El miedo, motor de la historia individual y colectiva
[Angel Rodríguez Kauth]

  INTRODUCCIÓN | 

 
Y en los andamios, en los trenes en maniobra,
en las carreteras, en las excavaciones,
en las oficinas, hombres y más hombres
esclavos y amos y amos que son esclavos de ellos mismos;
el miedo mueve a uno y el odio a los otros,
toda otra fuerza calla.
[PRIMO LEVI]

 
 

Con estas notas intento demostrar que el miedo es una de las "pasiones" -tal como fuera definida en la antigüedad por los clásicos, entre otros Platón, Aristóteles y Lucrecio y, como más recientemente lo hiciera, por ejemplo, B. Spinoza (1667)- o uno de los factores -como se dice contemporáneamente- que actúan más decisivamente sobre el desarrollo y decurso de la historia universal, entendida ésta tanto desde lo individual como colectivamente y realizando tal tarea como motor dinamizador de la evolución de la misma. Si bien es cierto que desde la antigüedad al miedo se le ha puesto una carga peyorativa con una connotación que incluye la huida o la fuga ante los estímulos que lo provocan, el estudio concienzudo de lo que sucede en la realidad cotidiana nos permite sostener que el miedo es -en general y salvo las excepciones que confirman la regla- el causante tanto de las "fugas" de los campos psicosociales como, sobre todo, de los ataques y las agresiones que se producen contra los objetos o estímulos -que pueden ubicarse interna o externamente al sujeto que los padece- que son causantes de temor o miedo. El término que nos ocupa proviene del latín metus, mientras que otras palabras que usaremos, como ansiedad y angustia, tienen un origen indoeuropeo -la raíz angh- que son sinónimos de estrecho o angosto.

Vale decir, el miedo como reacción fisiológica y psicosocial presenta las variantes de lo que W. Bion (1963) denominó "lucha y fuga", en donde en algunos casos primará el combate, lo cual es muchas veces inentendible desde una racionalidad "civilizada" que ha optado por el uso de la fuerza de la razón por sobre la razón de la fuerza y, en otros casos, la reacción será el escape, la huida, que también puede ser ininteligible racionalmente cuando las características del estímulo que provoca la fuga no debieran producir tal reacción desmedida, como ocurre con las fobias, que llegan a ser invalidantes y que son desatadas ante estímulos inofensivos -esto dicho desde una mirada exterior objetiva- como por ejemplo insectos, o cualquier otro animal de tipo doméstico.

Si si quiere, el miedo bien podría ser calificado -en términos kantianos- como un universal categórico, ya que la evidencia empírica muestra que pareciera ser -hasta los avances logrados a la fecha- que todos los seres animales vivos comparten la experiencia de "sufrirlo", esto es, desde la minúscula ameba u organismo unicelular, hasta los organismos que poseen un desarrollo nervioso más elevado, como es el ser humano. Esto no es casual, en el siglo XX (1) ya se ha podido leer el mapa del genoma humano (2), lo cual ha permitido saber que dos tercios de nuestros genes son compartidos con otras especies animales, por lo cual no es de extrañar que los seres humanos compartamos con ellos la reacción filogenética de miedo que está en la base de todos los organismos existentes para defenderse de los estímulos hostiles del medio ambiente. De tal manera, el milenio comenzó con un hallazgo auspicioso, cual es la descripción completa del material genético humano -el "manual de instrucciones" del ser humano (3)-.

Sin embargo, para que se comience a utilizar de manera eficaz la información obtenida, aún resta que pase bastante tiempo, sobre todo para la puesta a punto de los instrumentos de lectura y análisis. El trabajo que ha sido publicado es sólo "el final del principio", como han advertido -en más de una oportunidad- los propios investigadores en la temática.

Si hemos dicho que el miedo es un movilizador de acciones, es debido a que desde los orígenes del hombre sobre la Tierra, al iniciarse los procesos de hominización que facilitaron la evolución de los monos superiores hacia el hombre erecto -bípedo- con oposición de los pulgares, a la par que poseía una mayor cortical en virtud del aumento de la superficie del mismo en virtud al mayor número de circunvoluciones y cisuras que aumentan considerablemente la superficie de la corteza cerebral con respecto a la de otros animales -por ejemplo el elefante- que pueden tener un cerebro de mayor volumen, pero de menor superficie.

Como señalamos, siempre han existido recursos para enfrentar y combatir a los temores con la suficiente eficacia como para que luego de cerca de cincuenta millones de años podamos haber sobrevivido a los miedos que tuvieron nuestros antepasados, los homínidos.

Es que el ser humano, al igual que los miembros de cualquier otra especie, es agresivo por naturaleza, lo cual no significa, como con acierto lo señala Sanmartín (2000) que agresividad sea sinónimo de violencia. El mismo autor agrega que "... la agresividad es innata en la especie humana, como en cualquier otra especie animal [y se puede agregar vegetal]. La agresividad está al servicio de la eficacia biológica: incrementa las probabilidades de sobrevivir y dejar prole fértil". De tal suerte, para dicho autor, es posible hallar conductas agresivas defensivas, ofensivas o predadoras, sin embargo, entendemos que solamente las dos últimas son propiamente agresivas, mientras que la primera es una forma violenta de reaccionar ante un estímulo. Así, quien roba a alguien ha ejecutado un acto violento, en tanto que quien se defiende ante el ladrón responde a dicha violencia con una agresión; lo mismo vale para los actos de predación, que agreden a un "otro" con el objeto de satisfacer una necesidad, ya que todas las especies son predadoras de otras con un doble objetivo: a)para subsistir y b) para mantener el equilibrio ecológico; mientras que en la depredación se estará frente a una conducta violenta, ya que es gratuita o, al menos, innecesaria para la subsistencia (4). Como ejemplo sirva recordar el aporte que me hiciera un médico amigo (5) de que las bacterias más agresivas son las más incompetentes. Todas ellas necesitan de un medio apropiado en humedad, temperatura y nutrientes que les aporte lo que ellas son incapaces de producir, medios con estas características se logran en un huésped. Así podrán replicarse como mecanismo de perpetuación. En consecuencia una conducta muy extractiva que mate a su huésped representa un error biológico ya que sin él, no sobreviven ni se replican con igual intensidad. Por otro lado las bacterias que conforman la flora del tracto intestinal inferior de los humanos mantienen una relación de saludable simbiosis ya que nos aportan vitaminas y oligoelementos que somos incapaces de producir y a las que proveemos del calor, alimento y humedad que necesitan para su replicación. Paradójicamente es por nuestras propias conductas agresivas que seleccionamos a las bacterias más virulentas al instrumentar tratamientos antibióticos indiscriminados y de inadecuada duración. Así las bacterias más susceptibles son las mas evolucionadas y las que sobreviven son las que disponen de una mayor capacidad de adaptación aunque menor de propia subsistencia, o sea las más agresivas, que progresan gracias al espacio biológico generado por la desaparición de las otras.

Se trate de predación, depredación, ofensa o defensa del individuo o de la especie agredida, siempre aparecerá como una constante el miedo en aquél individuo que es objeto de una agresión. Por lo que el miedo es una reacción estructuralmente determinada, pero vivencial e históricamente condicionada.

El miedo, como testimonio emocional que es, tal como fuera descripto por Mira y López (1957), puede provocar reacciones fisiológicas que recorren del blanco al negro con toda la gama de grises. El organismo humano no ha podido civilizar sus respuestas fisiológicas ni mucho menos adaptarlas a la realidad vigente. Presenta en consecuencia todo un anecdotario muy renovado al que debe enfrentar con un repertorio de recursos prehistóricos. Este repertorio de recursos está determinado por circuitos integrados cuyas respuestas neurohumorales, metabólicas y hormonales ponen de manifiesto un determinado objetivo final y un límite en el tiempo para su eficacia. Los dos principales efectores son:

a) El Sistema Nervioso Simpático, a través del disparo de Adrenalina por la Médula Suprarrenal (redistribución de flujo sanguíneo a favor de músculos y cerebro y en detrimento de piel y aparato digestivo, aumento de la tensión arterial, aumento de la glucemia por incremento de la gluconeogénesis y de la glucogenolisis, piloerección, estimulación del eje Hipotálamo-Hipófiso-Suprarrenal y del Renina-Angiotensina-Aldosterona y Taquipsiquia).

b) El eje Hipotálamo-Hipófiso-Suprarrenal cuya estimulación genera aumento de las Endorfinas cerebrales con elevación del umbral del dolor, aumento del nivel de glucocorticoides que originan incremento de la glucemia potenciando los efectos de la adrenalina y produciendo un estado de catabolismo lipo-proteico orientado a incrementar los sustratos productores de energía (Aminoácidos y Acidos grasos), aumento de la tensión arterial y alerta inmunológico.

Del resultado de las reacciones descriptas puede inferirse que estos mecanismos ponen al organismo en una óptima condición para la lucha o la fuga; hay mayor disponibilidad de energía, mayor flujo sanguíneo cerebral y muscular, mayor resistencia al dolor y aceleramiento de las funciones psíquicas en lo relativo a la acción y la vigilia sin correlato a nivel de las funciones intelectivas superiores. Muchos de estos mecanismos prolongados en el tiempo obtienen resultados opuestos a los que generan en fase aguda, como es, por ejemplo, la inmunodepresión gluco-corticoide dependiente.

Queda bien claro que frente a una situación de miedo, en el anecdotario vigente, poco se puede lograr poniendo los pelos de punta (piloerección). En algunos individuos los mecanismos toman caminos diferentes (vagotónicos) que involucran más al Sistema Nervioso Para-Simpático evidenciando parálisis más que acción con hipotensión arterial, bradicardia, pérdida del control de esfínteres, de la voz y cuadros sincopales. En resumen, podemos decir que frente a una situación de miedo los recursos fisiológicos disponibles nos paralizan o nos habilitan para huir o pelear.

Vale decir, el miedo puede provocar reacciones fisiológicas en demasía "naturales", cuando se trata de humanos que hacen uso -a través de los procesos de socialización- de buena parte de sus aparatos fisiológicos en un mecanismo adecuado para las demandas culturales. De tal suerte, no es extraño que ante un desequilibrio emocional, particularmente de miedo ante un objeto potencialmente agresivo, se produzcan modificaciones fisiológicas de su ritmo natural. Entre éstas puede aparecer la aceleración o disminución del pulso cardíaco -como resultado del aumento de frecuencia cardíaca- lo que trae aparejado una consecuente modificación de la temperatura corporal y hasta reacciones inesperadas de la actividad de las glándulas secretoras internas, comandadas por el hipotálamo que, desde las suprarrenales segregan hormonas esteroides para así tener la tensión suficiente con que enfrentar la situación de estrés. También se producen reacciones a nivel de la musculatura (6), como ocurre con el temblor de los miembros -"temblé de miedo"- y la pérdida circunstancial de la voz, además de molestias gástricas, nauseas, diarreas y hasta una reacción enurética -o de defecación- involuntaria temporal. En el caso de las claustrofobias, la manifestación con que se expresa es de ahogo físico y los trastornos nerviosos que el mismo puede traer aparejado, son capaces de conducir a una crisis de pánico. Pese a los intentos que se puedan hacer, es difícil disimular tales respuestas temerosas, no solamente en lo glandular, sino fundamentalmente a partir de las reacciones fisiognómicas del rostro que delatan el estado de temor que está pasando el individuo que es acosado por el mismo. Pese a ello, la mal llamada "sonrisa irónica" -ya que la ironía es un tropos lingüístico y no una expresión facial, que mejor se corresponde con la hipócrita- que solamente la utilizan los humanos, precisamente por corresponder a un acto del habla, y que permite sonreír en una mezcla de temor, amenaza y sumisión.

Asimismo ocurre con la criptorquidia -enfermedad que, obviamente, solo sufren los varones, ya que uno o ambos testículos queda o quedan retenidos en el abdomen o en la cavidad inguinal sin bajar definitivamente a la bolsa del escroto- frente a situaciones de temor -y también de frío- son subidos hacia el abdomen.

Una de las enfermedades que más ha recorriendo el final del milenio es la anorexia, que no es otra cosa que el miedo a engordar. Son las adolescentes quienes -estadísticamente- más la sufren, llegando a morir por desnutrición alrededor de un 10% de sus pacientes -cuando paradojalmente- ellas sí tienen la posibilidad de no pasar por el cuadro de la desnutrición ya que poseen recursos económicos como para alimentarse. Pero, en este caso, la moda impuesta por los medios de comunicación (Rodriguez Kauth, 1999) las arrastra a un terror frenético e irracional a verse con físicos que vayan más allá de lo escuálido y, por ello, tienen la fantasía de ser despreciadas por los otros. Vale decir, se trata de un temor inducido que ha sido instalado en personas que adolecen -adolescentes- de condiciones estructurales, neuróticas o psicóticas, previas que hacen posible tal desarrollo.

Si se tienen en cuenta los descubrimientos hechos por el fisiólogo ruso I. Pavlov (1926), se podrán entender aquellas alteraciones fisiológicas y psicológicas que provoca el miedo asociado a un estímulo determinado o indeterminado y que hacen que aquél responda de manera "anormal" para lo que es su conducta habitual o la que se espera de él a partir de la inhibición de las funciones físicas o psíquicas.

Más, el hecho de que el miedo sea una reacción "natural", que esté presente en todos los seres vivos -hasta en las plantas, que tienen mecanismos defensivos contra los agentes agresores- no significa que los temores de los animales sean totalmente semejantes a los de los humanos. Los animales reaccionan genéricamente con una respuesta temerosa -lucha o fuga- ante estímulos agresivos del medio ambiente. Así, por ejemplo, los perros tienen una capacidad especial para oler la adrenalina -que ha sido producida por las glándulas suprarrenales y que es volcada en el torrente sanguíneo de una persona- el temor que siente la misma ante su sola presencia -sea realmente amenazadora o que se sienta como tal- y, entonces, la atacan; del mismo modo cuando huelen la existencia de un animal de mayor porte, la reacción es de huida. En cambio, los humanos no tenemos ésa capacidad fisiológica y bioquímica de distinguir los peligros por el olfato e, incluso, por la vista o el oído, ya que en el desarrollo ontogénico hemos perdido buena parte de la capacidad de tales órganos sensoriales en beneficio de otras funciones superiores de nivel cortical, como son las intelectuales, por lo cual recurrimos a otros indicadores para protegernos de los estímulos agresivos y temer ante ellos.

Por tal razón resulta un dislate mayúsculo pretender hacer comparaciones lineales -o falsas analogías- entre las conductas de los animales y la de los humanos (Rodriguez Kauth y Falcón, 1998) ya que los humanos somos mucho más complejos en nuestras relaciones con todos los objetos, inclusive los que puedan despertar temor. De tal suerte, intervienen variables como las de género, clase social, situación particular ante la que se está, etc. Es decir, nuestro sistema de "alarma" no es solamente fisiológico o bioquímico como en el resto de los animales, sino que fundamentalmente es social, de naturaleza psicosocial y no reacciona siempre de la misma forma.

La simulación y la disimulación (Ingenieros, 1900a y 1900b) de los miedos es una característica de los seres humanos, el resto de las especies no la utilizan, salvo cuando se produce el proceso de mimetización (7), que les sirve para disimularse entre el follaje, pero al mismo no le dan el sentido humano de la disimulación del temor, por temer a ser descubiertos por los otros de que tenemos miedo a algo y así convertirnos en vulnerables si el otro utiliza ese "algo" para atemorizarnos más, o para avergonzarnos por el simple hecho de que ese "algo" comunmente no es objeto de temor por parte de los "otros" o, lo que es peor, para demostrar hombría, "machismo", que no le tememos aún a aquellas cosas que son temibles.

Un ejemplo dramático de esto lo dan los jóvenes contemporáneos ante el flagelo del SIDA, que se resisten a usar profilácticos en sus relaciones sexuales para no demostrarle a su pareja que tienen miedo de contraer una enfermedad umbría y tenebrosa que conduce no solamente a una mala calidad de vida, sino que -al menos actualmente- es trágicamente mortal. Otro tanto ocurre con las transfusiones sanguíneas, las cuáles últimamente no solamente han transmitido el HIV, sino también la hepatitis tipo C, lo que ha llevado a los laboratorios medicinales a poner en juego toda su tecnología para, de tal forma lograr proteínas sanguíneas de animales transgénicos que no transmiten tales virus. En definitiva, se puede afirmar que el miedo humano ha sido socializado por la cultura, en tanto que los temores de los animales continúan respondiendo a las demandas de sus instintos, en consecuencia responden a los patrones heredados de la especie.

Vale decir, el ser humano puede tanto utilizar al miedo como un beneficio de evitación, tanto social como psicológicamente, ya sea para evitarse contratiempos que lo pongan en riesgo, como así también lo puede disimular con el fin de no avergonzarse de tener temor, por ejemplo, ir a la guerra o cumplir con un acto que supone poner en riesgo su vida. En definitiva, se trata de un acto tramposo.

a) Los miedos en los gobernantes.

Sin temor a equivocarme -valga el juego de palabras con el tema que estamos desarrollando- puedo afirmar categóricamente que el miedo es -y ha sido- el verdadero gobernante de la historia. Por detrás de los funcionarios, de los emperadores, reyes o presidentes más encumbrados e ilustres ha estado y está presente el temor. Ya sea que se trate de gobernantes autocráticos o democráticos, todos ellos tienen o han tenido miedo, ¡y muchas veces!. Quizás el principal de esos miedos esté puesto en el temor a la pérdida de confianza por parte de su pueblo, lo cual puede conducirlos al escarnio público de una derrota electoral -aunque los derrotados siempre aparezcan ante las cámaras de televisión con caras sonrientes, como si hubiesen perdido una partida de mus en donde solamente estaban en juego los porotos- como es en el caso de los gobernantes que se dicen democráticos. En la situación de los gobiernos autocráticos el miedo es más complejo, ya que una sublevación popular en reclamo por su desgobierno, autoritarismo, despotismo, nepotismo o por derrotas militares en los campos de batalla, puede conducirlos directamente a la muerte, ya sea en la guillotina, ante un pelotón de fusilamiento, el garrote vil o, como en el caso de Mussolini, a morir por las manos del pueblo que tanto amaba y que creyó que tal amor iba a ser eternamente correspondido (8). A todo esto hay que añadirle los temores a las siempre inquietantes intrigas "palaciegas", cuyos protagonistas suelen estar prestos y dispuestos a "moverle el piso" a los funcionarios de turno para, de esa manera, pasar a ocupar su lugar en el codiciado y privilegiado lugar del funcionarismo burocrático.

Asimismo, se puede hacer notar que las obras que realizan los gobernantes -leídas desde la superficie- pueden aparecer como altruistas, aunque en realidad tienen en su base un contenido eminentemente egoísta, cual es la obligación -más allá de lo que le impone la ley- de tener que ejercer la función de manera satisfactoria para su población, caso contrario serán castigados en el favor popular no solamente con una próxima derrota electoral, sino que también se le teme al repudio popular explicitado en las presentaciones públicas a las que asiste -con insultos y lanzadas de tomates, huevos podridos, piedras y alguno que otro escupitajo, cosa que no le hace gracia a nadie y mucho menos a un gobernante que siempre está convencido, o sus adláteres lo han convencido, de que tiene un fuerte carisma sobre sus gobernados (Weber, 1922)-.

Al respecto, vale recordar que en 1900 Freud relata un caso paradigmático de lo que es el temor de los políticos, cuando en ocasión de abrirse las sesiones de la Cámara de Diputados austríaca señala que el Presidente de la misma dijo, textualmente, para hilaridad de los diputados presentes: "Señores diputados. Habiéndose verificado el recuento de los diputados presentes, se levanta la sesión". A lo cual agrega Freud que "La explicación de este caso es que el presidente deseaba ver llegado el momento de levantar la sesión, de la que esperaba poco bueno, y -cosa que sucede con frecuencia- la idea accesoria se abrió camino, por lo menos parcialmente, y el resultado fue la sustitución de `se abre' por se `levanta', esto es, lo contrario de lo que tenía la intención de decir". Vale decir, estamos ante lo que comunmente se conoce como "un acto fallido", el que se hizo presente ante el temor que lo embargaba por lo que sospechaba iba a ser el desarrollo de ésa sesión parlamentaria. Este no fue el único caso de actos fallidos en la historia política; en años recientes, Argentina asistió a expresiones semejantes de temor por parte de dirigentes partidarios que han sido el hazmerreír y la comidilla con que se alimentaron los periódicos y las revistas de actualidad. Aquí vale hacer una salvedad sobre la atribución ligera de "actos fallidos" a errores momentáneos de la dicción o el lenguaje. Un ejemplo sobre esto lo da el Presidente de los EE.UU., G. W. Bush (h), en quien son habituales ciertos horrores de dicción. Así, por ejemplo, él que como Gobernador de Texas envió a la ejecución mortal a más de 150 patibularios sin temblarle la mano ni hacer caso alguno a los pedidos de clemencia, llegó a decir en una gira proselitista durante el mes de marzo de 2001 que se oponía al "impuesto a la muerte" -death tax- en alusión a su intento de reformular el impuesto a la herencia, sin embargo, lo que dijo textualmente fue "... que injusta es la pena de muerte y cómo necesitamos librarnos de ella". Que nadie lea esto como un acto fallido, solamente es un acto de indisimulada ignorancia y aturullamiento de las palabras.

Es necesario retrotraernos en la historia y así se encontrará que en la mitología griega también apareció el miedo entre los dirigentes políticos -entre otros casos- cuando el Rey Egeo tramó la muerte por envenenamiento de su hijo Teseo, por temor de que el pueblo ateniense prefiriese al apuesto y popular joven guerrero para que ocupase su lugar. Afortunadamente para Teseo la conspiración no prosperó y pudo salvarse de la muerte. También en la mitología hebrea -de la que da buena cuenta el Antiguo Testamento- aparece la figura de un Rey bonachón, que cuando joven mató a Goliat de una pedrada arrojada con su honda, pero que si se siguen con un poco de atención sus venturas y desventuras -descriptas especialmente en los libros de Samuel, Crónicas y Reyes- se podrá leer que al asumir como jefe de las tribus de Judea y de Israel se convirtió en un déspota que asentó su poderío sobre el pueblo utilizando la metodología del terror y la violencia. Para deshacerse de sus enemigos políticos que podían amenazar su trono los enviaba a matar con sus sicarios y tampoco David -que de este pastorcito se trata- se privó de matar a algunos de sus propios hijos con el fin de no entregar la corona antes del tiempo estipulado por su reloj biológico. Asimismo, en la tradición hebrea, el patriarca Abrahám fue exigido por su dios misericordioso a sacrificar a su hijo Isaac como una prueba de su fe -en tanto que los islámicos ponen en tal papel a su hijo Ismael- pero a último momento dios lo relevó de tamaña crueldad, que Abrahám iba a cumplir temeroso de las iras divinas y el hijo, cualquiera haya sido, salvó su vida por milagro divino.

Un recorrido somero sobre el devenir de la historia universal y la de los gobernantes que por ella han pasado está plagado de ejemplos ilustrativos al respecto de lo que venimos señalando y que van más allá de las posibles fobias individuales que cada uno de los gobernantes puedan haber tenido a escondidas en su vida privada, lo cual no quiere decir que en algunos casos las mismas no puedan haber dificultado y hasta convertido en una tortura la función de gobierno para quienes padecían estas alteraciones. Tal el caso, reciente por cierto, del Rey Jorge VI de Inglaterra, que tenía un profundo temor a hablar en público y, cuando estaba obligado a hacerlo por cuestiones de protocolo, lo hacía con evidentes tartajeos. Curiosamente, él llegó al trono gracias a la abdicación a la corona por parte de su hermano mayor, el Rey Eduardo VIII, quien también tenía una fobia -parece ser que a las mujeres, salvo a una sola que, para su desgracia no era miembro de la nobleza- cosa que irritó a la familia real y a buena parte de la población. Este fenómeno que le ocurrió al Rey Eduardo VIII, Freud (1895c) lo explica señalando que algunos hombres sienten temor frente a las consecuencias ulteriores del comercio sexual con mujeres, por lo cual se contentan con solamente mirarlas o, a lo sumo, tocarlas, pero no pueden consumar el acto sexual. Pero es preciso advertir que no se trata de misoginia, testimoniado como odio o desprecio hacia las mujeres, sino que se le teme a la relación con las mismas.

Algo semejante le ocurrió al célebre compositor L. van Beethoven quien por miedo al matrimonio abandonó al gran amor de su vida quedándose solterón el resto del tiempo que le tocó vivir, cuando él supuestamente no debería haberle tenido miedo a las mujeres, ya que era sordo y no lo podrían molestar con sus largas e inacabables conversaciones huecas que podían interrumpir la escritura y ensayos de sus conciertos ¡y no soy misógino!.

El Presidente norteamericano F. D. Roosevelt fue un maestro en disimular ante el electorado sus defectos físicos por temor a que aquél no tuviese confianza en quién sería su conductor. Además de las secuelas de la poliomielitis que lo aquejaban desde hacía varios años, también supo disimular sus falencias cardíacas, las que lo condujeron a la muerte cinco meses más tarde de haber asumido su último período presidencial y en plena Guerra contra el Eje, perdiéndose la oportunidad de ver el triunfo final contra el enemigo. De la misma manera Roosevelt fue capaz de disimular sus amoríos extramaritales -que lo pusieron al borde del divorcio- con al menos dos mujeres por temor a que esto hiciera trastabillar su ascendente carrera política. Algo semejante le ocurrió a uno de sus sucesores, el General D. Eisenhower, que luego de un affaire con una secretaria irlandesa mientras preparaba la invasión militar al continente europeo, solicitó a su comandante autorización para divorciarse. En este caso el miedo no fue de él sino de la autoridad militar, que se lo denegó arguyendo que esto podría debilitar la confianza de las tropas y de la ciudadanía -que ya habían depositado- en quien tenía la responsabilidad de dar el golpe de gracia final al nazismo.

Obviamente que estos no fueron los únicos casos de temores gubernamentales, todos los gobernantes le tuvieron terror a las iras del pueblo, aún cuando lo hayan tratado de ocultar tras una mascarada hipócrita, como la que utilizó Luis XIV -de Francia- que llegó a afirmar con sentido autocrático que "El Estado soy yo", lo cual no impidió que pocos años más tarde la triunfante Revolución Francesa del Siglo XVIII -inspirada en el pensamiento del Iluminismo y de la Ilustración- terminase con el absolutismo reinante cortándole la cabeza a la familia real en la figura de uno de sus descendientes, Luis XVI. Aquella expresión verbal de Luis XIV no significaba otra cosa más que reafirmar la conducción del Estado y con ello rebatir lo que se estaba poniendo en tela de juicio por parte de la población -sobre la que él reinaba nominalmente- lo cual refleja los temores del monarca a perder su condición de tal.

Si se quiere, también Napoleón Bonaparte -estratega militar y estadista sin igual- parecía que nunca tuvo miedo en las batallas. El mismo lo decía cuando combatía en Marsella, después de consagrada la Revolución y cuando fue llamado por la Convención Nacional -en 1795- para defender con su artillería la sublevación de los monárquicos: "Las balas me son esquivas". Sin embargo, su derrota en Waterloo puede ser leída desde el temor que sentía a la derrota. El invencible Napoleón había sido vencido en los campos de batalla de los zares rusos por el General Invierno, pese a que no fue un combate entre hombres, sino contra la naturaleza, el episodio dejó en Napoleón el testimonio de su vulnerabilidad. Así, cuando partió a enfrentar a Lord Wellington, no lo hizo con la confianza en sí mismo que había tenido en batallas anteriores, durante su larga vida de combatiente, de luchador y vencedor en tantas lides. En lugar de atacar a las tropas británicas en el transcurso de la mañana, prefirió esperar con un ojo puesto en su nuca la llegada del Ejército prusiano comandado por el Mariscal de Campo -prusiano- G. B. Blücher, quien venía con más de cien mil soldados a sumarse a las tropas de Wellington. En la clásica estrategia militar empleada por Napoleón, debió haber atacado a los británicos inmediatamente y no quedarse a esperar la llegada de las desvencijadas tropas germanas que venían marchando en medio de la lluvia y el barro con su pesada artillería a cuestas. Sin embargo, a consecuencia de la derrota anterior en las estepas rusas, tuvo miedo a ser vencido nuevamente y, si se quiere, se cumplió la profecía de su temor. Es decir, fue derrotado en el campo de batalla por haber perdido la audacia que lo caracterizó en toda su vida militar. Napoleón tuvo miedo a perder y el resultado no pudo ser de otra forma: perdió. El miedo le jugó una mala pasada.

Más no sólo los jerarcas padecen el miedo. También lo atraviesa al pueblo llano y vaya si lo atraviesa, basten como ejemplo las dictaduras sangrientas que han asolado al Siglo XX, en todo el planeta, para comprender que los pueblos tienen temores ante los déspotas y tiranuelos. Aunque al respecto vale la pena hacer una acotación. Ninguna dictadura duró mucho tiempo en el poder, por más sanguinaria y aterrorizante que haya sido. Ya sea por factores externos o, lo más común, por rebeliones internas, todas ellas terminaron con sus días en la derrota a manos del pueblo. Esto pareciera mostrarnos que la tolerancia al miedo tiene un límite y que sobrepasado el mismo los pueblos dicen ¡basta!. Sobre estos temas nos explayaremos con más detenimiento en capítulos posteriores, particularmente en los próximos dos.

b) Los miedos académicos y científicos.

Pero no es solamente en los ámbitos gubernamentales, militares o populares donde se testimonia el miedo. También se hace presente en los espacios académicos, de manera inesperada, ya que se supone que tales lugares son espacios de creación y no de limitaciones a las posibilidades de desarrollo y crecimiento del conocimiento. Sin embargo, y sin remontarnos muy atrás en el tiempo -en dónde abundaron los ejemplos de tales limitaciones, no solamente externas sino también internas- de las cuáles solamente expondremos dos tomadas casi al azar. La primera surgió -en un ámbito no muy académico, ya que no se produjo en algún sofisticado laboratorio de investigaciones- cuando alguien, o algunos, en los albores de la civilización se le ocurrió inventar la rueda como consecuencia del previo uso del rodillo. No es descabellado suponer que ante tal avance tecnológico, muchos conservadores de la región hubiesen expresado que esto iba a provocar cambios tan terribles como que los niños iban a nacer sin piernas porque ya no las necesitarían para trasladarse.

Dejando de lado las hipótesis humorísticas -que no por eso han de ser menos valederas- debe anotarse que cuando Gutenberg inventó la imprenta, a la salida del Medioevo, produjo una ofuscada reacción -entre otros- por parte de los monjes que vivían en los conventos y cuyo único trabajo era el de copistas manuales de textos. Ellos no solamente por razones ideológicas, sino también previendo el futuro paro laboral en que se sumirían, se opusieron tenazmente a dicho invento y lo rechazaron por algún tiempo. Lo mismo hicieron los monarcas reaccionarios de entonces -entre los que no se puede dejar de contar al papado Vaticano- que observaron con alarma que tal instrumento podía servir de "ilustración" al pueblo, a partir de la posibilidad de una educación masiva y popular y que esto sería peligroso para sus intereses ... como que lo fue y la historia les dio la razón a sus inquietudes temerosas.

Ya con anterioridad el papado había vivido tiempos de temores por el sostenimiento de su reinado terrenal, dotado de poderes sobrenaturales. Ocurrió cuando en el Siglo XV se vio afectado por una fuerte corriente de desprestigio como consecuencia de los escándalos cismáticos entre papas legítimos e ilegítimos. Durante una centuria la vieja institución eclesial estuvo acosada por el miedo a perder sus privilegios e influencias.

Más, en pleno Siglo XX, un período de la historia reciente donde los avances han sido excepcionalmente espectaculares desde el punto de vista científico y tecnológico, también ha sido posible observar cómo los propios académicos, ya sea en forma individual o corporativa -esta última es la más frecuente, ya que les permite arrojar la piedra y esconder la mano para sumirse en el anonimato siempre cómplice- han hecho uso de algo que, aparentemente, está vedado en su espacio laboral, cual es la censura -por los temores a las consecuencias no previstas de los avances científicos- sobre los nuevos desarrollos y tecnologías de avanzada.

Freud, en una de sus Conferencias en la Clark University (1905) hizo referencia al miedo que despierta en la comunidad médica el uso del psicoanálisis como instrumento terapéutico, diciendo textualmente que "Se teme causar un daño con el psicoanálisis y se siente miedo de atraer a la conciencia del enfermo los instintos sexuales reprimidos, como si ello trajese consigo el peligro de que dominasen en él a las aspiraciones éticas más elevadas y le despojasen de sus conquistas culturales". Es decir, Freud se adelantaba a las críticas sobre los posibles efectos iatrogénicos de la terapia psicoanalítica que podrían producir modificaciones en el plano de la moral (9). Más recientemente, ya en los finales del Siglo XX asistimos -en mi caso con asombro y vergüenza- a las argumentaciones pueriles que utilizan diferentes corporaciones de médicos y biólogos -generalmente auspiciadas desde El Vaticano- para limitar los experimentos en ingeniería biológica y en los desarrollos sobre la clonación de seres humanos, todo esto bajo el pretexto de una bioética leída desde una óptica ideológica. Inclusive, en algunos países se ha prohibido la clonación humana a través de una legislación especial. ¡Como si la ley pudiera impedir los inevitables avances de la ciencia!. A lo sumo, la aplicación rigurosa de una ley represiva, lo único que logra es retrasar tales desarrollos, pero nada más que eso, nunca ha de poder limitarlos totalmente en el tiempo y el espacio.

Es que el temor a lo novedoso, a todo lo original que pueda poner en un tembladeral nuestros más ancestrales sistemas de creencias (Ortega y Gasset, 1959) hace que se reaccione de una forma inesperada por parte de aquellos que debieran estar a la vanguardia de los conocimientos. No se me escapa que en más de una oportunidad los desarrollos científicos y tecnológicos han tenido consecuencias imprevistas y han causado mucho daño a la población, como puede ser el uso de la energía atómica que trajo consigo las terribles matanzas sucesivas en Japón con el lanzamiento de un par de bombas atómicas; o la polución de gases que invaden la atmósfera y que están provocando un recalentamiento de la misma con su "efecto invernadero"; como así también los efectos no deseados de la producción de alimentos transgénicos, que propician el engorde de animales con productos que provocan enfermedades en ellos y que luego son transmitidas a los humanos, tales como ocurre con "el mal de las vacas locas" que, desde la última década del Siglo XX, tiene "locos" a los países miembros de la Comunidad Europea; y muchos etcétera más. Pero todos estos efectos imprevistos son corregibles y perfectibles. Es verdad, cuando en Japón se produjeron las dos explosiones atómicas de 1945, murieron centenares de miles de personas y millones de ellas sufrieron las consecuencias nefastas de la radiación atómica, pero también es necesario pensar solamente unos instantes en todos los millones de seres que le debemos nuestras vidas al instrumental médico -sobre todo en el campo de la radiología-, que debemos agradecer estar vivos a sus diagnósticos precoces y certeros que facilitaron una rápida terapia. Afortunadamente, los hombres -y en especial los dirigentes políticos- tuvieron el talento suficiente como para no reproducir aquellas experiencias "explosivas" de la época de la guerra.

Ese es el momento en que debe intervenir una legislación al respecto, con el fin de rectificar los rumbos desacertados -o no deseados- que puede traer consigo lo novedoso que aporta la ciencia y su secuaz en la aplicación de los conocimientos científicos: la tecnología. Existe un viejo axioma jurídico que dice que es imposible legislar con un sentido anticipador, previendo las circunstancias; siempre se lo hace -y se lo debe hacer- con un sentido retrospectivo, sobre la base de los hechos consumados. ¿A quién se le hubiera ocurrido en el Siglo XVIII elaborar un Código de Navegación Aeronáutica?. Sin dudas que esto hubiera sido descabellado de solo pensarlo, solamente pudo aparecer una regulación aeronáutica cuando la Aeronavegación alcanzó desarrollos lo suficientemente notables como para plantear problemas de circulación aérea, de saturación de rutas, de soberanía y de territorialidad. Si en la actualidad no aparece una legislación internacional sobre el uso indiscriminado de gases -por ejemplo el anhídrido carbónico que echan al aire los vehículos con motores de explosión- no es porque ello sea imposible, sino simplemente porque existen intereses económicos que le ponen el palo en la rueda a tales legislaciones que acabarían con los negociados de los empresarios del petróleo. ¿Por qué se demora tanto en explotar de manera intensiva la inofensiva energía eólica, o la solar?. Es evidente que se trata de la presencia de fuertes y poderosos intereses económicos los que prefieren continuar con la polución ambiental, en lugar de recurrir a una energía alternativa que se produce en la naturaleza y que no es contaminante.

La culpa del "efecto invernadero" o de "la vaca loca" no la tiene la ciencia ni la teología, solamente la tiene la estructura imperiocapitalista (Rodriguez Kauth, 1994) que impide que sean afectados sus negociados, aunque ello apunte a un desmejoramiento general de la calidad de vida. Entre tanto se continúa, a través de los medios de comunicación masiva, transmitiéndole miedo a la población sobre lo original, acerca de aquello que es novedoso, en lugar de transmitir la necesidad de establecer técnicas de lucha para oponerse a las prácticas perversas que ellas implican y no necesariamente temerle al desarrollo del conocimiento; él no es el enemigo de los pueblos, al contrario, el desarrollo del conocimiento es el único que puede favorecerlos en el combate contra el enemigo común que, en la contemporaneidad, está representado en el imperiocapitalismo globalizado.

¿Qué es lo que ha sucedido con la enfermedad de las vacas locas o -dicho en términos académicos de alto nivel científico- la encefalopatía espongiforme bovina?. Si se pesquisa histórica y socialmente cómo se ha ido produciendo el consumo de carnes, tanto de las rojas como de las carnes blancas, se observará que el mismo normalmente -en principios de la modernidad en los centros urbanos- fue casi de exclusivo uso de los sectores más acomodados de la población, de la burguesía. El proletariado se alimentaba con hortalizas, legumbres, tubérculos y, esporádicamente -quizás para festividades- recurrían a la carne. Pero los precios de ésta ha disminuído proporcionalmente y en la actualidad se ha convertido en un alimento de consumo habitual para los sectores del proletario que aún no se han visto afectados por el fantasma de la desocupación. Más, vale la pena observar que se ha invertido la pauta de consumo alimenticio según el criterio estratificacional; por una cuestión de moda, apoyada en criterios de consumo light (Rodriguez Kauth, 1999b) que está íntimamente relacionada con aspectos estéticos -pero que intenta justificarse en una base con criterios médicos pretendidamente científicos- los sectores acomodados han dejado de consumir carnes en la proporción en que lo hacían antaño, especialmente las carnes rojas, ya que se aduce que las mismas provocan un aumento sustancial del colesterol. Ahora bien, si se considera que existe un mayor número de consumidores carnívoros, entonces se comprenderá que los productores de carne estén obligados a producir mayores cantidades de la misma, aunque para eso tengan que dejar de lado los criterios de calidad del producto. De tal suerte, han convertido a animales herbívoros en carnívoros y hasta en caníbales de su misma especie.

La moderna tecnología en alimentos advirtió que convenía a sus intereses, para la alimentación de los animales de "engorde", que se utilizara lo que se conoce como "alimentos balanceados", es decir, una combinación de la comida habitual de los vacunos unida a los deshechos de otros vacunos sacrificados en el matadero; pero que no tienen valor económico alguno o el mismo es muy escaso, como suelen ser las vísceras, los huesos, etc., los que previamente han sido esterilizados y mezclados -por trituración- con el alimento vegetal habitual. De esta manera se obtenían animales de mayor peso y más velozmente. Y esto trajo sus consecuencias nefastas en la salud de los animales luego de varios años de haberlos hecho caníbales sin su consentimiento; ahora presentan una enfermedad semejante a las de algunas tribus caníbales del Pacífico Sur y del Africa central, por la cual se ve afectado su sistema neurológico lo que les hace perder estabilidad, teniendo un movimiento bamboleante y, con ello, hasta pérdida de peso que era lo que se quería evitar.

Todo esto ha planteado no solamente un problema económico a los productores de carne, ya que en Europa desde la aparición del síntoma se consume una cantidad considerablemente menor de cárnicos bovinos por temor de la población a contraer la enfermedad (10); sino que también ha provocado un serio cuestionamiento ético sobre la base de la manipulación transgénica que se realiza con los animales y, en la actualidad, se realizan ingentes esfuerzos por erradicar la enfermedad retornando al consumo del pienso "normal" -de base vegetal- en los animales, tanto bovinos, ovinos, porcinos como de aves de corral y caprinos.

Sobre los avances de la tecnología en producción animal se han lanzado como aves de rapiña diversos grupos autodefinidos como "progresistas", los que le adjudican intenciones casi diabólicas a aquélla, enancados en sus argumentaciones en los temores de la gente común y corriente. Pero eso es un craso error, la culpa no la tiene el chancho -en este caso la vaca- sino el que le da de comer. Y es que el mundo está inmerso en la vorágine de la ganancia inmediata, a corto plazo y, en consecuencia, ha entrado en la variante -para el caso que nos ocupa- de un modelo "loco" para la producción ganadera. No se trata de producir más alimentos para que los puedan consumir los pueblos hambreados de Africa, Asia o América Latina, sino que se trata de producir mucha cantidad de alimento a bajo costo, para poder venderla barato a quienes aún son consumidores del producto en los grandes centros comerciales de la metrópoli. Pero, como se ve, existe una constante perversa: vender, sin importar la calidad de lo vendido. Es decir, la puesta en marcha del modelo capitalista, en este caso en la producción de bienes ganaderos.

Pero de esto -como de los múltiples ejemplos que se pueden aportar (11)- no tiene la culpa la ciencia, sino que la responsabilidad recae en una industria automotriz que pretende vender cada día vehículos más rápidos porque ésa es la demanda de los consumidores que fueron impelidos a ello a partir de una publicidad enfermiza.

Otro tanto puede afirmarse del uso de las computadoras, sin dudas que la aceleración de las comunicaciones se ha visto facilitada mediante su utilización, como así también el de las operaciones de todo tipo, pero por el camino ha quedado el tendal de desocupados que fueron reemplazados por máquinas, incluyendo a los robots. Y nada que añadir cuando una computadora se infecta por las travesuras de un "pirata informático" y pierde los datos que sirven para pagar los salarios de millares de trabajadores, o afecta la base informática para realizar una operación quirúrgica que está en ejecución; etc., etc. En estos casos no se puede atribuir alegremente culpabilidad ni a la ciencia ni a la tecnología, sino que -aunque sea reiterativo- el único responsable es el modelo político económico vigente. Mas estos dislates no son patrimonio exclusivo del capitalismo, baste recordar que en los finales de la década de los años 50, el dictador soviético J. Stalin prohibió la investigación agraria con híbridos -que por entonces estaba en pañales- ¡porque los mismos se oponían a los presupuestos "científicos" que habían señalado los patriarcas C. Marx y F. Engels (Engels, 1871)!. Es decir, todos los modelos políticos tienen sus fallas, por lo que es preciso que la población de a pie, la del llano, sea capaz de intervenir, de manera directa o indirecta, con acciones que permitan rápidamente rectificar los rumbos no deseados y perjudiciales para la calidad de vida, a la vez que aprovechar los nuevos conocimientos en beneficio de la humanidad toda.

Del mismo modo, la explosión de conocimientos que ha producido el descubrimiento y la lectura del genoma humano, aún sin saber mucho sobre la naturaleza de esos genes y de sus posibles interacciones, el patrón de actividad ofrecerá el diagnóstico más preciso que haya existido jamás sobre cada enfermo concreto. Y, en muchos casos, también le permitirá al médico que posea la información genómica de su paciente, predecir una enfermedad muchísimo antes de que pueda sospechar su riesgo.

Luego de esta larga perorata, creo que es hora de afirmar taxativamente que tenerle miedo a los avances científicos es un disparate propio de enanos mentales. En todo caso lo que se debiera hacer es un control más efectivo sobre las aplicaciones de la tecnología que son aprovechadas sobre esos conocimientos, con el propósito de evitar que se causen daños no deseados por y para la mayoría de la población mundial.

Con la lectura reciente de lo que se ha dado en llamar "El Libro de la Vida" o también "El Manual de Instrucciones" para entender la constitución del ser humano, es decir, del mapa del genoma humano, entiendo que se ha logrado uno de los progresos científicos más notables de la historia de la ciencia. Sin embargo, inmediatamente que fueron dados a conocer sus primeros hallazgos, no faltó el sonido de las voces agoreras, surgidas del seno de la propia comunidad científica, que anticipaban que la divulgación de estos datos pondría en peligro la condición laboral de aquellos trabajadores que tengan en su mapa vital alguna enfermedad incurable. Esto parece cosa no de "vacas locas", sino de "científicos locos". ¿No era que gracias a tal descubrimiento se podría bloquear el avance de las enfermedades de transmisión genética?. Entonces, ¿en dónde está depositado el miedo?. Son las mismas voces que nos dicen -y pretenden asustarnos- aduciendo que fumar provoca cáncer (Rodriguez Kauth, 1995) y, sin embargo, ahora sabemos que las más altas probabilidades de contraer la enfermedad ya está inscripta en nuestro organismo. Da la impresión que a algunos científicos -o que se dicen tales- les asusta el progreso, temen lo novedoso. Con la lectura del mapa genético temen perder -al igual que los monjes cuando se inventó la imprenta- su trabajo en la práctica médica. Pero se olvidan que con estos hallazgos la medicina va a cambiar radicalmente su perspectiva de trabajo, va a dejar de ser "curadora" y lo va a reemplazar por el de reparadora de los daños que traiga el organismo desde su gestación; aunque a los "sanadores", siempre les quedará el espacio de atención a los accidentados, los cuales no traen inscripción genética alguna que informe acerca de que van a perder una pierna cortando el césped de su jardín con una máquina eléctrica, o con una vieja hoz, pero sin el martillo que sirva para matar a las hormigas, ya que una práctica de tal tipo traerá malos recuerdos en la evocación de los anticomunistas ultramontanos supervivientes aún.

Uno de los serios y graves peligros que se corren por el uso indiscriminado de la información genética radica en otros aspectos. El enorme incremento en la capacidad de predicción médica -¿quién está más expuesto a una enfermedad?, ¿cuándo es probable que se manifieste?- que suponen los datos que se presentaron públicamente, ha llevado a la élite de la genética mundial a aconsejar a los gobiernos que promuevan la legislación necesaria para impedir la discriminación social -laboral y económica- basada en la nueva tecnología que se pondrá en marcha. Particularmente con la intención de impedir que las empresas aseguradoras caigan en la tentación -siempre presente en la voracidad capitalista- de personalizar los costos de los seguros -médicos, de vida, de pensión, etc.- según sean los niveles de riesgo genético del cliente que lo solicite. Aquí es donde debe intervenir una legislación prudente que actúe con el fin de contrarrestar las tentaciones -siempre acechantes- de las compañías aseguradoras de personalizar las primas de riesgo en términos de los estudios que se le hagan al mapa genético del asegurado para, en función de ello y en caso de aparecer en el mismo alguna enfermedad hereditaria, aumentar el costo de la prima del seguro o, directamente, no asegurarlo si es un cliente muy riesgoso, que provocará gastos mayores a los estimados. Esperar más tiempo es -en este caso- imprudente, ya que cuando los tests de diagnóstico genético estén a la venta pública, será muy difícil enfrentar la presión de las aseguradoras -a través de los lobbys, siempre alertas en los ámbitos parlamentarios- para frenar una legislación restrictiva a sus intereses.

Los gobiernos también deberán enfrentarse al creciente reto de incluir estas técnicas diagnósticas en las prestaciones gratuitas de sus países ya que sería discriminatorio que solamente pudieran acceder a las modernas terapias quienes pudieran pagar costos elevados. En este lugar es preciso recordar la figura de N. Maquiavelo (1513) -quien en esto recuerda al Dante- cuando señaló que "no se sabe lo que no se conoce" y, para él, hacer política es prever las consecuencias futuras de los actos que se comprometen cuando son puestos en marcha. Asimismo, para poder prever con alguna certeza, es preciso recordar los aciertos y errores en que se ha incurrido en el pasado, sea este cercano o lejano. Sin embargo, para Maquiavelo la historia no es condenatoria, en el sentido de ser repetitiva de sí misma, sino que -por el contrario- representa una disciplina que se abre como un abanico de nuevas aperturas dirigida hacia horizontes creativos y originales.

De cualquier manera, para el avance del quehacer de la ciencia, la publicación de los informes de la secuencia de las bases químicas que componen el ADN, les abre las puertas para mayores desarrollos en beneficio de la salud -humana, animal y vegetal- ya que la curación de enfermedades que tienen un componente genético hereditario, como por ejemplo el cáncer o la diabetes, estará cercana; ya que si se llega a entender el funcionamiento de la maquinaria del cuerpo, será más fácil su reparación.

Antes de abandonar el campo de trabajo de los científicos, es interesante recordar que estos suelen tener fama, entre la población no perteneciente a la casta privilegiada de los sabios, que éstos son personajes extraños, exóticos, con conductas que -en general- se salen de lo habitual, precisamente por su afán de innovar de modo permanente. Pero de lo que no están exentos los científicos es de sufrir miedos individuales, ya se llamen ansiedades o alcancen los extremos de los ataques de pánico. Al respecto, es interesante recordar que uno de los que advirtió sobre las transformaciones de la cadena biológica, C. Darwin (1982), sufría de miedos irracionales que él mismo reconocía como tales. Darwin era un depresivo y esta sintomatología suele venir asociada con ansiedad y miedo que, en el caso de Darwin llegaba a la agorafobia, síntoma que le hizo decir "Ya no puedo salir, todo me cansa, hasta contemplar el paisaje [...] Lo tengo todo para estar feliz y contento, pero la vida se ha hecho para mí muy penosa".

El propósito de este libro es demostrar, con argumentaciones fisiológicas -no más abundantes que las ya presentadas- psicológicas, psicosociales e históricas que, aquello que se denomina la "sensación" de miedo -no estamos hablando de ataques de pánico, sobre los que ya volveremos- es la de que los miedos, los temores, han servido para movilizar a las conductas humanas, tanto individuales como grupales o de los grandes complejos societales, en el decurso de la historia.

c) Los miedos individuales, enfermedad y muerte.

Desde lo meramente individual, Freud (1895) hizo referencia al miedo como una condición ineluctable para que las personas no tengan capacidad para superar sus síntomas neuróticos, ya que si así lo hicieran surgiría el temor a que se produzcan daños aún más graves y dolorosos para el sujeto. Asimismo, en dicho texto, coloca al miedo como un síntoma semejante a "... la angustia, la vergüenza o el dolor psíquico", que son conducentes a la aparición del trauma. El propio Freud escribía ya acerca del miedo, que surge ante "lo novedoso" (1895b), a la par que añadía que ocurre algo semejante con el miedo "... a las personas extrañas" que, en su caso, manifiesta la misma paciente que él atendía -la Sra. Emmy-. Sin dudas que a ésta -según los relatos hechos por Freud- podría aplicársele un glosario completo de fobias hacia los objetos más insólitos que imaginar se pudiera, como por ejemplo, los gusanos, las tormentas, la niebla, los castigos, etc.

El caso de las fobias a las "personas extrañas" -que en momento alguno Freud llama por su nombre, es decir, xenofobia- merece una consideración especial desde una lectura psicosocial y psicopolítica; esto se debe a que la xenofobia trasciende el espacio de la neurosis individual para convertirse en un auténtico trauma con consecuencias sociales severas. Evidentemente que si una persona le tiene fobia a las serpientes, a los lugares cerrados o abiertos, a los padres y a demás objetos con nombre y apellido, eso será muy doloroso para ella y quienes la rodean -sobre todo hace poco menos que imposible una cordial convivencia- pero esto no trasciende más allá del plano personal, de la intimidad. En cambio, cuando se trata del temor a los extraños, la situación se complica, ya que deja de ser una patología que afecta el orden personal para ser traslada al orden de lo grupal, a lo colectivo, dónde afecta a otros que no tienen arte ni parte con su conflictividad, pero que sufren las consecuencias de la misma de manera harto dolorosa, como son las persecuciones, insultos y hasta matanzas que pueden llegar al nivel del genocidio, sobre el cual la historia contemporánea tiene múltiples ejemplificaciones. Sobre este tema tan preocupante para la vida social, ya nos ocuparemos con más intensidad en el capítulo noveno, debido a que el desarrollo intelectual del mismo merece una particular atención desde nuestra particular perspectiva de concebir lo psicosocial y lo psicopolítico.

También en otro texto (1895c) el propio Freud hace referencia a la tan conocida enfermedad -muy utilizada por sus beneficios secundarios- cual es la hipocondría, como el síntoma con que se testimonia el "miedo a la enfermedad" que, podemos añadir, es el miedo a sufrir dolor, tanto en el plano de lo físico como en el de lo psíquico, el cual además de resultar displacentero, no deja de ser un paso previo -o anunciador- de la muerte a la que necesariamente estamos condenados todos los seres vivos. Nuestra contradicción de base -y que facilita la explicación del resto de las contradicciones que podamos llevar con nosotros a lo largo de nuestras vidas, sean ideológicas, conductuales, etc.- es la de que nacemos para morir, lo cual no deja de revelar un sino trágico en la vida de los individuos y las culturas. Acerca de la tragedia de la vida marcada por este final que no por deseado deja de ser esperado, cual es la muerte, y que a nadie sorprende, no solamente fue tratado por los prosistas y poetas de la antigüedad, sino que más modernamente L. Feuerbach (1830) le dedicó páginas memorables a lo que él llamó los "pensamientos" sobre aquélla y sobre una quimera que ha estado en los sueños de cualquier niño y hasta de adultos aniñados o afiebrados con las lecturas de ciencia ficción, cual es la inmortalidad. Asimismo, en la contemporaneidad Ariès (1980) dedicó páginas sumamente interesantes al tema de la muerte y a los rituales que culturalmente la rodean.

Por otra parte, tal temor a la enfermedad -que en su forma exagerada y patológica es la hipocondría- si bien Freud no lo analizó detenidamente, presenta a veces una forma extraña de expresarse, casi paradójica, cual es la de no siempre expresarse de manera abierta, es decir que en algunas oportunidades se testimonia por el ocultamiento o disimulación que de la misma que hace quien ls sufre. Esto fue demostrado por el médico psiquiatra y librepensador argentino J. Ingenieros (1900) respecto a la locura, cuyos síntomas pueden ser a veces utilizados como un beneficio secundario, por ejemplo así lo hacen los condenados a penas de prisión, que suelen simularla para así gozar de "mejores" condiciones en sus encierros forzosos. Entre tales beneficios se puede contar con la posibilidad de habitar pabellones más cómodos para su alojamiento, una alimentación más sustanciosa y sin sufrir los rigores disciplinarios de la vida carcelaria, ya que normalmente son internados en dependencia médicas. Pero, en general, la enfermedad mental es un tipo de enfermedad que se procura esconder o disimular, por todo lo de peyorativo que encierra -en el sentido de siniestro u ominoso- y que está depositado en ella, que cada uno de nosotros depositamos en ella; aunque Erasmo (1507) se haya ocupado en hacer su "elogio". Vale decir, hay un miedo oculto a mostrar posibles síntomas psicóticos que nos hagan entrar en la categoría de locos, no por lo doloroso de la enfermedad en sí misma -dicen que los psicóticos no sienten sufrimientos por padecerla- sino por el dolor que se sufre ante el entorno social, frente a los "otros", los amigos, la familia. siendo de este modo que se anticipa a tal diagnóstico ominoso y se tiende a prevenir sus consecuencias (McClelland, 1961) haciendo esfuerzos por ocultarla o disimularla.

Retornando a las observaciones de Freud sobre los miedos, debe hacerse notar que un año antes a los escritos mencionados -en 1894- ya había definido como sinonímicos a los miedos con las fobias, aunque no por eso deja de distinguir ambas categorías nosológicas al señalar que las mismas, cuando entran en combinación con las obsesiones, terminarán por desarrollarse "... como síntoma de las neurosis de angustia".

Pareciera ser que como individuos podemos tener reacciones de miedo a las situaciones y a los objetos más inverosímiles, aunque muchos de ellos no sean siempre tales, como el miedo de los estudiantes o colegiales ante las situaciones de exámenes. Este tema lo desarrolla Freud en sus ensayos sobre una teoría sexual (1905) y sobre los que ya había hecho mayores avances en sus interpretaciones de los sueños (1900). Esto, en la actualidad del Siglo XXI no es tan inverosímil, sobre todo cuando los estudiantes tienen conciencia de que no han estudiado lo suficiente como para presentarse a la evaluación. Al respecto valga una anécdota cómica que leí en el periódico de la Universidad Complutense de Madrid a inicios del año 2000. En el mismo, un grupo de profesores de un servicio de Psicología de aquella Facultad, afirmaban que en 15 minutos lograban sacarle el miedo a rendir examen a los alumnos. Pregunto ¿y si el miedo era porque no habían estudiado, qué harían los "talentosos" psicólogos cuando el examinando viniera a reclamarles por el aplazo que obtuvo? (12).

Pero no solamente los miedos que portan los sujetos neuróticos han de ser exclusivamente de orden individual. El propio Freud (1896) dedica un particular espacio a la existencia de los miedos morales, es decir, a los reclamos de la propia conciencia, los cuales conducen a que las personas sostengan un conjunto de escrúpulos que pueden ser estimados -desde una lectura externa- como exagerados. Esto lo profundiza en el mismo texto y, más adelante, subraya que para la neurosis obsesiva se hace presente el "miedo social", en términos de la condena que se pueda sufrir por un delito o falta cometida. Asimismo, destaca al "miedo a la tentación" como una desconfianza por la escasa resistencia moral que se cree tener frente a los estímulos "pecaminosos"; a todo lo cual agrega la existencia del "miedo religioso", que es propio de quienes depositan sus lealtades en las fuerzas sobrenaturales y, agrega, el "miedo a delatarse", aunque éste último bien podría estar asociado a lo que él llamó "miedo social". También en los mencionados Ensayos (1905) agrega a la larga serie de temores, con lujo de detalles, el "miedo a la muerte". Sobre este miedo -del que ya habláramos en páginas anteriores- Freud retorna a tratarlo en 1908, donde hace referencia a que el miedo a la muerte puede funcionar como un limitador a la capacidad de goce sexual. Es verdad, por aquel entonces no se conocían los "ataques de pánico", por lo cual no pudo señalar que el miedo a la muerte puede ser un conductor a provocar la misma muerte de quién se siente en tal estado (13). En este punto es interesante recordar que hace más de dos mil años el notable pensador romano Lucrecio (99-55), sobre cuya obra volveremos con más intensidad en un capítulo posterior, se había propuesto liberar a la humanidad del miedo a la muerte, como así también de los temores a los dioses, dos de las principales causas que en su opinión provocaban la infelicidad humana. Más recientemente, el dramaturgo rumano E. Ionesco, dedica sus últimas producciones literarias al miedo a la muerte, aunque siempre fiel a su técnica del manejo del absurdo.

Cuando Freud se refiere al caso de Hans (1909) es el lugar en el cual alcanza a distinguir con claridad las diferencias entre la angustia y el miedo. Dice que su joven paciente lo que en realidad tiene es angustia y no miedo, ya que al no poder decir -no poder ponerle palabras a lo que le sucede- a qué le tiene miedo -por ejemplo, en sus frecuentes paseos con la niñera- es porque realmente él no lo sabe; entiende Freud que así se corresponde la angustia con un deseo reprimido. Algo semejante relató años más tarde P. Levi (1958), cuando recuerda que con una compañera de viaje a la muerte -hacia el campo de exterminio de Auschwitz- la última noche "Nos contamos entonces, en aquel momento decisivo, cosas que entre vivientes no se dicen. Nos despedimos, y fue breve; los dos al hacerlo nos despedíamos de la vida. Ya no teníamos miedo".

Freud, en 1910, atinadamente señala que "El nacimiento, primer peligro de muerte para el individuo se constituye en prototipo de todos los peligros ulteriores que nos producen angustia, siendo probablemente este suceso el que nos lega la expresión de aquel afecto al que damos el nombre de miedo o de angustia". Sin embargo, para el sentido exegético de los psicoanalistas de entonces, cuando apareció la figura de O. Rank (1924), poniendo sobre el tapete el trauma del nacimiento como el primer miedo o angustia que se sufre al salir del protector y seguro claustro materno, fue rápidamente "excomulgado" por sus colegas.

Más adelante -1913- Freud hace referencia a algunos miedos de los hombres "primitivos", a los cuales erróneamente -y con criterio inexcusablemente racista- llama "salvajes", que "... confiesan su miedo a los espíritus de los enemigos muertos". Más adelante añade que "Los salvajes no intentan disimular, en efecto, el miedo que les inspira el posible retorno del espíritu del difunto y recurren a multitud de ceremonias destinadas a mantenerlo a distancia y expulsarle". En estas líneas es posible observar aquello de la disimulación, a lo que trece años antes hiciera referencia Ingenieros (op. cit).

Más tarde, dentro de su prolífica obra escrita, Freud trata lo que llamó el Hombre de los Lobos (1918) y, ahí retoma el tema del miedo a la muerte, asociado con el del temor a la castración, elemento este último sobre el que posteriormente se hiciera hincapié en las múltiples lecturas psicoanalíticas, hasta convertirse en una suerte de caballito de batalla. El temor a la castración ya había sido buceado al tratar el tema del narcisismo (1914), en donde se refiere concretamente al "... complejo de la castración (miedo a la pérdida del pene en el niño) y envidia del pene en la niña". En 1915 retoma el tema de "... que la angustia surge sin que el sujeto sepa que es lo que le causa miedo".

Es decir, Freud agrega un temor más a todos los que tenemos, en este caso es algo así como "palos porque bogas, palos porque no bogas", ya que quienes tenemos dicho instrumento de placer y procreación (14) tememos perderlo, en tanto que quienes no han sido dotadas por la madre natura de él, envidian a los que lo tenemos con algo así como si fuera que temen perder lo que nunca se tuvo. A su vez, en un texto (1915b) publicado en ocasión de la Primera Guerra Mundial dice que "El miedo a la muerte, que nos domina más frecuentemente de lo que advertimos, es, en cambio, algo secundario, procedente casi siempre del sentimiento de culpabilidad". Palabras que expresadas en el contexto mundial de una guerra desvastadora resultan -por no ser atrevido para con la pléyade de legionarios que mantienen sobre el diván el retrato de su ídolo preferido, cual si un adolescente pusiera el de una bailarina o un jugador de fútbol- como mínimo patéticas. La única culpa que puede sentir un combatiente no voluntario, o una persona del pueblo que no está en el frente de combate, es la de haber nacido en ese lugar y con tales gobernantes que los han arrastrado el homicidio colectivo sin comerla ni beberla.

En una obra del año 1917, Freud hace la presentación en sociedad del temor a la ruina, al empobrecimiento, es decir, a perder lo logrado. Con lo cual no se justifica el anterior temor a la castración por parte de las féminas, que nunca lograron tener un pene de uso propio, aunque las fantasías les indiquen que sí se lo tuvo y se perdió por el camino de la vida, con el corte castrador de alguna "autoridad".

El tema del miedo a la castración es retomado en una obra de 1923, cuando insiste en que dicho temor es el "... nódulo en torno del cual cristaliza luego el miedo a la conciencia moral". Agregando que frente a la muerte no existe miedo, sino angustia, ya que al ser un concepto abstracto de contenido negativo no tiene correlato en el inconsciente. Esto aparece como un disparate intelectual por tres razones: a) no porque no se registre en el inconsciente algo ha de dejar de existir, tal argumentación se asemeja a las soluciones solipsistas de los antiguos filósofos griegos, para quienes aquello que no tiene un registro perceptual no está en el mundo de lo real; b) no hay necesidad alguna de que un concepto abstracto de contenido negativo no pueda registrarse en el inconsciente ya que entonces tampoco se podrían registrar los temores a la enfermedad ni a lo novedoso -que son abstracciones mientras no se haya sufrido alguna o se haya enfrentado lo original- y; c) debido a que -aceptando que no haya registro inconsciente- esto no es óbice para que se le tema, como que de hecho el propio Freud reconoce el temor a la muerte en otros textos citados. Pero es Freud quien tres años más tarde, en Inhibición, Síntoma y Angustia (1926), se desdice de su falaz argumento cuando afirma que: "Mantenemos, pues, nuestra hipótesis de que el miedo a morir ha de concebirse como análogo al miedo a la castración...".

Para la misma época de uno de los textos citados un par de párrafos antes, en uno de 1916-17, Freud se refiere concretamente a que "La única actitud racional ante la amenaza de un peligro consistiría en comparar nuestras propias fuerzas con la gravedad de dicha amenaza y decidir después si el miedo más eficaz de escapar al peligro es la fuga, la defensa o incluso el ataque. En esta actitud no hay lugar alguno para la angustia, lo cual no puede influir en el desarrollo de los hechos, constituyendo, en cambio, un nuevo peligro para el sujeto, pues cuando alcanza una cierta intensidad llega a paralizar toda acción de defensa, impidiendo incluso la fuga". Estas líneas resultan más que interesantes, ya que habla de la paralización de la conducta como efecto del miedo, algo que es observable empíricamente por cualquier persona. Líneas más adelante, en el mismo texto, el propio Freud se encarga de distinguir los términos angustia y miedo. Para él ",,, la angustia se refiere tan solo al estado, haciendo abstracción de todo objeto, mientras que en el miedo se halla precisamente concentrada la atención sobre una determinada causa objetiva". Creo que aquí estamos en presencia de una distinción conceptual que facilita la diferenciación entre uno y otro estado de ánimo. Esto mismo queda mejor aclarado en Más Allá del Principio del Placer (1920) cuando dice que "La angustia constituye un estado semejante a la expectación del peligro y preparación para el mismo, aunque nos sea desconocido. El miedo reclama un objeto determinado que nos lo inspire". Con esto se puede afirmar que tanto la angustia como el miedo todos los podemos tener, pero la primera se encuadra en el campo de lo interno, de lo que se siente sin razones objetivas para estar mal, mientras que el miedo requiere de elementos objetivos para disparar el sistema de alarma que nos protege de él o, que al menos, nos hace poner en marcha aquellas reacciones neurofisiológicas defensivas ya mencionadas, las cuales van desde la huida del campo hasta el ataque feroz contra el objeto productor del temor.

Valga como ejemplificación señalar un caso interesante de paralización por el temor, cual fue el que sufrió el actor teatral británico I. Holmes, quien en medio de una función fue aquejado por un repentino ataque de miedo escénico, merced a lo cual se mantuvo alejado de "las tablas" por 17 años.

En 1921 Freud hace una observación interesante al señalar que cuando se rompen "... los lazos recíprocos, surge un miedo inmenso e insensato". En este punto Freud ya hace la separación del miedo con el pánico y rechaza de plano los postulados de Mac Dougall (1920) de que el pánico no guarda una relación simétrica con el tamaño del peligro o la amenaza, todo lo cual concluye en que "Resulta, pues, que el miedo al pánico presupone el relajamiento de la estructura libidinosa de la masa y constituye una justificada reacción al mismo, siendo errónea la hipótesis contraria de que los lazos libidinosos de la masa quedan destruidos por el miedo ante el peligro". Estas palabras las considero como seriamente atinadas, ya que tal afirmación muy bien se puede demostrar con cantidad de hechos históricos.

En obras posteriores, Freud incursiona por temas relacionados con lo religioso y, en El Porvenir de una Ilusión (1927), hace referencia explícita al papel que juegan las religiones en la vida de las personas. Concretamente, frente al tema que aquí nos ocupa señala: "El gobierno bondadoso de la divina Providencia mitiga el miedo a los peligros de la vida: la institución de un orden moral universal, asegura la victoria final de la Justicia, tan vulnerada dentro de la civilización humana, y la prolongación de la existencia terrenal por una vida futura amplía infinitamente los límites temporales y espaciales en los que han de cumplirse los deseos". Sin dudas que estas palabras guardan relación con el temor a la muerte, ya que reconoce que las religiones -sobre todo las monoteístas- aseguran alguna forma de resurrección o de transporte del "alma" a otros espacios ignotos. Vale decir, reconoce Freud nuestra incapacidad para conocer el infinito, ya que siguiendo los postulados de los filósofos materialistas griegos, "solamente lo semejante conoce a lo semejante". Y los humanos somos seres finitos que aprendemos que nacemos para morir; frente a ese destino dramático, las religiones ofrecen una suerte de salida elegante con su reaseguro de la vida eterna ... siempre que hayamos sido fieles y cumplidores con el dios que nos la prometió.

Posteriormente, en El Malestar en la Cultura (1930), Freud admite la existencia de "... dos orígenes del sentimiento de culpabilidad: uno es el miedo a la autoridad; el segundo, más reciente, es el temor al superyó". Y, párrafos más adelante, hace referencia a la renuncia del sujeto a seguir los dictados que provienen de los instintos "... por temor a la agresión de la autoridad exterior". Sin dudas, esto ya lo había señalado de manera semejante Hobbes (1651), cuando se refirió a la necesidad que tuvieron los primeros hombres en salir "del estado de naturaleza" que los dejaba sin protección recíproca para defenderse de las agresiones del medio ambiente y de otros grupos sociales organizados. Al respecto, vale recordar los dichos de Montesquieu (1721) sobre el tema del estudio de las sociedades y su respuesta irónica ante tales devaneos, cuando expresó que "He visto que comenzaban investigando atentamente cuál era el origen de las sociedades, cosa que me parece ridícula. Si los hombres no se asociaran, si se desviaran y huyeran unos de otros, entonces si que sería necesario averiguar las causas ... pero los hombres nacen conexos unos con otros, un hijo nace al lado de sus padres ... y se queda con ellos; eso es la sociedad y el origen de la sociedad...".

Un año después, 1931, Freud hace alusión a lo que denomina los "tipos obsesivos", cuyas personalidades "... se hallan dominadas por la angustia ante la conciencia, en lugar del miedo a la pérdida de amor, exhiben, por así decirlo, una dependencia interna en vez de externa: despliegan alto grado de autonomía y socialmente son los verdaderos portadores de la cultura con orientación predominantemente conservadora". Esto no se condice en absoluto con lo que desde hace años se viene sosteniendo desde la sociología y la política (Adorno, 1950; entre muchos otros estudiosos de la temática) apoyadas en los conocimientos de la Psicología Política; precisamente los individuos con orientación conservadora no son los portadores de la cultura, sino que -en todo caso- son sus asesinos, en tanto y cuanto la están matando por el anquilosamiento que produce la endogamia cultural y la falta de contacto con los "otros". Sin dudas que la falta de conocimientos sociológicos lo llevó a Freud a sostener tamaño dislate intelectual.

Un par de años más tarde, en Nuevas Conferencias de Introducción al Psicoanálisis (1933) sostiene poseer una "... segura explicación" para el fenómeno del temor "... a la soledad y a las personas extrañas". Para lo cual afirma que "La soledad, así como las caras desconocidas, despiertan la añoranza de la madre...". Si se quiere, un tanto jocosamente, podríamos afirmar que porque añoro a mi madre le rompo la cabeza a una cara extraña -especialmente si es la de un extranjero- como ocurre en los episodios de las expresiones xenófobas.

d) Temores públicos a cuestiones de la vida privada.

Uno de los temores más difundidos entre los hombres públicos es el de que se tome conocimiento sobre su posible homosexualidad, sea ésta tanto activa como pasiva y, fundamentalmente, esto se ha dado en las épocas posteriores a las grandes civilizaciones clásicas (15), tratándose de disimularla y ocultarla. Al efecto, el General británico B. L. Montgomery es un ejemplo elocuente con respecto al ocultamiento y negación de su posible homosexualidad, la cual aún se mantiene en una discreta nebulosa histórica para no perjudicar la memoria de uno de los más notables héroes de guerra de su país, pero que en su momento lo hizo alejarse de las actividades políticas -en las que podría haber tenido una destacada actuación- por temor a que se divulgaran algunos hechos que le hacían temer que se expusiese al conocimiento público esta faceta "non sancta" de su vida privada. Otro tanto ocurrió con el creador del famoso F. B. I. norteamericano, J. E. Hoover, quien tenía conductas transexuales semanales que eran "cubiertas" por los propios agentes del servicio de inteligencia que el dirigía.

Estos ocultamientos temerosos obedecen a que se considera que un funcionario de gobierno que transita por los senderos de la homosexualidad no es funcionario confiable, porque no se ignora que alrededor de aquellas prácticas se mueven intereses económicos y políticos de la mayor cuantía. En la cama, el hombre no sólo ansía no ser sexualmente impotente, sino que pretende como expresión megalómana, aparecer omnipotente frente a su compañera/o de lecho. En este sentido es que la Iglesia Católica considera que interviene la vanidad como forma pecaminosa concurrente con la lujuria del placer sexual. Puesto en esa situación el hombre habla, y habla de más. Hay cuatro cosas que son capaces de soltar la lengua: la tortura, el alcohol, el dinero y el sexo. Es por eso que tanto los actos homosexuales, como los heterosexuales -por afuera de la sacrosanta institución del matrimonio- tal como ocurriera con las relaciones de los hermanos J. y R. Kennedy cuando eran los mandamases de los EE. UU., en sus relaciones privadas con la célebre y bellísima actriz M. Monroe, se pretenden disimular a la luz pública. Es debido a que se teme por la seguridad del Estado y de sus ciudadanos. Esto es en razón a que en tales situaciones de alcoba, no solamente pueden revelarse secretos de Estado, sino que también los servicios de contraespionaje llegan a reconocer datos personales del protagonista con "poder" y, los mismos, pueden ser utilizados con fines extorsivos en el futuro.

f) Miedo: una contradicción.

Para finalizar con esta Introducción, que ya se ha hecho bastante larga, es interesante destacar que el miedo, así como puede llegar a paralizarnos, sin embargo presenta una faceta paradójica, cual es la de atraernos, cautivarnos, seducirnos. Es decir, por un lado ejerce una suerte de rechazo centrípeto, mientras que por otra parte realiza una atracción centrífuga. Para lo cual utiliza -en general dos vías: 1) la mascarada estética y 2) la práctica de actividades objetivamente riesgosas.

1) Así, desde antaño subyugan a las personas los relatos acerca de seres sobrenaturales, leyendas asociadas con muertos que regresan, como por ejemplo, el padre de Hamlet (Shakespeare, 1601); del mismo modo también el culto a los antepasados es algo que provoca miedo cuando se atraviesan cementerios en horas de la noche (16), ya que estos permiten la comunicación entre los muertos y los vivos según algunas leyendas primitivas. Respecto a las tradicionales leyendas familiares -o pueblerinas- de fantasmas o aparecidos que arrastran cadenas, es preciso considerar que generalmente los mismos se reiteran, por lo cual pierden el valor histórico como para considerarlas objetivamente.

Por otra parte, la literatura ofrece argumentos recurrentes que apelan al terror de sus lectores, los mismos vienen acompañados de mitos cargados de venganzas y maldades; se trata de relatos literarios que han sido estigmatizados como esotéricos, historias de aparecidos, de fantasmas, los muertos que regresan redivivos (17), de seres fantásticos de todo tipo, desde extraterráqueos hasta los productos de la ciencia ficción que son construídos por diabólicas manos y mentes humanas enfermizas, etc. Y, más modernamente, hicieron su aparición en el mercado del miedo las expresiones asociadas a la industria cinematográfica, como son las películas y series televisivas de terror que suelen retornar a nutrirse en sus argumentos a aquellas antiguas fuentes de la literatura de horror.

Entre tanta ficción que circula, a veces ha sido preciso inventar hechos para que aparezcan como verdaderos, tal cual ocurrió con la leyenda de (santa) Juana de Arco, una muchacha de tan sólo 17 años que comandó las fuerzas francesas en la guerra de los Cien Años -cuando transcurrían ya 98- y que atacó París para liberarla de los invasores británicos, aunque con poco éxito ya que fue capturada y quemada en la hoguera durante el Siglo XV. Ella permaneció prácticamente desconocida para la historia y la leyenda, hasta que en el Siglo XVIII surgió el liderazgo de Napoleón entre los franceses, quien necesitaba una heroína nacional para infundir ánimo a su pueblo y quitar los temores que invadían a los franceses. Juana de Arco resultó la figura ideal para cumplir tal misión. Otro ejemplo más reciente se lo encuentra en los recursos en la búsqueda del esoterismo que puso en marcha el nazismo. Entre sus principales dirigentes -incluyendo a Hitler- H. Heydrich y R. Hess pusieron en marcha una maquinaria que se asentaba en antiguas leyendas germánicas y escandinavas que infundían valor en la población a fin de contrarrestar los miedos que se podían generar con sus delirantes propósitos (18). De ésa forma se van creando los mitos fantásticos que mezclan el temor con su contracara; el heroísmo y el valor.

Según Bioy Casares, "el género fantástico es tan viejo como el miedo" y antecede a la literatura propiamente realista. Ya en la antigüedad se escribían relatos en los que se mezclaba la magia con dioses corpóreos que se identificaban con el bien y/o el mal, siendo éstos últimos los representantes del terror que embargaba a sus creyentes o adoradores que, pese al miedo que les metían en el cuerpo, continuaban adorándolos, quizás por eso mismo, por el disfrute en la ambivalencia de la tranquilidad que ofrecían los dioses buenos y los temores que traían consigo los dioses malos. En el poeta romano Virgilio (circa 20 a. c.), se encuentra la epopeya histórica de la gloria armada en la conquista, expresada a través de un poema épico más, aunque junto a la epopeya hace su aparición el miedo que la misma acarrea entre dolores y llantos, tal como lo describe en el Libro Segundo.

Del mismo modo que durante el Medioevo los fantasmas hechizaban a los incautos, que eran la gran mayoría poblacional, siempre ha estado presente esa suerte de seducción -o de "atracción fatal"- que provoca lo desconocido, lo umbrío, aquello que se mueve entre las sombras de las noches plagadas de tormentas eléctricas, en las cuales hasta el más valiente prefiere quedarse abrigado en la cama ... leyendo un cuento de E. A. Poe o viendo por televisión una película sobre el regreso de los muertos vivos. Pero no solamente en la Edad Media había fantasmas, también existían miedos metafísicos, como el expresado por el eterno Dante Alighieri (1331) que, en su Canto Primero (19), recurre a ellos mientras recorre los vericuetos de la selva sombría que no es otra cosa más que la representación del pecado y, el propio Dante, en su paso por el Infierno, hace referencia al temor al castigo divino por haber llevado una vida dispendiosa antes de morir.

Curiosamente, fue durante el surgimiento del racionalismo "iluminado", en el Siglo XVIII, cuando tuvo su mayor auge -en la modernidad- tal tipo de literatura conocida como "historias de terror", que hicieron las delicias de niños y adultos, hombres y mujeres, que disfrutaron -y disfrutan- a la par que sufren escalofríos con las mismas, pero que son vividas por terceras personas con las cuales existe una suerte de identificación vicaria. Da la impresión que lo que se busca a través de tales relatos -tanto por parte del autor como del lector- no es tanto asustarse, sino que conscientemente sepamos que podemos asustarnos ... sin necesidad de padecer los tenebrosos efectos del miedo. Mas, si bien es cierto que el surgimiento de tal género literario coincidió con el racionalismo, también es cierto que la culminación del género se da a finales del imperio de la racionalidad iluminista y, sobre todo, en los principios de la centuria siguiente, con la novela gótica que es una suerte de reacción adversa al imperio de una racionalidad demasiado "racional". La ambientación de tales novelas se encuentra rodeada de paisajes lúgubres, donde impera la desolación, no faltando viejos castillos abandonados y abadías encantadas con accesos secretos y pasajes por los que transitan aquellos que vienen a asustarnos. La novela gótica bien puede ser considerada como la antecesora de la literatura de misterio y de las posteriores literaturas policiales y fantásticas. En todas ellas se encontrará como lugar común un territorio metafísico ambivalente, en el cual el bien y el mal están -aparentemente- representados de manera clara e indiscutible, aunque siempre dejan un sabor a si la realidad no será al revés de lo que se supone o nos quieren hacer suponer.

En la contemporaneidad han tenido notable éxito, al punto de convertirse en best sellers, las obras de S. King, autor norteamericano que recurre a diversos ardides, como los poderes telequinésicos, para atrapar a sus lectores. Sus ventas han sido de millones de ejemplares en todo el mundo y muchos de sus títulos han sido llevados a la pantalla con adaptaciones hechas, las más de las veces, por él mismo, a efectos de que no se perdiera el clima de terror que procura crear en el espectador y que -bien sabe- tanto lo atrae y así lo convierte en una "víctima" cautiva de su extraordinaria velocidad ante el procesador de textos.

Quizás hayan sido las obras de la novelista inglesa Mary W. Shelley -Frankenstein, 1818- y la del irlandés B. Stoker -Drácula (1897) las historias de miedo que más han fascinado a los lectores del mundo occidental -y los espectadores cuando sus guiones fueron llevados repetidas veces a las pantallas- las que mejor reflejan el espíritu romántico de su época. En la primera de ellas, que fue escrita por una mujer, se parte de la fantasía de crear seres humanos sobre la base de recolectar cadáveres, algo que hoy no debiera llamarnos la atención con las modernas técnicas de clonación. Es interesante remarcar que en dicha obra los críticos han visto generalmente la influencia del romanticismo de la época que se trasuntaba en la confianza depositada en la ciencia para lograr el progreso de la humanidad, lo cual es verdadero. Pero me permito añadir que también la autora se adelantó en casi un siglo y medio a la aparición del postmodernismo -como reacción contra la modernidad y el positivismo- con su crítica feroz contra los avances de la ciencia y sus descreimientos en muchos de sus logros.

De tal suerte, el Dr. Frankenstein, expresa sus sentimientos contradictorios por haber dado vida a tan extraña criatura: "Los distintos accidentes que ocasiona la vida no son tan mudables como los sentimientos humanos. Yo había trabajado durante casi dos años sin descanso con el único objetivo de dar vida a un cuerpo inanimado. Había renunciado al descanso y a la salud. Lo había deseado con tal ardor que excedía a cualquier sentimiento imaginable; pero ahora que lo había terminado, la belleza del sueño se desvaneció y un horror y repugnancia invadieron mi corazón". Es decir, la autora se permitió jugar hace casi dos siglos con la contradicción a la que nos somete el conocimiento, el ardor y la pasión puestos en él, como así también el miedo y el horror que nos provoca el monstruo que podemos crear.

En cambio, en la última de las dos novelas nombradas, el protagonista es un vampiro que se ha personificado en el Conde Drácula, pero eso no le resta un buen espacio a la presencia de heroínas acosadas por el personaje, las cuales se salvan no merced a los poderes de la ciencia, sino a los de la fe religiosa, sobre todo a la presencia de un crucifijo. Esto no es extravagante, si se tiene en cuenta que el nombre Drácula proviene de una sociedad honoraria católica del Siglo XV y que, en rumano, dicho nombre es sinónimo simultáneamente de dragón y de mal (Dollison, 1994).

A su vez, en la producción cinematográfica no pueden dejar de recordarse las figuras de los directores H. G. Clouzot -francés- quien se hiciera famoso por dos películas en que el suspenso que se ha depositado en ellas atraviesa el miedo de la platea espectadora: "El salario del miedo" (1953) y "Las diabólicas" (1955); y de A. Hitchkok -británico- con películas de alto valor artístico y de un profundo suspenso, tales como "39 Escalones", "Los pájaros" y "Psicosis".

Sin embargo, no es conveniente confundir al "cine negro" -el de las películas policiales que tuvo su origen en la década del '30 y que en los 40 culminara con la actuación del recordado intérprete H. Bogart en "El Halcón Maltés" (20)- con el "cine de terror". Mientras que en el primero rondan los personajes buenos totalmente buenos, a la par que los malos son absolutamente malos, en el cine de horror no se buscan tales pretensiones de identificaciones éticas o morales entre la platea y los protagonistas del film. Simplemente lo que los directores pretenden es hacer subir los niveles de adrenalina de los espectadores, merced al miedo que ellos les infundieron y así los embarga y sobrecoge.

Y, de la versión cinematográfica del Dr. Frankestein (1931, dirigida por J. Whalle), quién puede olvidar la actuación descollante de Boris Karloff (1867-1969) el cual, curiosamente, antes de hacer papeles de terror, trabajó junto a C. Chaplin en escenas infantiles de ternura sin igual.

Por último, en los testimonios plásticos también la emoción temerosa tuvo sus representantes, sobre todo a partir del romanticismo, el cual pretendía expresar tanto los estados de ánimo de las personas como una clara predilección por lo natural, particularmente lo que éste tenía de más misterioso y hasta salvaje y, consecuentemente, junto con las pasiones amorosas que eran la tónica preferencial, no podía dejar de tener un espacio el miedo. Para los románticos, lo sublime -en contraposición con la belleza- era la inmensidad, la que era capaz de provocar horror.

En esta temática, el maestro español Francisco de Goya y Lucientes fue un experto y, en su serie de caprichos, debe destacarse el aguafuerte "El sueño de la razón produce monstruos" (1797-99) y -particularmente una de las que más me agradan- "Saturno devorando a un hijo" (1821-23), como así también los lienzos correspondientes a la serie sobre la invasión napoleónica a España, entre los cuales merece una mención especial aquél que fuera titulado "El 3 de mayo de 1808 en Madrid: los fusilamientos en la Montaña del Príncipe Pío" (1814).

El romanticismo en la pintura dejó sus huellas para el futuro, de manera que durante el Siglo XX el surrealismo fue el espacio en donde se testimoniaban los miedos. En tal sentido, entiendo que en el "Guernica", de Picasso (1937), no tanto se provoca temor en quien lo contempla, sino más bien una sensación de horror, semejante a la del último cuadro mencionado de Goya. Y, para finalizar, me permito estimar que es la figura de R. Magritte -dentro de la plástica contemporánea- la que resulta la mejor exponente de la presentación de escenas tenebrosas mezcladas con un discreto y fino toque relativamente humorístico (Rodriguez Kauth, 1999c) tal como se lo puede observar en su serie de cajones mortuorios ubicados en diferentes posiciones, no solamente acostados, sino hasta sentados, como lo hace en "El balcón de Manet" (1950). Aunque, sin temor a equivocarme, me atrevo a afirmar que toda la obra pictórica de R. Magritte está atravesada por lo misterioso, lo sombrío, por las fantasías siniestras.

2) La otra vía que se utiliza para ser atraídos por el miedo es la de lo que se conoce como thrill, que es algo así como el placer que se siente por sentir miedo. Anticipemos que no se trata de una conducta francamente patológica, aunque la misma puede presentarse con fuertes condimentos relacionados a impulsos tanáticos de autodestrucción, o pulsión de muerte (Carpintero, 1999). Este placer por las sensaciones temerosas no es el producto de la vida sedentaria -y muchas veces pasivas- que normalmente ofrece la sociedad contemporánea, sino que ya se encontraba en la antigüedad con los guerreros y aventureros de toda laya. Sin embargo, la actual situación en que se nos coloca de pacientes espectadores en que vemos desarrollarse la aventura de una manera vicaria ante las pantallas del cine o la TV, o las páginas de un libro, para algunos no es suficiente material estimulante de excitación y, ante esa realidad, optan por dos caminos no necesariamente contradictorios y la más de las veces confluyentes. Se trata de quienes laboran en situaciones de alto riesgo para su vida -v. g.: bomberos, guardabosques, guardaparques, espías (21), etc.- como así también los que lo hacen como práctica deportiva riesgosa, tal como la que actualmente se reconoce como "turismo de aventura" -v. g.: escaladores de montañas o practicantes de surf, etc.- y también en las prácticas deportivas: corredores de automóviles, boxeadores, etc. En ambos casos, la sensación de miedo viene acompañada de un tono de agrado, de un "cosquilleo" especial que despierta el sabor por lo arriesgado y donde el miedo es vencido por el placer de la actividad, aunque el mismo siempre esté presente, pero no en la forma en que lo hace en la mayoría de los mortales. Este suele ser un mecanismo utilizado para romper con las rutinas de la cotidianeidad y el aburrimiento que las mismas acostumbran traer aparejados. La excitación vence al aburrimiento (Huber, 1995), aunque siempre dentro de un marco que ofrece ciertas protecciones.

g) Síntesis.

Como colofón de lo expuesto y, a modo de síntesis de los conceptos trabajados, es posible afirmar que el miedo se convierte en pánico como reacción individual, mientras que como conducta colectiva lo que se produce es el terror. Cronehed (1998) dice que "El terror es un híbrido, un cruce de diferentes rasgos del carácter, cuyas fuerzas oscuras son llevadas adelante por una cantidad casi infinita de rostros".


N O T A S

(1) Más precisamente, el 26 de junio de 2000, cinco años antes de lo previsto, el genoma humano se dio por descifrado en sus partes esenciales. El revolucionario logro fue anunciado consecutivamente en China, Japón, Francia, Alemania, el Reino Unido y Estados Unidos. Por lo que es posible sostener que, así como el siglo XX fue el siglo de la física, el siglo XXI será el de la biología.

(2) Se lo puede describir como el conjunto de los genes que caracterizan a una especie. Cada célula del organismo contiene al genoma completo y la diferencia entre unas células y otras obedece a que mientras unos genes están activos, otros no lo están.

(3) Vale recordar que el trabajo de decodificación del genoma comenzó en la década del '80. Finalmente dio sus frutos. El primer borrador fue anunciado en la fecha indicada. Siete meses después, aquel borrador fue "pasado en limpio", ordenado y analizado. Esto significa que actualmente se conocen cuáles son los genes que forman al ser humano. Sin embargo, falta aún el trabajo más arduo y no menos importante de poder descifrar qué función específica cumple cada uno de esos genes.

(4) Recordar para el caso la parábola de la rana y el escorpión cuando la primera ayudó al segundo a cruzar un río.

(5) Ricardo Mileo Vaglio, a quién le debo mucho más que lo que me indicó para estas notas.

(6) Lo cual se puede observar en la escultura de A. Rodin, "El Pensador", en donde la tensión de los músculos de un cuerpo robusto esconde los miedos que confunden al hombre que está aguijoneado por profundos tormentos interiores.

(7) En realidad, el proceso de mimetización puede ser observado como una forma de simulación en especies poco adaptadas para integrarse en el espacio o hábitat natural que les corresponde.

(8) Se dice que muchas mujeres italianas esperaban ser embarazadas por el líder. Al igual que los discursos enfervorizados de Hitler, que provocaban erecciones en los jóvenes que asistían a las manifestaciones organizadas por el Partido Nacional Socialista.

(9) Que por entonces se confundía con la mojigatería y la pacatería hipócritas.

(10) Nuevamente la presencia del miedo.

(11) Por ejemplo la aparición en el mercado de los automóviles, que trajeron velocidad en las comunicaciones terrestres y en el acortamiento de las distancias, pero también vinieron acompañadas de accidentes viales que dejan tantos muertos y lisiados anualmente como los infartos cardíacos y el cáncer sumados.

(12) Se esperan respuestas.

(13) A título de ejemplo, valga relatar que durante un asalto a mano armada en una concesionaria de automóviles, en Argentina 2001, el propietario de la misma murió de miedo a morir, es decir, sufrió un infarto de miocardio y finalmente se murió.

(14) Colocados a propósito en ese orden.

(15) Por su aceptación en la Grecia antigua y la indiferencia con que se la reconocía en la Roma Imperial.

(16) Normalmente la visita a los muertos se realiza durante el día, salvo en los cultos esotéricos que realizan prácticas -en general rituales satánicos-, que los hacen en la noche.

(17) Pese a que el propio Shakespeare (op. cit.) escribió en un célebre monólogo del Príncipe Hamlet, al referirse a la muerte, de la cual expresa con profunda angustia y desazón "... ese país por descubrir, de cuyos confines ningún viajero retorna".

(18) H. Heydrich, el comandante de las temibles SS, había llegado a construir un listado de cementerios nórdicos en los cuáles era factible engendrar hijos que iban a estar imbuidos del valor que habían tenido los cadáveres que allí moraban.

(19) Donde no puede dejar de recordar al mencionado Virgilio.

(20) Al traer a la memoria al inolvidable H. Bogart, no puedo menos que evocarlo por su papel en "Casablanca", película en la cual -uniendo el suspenso a las vicisitudes de lo romántico- rompe con la pureza de los personajes tradicionalmente descriptos por Hollywood, ya que quien aparece como totalmente malo durante buena parte del film, terminando siendo el "bueno de la película" (Rodriguez Kauth, 2000).

(21) En todas estas prácticas es preciso no demostrar la presencia del miedo, especialmente en la última, la de los agentes de los servicios de espionaje. Si así lo hicieran, no solamente estarían comprometiendo su propia vida, sino también la de los miembros de la red para la que trabajan. Normalmente los espías son preparados, entre otros, por expertos en psicología, los que los entrenan en técnicas que les serán útiles para mantenerse fríos y bajo control de sus emociones cuando se presentan situaciones comprometidas para su vida (Pastor Petit, 1996).


NOMADAS | REVISTA CRITICA DE CIENCIAS SOCIALES Y JURIDICAS | ISSN 1578-6730 | MONOGRAFÍAS
THEORIA | PROYECTO CRÍTICO DE CIENCIAS SOCIALES - UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID

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