vida, también ellos, desencontrándose con el paisaje y con sus paisanos, con todo y con todos, como el héroe cervantino, descarriados en la tierra baldía donde nacieron, para su maldición, encadenados al terruño patrio como el Segismundo calderoniano.

Por Azorín sabemos que ese terruño es víctima de la desertización acelerada por la Mesta, siglos atrás, deshabitando los pueblos y las almas. Ese proceso histórico de desertización comenzó con el triunfo imperial de la ética y la estética de la Picaresca [1] Quevedo viola, profana y destruye el rostro de Góngora para mejor destruir su alma, con una pavorosa impiedad endemoniada. Un siglo más tarde, las Herrumbrosas lanzas benetianas confirman la evidencia: una atroz guerra civil -sucediéndose sin cesar, siglo tras siglo- continúa siendo, siempre, la matriz original y enfermiza de nuestra atormentada vida moral.

Hubo muchas guerras civiles, del más distinto origen, cultural, religioso, dinástico, etcétera. Galdós y Valle Inclán inmortalizaron algunas de ellas, aquellas donde proliferan las ruinas de nuestra patria contemporánea. Heredero inevitable de la tradición más honda, Benet se embarcó en un proyecto fáustico que comenzó con Volverás a Región (1967) y Una meditación (1970): explorar las infinitas galerías de esa mina de incontables filones, espirituales, morales, filosóficos, históricos, culturales, sociales, económicos, políticos, etcétera, etcétera, etcétera... Son innumerables las razones del desencuentro de los españoles consigo mismos, condenados desde tiempo inmemorial a semejantes conflictos cainitas.

Antonio Machado estableció de manera canónica esa relación inextricable entre los paisajes del alma y los paisajes geográficos, en un legendario poema de Campos de Castilla, “Por tierras de España”:

El hombre de estos campos que incendia los pinares
y su despojo aguarda como botín de guerra

[ ... ]
son tierras para el águila, un trozo de planeta
por donde cruza errante la sombra de Caín
.

Y es el Juan Ramón de Espacio quien establece la fatídica relación entre la desertización del paisaje y la desertización del alma:

Esa cáscara vana, un nombre nada más, cangrejo; y ni un adarme, ni un adarme de entraña; un hueco igual que cualquier hueco; un hueco en otro hueco. Un hueco era el héroe sobre el suelo y bajo el cielo [ .. ] un vacío, un heroico secreto de un frío cáncer hueco...

Octavio Paz pensaba que Espacio es uno de los momentos mayores de la conciencia poética moderna. Se trata de una conciencia atormentada y agonal: “Yo sufría que el cáncer era yo [ .. ] hueco [ .. ] monstruoso de oquedad erguida”. La oscura noche del alma del Cántico espiritual es una oscuridad iluminada por constelaciones de palabras, vistiendo con su luz todas las cosas de la creación. El cáncer que se confunde con la identidad del hombre español es una enfermedad del espíritu [2] que deshabita las casas vacías de sus pueblos abandonados, los hogares y tumbas profanadas donde agonizan las últimas almas en pena de las leyendas de Bécquer, que llega a soñar desérticos montes habitados por el diablo.

Muchos hombres intentaron resistir y combatir ese cáncer, esa enfermedad del espíritu, de obra y de palabra. Ya en la edad contemporánea, Bécquer y Rosalía devolvieron a la imaginación y la palabra su condición de profecías germinales, que habían perdido desde Garcilaso y el Cántico.

Recobrada plenamente esa condición seminal que había socavado la Picaresca -imponiendo contra el Gran estilo castellano, encarnado por Jorge Manrique, Garcilaso, Aldana, Herrera y el Cántico, la profecía saturnal de su ética y su estética hampescas-, Unamuno llega a comparar los ríos geográficos de una patria cuarteada y en cuarentena con los ríos de la lengua: metamorfosis cuyas raíces florecieron con el Fedro platónico, el Evangelio de Juan y sus prolongaciones, a través de Alejandría (Filón, Plotino), en la mística cristiana, judía y musulmana.

Antonio Machado, como Larra, sufre de los enfrentamientos cainitas entre las facciones que se han disputado desde tiempo inmemorial el cuerpo moral de una patria devorada por sus hijos y demonios, cuyo “ilustrador” canónico es Goya, y que Baroja describe de este modo: “... esta España que se arrastra de unos a otros, sin hallar jamás unos hijos que la traten como a una madre”. Ortega constata el carácter invertebrado de la realidad histórica que resulta de tal conflicto, enraizado en las parameras del alma y la tierra. La Generación del 27 busca en Góngora las semillas de una lengua salvífica que permita escapar al ensimismamiento saturnal descrito por Quevedo, cuando este habla de los muros vencidos de su patria y la casa del ser de su pueblo en agonía. [3]

Es Juan Ramón quien une en una sola y definitiva sentencia el deshilachado paño que las tejedoras de Velázquez habían hilado en el telar socavado y desmoronado por los demonios de la historia: Hay que ir a todo, que demoler, que pelearse, que conquistar lo perdido en nosotros mismos, carne y alma; ciencia, arte, industria -Belleza, Armonía, Paz-, arquitectura espiritual de España. [4]

En esa tarea de conquistar lo perdido en nosotros mismos trabajaron desde el siglo XVIII sucesivas generaciones de hombres y mujeres atormentados por la misma conciencia del Mal, los males de la patria, la decadencia, percibidos como un avatar histórico, político, social; olvidando con frecuencia que también se trataba, y quizá siga tratándose, de un malestar, un mal, una enfermedad del espíritu que Luis Rosales auscultó como nadie en sus estudios sobre el Barroco, y, en particular, en El sentimiento del desengaño en la poesía española del siglo XVII, que cito por extenso:

Conviene subrayarlo y aun repetirlo. Entre el siglo XVI y el siglo XVII, entre la poesía clásica y la barroca, existen diferencias hondas y sustanciales”. [ .. ]

Su vida anímica [la de Garcilaso, Aldana o Herrera, poetas clásicos] no nos es conocida por sus operaciones sino por sus huellas. Es una arquitectura de experiencias”. [ .. ]

La poesía clásica es privilegio de pueblos que no han perdido su unidad, de pueblos cuya conciencia responde armónica y unánimemente a un ideal”. [ .. ]

En la actitud del siglo XVI [la actitud del Gran estilo castellano], la inmediata consecuencia fue la cohesión de la moral social; en la segunda, en la del XVII [la actitud de la poesía barroca, coincidiendo con el triunfo de la ética y estética hampescas de la Picaresca], la consecuencia fue el retorno de la moral estoica. Convendría advertir, al paso, que la moral estoica es una moral de decadencia, una moral individual y no social”. [ .. ]

Vivir es recordar. [ .. ] Pueblo que pierde la memoria se extravía, aunque también los españoles se suelen extraviar en su memoria”. [ .. ]

Tras nuestras palabras, se transparentarán el declinar de nuestro esfuerzo, el oscurecimiento y división de la conciencia nacional. [ .. ] Y hay un momento en el declinar histórico en el cual las sombras se hacen mayores que los hechos”. [ .. ]

Toda decadencia en el espíritu se origina. [ .. ] En él hay que buscarla. La historia de la nuestra, y quizá de toda decadencia, es la historia del sentimiento del desengaño”. [ .. ]

En frase dura e inolvidable, dijo Quevedo que fuimos nosotros mismos los inventores de nuestra propia muerte”. [ .. ]

Las razones que [la] determinan son materiales y espirituales. Las primeras, más evidentes, son la expulsión de los moriscos, la sublevación de Cataluña, la independencia de Portugal y la mayor frecuencia de la aplicación de la pena de destierro por motivos de disidencia religiosa y política”. [ .. ]

Si en el cuerpo político de la España del siglo XVII el desengaño fue la lesión, la sátira no fue tan solo la dolencia, sino aun, a veces, la enfermedad. Inficionando el cuerpo no le podía sanar. Aminoró la fuerza del herido, y aun contaba, naturalmente, con su postración para existir. En realidad, esta nueva temática poética no pertenece al orden del espíritu, y en su dimensión más alta, ya lo dijimos, confunde la verdad con la certeza. Era campana tañida que convocaba a los muertos en torno suyo. Y aún hoy, al recordarla, más nos duele que nos enseña”. [ .. ]

Analizando el proceso histórico del que nos hablan la poesía clásica y la poesía barroca, Rosales descubre, revela y disecciona con mucha precisión las metamorfosis sociales y políticas que yo he intentado describir, siguiendo sus huellas, a través de los conceptos de arquitectura espiritual y enfermedad del espíritu.

Jorge Manrique, Garcilaso, Herrera, Aldana, todavía habitaban en la patria de un pueblo con unidad y arquitectura moral razonablemente definidas. Sus obras nos aportan una arquitectura de experiencias, felices o infelices, gozosas o atormentadas, con frecuencia unidas, trabadas, a través de la cohesión de la moral social de los pueblos que no han perdido su unidad, cuya conciencia, ética, estética, política, espiritual, todavía posee la armonía de una arquitectura singular, fruto maduro de la aventura del vivir en común. Apenas un siglo más tarde, tal arquitectura había sido víctima de una enfermedad del espíritu que destruyó la antigua cohesión moral, sustituyéndola por una moral estoica, moral individual en tiempos de crisis y agonía.

Se han estudiado ad infinitum las causas y razones de la crisis y la decadencia españolas, razones de la más diversa naturaleza histórica, política, social, económica: Expulsión de los moriscos, sublevación de Cataluña, independencia de Portugal, aplicación de la pena de destierro por motivos de disidencia religiosa, etcétera. Rosales insiste en otra razón, de carácter espiritual: “Toda decadencia en el espíritu se origina. [ .. ] En él hay que buscarla. [ .. ] Nosotros mismos fuimos los inventores de nuestra propia muerte. [ .. ] La sátira no fue tan solo la dolencia sino aun, a veces, la enfermedad”. [5]

Enfermedad del espíritu, añado yo, que nadie ilustra con mayor precisión clínica que Quevedo, hablando de judíos y catalanes. En verdad, Quevedo mismo estuvo convencido que España toda era víctima de una enfermedad moral, un cáncer del espíritu, que él achacaba a los judíos: “Lo primero, Señor, dice, dirigiéndose a Felipe IV en su Execración contra los judíos (1633) [6], como no se llaman vasallos de V.M. las enfermedades de sus vasallos, así no se pueden llamar vasallos ni pueblo de V.M. los judíos, por ser plagas de Vuestros reinos y enfermedades de Vuestros vasallos.”

Para Quevedo, los españoles de distinta obediencia religiosa no siempre son hombres ni personas humanas. En el caso de los judíos, son cosas, plagas, seres maléficos. Él los llamará perros, ratas, sierpes. Desposeídos de toda existencia o identidad espiritual, esos ominosos animales transmiten a la sociedad plagas y enfermedades nefandas, que comienzan siendo lacras de la palabra (rabino de lengua judía llama Quevedo a Góngora, para mejor justificar su llamamiento al asesinato), antes de convertirse en cáncer monetario. Un pequeño artesano cordobés, un campesino murciano, o un comerciante castellano, apestan y transmiten la misma peste podrida que un banquero genovés: todos ellos son portadores de la misma e infecciosa enfermedad del alma. Contra esa peste nefanda, Quevedo aconseja a su Rey medidas expeditivas. Quemar y justiciar a los judíos no solamente será castigo. Quemar y hacer polvo su caudal, romper los asientos, será remedio.

La Execración explica, razona y justifica la destrucción de la diversidad espiritual de España y los españoles en estos términos:

Dice que los judíos, por su propia culpa, están sujetos a perpetua esclavitud. [ .. ] Vea V.M.: si el mantenimiento que les fiamos le roen, si el regazo en que los abrigamos le envenenan, si el seno donde los recogemos le abrasan, ratones son, Señor, enemigos de la luz, amigos de las tinieblas, inmundos, hidiondos, asquerosos, subterráneos. [ .. ] Sus uñas despedazan la tierra en calabozos y agujeros, sus dientes tienen por alimento todas las cosas, o para comerlas o para destruirlas. [ .. ] Sierpes son, Señor, que caminan sin pies, que vuelan sin alas, resbaladizos, que disimulan su estatura anudándola, que se vibran flecha y arco con su lengua en los círculos sinuosos de su cuerpo, que se encogen para alargarse, que pagan en veneno desentomecido el abrigo que se les da. Fuego son que paga la vecindad en incendios y la acogida en ceniza, que de pequeña centella crecen en hoguera, que tratados queman y vistos deslumbran, consentidos consumen y apagados ahúman y siempre con inquietud se dan priesa a consumir lo que los alimenta.

A través de su palabra, Quevedo consuma tres metamorfosis diabólicas. Desposeído de su alma, sus ojos y su rostro, el hombre español de muy distinta sensibilidad espiritual se convierte en bestia roedora y reptante. Caída en su condición infernal, la bestia inmunda transmite plagas infames. Amenazada en sus fundamentos espirituales, la sociedad debe defenderse a través del exterminio masivo de esos hombres que son más peligrosos que cualquier otro humano y mortal enemigo, porque ellos son seres o cosas poseídas por un mal que todo lo devora y destruye a su paso: leen de otro modo el mismo Libro.

Solo un intelectual, un poeta, un artista, un místico, imbuido de una profunda fe en el Verbo y la Palabra, como lo era Quevedo, puede creer de modo tan profundo en el mal y las enfermedades del espíritu. Políticos y militares son mucho menos proclives a creer en la fuerza y el poder de las palabras. Ellos creen que pueden gobernar el mundo a través de la fuerza de las armas o el dinero, el imperio de la publicidad y la seducción audiovisual. De hecho, Isabel y Fernando, como todos sus sucesores inmediatos, tuvieron consejeros y banqueros judíos. Olivares (contra quién iba dirigida la Execración, en escorzo, no lo olvidemos) proyectaba grandes reformas contando con apoyo financiero internacional. Quevedo, hombre de letras, antes que nada, creía en el poder luciferino de las palabras y las ideas.

Podía discutirse con Olivares en el campo de batalla o en el terreno financiero. Por el contrario, cuando la palabra sentencia la metamorfosis del hombre en rata, la rata en podredumbre larvaria, y la podredumbre en quiste venenoso, la conciencia de quien habla parece estar endemoniada o habitar en un espacio espiritual irrespirable para quienes no compartan el gusto por esas figuras de la retórica y la imaginación. A través de la bajeza insondable de la palabra y el verbo de la Germanía, esas normas y cánones de la conciencia desalmada proliferaron de modo sombrío en la moral pública e individual, acabando por ocupar un puesto excepcional en el teatro del mundo del hombre del Barroco. La geometría retórica de esas figuras terminó creando el espacio espiritual donde España y el hombre español agonizan en unos términos que nadie ha descrito como Quevedo, precisamente.

Agonía sin fin: la enfermedad del espíritu florecida con aquellas semillas cancerosas continuará pudriendo la moral social durante siglos, transmitiendo de generación en generación los mismos frutos endemoniadas del odio, la exclusión y la peste cívica, emponzoñando los pozos de agua y las venas por donde corre la sangre que da vida a la cohesión social de un pueblo, a través de la lengua, de sus lenguas.

Los catalanes, por ejemplo, no salen mucho mejor parados que los judíos en la prosa y los análisis políticos de Quevedo: “Son los catalanes aborto monstruoso de la política. [ .. ] Esta gente de natural tan contagioso, esta provincia apestada con esta gente. [ .. ] Ellos son las viruelas de sus reyes: todos los padecen, y los que escapan quedan por lo menos con señales de haberlas tenido. [ .. ] Son los catalanes el ladrón de tres manos que, para robar en las iglesias, hincado de rodillas, juntaba con la izquierda otra de palo, y en tanto que, viéndole puestas las dos manos le juzgaban devoto, robaba con la derecha.[7]

¿Cómo escapar a esa prisión que se confunde con los muros desmoronados de una patria en ruinas? “Vivir es recordar”, dice Rosales. Y añade: “Pueblo que pierde la memoria se extravía, aunque también los españoles se suelen extraviar en su memoria”.

Denunciados, exterminados o condenados al destierro, o la guerra civil, algunos y numerosos españoles, víctimas de su condición de abortos monstruosos de la política, ratas que propagan plagas dañinas e infecciosas, la reconstrucción de la casa común del pueblo que ha perdido su unidad y cohesión espiritual -todavía palmaria en tiempos de Garcilaso o Aldana-, como consecuencia de la enfermedad del espíritu que dejan al descubierto tales palabras infecciosas -corrompiendo y dañando de manera irreparable la difunta cohesión de la moral social, sustituida por una ética y una espiritualidad hampescas-, solo podrá iniciarse a través de la reconstrucción de una moral cívica que nos libere de la cancerosa herencia que socavó y destruyó minuciosamente todos los órdenes donde se asentaba la arquitectura espiritual que Juan Ramón echaba en falta y hacían de España una histórica realidad invertebrada.

Quizá la tarea más urgente sea la de escapar a la prisión y el cautiverio de esa patria de muros desmoronados que es la casa de nuestro ser más íntimo. Rosales nos recuerda que Cervantes llama cautivo no solamente a quien está en prisión, sino también al malpocado que se aprisiona y enreda con sus actos. Para llegar a ser libres, continúa Rosales, deberíamos aprender a nacer todos los días, nacernos, iniciar un proceso de apropiación de la libertad que nos permita llegar a ser plenamente, libres de enredos endemoniados, capaces de reconstruir los cimientos de la arquitectura espiritual vencida y desmoronada por la historia.

La muerte no interrumpe nada, dice Rosales en La casa encendida (1949 y 1967), que citaré extensamente, más adelante; “La muerte de mi madre me sigue aconteciendo y acompañando desde el hueco que me ha dejado en la juntura misma del vivir”, añade en El proceso de apropiación de la libertad. [8]

La muerte, el pasado, no interrumpen nada ni son “cosa pasada”. Bien al contrario. La muerte de un ser querido orienta nuestros pasos, está bien presente en nuestros actos; y determina, en bastante medida, muchos de los pasos y caminos de nuestro vivir. Frutos de esa semilla, enterrada en la tierra siempre virgen de la memoria, nosotros prolongamos ilusiones y esperanzas, sembradas en nuestra conciencia con el aprendizaje de la lengua, compartiendo el pan y el vino en la comunión del hogar. Como los pueblos forjan su propia identidad compartiendo las penas y alegrías de un destino común.

Leyendo a Cervantes, Rosales llama “apropiación de la libertad” a ese proceso de nacernos en el tiempo, fieles a nuestros orígenes, nuestro solar, nuestro hogar, escapando al cautiverio de una casa o una patria enredada en su historia endemoniada; perdidos y errantes, nosotros, en la tela de araña donde quedaron enredadas nuestras vidas. Tarea colosal y siempre más urgente, ya que, en nuestro tiempo, la enquistada y endemoniada enfermedad del espíritu prolifera a través de inquietantes medios de comunicación e incomunicación de masas, cuando la tarea urgida por Juan Ramón y acometida por Luis Rosales comienza en la matriz última de la lengua y la creación literaria.

Rosales estudió como nadie la enfermedad del espíritu que comenzó a infectar el tejido social con la Picaresca y la poesía barroca. A través de Cervantes, Rosales construye una teoría propia de la libertad del hombre, caído en el tiempo, descarriado en la historia, condenado a apropiarse de su libertad, en cuarentena, si es que desea escapar al cautiverio de la historia y la nadería de los seres vacíos, desalojados y expropiados de su más íntima identidad moral. [9] Esa tarea de reconstrucción de la arquitectura espiritual de España culmina con la tarea profética de crear un espacio, una arquitectura, algo muy parecido a un solar íntimo, una casa, un hogar, donde compartir el pan y la palabra con otros hombres de buena voluntad.

En verdad, cómo olvidarlo, la construcción de la casa del ser, a través de la lengua, no es un trabajo de un hombre solo. Bécquer descubrió los materiales que alguien hurtó a nuestra conciencia. Juan Ramón reveló la ausencia de nuestra arquitectura espiritual. Unamuno concibió una cartografía del espíritu, siguiendo las huellas y la sangre de la lengua. Machado hiló en el tiempo y la historia las hebras de la persona y el alma. Ramón Gómez de la Serna roturó el campo donde volver a sembrar las semillas del verbo. Luis Rosales inició la construcción de una casa encendida donde dar calor y cobijo a la resurrección de nuestros muertos.

Y los cimientos de esa casa común comenzaron a crecer a través de la contemplación impávida del campo de cruces de la guerra civil:

Calla. Tienes que oírla. Es la voz de los muertos,
polvo en el aire, polvo donde se aventa España;
abre a la luz los ojos que nunca amanecieron

Esos versos pertenecen al poema La voz de los muertos, que data de 1936. El Retablo de Navidad es inmediatamente posterior, y anuncia el proyecto de aprender a nacer, que culminará con El contenido del corazón (1969).

Herederos de un mundo por crear, que ellos contribuyeron a construir, Luis Rosales y Miguel Hernández son dos de los grandes poetas españoles contemporáneos que llegan a la palabra cívica y poética ya bien pertrechados para instalarse en una tierra que no existía antes de ellos, recién descubierta por Pablo Neruda y la Generación del 27.

Ultra, el Surrealismo y Residencia en la tierra crearon el inmenso espacio verbal donde Rosales descubre y rescata el eco de la voz de los muertos. Nuestros muertos. Los muertos de la historia de España. Muertos que hablan a través de una metáfora cuya raíz última se pierde en el Polifemo de Góngora, pero él toma del utillaje poético de sus maestros más inmediatos. Metáfora que es una imagen pura, y la expresión y revelación de una profunda realidad histórica. A través de las artes de la palabra, descubrimos un espacio desconocido que nos ayuda a explicar y comprender nuestro pasado.

Abrir a la luz los ojos que nunca amanecieron. Hacía siglos que los ojos de la lengua no podían contemplar ni discernir esa realidad de una patria nunca amanecida, sepultando en su seno, sin resurrección posible, las voces de sus muertos. Aprender a nacer será la tarea de toda una vida. La tarea de muchos hombres, que solo llegarán a ser hombres reconociendo a los muertos comunes. Que son todos los muertos. Un bosque de muertos. Porque el manto y la tierra de la palabra a todos los cubre con su polvo iluminado. Creando el único espacio donde puede florecer y existir la conciencia.

Valle Inclán había llegado al convencimiento de que la lengua castellana había dejado de crear el espacio inmaterial donde los pueblos encuentran la savia de una posible conciencia colectiva, víctima de la más grave enfermedad del espíritu, la que priva a los hombres de toda razón de parentesco y hermandad. Rosales comienza a desbrozar una tierra de palabras donde poder construir una conciencia común, colectiva. No es un azar que esa tierra del espíritu comience a nacer contemplando, dolorida, el espectáculo de un campo de batalla fratricida. Ese fue el espacio ético y espiritual donde la Antígona de Sófocles nos enseñó la piedad de la que nace la conciencia moral de toda nuestra civilización.

En el caso de España, Valle creía que las voces desesperadas de tantas conciencias individuales no llegaban a expresar una conciencia colectiva. Ese trabajo de construcción de una casa o una conciencia común es el fruto final del dolor y la incertidumbre de muchas generaciones de hombres. Bécquer había descubierto en el Moncayo los viejos espíritus de la tierra, desterrados para la lengua, durante siglos, desde Garcilaso. Juan Ramón nos explicó la imprescindible necesidad de tejer y componer los materiales del alma, siguiendo las normas de una arquitectura inmaterial. Unamuno alza una cartografía donde los paisajes de la tierra se confunden con los paisajes del alma. Machado descubre en esos paisajes la huella del tiempo y la historia. Ramón cruza el espejo de la lengua, como Alicia, para construir nuevas geometrías de ilusión y palabras. Luis Rosales comienza a construir una casa con los cimientos del dolor y la memoria, echando raíces en la tierra de la lengua, para dar cobijo y consuelo a un hombre que son muchos hombres:

y formasen los muertos que más amas
un bosque ardiendo bajo el mar desnudo
en la misma frontera de mi alma,
para estar prevenido, para tener la seguridad de que había hecho cuando era necesario
para vivir,
y salgo, y voy corriendo por el pasillo ciego,
y voy corriendo hacia la luz,
hacia la habitación que está encendida,
y rompiendo a callar mientras dice mi nombre

-Hola, Luis, ¿como estás?
[ .. ]

algo,
que vuelve a ser materia...

Los muertos que se fueron no nos abandonan nunca. Ese bosque ardiendo es una llama y un rayo que no cesa. Cada árbol tiene un nombre. Las raíces de cada nombre se pierden en el bosque común de la lengua. El hombre aprende a nacer corriendo hacia la luz que es la memoria de otros hombres, que son sus hermanos y sus semejantes.

El aprendizaje de nacer comporta la contemplación e iniciación al milagro de la vida: algo que no existía sino en nuestro deseo, comienza a crecer en el vientre de la madre; el bosque ardiendo de nuestros muertos ilumina la vida y la historia, que son nuestras únicas moradas conocidas de seres caídos en el tiempo. La palabra que la madre transmite a su hijo, antes de nacer, es muy semejante a la raíz que nos une a nuestros muertos. Sólo llegamos a nacer, plenamente, cuando llegamos a ser y cumplir la plenitud del deseo hecho carne. Nuestra vida, nuestra familia, nuestra patria, no son nada, si nosotros no llegamos a construir la casa común, donde cada miembro reconoce su íntima morada, que es la casa de todos:

y siento sus palabras que van haciendo un nudo con mi sangre,
un nudo en aquel tiempo

-No lo olvides,
la muerte no interrumpe nada-

como empieza a latir el pulso de un enfermo,
se fue haciendo la niebla,
se fue haciendo el silencio cuando te fuiste, Juan,
y yo seguí contigo,
y yo seguí callando entre la sombra,
y yo seguí callando,
callando hasta nacer y hasta nacerte
.

Las palabras de los muertos nos dicen que la muerte no interrumpe nada. Garcilaso, Villamediana y Quevedo nos habían enseñado que nuestro amor sobrevivirá y vencerá a la muerte. Rosales nos repite que somos el fruto de un árbol que nos precede y nos funda, antes que nosotros lleguemos a nacer, anunciando el dolor y la gracia de los hombres que vendrán.

Los muros de nuestra casa y nuestra conciencia, caídos y desmoronados desde las profecías del Heráclito cristiano, vuelven a juntarse y armarse para darnos cobijo, cuando alguien que somos nosotros comienza a nacer en esa casa encendida con la gloriosa luz de un alumbramiento. Con Quevedo estaba culminando la desertización espiritual de España, cuando la conciencia del hombre y la patria habían caído de hinojos, vencidos y destruidos sus muros, de la edad cansados y perdidos, ida la vida, sin que la palabra pudiera poner sus ojos en ningún lugar que no fuese recuerdo de la muerte. Con Luis Rosales puede comenzar a imaginarse y reconstruir una nueva forma de conciencia histórica: la del hombre capaz de nacerse, para conquistar la libertad y el dolor de tener que alumbrar una nueva forma de vida que trae consigo la mudanza del idioma.

Aprender a nacer es, al mismo tiempo, aprender a caminar, en pié, derecho, como un hombre, y aprender a crecer enriqueciéndose con el dolor de las voces de los muertos. Se es hombre por el garbo y la gracia con que se afronta la muerte, y por la piedad solidaria que nos permite escuchar las voces de otros hombres, con quienes estamos unidos en una comunidad de dolor, palabras y destino. Un hombre aprende a nacer para llegar a ser hombre, en su casa, en su tierra, en su patria. Reuniendo a todas las partes de sí mismo que no viven juntas y, sin embargo, son su única vida:

[ ] me estoy convocando y reuniendo a mí mismo
en partes dolorosas que no conviven juntas,
que nunca contemplaron su unidad,
que nunca podrán ser
si no tan solo un hombre sucesivo que se escribe con sombras

El hombre se hace hombre con el paso del tiempo. Él será hombres sucesivos, persiguiendo las sombras de cuanto amó y solo perdura en la ausencia. A través de la palabra, esa ausencia duradera construye en el solar vacío de la historia una arquitectura espiritual donde otros hombres se reconocen en nuestro rostro. Esa arquitectura es la obra de muchos hombres, acarreando cada uno los materiales de su persona. Cada cual aporta una parte del todo, entregando lo único que tiene. La palabra. El dolor, la incertidumbre y la alegría de vivir en cuarentena. Transmitiendo la epifanía de la vida:

y puede ser que aquella casa siga aún creciendo sin paredes,
y puede ser que todos los hermanos,
los vivos y los muertos,
nos reunamos en ella,
ardiendo aún en aquella infancia
.

Celebramos la llegada de la luz alumbrando todas las estancias de esa casa que ahora crece más allá de sus antiguos muros, porque debe dar cobijo a todo un pueblo. Casa cuyos confines y arquitectura se confunden con el espejo y el espacio sin fronteras de la conciencia. Esa casa que ahora continúa creciendo sin paredes es la casa más íntima del hombre. La casa de ser hombre en la tierra. Una tierra que es al fin la nuestra. La casa cuyos cimientos y raíces son tan hondas como la lengua. Una casa donde se reúnen los vivos y los muertos, ardiendo en la misma morada donde se oficia un nacimiento, el nuestro. Somos los hijos descarriados que al fin regresan al hogar donde nacieron y fueron expulsados del paraíso. Amén.

 

NOTAS

[1] Analizo tal proceso en mi libro De la inexistencia de España (1998, 2007 y 2010).

[2] El concepto enfermedad del espíritu me sirve en De la inexistencia de España para estudiar el proceso histórico de desertización espiritual: proliferando a la manera gangrenosa de un cáncer moral cuya metamorfosis tiene muchos rostros, incluso sociales y políticos, claro está.

[3] Salmo XVII del Heráclito cristiano (1.613), que cito por la edición de Luis Rosales, sin entrar en la melancólica y penosa historia editorial de los legendarios versos:

Miré los muros de la patria mía
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de larga edad y vejez cansados
por obediencia al tiempo y muerte fría.

Salime al campo, vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
porque en su sombra dió licencia al día.

Entré en mi casa, vi como cansada
entregaba a la muerte sus despojos,
hallé mi espada de la misma suerte,

vide mi ropa de servir gastada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no me diese nuevas de la muerte.

   Quevedo describe como nadie la doble desertización geográfica y espiritual de España. Los muros ya vencidos y desmoronados de la patria también hablan de la casa vacía del hombre, alma en pena, en agonía, condenada a errar atormentada en el infierno lineal de la historia sin redención.

[4] Arquitectura, fragmento editado por Francisco Garfias en La colina de los chopos (1963 y 1965), y reeditado en algunas antologías. Teresa Gómez Trueba, que lo hace en los Libros de Madrid, en el volumen II de las OC de Juan Ramón (2005), fragmento LXXV, comenta: “La arquitectura del Madrid actual ha perdido en opinión de Juan Ramón la armonía y belleza, la solidez, el arraigo y la fuerza; en suma, ha perdido sus raíces. Pero la decadencia de la arquitectura es en este libro solamente una muestra, la muestra más evidente, de la decadencia total de España...” El subrayado es mío. Comencé a utilizar el concepto juanramoniano de arquitectura espiritual en 1998, en De la inexistencia de España.

[5] Prólogo al libro Poesía heroica del Imperio (1943), corregido y ampliado en 1966. Lo citaré por la edición de Félix Grande, Antonio Hernández y Guadalupe Grande de las OC de Luis Rosales (1997), III, Editorial La Trotta, pp. 177, 186, 189, 192, 196, 221, 222, 240, 241 y 245.

[6] Execración contra los judíos, edición de Fernando Cabo Aseguinolaza y Santiago Fernández Mosquera (1996), p. 17.

[7] La rebelión de Barcelona ni es por el güevo ni es por el fuero, de Francisco de Quevedo. Cito por la edición de Manuel Urí Martín, en el volumen III de las OC en prosa (2005), bajo la dirección de Alfonso Rey, pp. 462 a 465.

[8] El proceso de apropiación de la libertad, 1957. Ese mismo ensayo es el capítulo segundo de Teoría de la libertad (1972), indisociable del monumental e indispensable Cervantes y la libertad (1960, con prólogo de Ramón Menéndez Pidal (ed. corregida en 1985). Cito el ensayo en su edición de 1957, pp. 17 y 38.

[9] Rosales realiza en El proceso de apropiación de la libertad (pp. 20 y 21), una crítica radical y jamás estudiada, hasta hoy, del periodismo y las industrias de la comunicación e incomunicación de nuestro tiempo, convirtiendo a los lectores de periódicos en seres “desentrañados y vacíos”, víctimas del comercio de naderías: “Nuestra vida se nos ha convertido en un conjunto de noticias, y esta manera de vivir nos desaloja de nosotros, nos expropia de nuestro ser”.

 

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Monográfico Luis Rosales
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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