Rosales y García Lorca:
Desde los Versos del combatiente a Nueva York después de muerto

Mª Carmen Díaz de Alda Heikkilä

Universidad de Tampere
carmen.heikkila@uta.fi
ddah.carmen@kolumbus.fi


 

 

Resumen: Este artículo gira en torno a la amistad entre Federico García Lorca y Luis Rosales desde que se conocieron en 1930 hasta la muerte de Federico; analiza sus relaciones literarias y el entrecruzamiento de su vida y su obra hasta La carta entera de Rosales.
Palabras clave: Luis Rosales; Federico García Lorca; Guerra Civil; La carta entera; Nueva York después de muerto; Biografía.

Abstract: This article deals with the friendship between Federico García Lorca and Luis Rosales from the moment they met in 1930 until Federico's assassination. It examines how their literary relations and the interconnections of their lives and works permeate Rosales's work through La carta entera.

 

1930- 1936

La abundante literatura vertida sobre los escritores granadinos Federico García Lorca y Luis Rosales ha relacionado sus nombres con las trágicas circunstancias de la detención de Federico en casa de su amigo Luis y su posterior asesinato. Luis Rosales ha manifestado siempre que éste, junto con el fallecimiento de sus padres, fue el acontecimiento de mayor trascendencia en su vida, pues aunque la amistad entre los dos poetas se circunscribe a un periodo de tiempo muy breve, los seis años que transcurren desde 1930 hasta el comienzo de la guerra civil, el magisterio y la amistad de Lorca le acompañaron hasta el fin de sus días. Destacar el entrecruzamiento de sus caminos y la influencia que tuvo Federico en la biografía poética de Rosales es el propósito que me mueve a escribir estas páginas.

En el verano de 1930 García Lorca era ya un autor reconocido dentro y fuera de España y una de las figuras más relevantes de su generación. Ha publicado Impresiones y paisajes (1918), Poema del cante jondo (1921), Canciones (1927), El Romancero gitano (1928), El maleficio de la mariposa (1919), Mariana Pineda (1923), La niña que riega la albahaca (1923) y La zapatera prodigiosa 1930); a todos los efectos puede considerársele como un autor consagrado.

En Granada, su ciudad natal, tan ligada para siempre a su nombre, la vida cultural giraba por aquellos años en torno al Centro Artístico y El Rinconcillo, tertulia de la que formaban parte Federico y Francisco García Lorca, Melchor Fernández Almagro, Antonio Gallego Burín, José Fernández-Montesinos, Fernando de los Ríos, Manuel Ángeles Ortiz, Ángel Barrios, Francisco Soriano Lapresa y ocasionalmente Manuel de Falla. Soriano, auténtico "pontífice de la intelectualidad granadina" -como lo define Molina Fajardo- sería dos décadas más tarde el introductor de Luis Rosales en la vida literaria de la ciudad. Hombre excéntrico, original, hedonista, amigo de lo exótico, y también muy culto y bien informado, abastecía al grupo de libros y revistas del mundo entero, entre ellos de literatura rusa, que puso de moda entre los rinconcillistas; tanto García Lorca como Rosales se interesaron por los escritores rusos y éste último llegó a dictar una conferencia en el Centro Artístico sobre la novela de Lev Goomilevski El amor en libertad. Pero fue Federico, con su extraordinaria personalidad, el alma de la tertulias de su época, en particular de la ya citada del Rinconcillo que se celebraba en el “Café Alameda” cuyo ambiente describió muy bien uno de sus miembros, José Mora Guarnido.[1] La colaboración de Lorca con Manuel de Falla fue muy fructífera, y de ella surgieron algunos de los proyectos más interesantes de la ciudad, como el Festival del Cante Jondo o la publicación de las revistas Gallo y Pavo, que por su tono y contenido contribuyeron a ahondar la brecha entre los putrefactos término con el que designa Federico a los inmovilistas y conservadores y la juventud granadina más vanguardista e innovadora.

En 1929 García Lorca emprendió su decisivo viaje a Nueva York aceptando una invitación de Fernando de los Ríos. El poeta atravesaba una honda crisis sentimental motivada por el abandono de Emilio Aladrén, escultor con el que había mantenido una fuerte relación afectiva. Agustín Penón recogió numerosos testimonios entre los amigos más cercanos de Lorca que, al parecer, no simpatizaban con Aladrén; era opinión generalizada que éste “se aprovechaba descaradamente de la fama de Federico y del círculo de sus amigos en beneficio propio”.[2]

En su decisión influyó también el disgusto que le habían causado las críticas de Salvador Dalí, que en una carta de septiembre de 1928 criticaba sus últimas obras tachándolas de costumbristas y estereotipadas; esa carta trocó la satisfacción que le había producido el éxito de Canciones (1927) y del Primer romancero gitano (1928) en un amargo sentimiento de incomprensión. Pero en algo no andaba descaminado el pintor de Cadaqués, porque con el éxito del Romancero se propagó la imagen del poeta cantor de los gitanos y el folclore andaluz; el mismo Lorca se había quejado de esa imagen antes de que se publicara el poema, en una carta a Jorge Guillén: [3] "Me va molestando un poco mi mito de gitanería. Confunden mi vida y mi carácter. No quiero de ninguna manera. Los gitanos son un tema. Y nada más. Yo podía ser lo mismo poeta de agujas de coser o de paisajes hidráulicos. Además, el gitanismo me da un tono de incultura, de falta de educación y de poeta salvaje que tú sabes bien no soy. No quiero que me encasillen".

Este viaje, que se prolongó durante varios meses, sería el origen de uno de sus mejores poemas, Poeta en Nueva York e indirectamente del inacabado Nueva York después de muerto de Luis Rosales, sobre el que me detendré más adelante. Federico, que lo recordó como una de las experiencias “más útiles” de su vida, descubrió en América un mundo cosmopolita, moderno, muy distinto de su entorno conocido; le sorprenden las diferencias religiosas y raciales, las grandes masas urbanas y la gran ciudad, y se conmueve e indigna ante la tragedia del ser humano, de los marginados, los pobres. Desde Nueva York viajó a La Habana, su primer contacto con una ciudad extranjera de habla española; el periodo que transcurrió en Cuba (entre el 7 de marzo y el 12 de junio de 1930), Federico se sintió intensamente feliz y experimentó una sensación nueva de libertad. Dio conferencias y recitales, trabajó en su drama El público, recorrió la isla, se interesó por la música afrocubana -el famoso “Son de negros en Cuba” está inspirado en los ritmos de los isleños- , y regresó cambiado y con una visión del mundo mucho más amplia. Su ubicua presencia en la isla se dejó sentir, y sería casi imposible relacionar el número de amigos que allí dejó; algunos ya conocidos de sus años madrileños, como José María Chacón y Calvo, Gabriel García Maroto o Adolfo Salazar; y otros nuevos, entre los que se cuentan los hermanos Loynaz (precisamente Dulce María Loynaz será quien defienda la inocencia de Rosales en el viaje que éste realizó a la Habana veinte años después). Regresó a España a bordo del vapor Manuel Arnús, que hizo su entrada en el puerto de Cádiz el 30 de junio de 1930 Pocos días después, Joaquín Amigo le presentará a Luis Rosales en la Huerta de San Vicente.

 

Por su juventud - era doce años menor que Federico- Luis Rosales no llegó a participar en los mismos círculos artísticos que el poeta de Fuentevaqueros. "Hasta los quince años - reconocía - fui enemigo enconado de los poetas y de la poesía... a mí la poesía me parecía que no era un molde viril”. [4] Después comenzó a asistir a algunas sesiones literarias en el Centro Artístico, pero no formó parte del grupo del Rinconcillo, ni colaboró en las revistas de la vanguardia granadina, ni en ninguna otra, si exceptuamos algunos poemas juveniles que publicó en la Granada Gráfica en 1926. [5] Por entonces, Luis trabajaba en el comercio de mercería que tenían sus padres en la Plaza de Bibarramabla y se limitaba a seguir desde lejos los aconteceres de la vida literaria granadina, en la que no se interesaba aún, lo cual no impedía que fuese un lector empedernido y tuviese desde muy joven una biblioteca envidiable.

Su primera intervención pública tuvo lugar en el citado Centro Artístico, probablemente el 12 o 13 de marzo de 1930; el acto, presentado por Soriano Lapresa, consistió en una lectura poética en dos partes, de los que la prensa granadina, que reseñó el acto el día 14, destacó los poemas pertenecientes a Cartas líricas (un libro escrito bajo la influencia de Juan Ramón), Sinfonía de juventud y Romances de colorido. Si traigo aquí a colación esta obra temprana es para resaltar que aunque todavía no conocía a Federico, no era ajeno a su magisterio. “Mis primeras influencias - me decía Rosales- fueron Lorca, Guillén y Alberti, las tres grandes; después aparecieron las demás, como la de Cernuda, pero con mucha fuerza, con mucho brío” (Conversación con L. Rosales, 3.7.1980). En su Autobiografía literaria improvisada ante un magnetófono (1983) también se refiere al influjo de Lorca en esa obra primeriza:

“Como su nombre indica tenía una notoria influencia de García Lorca. Es muy curioso en este sentido señalar que los críticos se han preguntado en muchas ocasiones cómo es posible que yo, que era granadino y admiraba tanto a Federico García Lorca, no haya tenido demasiada influencia suya. (Esto es lo que parece). Pues bien, este libro era más lorquiano que el mismísimo Romancero gitano”.

Esas composiciones le sirvieron para conocer a Joaquín Amigo, intelectual de gran prestigio en Granada y uno de los mejores amigos de Federico, que al día siguiente se presentó en su casa para felicitarle. Joaquín tuvo una extraordinaria influencia en su formación humana y literaria, y aunque desde aquel lejano marzo de 1930 hasta que publicó Un rostro en cada ola habían pasado cincuenta años, su recuerdo se mantiene vivísimo, como podemos ver en el extraordinario retrato que de él hace en el poema “Da comienzo la ronda de los amigos muertos”. Joaquín —afirmaba Rosales— es "ese muro de carga que me sostiene todavía (…), la persona que más influencia intelectual y estética ha tenido en mi vida, sin punto de comparación con ninguna otra al menos en mis años de formación juvenil (…) A él le debo la defensa de mi vocación, el traslado definitivo a Madrid y, sobre todo, el nivel de exigencia y autenticidad artística que no he logrado nunca, pero que ha sido siempre mi proyecto vital."[6]

Como decíamos antes fue Joaquín quien le presentó a García Lorca; en aquellos días no llegaron a intimar porque Federico vivía en la capital, pero cuando Rosales se trasladó a Madrid para iniciar la carrera de Letras ese trato se hizo más frecuente; Federico fue clave en su relación con los escritores del 27 y gracias a él se incorporó muy pronto a la vida literaria madrileña, publicando en Cruz y Raya, los Cuatro Vientos y El Gallo Crisis. A estos años hay que remontar su amistad con Bergamín, Guillén, Salinas, Neruda, Juan y Leopoldo Panero, Luis Felipe Vivanco, Miguel Hernández, Antonio Machado, Rafael Alberti, Juan Ramón y tantos otros escritores y artistas. La de Lorca y Rosales se consolidará en Granada, a partir de 1931.

“Federico iba a Granada... es curioso eso, iba a Granada a escribir, y entonces es cuando nos veíamos. En Madrid también le vi, como es natural, pero no era fácil; cuando estrenaba... Cuando le veía todos los días era en verano, en Granada, porque él, cuando escribía, se fiaba mucho de mi criterio.” (Conversación con L. Rosales, 8.7.1988)

Molina Fajardo (1983) recordaba que a partir de 1932, en ausencia de Federico, era Rosales quien cohesionaba la famosa tertulia granadina del “Café Imperial”, empezando a manifestarse como lo que sería ya el resto de su vida: un amenísimo conversador, generoso con su saber, abierto, observador, chispeante y agudo, cualidades que le convirtieron en el representante de Joaquín y Federico cuando éstos se ausentaban de Granada (Díaz de Alda, 1989: 190-191).

Tras su traslado a Madrid, Rosales siguió ligado al Centro Artístico de su ciudad natal como una especie de “socio corresponsal”, con la misión de mantener el contacto entre los artistas granadinos residentes en las dos ciudades y colaborar con su consejo y ayuda en las actividades culturales que aquél realizara. Cuando en 1933 el Centro Artístico organizó un acto de “Homenaje a la música andaluza”, solicitaron su mediación para apalabrar a algún autor de relieve; Rosales propuso a García Lorca por considerarlo “el candidato más adecuado y de más altura”, pero su sugerencia fue rechazada. [7]

La infravaloración de Lorca por parte del Centro Artístico pudo ser consecuencia de las divergencias existentes desde hacía años entre éste y los miembros del Rinconcillo; es decir, divergencias en el seno del propio Centro, ya que los rinconcillistas se desgajaron de aquél por considerarlo un reducto "decadente y cerrado a toda nueva tendencia”; el propio Federico lamentó en ocasiones la orientación artística del Centro manifestándose en términos muy negativos, llegando a afirmar que sus salones estaban llenos de "rostros de sastres, de carpinteros y de horteras". [8] Molina Fajardo (1983: 93) recoge un testimonio de Miguel Cerón que refiere al año 1929: "Realmente, en aquel tiempo nadie creía en él, ni el propio Falla. El Centro Artístico tampoco le hacía mucho caso". Esta afirmación coincide con lo que en una ocasión me decía Rosales respecto a los poetas de la generación del 27:

“Ellos nunca entendieron a Lorca, lo tenían… como una especie de salvaje, ¿cómo se iba a comparar con Cernuda?, pensaban; cuando él [Lorca] es un poeta veinte veces mejor que todos ellos” (Conversación con Luis Rosales, 3.7.1980)

Siempre reconoció Rosales el magisterio de Lorca, y no es casual que uno de los primeros ensayos que escribe —el segundo en orden de publicación con sólo una diferencia de tres meses sobre el que dedicó a Salinas— sea un análisis del Romancero Gitano.

 

La guerra civil

Aunque quisiera, no podría pasar por alto la trascendencia que tuvo la Guerra Civil en las vidas de García Lorca y Luis Rosales. El asesinato del primero truncó la sólida amistad que los unía, pero en el corazón de Rosales ésta se mantuvo viva hasta el fin de sus días. Las trágicas circunstancias de la muerte del amigo acrecentaron su recuerdo, sobredimensionando quizás esa amistad.

“Desde que mataron a Federico —ha dicho— mi vida cambió de dirección. Es algo que está metido en mi vida en todos los sentidos; imagínate, pensar que pudiera morir una persona como Federico, cómo murió y por lo que murió... Eso no se puede olvidar”. [9]

El poeta, obligado a sufrir esa “llaga sangrante”, esa orfandad, y a cargar con esa inmerecida cruz de dolor e incomprensión que derivaron de la muerte de Federico, no huyó de ese doloroso recuerdo, sino que, por el contrario, hará de él un elemento revivificador.

No está en mi ánimo defender o rebatir lo escrito sobre los últimos días de Lorca, la sublevación de Granada y el compromiso de Luis Rosales en la defensa del amigo, existen decenas de estudios serios sobre el particular y a ellos remito a quien desee una información detallada; [10] me limitaré a recordar cómo se sucedieron los acontecimientos en aquellos terribles días que acabarían con la vida de Federico y que a punto estuvieron de acabar también con la de su amigo Luis.

Convengamos en que Luis Rosales llegara a Granada antes del 10 de julio [11] ; pocos días después se entera del asesinato del diputado derechista José Calvo Sotelo, perpetrado el día 13 de ese mismo mes; Federico, aterrorizado por las noticias que corren y el cariz que están tomando los acontecimientos, sale para Granada en la noche del día 10, tras dejar el manuscrito de Poeta en Nueva York en la redacción de Cruz y Raya y despedirse de Rafael Martínez Nadal, que le acompaña a la estación de ferrocarril. Cree que en Granada, entre sus amigos y familiares estará a salvo de desórdenes y revueltas. Antes de abandonar Madrid le confesaba a Edgar Neville: "Me voy, porque aquí me están implicando con la política, de la que no entiendo nada, ni quiero saber nada. (…) Yo soy amigo de todos y lo único que deseo es que todo el mundo trabaje y coma. Me voy a mi pueblo para apartarme de la lucha de las banderías y de las salvajadas". [12]

Las ideas políticas de García Lorca y de Luis Rosales merecerían un libro aparte y no es este el lugar para abordar un tema tan complejo; o podrían resumirse en dos o tres palabras, si nos atenemos a sus propias afirmaciones. Ambos renegaron de partidismos y banderías, y se manifestaron invariablemente como apolíticos; lo cual no está reñido con el compromiso social, ético y artístico, ni con el sentido de la justicia y la libertad que personificaron en su vida y en su obra los dos autores. Las etiquetas siempre son inexactas, reductoras, y las de “antifranquista” versus “falangista” no se sostienen.

Federico, que siempre se manifestó a favor del pueblo y los desvalidos y tenía una clara conciencia de justicia social, no era consciente de que su pertenencia a una minoría acomodada, en cierto modo “elitista”, podía provocar envidias y recelos en una ciudad tan provinciana como Granada; si a ello añadimos su fama como escritor, su condición sexual y algunas excentricidades, tendremos el perfil perfecto para colocarlo en el punto de mira de cualquier envidioso, fanático o resentido.

El 14 de julio se encuentra ya en la Huerta de San Vicente, la finca donde su familia pasaba los veranos. Cuatro días más tarde tiene lugar el primer brote de sublevación nacionalista contra el gobierno de la república; Granada se alza el 20 de julio. Ese mismo día detienen a Manuel Fernández-Montesinos, alcalde de la ciudad, casado con su hermana Concha. La familia vive momentos de angustia que se intensifican tras los sucesivos registros de que fue objeto la casa del poeta. [13] Es entonces cuando Federico, muy asustado, llamó por teléfono a Luis pidiéndole que fuese a su casa para tratar de algo “sumamente urgente, para una cosa que me apena”; en la reunión familiar que se mantuvo horas después estuvieron presentes los padres de García Lorca y su hermana Concha. Se pensó en recurrir a Falla en primer lugar, creyendo que en su casa estaría a salvo, pero el poeta se manifestó en contra de esta solución porque últimamente se hallaban distanciados; la segunda opción que allí se barajó fue pasarlo a zona republicana, algo que los Rosales hicieron con otros muchos durante la guerra, pero la desecharon por arriesgada y porque a Federico le faltaba valor; además, no temía por su vida, estaba convencido de su inocencia ya que no militaba en ningún partido ni tenía actividad política alguna, y desde luego no creía tener enemigos personales. “Al final decía Rosales decidieron que lo mejor sería que Federico se viniera a mi casa. Yo todo lo que pude hacer fue escuchar mientras la familia discutía las distintas posibilidades y dar mi aprobación cuando decidieron que Federico se quedara en mi casa” (Penón, 2009: 646).

Uno de los testimonios más completos e interesantes que conozco al respecto son las declaraciones de Rosales a J. Soler Serrano (1977) en el programa de TVE A fondo, donde pedía públicamente que se celebrase “una mesa redonda con los testigos que quedaban de la muerte de Federico, y una rueda de prensa internacional para llegar al fondo de las cosas y establecer toda la verdad de los hechos”. Murió sin haber visto cumplido su deseo. En la citada entrevista, insistía una vez más en que no se pensó que hubiera que protegerle de grandes peligros, sino de cualquier molestia, como “que le quitaran los papeles o le maltrataran de palabra, o incluso de obra (…) Porque si hubiéramos pensado que había que defenderle de la muerte, es seguro que Federico no hubiera muerto. No se nos ocurrió, ni siquiera cuando lo prendieron”.

“Yo siempre digo que si Federico, o su padre, o doña Vicenta - su madre- , o yo, hubiéramos pensado por un solo momento que Federico corría peligro de muerte, Federico hubiera sido salvado. Salvarle era facilísimo, sin duda. Lo que ocurre es que nadie podía pensar en eso, nadie lo pudo pensar (…) En el consejo de familia que se celebró (…) no se pensó ni por un momento en la posibilidad de que pudiera sucederle algo a una persona literalmente inocente, como Federico era”.

Siguiendo pues lo acordado en esa reunión familiar, el día 11 de agosto Francisco Murillo (Paquito, el de Loja), el chófer de los García Lorca, llevó a Federico al domicilio de los Rosales en la calle Angulo, 1. Se instaló en el piso alto de la casa, donde la tía Luisa y Esperanza Rosales, a quien Federico llamaba “mi divina carcelera”, lo acompañaron en sus últimos días. El poeta pasó muchas horas escribiendo, tocando el piano, escuchando la radio y charlando con Luis cuando éste regresaba del frente.

Recuerdo que cada noche, al llegar yo a casa (…) él me contaba las noticias que había oído en la radio, tanto de una zona como de la otra, ya que él se pasaba todo el día recluido y buscando emisoras. Federico tenía una memoria tremenda, extraordinaria, y esa primera hora la dedicaba a informarme exhaustivamente de todo cuanto había oído”

Fue entonces cuando decidieron escribir juntos La voz de los muertos, y cuando Federico terminó de componer los Sonetos del amor oscuro, a los que en aquellos días llamaba ya El jardín de los sonetos. Esa fue “una parte de todos los papeles” que los Rosales devolvieron a su familia.

El 15 de agosto una escuadra al mando de Federico Díez Esteve se presentó en la Huerta de San Vicente para detener al poeta. Al no encontrarlo, amenazaron con llevarse al padre de los Lorca ante lo cual su hermana Concha se vio obligada a revelar su paradero. Esta versión, la corroboró entre otros el citado Francisco Murillo:

“Como no lo encontraron allí dijeron que se llevaban al padre y que lo iban a matar. Cuando ya se llevaban a don Federico (…) Concha, aterrorizada y llorando, corrió tras ellos y les dijo que su hermano estaba en casa de los Rosales” (Penón, 2009: 436)

La denuncia de Lorca no partió de la Falange granadina como a veces se ha escrito, sino de Ramón Ruiz Alonso, antiguo miembro de la CEDA, que obró por su cuenta y sin conocimiento de sus mandos. Agustín Penón (2009: 51) recogió diferentes testimonios que coinciden en que “Ruiz Alonso quería subir y prosperar a toda costa […] Su partido había caído en desgracia cuando empezó la guerra y él no había sido bien acogido cuando quiso alistarse en Falange. Como ya no era diputado, se sentía desplazado, insignificante. Al arrestar a Lorca creyó que mataba dos pájaros de un tiro”. Y en efecto, dando publicidad al hecho de haber encontrado escondido en casa de un alto cargo del partido [José Rosales Pepinique], a un enemigo peligrosísimo, Ruiz Alonso dejaba en entredicho a la Falange, que no solamente “no fue la autora del crimen, sino que fue la única que intentó todo lo humanamente posible por evitarlo y devolver la libertad al poeta” (Hugo Thomas: 1979). Comparte esta opinión Gibson (1983): “Ahora es más evidente que nunca que la denuncia contra el poeta no emanó de la Falange granadina, sino de las gentes, cedistas en su mayoría, que asesoraban al gobernador civil”; y con ellos coinciden prácticamente todos los historiadores. El escritor Ramón Pérez de Ayala y el periodista e historiador J. L. Vila San Juan atribuyen a Rafael Alberti cierta responsabilidad en los motivos que provocaron la detención de García Lorca, y aseguran que Concha, la hermana del poeta, había recriminado a Alberti su conducta irresponsable rogándole se abstuviese de difundir por radio poemas, que atribuía a Federico, contra la sublevación. [14]

Lo cierto es que el 16 de agosto, tras rodear la casa y los edificios colindantes con un despliegue de fuerzas desacostumbrado, Ruiz Alonso se presentó en la calle Angulo para detener al poeta. Doña Esperanza Camacho no consintió en que se lo llevaran hasta que alguno de sus hijos se encontrara presente. Pudieron localizar a Miguel, al que aseguraron que tenían que llevarse a Federico sólo para que hiciese "unas declaraciones”. El mayor de los Rosales los acompañó al Gobierno Civil para evitar que pudieran maltratarlo, a la espera de que llegasen Luis y Pepe que se hallaban en el frente. En cuanto éstos tuvieron noticia de la detención se dirigieron al Gobierno Civil; Luis, furioso, pide cuentas de la detención de Federico y, por escrito, deja constancia de su protesta al teniente coronel Velasco. Ante una situación tan inusitada y la violenta discusión con Ruiz Alonso, se congregaron allí -según el propio Rosales - más de medio centenar de personas. Molina Fajardo y otros investigadores resaltan el hecho de que tras él aparecieran protegiéndole y apoyándole, una docena de falangistas armados: Cecilio Cirre, Leopoldo Martínez Castro, Ramón Entrena, Pepe Sánchez, Díaz Pla... y algunos de sus hermanos. Cirre confesó a Penón (2009: 52) que estuvo a punto de arrojar a Ruiz Alonso por una ventana. De manera igualmente violenta José Rosales, sin importarle hallarse ante la máxima autoridad del Alzamiento en Granada, recriminó a Valdés el allanamiento de su domicilio. En el transcurso de aquella conversación, Valdés amenazó a Luis de tal forma que Pepinique le diría después: “¡Es una hiena! Ahora va contra ti”. (Molina Fajardo, 1983: 44)

A la mañana siguiente José Rosales se presenta ante Valdés con una orden de libertad firmada por el gobernador militar de Granada, coronel Antonio Gómez Espinosa; Valdés le informa de que ha llegado tarde, a Federico se lo han llevado a Víznar de madrugada y ya ha sido fusilado; la realidad es que García Lorca todavía se encuentra con vida y está retenido en el Gobierno Civil, de donde será trasladado a “La Colonia”, un caserón cerca de Granada donde pasaban sus últimas horas los prisioneros sentenciados a muerte. Al tratarse de un personaje notorio Valdés no se atrevía a fusilarlo sin la orden de un superior; todo apunta a que esa orden fue dada por el general Queipo de Llano la noche del 18 de agosto, aunque hasta el momento no se ha hecho público ningún documento que avale este extremo, ni la veracidad de la sentencia, tantas veces mencionada, de “dale café, mucho café”, puesta en boca del militar. García Lorca fue asesinado cerca de Víznar el 19 de agosto de 1936. [15]

Tras la detención de Federico, los Rosales y los García Lorca debieron actuar cada uno por su cuenta y aparentemente no tuvieron contacto; sólo así se explica que mientras los primeros están en la creencia de que Federico ha sido fusilado, Angelina Cordobilla, la criada de los Fernández-Montesinos que en ese momento se encuentran en la Huerta de San Vicente, le llevara durante dos días consecutivos comida y tabaco al Gobierno Civil;[16] los Lorca, posiblemente culpando a los Rosales por no haber sabido protegerlo, no les pondrían al tanto de la situación de Federico, y éstos, creyéndolo muerto, concentrarían ahora sus esfuerzos a salvar a sus hijos.

Al saberse que los hermanos Rosales están en peligro Luis condenado a muerte y Pepe y Antonio, junto con Cecilio Cirre, en situación muy peligrosa y comprometida tras los enfrentamientos tenidos en el Gobierno Civil, tuvo lugar un movimiento de apoyo de muchos falangistas que se dispusieron a trasladarse desde el frente de Albolote a Granada para prestar declaración a su favor. Esta acción fue paralizada al conocerse que los habían puesto en libertad, gracias a la decisiva intervención de Narciso Perales que salvó a Luis de la muerte [17], no sin que su padre tuviese que pagar una multa de 100.000 mil pesetas y entregar un anillo de oro para la suscripción popular del avión Granada. Tres o cuatro días más tarde, su amigo Díaz Pla, que era abogado y se temía que el asunto no quedase ahí, le aconsejó preparar un pliego de descargos explicando lo sucedido y haciendo constar sus méritos como falangista. Ese documento, desaparecido hasta 1983, era esencial para demostrar el compromiso de Rosales en la defensa de Federico y el riesgo que corrió por protegerlo. Lo encontró y publicó Molina Fajardo en 1983 (1983: 347-348) y ha sido ampliamente difundido. [18]

En la misma línea probatoria estuvo la intervención del republicano César Torres Martínez, Gobernador Civil de Granada hasta la sublevación, que hizo justicia a los Rosales ante las cámaras de TVE destacando su actuación en el caso Lorca. Su intento de salvar a Federico constituyó, en su opinión

“un esfuerzo de una singular valentía, porque en aquel momento tener alojado a lo que ellos llamaban un rojo, y éramos rojos todos los que no... no estaban con el movimiento, era una cosa peligrosísima, pero muy peligrosa; yo lo considero de verdadero peligro”. [19]

No en vano Federico había sido acusado de comunista, masón, espía de Rusia y miembro de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética; también se trajo a colación su amistad con Fernando de los Ríos, aunque los verdaderos motivos, como hemos visto, nada tenían que ver con esas acusaciones.

Agustín Penón, durante sus investigaciones en Granada a mediados de los años 50, recogió múltiples testimonios entre quienes de una manera u otra estuvieron en contacto con Federico en sus últimos días. Sobre sus conversaciones con Cerón, músico y amigo del poeta, dice:

“Miguel Cerón descarga de toda sospecha el papel que a la familia Rosales le tocó desempeñar en este drama. La realidad es, dice, que ellos arriesgaron conscientemente su propia seguridad en aquellos días, dándole protección a Federico y albergándolo en su casa” (1999: 149-150)

Emilia Llanos, la “divina tanagra” del poeta de Fuentevaqueros, llegó a entablar una buena amistad con Agustín Penón y le contó con detalle una conversación que mantuvo con doña Esperanza Rosales y con su hija un año después de la muerte de Federico.

“Precisamente el día en que se llevaron a Federico, ellos ya estaban preparando llevar a García Lorca a otro lugar más seguro. Varios amigos les habían advertido que era conveniente trasladarlo. Y sabían que algunos vecinos de las casas contiguas sospechaban que estaban escondiendo a alguien y habían querido enterarse de quién se trataba sonsacado a las criadas. Se lo consultaron al propio Federico y todos estuvieron de acuerdo en que el mejor sitio era precisamente la casa de Emilia, adonde pensaban llevarlo en cuanto anocheciera acompañado por alguno de los hermanos. Y desde allí, si más adelante era necesario, cambiarlo al carmen de Falla, lugar que les parecía aún más seguro pues tenía la ventaja de estar muy cerca del Consulado Inglés, donde García Lorca, en caso extremo, podría refugiarse” (A. Penón, 2009: 277)

 

“La voz de los muertos” [20]

“La voz de los muertos”, perteneciente a los Poemas de la muerte contigua, se publicó por primera vez durante la guerra en el periódico Patria de Granada. Es una bella edición en la que "la mitad de la página era una cruz hecha en madera. El poema fue una esquela mortuoria para los muertos de España. Era todo lo contrario que celebrar la guerra, era enfrentarse con esa España que había enloquecido, protestar contra la falta de sentido de los españoles que habíamos desembocado en una guerra con muertos de uno y otro bando, víctimas de la muerte que no era "vencida ni vencedora", como decía en otro verso mío de esos años”. [21]

El poema tiene su raíz en un proyecto de obra conjunta con Federico, en los días en que éste estuvo acogido en su casa.

“Federico estaba decidido a que realizáramos entre los dos una composición a los muertos, a los muertos en los dos bandos. Él quería que fuese una cantata, o una especie de romance para poderlo cantar. Algo que no fuese una elegía. Y él se reservó la parte musical, para que yo compusiera la letra. La música no la tenía escrita, pero sí pensada, y a mí me la interpretó varias veces en el piano de mi tía. Yo no había escrito la letra. Posteriormente, a la muerte de Federico, yo hice mi poema como una elegía a los muertos (...) que nació influido por aquellas conversaciones tan repetidas que tuvimos. Mas al morir mi amigo, la poesía tomó el rumbo de la elegía”.[22]

No es difícil entrever la presencia del amigo muerto alentando e inspirando el poema, una elegía en la que Rosales se está doliendo de todas las guerras, y de todas las muertes; hay rebeldía, dolor, esperanza y deseo de reconciliación, pero está muy lejos de ser un poema para ser cantado, como hubiera querido Federico; es un poema para ser gritado, intenso, lleno de dolor. La voz del poeta, se suma a la voz de los muertos dirigién­dose a esa España trágicamente enamorada de la muerte, como también la llamara Lorca. Si la guerra civil es el elemento desencadenante, ésta se confunde en el poema no sólo con otras guerras, sino con la historia de España misma, consumida en luchas fraticidas y en guerras de expansión:

               (...)"Tú, la España de siempre,
la vencida del mar, la pobre y la infinita,
la que buscaba tierras donde dar sepultura,
la que vuelve los ojos polvorientos al valle,
la España de ceniza, de espacio y de misterio
que nos brinda la sed y nos muestra el camino.
¡El amor de la muerte te quitó la hermosura (...)!
...................
¿Y tú qué harás ahora?.
          Ya la tierra no existe,
y habrá que unir de nuevo la arena entre las manos
para soñar de nuevo con su contorno huidizo.
¡Tus muertos no descansan ni conocen su tumba!
Y tú, la España unida por el polvo, la España
que nació, alguna vez, del tiempo y la promesa,
y tú, ¿qué harás ahora?.
¡Tierra de luto y sangre que crece con los muertos
y nos da nacimiento, costumbre y agonía!
Tierra que sólo brindas paciencia y superficie,
tierra para morir,
                       deshabitada y loca
¡Oh trágico destino de España, madre España!

Y junto a la tragedia de España, la tragedia personal; esa orfandad que le ha dejado la muerte de Federico:

(...)"los ojos que llevaron
en su mirada amante toda la luz del día
para siempre han perdido la memoria del tránsito".

Imagen que repetirá enseguida para simbolizar en el amigo muerto a todas las víctimas de la contienda.

"Murieron los varones
cuya sola presencia cantaba en el silencio
llena de luz entera como el cuerpo del día,
quieta está para siempre la juventud del mundo".

Esos muertos que "no descansan ni conocen su tumba", que tienen "toda la mar de España por sepultura y gloria", se levantarán un día y, en visión alucinada, volverán,

(...) de pie sobre el viento melodioso y antiguo,
de pie, como murieron, ya sin peso en el aire,
vendrán todos los muertos al corazón del hombre,
vendrán a recordarnos la vida que tenemos,
la muerte que ganaron en penitencia súbita,
cansados de su cuerpo vendrán y con la sangre
quieta, amante y vacía ya para siempre sola".

A partir del asesinato de Lorca la poesía de Luis Rosales se tiñó de dolor. La comprensión de estos hechos es esencial para entender el tono y la evolución de su obra posterior.

“¿Cómo se puede creer en nada, si es posible que en un país como éste y sólo por la ambición política personal de un individuo que no representaba, ni representa, ni representará nada se pueda asesinar impunemente al hombre más importante y más prometedor de España? Y cuando eso ocurre, ocurre porque es posible, ocurre por algo, porque se presenta una denuncia, porque esa denuncia se acepta, porque un gobernador se niega a recibir a la gente (a don Manuel de Falla, a mí, a muchas personas, que podíamos haberle dado una información amplia, completa y veraz sobre lo que era Federico de verdad), porque se condena injustamente a muerte a un inocente, y porque se le mata vilmente. ¡La vida del hombre más importante ha dependido de la ambición política de un don nadie, de un individuo que no ha representado literalmente nada!” [23]

Julián Marías escribió: “Si yo tuviera que definir en tres palabras el temple de Rosales, que es a un tiempo la clave de su poesía y de su persona, diría: Resignación alegre y melancólica. Rosales (...) es de las personas más resignadas que conozco". [24] Esa resignación quizás sea la huella moral más acusada que haya derivado de la muerte de Federico.

 

El dolor es un largo viaje

No existe en la numerosísima bibliografía escrita sobre los últimos días de García Lorca ni un solo documento que pruebe la inhibición o la culpabilidad de Luis Rosales en estos hechos, ni que contradiga las afirmaciones que ha venido haciendo a lo largo de todos estos años. Y sin embargo, contra el más elemental sentido común, lenguas insidiosas lo acusaron de haber entregado a Lorca. Esta calumnia fue denunciada y desmontada por el escritor Félix Grande (1987), un hombre de izquierdas, sin asomo de sospecha, que se sintió en la obligación moral de salir en su defensa. Desgraciadamente no hay más ciego que el que no quiere ver, y muchos no le han perdonado que pusiese la verdad desnuda ante sus ojos.

“No me lo ha perdonado nadie. Ya decía el propio Luis Rosales que "al inocente nadie lo perdona".

Él era inocente y nadie lo perdonó ni vivo ni muerto. Y yo creo que al defensor del inocente tampoco. A mí no me ha perdonado mucha gente. Incluso entre mi gente. Aunque en realidad lo único que hice fue reunir la documentación existente que demostraba que la única persona de Granada que se jugó la vida, que estuvo a punto de ser fusilado por defender a Federico, fue Luis Rosales. Eso lo sabe todo el mundo. Pero a los calumniadores, cuantas más pruebas les pongas sobre la mesa sobre la inocencia de aquel hombre más se irritan con él y con sus defensores”.[25]

Como ya he sostenido en estudios anteriores, desde el primer momento de la contienda el Partido Comunista se apropió de la figura de Federico como representante de la izquierda y la resistencia contra Franco, haciendo de él un abanderado de la República; en esa utilización partidista estorbaba cualquier relación del poeta con los sublevados, y más aún si se trataba de una estrecha amistad; de ahí que Luis Rosales, “el falangista”, debiera presentarse ante la historia como el traidor que lo entregó. El poeta tuvo que enfrentarse a esta infame acusación durante su viaje a Hispanoamérica en 1949, en una gira poética que realizó por varios países junto con Leopoldo Panero, Antonio de Zubiaurre, y Agustín de Foxá (Díaz de Alda, 1989; 2011). En Cuba, en un artículo titulado, Los asesinos del poeta García Lorca viajan a Puerto Rico, Cuba y América del Sur, escribe E. Delgado: “Luis Rosales, el cabecilla de la misión, fue el traidor que consiguió engañar la buena fe de García Lorca para que se ocultara en su residencia de Granada, de donde lo sacó a los pocos días para entregarlo al pelotón de la Guardia Civil que asesinó por la espalda al gran poeta español.” [26] Grave responsabilidad en la difusión de estas acusaciones tuvieron los escritores cubanos Juan Marinello y Nicolás Guillén, que mintieron y manipularon fechas, datos y fotografías, y llamaron a la protesta callejera por donde quiera que los poetas españoles pasaran.

Pedro Salinas, en una carta de 12 de enero de 1950, escribía a Guillén:

“En Cuba parece que Rosales-Panero, tuvieron acogida tumultuosa; Lazo [Raimundo] me escribió si yo sabía algo de la responsabilidad que le imputan a Rosales en la muerte de Federico. Yo le he dicho que es pura malicia, otra porquería de la pasión política”

Todavía hoy persiste en muchos países la difusión de esa infamia. En un reciente artículo publicado por Katia Figueredo, profesora de la Universidad de la Habana, ésta justificaba las manifestaciones que se produjeron en Cuba contra la visita de “Luis Rosales del Riego” (así lo llama en 4 o 5 ocasiones) en los siguientes términos: “El ejemplo del poeta andaluz [Lorca] símbolo de lucha contra el fascismo y una muestra evidente de la masacre implementada por los sublevados en España, fue tomado como argumento por la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) y el PSP para condenar a la delegación franquista. También esgrimieron en contra de Rosales del Riego la culpabilidad de la delación del poeta Miguel Hernández, muerto de tuberculosis en la prisión de Alicante, cuatro años después del triunfo de F. Franco”.[27] El ejemplo es suficientemente significativo del fanatismo ideológico y la falta de rigor intelectual. Antonio de Zubiaurre me decía: “Yo he visto a Luis Rosales llorar sentado en el borde de la cama del hotel, viendo que él, que era quien había hecho más por salvarlo, era objeto de semejantes acusaciones” (Conversación de 20.7.1988).

Ante ese odio gratuito el poeta optó por el silencio, confiando en que la verdad se acabaría imponiendo: “Sabía que ese asunto no se iba a enterrar. Y al no enterrarse se estudiaría. Y al estudiarse, saldría a relucir la verdad. Y ha sido mucho más clara dicha por los demás que por mí”. (Fernández Braso: 1982) Acababa de publicar Rosales Un rostro en cada ola, donde esa experiencia vital cristaliza en el poema “Al parecer todos estamos predestinados a que nos hagan la puñeta. (1982: 104)

Por haber cometido la imprudencia de tener la memoria puesta al día,
sigo viviendo muchas cosas que no se acaban de enterrar:
¡Cuánto se puede odiar a un inocente!
cuánto se puede odiar a una persona que prefiere callar para saldar su deuda sin cobrarla,
y por esta razón nadie le deja en paz,
y la saliva puta,
la saliva calumniadora,
les alegra la lengua a los vendimiadores de lo ajeno,
cuando repiten una y otra vez:
¡Y cómo puede ser inocente y callar!...

 

A una llaga no le saco más que sangre…

La admiración que sentía Luis Rosales por Federico se transparenta en cada una de sus declaraciones; sobre él ha hablado mucho y con justeza, y sus comentarios y opiniones constituyen juicios críticos de extraordinario interés.

“Era una persona muy poco frecuente, muy poco compli­cada. Tenía hondura, y cuanto más hondas son las personas, menos complicadas son: era un hombre de raíces, y en las raíces no hay siempre más que tres cosas, tres cosas funda­mentales. Tenía Federico una vitalidad arrolladora y triste, una simpatía desbordante y desfrenada. No solamente era el poeta más grande de su tiempo, sino que era además un mimo, una persona que en su propio contexto físico tenía una con­tradicción. Porque Federico tenía la cabeza de los grandes españoles (…): los grandes españoles se parecen en algo. Fíjate en Picasso, en Ortega y Gasset, en Federico. Los tres con esa cabeza cuadrada, esa frente despejada, esos ojos negros, esa piel terrosa -corta­da, acuchillada-. (…) La cabeza de Federico era impresionante, te añadiría que a Federico no se le veía más que la cabeza, a Federico se tardaba tiempo en verle los hombros, en verle el cuerpo, en verle cómo andaba. Andaba a la vez con gracia y con desgarbo, con una gracia desgarbada, como los pingüinos, con las rodillas juntas, pero sin vérsele el cuerpo, viéndose siempre aquella cabeza, grande, rotunda, honda, llena de fuerza, de expresividad, de silenciosidad, de tristeza, de arrebato vital impresionante.

Para mí ha representado el contacto con la raíz más honda de la poesía, la parte instintiva del ser que está formada por el atavismo generacional, por el atavismo colectivo (…) Con una inteligencia mágica, única, fabuladora, que nunca sabía si lo que decía era verdad o no era verdad, pero todo lo estaba haciendo verdad con su manera de expresarse, esa hondura suya, esa inteligencia que, como Zubiri decía, era inteligencia sentiente y afectiva, pero al mismo tiempo imaginativa y fabuladora. (…) La expresión de lo poético en su pureza y al mismo tiempo en su lucidez, y en su evidencia, porque, además, Federico era una persona evidente, lo veías aunque no quisieras verle, contabas con él aunque no lo estuvieras mirando, contabas siempre con él, se hacía presente. (...)

Federico es un escritor que está siempre en lo originario, que está siempre en las raíces, que está siempre en lo anterior a todo. Por eso es por lo que un estilo tan absolutamente complicado, difícil, brillante, maravilloso como el suyo, es, sin embargo, comunicativo”.[28]

Estas declaraciones en forma de recuerdo serán el origen de la Evocación de Federico (Rosales, 1990); evocación que trasciende los límites del retrato, de la etopeya, de la apología, captando con sorprendente precisión el detalle, el gesto, el genio y el carácter del retratado. Retrato indiscutible, intemporal, integrador, en el que va engarzando los que de Lorca hicieron otros poetas (Guillén, Salinas…), “porque siguiendo la opinión de sus amigos tendremos una imagen del Federico más cabal”; y es además un excelente ejercicio de análisis poético, fruto de la admiración y la comprensión profunda de Federico como escritor y como ser humano.

Pero en contra de lo que cabría esperarse Rosales no ha escrito apenas sobre García Lorca; su única contribución ensayística es anterior a la guerra con el trabajo publicado sobre el Romancero Gitano (1934), mientras que los estudios dedicados a Machado, Neruda o Panero, por citar sólo los más relevantes, son numerosos; y con la salvedad de esta Evocación, tampoco ha publicado nada sobre su amistad con Federico, sobre sus confidencias, conversaciones, ni ninguna otra circunstancia de su relación por insignificante que pudiera parecernos. Nada de ello es casual, su silencio fue plenamente consciente.

En varias ocasiones recordó el poeta con cuánta insistencia, argumentos y razones se ha solicitado su colaboración para que escribiese o hablase sobre su amistad con Federico:

“Yo no conozco a ningún escritor decía que no haya tratado de conservar y aumentar su prestigio, o de ganar algún dinero con la muerte de Lorca. Yo me he comprometido conmigo mismo a no sacar provecho alguno de mi dolor (…) A veces, con esto, explico por qué no he escrito hasta ahora de este tema. “Me lo han pedido de todas las maneras, desde hacer películas, hasta libros escandalosos. Me podría haber llenado de dinero, de nombre, de prestigio... No he querido sacar nada de esa angustia, de ese dolor, que es una constante en mi vida”. [29]

“Como yo he tenido una actitud determinada en el caso de Federico, esa actitud me ha servido para ver cómo se desenvolvía la gente. He visto cómo incluso amigos míos, cuando yo he renunciado a tantas cosas y no hablaba de Federico, decían que cuando callaba es porque algo tenía que ocultar. Era un tipo de habladuría insidiosa, ni siquiera clara. Lo que no comprendían, naturalmente, es que tuviera una actitud limpia frente a la vida y que yo dijera: “A una llaga no le saco más que sangre”. No le saco dinero ni le saco ventaja. Yo he podido tener lo que quisiera por unas memorias sobre Federico García Lorca. Me pudieron dar lo que quisiera y me lo pueden dar ahora. Exactamente lo que yo pida. Ni más ni menos. En España y en el extranjero. Está claro que eso no lo he hecho cuando hay tanto imbécil escribiendo memorias sin tener nada que decir.” [30]

Me he referido anteriormente a la actitud de los García Lorca tras la detención de Federico. Una actitud incluso comprensible durante la guerra, pero no 70 años después. Hoy día, con la enorme documentación e información de que disponemos sobre los últimos días de Federico y la multitud de testimonios reunidos por los investigadores, resulta inexplicable que se mantengan en ese silencio condenatorio y pertinaz. Si bien es verdad que no culparon abiertamente al poeta ni se alinearon con quienes le calumniaron, tampoco desmintieron esas calumnias, ni han hecho ninguna manifestación exculpatoria o a su favor. Simplemente le han condenado al ostracismo. El género autobiográfico, con la profusión de “memorias” y “olvidos” que se han publicado en el último siglo, es sumamente significativo a este respecto. Manuel Fernández-Montesinos, presidente de la Fundación Federico García Lorca, no cita a Rosales ni una sola vez en sus Memorias, [31] ni tampoco lo hizo Francisco García Lorca, en la biografía que escribió sobre su hermano. [32] El propio Rosales se dolía de ese comportamiento:

“La campaña de la familia de Lorca contra mí es dolorosa e incomprensible. Claro es que no fue violenta nada más que por parte de Isabel, que me dirigió una ofensiva envenenada. Concha no fue así, sino bastante más comprensiva y amable. Y Paco también estuvo más amigable y nos saludamos cuando coincidimos en algún acto. No se comprende la actitud, porque yo hice más de lo humanamente posible en aquellas circunstancias. Es más, salvé los bienes de la familia García Lorca, que, gracias a mi gestión con Pérez Serrabona, que intervino, no fueron confiscados tras el fusilamiento. También logré que Don Federico pudiese visitar a su nieto. Y que un familiar pudiese pasar a la zona contraria, por el frente de Motril, que yo podía controlar” (Molina Fajardo, 1983: 177).

Esta actitud de los García Lorca parece aún más incomprensible si, como parece probar la extensa documentación aportada en recientes estudios por Miguel Caballero Pérez y Pilar Góngora Ayala, “los responsables de la muerte del poeta serían personas de su entorno familiar cercano”, que “castigaron al padre [Don Federico García Rodríguez] en la persona del hijo”. La guerra civil, reavivando rencillas y odios, habría sido solamente la ocasión propicia para saldar viejas deudas. [33]

Rafael Alberti frecuentó muchísimo a Rosales en el Madrid de los años 30 y ambos se profesaban una mutua admiración, pero no lo nombra en La arboleda perdida. Más flagrante aún es el caso de Neruda, que se contaba entre sus mejores amigos, y que en Confieso que he vivido no dedica al escritor granadino ni una sola mención; las memorias de Neruda se publicaron póstumas así que, de haber querido, tuvo tiempo de rectificarlas; Rosales, por el contrario, nunca traicionó esa amistad; admiró y defendió el Canto General del chileno, y no le cegó que Neruda en el poema “A Miguel Hernández. Asesinado en los presidios de España”, sembrase una duda maliciosa e intencionada.

“Que sepan los malditos que hoy incluyen tu nombre
en sus libros, los Dámasos, los Gerardos, los hijos
de perra, silenciosos cómplices del verdugo,
que no será borrado tu martirio, y tu muerte
caerá sobre toda su luna de cobardes.
Y a los que te negaron en su laurel podrido,
en tierra americana, el espacio que cubres
con tu fluvial corona de rayo desangrado,
déjame darles yo el desdeñoso olvido
porque a mí me quisieron mutilar con tu ausencia” (P. Neruda)

Las injustas críticas de Neruda - era fácil adivinar a quiénes incluye en su diatriba - no le impidieron años más tarde confiar a Rosales la edición y selección de su Obra poética para la editorial Noguer, la primera que se hizo en España; ni que escribiera el “Saludo a Luis Rosales”, para el número de homenaje que dedicó al poeta la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Panero, sin embargo, sí reaccionó contra esas difamaciones en el Canto Personal (1953). «Escribí ese libro-sostiene Panero -porque me sentí moralmente obligado a hacerlo. Y tengo la absoluta seguridad de que si el propio Miguel Hernández hubiese vivido, habría sido él quien escribiera una carta análoga a Neruda. En el viaje que en el invierno de 1949 hice por América con Antonio de Zubiaurre, Luis Rosales y Agustín de Foxá, tuvimos conciencia de la incomprensión que, en ciertos sectores, existe todavía respecto de la realidad de España. Y Neruda, usando para ello su prestigio de gran poeta, es uno de los que azuzan esa incomprensión. Por eso creí necesario darle a Neruda, en un poema, algunas nociones españolas que no se pueden olvidar»[34]

Precisamente durante ese viaje a América Luis Rosales mantuvo una entrevista con Francisco García Lorca, cuyos detalles di a conocer por primera vez en 1989; tuvo lugar en Nueva York a comienzos de 1950, durante la escala que hizo el vapor Magallanes en la travesía de vuelta a España. Tanto Antonio de Zubiaurre como Luis Rosales, a quienes entrevisté por separado en varias ocasiones, coincidieron en que el encuentro fue organizado por Carlos Clavería y estuvieron presentes Zubiaurre y Leopoldo Panero. No recuerdan con exactitud si Clavería asistió también a la entrevista o sólo la organizó, [35] pero sí que fue un encuentro cordial, que se celebró en un café tranquilo, al parecer en la calle 42.

“Desgraciadamente, como sabes, lo único que no pudimos salvar fue la vida de Federico; pero le conservamos los textos, la fortuna, todo… Entregamos a su padre, los textos que tenía en mi casa. Muchos detenidos eran acusados de “delito de rebelión”, así los fusilaban y les confiscaban sus bienes”. [36]

“Además —continúa— yo estuve dando avales al padre de Federico para que saliera a ver a su hija Concha y al nieto[37] que es ese que ha inventado… ¡Pero eso se ha puesto tan en claro! (…) Yo siempre estuve en muy buena relación con Concha; ya sabes que en una ocasión me pidió que salváramos a un primo suyo y lo pusimos en un coche en la frontera. Eso se puede demostrar porque fue en un coche que proporcionó Ramón Serrano Súñer, a instancias nuestras. Le gustará haber intervenido en esto. Pregúntaselo. No recuerdo su nombre, lo que sí recuerdo es que para ponerlo en la frontera francesa prestó un coche Serrano Súñer” (Conversación con L. Rosales, 12.10.1988)

Zubiaurre completaba la descripción del encuentro entre Francisco García Lorca y Rosales diciendo que “se saludaron efusivamente, se habló de muchas cosas, le pidió algún favor a Luis, que aclarase la situación de unas fincas y …cosas de tipo personal. Yo tengo la sensación muy firme de que Lorca no consideraba a Luis culpable de nada, lo consideraba por supuesto enemigo, pero enemigo de la guerra, nada más. Se trató sobre todo de una entrevista que le había hecho a Luis un corresponsal de la revista Times, donde explicaba todo con pelos y señales Esa entrevista estaba escrita ya, se la hizo un corresponsal —no estoy seguro de si trabajaba en Venezuela o en la República Dominicana—, al que le interesaba mucho el tema… No se publicó jamás, quizás alguien intervino, o la propia dirección de la revista entendió que no convenía...” [38]

 

Nueva York después de muerto

Con el correr de los años, “la escala” en Nueva York se transmutó poéticamente en “el viaje” a Nueva York, que fue, igual que lo fue para Federico, el primer viaje que Luis Rosales realizó fuera de España. Allí quiso situar su última obra, cuyo título no ofrece dudas sobre la intencionalidad que lo inspira. El poeta, que había comenzado su andadura literaria de la mano de Federico, quiso dedicarle su última obra y componerla bajo su recuerdo; sólo llegó a publicar la primera parte, dada a la imprenta bajo el título de Oigo el silencio universal del miedo. [39] En unas declaraciones a la prensa a comienzos de los años 80 adelantaba ya algunas ideas sobre el poema, todavía muy generales, pero a partir de 1985, recuperado de una embolia que lo mantuvo largo tiempo inactivo, volvió a retomar el texto y me habló de él con tanto entusiasmo y detalle que nada hacía pensar que a su fallecimiento no existiera al menos un borrador del mismo. “Será un homenaje a Federico”, decía siempre. Lamentablemente no sucedió así, lo que nos ha privado de una obra que hubiera querido que fuese la mejor entre las suyas.

El poema, inédito pues, e inacabado, tiene su origen en su breve estancia en Nueva York. Referiré sólo lo que concierne a la composición del libro, que arranca de la primera noche que transcurre en la ciudad neoyorkina, basándome en los testimonios del propio Rosales y del poeta Antonio de Zubiaurre. [40] Pese al tiempo transcurrido, ambos conservaban una memoria prodigiosa del viaje cuando los entrevisté, coincidiendo en lo esencial y recordando anécdotas y detalles con una viveza extraordinaria. Respecto a la obra en ciernes, me decía Rosales: “Voy a hablar de la primera noche que pasé en Nueva York y de las situaciones que yo he vivido allí”.

En el viaje de ida viajaron en el carguero La Habana, que hacía escala en Nueva York antes de seguir a Cuba; desembarcaron en el puerto de Hoboken, el muelle donde atracaban los barcos que llegaban de España. Según recordaban el barrio portuario era muy peligroso, pero a pesar de ello quisieron conocerlo. “Todo lo que hicimos aquel día nos pudo costar muy caro”, me decía Rosales (Conversación, 12.10.1988). Durante aquel paseo, a las 4 de la madrugada, un hombre le abordó y le empezó a contar una historia en la que parecía irle la vida; Rosales rogó a Panero hiciese saber a aquel desconocido que desgraciadamente no hablaba inglés. Tras la correspondiente traducción, aquel hombre continuó: “No me importa, quiero hablar con él”. Me di cuenta, decía Rosales, de que se estaba confesando —aunque no entendí lo que decía—, me estaba hablando de su hija. ¡Y era una comunicación tan intensa! Yo le decía algo, él no se enteraba, ni era necesario. Yo empezaba: me llamo Luis Rosales, he llegado en el barco, Habana…Unos segundos y así se construyó la conversación”

Este episodio fue uno de los desencadenantes del poema. Rosales insistía: “Voy a contar esa conversación, la más delirante de cuantas he tenido a lo largo de la vida. Eso quiero que me salga bien, fue una comunicación extraordinaria, que no es lingüística”.

Hay otro dato del viaje sobre el que el poeta quería escribir, y que posiblemente estaba destinado a ocupar un lugar importante en Nueva York, después de muerto; se trata de una pelea que presenciaron, cuyos detalles resumo a continuación.

“Recuerdo que estábamos en un bar de la Quinta Avenida. Afortunadamente nosotros estábamos junto a la entrada; ya sabes que en esos sitios hay unos gigantes, unos matones, por si hay que arrojar a alguien a la calle… Había dos. Uno de ellos era un hombretón, con camisa de seda y una chaqueta de un solo botón. Era diciembre. Entonces alguien lo llamó “judío” y entre los dos lo arrojaron fuera; pero a los que estaban allí les pareció un atropello, así que los matones, auxiliados por los camareros, echaron a todos, menos a nosotros, que no nos habíamos metido en nada. Fue una pelea muy limpia, sin ninguna botella, ni nada.

Y después dio la casualidad que nos fuimos desde allí en un auto al muelle, y en el puerto —todo lo que hicimos ese día nos pudo costar muy caro— nos metimos en una taberna de negros… no había más que negros; cuando nos dimos cuenta del asunto pagamos enseguida y nos fuimos, y entramos en el puerto en otra taberna, y allí encontramos otra vez a los mismos matones. Uno de ellos presumía de tener la cabeza más grande que los otros, y efectivamente, tenía razón, porque se la midieron……yo creo que sólo íbamos Leopoldo y yo. A mí se me acercó un señor, creo que ya te lo he contado, lo quiero escribir. (Conversación de 12.10.1988)

Zubiaurre afirma haber presenciado esa pelea, aunque la sitúa en otro lugar, donde me parece más plausible que se produjera.

“Creo que fue una riña que se organizó en el puerto, empezaron a pegarse todos y enseguida surgió el gorila, como en las películas, que echaba a la gente del local, y había una puerta como las del oeste, y salían volando… Fue en un barco donde nos habíamos metido” (Testimonio de Zubiaurre, 20.7.1988)

“Lo singular de todo eso es que la mayor parte de los personajes que organizaron el gran tumulto eran extranjeros, yo creo que eran lituanos, en todo caso gente nórdica, báltica, no eran norteamericanos. Y estaba el clásico gorila que arrojaba a la gente, y la puerta era basculante, y los iba arrojando…No sé si alguien llamó a otro “perro judío” o no, yo la impresión que tengo es que de repente, sin comerlo ni beberlo, se organizó un barullo enorme”. (…) “Recuerdo que la pelea que vimos fue a la ida…como recuerdo también que nos llamó la atención una vieja, con un gato atado con una cuerda, por la calle, en vez de un perro… y que en Nueva York compramos muchas cosas que, desde luego, nada tenían que ver con el contrabando de que hablaban los hijos de Panero. (Zubiaurre, 13.10.1988)

En Rosales es una constante la intersección entre la poesía y vida, y este su último libro no había de ser una excepción. Desde el mismo título se observa un múltiple entrecruzamiento: Nueva York después de muerto (el poeta me hizo saber en varias ocasiones que ese libro habría de ser Nueva York después de muerto Federico) y Poeta en Nueva York, y en él los símbolos y asociaciones imaginativas habrían de jugar un papel muy importante; la dificultad estribaría en cómo hacer partícipe al lector de un entramado tan complejo, tan lleno de resonancias personales, culturales y simbólicas sin explicitarlo; es decir, “que el lector lo entienda todo, pero sin saber nada”, decía Rosales de la misma manera en que se había desarrollado esa conversación, alucinante y alucinada, en el muelle de Hoboken.

“Pero yo no lo voy a decir así, yo lo que voy a hacer es utilizar esa primera escena, esa primera noche que viví con Leopoldo en Nueva York en el año 1949… Voy a inventar que cuando me quedo solo, sin saber inglés, entonces me encuentro con Federico…Eso es imposible, pero yo no lo voy a explicar; y entonces me habla…bueno, ¡él me ha hablado tanto de Nueva York! (…). La introducción de Federico allí será cuando estoy caminando solo en aquel puerto peligrosísimo —inconsciencia de la edad, que yo he tenido siempre— en ese momento aparece el salvador, se presenta, que eso también lo voy a inventar. Lo primero es mi primera noche; es verdad y no parecerá verdad; en cambio, el secreto está en eso que nadie va a entender, vamos…Nueva York después de muerto Federico; porque Federico está ya muerto ( pero eso yo no lo voy a decir), yo voy a hablar con él como si yo hubiera estado allí, que no era posible, en el año ´29, ni era posible que él estuviera conmigo cuando yo estuve allí en el año ´49… Y voy a hablar, porque tengo que hablar, de la lucha de razas, tengo que hablar de la guerra y el exilio. El libro es de una ambición tal que… ¡quiera Dios que lo pueda acabar” (Conversación con L. Rosales, 10.12.1985)

En Poeta en Nueva York, Federico retrata una ciudad de aspecto inquietante, transmitiéndonos el sentimiento de soledad y enajenamiento que experimenta en la gran urbe y su indignación contra la injusticia, la pobreza, la marginación… Ninguno de esos temas es ajeno al Rosales de La carta entera. De hecho, Oigo el silencio es un alegato contra el desarraigo del ser humano privado de la libertad, o víctima de conflictos violentos, del exilio o la insolidaridad; y es un aviso de cómo el odio puede enturbiar la mirada y convertirla en una “mirada antagónica”, fraticida; odio que representa en los dos grandes vicios de la sociedad actual: la guerra y la politización. La primera tratada ya extensamente en Un rostro en cada ola, y la politización, tema que irrumpe con fuerza en Oigo el silencio universal del miedo, que viene a completar el desolador y alarmante estado de nuestro tiempo. Todos estos elementos tienen una fuerte presencia en la primera parte de Nueva York después de muerto (Oigo el silencio…) y nada hace suponer que no fuera a desarrollarlos en la segunda. En cuanto a la percepción de la ciudad

“Federico tenía una visión de Nueva York desde él, que era un hombre de la naturaleza, y Nueva York era la gran ciudad…Yo no soy un hombre tan de la naturaleza como lo era Federico, de modo que no tengo el mismo extremismo suyo, veo…las cosas buenas y las malas, porque claro, lo peor de la gran ciudad es la gran ciudad, todas las grandes ciudades son invivibles”. Pero al mismo tiempo él tenía una gran admiración por Nueva York, por el baile, los negros, la vida universitaria que vivió allí, que era esplendorosa; él tenía mucho respeto y al mismo tiempo se consideraba el hombre natural frente a la gran ciudad (…). Federico ya no llamaba a su libro Poeta en Nueva York, al final, lo llamaba siempre Introducción a la muerte. Yo he hablado mucho de esa obra con Federico, quizás ningún otro haya hablado de su obra con Federico tanto como yo. Bueno, está Rafael Martínez Nadal…” (Conversación con L. R., 12.10.1988)

Siempre me llamó la atención, dado que las tres partes publicadas de La carta entera mantienen una estudiada coherencia estructural, que en Oigo el silencio universal del miedo, no retomase como tantas veces anunciara, el hilo narrativo representado hasta ahora por el relato del colegio Calderón, que terminaba en Un rostro en cada ola con la escena en que el poeta es castigado a vestirse de niña (Díaz de Alda: 1987). La publicación en Cuadernos Hispanoamericanos de esa tercera secuencia del relato, “Todo se acaba y nada se termina” (Rosales, 1985), anunciado como páginas inéditas, demuestra que destinaba esas páginas a la última entrega del poema, que ya no podía ser otra que la obra que tenía en preparación. Sin embargo, tampoco la versión de Cuadernos donde se prolonga la agonía del poeta obligado a exhibirse ante las niñas hasta que azorado se resbala y cae, es la definitiva; Rosales la corrigió y reelaboró hasta el final, porque la última versión que conozco, inédita, es la que leyó en Madrid el 12 de febrero de ese mismo año, dentro de las Jornadas Poéticas que se celebraron en la Facultad de Ciencias de la Información, y que según manifestó, pensaba incorporar como cierre poemático a Nueva York después de muerto. En esa versión, mucho más esperanzadora, el desenlace de la anécdota infantil concluía con la aparición de una niña que ayuda al poeta a superar la humillación.

La existencia de estas dos versiones, casi simultáneas, plantea serios problemas críticos, pero me reafirma en la idea de que incorporando el final de este episodio a Nueva York después de muerto, Rosales quería cerrar un ciclo vital y poético en el que el hilo conductor a través de los cuatro capítulos de La carta entera habría sido ese protagonismo suyo de los seis años, desechando la introducción de nuevos elementos que podrían distorsionar la unidad del poema: “Había pensado acabar el libro con el apagón de Nueva York, pero eso era demasiado, tiene demasiadas connotaciones. Por eso pensé poner la última descripción de la anécdota que había utilizado de mi infancia.” (Conversación con L. Rosales, 15.2.1986) Anécdota en la que insistirá meses más tarde.

“Después de enfermar pensé mucho, lo único que iba a poner de mí era la anécdota del niño. El año pasado hice una versión que publiqué en Cuadernos.[41] Eso lo he corregido. Lo tengo. Estoy muy contento de esa corrección. Este episodio era muy bueno y ahora está mejor. Ese será el final de Oigo el silencio… Cuando ya empiezo a comprender, cuando la humillación se convierte en apertura, gracias a la niña que me ha sacado la humillación, que es como un primer amor. Todo eso lo he pensado cuando estaba enfermo, por eso lo conecto con la muerte, pero no tiene relación con la muerte en sí”. (Conversación con L. Rosales, 15.9.1986)

A la luz de la teoría aquí expuesta, cobrarían sentido las palabras del poeta que hace un momento citaba: “Este episodio era muy bueno y ahora está mejor”. Lamentablemente su deteriorada salud le impidió dar fin a un proyecto tan ambicioso, dejando su obra incompleta. Sin embargo, los “apuntes” de esa obra en ciernes son suficientemente significativos, y nos confirman una vez más que la poesía constituye para Rosales la ley de cristalización de una experiencia. No es casual que en esta última entrega de La carta entera el poeta haga retornar a Federico —“la muerte no interrumpe nada”—, para que le acompañe por las calles de Nueva York iluminando su último viaje. Generoso homenaje a una amistad de la que dejaría constancia, ya para siempre, en éste su testamento poético.

 

Notas

[1] Federico García Lorca y su mundo, Buenos Aires, Losada, 1958. La tertulia debe su nombre a que sus miembros se reunían en un rincón al fondo del café Alameda, situado en la Plaza del Campillo; junto a los nombres citados hay que mencionar también los de Alfonso García Valdecasas, José Álvarez Cienfuegos, Miguel Pizarro Zambrano, José María García Carrillo, el arabista José Navarro Pardo, Ismael González de la Serna, Hermenegildo Lanz, Juan Cristóbal, Ramón Pérez Roda, Luis Mariscal, Juan Cristóbal, y Andrés Segovia, lo que da idea del ambiente artístico que existía por aquellos años en la ciudad nazarí.

[2] Declaraciones de José María García Carrillo, en Agustín Penón, Miedo, olvido y fantasía. Crónica de la investigación de Agustín Penón sobre Federico García Lorca (1955- 1956), Marta Osorio (ed.). Edit. Comares, Granada, 2009, p. 239.

[3] Fechada a “principios de enero de 1927”, en Federico García Lorca, Epistolario completo, Madrid, Cátedra, 1997.

[4] J. Cruset, “Luis Rosales, en el silencioso refugio de los recuerdos”, Vanguardia Española, 27.09.1968.

[5] Para el estudio de los años juveniles del poeta en Granada y sus primeras actividades literarias, véase M.C. Díaz de Alda, 1989 y 1992. En el primero de estos estudios se reproducen por primera vez estos poemillas tempranos, publicados bajo el semiseudónimo de S. Rosales Camacho (el verdadero nombre del poeta es Luis Salvador Rosales Camacho). Granada Gráfica recogió en el número de enero de 1926 el que fue su primer poema impreso, “El sauce y el ruiseñor”; y en el mes de abril el titulado “Cómo quisiera morir”.

[6] Antonio Núñez, “Encuentro con Luis Rosales”, Ínsula, núm. 224-225, 1965, p.4.

[7] En el Archivo del Centro Artístico de Granada existe una carta, firmada por Luis Vázquez como Secretario del Centro, fechada en la primavera de 1933, que dice así: “Con respecto a García Lorca tú ya conoces mis simpatías y admiración hacia él, así como mi convencimiento de que sería insuperable para el caso, pero las circunstancias y conveniencia, que están por encima de todo, hacen que sólo en el caso de que fracasen tus gestiones con Marquina o con cualquier otro de su talla, recurramos a él”.

[8] Carta a Ángel Barrios, fechada en [16 o 17] de noviembre de 1919.

[9] Declaraciones a Joaquín Soler Serrano en el programa de TVE A fondo (23 de octubre de 1977); publicadas en "Mis personajes favoritos", Tele Radio, núm. 45.

[10] Entre los primeros estudios publicados figuran los de Gerald Brenan (The face of Spain, London, Turnstile Press, 1950), Claude Couffon (A Grenade, sur les pas de García Lorca, Paris, Seghers, 1962) y Marcelle Auclair, hispanista y amiga del poeta (Enfance et mort de Garcia Lorca, Éditions du Seuil, 1968; Vida y muerte de Gª Lorca. Ed. Era, México, 1972), seguidos por los de Gibson (La represión nacionalista en Granada y la muerte de Gª Lorca, Ruedo Ibérico, París, 1971), J. Luis Vila San Juan (Gª Lorca asesinado: toda la verdad, Barce­lona, Planeta, 1977) y Hugh Thomas (La guerra civil española, Madrid, Grijalbo, 1979).

     La mayor recopilación de entrevistas y documentos es la aportada por Eduardo Molina Fajardo (Los últimos días de García Lorca. Plaza y Janés, Barcelona, 1983) y la de Agustín Penón, pionero entre todos los estudiosos, que llevó a cabo su investigación en Granada entre 1955-1956, y que por diversas vicisitudes no ha sido dada a la imprenta hasta el 2009 (Miedo, olvido y fantasía. Crónica de la investigación de Agustín Penón sobre Federico García Lorca (1955- 1956); por fortuna el tesón y la sensibilidad de Marta Osorio, depositaria de su archivo, ha puesto a nuestra disposición uno de los trabajos más rigurosos, independientes y documentados que existen sobre García Lorca. Penón, que no llegó a publicar en vida el fruto de sus investigaciones, dejó su legado a William Layton; Layton conoció a Gibson en 1978 y dos años más tarde cedió al historiador irlandés todo ese material para que escribiese el libro que Agustín había proyectado, firmando un contrato de cesión por 10 años; Gibson no cumplió el encargo, pero utilizó en sus obras datos, fotografías y documentos inéditos de Penón. En 1989 Layton reclamó el archivo y es entonces cuando Gibson publicó: Diario de una búsqueda lorquiana. 1955-1956, (1990); según M. Osorio el libro pasó desapercibido, porque reproducía, “reducidísimos e incompletos los textos de Agustín, con muy pocas fotografías y tan vinculado a la obra del propio Gibson que parecía más una confirmación del trabajo de este conocido investigador que lo que realmente es: una investigación distinta hecha por un investigador distinto En 1991, según lo acordado en contrato, Gibson devolvió el archivo de Penón.”

       Por último La calumnia, de Félix Grande, y La poesía de Luis Rosales: Desde el inicio a “La casa encendida”, que fue el tema de mi tesis Doctoral (1989), analizan estos mismos hechos tomando a Rosales como centro de la investigación.

[11] Marcelle Auclair sitúa la fecha de este viaje en la noche del 12 al 13 de julio (Vida y muerte de García Lorca, Ediciones Era, México 1972), apoyándose en que L. Rosales se enteró del asesinato de Calvo Sotelo nada más llegar a Granada y esa noticia el día 13 de julio se había difundido ya por toda España; sin embargo bien pudo haber viajado unos días antes, ya que María Rosales afirmaba con toda seguridad que su madre y Luis se habían ido a Granada antes de que ella llegara a Avigliana (Turín) lo que sucedió el 10 de julio de 1936, el mismo día que hizo sus votos como religiosa en la orden del Sagrado Corazón; no pudo hacerlo en Madrid porque habían quemado el noviciado de Chamartín de la Rosa (Entrevista, octubre 1988)

[12] Edgar Neville, “La obra de Federico, bien nacional”, en ABC de 6 de noviembre de 1966

[13] El primer registro, dirigido por el capitán de la Guardía Civil Manuel Rojas, fue efectuado el 5 de agosto. El segundo registro, realizado por distintos elementos, fue al día siguiente. Buscaban en su casa a Alfredo Rodríguez Orgaz, arquitecto municipal; en el tercero, a los dos días, varios individuos armados irrumpieron en la Huerta de San Vicente para detener a uno de los empleados; Federico fue brutalmente golpeado al tratar de impedirlo.

[14] En relación con estas acusaciones véase J. L. Vila San Juan, ¿Así fue? Enigmas de la guerra civil española. 1972; César Vidal, Checas de Madrid, Córdoba, 2003; Hernández del Pozo, Dos poetas andaluces, dos destinos, Madrid, 2003.

[15] No me detendré aquí sobre el discutido asunto del paradero de sus restos por no ser el objeto de este trabajo. Dejo constancia, sin embargo, de una de las últimas teorías, que Guijarro Arcas (2007) apoya con abundante documentación. Según el crítico y periodista el 17 de agosto don Federico García, en compañía de su abogado Pérez Serrabona, entregó a los sublevados 300.000 pts. , cantidad equivalente a 28.800.000 pesetas de los últimos tiempos de la moneda española. Los esposos García Lorca confiaron durante varios días en que se produciría la liberación de su hijo ya que tras el pago de esta fuerte suma cabía esperar un desenlace favorable. Sin embargo no fue así, y en la tarde del mismo día en que lo fusilaron, sin saberlo aún los padres, uno de los asesinos, miembro de la “escuadra negra”, se presentó en la casa familiar con una nota manuscrita de Federico para que entregasen al portador cierta cantidad, parece que 2.000 pesetas, lo que hicieron en el acto. Según Molina Fajardo (1983: 173-175) el mismo sujeto amenazó de muerte al chófer de la familia, que se encontraba presente, si se atrevía a revelar la existencia de esa nota y su contenido. Guijarro Arcas duda de las afirmaciones de la familia, que dice no conservar ese último documento autógrafo de su hijo, y apunta a que tras la fortísima cantidad entregada por D. Federico, y al no haberle devuelto con vida a su hijo como era lo habitual en esos casos, las autoridades se habrían visto obligadas a permitir que recuperaran el cadáver para darle sepultura en alguna de las fincas que poseían los García Lorca. Ello explicaría el empeño en no remover sus restos y el que estos no hayan aparecido en el lugar en que se suponían enterrados.

[16] La veracidad del testimonio de Angelina Cordobilla, que afirma haber visitado tres días seguidos al poeta en el Gobierno Civil, de los que llegó a verlo los dos primeros, fue puesta seriamente en duda por el hijo del comandante Valdés, al ser entrevistado por Molina Fajardo, que escribe al respecto: “No es muy probable que en aquellos días dejasen entrar personalmente a la muchacha del ex alcalde socialista de Granada para llevar la comida a un detenido” (1983: p. 45)

[17] Narciso Perales había sido condecorado por José Antonio Primo de Rivera con la Palma de Plata, la más alta distinción de la Falange, por lo que era muy respetado. Llegó a Granada el 13 de julio como Delegado Territorial de la Falange andaluza.

[18] Lo reprodujo íntegramente El País el 16 de enero de 1983.

[19] Programa La clave, emitido por TVE el 21 de junio de 1980 (ob. cit.).

[20] Incluido en los “Poemas de la muerte contigua”, de Segundo Abril. Cito por la edición de Poesías Reunidas, I, Seix Barral, 1981.

[21] En B. Matamoro, “Conversación con L. Rosales”, Cuadernos Hispanoamericanos, 1983, núm. 400, octubre. Se refiere el poeta a los versos "¡Que ya no vendrá, si viene/ vencedora ni vencida," del poema “Ofrecimiento” publicado en Vértice, 1938.

[22] E. Molina Fajardo, Los últimos días de García Lorca, Plaza y Janés, Barcelona, 1982, pp. 177-178.

[23] J. Soler Serrano, ob. cit.

[24] Julián Marías, “Al margen de "La casa encendida", Cuadernos Hispanoamericanos, mayo-junio, 1971, p. 425.

[25] Entrevista de Rafael Cid a Félix Grande, en Castilla-La Mancha (Revista de Información de Castilla-La Mancha) 12 de mayo 2011.

[26] E. Delgado, “Los asesinos del poeta García Lorca viajan a Puerto Rico, Cuba y América del Sur”, Noticias de Hoy, La Habana, núm. 209, año XII, viernes 9 de diciembre de 1949, p. 4.

[27] Figueredo Cabrera, Katia “Cuba en la estrategia cultural de la España franquista (1945- 1958)”. Pensamiento y Cultura, Vol. 10, 2007, p. 203.

[28] Declaraciones a J. Soler Serrano, ob. cit. Gran parte de estas declaraciones las recogió el poeta en 5 artículos publicados en ABC, entre julio y septiembre de 1989, bajo el título de “García Lorca, en el recuerdo”, posteriormente reunidos en “Evocación de Federico”, Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 475, 1990, pp. 30-42.

[29] Soler Serrano, ob. cit.

[30] Entrevista realizada por Miguel Fernández-Braso, “Luis Rosales con la llaga sangrante”, en Informaciones, Madrid, 10-9-1982.

[31] Manuel Fernández-Montesinos, Lo que en nosotros vive, Barcelona, Ed. Tusquets , 2008.

[32] Francisco García Lorca, Federico y su mundo. Madrid, Alianza Tres, 1980.

[33] Pilar Góngora Ayala y Miguel Caballero Pérez, Historia de una familia: La verdad sobre el asesinato de Federico García Lorca, Madrid, Ibersaf Editores, 2007. Véase también Miguel Caballero Pérez, Las trece últimas horas en la vida de García Lorca. Madrid, La Esfera de los libros, 2011.

[34] Entrevista de Carlos Fernández Cuenca, Revista Correo Literario, nº 86, 15 de diciembre de 1953.

[35] Véase Mª Carmen Díaz de Alda, 1989; 2011). En el viaje de ida viajaba la mujer de Clavería, Luisa Soria, y su hijo Erik. Carlos Clavería los esperaba en el puerto de Nueva York, probablemente entonces decidirían organizar el encuentro entre Luis y Francisco.

[36] En las gestiones que realizó Rosales para que se suspendiera la orden de confiscación de los bienes, intervino también Pérez Serrabona, abogado de don Federico García.

[37] Se refiere a Manuel Fernández-Montesinos García.

[38] Conversación con A. de Zubiaurre. Respecto a la entrevista del New York Times, véase Marcelle Auclair, en Vida y muerte de García Lorca, ed. Era, México 1972, p. 389; y Félix Grande, La calumnia, Mondadori, 1987.

[39] Mª C. Díaz de Alda, 1987; 2010; 2011. Véase también “Oigo el silencio universal del miedo y el viaje a Hispanoamérica de 1949”, en Luis Rosales: memoria encendida de un poeta (Xelo Candel Vila y Julia Barella, eds.), Madrid, Ediciones del Orto (en prensa).

[40] Agustín de Foxá, por entonces embajador en Buenos Aires, no estuvo en Nueva York; se incorporó a la “misión poética” en Cuba, donde también se despidió del grupo.

[41] “Todo se acaba y nada se termina”, Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid, núm. 419, 1985, pp. 49-54.

REFERENCIAS:

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Monográfico Luis Rosales
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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