Román Reyes (Dir): Diccionario Crítico de Ciencias Sociales

Dependencia  
 
Esther del Campo
Universidad Complutense de Madrid

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El análisis dependentista surgió durante la década de los años sesenta en América Latina -y de forma menos sistemática en otras áreas del Tercer Mundo- como respuesta a las aseveraciones neoclásicas sobre el desarrollo económico así como crítica, en el ámbito de la sociología, de la economía y de la ciencia política, de los conceptos de modernización y desarrollo político. Al igual que el análisis modernizador, esta perspectiva resultó del trabajo de numerosos estudiosos en diferentes ramas de las ciencias sociales.

Este fue el caso de los economistas de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) -creada en el seno de Naciones Unidas- que durante los años cuarenta, partiendo de un análisis estructural, trataron de explicar el subdesarrollo latinoamericano centrándose en la desigualdad de los términos de intercambio entre los exportadores de materias primas, principalmente países subdesarrollados o periféricos, y los exportadores de bienes manufacturados, los países más industrializados o centrales. Tanto el desarrollo como el subdesarrollo formaban parte de un proceso originario de diferenciación de la economía capitalista mundial. Los países latinoamericanos se habían vinculado a la economía mundial a través de un modelo "primario-exportador" o de "desarrollo orientado hacia afuera", que les convertía en exportadores de productos primarios e importadores de manufacturas y tecnología de los países centrales. De esta forma, la economía periférica se caracterizaba por su desarticulación y su dualización o heterogeneidad. Era una economía desarticulada porque tenía que importar la tecnología más avanzada de los países centrales, y dualista porque en el seno de la misma economía periférica se estaba produciendo un distanciamiento productivo entre los sectores destinados a la exportación y los sectores de subsistencia. Un considerable sector prec-capitalista con baja productividad subsistía en la periferia produciendo un continuo excedente de mano de obra, que mantenía bajos los niveles salariales. Los beneficios que se obtenían en el sector más dinámico de la economía, el exportador, no repercutían en el desarrollo nacional, sino en el beneficio de determinados grupos locales ,vinculados económicamente con los países centrales, y en los grupos comerciales y financieros de estos países que habían invertido en este sector exportador.

En un principio, estos autores señalaron la necesidad de lograr un esfuerzo concertado para diversificar la base exportadora de América Latina y acelerar la industrialización mediante una primera etapa de sustitución de importaciones.

La afirmación de que los países centrales y periféricos estaban vinculados por una serie de relaciones asimétricas que reproducían el sistema de dependencia, representaba un punto de partida de las teorías evolucionistas y mecánicas sobre el desarrollo. Aún más, la tesis cepalina sobre el deterioro de los términos de intercambio suponía una profunda transformación en las teorías económicas del comercio internacional y ponía en cuestión la división internacional del trabajo, proponiendo una estrategia industrializadora distinta para la periferia, la industrialización por sustitución de importaciones. Sin duda, el análisis más completo sobre el deterioro de los términos de intercambio se lo debamos a Raúl Prebisch. Aunque su análisis se centró tanto en las condiciones de la oferta como en las de la demanda de los mercados internacionales; quizás su argumento más típicamente estructuralista sea el de la oferta. Ante todo, Prebisch se mostraba preocupado con la redistribución internacional de los frutos del progreso técnico. En teoría, un incremento en la productividad podía resultar tanto en una caída de los precios del producto donde había repercutido el progreso técnico -beneficiando por tanto a los consumidores-, como en un aumento del pago a los factores de la producción, beneficios y salarios -es decir, beneficiando a los productores, o a una combinación de ambos.

De acuerdo a Prebisch, la existencia en los países centrales de un movimiento obrero poderoso y de los oligopolios hacía que los precios no cayeran, o que si lo hacían, el descenso fuera menor al incremento de la productividad. Así, tanto los capitalistas como los trabajadores de los países industrializados -aunque éstos en menor medida- fueron capaces de beneficiarse con los frutos del progreso técnico vía incrementos tanto en los beneficios como en los salarios.

Sin embargo, en los países periféricos se había dado el proceso opuesto, debido a la debilidad o inexistencia de movimientos obreros sindicalizados y a la mayor oposición que enfrentaba a exportadores y productores. Para Prebisch, el principal argumento que explicaba la incapacidad de la clase trabajadora para hacerse con una parte significativa del incremento en la productividad se relacionaba con la existencia de un importante excedente de mano de obra. Un factor añadido lo constituía la baja productividad de los sectores pre y semi-capitalistas con sus bajos ingresos de subsistencia y salarios, que actuaban constriñendo los aumentos salariales en el sector exportador, donde se producían los mayores incrementos en la productividad de los países periféricos.

Prebisch propuso una gran variedad de políticas para contratacar la tendencia negativa de los términos de intercambio, que iban desde los impuestos a la exportación de productos primarios, a una serie de derechos de aduanas a las importaciones de manufacturas, para tratar de transferir recursos del sector exportador a las actividades industriales domésticas. Sugería también la sindicalización de los trabajadores del sector exportador para inducir un incremento salarial, la defensa de los precios de los productos primarios o la eliminación de la protección establecida por algunos países centrales con respecto a estos productos.

Ahora bien, las continuas dificultades que este modelo sustitutivo de industrialización iba a experimentar a partir de la década de los años cincuenta, haría que la CEPAL pasara a investigar cuáles eran los condicionantes internos de este nuevo proceso industrializador, poniendo un énfasis especial en los efectos distorsionantes de una desigual distribución de la propiedad agraria o las consecuencias políticas, económicas y sociales de una inflación, que tenía para los dependentistas unos orígenes estructurales, y no monetarios. Ya a comienzos de los años sesenta, los teóricos cepalinos comenzaron a publicar una serie de críticas en torno al proceso industrializador que se estaba produciendo en América Latina. Los estructuralistas criticaban de concentrador y excluyente el "actualmente existente" proceso de industrialización sustitutiva. Los beneficios conseguidos a través del progreso técnico habían quedado en manos de los capitalistas, excluyendo a la mayoría de la población y exacerbando las desigualdades en la distribución de los ingresos. Paralelamente, el proceso industrializador había fracasado en su objetivo de absorber el excedente de mano de obra, creando una "heterogeneidad estructural" o un proceso de dualidad económica, donde las diferencias entre los sectores económicos -por ejemplo, entre una agricultura atrasada y una industria moderna intensiva en capital- y en el interior de estos mismos sectores -por ejemplo, entre las partes "informal" y "formal" de cualquier sector económico- se habían exacerbado. Aún más, se había agravado la vulnerabilidad externa de la economía y se había incrementado el control extranjero sobre el sector industrial. Todas estas preocupaciones iban a converger en análisis que tratarían de compaginar tanto las variables externas como los constreñimientos internos para el desarrollo.

Un sentido parecido tendría a mediados de los años sesenta, la conceptualización del proceso de colonialismo interno por Pablo González Casanova y Rodolfo Stavenhagen. Las luchas de liberación nacional y el proceso descolonizador de la postguerra influyeron notablemente en la formulación de este concepto, así como las teorías del imperialismo y del colonialismo. Este paradigma supuso una crítica tanto a las concepciones dualistas de la teoría modernizadora como a la teoría marxista clásica que subrayaba sólo las relaciones de clase, en detrimento de otro tipo de factores como la dimensión étnica. Por ello, una de las mayores contribuciones de la teoría del colonialismo interno fue explorar los vínculos entre la relación de clase y la etnicidad.

Este complejo encadenado de transformaciones haría que a mediados de los años sesenta surgieran también, desde una perspectiva marxista, análisis en torno al concepto de marginalidad, que ya habían tratado de explicar anteriormente los teóricos de la modernización. Para los estructuralistas, el término marginalización hacía referencia a la incapacidad del proceso de industrialización por sustitución de importaciones para absorber el creciente contingente de mano de obra que emigraba del campo hacia la ciudad. Esta industrialización intensiva en capital condujo a una mayor concentración de los ingresos y a una marginalización de los sectores de la población que no pudieron disfrutar de los logros del progreso técnológico. Dada la dependencia de estos países de los centros económicos mundiales -especialmente, el cada vez mayor control del capital extranjero sobre el proceso de industrialización-, la marginalidad sería una consecuencia más de la naturaleza y el tipo de integración de estos países periféricos en el sistema capitalista internacional. Frente a la explicación modernizadora, la marginalidad reflejaba una manera particular de integración social y participación, más que una no-integración o una no-participación.

Esta perspectiva provocó un intenso debate entre los teóricos más radicales. Así, en el seno del Centro Brasileño para el Análisis y la Planificación (CEBRAP) -donde trabajaban F.H. Cardoso y P. Singer, entre otros- se consideró que esta tendencia tendía a subestimar la importancia de los "marginales" en el proceso de reproducción del sistema capitalista, pues si bien estos sectores no podían ser considerados como capitalistas, sí resultaban funcionales para el proceso de acumulación. Se planteaba así de alguna forma la relación entre sectores formales e informales en una economía capitalista, discusión que hoy sigue presente en el análisis teórico.

Aunque algunos de estos elementos habían sido ya anticipados por historiadores latinoamericanos -entre ellos destacaron, Sergio Bagú, Florestan Fernandes, o Octavio Ianni- que señalaron la íntima interrelación de las transformaciones domésticas en América Latina y los desarrollos de los países metropolitanos, sería el paradigma dependentista el que recogería de una forma más coherente este tipo de relaciones.

En su énfasis de la naturaleza expansiva del capitalismo y su análisis estructural de la sociedad, la literatura de la dependencia recogería el análisis marxista y la teoría marxista del imperialismo.

La perspectiva dependentista rechazaba la afirmación hecha por los escritores de la modernización de que la sociedad nacional constituía la unidad de análisis si se pretendía comprender el subdesarrollo. Los rasgos culturales e institucionales internos no explicaban por sí solos el retraso de los países periféricos, si bien mantenían cierta importancia. La presencia relativa de rasgos tradicionales y modernos, podía ayudar o no, a entender las diferencias entre las sociedades, pero no explicaba en sí misma los orígenes de la modernidad en algunos contextos, y la falta de modernidad en otros. Por ello, el enfoque dependentista subrayó que el desarrollo de una unidad nacional o regional sólo podía entenderse en conexión con su inserción histórica en un sistema político y económico internacional que surgió trás la ola de colonizaciones europeas del mundo. Este sistema global se había caracterizado desde entonces por la desigualdad pero combinando el desarrollo de sus diferentes componentes.

La situación de dependencia hizo que un cierto número de países se viera condicionado económicamente por el desarrollo y la expansión de otros, situándose los países dependientes en una situación de retraso y de explotación frente a los países dominantes. Ahora bien, este proceso sólo podría entenderse haciendo referencia a su dimensión histórica y al conjunto de relaciones sociales que se fueron estableciendo en diferentes contextos a lo largo del tiempo. El desarrollo desigual del mundo se remontaba al siglo XVI con la formación de una economía capitalista mundial en que algunos países del centro fueron capaces de especializarse en la producción industrial de bienes manufacturados, dado que las áreas periféricas que habían colonizado ofrecían los productos primarios necesarios, agrícolas o minerales, para su consumo en el centro. Pero esta división internacional del trabajo no condujo a un desarrollo paralelo de ambos grupos de países a través de las ventajas comparativas que parecían disfrutar unos y otros. Los países centrales consiguieron desarrollarse a costa de los países periféricos. Pero esta especialización económica trajo aparejadas profundas consecuencias en la evolución de las estructuras sociales y políticas internas en estas sociedades.

En este análisis, no fueron las actitudes inapropiadas de unos actores individuales las que contribuyeron al fracaso de un comportamiento empresarial o de acuerdos institucionales que frenaran el subdesarrollo. Sino que el desarrollo dependiente, periférico, produjo una estructura de oportunidades tal que la ganancia personal de los grupos dominantes y de los elementos empresariales no condujo a la ganancia colectiva de un desarrollo equilibrado.

Esta constituía una diferencia fundamental con la teoría de la modernización. Los teóricos dependentistas asumían que los individuos en un gran número de sociedades eran capaces de perseguir modelos de comportamiento racional, por lo tanto, lo que variaba no era el grado de racionalidad, sino las bases estructurales de los sistemas de incentivos que producían diferentes formas de comportamiento, dado el mismo proceso de cálculo racional.

Es necesario subrayar el hecho de que los escritores dependentistas destacaron la importancia de la "manera en que se conectaban los componentes internos y externos estructurales" para elaborar el contexto estructural de subdesarrollo. En este sentido, el subdesarrollo no era simplemente el resultado de "constricciones externas" sobre las sociedades periféricas, ni la dependencia podía entenderse con la única referencia a grupos de variables externas.

La dependencia en una sociedad dada respondía a un complejo conjunto de asociaciones en que las dimensiones externas eran determinantes en grados variables, y en verdad, las variables internas podían reforzar el modelo de vínculos externos. Así, históricamente fue difícil para los intereses locales surgidos en la periferia -burguesía nacional- llevar a cabo una política de desarrollo autosostenido con éxito, y tendieron a preservar y mantener los vínculos dependientes con las antiguas metrópolis o sus sucesoras.

Por otro lado, mientras las relaciones de dependencia vistas en una perspectiva histórica ayudan a explicar el subdesarrollo, este hecho no significa que las relaciones de dependencia hoy en día vayan necesariamente a perpetuar el subdesarrollo. Con la evolución del sistema mundial, el impacto de las relaciones de dependencia tendió a cambiar en contextos determinados. Así, determinados países, como fue el caso de Argentina o de Brasil experimentaron un crecimiento económico muy importante tras la Segunda Guerra Mundial, pero esto no significó la ruptura del modelo de dependencia, sino que se ha interpretado como un "desarrollo asociado-dependiente".

El análisis dependentista desarrolló cuidadosamente la división en varias fases en el sistema mundial y los diferentes vínculos internos-externos, aplicándolo especialmente a casos concretos. Por lo tanto, el modelo constituye en primer lugar un desarrollo histórico, sin pretender tener una validez universal. Y esto fue así porque se prestó poca atención a la construcción de teoremas precisos, caso de la teoría de la modernización, y más a la especificación de fases históricas como parte integral del contexto mundial.

En cada una de estas fases históricas, existían importantes diferencias entre regiones y países. Durante el período colonial éstas eran atribuídas a las diferencias en las administraciones coloniales, recursos naturales, y tipos de producción. Durante el siglo XIX, la diferencia fundamental la constituiría el grado de control de la élite local sobre las actividades productivas para la exportación. Aunque en la mayoría de estos países las élites controlaban inicialmente la producción para la exportación -la comercialización externa fue llevada a cabo principalmente por inversores y comerciantes extranjeros-, a finales del siglo XIX, el control sobre esta producción pasó a manos de capital extranjero. Cuando esto ocurrió el papel económico de las élites locales se redujo considerablemente, aunque la importancia de este hecho varió en función tanto del grado en que el enclave extranjero fue capaz de desplazar a la élite local del sector exportador y la amplitud de las actividades diversificadas de esta élite, así como de la capacidad del poder estatal de establecer cierto control sobre estos inversores extranjeros -crecimiento de una burocracia estatal y de las actividades reguladoras e impositivas del Estado en el sector de enclave, que se convierte en el principal intermediario entre la economía local y el enclave.

Otras diferencias las constituían la variada importancia de la incipiente industrialización, el tamaño e importancia de los grupos de clase media y clase obrera, las variaciones en los productos de exportación, y en los recursos naturales.

Las dos guerras mundiales y la crisis económica de 1.930 precipitaron la crisis en estas economías basadas en la exportación de productos primarios, con el colapso de la demanda externa, y con ella la disminución de la capacidad para importar. La adopción de políticas fiscales y monetarias por parte del Estado para ayudar a mantener el mercado interno e intentar evitar los efectos negativos del desequilibrio externo produjeron las condiciones necesarias para el crecimiento de un sector industrial para el mercado doméstico, fase que la CEPAL designaría como de "crecimiento dirigido hacia adentro", o industrialización por sustitución de importaciones.

En las situaciones de enclave, el desarrollo más rápido se dió en México y Chile, donde los grupos medios y los sectores populares constituyeron una alianza para llevar a cabo las políticas desarrollistas del Estado, fortaleciendo en última instancia a la burguesía urbana. Esta alianza tuvo éxito en Chile dada la importancia de los partidos de clase media que habían surgido en la última fase del período de desarrollo hacia afuera, y la temprana consolidación de un movimiento obrero, que recibiría su inserción en el sistema político en la década de 1920. En el caso de México, los antecedentes deberían buscarse en la destrucción de las élites agrarias durante el proceso revolucionario en las primeras décadas de este siglo. En otras situaciones de enclave -casos de Bolivia, Perú, Venezuela, y América Central- no se dieron estas condiciones estructurales, dado que la fase de desarrollo interno comenzó más tarde bajo nuevas condiciones de dependencia, aunque en algunos casos se dieron alianzas políticas similares -Bolivia, Venezuela, Guatemala, Costa Rica. Durante este período de transición, los grupos agrarios no dedicados a la exportación fueron capaces de mantenerse en el poder, recurriendo en algunos casos a los gobiernos militares, y preservando la escena política que había caracterizado al período anterior de crecimiento hacia afuera.

En situaciones de control nacional de la producción como Argentina y Brasil, se dió un considerable crecimiento industrial. En el primer caso, los empresarios agrarios orientados hacia la exportación habían invertido bastante en la producción para el mercado doméstico y la contracción del sector exportador sólo acentuó este rasgo. Mientras que en Brasil, los grupos agrarios exportadores se colapsaron con la crisis de 1930, y el Estado, como en Chile y México, asumió un papel desarrollista más importante con el apoyo de una compleja alianza de empresarios urbanos, élites agrarias no exportadoras, sectores populares y grupos de clase media. En Colombia, las élites agrarias orientadas hacia la exportación lograron permanecer en el poder y no promovieron una industrialización interna significativa hasta los años cincuenta.

Este proceso de industrialización por sustitución de importaciones alcanzó pronto sus límites dadas las condiciones en que se estaba realizando -dependencia de bienes de capital de las naciones centrales, que hacía que todo el proceso fuera en exceso dependiente de las divisas acumuladas durante el período de entreguerras. A partir de mediados de los años cincuenta, el proceso de industrialización sólo pudo continuar en base a un incremento de la deuda externa y una mayor dependencia de los capitales extranjeros.

Pero según los teóricos dependentistas, el punto final al proceso de industrialización sustitutiva lo puso las transformaciones experimentadas en el centro, que llevaron a la creación de un nuevo sistema transnacional, donde las crecientes corporaciones multinacionales necesitaban de nuevos mercados y de lugares de producción más baratos. Este proceso tendría importantes repercusiones en América Latina: 1) la inversión de las corporaciones en manufacturas dentro de la periferia para venderlas en su mercado interno o "internacionalización del mercado interno", es decir, el cambio fundamental es que ahora la relación entre la economía nacional del país periférico y los centros dinámicos de las economías centrales se establece en el mismo mercado interno del primero; 2) una nueva división internacional del trabajo en la cual la periferia adquiriría bienes de capital, tecnología, y materias primas de las naciones centrales, y exportaría beneficios, así como sus tradicionales materias primas y unas pocas manufacturas producidas por las empresas subsidiarias de las multinacionales; y 3) una desnacionalización o privatización de las industrias sustitutivas establecidas originalmente.

Dentro de este marco general, los diferentes autores han seguido distintas líneas de investigación. Frente a la abundancia de estudios que han hecho referencia a la nueva situación de dependencia, las fases más tempranas de este proceso histórico han recibido menos atención, pero existen destacadas excepciones como la de Immanuel Wallerstein. Este autor considera la historia mundial como la historia de la transformación de los imperios políticos en una economía mundial. Así, la unidad de análisis no serían los Estados nacionales sino que los cambios en los Estados soberanos se deberían a la evolución e interrelación del sistema capitalista mundial. La expansión de la economía capitalista mundial se basaría en dos instituciones claves: una funcional división mundial del trabajo -no sólo entre tareas agrícolas e industriales sino también entre las mismas tareas agrarias- y el establecimiento de maquinarias estatales burocratizadas en ciertas áreas geográficas.

Así, el sistema mundial moderno contaría con tres estructuras. Los grandes beneficios, la tecnología más desarrolladas y el trabajo asalariado concentrados en los países centrales, que tienen además fuertes maquinarias estatales, apoyadas en la oligarquía y los comerciantes. La periferia, por su parte, puede definirse como aquel sector geográfico del sistema mundial donde se producen las materias primas, pero que se encuentra integrado en el sistema global, a través de la división mundial del trabajo. Se caracterizan así por bajos beneficios, tecnología anticuada y fuerza de trabajo forzada, y maquinarias estatales débiles -que abarcan desde su no existencia, situación colonial, a una situación de bajo grado de autonomía estatal, situación neocolonial- a causa de los clivajes de intereses entre la oligarquía y la burguesía comercial, y la influencia de las presiones externas de los estados centrales y semiperiféricos.

La categoría intermedia se encuentra representada por las áreas semiperiféricas, que desempeñan un papel más político que económico, protegiendo a los países centrales de las presiones directas de los países periféricos.

Por otro lado, el dinamismo de la economía mundial tiende a expandir las diferencias económicas y sociales entre las tres estructuras diferenciadas, y sólo determinadas áreas serán capaces de subvertir este proceso a través del desarrollo tecnológico. Por otro lado, y a consecuencia de esta caracterización como economía-mundo, si los sistemas mundiales son los únicos auténticos sistemas sociales -fuera de las economías de subsistencia verdaderamente aisladas-, esto implica que la emergencia, la consolidación y los papeles políticos de las clases y los grupos de estatus deben estudiarse como elementos de este sistema mundial. Algunos autores, partiendo de un análisis marxista, se han centrado en la imposibilidad de alcanzar el desarrollo a través de un proceso capitalista dependiente; en este sentido, la única alternativa viable la constituiría el socialismo o bien otro tipo de desarrollo autocentrado como la "desconexión". Otros se han dedicado al análisis de casos concretos de dependencia, elaborando las variadas interconexiones entre las fuerzas internas y externas, y subrayando la posibilidad de diferentes clases de desarrollo dependiente.

Sin embargo, a pesar de la relevancia que adquirió el paradigma dependentista como factor explicativo del subdesarrollo en América Latina y otros países del Tercer Mundo, se han señalado diversas críticas.

En primer lugar, el "corpus" de estos análisis producidos en contrapunto de la visión modernizadora y desarrollista predominante en los años cincuenta no constituyó una teoría general. Por un lado, porque estos análisis recurrieron a métodos diversos, ya fueran éstos estructuralistas, marxistas o "neomarxistas", tomando prestado incluso en ocasiones de la economía neoclásica algunos de sus instrumentos de análisis parcial. Por otro, porque los resultados parciales de esos análisis se situaron en campos diversos, resultando igualmente variados e incluso en ocasiones contradictorios.

Como se ha insistido en la crítica posterior, el énfasis de la escuela estructuralista y dependentista en el proceso de deterioro de los términos de intercambio y de cambio desigual, tendría que haber hecho más hincapié en las variables de tipo interno. Aunque sin duda, estos dos elementos, al transferir parte de los beneficios económicos generados en la periferia a los países centrales, disminuyeron la capacidad de acumulación de capital y de crecimiento de ésta, no fueron los dos únicos elementos explicativos. La capacidad de desarrollo de estos países tuvo mucho que ver con su habilidad -o su incapacidad- para generar o retener sus beneficios dado el modo interno de producción. De este modo, la formación socio-económica de un país resultaba de una compleja interacción entre factores económicos, sociales y políticos, donde la lucha de clases adquiría su significado. Al situar principalmente la explotación entre-Estados en el contexto global, los dependentistas subestimaban la lucha de clases en el seno de las respectivas sociedades nacionales, y los obstáculos internos al desarrollo.

Por otro lado, los dependentistas no definieron con claridad qué papel debía jugar el Estado en el desarrollo. Los escritos más tempranos de la CEPAL, en particular, revelaban un cuadro idealizado de un Estado desarrollista que encabezaba las fuerzas igualitarias y modernizadoras en estas sociedades. Mientras los teóricos de la dependencia idealizaron al Estado socialista, que acabaría con la explotación y la pobreza, y que a través de un programa de reformas de nacionalización y planificación, conseguiría un desarrollo autosustentado. Tanto estructuralistas como dependentistas no concedieron suficiente atención a las limitaciones del Estado en la política del desarrollo, subestimando las relaciones entre la intervención estatal y los mecanismos de mercado.

En otro orden de cosas, el análisis estructuralista y funcionalista necesitaría prestar más atención a la sociedad civil, presentar propuestas para el fortalecimiento de la participación social y las organizaciones sociales de los marginados, los pobres, los oprimidos. Se hace también necesario reconocer la importancia de los elementos culturales e ideológicos en la movilización de la sociedad para el desarrollo, la institucionalización del cambio, y el logro de la cohesión social y la integración.

Sería necesario llevar a cabo más estudios de las pequeñas unidades de análisis -niveles micro-, aunque éstos se encuentren vinculados a las teorías globales o macro. Los estudios dependentistas tuvieron la tendencia a distorsionar el proceso histórico y a obviar lo particular en sus intentos por generalizar, así las particularidades de ciertas experiencias fueron sencillamente abstraídas en aras del modelo general.

Por último, tanto los escritores estructuralistas como los dependentistas tendrían que considerar la posibilidad de que se dieran una mayor variedad de estilos y de caminos al desarrollo. Las dicotomías entre capitalismo-socialismo, desarrollo orientado hacia afuera-desarrollo orientado hacia dentro, o industrialización por sustitución de importaciones vs. industrialización por promoción de las exportaciones, eran demasiado simplistas, dada la complejidad de los vínculos entre las diferentes estructuras tanto en el ámbito nacional como en el internacional.


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