Corazón doble: Luis Rosales y Luis Felipe Vivanco,
la forja de una escritura y una amistad

Rafael Alarcón Sierra

Universidad de Jaén
ralarcon@ujaen.es


 

 

Resumen: El presente artículo analiza la relación humana y literaria establecida entre Luis Rosales y Luis Felipe Vivanco.
Palabras clave: Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco, poesía española, amistad

Abstract: The present article analyses the human and literary relationship between Luis Rosales and Luis Felipe Vivanco.

 

Luis Rosales y Luis Felipe Vivanco se conocieron en Madrid a partir de finales de 1932; ambos se han matriculado en la Facultad de Filosofía y Letras, donde enseñan Pedro Salinas, Ortega y Gasset o Xavier Zubiri, entre otros, cuyas clases va a seguir. Rosales (1949: 51). En La casa encendida, recuerda a Vivanco, junto a Juan Panero y otras compañeras, entre el grupo de amigos que iban a clase: “Luis Felipe, que ya entonces vivía/con una vida presupuestaria y ejemplar” (luego corregida a “una vida proyectada, difícil y ejemplar”, 1996: 309). El primero procede de Granada, donde había iniciado estudios de Derecho y de Letras; Vivanco, madrileño de San Lorenzo del Escorial y casi tres años mayor, acaba de obtener su título de arquitecto e inicia por entonces su actividad profesional con su tío Rafael Bergamín en la colonia El Viso (para Vivanco, vid. Alarcón Sierra: 2007; para Rosales, Díaz de Alda: 1997). Ambos han empezado a escribir poemas en su adolescencia y padecido un similar sarampión juanramoniano (Rosales dejó muestras de ello en su inédito Cartas líricas y Vivanco recuperó algunas en Las mocedades). Rosales trae además la poderosa impronta de Lorca (al que ha imitado en los también inéditos Romances de colorido); Vivanco, por su parte, es amigo de Rafael Alberti; los dos jóvenes tienen Sobre los ángeles como uno de sus libros de cabecera. De hecho, Vivanco ha publicado poemas junto a Alberti en Litoral y Nueva Revista (1929), ha confraternizado con los miembros de la Escuela de Vallecas y en 1931 ha colaborado con José María Alfaro y José Herrera Petere en una nueva publicación de tendencia surrealista, Extremos a que ha llegado la nueva poesía española. Rosales pronto se incorpora a la vida literaria madrileña; trae cartas de recomendación de Lorca para Guillén y Salinas, y su firma coincide con la de Vivanco en el segundo número de la última gran revista de la joven literatura, Los Cuatro Vientos, que aparece en abril de 1933 con poemas de ambos.

Seguramente a través de Vivanco, cuyo tío es José Bergamín, director de la católica y republicana Cruz y Raya, Rosales se suma al círculo de colaboradores de la revista; allí, donde Vivanco ya había reseñado temprana y favorablemente la edición chilena de Residencia en la tierra (declarando su admiración por Vallejo, Neruda y Larrea), publican ambos, en el mismo número 11, de 1934, sendas reseñas de La voz a ti debida. Al propio Neruda, presencia fundamental en su vocación y escritura (“Residencia en la tierra […] fue mi libro de cabecera, mi movilización, mi despertar”, Rosales 1997: 580), lo conocerán a su llegada a España en junio de 1934; también hacen amistad entonces con Miguel Hernández, por cuya mediación tanto Vivanco como Rosales colaborarán en la revista de Ramón Sijé, El Gallo Crisis (“la casa encendida”, por cierto, es sintagma que encontramos en uno de los últimos poemas del oriolano, un “Cantar” perteneciente al ciclo del Cancionero y romancero de ausencias; Hernández 2010: 651). Uno de los poemas que Rosales publica en ella, “Presencia de la gracia” (luego incluido en Abril, y en su revisión titulado “Callando hacia la nieve”; Rosales 1996: 126-127), está dedicado a Vivanco y no gratuitamente, dados los vasos comunicantes que se establecen con otra composición que este ha publicado en Litoral, “Memoria de la plata” (aunque muy distintos, ambos son diálogos de influencia mística con el Señor en los que aparecen sintagmas como “memoria de plata”, y la presencia simbólica de la nieve).

En la tertulia del café Lyon d’Or Vivanco y Rosales coinciden, entre otros, con Ricardo Gullón y con los Panero, Juan y Leopoldo, además de Miguel Pérez Ferrero y Federico García Lorca en algunas ocasiones. Otros centros de reunión son las casas de Neruda, de Vicente Aleixandre y de María Zambrano. Gullón recuerda a Vivanco como “un hombre joven, delgado, serio, que caía en largos silencios, o para escuchar o para sumergirse en los sinuosos ríos del pensar. De sus viajes por el silencio regresaba con ideas como presas capturadas en las profundidades”. Esta actitud contrasta con la de su inseparable Luis Rosales, de palabra rápida y fácil (Gullón 1976: 266).

En 1935, los dos poetas participan en el banquete ofrecido a Vicente Aleixandre con motivo de la publicación de La destrucción o el amor y en el homenaje a Neruda que se le tributa en su tercera estancia madrileña; la editorial Plutarco edita un folleto con tres inéditos Cantos materiales de Residencia en la tierra y una dedicatoria firmada por Alberti, Aleixandre, Altolaguirre, Cernuda, Diego, León Felipe, Lorca, Guillén, Salinas, Miguel Hernández, Muñoz Rojas, Leopoldo y Juan Panero, Rosales, Serrano Plaja y Vivanco. En ella, destacan su “fuerza creadora”, su “magnífica creación”, “su extraordinaria personalidad y su indudable altura literaria”, a la vez que muestran “públicamente su admiración por una obra que sin disputa constituye una de las más auténticas realidades de la poesía de lengua española” (Neruda 1943: 317).

La relación de los dos amigos cada vez es más estrecha, porque traducen cuatro églogas de Virgilio para la revista Cruz y Raya, que salen en el número de abril de 1936: Rosales firma la versión de las bucólicas I y II, y Vivanco, la de las III y IV. Es el primer proyecto conjunto de una colaboración que dará frutos posteriores (“En Rosales la idea de la cooperación, del trabajo personal criticado y discutido en grupo, era casi un principio, y esa comunicación es la que hacía fraternal su amistad con Luis Felipe Vivanco y con Leopoldo Panero”, Ridruejo 1976: 138). La breve nota que antecede a las versiones virgilianas viene sin firma, pero adelanta claves reconocibles de una poética común:

La importancia que los principales temas virgilianos han alcanzado en el desarrollo de los acentos más puros de nuestra lírica es bien conocida. La precisa claridad de su lenguaje y la perfecta adecuación con la hermosura sensible que lo determina estaban llamadas a producir la transfiguración de la poesía española por la más inmediata, simplísima y apasionada de sus revelaciones.

Virgilio expresa, honda y serenamente, la intensa relación amorosa que existe entre la naturaleza y su mirada […] Su conformidad con la contemplación es tanta que se diría que hasta el amor es sólo una presencia ofrecida a los ojos. La poesía de Virgilio está siempre referida a los sentidos desde el tranquilo límite de la contemplación, y no es poesía sensorial ni realizada imaginativamente, porque la contemplación añade a lo sensible el toque milagroso de su detenimiento, es decir, la gozosa afirmación de la espiritualidad. La piadosa disciplina de su mirada colma la materia de arrebato y misterio (s. f. 1936: 74).

Ambos poetas dedican también textos diversos a Garcilaso de la Vega, cuyo cuarto centenario cumplía en 1936. Abril, de Luis Rosales, aparece en ediciones Cruz y Raya el año anterior; unos meses después, Cantos de primavera, de Vivanco, y Cantos del ofrecimiento, de Juan Panero, ambos en las Ediciones Héroe de Manuel Altolaguirre, donde también aparecen los Sonetos amorosos de Germán Bleiberg. Ricardo Gullón, que se convierte en el crítico del grupo, escribe en el Heraldo de Madrid sobre un “movimiento poético” (en el que incluye a Rosales, los Panero, Bleiberg y Vivanco) que se propone la “salvación de la poesía, rescatándola y devolviéndola a los cielos antiguos”, enlazando así “con la corriente tradicional”, “por el camino más corto, que es también el más áspero: por el orden, por la armonía, por el rigor, en la forma, y por el fervor, por la angustia, por la pasión, en el fondo”. Gullón destaca que “estos poetas centran fatalmente su poesía en las cuestiones esenciales; se comprometen desde el principio de un modo noble y arriesgado frente al amor, frente a la muerte y frente a Dios” (Gullón 1936; 1976: 14). Entiende que la “profesión de fe poética” de este “movimiento” son las palabras que Vivanco sitúa al comienzo de Cantos de primavera, y que brinda a Luis Rosales:

Hay que creer en el acento más puro, más sencillo, más fuerte, más humano y más divino, de la poesía; en su vivo acento amoroso, que levanta la voz y la llena de misterio encendido, humillándola a un límite preciso de armonía y de dulzura. Yo canto, y escribo mis versos, como hombre, como cristiano, como creyente y como enamorado. Mi voz no es más que eso: dolor verdadero, esperanza, pobreza convencida, humilde pertenencia al misterio y fe muy alta. Yo no puedo contentarme con la dominación de la materia, y levanto mi voz en la poesía con la única preferencia que hace de mí un hombre posible. La poesía es camino, locura, de perfección, y después de ella sólo está la conducta.

Unos días después, en El Sol, Vicente Salas Viu también se refiere a este pujante grupo de jóvenes poetas capitaneados por Rosales y Abril, a los que define por su “refrenada expresión poética y un cultivo decidido […] de la armonía y majestuosa serenidad del soneto”. Entre ellos destaca a Vivanco, del que igualmente cita su dedicatoria a Rosales al frente de Cantos de primavera, comentando que “esta creencia, que en él tiene firme arraigo, en el acento más puro, más sencillo y más fuerte de la poesía, le lleva a ser entre todos los poetas de esta tendencia uno de los que arrastran caudal más limpio de la más viva y verdadera poesía”. De hecho, Salas Viu contrapone el verso de Rosales y el de Vivanco, aunque estén “alistados a una misma tendencia”; el primero se caracteriza por su “sensualidad vigorosa y ávida”; el segundo, por mostrarla “tan descarnada”. Rosales tiende “hacia una poesía bien labrada, de aristas duras y transparentes como diamantes, llenas de relumbres”, mientras que Vivanco lo hace “hacia la más natural, flexible, ancha y melodiosa expresión poética” (Salas Viu 1936: 2).

Gullón (1976: 270) recuerda sus paseos y conversaciones con Vivanco en el Madrid de julio de 1936, y pone en boca del poeta: “Si las cosas siguen así, habrá que apoyar a los del Quinto Regimiento: son los únicos que pueden poner orden en esto”. Sobre el giro de su actitud política, el propio Vivanco (que había sido republicano, como su tío Bergamín), escribió en carta (fechada 28 de febrero de 1970) a Victoriano Rodríguez (1974: 462) que, en 1936, “una aguda crisis religioso-familiar le hace reconciliarse con sus padres y aceptar el Movimiento”; en una segunda carta (fechada a 15 de enero de 1972), explicita un poco más el carácter de su cambio:

Antes del 36 tuve un desengaño amoroso que me llevó a un gran desarreglo de los sentidos, y esto a llevarme mal con mis padres. Poco antes de la guerra mi desengaño de la República y la reconciliación con la familia, me llevó a un intento fallido de pasarme a las derechas. Creía entonces que una dictadura militar de izquierdas podía ser la salvación. Pero, claro, eso no era, ni mucho menos, el llamado Movimiento Nacional (Rodríguez 1974: 471).

En los inicios de la contienda, el padre de Vivanco se sintió amenazado (Azcona 1975: 23), y junto a su hijo mayor, se refugió en la embajada de Turquía. En mayo de 1937 este embarcó, con sus dos hermanos, en un mercante de la misma nacionalidad, que les llevó hasta Siracusa; como el resto de refugiados, tuvo que lanzarse al agua -aunque no sabía nadar - para simular una fuga (Rosales 1976: 283). De vuelta a la España sublevada, tras un breve paso por Sevilla, Rosales (quien se había afiliado a Falange Española el 20 de julio de 1936) le acogió en su casa de Granada. En un apunte muy revelador de su diario, correspondiente a junio de 1941, anota Vivanco:

Hasta que no entré en la embajada de Turquía para incorporarme plenamente a Falange, qué intempestiva crisis espiritual latía bajo mis firmes convicciones. Mi pertenencia al Movimiento tenía un nombre, antes incluso del de José Antonio: Luis Rosales. Por él estuve en mi puesto, con España, con Dios y con los clásicos, en la poesía y en la vida, antes de que ésta tuviera para mí una dimensión política profunda. Pero también mi resistencia al Movimiento tenía un nombre: Pepe Bergamín, mi tío Pepe. Así, por debajo de la idea estaba la criatura haciéndola más verdadera (Vivanco 2007: 11).

El ambiente en Granada no era nada propicio tras el fusilamiento de García Lorca (Rosales estuvo amenazado de muerte por defenderlo y pedir cuentas de lo sucedido). En Un rostro en cada ola (1982) escribe: “voy a deciros que conocí en la vida a un hombre justo […] el justo se llamaba Luis Felipe” (Rosales 1982: 58), y a describir la actitud de Vivanco en los inicios de la guerra civil (que, según pone en su boca, cuando le tocaba estar de guardia escondía las granadas de mano en el campo lo más lejos posible: “lo hago para justificarme ante mí mismo de estar en esta guerra, / me duele estar en ella / […] / hacerlo cada día es una forma martirizada de pedir el desarme y la paz”) dedica un extenso poema que acaba siendo un emocionado homenaje al amigo desaparecido:

LUIS FELIPE HA LLEGADO, LUIS FELIPE ESTÁ AQUÍ, LUIS FELIPE ARQUITECTO Y DISCONFORME,
filósofo y creyente,
hombre de pan llevar que vive en el futuro,
miliciano de pronto y liberal de fondo,
[…]
Luis Felipe sigue su propia ley y no vino a esta guerra como vinimos todos para morir luchando,
ha venido a morir con el capote puesto cuando le llegue el turno,
quiere morir por libre y vive ya su muerte adelantada,
[…]
Luis Felipe es el único ejemplo democrático de no beligerancia en esta guerra.

HACE VERSOS NO COMPROBABLES EN FRANCÉS Y EN LATÍN
es tan tímido que tiene siempre un parapeto ante su corazón
y el parapeto está desmantelado,
[…]
y es tan legal, tan inconsútil, tan incontaminado,
que después de morir seguirá siendo contribuyente:
Le ha tocado pagar en esta vida,
le ha tocado pagar y pagó siempre sin la menor contraprestación,
no le han devuelto nada,
¿quién le iba a devolver su amor al prójimo, su integridad y su pagaduría?
(Rosales 1982: 81-83; con alguna variante en 1996: 651-653)

En Oigo el silencio universal del miedo (1984), el último poemario que publica, Rosales relata un episodio bélico cainita en el poema “La muerte deseada”, que tendría lugar antes del verano de 1937; en él, vuelve a escribir sobre Vivanco: “Luis Felipe sólo tenía una tentación: la dignidad, / era tan tímido y tan digno que cuando se ruborizaba alguna vez se quedaba encendido” (Rosales 1996: 719).

Poco después, llamado por Dionisio Ridruejo, Rosales marcha a Pamplona para trabajar en los servicios de propaganda de la Falange y, a través de su amigo, se incorpora también Vivanco. Los dos poetas (“muy gemelos entonces”, Ridruejo 1976: 136) comparten habitación con Eugenio d’Ors y Pedro Laín Entralgo. En una carta de Rosales a Ridruejo, fechada en Pamplona a 27 de octubre de 1937, que intercede a favor de Zubiri, Vivanco añade al final unas líneas con su apoyo y su firma (Gracia 2007: 24-25). El grupo de escritores (también se encuentran en la capital navarra Gonzalo Torrente Ballester o Primitivo de la Quintana, entre otros) trabaja en el diario Arriba España y en las ediciones de la revista Jerarquía, “la revista negra de la Falange”, donde ambos amigos publican composiciones (al igual que en Vértice o en la Corona de sonetos a José Antonio) y en la que aparece la imponente elegía de Rosales “La voz de los muertos”.

Cuando el Servicio de Prensa se traslada a Burgos, Rosales y Vivanco se encargan (con Melchor Fernánez Almagro y Carlos Alonso del Real) de la sección de ediciones, que dirige Laín Entralgo. Allí preparan y publican, por encargo de Ridruejo, Jefe Nacional de Propaganda, el libro colectivo Los versos del combatiente, pequeño volumen de versos popularistas, en su mayoría romanceados, destinado al ejército franquista, en el que aparecen composiciones -sin desvelar su autoría- de Manuel Machado, José María Pemán, Agustín de Foxá, Ridruejo, Panero, Rosales y Vivanco. Del folleto (unas cincuenta páginas) se imprimieron medio millón de ejemplares (R. Camacho 1938; vid. Verd Conradi 1987, 1990).

Otros dos proyectos les ocupan: la escritura conjunta, por encargo de la Sección Femenina, de la obra teatral La mejor reina de España, “Figuración dramática en un prólogo y tres actos en verso y en prosa”, dedicada a Pilar Primo de Rivera y no muy lejana del teatro histórico de Marquina, cuyo objeto es enaltecer diversos momentos de la vida de la reina Isabel la Católica (Rosales y Vivanco 1939, 1941; vid. Martín Estudillo 2004), y la preparación de una gran antología de la lírica aurosecular: Poesía heroica del Imperio, en dos volúmenes (1941-1943): Vivanco se ocupa del primero, correspondiente a la lírica renacentista, y Rosales del segundo, consagrado al barroco, periodo al que había dedicado su tesina de licenciatura antes de la guerra. Pese al rigor de su empeño, es inevitable entender estas obras en el contexto ideológico de la reinterpretación falangista de la historia española. Lo mismo sucede con la traducción que Vivanco hace de El libro de Cristóbal Colón de Paul Claudel, que había editado Jerarquía en 1938.

Acabada la guerra, los dos amigos se alejan de la militancia política y, cada vez más decepcionados, paulatinamente se distanciarán del Régimen, intentando vivir con la contradicción de haber contribuido a un estado de cosas que rechazan íntimamente aunque estén instalados en él (Vid. Gracia 2010: 239-253). Vuelven a Madrid con sus familias, pero nada va a ser ya lo mismo. Gullón (1976: 270-271) recuerda cómo los avales de Rosales y Vivanco le ayudaron a instalarse de nuevo en Madrid, y a que el procedimiento judicial contra él fuera sobreseído. Todo había cambiado, y a la tertulia del café Lyon, recuperada por Rosales, Panero, Gullón y Vivanco, se incorporan nuevos rostros: Enrique Frax, Alfonso Moreno, Pepe Escassi, Primitivo de la Quintana… A ella se unen los mayores: Gerardo Diego, José María de Cossío y Manuel Machado.

Por iniciativa de Manuel Machado difundida entre los contertulios, se crea, a la vieja usanza, la academia literaria “Musa, Musae”, bajo el lema “Ocio atento”, cuya primera sesión se celebró el 27 de febrero de 1940 en la Biblioteca Nacional, con la presidencia de Rafael Sánchez Mazas. Las reuniones posteriores tienen lugar habitualmente en el despacho de Eduardo Llosent y Marañón, director del Museo de Arte Contemporáneo, y en ellas se leen las obras de sus miembros: Machado, Adriano del Valle, Cossío, García Gómez, Alfaro o los poetas del Lyon (vid. ABC 1940: 11; M. Fernández Almagro 1940; Z[unzunegui] 1940; Arriba 1940: 3; Ors 1949: 726-727). En abril, la publicación de la Poesía (Opera omnia lyrica) de Manuel Machado se abre con el “elogio” de “varios ingenios”, en su mayor parte de la recién fundada academia: Laín Entralgo, Rosales, Panero, Frax, Alfonso Moreno, Zayas, Gerado Diego, Pemán, Llosent y Marañón, Ridruejo y Vivanco, quien además reseña el volumen. También acuden con frecuencia a las veladas que organiza Eugenio d’Ors en su casa.

En noviembre, Ridruejo y Laín Entralgo fundan la revista de cultura y letras Escorial, de la que Rosales será secretario de redacción, y en la que ambos poetas colaboran asiduamente. Ese mismo año, el granadino publica su Retablo Sacro del Nacimiento del Señor y Vivanco su Tiempo de dolor, libros ambos intimistas, existenciales y religiosos, muy alejados de los fragores imperiales de la España franquista. Leopoldo Panero se casa en mayo de 1941, pero las “tertulias inacabables”, como las llama Felicidad Blanc, siguen en su casa. Esta anota (1997: 155 y 158): “Luis Felipe Vivanco tiene novias que se desvanecen, novias a las que Luis [Rosales] combate y se convierten muchas veces en temas metafísicos: se desmenuzan en todos sus detalles”. Al año siguiente, los tres amigos van a ser antologados, junto a otros autores, por Pedro de Lorenzo en el número dieciséis de (19 de abril de 1942), suplemento del diario Arriba, bajo el título de “La poesía española actual”, donde señala sus características (por oposición a la vanguardista de preguerra): “arrebato creyente”, “actividad creadora” (busca “la creación de la conciencia sensible o sentimental de una época en crisis”), “retorno a los clásicos”, “renovación de la temática” (“el amor humano, el amor a la Patria y el amor a Dios”), “actitud integradora” (de los elementos temáticos y formales del poema), “sencillez estilística” y “actitud vital frente a actitud estética” (“poesía viva” y no “poesía pura”). Vivanco y Rosales participan en Escorial, 17 (1942), en el “Recuerdo del poeta Dionisio Ridruejo” (junto a Manuel Machado, Antonio Marichalar y Pedro Laín Entralgo) que aparece tras una selección de su Poesía, conmemorando su marcha a la campaña de Rusia en la División Azul. Lo cual no le impide a Vivanco (1942: 152) calificar a Lorca en Escorial como “nuestro más genial poeta lírico contemporáneo”, opinión que comparte Rosales.

Los dos amigos están empeñados en la búsqueda de un nuevo lenguaje. Machado y Unamuno, que son antologados por Ridruejo y Vivanco, respectivamente, guían a los poetas de posguerra. Junto a ellos, otra presencia sustancial va a ser la de Rilke, entre otras razones, por su interiorización trascendente de lo cotidiano y lo temporal. Vivanco traduce (y publica en 1944 en Escorial) una tercera parte de El libro de las horas junto a una muchacha que conoce entonces, por mediación del padre José María Llanos, y que al año siguiente va a ser su esposa, María Luisa Gefaell (finalmente, con el visto bueno de Rosales, como anota Felicidad Blanc (1997: 174): “Luis Felipe tiene novia, por fin Luis Rosales no se ha opuesto más que débilmente, ahora que él sale también con la que luego será su mujer, María Fouz. Deseo con todas mis fuerzas que se casen, que haya otras mujeres que se opongan a ese círculo cerrado que es la amistad entre ellos”).

El 19 de enero de 1947 ambos amigos velan a Manuel Machado, que acaba de morir. El mismo mes Rosales publica en Escorial un artículo importante para la poética del grupo, “Algunas consideraciones sobre el lenguaje”, que Vivanco lee con mucho interés. Es el año en que aparece en los quioscos el semanario madrileño Vida Española, financiado por los círculos monárquicos y dirigido por Rosales (quien años después será nombrado por Juan de Borbón miembro del Consejo Privado de la Corona); en la revista, que por problemas con la censura solo tendrá cuatro números antes de ser suspendida (Matamoro 1983: 34), también encontramos la firma de Vivanco.

En una entrada de su diario correspondiente a enero de 1949, Vivanco traza la crónica de una reunión nocturna en casa del pintor Joaquín Vaquero (cuyos asistentes también son habituales en las reuniones que organiza la futura galerista Juana Mordó o los propios poetas en sus casas). Allí recitan poemas, entre otros, Gerardo Diego, Rosales y el propio Vivanco. Dampierre (seguramente, Carlos) y Vivanco improvisan, con mucho humor, un soneto anecdótico titulado “Mejilla de Rosales”, quien acaba de recibir un beso:

Llevas rojo argentino en la mejilla,
estela que ha dejado en ti la Estela
parcela de tu piel que no es parcela,
y es arado, y es surco, y es semilla.

Que es beso y que no es beso, que es sencilla
paloma, y amapola que más vuela.
No es luz artificial, es luz de vela,
y es mate, es vino tinto, es manzanilla.

Borracho de esa luz, lo estás de veras,
de veras, y de besos, y de vino,
de espuma ya al final de su viaje,

tienes que estarlo, quieras o no quieras,
y todo por un cálido, argentino
rojo que es propiedad y no paisaje.

Vivanco apunta, irónico: “Arreglando un poco el segundo cuarteto, podría quedar hasta pasable” (1983: 46-47).

Rosales recitó en marzo de 1949 (un mes antes de aparecer el nuevo poemario de Vivanco, Continuación de la vida) La casa encendida en el Aula de Poesía del Instituto Ramiro de Maeztu; después de la lectura, el grupo de poetas lo celebra cenando en su punto de reunión semanal, “El Cuatro”, una casa de comidas situada en la calle del Buen Suceso. Luego continúan la reunión en el domicilio de Aranguren. La respuesta de Vivanco es entusiasta, como consta en su diario, donde acentúa la solidaridad grupal de sus aportaciones líricas, así como el sentido de estas:

El poema es hermoso, vivido, vivo, dinámico, sin fallos, de un tirón. Alegre y juguetón de lenguaje, de elementos. Es un gran poema. Aún no lo he leído despacio. Tendré que hacerlo. Está en la línea de La estancia vacía [de Leopoldo Panero], de mi Invierno, de Los ángeles diarios de Fernando Gutiérrez. Con más elementos imaginativos concretos y más acierto natural de expresión. Menos posado y grave que el de Leopoldo, menos realista y concentrado que el mío. […]

Poesía y realidad. ¡Qué buen poema, el de Luis! ¡Cómo me alegra el que lo haya hecho! Ahora ya tenemos cada uno nuestro libro: Leopoldo [Escrito a cada instante], Luis [La casa encendida] y yo [Continuación de la vida]. Y Valverde también el suyo [La espera]. Poesía verdadera y seria: integral. […] Nos impondremos -con todo lo nuestro- definitivamente, por encima de todos los despistes secundarios: tremendismo y neoclasicismo. Poesía que va derecha al grano, al lenguaje y al alma, y a lo más vivido de la vida. Poesía desde la realidad. Poesía como suprarrealidad. Ejercicio espiritual también (Vivanco 1983: 51-52).

Vivanco no deja de reseñar La casa encendida en Cuadernos Hispanoamericanos, señalando las características de la nueva poesía del grupo. Se trataba, escribe Vivanco, sin oponerse ni prescindir de lo anterior, “de recobrar una palabra poética que tuviera siempre detrás de sí la mayor cantidad posible de realidad vivida desde el hombre mismo”; “una palabra temporal, habitada por personas de carne y hueso, y hasta por cosas”. En definitiva, “una poesía en la palabra y por la palabra y, gracias a eso, la menos retórica de todas”, “que sea cimiento vivo y fluido de su propio transcurrir”; “que sea intuitiva a la par que expresiva”; “que pueda descansar en sí misma con todo su peso de realidad precisa y honda” (Vivanco 1949: 726-727).

Todavía en 1959 se refiere en su diario a La casa encendida como ejemplo de una brillante intuición sobre la poesía moderna:

Hasta Rimbaud, la poesía está en la continuidad de la frase. Pero en Rimbaud está ya en el salto entre frase y frase. […] el drama de la poesía moderna no es el paso de la rima al verso blanco, o de una métrica cerrada a otra abierta, sino el paso de lo continuo a lo discontinuo. Cada vez se abren más pausas o abismos de creación detrás de cada palabra (Sobre los ángeles, La casa encendida) (Vivanco 1983: 131-132).

También participa Vivanco en el intento, promovido por Rosales, de establecer una “política generacional” similar a la de los del “27”, para el grupo formado por Panero, Rosales, Vivanco y Valverde, como poetas, Aranguren como crítico y Enrique Casamayor como “secretario”. Panero propuso “anexionarse” la revista leonesa Espadaña, que pasaba una etapa de apuros económicos, incorporando a Crémer al grupo y contando con la afinidad de Antonio G. de Lama y la amistad de Eugenio de Nora. No obstante, pese al “desembarco” del grupo madrileño en los números 39 y 40 de la revista, y a los artículos teóricos de Valverde (“Poesía total”, a modo de poética “de lo intrahistórico”), de Aranguren (a favor de una poesía fiel a la vida diaria) y de Vivanco, la tentativa no cuajó, tanto por el fracaso de los suscriptores previstos como porque en la revista no se impuso la dirección lírica del grupo (García de la Concha 1992: 471-478). No obstante, sí se llegó a realizar un pequeño homenaje a César Vallejo:

César Vallejo. Nació el día 6 de junio del año 1893 en Santiago de Chuco (Perú) y murió en París el día 15 de abril de 1938.

José Luis Aranguren, Antonio G. de Lama, Victoriano Crémer, Eugenio de Nora, Leopoldo Panero, Luis Rosales, José María Valverde y Luis F. Vivanco LE RECUERDAN (Espadaña 1949: 800).

¿Por qué Vallejo? En su diario, Vivanco muestra lo que supone para él y para otros poetas de su tiempo. En una entrada de comienzos de 1949, tras haber releído al poeta, escribe:

Impresión de autenticidad, frente a toda la mentira y el tópico y la falsedad de vida y de motivos de vida que nos rodean. Trilce es, en este sentido, una poesía de una gran fuerza moralizadora sin proponérselo […]. Su gran descubrimiento es el lenguaje como materia entrañada del espíritu. Por eso va tanto más allá de los creacionistas. El creacionismo estorba dentro del libro, porque la poesía de éste es algo más simple y elemental, y más cargado de experiencia directa humana (Vivanco 1983: 44).

Vallejo también es nombre capital para Rosales: “Vallejo y Neruda, junto con Federico, son los primeros en quitar a fondo el juego de la poesía, en efectuar un quiebro sobre la experiencia de la vanguardia. Y en Trilce se incorpora el mundo sensible, sensitivo, anímico, efectivo. […] Sin estos tres poetas no se entendería mi poética” (Matamoro 1983: 44).

El artículo teórico que sanciona la lírica del grupo es “Poesía y existencia”, de Aranguren, que abre en junio de 1949 el número 42 de Ínsula. En él, defiende la poesía “enraizada en el tiempo y la existencia” que practican Rosales, Panero, Vivanco y Valverde. Frente a la poesía clásica, romántica o finisecular (y aun la surrealista), que huyen de la vida, separan la poesía y la existencia, Aranguren establece que Rilke es quien descubre que el hombre se hace poeta “madurando a través de la ‘experiencia de la vida’”, puesto que “toda experiencia encierra poesía y no hay otra que la entrañada en el vivir”. Las cosas que canta proceden “de la humilde trama de la existencia”. El poeta debe “aguardar con paciencia y humildad”; su creación no es sentimiento sino experiencia vital, y su misión es cantar “las cosas terrenales”, formadas en el tiempo: “Su voz es una evocación, una llamada a la actualidad, un esclarecimiento de sí mismo mediante el de la estela dejada”.

De este modo, “‘Existencia poética’ significa poesía hecha categoría existencial, nervio y entraña en la vida, pero significa también existencia aureolada, existencia circuncidada por un nimbo de viejas experiencias y jóvenes esperanzas que la prolongan y la explican”. Esta es la razón de que la poesía del presente se convierta en “libro de memorias” o -tomando el título de Rilke - en “Libro de horas, en relato confidencial, fluyente, temporal, de los sucesos del alma”, es decir, en una lírica existencial y temporal, a la manera de Antonio Machado. Para Aranguren, “La existencia concreta, vivida, poética, de cada uno de nosotros, sólo hay una manera de definirla: contándose el poeta a sí mismo, contando el tiempo concreto, lleno, vivido”. Es lo que han hecho Panero, Vivanco, Rosales y Valverde en sus últimos poemarios; esta es la “poesía concreta de nuestra vida”, que “aspira a contener dentro de sí al hombre-poeta que la crea y a revelar el contenido total de nuestra existencia”; poesía del tiempo concreto y real”, “real y realísima, terrenal y religiosa” (López Aranguren 1949, 1977: 17-29).

También tendrá importancia el ensayo de Vivanco “Aproximándome a la poesía temporal y realista”, aparecido en la revista santanderina Proel en la primavera de 1950. En línea con Machado y Aranguren, expone su idea de que la expresión poética debe ser una síntesis de la vida, a fuerza de tiempo condensado en la palabra, y acuña un sintagma que tendrá éxito como definición de la poética del grupo: “realismo intimista trascendente”.

Rosales pensó en utilizar el lema “Poesía total”, ya empleado en Espadaña, para la gira poética por Hispanoamérica que propuso el Instituto de Cultura Hispánica a los poetas del grupo, y que finalmente realizaron solo Panero, Rosales, Foxá y Zubiaurre, una vez descolgados Valverde y Vivanco. La idea generó tensiones: por un lado, Aranguren descalificó en privado la intención propagandística de la embajada -con gran enfado de Panero- (López Aranguren 1969: 69), y, por otro, la gira no fue bien recibida en todos los sitios, hasta el punto de que Neruda la denunció en el poema “A Miguel Hernández” del Canto General (al que Panero, afectado por estos sucesos, respondería con su Canto personal, cuyo prólogo, escrito por Ridruejo, estuvo avalado también por el propio Panero, Rosales y Vivanco).

No todo son sinsabores: a iniciativa de Rosales, Cuadernos Hispanoamericanos dedica en 1949 un número monográfico a la memoria de Antonio Machado, que se abre con una dedicatoria firmada, entre otros, por Dámaso Alonso, Aranguren, Cano, Diego, Gullón, Marías, Nora, d’Ors, Valverde, Vivanco y Rosales; los artículos de estos dos últimos se cuentan entre los más significativos. Además, en 1951 Rosales se casa finalmente con María Fouz, a quien había dedicado La casa encendida, y publica Rimas, que se abre con versos de Dámaso Alonso, Panero y Vivanco, y que recibe el Premio Nacional de Literatura. “Carta en dos actos que como tantas otras cartas no he puesto en el correo” está dedicado a “a Luis Felipe y María Luisa”, su esposa, y allí escribe: “tal vez mañana / venga a vernos Vivanco: / quisiera estar con él: lo necesito / tiene dificultades y este año / nos hemos visto poco; María Luisa / tuvo diabetes y aún se está quemando / -hay que quererlos mucho, hay que quererlos / de prisa -” (Rosales 1971: 45; con alguna variante en 1996: 261).

Rosales y Vivanco emprenden proyectos similares de prosa poética, cargados de memoria autobiográfica y necesarios para explicar su forma de ser y la razón de su escritura: una poesía que busca la revelación de un significado existencial y trascendente para la vida (una vida que quiere arraigar en lo que ama, pero que no deja de sentirse expuesta, imperfecta, problemática) a través de su experiencia intrahistórica, íntima y cotidiana (vivida, recordada y ensoñada), mediante una palabra sentida y enraizada firmemente en el misterio de lo temporal y lo real. Me refiero a El contenido del corazón de Rosales, del que publica algunas entregas en Escorial entre 1941 y 1942, en ABC en 1962 y finalmente como libro en 1969; y a La humildad de ser poeta de Vivanco, obra inacabada de la que aparecen varias entregas en Correo Literario (publicación que dirige Leopoldo Panero) en 1950, y que es abandonada a favor de la “leyenda autobiográfica” Los ojos de Toledo, que publica en 1953. Ambos coinciden en estos primeros años cincuenta en Correo Literario, en Cuadernos Hispanoamericanos (que Rosales dirige entre 1953 y 1965, año en que dimite por problemas con la censura, en relación a un artículo sobre Lorca), en el semanario barcelonés Revista, dirigido por Ridruejo, en el homenaje a Jorge Guillén de 1953, en los actos marianos de Toledo y Guadalupe o en las “conversaciones de Gredos”, dirigidas por el padre Alfonso Querejazu, a las que acuden en años sucesivos.

Son también años de labor filológica para ambos: Rosales lee su tesis doctoral sobre la obra poética del conde de Salinas (1955), acaba su amplio estudio Cervantes y la libertad (1960) e inicia sus investigaciones sobre el conde de Villamediana, al que dedica su discurso de ingreso en la RAE (1964), base de Pasión y muerte del conde de Villamediana (1969). Cuando Rosales acaba su ensayo cervantino, apunta Vivanco en su diario sus primeras impresiones:

Voy a casa de Luis y me dedica su libro en dos tomos: Cervantes y la libertad. Libro de poeta. La libertad soñada. El proceso de apropiación de la libertad. Tres libertades o estadios de liberación: de exención, de opción y de determinación. La libertad desde el límite. Libertad y cambio de personalidad, invención del nombre. Los gitanos, la aventura. Libertad e independencia… Leo las palabras liminares de Don Ramón. Encuentro mi nombre en la lista de autores. En el segundo tomo se refiere más a Don Quijote. Recorro el índice. No falta la pastora Marcela: al contrario, se ocupa mucho de ella, es figura clave; pero su nombre no viene en el índice. Faltan la libertad real y la libertad artística o creadora (Vivanco 1983: 142).

Por su parte, Vivanco se dedica a la escritura de Introducción a la literatura española contemporánea, que aparece en 1957 (año también de su poemario más célebre, El descampado) y recibe el premio Fastenrath, un libro de crítica estilística muy personal (una lectura “de orden existencial” de “poetas que me han acompañado siempre”) y lleno de intuiciones y aciertos. En él analiza “la manera como han llegado a instalarse en su palabra” (Vivanco 1971: 17), al margen de los hechos externos de la historia literaria, los que entiende como principales poetas de la primera mitad del siglo XX: Unamuno, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Guillén, Salinas, León Felipe, Gerardo Diego, Alberti, Cernuda, Aleixandre, García Lorca, Dámaso Alonso, Luis Rosales, Miguel Hernández, Juan Panero, Leopoldo Panero, y, en la segunda edición, Dionisio Ridruejo, que quedó fuera de la primera, según su autor, por un retraso en la entrega del capítulo.

En 1956, cuando está escribiendo el capítulo dedicado a Rosales, Vivanco anota en su diario (1983: 105):

Una mañana para escribir sobre el misterio poético y sobre la poesía de Luis Rosales, con palabras iluminadas por su propio ímpetu imaginativo. Palabras que brotan del corazón pero se elevan hasta su más alta trascendencia de espíritu. Y no quiere renunciar a su procedencia cerebral, pero tampoco a su resultado como forma artística reconocible. Palabras en peligro, por el hondo arranque vital de donde proceden. Palabras de exaltación del ser entero en cada uno de sus motivos concretos de existencia.

Las conferencias sobre Leandro Fernández de Moratín que Vivanco da en julio de 1960 son el germen de su ensayo sobre el escritor, Moratín y la ilustración mágica, que no aparece hasta 1972, año de su jubilación. También se dedica un proyecto de gran calibre: la traducción y edición en España de toda la poesía de Juan Larrea, Versión celeste, que aparece en 1970, precedido del completo estudio que realiza dos años antes sobre “La generación poética del 27” (en realidad, desde Juan Ramón en adelante) en la Historia general de las literaturas hispánicas que coordina Guillermo Díaz-Plaja (1968: 465-628).

Vivanco se ha ido alejando paulatinamente del Régimen, en muchas cosas estará al lado de Ridruejo (incluidas, desde 1956, las reuniones de lo que va a ser el ilegal Partido Social de Acción Democrática), y su insatisfacción le ha llevado a querer apartarse todo lo posible de la colaboración, siquiera cultural, con el franquismo (el 18 de julio de 1953 escribe en el diario: “Lo mejor de todo, olvidarlo, como una pesadilla”, y a continuación: “el régimen actual no me debe el haberle librado de ninguno de sus enemigos… Por eso no le pido nada” 1983: 73). Por eso, cuando el 18 de julio de 1958 (año en que publica Memoria de la plata) lee en el ABC que, con motivo de la “Fiesta Nacional”, Panero y Rosales han sido condecorados, con gran malestar le escribe al segundo:

Mi querido Luis: Acabo de leer en el periódico lo de vuestras ‘encomiendas’ -la de Leopoldo y la tuya- y no te puedes imaginar el disgusto tan hondo y serio que me he llevado. Un disgusto hondo de veras y de espaldas a las posibles actitudes politizantes de otros amigos. Un disgusto existencial y metafísico. ¡Había empezado tan bien la mañana! Metido en poemas y en obras y en ganas de crear. Y, de pronto, ¡El ABC y el mazazo! (Este puñetero país.) La desarmonía con todos, y en primer lugar, conmigo mismo.

No obstante, el “mal trago” no es incompatible con la amistad, uno de los pocos asideros, junto a la escritura y al recuerdo de los viejos tiempos, que le queda a Vivanco para compensar la decepción:

Siento no estar en Madrid a vuestro lado en estos momentos. Me quedo -y escribo- horriblemente deprimido, vuelto a la adolescencia. Pero más amigo vuestro que nunca y por eso te envío un abrazo más fuerte que nunca y otro para Leopoldo, que no sé en dónde está, pero esta carta es también para él.

Vuestro viejo amigo en poesía de Don Miguel, Don Antonio y Juan Ramón.

Luis Felipe.

Al acabar, formula para Rosales el deseo de que escriba al margen de todo (como sigue haciendo Juan Ramón en el exilio, al que pone de ejemplo), lo que también está tratando de hacer el propio Vivanco:

¡Escribe poesía, Luis! -esto no se lo digo en la carta- ¡Ahí tienes el ejemplo de Juan Ramón! A ser otro Juan Ramón, tú que puedes, con tu Zenobia y todo (Vivanco 1983: 123).

La repentina muerte de Leopoldo Panero en agosto de 1962 los reunirá de nuevo. Los años sesenta son un tiempo de revisión poética para Rosales y Vivanco; el primero publica una nueva versión de La casa encendida (1967) y El contenido del corazón (1969); Vivanco, sus Lecciones para el hijo (1961) y, con José Antonio Muñoz Rojas, Verso y prosa de Gredos (1963).

A Neruda le conceden el Premio Nobel de Literatura en 1971. En diciembre del año siguiente, cuando el poeta chileno regresa de recoger el galardón, su avión hace escala en el aeropuerto de Barajas; allí se reúnen con él Rosales y Vivanco; Gonzalo Menéndez Pidal, también presente, plasmó el encuentro en una fotografía (Echeverría 2003). A finales de 1974 ambos se reúnen nuevamente en Madrid con otro amigo de su juventud, Jorge Guillén (Vivanco 1983: 232).

Las publicaciones de los dos poetas se aceleran en los años setenta: Rosales ofrece varios libros “menores”: Canciones (1973, donde “Como si fuera una alegría” va dedicado a Vivanco), Como el corte hace sangre (1974) y Pintura escrita (1978), en el que reúne poemas y prosas sobre plástica. Vivanco, que desde los años cuarenta había dedicado mucho tiempo al ensayo y la crítica artística, no tuvo tiempo organizar un proyecto similar, el titulado Poemas con el arte, que quedó disperso en diversas publicaciones. Sí publica Las mocedades, Poemas en prosa (ambos en 1972) y Los caminos (1974), que obtiene el Premio de la Crítica; en realidad, son libros que reordenan y sacan a la luz su poesía anterior. En este tiempo, su nombre sonó con fuerza para ocupar un sillón en la Real Academia Española, donde ya había ingresado Rosales, pero Vivanco no estuvo dispuesto a aceptar el nombramiento si antes no se le ofrecía a su tío José Bergamín. En realidad, su último gran libro fue póstumo: Prosas propicias, de 1976, que, cuando nadie se lo esperaba, mostró una intensidad y altura análoga al un poco posterior Diario de una resurrección (1979) de Rosales, y una similar y renovada mezcla del irracionalismo y lo cotidiano, lo imaginario y lo real.

La tercera parte de Prosas propicias, “Prosas de amistad”, se abre con el poema titulado “Abril”, cuyo epígrafe dice: “En los 60 años de Luis Rosales”, y que hace gala del mismo tono de decepción, de crítica y denuncia de la realidad histórica que todo el libro: “Ya no revuelve abril la ambición […] Ya no hay brisa […] Ya no hay verdines de égloga […] Ya no hay rima […] Los años han cavado su pange lingua inédito y el calor de los pájaros cautivos se convierte en rocín de piel casi infinita” (Vivanco 2001, II: 323-324).

Vivanco muere de un infarto en la madrugada del 21 de noviembre, a las pocas horas de hacerlo Franco. Sus amigos Dámaso Alonso, Laín Entralgo, Juan Lladó, Muñoz Rojas, Rosales y Zubiri celebraron en la Sociedad de Estudios y Publicaciones una sesión dedicada a su memoria. Luis Rosales, en el artículo que le dedicó en el homenaje de Cuadernos Hispanoamericanos, aprovechó para subrayar el valor de Prosas propicias: “Tu muerte ha sido prematura porque te sorprendió cuando escribías tu libro más sacudido y original. Creo que será el más fecundo de tus libros”; y más adelante, afirma: “No es un libro a la moda: es un ser vivo. El más afortunado, el más caliente y genital que has escrito. Un libro posesivo y causahabiente, de sacudida y tente tieso, donde el sarcasmo tiene a veces deslumbramiento de orgasmo”. Rosales destaca su acre contenido crítico, nada complaciente: “Sus palabras van creciendo al leerlas. Se apoderan de ti. No dan cuartel. No nos deleitan, nos amargan. No nos convienen, nos desmienten. Nos quitan, como pueden, la mentira, la contaminación y la suciedad”. Antes de reproducir una de las composiciones más sobresalientes de la colección, “Hacer daño”, escribe: “Prosas propicias es el libro más estimulante y honesto que se puede leer y el más independiente y testarudo, pero es tan adherente, que algunas de sus páginas te enferman, te levantan la piel. Su lenguaje es un sarpullido”, y augura: “este libro hará ley. Se impondrá por contagio y por derribo” (Rosales 1976: 285-286).

Cuando Rosales publique Diario de una resurrección, en uno de las composiciones, “La plenitud suele vivirse en México”, no dejará de citar con nostalgia y emoción a sus ya desaparecidos compañeros de amistad, poesía y desengaño histórico: “aquí recuerdo a los amigos que siguen siendo recuperables: / Joaquín que nos miraba con los ojos cosquilleando, / Leopoldo, indivisible, / Luis Felipe de luto por España, / Dionisio que era una amnistía” (Rosales 1996: 541). Su recuerdo, y muy especialmente el de Vivanco, como ya hemos visto, estará muy presente también en su último e inacabado proyecto, La carta entera (Rosales 1996: 651-654 y 719).

 

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Monográfico Luis Rosales
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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